viernes, 10 de marzo de 2023

Muchos años después, sitios emblemáticos de la infancia Parte I

El lector consecuente sabe que me gusta recorrer la Ciudad, la mía, con una mirada como de turista, de viajero extranjero. Traigo a la memoria, por ejemplo, una serie de artículos sobre algunos barrios de Buenos Aires que publiqué en 2015 y la serie dedicada a la Feria de Mataderos que publiqué ese mismo año para certificar el aserto. (1) (2) En ellos, mostré como, a pesar del esfuerzo homogeneizador de la corporación municipal, algunos distritos mantenían hace diez años, y aún mantienen, signos de identidades diferenciadas.

Las imágenes pertenecen al autor, salvo indicación en contrario

En los últimos meses de 2022 y primeros de 2023 comencé algunos recorridos que me llevaron a tres sitios a los que accedí en mi infancia con alguna frecuencia por razones diversas. Mis objetivos fueron contemplar el paso del tiempo, casi sesenta años, y ver los restos pervivientes, en una suerte de arqueología monumentalista, tratando de ejercer la forma de mirar de la que hablé arriba.

Para darle un toque de sabor a esas andaduras, combiné los recorridos con algunas experiencias gastronómicas puntuales. También me serví del transporte público para completar los circuitos con una ritualidad familiar.

Hay un par de sitios más que no visité en esta oportunidad, alguno cuya transformación es por todos conocida, a ellos dedicaré el epílogo de estas notas.

I La estación Buenos Aires

2 de noviembre de 2022

Debo reconocer que mi vocación por recorrer la ciudad como un turista nació de los paseos que mis hermanos y yo hicimos en la infancia con nuestro tío Alfonso. Más allá de las experiencias que recojo en estas notas, los lugares a donde fuimos entonces eran bien diversos. Salíamos de la apacible vida pueblerina del barrio de Mataderos, en los años sesenta del siglo XX, y, por ejemplo, tomábamos el colectivo 155 y quedábamos inmersos en la vorágine de la Avenida Corriente, en el Centro de la Ciudad, en pleno barrio de San Nicolás. Hoy me pregunto si tenía que hacer algún esfuerzo, en esos paseos, por ejercitar la mirada del turista o si realmente era una especie de extranjero en los lugares adonde íbamos.


En fin, les propongo ahora sumergirnos, en un primer tour, en la Estación Buenos Aires, terminal, durante mucho tiempo, de la línea de trenes Belgrano Sur. He ido tres veces hasta ella. La primera como a los diez u once años. No recuerdo cómo llegamos hasta ella, si, por ejemplo, fuimos o volvimos en el tren que nos dejaba en Ciudad Madero. La estación Buenos Aires era un lugar mítico en mi cabeza y, cuando por fin llegué a ella, se mostró con una magia inesperada.

¿Cómo se fue construyendo ese lugar mítico en mi bocho? Uno de los paseos favoritos con tío Alfonso era caminar por las vías que salían del Mercado de Hacienda hacia el sur. Íbamos desde Avenida Eva Perón (entonces se llamaba Avenida del Trabajo) hasta General Paz.


Si tomábamos el ferrocarril de trocha ancha (nunca supe si pertenecía a la línea Roca o la Sarmiento), el camino era más corto y terminaba detrás de la fábrica de Pirelli a pocos metros del cruce con la General Paz con la Avenida Intendente Crovara. Sí íbamos por el Belgrano Sur llegábamos hasta la estación Madero. Un día me vi sorprendido porque, poco antes de llegar a ésta, las vías por las que andábamos se juntaban con otras de ignota procedencia.

Entonces se me ocurrió preguntar de dónde venían esas vías que aparecían de golpe. El tío simplemente dijo, de estación Buenos Aires. Su respuesta aumentó mi sorpresa porque yo ya conocía algunos trenes que venían de allí. Por ejemplo, cuando íbamos a la chacra de mis abuelos en la Estación 12 de Octubre (Partido de Nueve de Julio), tomábamos el tren en la estación Tapiales, allí me enteré que esos trenes que tomábamos salían de la mismísima Estación Buenos Aires.

Aunque, me costó bastante tiempo componer un esquema geográfico en mi mente que uniera las estaciones de Madero y Tapiales, y ambas con la mítica cabecera; pensé entonces que esa estación debía ser muy importante como la de Retiro que ya conocía de otros paseos.


No sé cómo, ni por qué, pero lo cierto es que un día tío Alfonso nos llevó hasta allí. El contraste con mi idea previa fue impresionante. La estación Buenos Aires no era un edificio monumental. Me encontré frente a una construcción con techos de chapa que parecía más una casa de estilo inglés que una estación terminal de ferrocarril. Cierto es que mis ojos la veían muy grande para parecer una casa; pero, también, muy pequeña para ser una estación terminal de la envergadura que esperaba. Con todo, me pareció un lugar mágico, ubicado en un lugar que me resultó ignoto al principio, como si estuviera en otra ciudad. Sin embargo, desde los andenes pude ver los mástiles de la cancha de Huracán que había conocido hacía algún tiempo. Gracias a ese estadio pude integrar ese lugar a mi conocimiento de la Ciudad.

Conservé la magia de ese edificio en mi memoria de tal forma que treinta años después decidí hacer una nueva visita. Pude enterarme que la línea 59 tenía su terminal en el playón de la estación misma. Me monté en él y allí fui. Mi visión fue nuevamente mágica. A principios de los noventa buscaba aquellos rincones de la Ciudad que se conservaban restaurados casi como habían sido construidos muchos años antes (por ejemplo la estación Yrigoyen del Ferrocarril Roca que Pino Solanas había retratado en su película Sur). La estación Buenos Aires fue uno de ellos. El 59 paraba efectivamente en el playón de adoquines y la estación estaba impecable, bien pintada, coqueta. ¡Qué buena idea resultó esa visita!


Con esos antecedentes y con la expectativa de revivir la magia, con Haydée tomamos el 59, rumbo a la estación… habían vuelto a pasar treinta años.

Llegando ya, el colectivo encaró una recta. De pronto advertí que nos habíamos pasado. Dobló a la izquierda y llegó a su nueva terminal, muy cerca de la villa 21 – 24 (una de la más viejas de Buenos Aires, comenzó a formarse en los años setenta del siglo XIX). Pregunté al conductor por esa parada y me dijo dos cosas, que ya no tenían la terminal en el playón y que la estación ya no funcionaba.

Desanduvimos el camino y llegamos hasta ella. El escenario no dejó de sorprenderme, habían puesto mi lugar mágico en prisión.

¿Estoy exagerando? Sí, claro.


En primer lugar, no tenía ninguna expectativa de recuperar la magia de ese lugar, como había ocurrido en los años noventa. En las últimas décadas, diría que especialmente en lo que va del siglo XXI, la Ciudad ha ido perdiendo esos lugares mágicos que yo amaba, esos que afirmaban la identidad local diferenciada de los barrios. De modo que hemos visto desarrollar una imagen urbana homogénea para toda la ciudad, transformando los sitios de interés patrimonial en escenografías para turistas más amantes de lo verosímil que de lo verdadero, y los espacios vacantes en esos mismos barrios, levantando edificios que nadie habita. El caso más evidente para mí era el de La Boca.

Pero, cuando llegué, yo ya sabía cuatro cosas de la Estación Buenos Aires, a saber: que en parte de los terrenos colaterales del ferrocarril se habían construido edificios de departamentos, que se estaba construyendo un viaducto elevado entre estación Sáenz y Buenos Aires, que viejos galpones y baldíos se habían reconvertido en grandes instalaciones de logística y que la villa seguía estando donde siempre estuvo pero crecida en altos como todas las villas de la ciudad.

Lo único que no sabía es que el viaducto no desembocaba en la vieja estación Buenos Aires.


Cuando llegamos, vimos que el edificio ferroviario y el playón de adoquines parecían estar intactos, pero con un sistema de vallados que impedían el acceso a los mismos. El playón, donde antes tenía su terminal la línea 59, parecía destinado a un estacionamiento. Sobre la barrera metálica que impedía el acceso, había un dibujo de la nueva estación Buenos Aires, ahora elevada, que se estaba construyendo a varias cuadras de allí (aún ignoro el grado de avance de la obra) y la promesa de que ese ramal del Ferrocarril Belgrano Sur llegaría hasta la Estación Constitución.

De pronto abrieron el portón para que saliera un vehículo y pude tomar algunas fotografía. Pedí permiso para entrar y tomar otras vistas con mayor cercanía, pero no me autorizaron. El custodio me aseguró que el playón y la estación seguían siendo propiedad del Ferrocarril y que ese conjunto se iba a conservar tal cual estaba.

“Ojalá” pensé para mí. Encontré lo que esperaba hallar y la excursión sirvió como una breve despedida para ese lugar que seguiría siendo mágico solo en mi corazón.

Montamos nuevamente en el colectivo de la línea 59 y cruzamos la ciudad hacia nuestro próximo objetivo, la pizzería Burgio, a pocos metros de la esquina de Cabildo y Monroe.


Había dejado de ir hace ya unos cinco o seis años porque la pizza se había vuelto incomible. Luego estuvo tres o cuatro años cerrado hasta que un joven emprendedor gastronómico decidió recuperarla. Ahora estaba sentado a una mesa y la veía casi intacta en su decoración sesentista, en la que destaca el azulejado del salón principal que simula un mosaico veneciano de proporciones surrealistas. El único detalle es el reemplazo de las mesas en el pequeño salón de entrada por barras para comer al paso. El letrero con caracteres de plástico removibles sobre un fondo de felpa negro con las indicaciones del menú está intacto. La atención es esmerada y, lo fundamental, la pizza que no es la mejor pizza porteña de la Ciudad, pero es muy buena, llegando a ser una de las mejores.


A diferencia de la estación Buenos Aires, Burgio tiene con qué mostrarse como un espacio urbano que sigue siendo muy parecido a lo que era. Afortunadamente no ha entrado en una decadencia degradante ni ha sido “restaurado” desde la vocación simuladora que ordena nuestro presente.


Una de cal y una de arena, para una ciudad que se transforma en grado notablemente acelerado. Soy un defensor del patrimonio urbano, no de la nostalgia que detesta cualquier cambio o modificación, de modo que la excursión me resultó placentera en todo sentido. La ciudad, desde hace un siglo y medio por lo menos, se renueva constantemente, muchas veces para bien y, otras, bueno, en fin…

II Nuestra Señora del Rosario de Nueva Pompeya

11 de enero de 2023

Mi Vieja era devota de la Virgen de Pompeya. Creo que más que devota debiera decir que era promesante de esa advocación de la Virgen del Rosario. (3) Cuando había alguna contingencia familiar importante, digamos una enfermedad, mi madre prometía rezar el rosario en el Camarín de la Virgen. Obviamente, luego de superada la situación, así lo hacía.


A su vez colaboraba con la obra de la congregación de los frailes capuchinos que tenían a su cargo el santuario del barrio de Nueva Pompeya. Puntualmente, recibíamos por correo la revista de la parroquia y una publicación dedicada a las misiones que los franciscanos tenían en África (si no recuerdo mal, se llamaba El negrito africano, el diminutivo aludía a la población infantil atendida en esas misiones).

Pondré un ejemplo extraído de mis recuerdos. Tuve nefritis a los siete años de edad y, cuando ya estuve bien, mi madre y yo tomamos el 28 (en General Paz y Av. de los Corrales) y nos bajamos a un par de cuadras de la basílica. Ella conocía muy bien el camino, entraba por una puerta lateral, se dirigía hacia una escalera y por allí subíamos a una pequeña capilla (el Camarín de marras). El local al que accedíamos poseía una clara ambientación neo gótica que me resultaba impactante.


Ella rezaba en silencio y yo debía permanecer, también en silencio a su lado. La hora que pasábamos allí podría tornarse interminable para mí de no ser que yo quedaba extasiado por el recogimiento a que el lugar invitaba y por los objetos que, como donaciones de particulares, se exhibían en prolijas vitrinas colgadas en las paredes (recuerdo en especial un sable de oficial de marinería, entre otros objetos como medallas y plaquetas). A veces, no dejaba de asombrarme ver a algún promesante que subía arrodillado esa escalera que conducía al Camarín (mi mente de niño no comprendía el acto).

La pequeña capilla era presidida por la imagen de la Virgen con el Niño en brazos mientras entregaba rosarios a dos santos (el día de mi visita pude saber que eran dos dominicos, la Dra. de la Iglesia Santa Catalina de Siena y el propio Santo Domingo de Guzmán). Lo cierto es que la imagen inmensa de la Virgen estaba allí, a la altura de los fieles. Un día sentí un ruido y vi que se trataba de un motor que hacía girar la imagen 180° en torno de su eje vertical. Luego descubrí que, si se seguía por el pasillo y pasaba la escalera que nosotros usábamos, había un acceso a la nave principal del templo. Cuando está volcada hacia allí, la imagen se ve en una posición eleva sobre el altar de la nave principal del edificio… No sé por qué, pero la primera vez que la vi allí, no me gustó que estuviera tan lejos de los fieles promesantes.


Sé que heredé de la Vieja, sin saberlo en un principio, una escala de valores franciscana y que, en ello, los capuchinos de Nueva Pompeya tuvieron mucho que ver. Sin embargo, esa iglesia fue adquiriendo otros sentidos después de la muerte de mi madre (hace ya casi cincuenta años). Lo cierto es que hasta este 11 de enero de 2023 no había vuelto a entrar en el Camarín de la Virgen. Estuve algunas veces en el atrio, ingresé brevemente en el sector del claustro que da a la Avenida Sáenz y, una vez, solo una vez, me asomé a la nave principal; pero nunca volví al Camarín.


Logré tomar coraje y ese día volví a entrar. La visita fue impactante. Recordaba los lugares a la perfección. Todo estaba tal cual, lo que no dejó de sorprenderme (parece que hay lugares de la ciudad en los que la picota modernizadora no tiene acceso). Es difícil, casi imposible, describir lo que sentí en esa visita. Sólo puedo decir que, aunque no entré por la puerta lateral que estaba cerrada cuando llegué, los fantasmas desaparecieron, los de mi madre entrando conmigo por esa puerta, los del padre Fray Carlos Bustos que, en 1977, fue raptado al salir, en una noche de abril, por ella y nunca más apareció. (4)

El plan de la excursión suponía un almuerzo en el restaurante Pan y Teatro, en la esquina de las Casas y Muñiz del barrio de Boedo. La idea original era tomar un coche de la línea 44 que nos lleva directo desde casa hasta el santuario de Nueva Pompeya. Pero una cuestión de horarios nos obligó a cambiar el itinerario, yendo primero a almorzar. El hecho impidió que Haydée pudiera acompañarme hasta la iglesia porque tenía un compromiso que se lo impedía.


Nos encanta ir a ese restaurante. Es el único que conozco que ofrece cocina mendocina en la ciudad. Hasta antes de la pandemia era habitual que nos encontráramos con su mentor, el actor mendocino Germinal Marín. Pero las veces que fui, después del confinamiento de la pandemia, no pude dar con él, me cuentan que, desde entonces, va muy poco.

La presencia de Germinal era muy importante, igual que la del pianista que ameniza las comidas con su música. Germinal además de cocinero es un hábil y cálido anfitrión que te mete rápidamente en tema en relación con lo que vas a comer.


Recuerdo que una charla con él me permitió ajustar la idea que tenía acerca del establecimiento; no se trata de un restaurante de cocina mendocina, sino, de uno que ofrece comida de una familia mendocina. El día de esa charla, Germinal me habló de la cocina de su madre. Ocurrió que hace muchos años, cuando comenzó a funcionar el local, la madre de Germinal diseñó el menú y, por mucho tiempo, fue la cocinera. Ella no tenía formación profesional por lo que las recetas y técnicas que usaba eran las mismas de su cocina familiar… era como si Germinal abriera las puertas de su casa para invitarte a disfrutar de su mesa.

Referencia de la imagen (a)

Pude saber por esa charla que algunas recetas suponen esa especificidad familiar. Por poner un ejemplo, las empanadas que ella hacía, y se siguen comiendo allí, no llevan aceitunas porque al padre de Germinal no le gustaba. Es decir, la carta lleva solo lo que esa mujer cocinaba en su casa de Mendoza.


Comimos empanadas, las sorprendentes empanadas mendocinas de Pan y Teatro. Luego, Haydée pidió una milanesa con cebolla y queso (no la probé, pero contó que estaba deliciosa, tierna y sabrosa) y yo un tomaticán. Las empanadas cálidas y dulzonas (tono que le da la cantidad de cebolla que lleva el recado) y el tomaticán entrañable me recordaron a la cocina de mi abuela; no tanto por los aromas, sabores y recetas como por la armonía y dedicación que ella ponía en la cocina (por supuesto que huevos de sus gallinas y tomates frescos de su quinta siempre había y empanadas de carne, también). Así es la comida de Pan y Teatro… ¡Ah! Un pianista sigue tocando durante el almuerzo y la cena.

Ir a Parte II

Notas y referencias

(1) Aquí los enlaces a la serie de artículos que se refieren a unas vacaciones en que tomé en la ciudad de Buenos Aires en 2014 y publiqué en 2015 en El Recopilador de sabores entrañables:        
“Buenos Aires y los arrabales de Ítaca”, leído en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2015/02/buenos-aires-y-los-arrabales-de-itaca.html         
“Buenos Aires y los arrabales de Ítaca (cont.)”, leído en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2015/04/buenos-aires-y-los-arrabales-de-itaca.html         
“Buenos Aires y los arrabales de Ítaca (…y se va la tercera)”, leído en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2015/05/buenos-aires-y-los-arrabales-de-itaca-y.html         
“Buenos Aires y los arrabales de Ítaca (…y no pude evitarlo: cuarta parte)”, leído en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2015/06/buenos-aires-y-los-arrabales-de-itaca.html
Releídos todos el 2 de enero de 2023

(2) En el 2015, también publiqué cinco artículos sobre la Feria de Mataderos. El siguiente texto contiene el índice y los enlaces correspondientes a los artículos de marras:
2016, Aiscurri, Mario, “La Feria de Mataderos – índice”, en El Recopilador de sabores entrañables, leído el 2 de enero de 2023 en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2016/06/la-feria-de-mataderos-indice.html.

(3) Nuestra Señora del Rosario de Nueva Pompeya.

(4) “Bustos, Carlos Armando. –Sacerdote de los Franciscanos Capuchinos (estaba por ingresar en la Fraternidad del Evangelio) (Padre Carlos de Foucaul). El Padre Carlos Bustos trabajaba como taxista. Fue secuestrado en la calle por policías de civil cuando se dirigía a escuchar misa en la Basílica de Pompeya, el 9 de abril de 1977. Había recibido amenazas contra su vida.” (1984, Informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, Nunca Más, Buenos Aires, EUDEBA, 4° edición, 1998, pag. 350).

(a) Leído el 11 de marzo de 2023 https://www.tripadvisor.com.ar/Restaurant_Review-g312741-d1084521-Reviews-Pan_y_Teatro-Buenos_Aires_Capital_Federal_District.html. 


4 comentarios:

  1. Hermoso relato que me resulta tan familiar.
    Durante más de un año fui a trabajar a Barracas, tomaba el tren en Marinos del Fournier y bajaba en Buenos Aires, caminaba hasta la avenida Vélez Sársfield para tomar el 37 hasta casi el puente Victorino de la Plaza porque iba cerca de allí. Eso generó en mí un afecto especial por ese ferrocarril y esas estaciones quedadas en el tiempo. Me hacían revivir los viajes a 12 de Octubre o San Pedro con toda esa carga emotiva que generan los recuerdos infantiles. Por ello me resultó muy impactante cuando el Belgrano Sur dejó de llegar a Buenos Aires y la estación fue quedando descuidada y cercada. Tan fuerte fue el desencanto que dejé de disfrutar el pasar por la avenida y opté por no mirar hacia adentro.
    Cuando tuve oportunidad de recorrer las obras del Belgrano Sur e interiorizarme del nuevo trazado que va a permitir que llegue a Plaza Constitución, me alegró la funcionalidad porque, en realidad, la llegada a Buenos Aires era poco práctica para seguir viajando pero, por otro lado, me entristeció la definitiva muerte de esa estación.
    También visité el camarín de la Virgen de Pompeya (hace más de 10 años) no porque antes me llevara mi madrina sino por haber sabido que ella era devota. Tanto me impactó la intimidad que se percibe allí, me resultó muy diferente a la de Luján que es de similares características (comparten las imágenes con la nave central) pero no la siento tan acogedora y coincido que la vista desde la nave central luce demasiado alejada de la feligresía pero, a lo mejor, tiene que ver que primero fuimos al camarín y luego allí resultando tan diferente la percepción.
    Perdón por lo largo pero despertaste en mí sentimientos muy guardados.
    Saludos

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    1. Gracias, querido primo por tus comentarios tan enriquecedores.

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  2. Querido Mario , encantadora nota , muy de La Ciudad que no miramos , hermosas y sensibles descripciones que como casi todo lo tuyo apunta a lo familiar, a tu casa, madre y abuelos. Un ida y vuelta entre el ayer en Mataderos el hoy de CABA. Y un viaje intermedio que da gusto. Un placer leer esta nota. Gracias

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