Ir a Parte VI
Dedicado al querido y recordado Aldo Barberis Rusca
que iluminó con sus opiniones mis ideas en esta materia. Desde que te fuiste,
extraño tus ideas siempre claras, amigo.
VIII
Por qué llamamos bodegón al restaurante de comida porteña (cont.)
He tratado, en la Parte VI,
de diferenciar la fonda del restaurante porteño, ambos establecimientos se
incluyen hoy en la misma categoría, la del bodegón. Establecí las
características diferenciadoras en términos históricos y conceptuales y prometí
alguna reflexión más.
Por
qué bodegón me parece una denominación inapropiada
La palabra bodegón lleva, en
mi opinión, una carga peyorativa que ya vimos asignada por José Wilde a las
fondas de Buenos Aires de principios del siglo XIX. (33) (ver Parte VI)
Esa carga peyorativa se
aplicaba tanto a un estilo de restaurante como a una cocina, la porteña, la
cocina “al uso del país”. Esta desvalorización acrisolada en más de dos cientos
años de tilinguería, despreciaba esta tradición culinaria y la conducía a
ocupar un lugar subordinado con relación con la muy apreciada de los
restaurantes de cocina internacional (sea ella, francesa, primero; italiana y
española, luego; peruana, coreana o china, en nuestros días). Contribuyen a
esta caracterización tilinga esa asociación que se le atribuía casi naturalmente
con la cocina casera, barata y de porciones abundantes, por ende, a las escasas
posibilidades de la pobreza.
Por fortuna, los porteños
amamos nuestra cocina y, en la práctica, nos rebelamos de manera inconsciente a
esa pretensión de degradar lo propio.
Esta rebelión que tomó la
forma de un gran amor a lo que hoy llamamos bodegón, me ha permitido rescatar,
desde otro ángulo, esta idea que impulsó Pietro Sorba para identificar una
cocina que él mismo considera valiosa y amable. En ese sentido debo decir, gracias, Pietro Sorba por devolvernos el
gusto por la cocina de nuestra identidad, por devolvernos el rumbo a nuestros
gustos locales y marcarnos en camino que no debiéramos haber abandonado, como
lo hicimos en las últimas décadas del siglo XX.
El
restaurante porteño
Debo decir que la
introducción de la guía de marras captó mi atención y mi adhesión casi
inmediata. (34) Me revelaba que la cocina argentina, casi inexistentes para las
primeras lecturas que hice, (35) era una tradición reconocible, que encontrábamos
de manera manifiesta en el bodegón. En ese punto, que me dispuse a escribir un
recetario de los bodegones porteños. (ver nota (32), en la Parte VI)
Sin embargo, después de
algún tiempo, gracias a las conversaciones con algunos amigos (en especial, con
el recordado Aldo Barberis Rusca y con Héctor Zancada) y a la lectura de una
carta del restaurante Albamonte de 1950, puede diferenciar conceptualmente la
fonda / bodegón del restaurante porteño. (36) Ese, para mí, fue un gran
hallazgo.
¿Abandoné, entonces, la valoración positiva del texto de Pietro Sorba?
De ninguna manera. Despejé las características de las distintas clases de
restaurantes, pero adherí a su manera de entender cómo se fue formando nuestra
cocina.
IX
Una manera de entender la conformación de la cocina argentina
Le doy la
palabra al señor Sorba:
“Con el pasar de los años y por una suerte de magia
que se originó en el ámbito de las cocinas de los bodegones de la ciudad, se
formó un nuevo recetario típicamente porteño, tácitamente homologado y aceptado
por todos los que, en mayor o menor medida (según el nivel de presencia e
influencia de cada grupo inmigratorio), estaban presentes fundiéndose entre sí
los recursos gastronómicos del territorio, las
tradiciones locales y las de las colectividades llegadas de lejos. En
especial, la española y la italiana.” (37) (el subrayado es mío).
La cocina porteña como un
festival de encuentros, como ocurre con el tango, un verdadero tango
gastronómico, estaba allí sobre la mesa de los bodegones… o, mejor dicho de los
restaurantes porteños y de las fondas, porque el mecanismo de formación de la
nueva cocina fue el mismo.
Subrayé lo de la participación de las tradiciones locales porque los
autores que sostienen que la cocina porteña y la argentina no existe, que lo
que comemos es el resultado de la incorporación de receta foráneas, se han
perdido un detalle, entre 1580 y 1870, los porteños comíamos.
Don Pietro no se detiene en
desplegar esa tradición local, porque se está dedicando a caracterizar el
período de la cocina que yo denomino “neo criollo”. Sí, la que dominó nuestras
mesas entre 1870 y 1980 en que el impacto inmigratorio fue muy importante.
Yo digo que, en Buenos Aires,
antes de la inmigración masiva, ya se comía puchero criollo (dulzón y fiestero),
guiso de mondongo (ni callos, ni buseca, guiso de mondongo a secas), locro, carbonada,
empanadas, kiveve y otras delicias de la comida argentina que fueron claves en
el desarrollo de este recetario.
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Notas
y referencias:
(33) 1881, Wilde, José Antonio, Buenos
Aires desde setenta años atrás (1810-1880), Buenos Aires Eudeba, 1960.
(34) 2008, Sorba, Pietro, Bodegones de Buenos Aires, Buenos
Aires, Planeta, 3° edición, 2009, pp. 9-13.
(35) 2026, Aiscurri, Mario,
“Por
la vereda del sol con El Recopilador de sabores (2011-2026) Parte II: La cocina
argentina existe”, en El Recopilador de sabores entrañables, leído el 7 de
junio de 2026 en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2026/05/por-la-vereda-del-sol-con-el_01928276898.html.
(36) 2026, Aiscurri, Mario,
“La Carta del Restaurante Albamonte (1950)”, en El Recopilador de
sabores entrañables, leído el 7 de junio de 2026en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2016/07/la-carta-del-restaurante-albamonte-1950.html
(37) Sorba, Pietro, Op. Cit., pag 10.















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