viernes, 10 de marzo de 2023

Muchos años después, sitios emblemáticos de la infancia Parte I

El lector consecuente sabe que me gusta recorrer la Ciudad, la mía, con una mirada como de turista, de viajero extranjero. Traigo a la memoria, por ejemplo, una serie de artículos sobre algunos barrios de Buenos Aires que publiqué en 2015 y la serie dedicada a la Feria de Mataderos que publiqué ese mismo año para certificar el aserto. (1) (2) En ellos, mostré como, a pesar del esfuerzo homogeneizador de la corporación municipal, algunos distritos mantenían hace diez años, y aún mantienen, signos de identidades diferenciadas.

Las imágenes pertenecen al autor, salvo indicación en contrario

En los últimos meses de 2022 y primeros de 2023 comencé algunos recorridos que me llevaron a tres sitios a los que accedí en mi infancia con alguna frecuencia por razones diversas. Mis objetivos fueron contemplar el paso del tiempo, casi sesenta años, y ver los restos pervivientes, en una suerte de arqueología monumentalista, tratando de ejercer la forma de mirar de la que hablé arriba.

Para darle un toque de sabor a esas andaduras, combiné los recorridos con algunas experiencias gastronómicas puntuales. También me serví del transporte público para completar los circuitos con una ritualidad familiar.

Hay un par de sitios más que no visité en esta oportunidad, alguno cuya transformación es por todos conocida, a ellos dedicaré el epílogo de estas notas.

I La estación Buenos Aires

2 de noviembre de 2022

Debo reconocer que mi vocación por recorrer la ciudad como un turista nació de los paseos que mis hermanos y yo hicimos en la infancia con nuestro tío Alfonso. Más allá de las experiencias que recojo en estas notas, los lugares a donde fuimos entonces eran bien diversos. Salíamos de la apacible vida pueblerina del barrio de Mataderos, en los años sesenta del siglo XX, y, por ejemplo, tomábamos el colectivo 155 y quedábamos inmersos en la vorágine de la Avenida Corriente, en el Centro de la Ciudad, en pleno barrio de San Nicolás. Hoy me pregunto si tenía que hacer algún esfuerzo, en esos paseos, por ejercitar la mirada del turista o si realmente era una especie de extranjero en los lugares adonde íbamos.


En fin, les propongo ahora sumergirnos, en un primer tour, en la Estación Buenos Aires, terminal, durante mucho tiempo, de la línea de trenes Belgrano Sur. He ido tres veces hasta ella. La primera como a los diez u once años. No recuerdo cómo llegamos hasta ella, si, por ejemplo, fuimos o volvimos en el tren que nos dejaba en Ciudad Madero. La estación Buenos Aires era un lugar mítico en mi cabeza y, cuando por fin llegué a ella, se mostró con una magia inesperada.

¿Cómo se fue construyendo ese lugar mítico en mi bocho? Uno de los paseos favoritos con tío Alfonso era caminar por las vías que salían del Mercado de Hacienda hacia el sur. Íbamos desde Avenida Eva Perón (entonces se llamaba Avenida del Trabajo) hasta General Paz.


Si tomábamos el ferrocarril de trocha ancha (nunca supe si pertenecía a la línea Roca o la Sarmiento), el camino era más corto y terminaba detrás de la fábrica de Pirelli a pocos metros del cruce con la General Paz con la Avenida Intendente Crovara. Sí íbamos por el Belgrano Sur llegábamos hasta la estación Madero. Un día me vi sorprendido porque, poco antes de llegar a ésta, las vías por las que andábamos se juntaban con otras de ignota procedencia.

Entonces se me ocurrió preguntar de dónde venían esas vías que aparecían de golpe. El tío simplemente dijo, de estación Buenos Aires. Su respuesta aumentó mi sorpresa porque yo ya conocía algunos trenes que venían de allí. Por ejemplo, cuando íbamos a la chacra de mis abuelos en la Estación 12 de Octubre (Partido de Nueve de Julio), tomábamos el tren en la estación Tapiales, allí me enteré que esos trenes que tomábamos salían de la mismísima Estación Buenos Aires.

Aunque, me costó bastante tiempo componer un esquema geográfico en mi mente que uniera las estaciones de Madero y Tapiales, y ambas con la mítica cabecera; pensé entonces que esa estación debía ser muy importante como la de Retiro que ya conocía de otros paseos.


No sé cómo, ni por qué, pero lo cierto es que un día tío Alfonso nos llevó hasta allí. El contraste con mi idea previa fue impresionante. La estación Buenos Aires no era un edificio monumental. Me encontré frente a una construcción con techos de chapa que parecía más una casa de estilo inglés que una estación terminal de ferrocarril. Cierto es que mis ojos la veían muy grande para parecer una casa; pero, también, muy pequeña para ser una estación terminal de la envergadura que esperaba. Con todo, me pareció un lugar mágico, ubicado en un lugar que me resultó ignoto al principio, como si estuviera en otra ciudad. Sin embargo, desde los andenes pude ver los mástiles de la cancha de Huracán que había conocido hacía algún tiempo. Gracias a ese estadio pude integrar ese lugar a mi conocimiento de la Ciudad.

Conservé la magia de ese edificio en mi memoria de tal forma que treinta años después decidí hacer una nueva visita. Pude enterarme que la línea 59 tenía su terminal en el playón de la estación misma. Me monté en él y allí fui. Mi visión fue nuevamente mágica. A principios de los noventa buscaba aquellos rincones de la Ciudad que se conservaban restaurados casi como habían sido construidos muchos años antes (por ejemplo la estación Yrigoyen del Ferrocarril Roca que Pino Solanas había retratado en su película Sur). La estación Buenos Aires fue uno de ellos. El 59 paraba efectivamente en el playón de adoquines y la estación estaba impecable, bien pintada, coqueta. ¡Qué buena idea resultó esa visita!


Con esos antecedentes y con la expectativa de revivir la magia, con Haydée tomamos el 59, rumbo a la estación… habían vuelto a pasar treinta años.

Llegando ya, el colectivo encaró una recta. De pronto advertí que nos habíamos pasado. Dobló a la izquierda y llegó a su nueva terminal, muy cerca de la villa 21 – 24 (una de la más viejas de Buenos Aires, comenzó a formarse en los años setenta del siglo XIX). Pregunté al conductor por esa parada y me dijo dos cosas, que ya no tenían la terminal en el playón y que la estación ya no funcionaba.

Desanduvimos el camino y llegamos hasta ella. El escenario no dejó de sorprenderme, habían puesto mi lugar mágico en prisión.

¿Estoy exagerando? Sí, claro.


En primer lugar, no tenía ninguna expectativa de recuperar la magia de ese lugar, como había ocurrido en los años noventa. En las últimas décadas, diría que especialmente en lo que va del siglo XXI, la Ciudad ha ido perdiendo esos lugares mágicos que yo amaba, esos que afirmaban la identidad local diferenciada de los barrios. De modo que hemos visto desarrollar una imagen urbana homogénea para toda la ciudad, transformando los sitios de interés patrimonial en escenografías para turistas más amantes de lo verosímil que de lo verdadero, y los espacios vacantes en esos mismos barrios, levantando edificios que nadie habita. El caso más evidente para mí era el de La Boca.

Pero, cuando llegué, yo ya sabía cuatro cosas de la Estación Buenos Aires, a saber: que en parte de los terrenos colaterales del ferrocarril se habían construido edificios de departamentos, que se estaba construyendo un viaducto elevado entre estación Sáenz y Buenos Aires, que viejos galpones y baldíos se habían reconvertido en grandes instalaciones de logística y que la villa seguía estando donde siempre estuvo pero crecida en altos como todas las villas de la ciudad.

Lo único que no sabía es que el viaducto no desembocaba en la vieja estación Buenos Aires.


Cuando llegamos, vimos que el edificio ferroviario y el playón de adoquines parecían estar intactos, pero con un sistema de vallados que impedían el acceso a los mismos. El playón, donde antes tenía su terminal la línea 59, parecía destinado a un estacionamiento. Sobre la barrera metálica que impedía el acceso, había un dibujo de la nueva estación Buenos Aires, ahora elevada, que se estaba construyendo a varias cuadras de allí (aún ignoro el grado de avance de la obra) y la promesa de que ese ramal del Ferrocarril Belgrano Sur llegaría hasta la Estación Constitución.

De pronto abrieron el portón para que saliera un vehículo y pude tomar algunas fotografía. Pedí permiso para entrar y tomar otras vistas con mayor cercanía, pero no me autorizaron. El custodio me aseguró que el playón y la estación seguían siendo propiedad del Ferrocarril y que ese conjunto se iba a conservar tal cual estaba.

“Ojalá” pensé para mí. Encontré lo que esperaba hallar y la excursión sirvió como una breve despedida para ese lugar que seguiría siendo mágico solo en mi corazón.

Montamos nuevamente en el colectivo de la línea 59 y cruzamos la ciudad hacia nuestro próximo objetivo, la pizzería Burgio, a pocos metros de la esquina de Cabildo y Monroe.


Había dejado de ir hace ya unos cinco o seis años porque la pizza se había vuelto incomible. Luego estuvo tres o cuatro años cerrado hasta que un joven emprendedor gastronómico decidió recuperarla. Ahora estaba sentado a una mesa y la veía casi intacta en su decoración sesentista, en la que destaca el azulejado del salón principal que simula un mosaico veneciano de proporciones surrealistas. El único detalle es el reemplazo de las mesas en el pequeño salón de entrada por barras para comer al paso. El letrero con caracteres de plástico removibles sobre un fondo de felpa negro con las indicaciones del menú está intacto. La atención es esmerada y, lo fundamental, la pizza que no es la mejor pizza porteña de la Ciudad, pero es muy buena, llegando a ser una de las mejores.


A diferencia de la estación Buenos Aires, Burgio tiene con qué mostrarse como un espacio urbano que sigue siendo muy parecido a lo que era. Afortunadamente no ha entrado en una decadencia degradante ni ha sido “restaurado” desde la vocación simuladora que ordena nuestro presente.


Una de cal y una de arena, para una ciudad que se transforma en grado notablemente acelerado. Soy un defensor del patrimonio urbano, no de la nostalgia que detesta cualquier cambio o modificación, de modo que la excursión me resultó placentera en todo sentido. La ciudad, desde hace un siglo y medio por lo menos, se renueva constantemente, muchas veces para bien y, otras, bueno, en fin…

II Nuestra Señora del Rosario de Nueva Pompeya

11 de enero de 2023

Mi Vieja era devota de la Virgen de Pompeya. Creo que más que devota debiera decir que era promesante de esa advocación de la Virgen del Rosario. (3) Cuando había alguna contingencia familiar importante, digamos una enfermedad, mi madre prometía rezar el rosario en el Camarín de la Virgen. Obviamente, luego de superada la situación, así lo hacía.


A su vez colaboraba con la obra de la congregación de los frailes capuchinos que tenían a su cargo el santuario del barrio de Nueva Pompeya. Puntualmente, recibíamos por correo la revista de la parroquia y una publicación dedicada a las misiones que los franciscanos tenían en África (si no recuerdo mal, se llamaba El negrito africano, el diminutivo aludía a la población infantil atendida en esas misiones).

Pondré un ejemplo extraído de mis recuerdos. Tuve nefritis a los siete años de edad y, cuando ya estuve bien, mi madre y yo tomamos el 28 (en General Paz y Av. de los Corrales) y nos bajamos a un par de cuadras de la basílica. Ella conocía muy bien el camino, entraba por una puerta lateral, se dirigía hacia una escalera y por allí subíamos a una pequeña capilla (el Camarín de marras). El local al que accedíamos poseía una clara ambientación neo gótica que me resultaba impactante.


Ella rezaba en silencio y yo debía permanecer, también en silencio a su lado. La hora que pasábamos allí podría tornarse interminable para mí de no ser que yo quedaba extasiado por el recogimiento a que el lugar invitaba y por los objetos que, como donaciones de particulares, se exhibían en prolijas vitrinas colgadas en las paredes (recuerdo en especial un sable de oficial de marinería, entre otros objetos como medallas y plaquetas). A veces, no dejaba de asombrarme ver a algún promesante que subía arrodillado esa escalera que conducía al Camarín (mi mente de niño no comprendía el acto).

La pequeña capilla era presidida por la imagen de la Virgen con el Niño en brazos mientras entregaba rosarios a dos santos (el día de mi visita pude saber que eran dos dominicos, la Dra. de la Iglesia Santa Catalina de Siena y el propio Santo Domingo de Guzmán). Lo cierto es que la imagen inmensa de la Virgen estaba allí, a la altura de los fieles. Un día sentí un ruido y vi que se trataba de un motor que hacía girar la imagen 180° en torno de su eje vertical. Luego descubrí que, si se seguía por el pasillo y pasaba la escalera que nosotros usábamos, había un acceso a la nave principal del templo. Cuando está volcada hacia allí, la imagen se ve en una posición eleva sobre el altar de la nave principal del edificio… No sé por qué, pero la primera vez que la vi allí, no me gustó que estuviera tan lejos de los fieles promesantes.


Sé que heredé de la Vieja, sin saberlo en un principio, una escala de valores franciscana y que, en ello, los capuchinos de Nueva Pompeya tuvieron mucho que ver. Sin embargo, esa iglesia fue adquiriendo otros sentidos después de la muerte de mi madre (hace ya casi cincuenta años). Lo cierto es que hasta este 11 de enero de 2023 no había vuelto a entrar en el Camarín de la Virgen. Estuve algunas veces en el atrio, ingresé brevemente en el sector del claustro que da a la Avenida Sáenz y, una vez, solo una vez, me asomé a la nave principal; pero nunca volví al Camarín.


Logré tomar coraje y ese día volví a entrar. La visita fue impactante. Recordaba los lugares a la perfección. Todo estaba tal cual, lo que no dejó de sorprenderme (parece que hay lugares de la ciudad en los que la picota modernizadora no tiene acceso). Es difícil, casi imposible, describir lo que sentí en esa visita. Sólo puedo decir que, aunque no entré por la puerta lateral que estaba cerrada cuando llegué, los fantasmas desaparecieron, los de mi madre entrando conmigo por esa puerta, los del padre Fray Carlos Bustos que, en 1977, fue raptado al salir, en una noche de abril, por ella y nunca más apareció. (4)

El plan de la excursión suponía un almuerzo en el restaurante Pan y Teatro, en la esquina de las Casas y Muñiz del barrio de Boedo. La idea original era tomar un coche de la línea 44 que nos lleva directo desde casa hasta el santuario de Nueva Pompeya. Pero una cuestión de horarios nos obligó a cambiar el itinerario, yendo primero a almorzar. El hecho impidió que Haydée pudiera acompañarme hasta la iglesia porque tenía un compromiso que se lo impedía.


Nos encanta ir a ese restaurante. Es el único que conozco que ofrece cocina mendocina en la ciudad. Hasta antes de la pandemia era habitual que nos encontráramos con su mentor, el actor mendocino Germinal Marín. Pero las veces que fui, después del confinamiento de la pandemia, no pude dar con él, me cuentan que, desde entonces, va muy poco.

La presencia de Germinal era muy importante, igual que la del pianista que ameniza las comidas con su música. Germinal además de cocinero es un hábil y cálido anfitrión que te mete rápidamente en tema en relación con lo que vas a comer.


Recuerdo que una charla con él me permitió ajustar la idea que tenía acerca del establecimiento; no se trata de un restaurante de cocina mendocina, sino, de uno que ofrece comida de una familia mendocina. El día de esa charla, Germinal me habló de la cocina de su madre. Ocurrió que hace muchos años, cuando comenzó a funcionar el local, la madre de Germinal diseñó el menú y, por mucho tiempo, fue la cocinera. Ella no tenía formación profesional por lo que las recetas y técnicas que usaba eran las mismas de su cocina familiar… era como si Germinal abriera las puertas de su casa para invitarte a disfrutar de su mesa.

Referencia de la imagen (a)

Pude saber por esa charla que algunas recetas suponen esa especificidad familiar. Por poner un ejemplo, las empanadas que ella hacía, y se siguen comiendo allí, no llevan aceitunas porque al padre de Germinal no le gustaba. Es decir, la carta lleva solo lo que esa mujer cocinaba en su casa de Mendoza.


Comimos empanadas, las sorprendentes empanadas mendocinas de Pan y Teatro. Luego, Haydée pidió una milanesa con cebolla y queso (no la probé, pero contó que estaba deliciosa, tierna y sabrosa) y yo un tomaticán. Las empanadas cálidas y dulzonas (tono que le da la cantidad de cebolla que lleva el recado) y el tomaticán entrañable me recordaron a la cocina de mi abuela; no tanto por los aromas, sabores y recetas como por la armonía y dedicación que ella ponía en la cocina (por supuesto que huevos de sus gallinas y tomates frescos de su quinta siempre había y empanadas de carne, también). Así es la comida de Pan y Teatro… ¡Ah! Un pianista sigue tocando durante el almuerzo y la cena.

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Notas y referencias

(1) Aquí los enlaces a la serie de artículos que se refieren a unas vacaciones en que tomé en la ciudad de Buenos Aires en 2014 y publiqué en 2015 en El Recopilador de sabores entrañables:        
“Buenos Aires y los arrabales de Ítaca”, leído en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2015/02/buenos-aires-y-los-arrabales-de-itaca.html         
“Buenos Aires y los arrabales de Ítaca (cont.)”, leído en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2015/04/buenos-aires-y-los-arrabales-de-itaca.html         
“Buenos Aires y los arrabales de Ítaca (…y se va la tercera)”, leído en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2015/05/buenos-aires-y-los-arrabales-de-itaca-y.html         
“Buenos Aires y los arrabales de Ítaca (…y no pude evitarlo: cuarta parte)”, leído en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2015/06/buenos-aires-y-los-arrabales-de-itaca.html
Releídos todos el 2 de enero de 2023

(2) En el 2015, también publiqué cinco artículos sobre la Feria de Mataderos. El siguiente texto contiene el índice y los enlaces correspondientes a los artículos de marras:
2016, Aiscurri, Mario, “La Feria de Mataderos – índice”, en El Recopilador de sabores entrañables, leído el 2 de enero de 2023 en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2016/06/la-feria-de-mataderos-indice.html.

(3) Nuestra Señora del Rosario de Nueva Pompeya.

(4) “Bustos, Carlos Armando. –Sacerdote de los Franciscanos Capuchinos (estaba por ingresar en la Fraternidad del Evangelio) (Padre Carlos de Foucaul). El Padre Carlos Bustos trabajaba como taxista. Fue secuestrado en la calle por policías de civil cuando se dirigía a escuchar misa en la Basílica de Pompeya, el 9 de abril de 1977. Había recibido amenazas contra su vida.” (1984, Informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, Nunca Más, Buenos Aires, EUDEBA, 4° edición, 1998, pag. 350).

(a) Leído el 11 de marzo de 2023 https://www.tripadvisor.com.ar/Restaurant_Review-g312741-d1084521-Reviews-Pan_y_Teatro-Buenos_Aires_Capital_Federal_District.html. 


sábado, 25 de febrero de 2023

El viaje de los 9000 km. última etapa

Ir a Parte II

Por Aldo Barberis Rusca (1)

“Frente a las enfermedades que genera la miseria,
frente a la tristeza, la angustia y el infortunio social de los pueblos,
los microbios, como causas de enfermedad,
son unas pobres causas.”

Ramón Carrillo, Médico sanitarista

Corría el año 1915 cuando el Dr. Joseph Goldberg acudió al gobernador del estado de Mississippi, Earl L. Brewer con un inusual pedido; tener acceso a los internos de la Granja Prisión de Ranking a fin de tratar de inducirles con pelagra, una enfermedad que venía haciendo estragos en el sur de los EEUU desde 1906.

La imágenes, salvo indicación en contrario, pertenecen a Aldo Barberis Rusca 

La pelagra es una enfermedad cutánea, dolorosa que comúnmente es definida como “la enfermedad de las tres D”: Dermatitis, Diarrea, Demencia. Aunque algunos le agregan una cuarta; Defunción, ya que más del 40% de los afectados muere irremediablemente.

Pero la pelagra era una enfermedad conocida desde hacía ya varios siglos.

El primero en describirla fue Gaspar Casal quien la denominó como “mal de la rosa” debido a las características manchas que aparecían en los enfermos en el dorso de las manos, brazos y en áreas de la piel expuestas al sol.

Casal, en su libro “Historia Natural y Médica del Principado de Asturias” estudia esta enfermedad que había aparecido precisamente en esa zona del norte de España donde se había vuelto endémica.

Pero más allá de describirla, el médico descubrió que quienes la padecían eran siempre campesinos pobres cuya dieta estaba compuesta básicamente por maíz, entendiendo que la ingesta del cereal podía tener alguna relación con la enfermedad.

La imagen pertenece a Eduardo Julio Arancibia

En 1771 Frapolli describe un síndrome que el pueblo conocía como pelle agra, piel áspera, y también lo relaciona con el consumo de maíz.

A partir de ahí se establecen dos vertientes en la posible etiología de la pelagra, una que la asocia al consumo de maíz y otra a deficiencias alimentarias.

Los primeros decían que antes de la llegada de las primeras mazorcas a Europa la enfermedad era desconocida y que el avance de los brotes coincidía con el avance de los sembradíos de maíz, mientras que los segundos argüían que en América, donde la alimentación estaba básicamente compuesta por maíz, la enfermedad era desconocida.

A estos últimos, los partidarios de culpabilizar al grano alegaban que seguramente tenía algún veneno al que los nativos americanos eran inmunes lo cual era refutado con el argumento de que los europeos tampoco se enfermaban en América y que los síntomas podían remitir si se complementaba la dieta de los enfermos con carne, leche, huevos y queso. Y así iban.

Imagen en https://es.wikipedia.org/wiki/Ramón_Carrillo (25/02/23)

Hasta que en 1902 aparecen los primeros casos en EEUU y en 1906, como ya dijimos, estalla una epidemia en Mississippi y en 1915 Goldberg propone enfermar presos para probar algo, aunque muy bien no sabía qué.

La elección de la Prisión de Ranking no fue azarosa sino que estuvo basada en que en ella no se registraban casos de pelagra y Goldberg pensó que administrando una dieta basada en el maíz sin ingesta de otros nutrientes podía inducirla; en tanto que suplementando la dieta de enfermos podía hacerla remitir. Y lo logró.

Pero la Thompson-McFadden Pellagra Comission, que se había formado un tiempo antes ya había concluido en que el mal tenía un origen infeccioso. No estaban dispuestos a aceptar que la pelagra era una enfermedad de la pobreza, porque eso significaba que la pobreza es causa de enfermedades.


Pero Goldberg no estaba dispuesto a entregarse y decidió inyectar a un grupo de voluntarios entre los que se encontraban él mismo, su esposa y sus hijas con sangre y escamas cutáneas de enfermos. Ninguno enfermó.

Pero todo fue inútil, el buen doctor paso los últimos seis años de su vida luchando contra los molinos de viento de la teoría infecciosa y el negacionismo a pesar de haber identificado a la carencia de vitaminas del grupo B (Niacina) como la posible causa.

No fue hasta 1950 que se demostró cabalmente que la ingesta de 60 mg de triptófano presente en los alimentos ricos en proteínas como el huevo, el amaranto, la leche, los cereales integrales, el chocolate, la avena, los dátiles, las semillas de sésamo, los garbanzos, las pipas de girasol, las pipas de calabaza, los cacahuetes, los bananos, la calabaza, la espirulina, el queso cottage, las carnes rojas, el pescado, el pollo y las almendras, entre otros y que equivale a 1mg de Niacina alcanza para prevenir la pelagra y revertir los síntomas de la enfermedad. Si tomamos en cuenta que una dieta balanceada aporta alrededor de 1 gr de triptófano al día esto cubre con creces las necesidades diarias.

La imagen pertenece a Silvia Catillo  

Entonces, ¿qué pasaba con las poblaciones americanas que no contraían pelagra a pesar de tener una dieta basada en el maíz?

Pues la respuesta es simple y ya la tratamos en una nota anterior; la nixtamalización.

El proceso de cocer en grano en una solución alcalina de hidróxido de calcio, además de ayudar a remover el pericarpio, y conferirle a la masa maleabilidad y durabilidad mejora el balance de aminoácidos e incrementa la disponibilidad de nutrientes.

Durante el cocimiento se producen complejísimas reacciones bioquímicas y entrecruzamientos moleculares que modifican tanto la física y la química del maíz como las propiedades estructurales y la textura de sus productos.


Los conquistadores llegaron a América y se llevaron todo lo que pudieron, lo que no se llevaron es el conocimiento, la tecnología, la sabiduría. Algunas, como la nixtamalización se pueden recuperar, pero otras no y quedan olvidadas para siempre.

Y entonces, del mismo modo que prefieren negar que la pobreza es causa en sí misma de enfermedad, niegan que los pueblos originarios pueden haber tenido técnicas, tal vez muy simples, que les permitieran hacer grandes construcciones o hacer producir tierras áridas.

Es preferible creer en OVNIS.

Notas y referencias:

(1) 2021, Barbieri Rusca, Aldo, “El viaje de los 9000 años Parte II”, El barrio Villa Pueyrredón.


sábado, 11 de febrero de 2023

A través del país de la galleta, reencuentro con la familia bonaerense

2022, junio 11 a 20

Los cuidados por la pandemia del COVID han trastocado muchas cosas. Es cierto que redujeron considerablemente la cantidad de casos fatales; pero también lo es que hemos perdido contacto con actividades que solíamos realizar con frecuencia.

En lo particular, hasta la aparición de las vacunas, en casa hemos vivido casi encerrados. Luego fuimos asomando la cabeza en esporádicos encuentros familiares y amicales que, afortunadamente, se han tornado cada vez más frecuentes. Sin embargo, nos faltaba rencontrarnos con la posibilidad de hacer algún viaje.

Las imágenes pertenecen al autor

Este modesto recorrido por algunas ciudades importantes de la Provincia de Buenos Aires fue una compensación largamente anhelada. Hablo de modesto recorrido porque Haydée y yo no hicimos otra cosa que expandir los encuentros familiares más allá de las fronteras de la Ciudad de Buenos Aires. Efectivamente solo fuimos a Mar del Plata, Olavarría y Nueve de Julio a reencontrarnos con parientes y amigos… y sin embargo, si se lo piensa bien, pued que no haya sido tan modesta la andadura.

Intentaré ensayar unas pocas notas que relaten las experiencias vividas, yendo más allá de lo personal.

I Mar del Plata

En la muy galana costa que Juan de Garay alcanzara en 1580, nos esperaban los sobrinos de Haydée y la querida amiga María Inés Pacenza que el lector recuerda por haber compartido con nosotros las recetas familiares de confituras navideñas calabresas. (1)

El frío fue particularmente intenso, pero el sol frente al mar nos reconfortó de manera amigable. El primer día recorrimos las playas desde los lobos marinos de Fioravanti hasta los primeros balnearios de La Perla. El segundo, recorrimos la Avenida Colón desde la calle Entre Ríos, en donde nos alojábamos, hasta la Avenida Patricio Peralta Ramos.


De tan habitual, el monumento al lobo marino nos parece casi una obviedad, un lugar común, casi un ornamento intrascendente. Sin embargo, hay que detenerse frente a él, rodearlo y mirarlo desde todos los ángulos para darnos cuenta de que estamos frente a una obra notable de un artista de genial singularidad. No es el único lugar en el que don José Fioravanti dejó su huella. Sin un listado exhaustivo, no podemos dejar de admirar su labor en el Monumento a la Bandera en la ciudad de Rosario y la estatua ecuestre y monumento de Simón Bolívar en el Parque Rivadavia de la Ciudad de Buenos Aires.

Esta escultura erigida en simétrica armonía con los majestuosos edificios diseñados por Alejandro Bustillo (Casino y Hotel Provincial) nos da la dimensión de un patrimonio mágico que es necesario preservar. Sin embargo, me paré frente al conjunto y no pude dejar de sentir otra cosa. Además del valor patrimonial, este conjunto monumental es el signo identitario de una ciudad bella y única, a la que siempre quiero volver.

Efectivamente, todo es bello en ese recorrido, estética y sentimentalmente; pero siempre hay algo que lo afea y le da terrenidad que preocupa y asusta. Algunas áreas de los edificios monumentales y el solado de la rambla exhiben un deterioro perceptible… Además, la higiene urbana brilla por su ausencia.

La segunda caminata, por la Avenida Colón, tuvo un objetivo intrascendente en sí mismo. Caminar por una de las avenidas más importantes de la ciudad y llegar a Tío Curzio para tomar algo frente a la hermosa vista de Playa Varese. Los ascensos y descensos por la Avenida proporcionan sano ejercicio y la vista frente al café, regocijo.


Sin embargo, a poco de llegar, abandonamos la recta de nuestra andadura. Así fue que recorrimos las dos manzanas delimitadas por las calles Alvear, Moreno, Viamonte y la propia Avenida Colón. Allí hay una importante concentración de edificios declarados “Bienes Patrimoniales” por la Municipalidad de General Pueyrredón (Ordenanza N° 15.728) y por distintas norma de la Comisión Nacional de Monumentos, de Lugares y de Bienes Históricos.

No dejamos de admirar la belleza de cada uno de esos edificios. Una admiración frustrada a medias por el éxito de la vocación destructiva que en Mar del Plata se enseñorea como en cualquier otra ciudad del país. ¿Están los edificios? Sí ¿Están preservados? En distinto grado, pero también… pero les han restado del paisaje urbano que conformaron cuando fueron levantados. Cada uno ellos está rodeado por inmensas moles de los edificios modernos que no sólo invaden el paisaje, sino que también se erigen como amenaza. El restaurante Tío Curzio, por ejemplo, exhibe con orgullo su condición de edificio patrimonial, pero, a sus espaldas, se levanta una torre de más de veinte pisos.

La historia no es nueva, claro está. En los años sesenta, se construyeron las primeras torres que destruyeron la armonía generada por los edificios que Alejandro Bustillo había construido treinta años antes.

Pero uno puede mirar las cosas al revés y compensar la amargura por la destrucción de ese paisaje urbano patrimonial, por la contemplación de los edificios protegidos, algunos de ellos con excelente grado de conservación. Durante la caminata, empezamos por el impresionante chalet que sirve de sede del Museo Municipal Juan Carlos Castagnino (Alvear y Colón), edificio conocido como Villa Ortíz Basualdo. Bajando por Alvear se encuentran, entre otros, la Villa Blaquier (Alvear y Bolívar), la Villa Kelmis (Alvear y Moreno), conocido también como Chateau Frontenac y, volviendo por Viamonte, la Villa Normandy (en la esquina de esta calle con la Avenida Colón).


Disfrutando el paseo llegamos a Tío Curzio, donde tomamos café balconeando sobre Playa Varese y observando, lo que ya habíamos visto en el día anterior, varios barcos de pesca de gran porte anclados a pocos metros de la costa. ¿Qué estarían pescando? No pudimos saberlo.

Ya he publicado unas notas sobre la cocina de restauración marplatense, (2) de modo que no llamará la atención del lector que nuestros encuentros con los afectos hayan tenido como escenario la mesa de algunos restaurantes siempre recomendables de la ciudad. Allí la celebración de la unión con los afectos suele ser un ritual impecable.


Empezamos por Once y Veinte, casi en el extremo del barrio de La Perla. Se trata de un restaurante pequeño, bien puesto y sin pretensiones de lujo y gourmandise. Allí es donde Nani, su cocinero propietario, ofrece platos tradicionales hechos con delicadeza y buen gusto (lo que mi amigo Pancho Ramos suele denominar cocina honesta). Efectivamente comí la mejor lengua a la vinagreta de mi vida (bien cocida, bien cortada y condimentada con moderación y frescura).


Con María Inés comimos en un restaurante de Playa Grande, sobre la calle Alem, Biko. En el mismo tipo de cocina que Once y Veinte, pero con ciertas pretensiones de modernidad en el estilo y el diseño del local y los platos, sin que por ello pierda autenticidad. Comí unos deliciosos malfatis acompañados por una salsa fileto genuina (los filetes de tomate enteros se percibían en la salsa con delicada presencia, cocidos pero no desechos, sin estridencias de acidez natural o dulzura ficticia). Como despedida, tomamos una copa de una muy buena sidra seca de Río Negro. El infrecuente nombre que alude a las luchas civiles contra al apartheid sudafricano, esa invocación y el origen rionegrino de los propietarios hicieron el resto.

Como Mar del Plata no es sólo pasta, sino también pescados y mariscos, fuimos por ellos en el restaurante del Club de Pescadores. Allí disfrutamos de la abigarrada algarabía de una parrillada de pescados y mariscos. No todo estaba súper bien en ella, pero los puntos destacados y la vista de la Playa Bristol compensaban algún que otro defecto. Desde el punto de vista del servicio hubo una sola falla, el plato con agua tibia y limón para comer con la más entera libertad tuve que pedirlo.


La apoteosis de nuestras comidas fue en uno de los restaurantes de pesca que más me gusta frecuentar cuando visitamos la ciudad, Lo de Tata. Me gusta la sencillez con que te sirven la pesca del día. El pescado es fresco de verdad y sólo lleva un grillado leve que lo cocina en un punto justo, viene siempre acompañado con papas al natural y espinacas salteadas.

Nos quedó pendiente darle una revancha a la Trattoria Napolitana de la familia Véspoli. La última vez que comimos allí (hace como cinco años) fue una experiencia fallida, producto quizás de una mala noche en la cocina.

II Olavarría

En Olavarría, el ritmo fue diferente. Hicimos un par de paseos, sí; pero comimos siempre en las casas de mi tía y de mis primos, a excepción de los desayunos que tomamos en el Café de Vega.


La primera mañana de nuestra estadía se presentó fría, pero muy soleada. Como no había viento, incitaba a caminar. No tuvimos mejor idea que recorrer el Parque Mitre por ambas riberas del Arroyo Tapalqué. Sobre la calle Hornos hay un pequeño embalse, muy bello por cierto. No todas las calles que transcurren perpendiculares al arroyo tienen paso vehicular, lo cual es una bendición para los viandantes. El resto de las arterias que lo cruzan, comunican las dos riberas a través de puentes peatonales colgantes.

El Parque es bello y limpio, las riberas están muy bien cuidadas y arboladas. Sólo vivimos un incidente muy desagradable. Una cuadrilla, supuestamente municipal, estaba podando un eucaliptus añoso de una manera salvaje. Una vecina muy enojada nos pidió que fuéramos sus testigos. Increpó duramente a los podadores quienes dijeron pertenecer, efectivamente, a la organización municipal y haber hecho cursos de poda allí mismo, dando el nombre que les impartió la funcionaria municipal que los había enviado para realizar esa tarea. Expongo una foto que da cuenta.


Me quedé pensando, tal vez rodeado de prejuicio de porteño. ¿Cómo es que una ciudad que está en el medio del campo tenga tan mala relación con la naturaleza? Bueno, pensé, Olavarría se piensa a sí misma como ciudad agraria, pero también como ciudad minera. Tal vez, la incesante extracción que esta actividad supone… Pero, no, la mala relación con la naturaleza puede aparecer en todos lados. Me acordé que la última vez que estuve en la estación Doce de Octubre (Partido de Nueve de Julio), había un basural a cielo abierto de por lo menos una hectárea de extensión a poco más de cien metros de la traza urbana del pueblo que tiene 300 habitantes y está rodeado de chacras y estancias.

Me quedé viendo como los empleados municipales se llevaban una camioneta llena de leña que vaya a saber a dónde depositarían… como cuando remueven los adoquines de alguna calle de Buenos Aires, pensé.

El día siguiente amaneció con una niebla impenetrable y un aire mucho más destemplado, nuestra caminata fue mucho más modesta, recorrimos los edificios del centro cívico (la iglesia, el palacio municipal, el Banco de la Nación Argentina y el teatro municipal).


Me impactó el fuerte contraste que se percibe en la iglesia. Tiene una fachada con evocaciones neoclásicas y una puerta lateral modernísima, al igual que su interior, las naves y el vitral que se encuentra detrás del altar, reemplazando el retablo.

De lo poco que recorrimos, vimos otros edificios de interés como el café de Vega y la fábrica de fideos Aitala. Edificios más que centenarios ubicados en dos esquinas consecutivas por la calle Coronel Suárez (esquinas Vicente López y Alsina, respectivamente). El primero ocupa una parte del edificio que supo ser un almacén de ramos generales. El segundo, siempre fue una fábrica de pastas secas.


Hay mucho más. Incluso un detalle que embellece la ciudad pujante y moderna con animada vida nocturna: la fuerte tendencia a la conservación de los edificios de estilo italianizante con ladrillos a la vista.

He dicho que salvo los desayunos en el Café Vega, hemos comido siempre en la casa de tía Mari y de mis primos. Tres noches en casa de la tía. ¿Quién cocinó? Ustedes lo saben muy bien, mi prima Nancy. (3)


La primera noche hizo empanadas fritas. Cuando llegamos estaba haciendo aún las tapas. Me encanta verla cocinar. Se mueve con seguridad y ligereza y conversa como si no estuviera haciendo nada. Hizo cinco docenas de empanadas para ocho que éramos a la mesa. Empezó a armarlas y, cuando se quedó sin el relleno de carne, se sumergió en la heladera y sacó un relleno de verduras, seguramente la sobra de una pascualina o de unos canelones que habría hecho en los días anteriores. Se terminó este relleno, buscó jamón y queso y siguió haciendo empanadas. Finalmente, hizo un par de docenas más de empanadas pequeñas que rellenó de dulce de membrillo.

Para las noches siguientes, hizo sus famosos sorrentinos con estofado y una bondiola con cebolla y cerveza negra. (4) En mi modesta opinión, esta última era una carbonada flamenca cuya receta encontró por la internet. La acompañó con verduras horneadas y saltadas en un disco de arado, cocinadas por separado que luego mezcló en el disco. De postre. Los sorrentinos recibieron una creación personal hecha con flanes y frutas. La coronación final fue un tiramisú delicioso que coronó la bondiola a la cerveza negra.


Mis primos se lucieron con sendas parrilladas. Carlos con asado de tira, chorizos y morrones asados rellenos de queso que preparó Raquel, su esposa. Luis con asado de cerdo en el que destacó un matambre a la pizza. Teresa su esposa, que es española, preparó una tortilla a mi pedido (aduje que me la había prometido hacía casi veinte años, lo cual era cierto). Ella suele preparar una tortilla más a la manera argentina; pero esta vez siguió la receta de su madre, con papas confitadas. He comido en España tortillas de este estilo, pero me parece que ésta fue la mejor.


Todas las comidas fueron preparadas con abundante presencia de vegetales. De modo que la carga no era tan intensa como aparece en la descripción. Tomamos buenos vinos que mis primos adquirieron en distintos lugares (Saldungaray, Las Grutas, General Alvear y San Rafael en Mendoza, etc.)… y el pan, tan importante en la mesa familiar, fue galleta de puño en casa de tía Mari y de Carlos y galleta trincha en casa de Luis.

Había prometido reducir las cuestiones estrictamente personales al mínimo. Sin embargo, ¿qué es un viaje? Contemplar de paisajes urbanos y rurales y disfrutar de la buena mesa. Pero, sería impropio reducir la buena mesa a un plato de comida bien elaborado que despierte nuestros sentidos. Para despertarlos definitivamente es necesario contar con comensales que alimenten nuestro apetito de comunicación y afecto.


En nuestros viajes, Haydée y yo disfrutamos solos de la comensalía, pero a veces, sólo a veces. El contexto de comer con la familia y los amigos es una de nuestras elecciones predilectas al planificar un viaje. Esta vez no sólo no fue la excepción, sino el centro de nuestro recorrido.

En esta etapa en Olavarría, las comidas con los primos Aiscurri se transformaron en una suerte de celebración, en un ritual propiciatorio que hizo circular el afecto que nos sentimos, intenso y profundo, desde que éramos niños y nos encontrábamos dos fines de semana al año, uno en Dudignac y otro en Doce de Octubre.


Quizás debamos estas celebraciones a nuestros padres que disfrutaban de ellas cuando ellos eran jóvenes y nosotros pequeños. Por eso salimos de Olavarría con la certeza de que otro tanto nos iba a ocurrir en Nueve de Julio con tía Chocha Aiscurri, la hermana menor de nuestros padres, y los primos Arizcurre que tanto queremos.

Lo cierto es que, durante tres días, Olavarría volvió a ser Dudignac.

III Nueve de julio

Siempre he sentido que la inconmensurable llanura bonaerense era el paisaje más placentero que podía disfrutar. Cada vez que tomaba unas vacaciones, o emprendía un simple viaje de pocos días, que comenzaba en auto, alcanzaba con llegar al campo en la Provincia de Buenos Aires para sentirme relajado. Ese verde inconmensurable, homogéneo y llano me producía un efecto sedante que me permitía dejar de lado la agresividad cotidiana que viví siempre en la gran ciudad.


¿Dije verde inconmensurable, homogéneo y llano? El lector me objetará que esa monotonía no es digna de ser contemplada como el Cerro de los Siete Colores y las Cataratas del Iguazú, por solo mencionar dos sitios de nuestro bello, largo y trajinado país. Responderé a esa objeción diciendo que sobre gustos no hay disputas y que solo hablo de sensaciones personales que quiero compartir. También debo decir en favor de mi gusto que tal homogeneidad y monotonía no existen.

De Mar del Plata hasta Nueve de Julio hay quinientos kilómetros. Trescientos hasta Olavarría y dos cientos más hasta El Nueve. Quienes recorran el circuito de la Ruta Nacional 226 y la Ruta Provincial 65 apreciarán que ambos trayectos son bien diferentes. En Mar del Plata, el mar matiza la monotonía de la llanura y, por lo menos desde Mar del Plata hasta Tandil, la planicie es interrumpida por bellas serranías que vuelven a aparecer a pocos kilómetros de llegar a Olavarría.


En ningún caso, estas serranías interrumpen abruptamente la llanura feraz. Tal es así que Olavarría que debió su desarrollo principalmente a la producción de cemento, se concibe a la vez como ciudad agropecuaria y minera.

En el camino a Nueve de Julio la llanura es casi enteramente plana, casi sin lomadas siquiera.

La continuidad de nuestro viaje tuvo a la galleta de campo como protagonista. Tía Chocha nos esperaba en su casa con una enorme galleta que consiguió en una panadería del pueblo, el enorme pueblo que, en mi corazón, es la Ciudad de Nueve de Julio.

Esta vez no hubo caminatas, sólo desfrute de las comidas familiares con Tía Chocha (dos cenas) y los primos Arizcurre (dos almuerzos).


Tía Chocha venía diciendo, en nuestras charlas telefónicas, que la última vez que estuvimos con ella no me había atendido bien, cosa que no fue así, por cierto. Pero, ¿qué era para mi tía atenderme bien? “Antes hacía empanadas, ahora, ni eso”. De modo que esa primera noche, en la cocina de la calle Mendoza, había empanadas fritas que ella misma preparó con la asistencia de su hija, mi prima Cecilia.

Esas empanadas fueron tan memorables como las que había servido mi prima Nancy; pero con una diferencia. Las empanadas de Nancy son muy buenas porque hace las tapas con las recetas de tía Chocha que ya publiqué en El Recopilador de sabores entrañables. (5) En realidad, Nancy, mi primo Carlos y yo usamos esas recetas que difieren un poco según se trate de empanadas fritas u horneadas. De modo que estaba frente a una bandeja de humeantes empanadas auténticamente originales.

Esa noche, en casa de Tía Chocha, las empanadas volvieron a ser un manjar de regalo, tal como las concibieron los hispano magrebíes hace más de setecientos años. (6)

Julio Arizcurre y su familia nos recibieron con su habitual hospitalidad, y más que ello, afectuoso compañerismo. Ni bien llegamos a casa de tía Chocha, llamé a Julio por teléfono y, a los cinco minutos estaba con Norma en esa cocina compartiendo la charla en torno del mate (que está vez, por razones sanitarias, aún no nos atrevimos a compartir físicamente).


Al día siguiente, Julio y Norma nos recibieron en su bella casa, en uno de los bordes de la ciudad. Asado y ensaladas en abundancia. Fuimos con Chocha y compartimos la mesa con el padre de Norma, don Becho (Carlos Rodríguez). También estaba mi prima Susana Arizcurre, hermana de Julio.

La charla nos llevó a La Rioja Española y a las carreras de karting de la Provincia de Buenos Aires.

Norma contó que había ido a verlos un primo suyo, Edgardo Rodríguez, y nos mostró un libro autobiográfico que hablaba de su familia. La obra profusamente documentada, además de ilustrada con una gran colección de imágenes y fotografías, exponía las memorias de Edgardo, a la sazón arquitecto que reside en el barrio de Belgrano.


El arquitecto Rodríguez arrancaba su relato con la historia de sus abuelos que nacieron en Anguiano (sí, sí, en La Rioja Española). Fue maravilloso para todos, especialmente para Norma descubrir Anguiano. Conté del famoso baile con zancos, diciendo que podían entrar en YouTube para ver ese espectáculo imperdible. Ni lerdo ni perezoso, Julio encendió el televisor que presidía la sala, buscó y encontró unas escenas maravillosas de Anguiano y sus bailarines. Aproveché para pedirle que mostrara imágenes de la Villa de Igea, en donde nacieron los hermanos de apellido Aiscurri y Arizcurre, es decir, nuestros abuelos.

La charla siguió amable y Julio aprovechó para mostrarnos algunas carreras de karting en las que sus hijos, Gustavo y Fernando, participan. A los postres se sumó mi primo Jorge Arizcurre, gran campeón de ciclismo nuevejuliense.


Siempre recuerdo que cuando iba a ver a mis abuelos, ya adolescente, me gustaba leer el diario del pueblo. En él aparecían las hazañas de un Jorge que tenía un apellido parecido al mío. Si preguntaba quién era, y Chocha decía que era un primo, un nieto del tío Juanito. Si preguntaba por las diferencias de apellido, contaba que mi abuelo y su hermano Juan había traído esos apellidos diferentes desde España. Años después pude entender que los apellidos de mi abuelo, y los de sus hermanos y hermanas, diferían según la parroquia en la que habían sido bautizados.

Al día siguiente, el almuerzo consistió en un lechón frío, impecablemente asado por Julio.

Nos despedimos de la familia Arizcurre prometiendo volver a vernos, como seguramente ocurrirá.

La última noche de nuestro viaje cenamos en casa de tía Chocha. Había pollo al horno con papas que la tía preparó a medias con su hija Cecilia quien, a su vez, hizo unos canelones de verdura. Sólo comí canelones y abrí la galleta ampulosa… ¡Qué placer hundirme en la textura levemente astringente de esa miga delicada y sabrosa! No hay otro pan que se le parezca, lo puedo asegurar.

Después de comer, tía Chocha trajo algunas fotos que me remontaron a la infancia y la juventud, mientras yo seguía pellizcando la miga de esa galleta que se ofrecía sensual sobre la mesa… a la postre, no supe si eran las fotos o esa miga las que me transportaban al pasado.


Finalmente, la tía sacó un documento antiguo de su caja de fotos. Era un manuscrito que tenía más de cien años. Me pidió que esa noche descifrara el contenido. Sencillamente era una certificada del acta de nacimiento de mi abuela Agustina fechada en 1913. ¿Pero cómo? ¿No era que mi abuela, nacida en 1901 había llegado con su familia en 1908? “No, querido, primero vino mi abuelo y luego su esposa con los cuatro hijos mayores… mi madre siempre decía que había llegado a La Argentina con doce años.”

Ese papel me incitó a retomar una búsqueda que empecé hace casi treinta años, cuando quería registrar el rumbo de los igeanos en La Argentina… pero, no. Ya hacía muchos años que esa búsqueda había perdido sentido en mi espíritu, y no sólo por los impedimentos materiales (entre otros, la ímproba tarea de recuperar los documentos escritos en esa época), sino porque también había perdido el deseo de hacerlo.

Efectivamente, cuando estuve por primera vez en La Rioja Española, pude hablar con el párroco de Igea, a la sazón, Don Víctor. El amable cura me señaló la biblioteca que había en su despacho. En ella se conservaban los libros con las actas de bautismo de los niños nacidos en la Villa desde 1547 y me dijo, “están a tu disposición, busca lo que quieras”. “No, le respondí, sólo quiero saber cómo viven los riojanos hoy”.


Es que efectivamente sentí que el ciclo de mis búsquedas se había completado cuando anduve las calles de Igea por primera vez… Ahora que evoco esos momentos, me doy a pensar si el ritual de esa noche en la cocina de Tía Chocha fue realmente sumergirme en el pasado o, si era simplemente una manera de reconocerme a mí mismo en esas fotos y en la miga de la galleta.

Al día siguiente, salimos del Nueve, con los abundantes restos de la galleta, y frutos del limonero de Norma y del Naranjo de tía Chocha, poniendo fin a nuestro recorrido por el país de la galleta… por supuesto que le devolví el documento a la tía y prometí volver, cosa que haré como lo he hecho siempre.

¿El país de la galleta? Sí. Siempre los viajes comienzan cuando empezamos a planificarlos. Llamé a mi primo Luis Aiscurri en abril para su cumpleaños y le conté que iríamos. Aproveché para contarle también de mi exploración sobre la galleta de campo en Suipacha. Brevemente le conté las diferencias que había entre la galleta de puño, la galleta trincha y la galleta de piso. (7) Con atrevimiento le pregunté si se conseguían galletas en Olavarría. “No sé, me dijo, pero voy a buscar.”

En Mar del Plata, siempre hay buen pan, pero nunca comí galleta. De modo que no esperaba encontrarme con ellas. Sin embargo, en el desayuno del hotel había unos hojaldres de grasa que, en la Ciudad de Buenos Aires, solemos denominar “libritos” y, en Córdoba llaman “crioios”. No era galleta, pero sí su primo hermano. Fue el único pan que comí en esos desayunos que tomamos en esos días.


En Olavarría, la picada que sirvió mi prima Nancy, como entrada a sus empandas fritas, estaba acompañada por un pan con forma de bollo. Cuando probé su miga, dije “Uppps, pero si esto es galleta de puño”. Esa galleta nos acompañó en todas las comidas, pero en casa de Luis no estaba sola, había también panes criollos, es decir, galleta tricha… de modo que mis primos me agasajaron con galletas que pusieron sobre la mesa sin alarde de ello, casi en silencio.

En el final, esa galleta enorme que consiguió tía Chocha y que traje a la Ciudad de Buenos Aires, no sin antes haber compartido, haber dejado una parte en Nueve de Julio.

Los viajes tienen tres momentos culminantes, cuando decidimos hacerlos y los planificamos, cuando hacemos la andadura y cuando regresamos felices a casa. En mi caso particular, me gusta registrarlos en notas simples y sencillas como éstas.

Notas y referencias

(1) 2020, Aiscurri, Mario, “Cannariculi, chichiriquiata y cellepiene, dulces calabreses de Navidad”, en El Recopilador de sabores entrañables, leído en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2020/07/cannariculi-chichiriquiata-y-cellepiene.html el 25 de junio de 2021.

(2) 2020, Aiscurri, Mario, “Ochenta leguas al sur, sobre una galana costa, Mar del Plata cocina”, en El Recopilador de sabores entrañables, leído en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2022/04/ochenta-leguas-al-sur-sobre-una-galana.html el 25 de junio de 2021.

(3) 2014, Aiscurri, Mario, “Las mujeres de hoy en la cocina III – Nancy Aiscurri”, en El Recopilador de sabores entrañables, leído en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2014/03/las-mujeres-de-hoy-en-la-cocina-iii.html el 26 de junio de 2022.

(4) 2014, Aiscurri, Mario, “Sorrentinos de Nancy Aiscurri”, en El Recopilador de sabores entrañables, leído el 1° de julio de 2022 en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2014/03/sorrentinos-de-nancy-aiscurri.html.

(5) 2012, Aiscurri, Mario, “Tapas para empanadas”, en El Recopilador de sabores entrañables, leído el 27 de junio de 2022, en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2012/05/tapas-para-empanadas.html y 2021, Aiscurri, Mario, “La tía Chocha y la receta de mis empanadas – Revisión”, en ídem, leído el 28 de junio de 2022 en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2021/10/la-tia-chocha-y-la-receta-de-mis.html.

(6) 2017, Abad Alegría, Francisco, En busca de lo auténtico (Raíces de nuestra cocina tradicional), Gijón, Trea S. L., pp. 221-223.

(7) 2022, Aiscurri, Mario, “La galleta, auténtico pan de campo en las llanuras argentinas, entre mi magdalena de Proust y el patrimonio alimentario bonaerense (Parte I)”, en El Recopilador de sabores entrañables, leído el 15 de octubre de 2022 en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2022/07/la-galleta-autentico-pan-de-campo-en.html y “… (Parte II)” en ídem, leído en ídem en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2022/07/la-galleta-autentico-pan-de-campo-en_30.html.