Después de haber publicado casi 360 artículos con
más de 500 recetas que sostienen con éxito la idea de una clara identidad de la
cocina argentina, caigo en la cuenta de que me faltaba una fórmula que es una
pieza fundamental de esa identidad, la del arroz con leche.
con excepción de ésta cuya referencia se encuentra en (a)
¿Por qué es tan importante esta receta? Tal vez porque sea uno de los principales legados, junto con otros como el cous cous, las empanadillas y el pecado frito, de la España Andalusí de la Baja Edad Media a las cocinas del mundo (1) y, también, porque ha tenido, y aún tiene, una presencia indeleble en la cocina de los argentinos.
I
El arroz con leche – incitación
Todo argentino debe haber probado este “manjar”, o
por lo menos, si está dentro de las comidas que rechaza por alguna razón, haber
tomado conocimiento de su existencia central en nuestra cocina (confieso que yo
mismo he experimentado algún reparo al respecto). Este postre es uno de eso
platos en los que la argentinidad culinaria se expresa con nitidez.
Sí, sí, y sé, los dogmáticos del origen me van a
decir que no es una creación argentina… yo respondo que está tan afincado en
nuestros gustos que la cuestión de origen carece de relevancia.
Va aquí mi confesión: algunos de los platos que mi
madre preparaba me producían un sentimiento contradictorio. Por ejemplo, cuando
ella ponía un huevo batido en la sopa, hecha siempre con caldo de puchero. (2) El
aspecto de los hilos de la clara cuajada me producía un rechazo inmediato, pero
cuando la probaba porque no tenía otra opción, me resultaba deliciosa, de modo
que la tomaba con los ojos cerrados y pasaba a otra dimensión con los aromas y
sabores de ese plato.
Algo parecido me ocurría con el arroz con leche.
¿Cómo era eso de comer un alimento salado, el arroz, transformado en un plato
dulce? Y otra vez, me volvía a encantar cuando lo llevaba a la boca.
Ya siendo grande, esas contradicciones
desaparecieron, y hasta extrañé, por ejemplo, esa sopa omnipresente. Sin
embargo, la escasa atracción que los postres ejercieron siempre sobre mi
persona logró que el arroz con leche no alcanzara la estatura de delicia de
otros platos de similar catadura, como por ejemplo, el carré de cerdo mechado
con ciruelas y panceta y acompañado con puré de manzanas.
Quien recorra con cierta paciencia El
Recopilador de sabores entrañables, verá que no rechazo las preparaciones dulces,
y mucho menos aquéllas que llamamos “agridulces”; pero sí que tengo en baja
estima los postres.
Ahora bien, tomando el sendero de la incitación,
les cuento que hace algún tiempo leí un sabroso artículo de la arqueóloga María
Marschoff sobre la memoria en la cocina. Doy por supuesto que la autora se
propone encontrar un sentido directriz de la cocina que España nos legó, aunque
no lo dice expresamente, a partir de cuatro cocineros que juzga importantes en
su formación como arqueóloga y como cocinera familiar.
Los cocineros de marras son Ruperto de Nola (siglo
XVI), Francisco Martínez Montiño (siglo XVII), Juan de Altamira (siglo XVIII) y
su abuela Elvira (siglo XX).
En sus líneas, da una visión de la evolución de la
cocina española en esos siglos, considerando cambios y continuidades a través
de los años y el impacto de este proceso sobre la cocina de nuestros días en el
Río de la Plata. Cada párrafo es verdaderamente incitante tanto para los que
estudiamos la cocina argentina como para los que cocinamos en casa.
Culmina con una descripción de una receta en
particular, la de manjar blanco, tal y como la concibieron esos grandes
maestros. Se trataba de una preparación que llevaba pechuga de gallina cocida
en leche con azúcar y canela. Sobre el final del texto, rescata la similitud de
texturas y sabores entre ese manjar que ha quedado escondido en el pasado y el
arroz con leche que aún pervive.
Marschoff no señala relaciones de causalidad entre
ambas recetas. Sabemos a su vez, por lo que nos dice Abad Alegría, (ver nota
(1)) que el arroz con leche tiene una impronta medieval de la España Andalusí y
que el manjar blanco es una especialidad de las cortes europeas del
renacimiento. Sin embargo, ella no dice nada al respecto, se limita a indicar
que hay, entre esas dos preparaciones, una gramática culinaria común que atraviesa
los siglos y los mares para llega hasta casi nuestros días en este rincón del
mundo.
II
En los recetarios argentinos
Si uno recorre los recetarios argentinos publicados
en Buenos Aires desde fines del siglo XIX, encontrará una receta de arroz con
leche ya en el primero de ellos (precisamente en el Almanaque de la cocinera
argentina para 1881) (4) y también reconocerá esta misma gramática en
muchos otros (tal vez el recetario más significativo al respecto sea el de
Francisco de Figueredo, 1888, (tengo la edición de 1914)). (5)
Esa manera de cocinar con grasa, azúcar y frutas en
las recetas saladas fue variando considerablemente a partir del segundo tercio
del siglo XX, en el que se impone la moda de los académicos franceses de la
generación de Augusto Escoffier. Ese fue, en mi modesta opinión, el gran motor
del cambio. En este contexto, la manteca reemplazó a la grasa, e incluso al
aceite, y las preparaciones saladas con entonaciones picantes, agridulces y
frutadas fueron arrinconadas en fórmulas muy específicas y notablemente
minoritarias.
En La Argentina, la abandera de esta transformación
fue doña Petrona C. de Gandulfo, cuya formación en la cocina académica francesa
es ampliamente conocida. Lo curioso del caso es que doña Petrona reservó
lugares para conservar recetas emblemáticas de período anterior, como es el caso
de sus empanadas santiagueñas y, por supuesto, el arroz con leche.
III
Paella, risotto, arroz con leche de doña Petrona
Otras transformaciones importantes ocurrieron en
nuestra cocina en el último tercio del siglo XX y lo que va del XXI. Por
ejemplo, el intento de reemplazar la manteca por la margarina o la restauración
de la centralidad del aceite de oliva. De modo que aquella cocina argentina de
cuño indo hispano parece haber desaparecido. O, tal vez no. El arroz con leche
sigue estando presente… y la carbonada criolla, también.
Pero volviendo a nuestro postre, digamos que vivimos
los años en que el arroz se come seco a la manera valenciana (paella) o meloso
a la manera del norte de Italia (risotto). En este contexto, ¿el arroz con
leche tiene lugar aún? Otra vez, pareciera que no, pero…
Mientras escribía este artículo fuimos a comer a un
restaurante palermitano que nos gusta mucho y al que solemos asistir desde hace
por lo menos 20 años, se trata de Sudestada. El nombre del establecimiento es claramente
rioplatense; sin embargo, en un bello juego de palabras, ofrece comidas de
Sudeste Asiático. Desconozco la ortodoxia identitaria de las recetas que usan,
pero me encanta comer allí a pesar de mi ignorancia en la materia. Esta vez fuimos
en la hora del almuerzo y tomamos el menú del día (entrada, principal y postre).
Para el postre había una opción única, arroz con leche con miel y coco rallado.
Mi frondosa imaginación me llevó a pensar que, en su hispanidad, bien podría
tratarse de una receta filipina. Era solo mi imaginación… y sin embargo, ese
arroz de aromas y texturas exóticas estaba allí sobre la mesa, contundente y
real, sabroso y amable.
Hacer arroz con leche no resulta tan difícil como
parece. El lector podrá verlo en la siguiente receta que, obviamente, es la de
doña Petrona.
¡Ah! Este artículo tiene un capítulo más. Mi
sugerencia es que el lector lo recorra mientras prueba el arroz con leche que
ha hecho, siguiendo a doña Petrona, claro está.
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Arroz
con leche |
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Fuente (fecha) |
El libro de Doña Petrona, 1935 (6) |
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Ingredientes |
Leche 2,5 l. Arroz 200 g. Azúcar 200 g. Vainilla 1 barra. Canela en polvo a
gusto. Cascarita de limón
(opcional). |
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Preparación |
1.-
Poner en remojo el arroz en la leche por algunas horas. 2.-
Colocarlo a fuego lento hasta que el arroz casi esté cocido. 3.-
Agregar el azúcar y la vainilla y dejarlo hervir un momentito más. 4.-
Cuando está frío, se espolvorea canela en polvo. |
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Comentarios |
De
doña Petrona: 1) Se puede añadir un cascarita de
limón en lugar de la vainilla. 2) “Debe resultar el arroz bien cocido
y algo espeso y cremoso. Míos: 1) ¿Me equivoco o la barra de vainilla
es una vaina o chaucha de vainilla? En la edición de 2011, curada por su
nieta Marcela Massut, la receta usa esencia de vainilla. Pero en 1958, aún
decía barra de vainilla. (7) 2) Entre la edición de 1935 y la de
1958, hay una pequeña diferencia. En 1935, el arroz se cocina hasta que casi
esté hecho, antes de agregar el azúcar y la vainilla; en la de 1958, se
cocina hasta que ya está hecho. |
IV
Cómo repensar la cocina argentina
Nuestra cocina argentina se ha construido a partir
de la convergencia y encuentro de múltiples influencias. Desde las tradiciones
prehispánicas que se mestizaron con las españolas de los siglos XVI a XVIII,
hasta la formas más modernas producto de la inmigración masiva, a partir de la
segunda mitad del siglo XIX, del afrancesamiento de principios del XX, de los
viajes de los argentinos al extranjero en las últimas cinco décadas y de las
publicaciones en las redes sociales, ya más recientes.
En este contexto,
hemos sobrevalorado algunas de las últimas etapas de la configuración de
nuestras cocinas. Es verdad que, por ejemplo, la influencia italiana ha sido
importante; pero, cuando llegaron los primeros italianos al Río de la Plata, ya
hacía más de dos siglos y medio que argentinos que comían y se alimentaban a
diario.
¿Debemos repensar esa sobrevaloración? Por
supuesto.
Es cierto que las influencias más significativas
que dieron forma a nuestra cocina en el siglo XX, se perciben en dos tendencias
principales: el aporte de la academia francesa y el de las cocinas de las
colectividades de inmigrantes (desde la diversidad que, en la segunda mitad del
siglo XX, hemos denominado Italia) hasta las última en manifestar su presencia,
como la peruana y la coreana. Pero, reitero, estas influencias no operaron
sobre la nada, ante de la llegadas de estas oleadas de inmigrantes, y aún antes
de que el gusto francés se impusiera, los argentinos (con derecho de llamarnos
tales desde principios del siglo XVII) ya comíamos y teníamos un gusto definido
a partir de aquella primera confluencia indo hispana.
Tal vez el arroz
con leche sea el ejemplo más contundente, pero no debemos descartar otras
fórmulas e ideas gastronómicas, aunque les resulte paradójico para los cultores
dogmáticos del origen, como es el caso de la identidad española de la salsa de
tomates con la que aderezamos las pastas.
Notas y
bibliografía:
(1) 2017, Abad Alegría,
Francisco, En busca de lo auténtico
(Raíces de nuestra cocina tradicional), Gijón, Trea S. L, pp. 162-166 y 170-171.
(2) Mi madre hacía puchero hispano
criollo tres veces por semana, las cincuenta y dos semanas del año. Su puchero
tenía el toque dulzón y fiestero del zapallo, la batata y el choclo. De allí
obtenía caldo para darnos las 14 sopas de la semana. ¿Era un fastidio? Sí,
claro. Sin embargo, es hora de corregir a Mafalda. Ya no diría “todos somos
anti sopa”, sino “todos somos anti otra vez sopa”. Para colmo, mi vieja tenía
una ajustada visión del marketing infantil, es más, lo rechazaba de plano. Su
caldo, por ejemplo, estaba en el recetario de doña Petrona que ella misma
consultaba para hacer tortas. Pero la gran cocinera santiagueña no llamaba sopa
a ese caldo, sino “consomé” (palabra usada por la academia francesa para
referirse al caldo concentrado del cocido español).
(3) 2017, Marschoff, María, “El
ingrediente secreto: la memoria en el cocinar y en el comer”, en Pellini, José
Roberto et al. (editores), Sentidos
indisciplinados. Arqueología, sensorialidad y narrativas alternativas, Madrid,
JAS Arqueología S.L.U., pp. 373-406.
(4) 1880, V. P. de P., Almanaque de la Cocinera Argentina para 1881,
Buenos Aires, Imprenta y Librería de Mayo, transcripto íntegramente en 2020,
Fugardo, Marcela y Caldo, Paula, La
cocinera Argentina. Un recetario del siglo XIX de enigmática autoría,
Buenos Aires, Maizal Ediciones.
(5) 1914, Figueredo, Francisco, El arte culinario, Barcelona, Antonio
Chiqués y C. Editores, primera edición de 1988.
(6) 1935, Gandulfo, Petrona C. de, El
libro de doña Petrona, Buenos Aires, 1935, Segunda edición corregida y
aumentada (1° edición de 1934), pp. 325.
(7) 1958, Gandulfo, Petrona C. de, El
libro de doña Petrona, Buenos Aires, 1958, edición 52° (1° edición de 1934),
pp. 489 y 2011, Gandulfo, Petrona C. de, El gran libro de doña Petrona,
Buenos Aires, Distal, 2011, edición 102°, s/año de edición original (1° edición
de 1934), pp. 570.
(a) https://shinyveggies.com/arroz-con-leche-vegano-cremoso-y-facil-de-hacer/
(hay recetas españolas del siglo XVIII que usan leche de almendras)


















