sábado, 11 de febrero de 2023

A través del país de la galleta, reencuentro con la familia bonaerense

2022, junio 11 a 20

Los cuidados por la pandemia del COVID han trastocado muchas cosas. Es cierto que redujeron considerablemente la cantidad de casos fatales; pero también lo es que hemos perdido contacto con actividades que solíamos realizar con frecuencia.

En lo particular, hasta la aparición de las vacunas, en casa hemos vivido casi encerrados. Luego fuimos asomando la cabeza en esporádicos encuentros familiares y amicales que, afortunadamente, se han tornado cada vez más frecuentes. Sin embargo, nos faltaba rencontrarnos con la posibilidad de hacer algún viaje.

Las imágenes pertenecen al autor

Este modesto recorrido por algunas ciudades importantes de la Provincia de Buenos Aires fue una compensación largamente anhelada. Hablo de modesto recorrido porque Haydée y yo no hicimos otra cosa que expandir los encuentros familiares más allá de las fronteras de la Ciudad de Buenos Aires. Efectivamente solo fuimos a Mar del Plata, Olavarría y Nueve de Julio a reencontrarnos con parientes y amigos… y sin embargo, si se lo piensa bien, pued que no haya sido tan modesta la andadura.

Intentaré ensayar unas pocas notas que relaten las experiencias vividas, yendo más allá de lo personal.

I Mar del Plata

En la muy galana costa que Juan de Garay alcanzara en 1580, nos esperaban los sobrinos de Haydée y la querida amiga María Inés Pacenza que el lector recuerda por haber compartido con nosotros las recetas familiares de confituras navideñas calabresas. (1)

El frío fue particularmente intenso, pero el sol frente al mar nos reconfortó de manera amigable. El primer día recorrimos las playas desde los lobos marinos de Fioravanti hasta los primeros balnearios de La Perla. El segundo, recorrimos la Avenida Colón desde la calle Entre Ríos, en donde nos alojábamos, hasta la Avenida Patricio Peralta Ramos.


De tan habitual, el monumento al lobo marino nos parece casi una obviedad, un lugar común, casi un ornamento intrascendente. Sin embargo, hay que detenerse frente a él, rodearlo y mirarlo desde todos los ángulos para darnos cuenta de que estamos frente a una obra notable de un artista de genial singularidad. No es el único lugar en el que don José Fioravanti dejó su huella. Sin un listado exhaustivo, no podemos dejar de admirar su labor en el Monumento a la Bandera en la ciudad de Rosario y la estatua ecuestre y monumento de Simón Bolívar en el Parque Rivadavia de la Ciudad de Buenos Aires.

Esta escultura erigida en simétrica armonía con los majestuosos edificios diseñados por Alejandro Bustillo (Casino y Hotel Provincial) nos da la dimensión de un patrimonio mágico que es necesario preservar. Sin embargo, me paré frente al conjunto y no pude dejar de sentir otra cosa. Además del valor patrimonial, este conjunto monumental es el signo identitario de una ciudad bella y única, a la que siempre quiero volver.

Efectivamente, todo es bello en ese recorrido, estética y sentimentalmente; pero siempre hay algo que lo afea y le da terrenidad que preocupa y asusta. Algunas áreas de los edificios monumentales y el solado de la rambla exhiben un deterioro perceptible… Además, la higiene urbana brilla por su ausencia.

La segunda caminata, por la Avenida Colón, tuvo un objetivo intrascendente en sí mismo. Caminar por una de las avenidas más importantes de la ciudad y llegar a Tío Curzio para tomar algo frente a la hermosa vista de Playa Varese. Los ascensos y descensos por la Avenida proporcionan sano ejercicio y la vista frente al café, regocijo.


Sin embargo, a poco de llegar, abandonamos la recta de nuestra andadura. Así fue que recorrimos las dos manzanas delimitadas por las calles Alvear, Moreno, Viamonte y la propia Avenida Colón. Allí hay una importante concentración de edificios declarados “Bienes Patrimoniales” por la Municipalidad de General Pueyrredón (Ordenanza N° 15.728) y por distintas norma de la Comisión Nacional de Monumentos, de Lugares y de Bienes Históricos.

No dejamos de admirar la belleza de cada uno de esos edificios. Una admiración frustrada a medias por el éxito de la vocación destructiva que en Mar del Plata se enseñorea como en cualquier otra ciudad del país. ¿Están los edificios? Sí ¿Están preservados? En distinto grado, pero también… pero les han restado del paisaje urbano que conformaron cuando fueron levantados. Cada uno ellos está rodeado por inmensas moles de los edificios modernos que no sólo invaden el paisaje, sino que también se erigen como amenaza. El restaurante Tío Curzio, por ejemplo, exhibe con orgullo su condición de edificio patrimonial, pero, a sus espaldas, se levanta una torre de más de veinte pisos.

La historia no es nueva, claro está. En los años sesenta, se construyeron las primeras torres que destruyeron la armonía generada por los edificios que Alejandro Bustillo había construido treinta años antes.

Pero uno puede mirar las cosas al revés y compensar la amargura por la destrucción de ese paisaje urbano patrimonial, por la contemplación de los edificios protegidos, algunos de ellos con excelente grado de conservación. Durante la caminata, empezamos por el impresionante chalet que sirve de sede del Museo Municipal Juan Carlos Castagnino (Alvear y Colón), edificio conocido como Villa Ortíz Basualdo. Bajando por Alvear se encuentran, entre otros, la Villa Blaquier (Alvear y Bolívar), la Villa Kelmis (Alvear y Moreno), conocido también como Chateau Frontenac y, volviendo por Viamonte, la Villa Normandy (en la esquina de esta calle con la Avenida Colón).


Disfrutando el paseo llegamos a Tío Curzio, donde tomamos café balconeando sobre Playa Varese y observando, lo que ya habíamos visto en el día anterior, varios barcos de pesca de gran porte anclados a pocos metros de la costa. ¿Qué estarían pescando? No pudimos saberlo.

Ya he publicado unas notas sobre la cocina de restauración marplatense, (2) de modo que no llamará la atención del lector que nuestros encuentros con los afectos hayan tenido como escenario la mesa de algunos restaurantes siempre recomendables de la ciudad. Allí la celebración de la unión con los afectos suele ser un ritual impecable.


Empezamos por Once y Veinte, casi en el extremo del barrio de La Perla. Se trata de un restaurante pequeño, bien puesto y sin pretensiones de lujo y gourmandise. Allí es donde Nani, su cocinero propietario, ofrece platos tradicionales hechos con delicadeza y buen gusto (lo que mi amigo Pancho Ramos suele denominar cocina honesta). Efectivamente comí la mejor lengua a la vinagreta de mi vida (bien cocida, bien cortada y condimentada con moderación y frescura).


Con María Inés comimos en un restaurante de Playa Grande, sobre la calle Alem, Biko. En el mismo tipo de cocina que Once y Veinte, pero con ciertas pretensiones de modernidad en el estilo y el diseño del local y los platos, sin que por ello pierda autenticidad. Comí unos deliciosos malfatis acompañados por una salsa fileto genuina (los filetes de tomate enteros se percibían en la salsa con delicada presencia, cocidos pero no desechos, sin estridencias de acidez natural o dulzura ficticia). Como despedida, tomamos una copa de una muy buena sidra seca de Río Negro. El infrecuente nombre que alude a las luchas civiles contra al apartheid sudafricano, esa invocación y el origen rionegrino de los propietarios hicieron el resto.

Como Mar del Plata no es sólo pasta, sino también pescados y mariscos, fuimos por ellos en el restaurante del Club de Pescadores. Allí disfrutamos de la abigarrada algarabía de una parrillada de pescados y mariscos. No todo estaba súper bien en ella, pero los puntos destacados y la vista de la Playa Bristol compensaban algún que otro defecto. Desde el punto de vista del servicio hubo una sola falla, el plato con agua tibia y limón para comer con la más entera libertad tuve que pedirlo.


La apoteosis de nuestras comidas fue en uno de los restaurantes de pesca que más me gusta frecuentar cuando visitamos la ciudad, Lo de Tata. Me gusta la sencillez con que te sirven la pesca del día. El pescado es fresco de verdad y sólo lleva un grillado leve que lo cocina en un punto justo, viene siempre acompañado con papas al natural y espinacas salteadas.

Nos quedó pendiente darle una revancha a la Trattoria Napolitana de la familia Véspoli. La última vez que comimos allí (hace como cinco años) fue una experiencia fallida, producto quizás de una mala noche en la cocina.

II Olavarría

En Olavarría, el ritmo fue diferente. Hicimos un par de paseos, sí; pero comimos siempre en las casas de mi tía y de mis primos, a excepción de los desayunos que tomamos en el Café de Vega.


La primera mañana de nuestra estadía se presentó fría, pero muy soleada. Como no había viento, incitaba a caminar. No tuvimos mejor idea que recorrer el Parque Mitre por ambas riberas del Arroyo Tapalqué. Sobre la calle Hornos hay un pequeño embalse, muy bello por cierto. No todas las calles que transcurren perpendiculares al arroyo tienen paso vehicular, lo cual es una bendición para los viandantes. El resto de las arterias que lo cruzan, comunican las dos riberas a través de puentes peatonales colgantes.

El Parque es bello y limpio, las riberas están muy bien cuidadas y arboladas. Sólo vivimos un incidente muy desagradable. Una cuadrilla, supuestamente municipal, estaba podando un eucaliptus añoso de una manera salvaje. Una vecina muy enojada nos pidió que fuéramos sus testigos. Increpó duramente a los podadores quienes dijeron pertenecer, efectivamente, a la organización municipal y haber hecho cursos de poda allí mismo, dando el nombre que les impartió la funcionaria municipal que los había enviado para realizar esa tarea. Expongo una foto que da cuenta.


Me quedé pensando, tal vez rodeado de prejuicio de porteño. ¿Cómo es que una ciudad que está en el medio del campo tenga tan mala relación con la naturaleza? Bueno, pensé, Olavarría se piensa a sí misma como ciudad agraria, pero también como ciudad minera. Tal vez, la incesante extracción que esta actividad supone… Pero, no, la mala relación con la naturaleza puede aparecer en todos lados. Me acordé que la última vez que estuve en la estación Doce de Octubre (Partido de Nueve de Julio), había un basural a cielo abierto de por lo menos una hectárea de extensión a poco más de cien metros de la traza urbana del pueblo que tiene 300 habitantes y está rodeado de chacras y estancias.

Me quedé viendo como los empleados municipales se llevaban una camioneta llena de leña que vaya a saber a dónde depositarían… como cuando remueven los adoquines de alguna calle de Buenos Aires, pensé.

El día siguiente amaneció con una niebla impenetrable y un aire mucho más destemplado, nuestra caminata fue mucho más modesta, recorrimos los edificios del centro cívico (la iglesia, el palacio municipal, el Banco de la Nación Argentina y el teatro municipal).


Me impactó el fuerte contraste que se percibe en la iglesia. Tiene una fachada con evocaciones neoclásicas y una puerta lateral modernísima, al igual que su interior, las naves y el vitral que se encuentra detrás del altar, reemplazando el retablo.

De lo poco que recorrimos, vimos otros edificios de interés como el café de Vega y la fábrica de fideos Aitala. Edificios más que centenarios ubicados en dos esquinas consecutivas por la calle Coronel Suárez (esquinas Vicente López y Alsina, respectivamente). El primero ocupa una parte del edificio que supo ser un almacén de ramos generales. El segundo, siempre fue una fábrica de pastas secas.


Hay mucho más. Incluso un detalle que embellece la ciudad pujante y moderna con animada vida nocturna: la fuerte tendencia a la conservación de los edificios de estilo italianizante con ladrillos a la vista.

He dicho que salvo los desayunos en el Café Vega, hemos comido siempre en la casa de tía Mari y de mis primos. Tres noches en casa de la tía. ¿Quién cocinó? Ustedes lo saben muy bien, mi prima Nancy. (3)


La primera noche hizo empanadas fritas. Cuando llegamos estaba haciendo aún las tapas. Me encanta verla cocinar. Se mueve con seguridad y ligereza y conversa como si no estuviera haciendo nada. Hizo cinco docenas de empanadas para ocho que éramos a la mesa. Empezó a armarlas y, cuando se quedó sin el relleno de carne, se sumergió en la heladera y sacó un relleno de verduras, seguramente la sobra de una pascualina o de unos canelones que habría hecho en los días anteriores. Se terminó este relleno, buscó jamón y queso y siguió haciendo empanadas. Finalmente, hizo un par de docenas más de empanadas pequeñas que rellenó de dulce de membrillo.

Para las noches siguientes, hizo sus famosos sorrentinos con estofado y una bondiola con cebolla y cerveza negra. (4) En mi modesta opinión, esta última era una carbonada flamenca cuya receta encontró por la internet. La acompañó con verduras horneadas y saltadas en un disco de arado, cocinadas por separado que luego mezcló en el disco. De postre. Los sorrentinos recibieron una creación personal hecha con flanes y frutas. La coronación final fue un tiramisú delicioso que coronó la bondiola a la cerveza negra.


Mis primos se lucieron con sendas parrilladas. Carlos con asado de tira, chorizos y morrones asados rellenos de queso que preparó Raquel, su esposa. Luis con asado de cerdo en el que destacó un matambre a la pizza. Teresa su esposa, que es española, preparó una tortilla a mi pedido (aduje que me la había prometido hacía casi veinte años, lo cual era cierto). Ella suele preparar una tortilla más a la manera argentina; pero esta vez siguió la receta de su madre, con papas confitadas. He comido en España tortillas de este estilo, pero me parece que ésta fue la mejor.


Todas las comidas fueron preparadas con abundante presencia de vegetales. De modo que la carga no era tan intensa como aparece en la descripción. Tomamos buenos vinos que mis primos adquirieron en distintos lugares (Saldungaray, Las Grutas, General Alvear y San Rafael en Mendoza, etc.)… y el pan, tan importante en la mesa familiar, fue galleta de puño en casa de tía Mari y de Carlos y galleta trincha en casa de Luis.

Había prometido reducir las cuestiones estrictamente personales al mínimo. Sin embargo, ¿qué es un viaje? Contemplar de paisajes urbanos y rurales y disfrutar de la buena mesa. Pero, sería impropio reducir la buena mesa a un plato de comida bien elaborado que despierte nuestros sentidos. Para despertarlos definitivamente es necesario contar con comensales que alimenten nuestro apetito de comunicación y afecto.


En nuestros viajes, Haydée y yo disfrutamos solos de la comensalía, pero a veces, sólo a veces. El contexto de comer con la familia y los amigos es una de nuestras elecciones predilectas al planificar un viaje. Esta vez no sólo no fue la excepción, sino el centro de nuestro recorrido.

En esta etapa en Olavarría, las comidas con los primos Aiscurri se transformaron en una suerte de celebración, en un ritual propiciatorio que hizo circular el afecto que nos sentimos, intenso y profundo, desde que éramos niños y nos encontrábamos dos fines de semana al año, uno en Dudignac y otro en Doce de Octubre.


Quizás debamos estas celebraciones a nuestros padres que disfrutaban de ellas cuando ellos eran jóvenes y nosotros pequeños. Por eso salimos de Olavarría con la certeza de que otro tanto nos iba a ocurrir en Nueve de Julio con tía Chocha Aiscurri, la hermana menor de nuestros padres, y los primos Arizcurre que tanto queremos.

Lo cierto es que, durante tres días, Olavarría volvió a ser Dudignac.

III Nueve de julio

Siempre he sentido que la inconmensurable llanura bonaerense era el paisaje más placentero que podía disfrutar. Cada vez que tomaba unas vacaciones, o emprendía un simple viaje de pocos días, que comenzaba en auto, alcanzaba con llegar al campo en la Provincia de Buenos Aires para sentirme relajado. Ese verde inconmensurable, homogéneo y llano me producía un efecto sedante que me permitía dejar de lado la agresividad cotidiana que viví siempre en la gran ciudad.


¿Dije verde inconmensurable, homogéneo y llano? El lector me objetará que esa monotonía no es digna de ser contemplada como el Cerro de los Siete Colores y las Cataratas del Iguazú, por solo mencionar dos sitios de nuestro bello, largo y trajinado país. Responderé a esa objeción diciendo que sobre gustos no hay disputas y que solo hablo de sensaciones personales que quiero compartir. También debo decir en favor de mi gusto que tal homogeneidad y monotonía no existen.

De Mar del Plata hasta Nueve de Julio hay quinientos kilómetros. Trescientos hasta Olavarría y dos cientos más hasta El Nueve. Quienes recorran el circuito de la Ruta Nacional 226 y la Ruta Provincial 65 apreciarán que ambos trayectos son bien diferentes. En Mar del Plata, el mar matiza la monotonía de la llanura y, por lo menos desde Mar del Plata hasta Tandil, la planicie es interrumpida por bellas serranías que vuelven a aparecer a pocos kilómetros de llegar a Olavarría.


En ningún caso, estas serranías interrumpen abruptamente la llanura feraz. Tal es así que Olavarría que debió su desarrollo principalmente a la producción de cemento, se concibe a la vez como ciudad agropecuaria y minera.

En el camino a Nueve de Julio la llanura es casi enteramente plana, casi sin lomadas siquiera.

La continuidad de nuestro viaje tuvo a la galleta de campo como protagonista. Tía Chocha nos esperaba en su casa con una enorme galleta que consiguió en una panadería del pueblo, el enorme pueblo que, en mi corazón, es la Ciudad de Nueve de Julio.

Esta vez no hubo caminatas, sólo desfrute de las comidas familiares con Tía Chocha (dos cenas) y los primos Arizcurre (dos almuerzos).


Tía Chocha venía diciendo, en nuestras charlas telefónicas, que la última vez que estuvimos con ella no me había atendido bien, cosa que no fue así, por cierto. Pero, ¿qué era para mi tía atenderme bien? “Antes hacía empanadas, ahora, ni eso”. De modo que esa primera noche, en la cocina de la calle Mendoza, había empanadas fritas que ella misma preparó con la asistencia de su hija, mi prima Cecilia.

Esas empanadas fueron tan memorables como las que había servido mi prima Nancy; pero con una diferencia. Las empanadas de Nancy son muy buenas porque hace las tapas con las recetas de tía Chocha que ya publiqué en El Recopilador de sabores entrañables. (5) En realidad, Nancy, mi primo Carlos y yo usamos esas recetas que difieren un poco según se trate de empanadas fritas u horneadas. De modo que estaba frente a una bandeja de humeantes empanadas auténticamente originales.

Esa noche, en casa de Tía Chocha, las empanadas volvieron a ser un manjar de regalo, tal como las concibieron los hispano magrebíes hace más de setecientos años. (6)

Julio Arizcurre y su familia nos recibieron con su habitual hospitalidad, y más que ello, afectuoso compañerismo. Ni bien llegamos a casa de tía Chocha, llamé a Julio por teléfono y, a los cinco minutos estaba con Norma en esa cocina compartiendo la charla en torno del mate (que está vez, por razones sanitarias, aún no nos atrevimos a compartir físicamente).


Al día siguiente, Julio y Norma nos recibieron en su bella casa, en uno de los bordes de la ciudad. Asado y ensaladas en abundancia. Fuimos con Chocha y compartimos la mesa con el padre de Norma, don Becho (Carlos Rodríguez). También estaba mi prima Susana Arizcurre, hermana de Julio.

La charla nos llevó a La Rioja Española y a las carreras de karting de la Provincia de Buenos Aires.

Norma contó que había ido a verlos un primo suyo, Edgardo Rodríguez, y nos mostró un libro autobiográfico que hablaba de su familia. La obra profusamente documentada, además de ilustrada con una gran colección de imágenes y fotografías, exponía las memorias de Edgardo, a la sazón arquitecto que reside en el barrio de Belgrano.


El arquitecto Rodríguez arrancaba su relato con la historia de sus abuelos que nacieron en Anguiano (sí, sí, en La Rioja Española). Fue maravilloso para todos, especialmente para Norma descubrir Anguiano. Conté del famoso baile con zancos, diciendo que podían entrar en YouTube para ver ese espectáculo imperdible. Ni lerdo ni perezoso, Julio encendió el televisor que presidía la sala, buscó y encontró unas escenas maravillosas de Anguiano y sus bailarines. Aproveché para pedirle que mostrara imágenes de la Villa de Igea, en donde nacieron los hermanos de apellido Aiscurri y Arizcurre, es decir, nuestros abuelos.

La charla siguió amable y Julio aprovechó para mostrarnos algunas carreras de karting en las que sus hijos, Gustavo y Fernando, participan. A los postres se sumó mi primo Jorge Arizcurre, gran campeón de ciclismo nuevejuliense.


Siempre recuerdo que cuando iba a ver a mis abuelos, ya adolescente, me gustaba leer el diario del pueblo. En él aparecían las hazañas de un Jorge que tenía un apellido parecido al mío. Si preguntaba quién era, y Chocha decía que era un primo, un nieto del tío Juanito. Si preguntaba por las diferencias de apellido, contaba que mi abuelo y su hermano Juan había traído esos apellidos diferentes desde España. Años después pude entender que los apellidos de mi abuelo, y los de sus hermanos y hermanas, diferían según la parroquia en la que habían sido bautizados.

Al día siguiente, el almuerzo consistió en un lechón frío, impecablemente asado por Julio.

Nos despedimos de la familia Arizcurre prometiendo volver a vernos, como seguramente ocurrirá.

La última noche de nuestro viaje cenamos en casa de tía Chocha. Había pollo al horno con papas que la tía preparó a medias con su hija Cecilia quien, a su vez, hizo unos canelones de verdura. Sólo comí canelones y abrí la galleta ampulosa… ¡Qué placer hundirme en la textura levemente astringente de esa miga delicada y sabrosa! No hay otro pan que se le parezca, lo puedo asegurar.

Después de comer, tía Chocha trajo algunas fotos que me remontaron a la infancia y la juventud, mientras yo seguía pellizcando la miga de esa galleta que se ofrecía sensual sobre la mesa… a la postre, no supe si eran las fotos o esa miga las que me transportaban al pasado.


Finalmente, la tía sacó un documento antiguo de su caja de fotos. Era un manuscrito que tenía más de cien años. Me pidió que esa noche descifrara el contenido. Sencillamente era una certificada del acta de nacimiento de mi abuela Agustina fechada en 1913. ¿Pero cómo? ¿No era que mi abuela, nacida en 1901 había llegado con su familia en 1908? “No, querido, primero vino mi abuelo y luego su esposa con los cuatro hijos mayores… mi madre siempre decía que había llegado a La Argentina con doce años.”

Ese papel me incitó a retomar una búsqueda que empecé hace casi treinta años, cuando quería registrar el rumbo de los igeanos en La Argentina… pero, no. Ya hacía muchos años que esa búsqueda había perdido sentido en mi espíritu, y no sólo por los impedimentos materiales (entre otros, la ímproba tarea de recuperar los documentos escritos en esa época), sino porque también había perdido el deseo de hacerlo.

Efectivamente, cuando estuve por primera vez en La Rioja Española, pude hablar con el párroco de Igea, a la sazón, Don Víctor. El amable cura me señaló la biblioteca que había en su despacho. En ella se conservaban los libros con las actas de bautismo de los niños nacidos en la Villa desde 1547 y me dijo, “están a tu disposición, busca lo que quieras”. “No, le respondí, sólo quiero saber cómo viven los riojanos hoy”.


Es que efectivamente sentí que el ciclo de mis búsquedas se había completado cuando anduve las calles de Igea por primera vez… Ahora que evoco esos momentos, me doy a pensar si el ritual de esa noche en la cocina de Tía Chocha fue realmente sumergirme en el pasado o, si era simplemente una manera de reconocerme a mí mismo en esas fotos y en la miga de la galleta.

Al día siguiente, salimos del Nueve, con los abundantes restos de la galleta, y frutos del limonero de Norma y del Naranjo de tía Chocha, poniendo fin a nuestro recorrido por el país de la galleta… por supuesto que le devolví el documento a la tía y prometí volver, cosa que haré como lo he hecho siempre.

¿El país de la galleta? Sí. Siempre los viajes comienzan cuando empezamos a planificarlos. Llamé a mi primo Luis Aiscurri en abril para su cumpleaños y le conté que iríamos. Aproveché para contarle también de mi exploración sobre la galleta de campo en Suipacha. Brevemente le conté las diferencias que había entre la galleta de puño, la galleta trincha y la galleta de piso. (7) Con atrevimiento le pregunté si se conseguían galletas en Olavarría. “No sé, me dijo, pero voy a buscar.”

En Mar del Plata, siempre hay buen pan, pero nunca comí galleta. De modo que no esperaba encontrarme con ellas. Sin embargo, en el desayuno del hotel había unos hojaldres de grasa que, en la Ciudad de Buenos Aires, solemos denominar “libritos” y, en Córdoba llaman “crioios”. No era galleta, pero sí su primo hermano. Fue el único pan que comí en esos desayunos que tomamos en esos días.


En Olavarría, la picada que sirvió mi prima Nancy, como entrada a sus empandas fritas, estaba acompañada por un pan con forma de bollo. Cuando probé su miga, dije “Uppps, pero si esto es galleta de puño”. Esa galleta nos acompañó en todas las comidas, pero en casa de Luis no estaba sola, había también panes criollos, es decir, galleta tricha… de modo que mis primos me agasajaron con galletas que pusieron sobre la mesa sin alarde de ello, casi en silencio.

En el final, esa galleta enorme que consiguió tía Chocha y que traje a la Ciudad de Buenos Aires, no sin antes haber compartido, haber dejado una parte en Nueve de Julio.

Los viajes tienen tres momentos culminantes, cuando decidimos hacerlos y los planificamos, cuando hacemos la andadura y cuando regresamos felices a casa. En mi caso particular, me gusta registrarlos en notas simples y sencillas como éstas.

Notas y referencias

(1) 2020, Aiscurri, Mario, “Cannariculi, chichiriquiata y cellepiene, dulces calabreses de Navidad”, en El Recopilador de sabores entrañables, leído en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2020/07/cannariculi-chichiriquiata-y-cellepiene.html el 25 de junio de 2021.

(2) 2020, Aiscurri, Mario, “Ochenta leguas al sur, sobre una galana costa, Mar del Plata cocina”, en El Recopilador de sabores entrañables, leído en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2022/04/ochenta-leguas-al-sur-sobre-una-galana.html el 25 de junio de 2021.

(3) 2014, Aiscurri, Mario, “Las mujeres de hoy en la cocina III – Nancy Aiscurri”, en El Recopilador de sabores entrañables, leído en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2014/03/las-mujeres-de-hoy-en-la-cocina-iii.html el 26 de junio de 2022.

(4) 2014, Aiscurri, Mario, “Sorrentinos de Nancy Aiscurri”, en El Recopilador de sabores entrañables, leído el 1° de julio de 2022 en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2014/03/sorrentinos-de-nancy-aiscurri.html.

(5) 2012, Aiscurri, Mario, “Tapas para empanadas”, en El Recopilador de sabores entrañables, leído el 27 de junio de 2022, en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2012/05/tapas-para-empanadas.html y 2021, Aiscurri, Mario, “La tía Chocha y la receta de mis empanadas – Revisión”, en ídem, leído el 28 de junio de 2022 en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2021/10/la-tia-chocha-y-la-receta-de-mis.html.

(6) 2017, Abad Alegría, Francisco, En busca de lo auténtico (Raíces de nuestra cocina tradicional), Gijón, Trea S. L., pp. 221-223.

(7) 2022, Aiscurri, Mario, “La galleta, auténtico pan de campo en las llanuras argentinas, entre mi magdalena de Proust y el patrimonio alimentario bonaerense (Parte I)”, en El Recopilador de sabores entrañables, leído el 15 de octubre de 2022 en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2022/07/la-galleta-autentico-pan-de-campo-en.html y “… (Parte II)” en ídem, leído en ídem en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2022/07/la-galleta-autentico-pan-de-campo-en_30.html.


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