sábado, 15 de diciembre de 2018

Ventajas sociales y sanitarias del consumo de mate (1887)


Los textos que se exponen a continuación fueron tomados del libro Vida y Costumbres en El Plata de Emilio Daireaux que publicó Felix Lajouane en 1888. (1) (2) El ejemplar que consulté pertenece a la primera edición en castellano (hubo una anterior en idioma francés). La obra se compone de dos tomos. El primero lleva el título “La sociedad argentina” y el segundo, “Industrias y productos”. El Prefacio contiene sendas cartas de Bartolomé Mitre y Julio Argentino Roca con opiniones y comentarios sobre la edición francesa.
Emilio Honorio Daireaux nació en Río de Janerio en 1846 y falleció en París en 1916. Se recibió de abogado en la capital francesa y revalidó su título en Buenos Aires, donde ejerció la profesión durante más de 10 años. El autor afirma que el libro fue escrito para los países extranjeros con la finalidad de dar a conocer La República Argentina en ellos. Por su parte, la dedicatoria reza: “A mis hijos. Para darles a conocer y hacerles amar el país de su madre, donde nacieron”. El autor se radicó en Francia con su familia a fines del siglo XIX, aunque conservó propiedades en la Provincia de Buenos Aires cerca de la ciudad que lleva su nombre. Algunos de sus hijos se afincaron en La Argentina, administrando esos bienes.
Los fragmentos que se transcriben a continuación pertenecen al segundo tomo. El autor sostiene las ventajas sociales del consumo del mate en el Río de la Plata, abandonan prejuicios que durante siglos asociaban el arte de cebar a la vida indolente. Desde el punto de vista higiénico y terapéutico, Emilio Daireaux sostiene una serie de afirmaciones acerca dela ventajas del mate que se basan más en observaciones personales que en fundamentos sanitarios. Todas ellas resultan, sin embargo, atendibles. Termina ensayando acerca de que el mate es la solución para combatir el alcoholismo en la clase trabajadora rural francesa.
Ventajas sociales y sanitarias del mate
“Desde el punto de vista social, higiénico y terapéutico también es recomendable la yerba.
”Su uso durante tres siglos en todas las regiones de América del Sud, basta para demostrar los felices efectos sobre la sociabilidad de este país. En la llanura pampeana, donde es la regla el aislamiento, en los vastos países donde, sin ser tan absoluto, es frecuente, el mate ha sido siempre el mejor compañero, el sostén por excelencia del trabajador ó del pastor aislado. Con poco gasto le da una dulce excitación que no tiene ninguno de los inconvenientes del alcohol. Siempre se ha preparado fácilmente: ha bastado para esto dejar en la casa cerca del fuego del rescoldo, que jamás se apaga, un cacharro que no tiene otra aplicación, para encontrar siempre lista la bebida, preparada una poca de alegría, un reconfortante, y si le sorprende un huésped, con qué obsequiarlo dignamente.
”La afición del aislado por esta bebida le crea costumbres caseras y del hogar. Nada tan triste y tan degradante como beber, solo, bebidas alcohólicas; el borracho mismo no se lo perdona… á su vecino, se avergüenza si á ello se abandona ó entrega. Es otra cosa beber una infusión caliente, cerca de un hogar que constituye una compaña, que llena la casa de un alegre resplandor. Si es verdad que allí donde hay un hogar existe un embrión de sociedad, también puede decirse que allí donde ha penetrado el mate se encuentra un ser sociable, se forma una sociedad.
”Del punto de vista higiénico y terapéutico no son menores las ventajas.
”Una de las más preciosas es su acción sobre el aparato locomotor y sobre la potencia dinámica. Cítanse numerosos ejemplos, fáciles de comprobar.
”El habitante de la pampa, gaucho ó extranjero, que tiene á su disposición, en abundancia, la alimentación por excelencia, la carne de vaca, que la usa abundantemente, no recurre á ella, y esto es notable, en los momentos en que parecería que le es más necesaria. En la época de la hierra, por ejemplo, y de las fatigas de que es ocasión, cuando se trata de marcar a mil ó dos mil terneros ó de contramarcar otros tantos bueyes, vacas ó toros, el gaucho pasa todo el día en el trabajo desde el alba, al sol, hasta la noche, sin alimentarse de otra manera que tomando, tan á menudo como puede, infusiones de yerba. Ella sostiene su buen humor y su actividad evitándole el cansancio. El labrador extranjero que trabaja á pie, hace como él, y se encuentra como transformado bajo esta influencia. Los ejércitos de campaña demuestran, por numerosos ejemplos, la excelente influencia del mate sobre la moral y el físico del soldado, hasta el punto que se dice como un axioma: ‘Sin mate no hay soldados’.
”¿Cómo pues no desear que un producto que representa todas estas ventajas entre pronto en nuestros hábitos? Traería á la manera de vivir y de alimentarse de nuestros trabajadores excelentes modificaciones, desarrollando en ellos las fuerzas que el alcohol quebranta, llevando á la grosera y pesada alimentación del habitante del campo un nuevo elemento, á bajo precio, un sostén de sus fuerzas, un estimulante para sus monótonos trabajos, un compañero de sus veladas
”Añadamos que la yerba produce, en el sistema nervioso, una excitación alegre, sin fatiga, sosegada, origen de sueños, de ilusiones, de esperanzas que por el momento velarán la tristeza del destino.
”Puesto que debemos amar la vida ¿debemos rechazar los velos que la naturaleza nos brinda para ocultarnos perspectivas que desalientan? Aunque la yerba mate no trajera otro beneficio, éste bastaría para justificar cuanto de ella hemos dicho.” (3)
Notas y Bibliografía: 
(1) Prestigioso editor francés que publicaría, entre otras obra el libro Cocina Ecléctica de Juana Manuela Gorriti que vio la estampa en 1891.
(2) 1888, Daireaux, Emilio, Vida y Costumbres en el Plata, Buenos Aires, Feliz Lajouane.
(3) Ídem, tomo II, pp. 413-414.


Visión de la ciudad de Córdoba desde la ventanilla del tren (1887)


Los textos que se exponen a continuación fueron tomados del libro Vida y Costumbres en El Plata de Emilio Daireaux que publicó Felix Lajouane en 1888. (1) (2) El ejemplar que consulté pertenece a la primera edición en castellano (hubo una anterior en idioma francés). La obra se compone de dos tomos. El primero lleva el título “La sociedad argentina” y el segundo, “Industrias y productos”. El Prefacio contiene sendas cartas de Bartolomé Mitre y Julio Argentino Roca con opiniones y comentarios sobre la edición francesa.
Emilio Honorio Daireaux nació en Río de Janerio en 1846 y falleció en París en 1916. Se recibió de abogado en la capital francesa y revalidó su título en Buenos Aires, donde ejerció la profesión durante más de 10 años. El autor afirma que el libro fue escrito para los países extranjeros con la finalidad de dar a conocer La República Argentina en ellos. Por su parte, la dedicatoria reza: “A mis hijos. Para darles a conocer y hacerles amar el país de su madre, donde nacieron”. El autor se radicó en Francia con su familia a fines del siglo XIX, aunque conservó propiedades en la Provincia de Buenos Aires cerca de la ciudad que lleva su nombre. Algunos de sus hijos se afincaron en La Argentina, administrando esos bienes.
Los fragmentos que se transcriben a continuación pertenecen al segundo tomo. El autor describe algunas características del ferrocarril del Norte Argentino, construido por el Estado. Ensaya una visión social de la ciudad de Córdoba a partir de lo que ve desde la ventanilla.
Cómo se ve la ciudad de Córdoba desde la ventanilla del tren Norte Argentino
“Para salir de Córdoba y dirigirse á Tucumán, se toma la línea del Norte Argentino, construída por el Estado é inaugurada en 1876. Es una línea cuya vía sólo tiene un metro de anchura y cuando se construyó, los ingenieros no dejaron de discutir ampliamente acerca de la mayor ó menor oportunidad de esa sustitución de vía estrecha á la hasta entonces adoptada, que era la vía inglesa. Pronto, decían, se apercibirían de la insuficiencia y de los inconvenientes del trasbordo. Estos últimos, con efecto, son reales, pero, en cuanto á la insuficiencia, todavía no se ha demostrado.
”La vía, da vuelta á la ciudad antes de abandonarla, hace una curva rodeando la mitad de una colina que hay enfrente, con tal perfección que el río Primero que la recorre, así como la elegante ciudad y sus trece iglesias, se revelan á la vista del viajero, á la vez que domina el barrio bajo y pobre, cuyos tejados de paja, en una aglomeración miserable, presentan un extraño contraste con los elegantes edificios de la alta ciudad y demuestran, mejor que todos los discursos, el abismo abierto entre los ricos propietarios particulares ó las congregaciones, y esa plebe de meztizos, cuya esclavitud ha hecho cesar la ley sin mejorar por eso su condición social. /…/.” (3)
Notas y Bibliografía: 
(1) Prestigioso editor francés que publicaría, entre otras obra el libro Cocina Ecléctica de Juana Manuela Gorriti que vio la estampa en 1891.
(2) 1888, Daireaux, Emilio, Vida y Costumbres en el Plata, Buenos Aires, Feliz Lajouane.
(3) Ídem, tomo II, pp. 420-421.


sábado, 8 de diciembre de 2018

12 de octubre (El Doce) sin lágrimas en la lluvia


13 de noviembre de 2017
 “He visto cosas que ustedes nunca hubieran podido imaginar… Todos esos momentos se perderán… en el  tiempo… igual que lágrimas… en la lluvia. Llegó la hora de morir.” (monólogo final del replicante en Blade Runner de Ridley Scott)
Pasaron seis años y decidimos con Haydée ir a 9 de Julio para visitar a mi tía Chocha. El programa familiar prometía días intensos y emocionantes tanto en esa gran ciudad de la Ruta Nacional 5 como en el fin de semana siguiente en el que iríamos ver a mi tía Mari y a mis primos en Olavarría. Antes de partir, sentí que una especie de vértigo me dominaba. Hay tantas historias vinculadas a mi vida allí en esos lugares y tantas cosas que quiero hacer en este viaje para seguir contándolas. Porque esas historias y seguir contándolas me constituyen como persona.
 
 Las imágenes pertenecen al autor
Tía Chocha llenó la tarde de nuestro arribo con besucones a repetición y palabras… muchas palabras que, en parte, se guardó durante tanto tiempo. Ella abre la boca y habla. Lo hace siempre en el momento oportuno, a veces para comunicar algo, a veces para desatar un nudo y a veces por sólo estar hablando. Recuerdos de familia a veces amables, otras penosos, siempre entrañables. Sí, era lo que quería encontrar.
Idas y vueltas por la ciudad, momentos ajetreados que incluyeron un lechón que mi primo Julio Arizcurre se hizo traer desde Carlos María Naón para agasajarnos. Lo puso con delicado afecto sobre la mesa familiar, en la que los relatos familiares siguieron circulando.
Finalmente, en la tarde del lunes pudimos disponer de un tiempo. De modo que Chocha, Haydée y yo decidimos ir hasta 12 de Octubre y nos pusimos en marcha. ¡Qué estallido de emoción! Volver a ese rincón entrañable de mi infancia después de muchos años, más de treinta.
Andábamos el camino de casi diez kilómetros, aún sin pavimentar, que une El Doce con la provincial 65. Mi tía no paraba de indicarme quien era el propietario de cada campo por el que pasábamos. ¡Cuántos años hace que ella no vive allí y, sin embargo… y sin embargo, parece que jamás se ha ido! Veinticinco kilómetros desde El Nueve ¿es mucho o es poco? Vaya uno a saber… Según se vea, puede ser ahí nomás o la otra orilla de un océano inconmensurable...
Haydée está agotada de escuchar los relatos que repito una y otra vez sobre mis vacaciones en la infancia; sobre el pueblo, el campo, la casa de mis abuelos. La visión de esas noches estrelladas, primitivas, y la protección de la luz del farol a querosene que iluminaba la mesa familiar y del calor de la cocina económica en la que mi abuela preparaba los alimentos… La galleta de piso sopando huevos fritos en tocino, la manteca casera deslizándose sin temor sobre esos panes de campo, los chorizos secos que mi abuela preparaba en las carneadas de los inviernos crudos para comerlos todo el año…
Ahora por fin volvía a ver el pueblo. La estación ferroviaria de inconfundible estilo inglés, acompañada por dos grandes avenidas de tierra en paralelo con las vías.
¿Es inútil describirlo? Se parecen tanto entre sí esos pueblos que se describe uno y se describen todos… o no se describe nada porque, ¿cómo describir un recuerdo de más de cincuenta años relacionado con las paredes desnudas del viejo almacén de ramos generales o de la panadería?
Esos edificios de estilo italiano con más de cien años, exhibiendo fachadas de ladrillos a la vista tan típicas de los pueblos bonaerenses. Pienso si el ladrillo a la vista era una decisión intencional o el resultado de poner en uso los edificios sin revocarlos y, después Dios dirá cuando... Estilo italiano digo e imagino que no era una decisión de diseño de los futuros propietarios, sino lo que sabían hacer los albañiles de entonces. Del mismo modo que los constructores de 1960 dotaron de “modernidad” la fachada de la confitería nueva que también ha envejecido.
Damos una vuelta rápida por el pueblo mientras pienso que una mano de pintura devolvería el esplendor a la confitería… o será que son mis recuerdos los que necesitan esa pintura.
Atravesamos el pueblo polvoriento sin detenernos porque primero queríamos ir hasta el campo, la pequeña chacra que fuera de mis abuelos. Está como a un kilómetro y medio de la estación, donde el tejido urbano se ha terminado ya desde hace rato.
Llegamos… Entramos sin golpear… Allí estaba la casa. Mi mente insistió con la idea fija, un poco de pintura no vendría nada mal. La reconstrucción del cerco que la separaba de los campos sembrados y del gran patio con pinos, eucaliptus y frutales por donde discurrían sus vidas indolentes las gallinas, los perros y las alimañas ayudaría bastante a mantenerla más linda, es decir, más cercana a mis recuerdos.
El nuevo dueño, un viejo conocido tía Chocha y el nieto del chacarero vecino, ambos nacidos y criados en El Doce, estaban trabajando y nos atendieron con amable disposición y charla evocativa del pasado en común.
Todo parece estar igual; pero está distinto. Hice un esfuerzo por ver qué había y qué faltaba. Señalé un rincón y le dije a Haydée: “Allí había un nogal enorme. Debajo de su sombra disfrutábamos de los almuerzos veraniegos, cuando el sol calentaba demasiado el interior de la casa y afuera no había demasiadas moscas”. Nuestros interlocutores confirmaron que lo tiró una gran tormenta hace ya como 10 años, igual que otros árboles que faltaban (un pino, una higuera y alguno más).
Recorrí con la mirada las instalaciones: el galpón con el portón removido, el molino de viento derruido por falta de uso, el tanque australiano y el bebedero de animales desmantelados por la misma razón. Las moscas molestaban mientras hollábamos la maleza que rodeaba la casa. La tarde calurosa se había puesto húmeda y un sentimiento contradictorio me embargaba.
De pronto fijé la vista, sí, allí estaba la chata de tío Pichón. Una simple y rústica estructura plana, un bastidor de troncos y maderas cubierto de chapas de zinc que estaba montada sobre dos ejes con cuatro ruedas enormes. La estructura rematada en unas varas para uncir el caballo. Sí, era la vieja chata y, a cierta distancia, se la veía intacta… por las dudas, no quise acercarme más.
De los eucaliptus de la entrada, sólo quedaba uno. Salimos del predio casi en silencio. Llevaba yo el corazón estrujado, no por la nostalgia, sino por la emoción de haber recorrido esos caminos del recuerdo y haber pisado por unos momentos esa tierra dura y real.
Todo parece estar distinto; pero está igual. El ambiente cálido, húmedo, polvoriento… y las moscas… ¡Cuánto le costaba a mi abuela tenerlas a raya en el interior de la casa! La casa, el molino, el galpón y la chata. ¡Cuánto tiene que cambiar una casa y sus jardines como para que no podamos reconocer nada en ellos!
De regreso recorrimos con alguna morosidad el pueblo. Nos detuvimos a tomar mate con los antiguos dueños del almacén, retirados hace ya una punta de años. Entre mate y mate contaron cosas e historias del pueblo y de la vida en él, contamos las nuestras y seguimos la recorrida.
Del otro lado de las vías, se erige el monumento a la madre. Un supermercado que, en los últimos veinticinco años reemplazó al viejo almacén. La alameda de tres cuadras que se despliega, sin álamos, claro está, perpendicular a la vía a la altura de la estación. La escuela, la cancha de fútbol, la iglesia y algunas manzanas con casas más o menos mantenidas.
En mis recuerdos todo era pulcro, ahora lo veo algo desconchado y polvoriento… y sin embargo, esas calles siempre fueron de tierra, incluso de barro, según los humores del tiempo… y las moscas estuvieron siempre allí y las casas siempre estuvieron pintadas y despintadas según las ocasiones vitales de quienes las habitaban.
¿Qué era lo que me faltaba? Nada. La distancia entre el ideal forjado por años en la memoria se había hecho añicos contra la realidad; pero nada doloroso resultaba de ello, nada lastimaba. Es que pensándolo bien esa distancia que imaginé abismal era, en realidad, muy corta… así me lo enseñaron las moscas. Un sentimiento de plenitud me envolvió. Así fue siempre 12 de Octubre nunca estuvo más vivo, ni tampoco lo contrario... se parecían demasiado a lo que estaba viendo y viviendo.
Ahora vendrán años en los que podré seguir malversando recuerdos sin temor a que algo cambie demasiado. Estos recuerdos que me constituyen están uncidos a la realidad como fieles yeguas de tiro.
Tal vez, cuando esté a punto de morir sienta, como el famoso replicante de Blade Runner, que ellos, los recuerdos digo, se perderán inevitablemente como lágrimas en la lluvia… porque yo mismo me estaré perdiendo como cenizas desparramadas por la tierra.
He aprendido del Eclesiastés muchas cosas sobre la vanidad humana. Por eso sé que es vano pretender que estas líneas conserven algo de lo que sentí en ese momento. Pero, si al final de cuentas pude aprender eso porque alguien lo dejó escrito.
Sé muy bien que en esa tarde mágica de noviembre El Doce fue el signo perfecto de lo eterno.

sábado, 1 de diciembre de 2018

Ciudad de Azul (Parte I): Detrás del vidrio oscuro de la decadencia, la historia aún está viva


14 a 17 de noviembre de 2017
“En primer lugar, claro está, debemos considerar esa perpetua y patológica tara nacional que nos lleva a ignorar lo propio en beneficio de estar perfecta (y muchas veces inútilmente) informados de lo ajeno. No es éste el espacio ni la oportunidad para extendernos sobre el asunto, pero no puede dejar de mencionarse, así como al pasar, que si Francia, Alemania o Estados Unidos dispusiesen de un conjunto de obras como el producido en apenas cuatro años por Salamone, hace décadas que habría explotado el tema ad nauseam y estarían enterados de ello hasta los esquimales y los papúas.” Arq. Alberto Petrina (1)
La visita que hicimos con Haydée a la ciudad de Azul cumplió el papel de un interludio entre dos fines de semana de encuentros familiares en las ciudades de 9 de Julio y Olavarría, todas ellas en la Provincia de Buenos Aires.
 Las imágenes pertenecen al autor
Elegimos esta ciudad por su proximidad a nuestro último destino y porque teníamos una idea bastante formada acerca de la obra del arquitecto ingeniero Francisco Salamone y de sus obras levantadas allí.
Estas notas pretenden compartir más una idea de lo vivido, una serie de inestables relaciones entre las expectativas con que fuimos y las cosas con que no encontramos, que una relación exhaustiva de la mencionada obra y de otras cosas que vimos en Azul.
I Azul ¿ciudad arisca?
Nuestro arribo a la ciudad no pudo ser más inhóspito. La lluvia no se lleva demasiado bien con las instancias de un viaje previsto para ejercitar prolongadas caminatas. Todo en la calle parece húmedo, más aún cuando el paisaje urbano sólo puede verse sesgado por los límites del paraguas.
La sensación de pringosa humedad se prolonga en el hotel, el Gran Hotel Azul, situado frente a la Plaza San Martín, en el centro mismo de la ciudad. Se lo ve envejecido en todo lo que debe ser modernizado (un ascensor de setenta años con una botonera renovada hace algunas décadas que no ha sido acompañada con un mecanismo automático), modernizado en todo aquello que debiera conservarse (plafones para luz indirecta que han sido perforados para incluir apliques directos donde luce, o deslucen, artefactos de tecnología led). Dos puertas giratorias dan acceso al edificio. Una a la recepción. La otra al restaurante ambientado a la moda de cuadros de hierro negro y azulejos ingleses blancos... Claro que su nombre moderno, #Be Blue, expone inconscientemente un rechazo a esa misma modernidad que pretende ostentar.
Caminamos por los pasillos que conducen a la habitación asignada y nos parece que de pronto aparecerá un detective, el cásico detective de hotel de antiguas novelas y folletines, que traerá las trazas de un Hércules Poirot desteñido y desangelado. Es lo que hay, reflexionamos, y nos quedamos alojados con la única compañía de la enjundia de unos empleados que suplían con notable eficacia, la decadencia del establecimiento… ellos lo hicieron habitable.
Dejamos nuestras cosas, y como la lluvia había amainado, decidimos realizar una caminata por la Plaza San Martín.
Nos ganó el abatimiento. Caminás por la plaza y parece que estás flotando sobre un piso que se mueve de forma ondulante. El efecto es logrado por una combinación de baldosas de vainillas blancas grises y negras dispuestas de manera sesgada. No sé por qué, creo que por la combinación de las tonalidades; pero me vino a la mente la imagen de la plaza del Rossio de Lisboa… pero no, sólo fue un instante porque en el solado del Rossio no hay rastros de chicles viejos manchando la superficie de su empedrado, como sí encontramos en la Plaza de Azul.
Mirás alrededor y ves que los bancos y las farolas de claros diseños art decó, están despintados. El pedestal de la estatua de San Martín es único en nuestro país, pero sus moldura y superficies visibles aparecen chorreadas de óxido y sarro… y los papeles dentro de la fuente… No, no, no puede ser tanta desidia.
¿Qué es lo que pasa en esta ciudad? Aquí hay una joya que no puede valorarse porque el mantenimiento y la limpieza brillan por su ausencia. Me habían dicho que Azul es una ciudad vieja. Mi primera impresión es que más que vieja parece vetusta y decadente, sostenida sobre un descuido incomprensible.
¿Es realmente así o sólo se trata de una ciudad arisca que, en algún momento, se pondrá frente nuestro desnudando sus auténticas bellezas?
II La pampa art decó
Ya nos ha pasado con otras ciudades. Primero se ven oscas y difíciles, y luego, bellas y entrañables. Nos pasó alguna vez con San Miguel de Tucumán, o con Vitoria Gasteiz. Por eso acallamos nuestra vocación impresionista y dedicamos un tiempo intenso a recorrer la ciudad con mirada inquisidora y oídos atentos.
Completamos nuestra recorrida por la obra de Francisco Salamone. Preguntando, preguntando, pudimos enterarnos, por ejemplo, que las calles cuya arboleda se compone de naranjos terminan en alguna obra del reconocido arquitecto. Pasa con la calle Colón que conduce de la Plaza San Martín hasta la entrada en el Parque Domingo Faustino Sarmiento y con las calles San Martín e Yrigoyen desde la Avenida Cipriano Catriel hasta la Plaza.
Buscamos los naranjos en la calle Necochea a la altura de Yrigoyen y, como a primera vista no los vimos, nos pareció que no sería por allí que llegaríamos al cementerio. Seguimos de largo y nada vimos en la calle siguiente. Una pregunta atinada nos devolvió a la calle Necochea. Luego de andar un trecho por ella, comenzamos a ver los naranjos; pero su continuidad estaba resuelta, cada tanto, con árboles pertenecientes a otras especies. Otra prueba de la desidia dominante, pero ya no nos importó demasiado. Habíamos hablado con varias personas y nos dimos cuenta que la desvalorización del patrimonio local no era generalizada.
Ya habíamos ojeado el libro editado por la Universidad Nacional de Mar del Plata en qué se expone el relevamiento que esa casa de altos estudios realizó sobre la obra que fuimos a ver. Ese libro que compramos en la librería Biblos, propiedad del investigador azuleño Alberto Sarramone, nos anticipaba la monumentalidad que nos proponíamos a contemplar en unos minutos. (2)
Temí, mientras andábamos por la calle Necochea, que la expectativa formada fuera demasiado grande. Lo cierto es que iba por la vereda de la derecha en el sentido del tránsito, de modo que sólo me topé con el portal de cementerio al llegar a la esquina misma de la calle Sarmiento. El impacto fue brusco, nutritivo. Por un instante, mi alma conmovida se dedicó a la contemplación de lo bello, casi increíblemente arrobado. De pronto un impulso frenético me impulsó a tomar una gran cantidad de fotografía. Tal vez intentaba capturar ese momento. Pero fue en vano. Conservo esas vistas, pero nada dicen de mi sentimiento intenso, profundo... inevitablemente fugaz. Nunca volveré a ver la imagen del ángel Vengador que preside la fachada del cementerio con el mismo sentimiento.
Valió la pena llegarnos hasta allí… dejó de importarme que ese monumento de más de 20 metros de altura requiriera un mantenimiento que las personas responsables de ello no le propinaron desde hace bastante tiempo.
Bastante satisfechos completamos el circuito. La entrada del Parque Domingo Faustino Sarmiento pone un marco de exaltado respeto de lo que uno puede encontrar si se interna en esos jardines que diseñó el propio Carlos Thays. El edificio del matadero municipal, con sus notables referencias casi escultóricas al oficio de los matarifes y al valor sin causa de los cuchilleros, ya no cumple la función para la que fue levantado, pero bien se puede usar para otros fines. Me han contado que lo utilizan los productores avícolas y que allí hubo un festival de cervezas artesanales hace algunas semanas. No pude verifica ninguna de las dos especies, pero una mano de pintura, a cargo de quienes usan el lugar, vendría bien para este edificio notable.
Las obras de Salamone no tienen un grado de deterioro que impida que con un poco de esfuerzo y constancia consigan que los veamos en todo su esplendor.
III ¿Qué es este delirio en el desierto?
Estos edificios públicos y construcciones en plazas y paseos situados en la ciudad de Azul son sólo una muestra de una obra extraordinaria compuestas por más de 65 intervenciones llevadas a cabo en el medio del desierto. Según cuentan los especialistas, el caso más extremo lo representa la ciudad de Saldungaray, en donde el pueblo mismo parece haber nacido de las obras que el gobierno de la Provincia encargó al ingeniero arquitecto Francisco Salamone a fines de la década de los años treinta del siglo pasado.
¿A quién se le ocurrió esta “locura”? ¿Cuál fue la finalidad perseguida? ¿Por qué tardamos tanto en valorar este conjunto? Muchas respuestas se encuentran en el ya mencionado artículo del arquitecto Alberto Petrina quien sostiene que los gobiernos de Justo (en la Nación) y Fresco (en la Provincia de Buenos Aires) utilizaron la obra pública con la finalidad de sentar el precedente simbólico de una idea de futuro para una Argentina moderna y jerárquicamente instituida.
Sin embargo, la adhesión del gobernador Manuel Fresco al pensamiento fascista, los escándalos de corrupción que rodearon a la administración del Presidente Agustín P. Justo y la práctica constante del fraude electoral que realizaron ambos propiciaron condiciones para que se negara valor a la obra pública monumental que se realizó en la Provincia de Buenos Aires durante esos años. Ninguna fuerza política emergente en La Argentina de los años cuarenta y cincuenta la asumió como antecedente de sus propuestas y realizaciones. Esta lógica del relato político relegó la obra de Salamone a la turbia oscuridad de la “Década Infame” (nombre que le diera José Luis Torres y se refiere, claro está, a la sucesión de hechos políticos escandalosos). (3) (4)
Comparto la idea de Alberto Petrina sobre la Década Infame. A la sombra de esos hechos condenables, se concibió La Argentina moderna y justa del siglo XX. Alberto habla del esplendor de las artes, sumo el de una expansión de las ideas políticas y literarias a la altura de la llamada Generación del Ochenta. Eduardo Mallea, Scalabrini Ortíz, Ezequiel Martínez Estrada, entre otros grandes pensadores que produjeron ensayos indispensables para pensar la nueva era que se vislumbraba. Entre ellos, claro está, debemos incluir al propio José Luis Torres.
Volviendo a las preguntas, mi insolvencia me impide abundar en consideraciones técnicas sobre la obra observada; pero quiero señalar, sólo a la manera de ensayo, que el ideal de levantar ciudades en el desierto es muy anterior a las pretensiones del gobernador Fresco y de sus ejecutores, Francisco Salomone y Alejandro Bustillo.
¿El desierto? Si transitamos hoy por las rutas que conducen a la ciudad de Azul (la nacionales 3 y 226 y las provinciales 51, 76 y 80), nos parece ver un vergel, un inmenso oasis que ocupa millones de hectáreas (en primavera, la pampa es un verde pañuelo). Sin embargo, un poco de imaginación puede conducirnos a ver el desierto allí. Efectivamente, cuando el gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas ordena levantar el fuerte San Serapio Mártir junto al Callvú Leovú (Arroyo Azul), sólo se podía ver allí el arroyo y el desierto parduzco.

Pocos años después, en las últimas páginas de Civilización i barbarie, Sarmiento sueña con que ese desierto se llenará de ciudades. Si vemos un mapa de la Provincia de Buenos Aires, veremos que se ha erigido, desde aquellos años lejanos al presente, una ciudad cada 50 kilómetros. Inconscientemente, la historia de Azul parece confirmar ese sueño y el otro, el de los hombres que nos dieron la independencia, de ver la integración de los indígenas a la Patria común.
A diferencia de Saldungaray, Azul, empezando a cumplir aquellos sueños, ya existía cuando Francisco Salamone llegó a ella con su enorme vocación constructora. La costanera del Azul, la Avenida Cipriano Catriel, conserva esa memoria de integración… y también la de algunos hechos culturales mucho más recientes que confirman un camino…
…pero se trata de otras historias que cuento aparte. 

Notas y referencias:
(1) 2011, Petrina. Alberto, “La estética de un orden. El marco político de la obra de Francisco Salamone en la Provincia de Buenos Aires (1936-1940), en París Bebito, Felicidad, Francisco Salamone en la Provincia de Buenos Aires: obra y patrimonio 1936-1940, Mar del Plata, Universidad Nacional de Mar del Plata, pag 67.
Para hacer justicia con el autor, transcribo el párrafo completo del epígrafe: “En primer lugar, claro está, debemos considerar esa perpetua y patológica tara nacional que nos lleva a ignorar lo propio en beneficio de estar perfecta (y muchas veces inútilmente) informados de lo ajeno. No es éste el espacio ni la oportunidad para extendernos sobre el asunto, pero no puede dejar de mencionarse, así como al pasar, que si Francia, Alemania o Estados Unidos dispusiesen de un conjunto de obras como el producido en apenas cuatro años por Salamone, hace décadas que habría explotado el tema ad nauseam y estarían enterados de ello hasta los esquimales y los papúas. Y si nos parece desproporcionado comparar nuestros limitados recursos académicos y propagandísticos con los de los países mencionados, hagámoslo con un caso más próximo, como el mexicano, ya que nos provee de ejemplos perfectamente equiparables: artistas como Luis Barragán o Frida Kahlo, relativamente desconocidos por el gran público en su momento, y dueños de una obra acotada e identificable por su estilo personalísimo, fueron convertidos gracias al interés del Estado (y a una muy inteligente operación de marketing cultural) en íconos de identidad nacional y éxito internacional.”
(2) 2011, París Bebito, Felicidad, Op. Cit.
(3) 2011, Petrina. Alberto, Cit., pp. 55-69.
(4) 1945, Torres, José Luis, La Década Infame, Buenos Aires, Editorial de Formación Patria.
(5) 1845, Sarmiento, domingo Faustino, Facundo, Civilización i Barbarie, Buenos Aires, Catálogos, Colección Otras Voces, 2005.