sábado, 27 de marzo de 2021

Riquezas ocultas en la cocina de La Quebrada de Humahuaca – Parte II: Molinos hidráulicos en La Quebrada

Ir a Parte I (Quebrada de Humahuaca;
Continente del maíz)

III La Quebrada de Humahuaca declarada Patrimonio Cultural y Natural de la Humanidad

Hay espacios geográficos en La Argentina que me atraen especialmente. No es sólo la tierra, los ríos, las montañas, los árboles, el aire. Es todo eso y además las gentes que los habitan, su música, su comida, sus fiestas, sus costumbres sociales.

La imágenes de Purmamarca pertenecen al autor, salvo indicación en contrario

Uno de esos sitios ha sido el Valle Calchaquí al que le dediqué una larga serie de artículos. (1) Otro, la Quebrada de Humahuaca cuya comida estoy explorando de la mano del entusiasmo y los saberes, acumulados en la cocina, de Silvia Castillo. (2)

La Quebrada es un lugar de ensueño cuyo patrimonio cultural ha sido maltratado por inversores privados inescrupulosos y gobiernos que, en el mejor de los casos, han actuado con negligencia.

¿Cómo? Ha sido declarada Patrimonio Cultural y Natural de la Humanidad por la UNESCO en 2003. Toda declaración de esta naturaleza conlleva dos acciones por parte de los gobiernos locales y nacionales, una es previa y la otra, posterior. La declaración del organismo internacional requiere una solicitud de los gobiernos locales. Una vez dictada la declaración, el compromiso gubernamental por preservar el patrimonio es fundamental. Es obvio que ese compromiso se hallaba claramente supuesto en el instante en que se formuló la solicitud.

Da pena recorrerla y ver como el patrimonio edilicio de las localidades que se disponen a lo largo del curso del Río Grande ha sido sistemáticamente deteriorado por intervenciones irresponsables. No todas los inversores actuaron con esa irresponsabilidad, pero no alcanzan para compensar ese deterioro. En Purmamarca, por ejemplo, puede verse hoteles y cabañas construidos en estilos disonantes con el patrimonio existente, una galería de cemento y vidrio al lado de una iglesia del siglo XVIII y una cervecería de chapa y madera, al estilo de moda en Buenos Aires, a una cuadra del mencionado monumento.


Ahora que estoy explorando la cocina, parte de su patrimonio intangible, se me agita el corazón de sólo intuir lo que puede llegar a pasar. Tengo suficientes experiencias negativas en mis viajes por el país como para temer lo peor. Sin embargo, el entusiasmo crítico de Silvia me tranquiliza, y siento que no todo está perdido. Desde el punto de vista del patrimonio urbano, me dice Silvia, Tilcara está tan destruida como Purmamarca; pero, en cambio, hay una actividad cultural intensa que compensa largamente las pérdidas. Aún es posible rescatar buena parte el patrimonio intangible. (3)

En esa dirección, ella misma me incitó a leer los textos de Lucila Bugallo sobre la actividad molinera en La Quebrada. (4) Allí me propuso ver la riqueza cultural que la antropóloga ponía en evidencia.

Me dispuse a leer con el supuesto de que encontraría en ellos una pormenorizada descripción técnica de las harinas que se usan para las distintas recetas de la cocina tradicional quebradeña. No está mal me dije.

En realidad, no encontré esa deseada clasificación técnica, pero me encontré con algo mucho más rico. Me topé con un universo de vínculos sociales y productivos entre las gentes de La Puna, La Quebrada y los valles que se extienden al este de la yunga. El primero de los textos que leí (de Bugallo en coautoría con Lina Mamaní) expone una reconstrucción etnográfica de la vida en esos ámbitos geográficos de la Provincia de Jujuy a partir de la metodología de historia oral. Logran recuperar un tiempo y una vida social, enraizada en el pasado prehispánico que se ha desarrollado por siglos, pero que se ha perdido casi totalmente en las últimas décadas.

La imagen pertenece a Silvia Castillo

No suelo ser partidario de rescatar un estilo de vida definitivamente sepultado en el pasado, aunque sea muy reciente. Pero sí me interesa, en materia culinaria, recuperar los aspectos de valor patrimonial que ese pasado generó, y que aún perviven bajo riesgo de perderse, en la dieta secular de las poblaciones de La Quebrada. Por supuesto que también habría que rescatar y proteger los equilibrios nutricionales que se ponen en riesgo con sustituciones disfuncionales; pero eso escapa a mi capacidad de análisis. (5)

IV Molienda de cereales en La Quebrada

Ya lo he dicho en estas notas, y no soy original en ello, vivimos en el continente del maíz. Este cereal se consumía de norte a sur en casi todos los países de Nuestra América desde antes de la llegada de los primeros exploradores castellanos que vinieron en la expedición de Cristóbal Colón en 1492. Lo que les propongo ver es los modos en que este producto se consumía, y se consume, en Humahuaca y la importancia de la incorporación de los molinos hidráulicos. Esta tecnología fue traída por los españoles e implantada en La Quebrada. La construcción de estos molinos está documentada desde principios del siglo XVII. Los textos de Lucila Bugallo y Lina Mamaní estudian y exponen las prácticas de producción y consumo de maíz desde mediados del siglo XIX en las áreas geográficas mencionadas.


La Dra. Bugallo realiza una breve periodización de la función económica y social de los molinos hidráulicos entre 1860 y 1980. Así señala tres períodos: 1) La molienda como actividad rentable, dedicada al abastecimiento de harinas en el norte de la Puna Jujeña y el sur de Bolivia (1860-1930); 2) La reconversión de la producción agrícola de la Quebrada, cuando la horticultura comenzó a reemplazar al cultivo de cereales y forrajes. En ese tiempo, los molinos, aunque seguía exportando excedentes a Bolivia, comenzaron a ser utilizados por las poblaciones locales en un sistema de producción de harinas para autoabastecimiento (1930-1960) y 3) Los molinos sólo producían para el autoabastecimiento familiar (1960-1980), sobre el final de este período comenzaron a cerrarse los establecimiento molineros. (6) Las autoras se concentraron en los últimos dos períodos.

Voy a entrar en la descripción del vínculo entre las poblaciones de La Puna, La Quebrada y los Valles; pero hay que considerar previamente un par de detalles importantes que condicionaban el intercambio de bienes que las autoras describen. Por un lado, el maíz es básico en la dieta tradicional de las poblaciones puneñas; pero la Puna no es un ámbito propicio para su cultivo. En cambio, sí lo es para el pastoreo de ganado, en especial, cabras, llamas y mulas, y para el cultivo de ciertas especies de papa y de pseudo cereales como la quinoa y la kiwicha. (7) Por el otro, el maíz era consumido por las poblaciones consideradas en forma de granos enteros o de harinas de distinto grosor de molienda.

La producción de harinas, para autoconsumo, para la comunidad e, incluso, para la estructura estatal del Tiwantisuyu, se procesaba en distintos tipos de morteros (pecanas, conanas y cutanas). Cuando los españoles trajeron molinos hidráulicos, la molienda se concentró en ellos, sin que se dejaran de usar totalmente los morteros. Es que hay ciertas preparaciones, como la masa de los tamales, que siguen requiriendo de su uso. (8)


Las autoras rescatan de la memoria las modalidades de producción, comercio y consumo de los pequeños productores de las poblaciones indicadas arriba. Este comercio se hacía a través de viajes y arreos a lomo de burro y tenía al molino como nodo de articulación.

Los habitantes del sur de la Puna jujeña, bajaban a la Quebrada, conduciendo sus recuas cargadas de lanas, tejidos (ponchos, medias, etc.), papa seca y chalona (medias reses de cabritos conservadas en salazón). Seguían camino hasta los Valles (San Salvador, Perico, Carmen, Monterrico), donde trocaban su productos por maíz y fruta. De regreso, pasaban por el molino donde obtenía distintos tipos de harina con parte del maíz que llevaban.

Ya de vuelta en sus casas, alimentaban sus despendas con los productos traídos desde tierras abajeñas. Usaban una harina fina para preparar sus tulpos, sopa de maíz con elementos cárnicos que era básico en la dieta puneña; otra más gruesa para la chicha que se elaboraba en ocasiones festivas (carnaval, día de los muertos, etc.) y el maíz entero para preparar mote (maíz pelado, es decir, nixtamalizado, o sin pelar) que se usan en el locro y otros guisos y en la elaboración de tamales. (9)

Los puneños no eran los únicos usuarios de los molinos. Los quebradeños que producían cereal para el autoabastecimiento, viajaban al molino a llevar su maíz y obtener harinas para usos similares a los descriptos.

Por otra parte, los vallistos subían a la Quebrada para intercambiar sus productos, pero usaban los molinos que había en los valles para moler su maíz. A su vez, los habitantes del norte de la Puna jujeña usaban los molinos del sur de Bolivia, donde tenías sus rutas y circuitos comerciales.


Los usuarios solicitaban al molinero la regulación de las piedras para obtener las harinas deseadas, asistían a la molienda y, finalmente, ambos pesaban el producido. Los usuarios pagaban por el servicio recibido, generalmente en especias, muchas veces con parte de la harina molida. La concentración de usuarios en el molino provocaba tiempos de espera. Esos tiempos propiciaban momentos de ocio que generaban una sociabilidad ocasional, intensamente vivida, sobre todo por los arrieros.

Se obtenían harinas de distinto refinamiento. Las autoras realizan una clasificación que no se basa en conocimientos técnicos, sino en los testimonios de molineros o hijos de molineros. Esta clasificación puede darnos un indicio bastante preciso de tipos y usos. La molienda daba, como anticipé parcialmente, los siguientes productos (ordenados desde los más gruesos a los más finos): maíz chancado para los pollos; frangollo de maíz, harinas gruesas para chicha y harina fina para cocinar. Para todas estas moliendas, se usa el maíz sin pelar. Consideraré el tratamiento y uso del maíz pelado en el próximo acápite. El único tratamiento previo que recibía el maíz llevado al molino consistía en tostar parte del grano para obtener la denominada “harina cocida”.

Esta tradición de producción, trasiego, intercambio de bienes y de servicios y consumo que tenía a los molinos de La Quebrada como eje, como ya conté se hunde en el pasado prehispánico y llega casi hasta nuestros días. Los molinos hidráulicos activos que eran unos quince a mediados del siglo XX se han reducido a dos, a los que se han sumado unos pocos molinos eléctricos. El arreo de los puneños hasta la yunga y los valles inferiores ha dejado de existir hace ya algunas décadas.

El fenómeno que dio fin a una época es amplio y complejo. Tiene que ver con la incorporación de la población quebradeña al mercado nacional. En la década de los años treinta comenzó esta transformación. Ya señalé que se produjo una reconversión en la producción agropecuaria de La Quebrada. Se fue reduciendo la producción de maíz y cereales que se vendían en el norte de la Puna y en Bolivia y se comenzó a cultivar hortalizas y frutas que podían venderse en los mercados de sur, en especial en los valles jujeños.


El proceso se fue completando con la pavimentación de las rutas nacionales y provinciales. A principios de los años ochenta del siglo XX, se prohibió el tránsito de arreos de burros y mulas por la Ruta Nacional N° 9 que atraviesa de norte a sur La Quebrada de Humahuaca y la comunica con las ciudades de San Salvador de Jujuy, Perico y otras localidades vallistas. Los puneños, incluso, han reemplazado sus recuas por camionetas.

Finalmente, es necesario decir que el dinero ha ido reemplazando al trueque (que aún existe reducido a ciertas circunstancias y festividades), permitiendo la adquisición de bienes y alimentos de origen industrial.

De modo, que ese período de uso de los molinos, como centro articulador del tráfico caravanero, entró en decadencia a partir de los años treinta del siglo XX, hasta su casi entera extinción, en los años ochenta del mismo siglo.

Los procesos sociales son cambiantes y no deben inducirnos a la añoranza de los tiempos idos que han sido mejores en algunas pocas cosas y peores en muchas otras. Con todo, hay aspectos de aquella vida que pueden rescatarse como apuestas al futuro, sobre todo aquellos hábitos y prácticas culinarias que conllevan valor patrimonial y nutricional.

¿Cómo, cuáles, para qué? En la Parte III, ensayaré algunas ideas que me parece que deben tenerse en cuenta a partir de estas preguntas en materia de ideas gastronómicas y productos. Como anticipo, pregunto ¿por qué no pensar, por ejemplo, en el valor que podría aportar a la marca cocina argentina las recetas tradicionales sobre las que vengo escribiendo (tamales, humitas, locro, sopas, tijtincha, tulpo, etc.) y algunas técnicas (chalona, charqui, maíz pelado)?

Ir a Parte III (Pelar el maíz; Chuchoca;
Preservación del patrimonio culinario en torno del maíz)

Notas y referencias:

(1) 2018, Aiscurri, Mario, “La cocina en el Valle Calchaquí – Índice”, en El Recopilador de sabores entrañables, leído el 3 de marzo de 2020 en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2018/05/la-cocina-en-el-valle-calchaqui-indice.html

(2) 2021, Aiscurri, Mario, “Silvia Castillo, conversaciones sobre la cocina en la Quebrada de Humahuaca”, en El Recopilador de sabores entrañables, leído en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2021/01/silvia-castillo-y-la-conservacion-de-la.html el 26 de marzo de 2021.

(3) 2020, Montana, Silvia, entrevista grabada el 23 de enero y mensaje de voz del 24 de enero.

(4) 2014 a, Bugallo, Lucila y Mamaní, Lina María, “Molinos en la Quebrada de Humahuaca: Lugares de encuentro de gentes y caminos. La región molinera del norte jujeño, 1940-1980”, en Benedetti, Alejandro y Tomesi, Jorge (compiladores) Espacialidades altoandinas. Nuevos aportes desde la Argentina, Tomo I, Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras, UBA, pp. 63-118.

2014 b, Bugallo, Lucila, “Los propietarios de los molinos de la Quebrada de Humahuaca, 1860-1980. La molinería: de actividad rentable a la fabricación de harinas para autoconsumo”, en Fandos, Cecilia A. y Teruel, Ana A. (compiladoras), Quebrada de Humahuaca. Estudios históricos y antropológicos en torno a las formas de propiedad, San Salvador de Jujuy, Editorial de la Universidad Nacional de Jujuy, pp. 139-184.

(5) Mirta Santoni y Graciela Torres tratan el tema de la malnutrición crónica provocada por la inclusión de alimentos alóctonos en la dieta de los aborígenes del NOA a través de los siglos. 2002 Santoni, Mirta, y Torres, Graciela, “El sabor de los pucheros. Los patrones alimentarios del Noroeste” en AAVV, La cocina como patrimonio (in)tangible, Primeras jornadas de patrimonio gastronómico, Buenos Aires, Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, pp. 87-106, 2002, 1º edición.

(6) 2014 b, Bugallo, Lucila, Op. Cit., pp. 176-178.

(7) 2015, Organización de las Naciones Unidas Para la Alimentación y la Agricultura (FAO), Estudio sobre el potencial de ampliación del riego en La Argentina, Anexo “Áreas de riego en la Provincia de Jujuy”, leído en http://www.fao.org/fileadmin/user_upload/rlc/utf017arg/estudio/riegointegral/areasexistentes/Anexos/Provincia_de_JUJUY.pdf el 27 de febrero de 2020.

(8) 2014 a, Bugallo, Lucila y Mamaní, Lina María, Cit.

(9) Dedicaré el artículo siguiente al proceso de pelado del mote de maíz, que se conoce como nixtamalización.

 

sábado, 13 de marzo de 2021

Riquezas ocultas en la cocina de La Quebrada de Humahuaca – Parte I: Quebrada de Humahuaca; Continente del maíz

Reflexionar de manera fundada acerca de la cocina argentina supone la superación de prejuicios y la adopción de herramientas que exciten las neuronas.

Salvo indicación en contrario, las imagen pertenecen al autor

El primer prejuicio a remover es la idea ampliamente aceptada de que la cocina argentina no existe. El segundo es otra idea asociada a una voluntad secular que hace pensar que la argentina representa una identidad nacional diferenciada del continente en el que está inserta, como si las líneas que delimitan nuestro país determinaran un modo de ser diferenciado claramente de lo que ocurre del otro lado de esa línea.

Hace más de diez años que vengo publicando textos en los que intento dar cuenta de la falacia de suponer que la cocina argentina no existe y que todo lo que comemos bajó de los barcos en los atados de los inmigrantes. La falacia se sostiene en el hecho de que muy pocos platos son originarios de nuestro país. Es más, cuando se consideran platos típicos de las regiones de la argentina interior, se les atribuye también un origen extranjero (v. g., los platos típicos de Cuyo son chilenos).

No me cansó de insistir que lo que le da identidad a un plato no es el origen, sino la acogida que se hace de él. Acogida operada por un determinado colectivo social que lo adapta a sus gustos y posibilidades y lo formaliza en una receta diferente al original. El ejemplo más claro es el del plato japonés que conocemos como tempura. Se trata de una receta originaria de Europa, más precisamente en Portugal (la palabra, en su morfología latina, no nos deja lugar a dudas). Sin embargo, la receta japonesa actual se diferencia sensiblemente de las fórmulas similares que se siguen utilizando en Portugal y en la Andalucía española.

Tomada en el desayunador de Sala de Payogasta

El otro prejuicio lo veremos impactar sobre los temas que desarrollaré en estas notas. El prejuicio que delimita y aísla la Nación Argentina del resto del Continente es un artificio político que tiene un sustento histórico en los últimos 160 años. Debemos recordar que esta parte del continente recibió el nombre que la identifica con la publicación del poema de Martín del Barco Centenera en 1602. (1) Es decir, La Argentina es muy anterior a ese recorte. Con todo, el ilusorio futuro de La Argentina separada culturalmente del resto del Continente Luso Hispano Americano ha tenido políticas públicas activas para reforzar esas líneas fronterizas como separaciones desde la bata la de Pavón (1861) hasta por lo menos la constitución del Mercosur hace poco más de treinta años.

Haré el esfuerzo por seguir desmantelando esos prejuicios, pero no puedo actuar solo. Necesito herramientas que permitan sostener mis reflexiones. Voy munido de mis conocimientos sobre la historia de los argentinos y de un conjunto de textos de consulta permanente que contienen recetarios y estudios historiográficos y antropológicos. (2)

Adicionalmente me siento acompañado por Silvia Castillo oriunda de La Provincia de Jujuy y poseedora de conocimientos y vivencias sobre los temas que voy a desarrollar aquí. Ya he publicado algunos textos con su colaboración que también van a apoyar estas reflexiones. (3)

I ¿Por qué La Quebrada de Humahuaca?

La cocina argentina como tal no existe, mejor dicho, existe moderadamente. Sólo hay un puñado de platos que se cocinan, a veces con notables variantes, a lo largo y a lo ancho de nuestro país (milanesas, empanadas, asados, etc.). Lo que sí existen son “las cocinas argentinas”, es decir, las cocinas que se desarrollaron en distintas regiones de La República.

La imagen pertenece a Silvia Castillo

Las cocinas nacionales, por lo general sólo son el agregado de las cocinas regionales que componen a los territorios que constituyen cada Estado. Pasa con la cocina argentina, pero también pasa en Perú, en España, en Francia, en México, sólo por poner algunos ejemplos.

En el caso de La Argentina, se pueden diferenciar las tradiciones culinarias en cinco regiones que se encuentran enraizadas en Nuestra América. Ellas son la Patagonia y Cuyo vinculadas a Chile, el Noroeste relacionado con Chile, Bolivia y Perú, el Nordeste asociado a la cocina de la República del Paraguay y de algunos estados de la República Federativa del Brasil y las Grandes Llanuras que se extienden desde el pie de Los Andes hacia el Océano Atlántico e incluye la República Oriental del Uruguay y el Brasil Gaucho (Estado de Río Grande do Sul).

Las ciudades de Buenos Aires, Rosario, Montevideo y Porto Alegre pertenecen a esta última región, pero ofrecen una tradición culinaria con algunos ribetes propios.

Las indagaciones que me propuse llevar adelante se enfocan en la Cocina del Noroeste Argentino. Esa tradición tiene un acervo (recetas, productos, técnicas de cocción, condimentos, etc.) común que le confiere cierta unidad geográfica e histórica. Sin embargo, las recetas contienen variantes de provincia a provincia e, incluso, de zona en zona dentro de cada provincia. Por ejemplo, las sazones de los guisos varían en la provincia de Salta en el Chaco, el Valle de Lerma, el Valle Calchaquí y la Puna.

La imagen pertenece a Alfredo Ureta

Podría haber elegido considerar la tradición in extenso tomando ejemplos de toda la región; pero elegí trabajar sobre la cocina de La Quebrada de Humahuaca. ¿Por qué? Porque cuento con la compañía tan entusiasta como sabedora de Silvia Castillo quien, como el lector ya sabe, nació en San Salvador de Jujuy, ha pasado largas temporadas en Tilcara, y nunca perdió el vínculo físico y espiritual con su tierra.

Esta decisión tal vez permita una indagación más profunda sobre esta tradición culinaria que los porteños conocemos parcialmente.

No pasaré revista, en los siguientes acápites, a las recetas concretas que publicaré en otros artículos, sino a técnicas y procesos de producción de alimentos propios, aunque no exclusivos de La Quebrada de Humahuaca en la Provincia de Jujuy.

II El continente del maíz

América es maíz. El maíz es el único producto vegetal cuyo cultivo atraviesa el continente de norte a sur desde antes del arribo de los conquistadores españoles. Quizás un símbolo viviente de esa expansión del producto lo encontremos en una de los usos más frecuentes, el tamal.


¿De qué modo se come el maíz? Debemos considerar la pregunta en dos perspectivas. Según el grado de maduración y según el tipo de molienda.

El maíz se consume desde antes de estar maduro, cuando los granos son tiernos. El choclo, también llamado elote, puede ser cocido en guisos o asado, directamente sin desgranar. Así lo vemos, en platos tradicionales argentinos como el puchero pampeano y la carbonada. Va muy bien en la parrilla junto a carnes y otras verduras. Desgranado se lo usa en guisos como el huaschalocro o en sofisticadas preparaciones de la cocina francesa, como la crema de choclo que acompaña a la suprema de pollo a la maryland. Rallado sirve para hacer humitas y pastel de choclo (en el Noroeste Argentino) y chipa guazú (en el Nordeste).

La imagen pertenece a Silvia Castillo

Se lo consume también cuando los granos están secos, es decir cuando la mazorca está madura. En este momento se utilizan distintos grados de molienda: entero (mote), partido (el que se usa para el locro), frangollo (molienda de grosor mediano) y harinas de maíz de distinto refinamiento. Ya veremos en otros acápites de estas notas como se pela el maíz, como se le quita el germen y como se lo muele, en forma casera o industrial.

¿Hay otra manera de comer maíz? Sí, la chuchoca. Cuando el maíz ha empezado a secarse, se lo cocina. Luego se ponen las mazorcas al sol para que se deshidraten. Finalmente se quitan las chalas y se conservan los granos. Para usarlos es necesario pelarlos en un mortero.

Este modo de tratar el maíz es propio de los valles y la puna cordillerana en el Noroeste Argentino. Allí el clima es seco y permite la deshidratación de los choclos cocidos. He seguido aquí las explicaciones que me dio Julio Ruíz de los Llanos en Payogasta, en el Valle Calchaquí Norte, Provincia de Salta (publiqué un texto de su autoría sobre el tema en El Recopilador de sabores entrañables). (4)

Ir a Parte II (Molinos hidráulicos en
La Quebrada)

Notas y referencias:

(1) 1602, Barco Centenera, Martín del, La Argentina y Conquista del Río de la Plata: con otros acaecimientos de los reynos del Perú, Tucumán y estado del Brasil, Lisboa, Pedro Crasbeek.

(2) Entre otros:    
1990, Elichondo, Margarita, La cocina criolla. Memoria y recetas, Buenos Aires, Ediciones del Sol, 2008.  
1991, Martelli, Juan Carlos y Spinosa, Beatriz, El libro de la cocina criolla, Buenos Aires, Edicol.       
2009, Pozzi de Hinojosa, Luisa Angélica, Las mejores recetas de la cocina regional salteña, Salta, Editorial Hanne.  
2010(c), Presidencia de la Nación, Ministerio de Desarrollo Social, Sabores del sur: de la cordillera al mar, Gamarra, María Liliana, Proyecto Recetarios Regionales, leído el 14 de febrero de 2020 en http://www.desarrollosocial.gob.ar/Uploads/i1/2-%20Recetas%20NOA.pdf       
2014, Irigoyen, Dolli, Producto argentino, Buenos Aires, Planeta. 
2019, Courtois, Patricia, Viaje al sabor, Buenos Aires, Planeta.               
2002, AAVV, La cocina como patrimonio (in)tangible, Primeras jornadas de patrimonio gastronómico, Buenos Aires, Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, pp. 11-26, 2002, 1º edición.

(3) 2021, Aiscurri, Mario, “Silvia Castillo, conversaciones sobre la cocina de la Quebrada de Humahuaca”, en El Recopilador de sabores entrañables, leído en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2021/01/silvia-castillo-y-la-conservacion-de-la.html el 6 de marzo de 2021.

(4) 2002, Ruiz de los Llanos, Julio, “Locro de Chuchoca”, en El Recopilador de sabores entrañables, leído el 23 de febrero de 2020 en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2015/08/locro-de-chuchoca.html.


sábado, 27 de febrero de 2021

Comidas y bebidas para los reseros (1926) VI Dos, parejas bailando un gato

“-¿Es verdá que no soy el de siempre y que esos malditos pesos van a desmentir mi vida de paisano?

”-Mirá -dijo mi padrino, apoyando sonriente su mano en mi hombro-. Si sos gaucho en de veras, no has de mudar, porque ande quiera que vayas, irás con tu alma por delante como madrina'e tropilla.” (Güiraldes, Ricardo, Don Segundo Sombra, Cap. XXV, pág., 223)

Ricardo Güiraldes nació en Buenos Aires, en 1886, en el hogar de la alta burguesía nacional que algunos denominan “aristocracia” y otros, “oligarquía”. Fue un prolífico escritor argentino, a pesar de su muerte temprana a los 41 años de edad, que recibió múltiples influencias de sus viajes (Francia, el Lejano Oriente, México, el Caribe, etc.) y de sus largas temporadas de residencia en la localidad bonaerense San Antonio de Areco.


Referencia de la imagen: "Bailando un gato" de Juan León Palliére

De sus viajes a París, tomó elementos fundamentales de las vanguardias literarias, en especial del impresionismo. De su residencia en San Antonio, el conocimiento de la vida rural argentina de principios del siglo XX. De esta última experiencia surgen tres obras importantes Cuentos de muerte y de sangre (1915) y las novelas Raucho (1917) y Don Segundo Sombra (1926). Esta última le dio justificada trascendencia en la literatura y la cultura argentina.

Estuvo casado con Adelina del Carril, nieta de Salvador María del Carril. La muerte de Güiraldes en 1927 (acaecida en París) le impidió conocer a su concuñado Pablo Neruda quien conoció a Delia del Carril en 1935, conviviendo luego con ella por veinte años.

Los fragmentos que se presentan a continuación pertenecen, en general, a Don Segundo Sombra. Refieren a la una escena en una fiesta popular a la que asistieron unos reseros que se celebró por iniciativa de un estanciero en dependencias de su establecimiento. (1)

Este fragmento, en apariencia, nada tiene que ver con comidas y bebidas. Sin embargo, muy pocas manifestaciones populares tienen que ver con el tema alimentario como la música, en general, y la danza en particular. En este caso se trata de un gato, danza tradicional argentina. El lector que haya bailado alguna vez el gato, sabrá sentir rítmicamente en baile en cada frase expresada por el autor.

Dos parejas bailando un gato

Baile popular en una estancia. En el salón (el galpón de la estancia acondicionado como tal) los músicos apuran un gato, las parejas se aprestan al baile, y el resto de los paisanos miran con expectativa para luego regresar al baile general.

“/…/, la animación crecía y éranos casi necesario un apuro de ritmos, cuando el bastonero golpeó las manos.

”-¡Vamoh’a ver, un gato bien cantadito y bailarines que sepan floriarse!

”El acordeonista dio sitio al guitarrero que iba a cantar.

”Los cuatro bailarines se colocaron cerca de los músicos. Las mujeres miraban al suelo mientras los hombres requintaban el ala de sus chambergos.

”Empezaron a rasguear los mozos de las guitarras. Las manos de muñecas flojas pasaban sobre el encordado, con acompasado vaivén, y un golpe más fuerte marcaba el acento, cortando como un tajo el borrón rítmico del rasguido.

”El latigazo intermitente del acento iba irradiando valentías de tambor en el ambiente. Los bailarines, de pie, esperaban que aquello se hiciera alma en los descansados músculos de sus paletas bravías, en la lisura de sus hombros lentos, en las largas fibras de sus tendones potentes.

”Gradualmente, la sala iba embebiéndose de aquella música. Estaban como curadas las paredes blancas que encerraban el tumulto.

”La puerta pegaba con energía sus cuatro golpes rígidos en el muro, abriéndolo a la noche, hecha de infinito y de astros, sobre el campo que nada quería saber fuera de su reposo. Los candiles temblaban como viejas. Las baldosas preparaban sonido bajo los pies de los zapateadores. Todo se había plegado al macho imperio del rasguido.

”Y el cantor expresó ternuras en tensas notas:

”-Sólo una escalerita de amor me falta,      
sólo una escalerita de amor me falta,        
para llegar al cielo, mi vida, de tu garganta”

”Las dos mujeres, los dos hombres dieron comienzo a la danza.

”Los hombres caminaban con ágiles galanteos de gallo que arrastra el ala.

” Las mujeres tomaron la delantera en el círculo descrito y miraban coqueteando por sobre el hombro.

”El cuadro dio una vuelta, el cantor continuaba:  

”-Vuela, la infeliz, vuela, ay que me embarco       
en un barco pequeño, mi vida, pequeño barco”

”Las mujeres tomaron entre sus dedos las faldas, que abrieron en abanico, como queriendo recibir una dádiva o proteger algo. Las sombras flamearon sobre los muros, tocaron el techo, cayeron al suelo como harapos, para ser pisadas por los pasos galanos. Un apuro repentino enojó los cuerpos viriles. Tras el leve siseo de las botas de potro trabajando un escobilleo de preludio, los talones y las plantas traquetearon un ritmo, que multiplicó la impaciencia el amplio acento de las guitarras esmeradas en marcar el compás. Agitábanse como breves aguas los pliegues de los chiripeases. Las mudanzas adquirieron solturas de corcovo, comentando en sonantes contrapuntos el decir de los encorados.

”Repetíanse el paseo y la zapateada. Un rasgueo solo batió cuatro compases. Otra vez los pasos largos descansaron el baile. Volvieron a sonar talones y espuelas en una escasa sobra de agitación. Las faldas femeninas se abrieron, más suntuosas, y el percal lució como pequeños campos de trébol florido, la fina tonalidad de su lujo agreste,

”Murió el baile sobre un punto final, marcado y duro.

”Algunas mujeres hacían muecas de desagrado ante las danzas paisanas, que querían ignorar; pero una alegría involuntaria era dueña de todos nosotros, pues sentíamos que aquélla era la mímica de nuestros amores y contentos” (2)

Notas y Bibliografía: 

(1) 1926, Güiraldes, Ricardo, Don Segundo Sombra, Santiago, Editora Nacional Gabriela Mistral, 1973, También en Biblioteca Virtual Universal, https://www.biblioteca.org.ar/libros/92790.pdf, leído el 6 de abril de 2019.

(2) Ídem, Cap. XI, pp. 85-87.

 

Chimichurri: periodización de su historia y precisiones en la datación – revisión

La periodización sobre el origen y evolución de nuestra salsa nacional la ensayé en un primer artículo que publiqué en 2017. (1) Una carta de la gastrónoma bilbaína Ana Vega Pérez de Arlucea me aportó mucha información que me ayudó a fijar los períodos con mayor precisión, tanto para la salsa como para su denominación. El resultado fue expuesto en una serie de artículos que publiqué en 2020. (2) Luego de estas publicaciones, recibí información adicional que me obliga a formular estas notas con un nuevo ajuste en la datación que, seguramente, tampoco será definitivo.


Las imágenes pertenecen al autor o a su biblioteca

Todas estas modificaciones nunca importaron una modificación conceptual, sino más bien un ajuste temporal. Queda claro que la salsa chimichurri es tardía, que es la síntesis entre un adobo para carnes y la salmuera criolla, que la adopción del nombre es posterior al uso del adobo como salsa y que se puede establecerse una correcta periodización de su aparición en el escenario de la cocina argentina tal y como la concebí conceptualmente con la información que tenía en 2017.

Aquí la revista a los últimos datos a los que he accedido:

Alejandro Maglione. Debo tener en cuenta su insistencia en la datación del chimichurri familiar. Hemos charlado en varias oportunidades sobre el tema. Además de ponderar las virtudes de la salsa que hacía su madre, él mismo tiene registros de su existencia, y con ese nombre, desde mediados de los años cincuenta del siglo XX. Supone que la salsa y su nombre eran anteriores a esos años, por lo menos en su familia. Ignora de dónde, esa buena mujer, tomó la receta y la denominación.

Por otro lado, diferencia claramente el chimichurri de la salsa que se usa para asar corderos en la Patagonia, tierra entrañera que conoce muy bien. Precisamente una salmuera clásica (agua, sal y ajo).

Teófila Benavento. Resulta de un gran interés la reciente publicación de un recetario de 1895. Se trata de la duodécima edición de La perfecta cocinera argentina de Teófila Benavento (pseudónimo de Susana Torres de Castex). (3) Yo tenía la edición de 1940, la primera después de la muerte de la autora, que fue la que me dio la pista clave para entender el origen del chimichurri.

¿Cuál es esa clave? Esta receta de adobo que transcribo literalmente: “vinagre, pimentón, oréganos, ajos pisados, cominos, ají molido, laurel, pimienta en grano y sal, se mezcla todo y se adoba con eso.” De allí al chimichurri hay sólo un paso que identifiqué en la receta de “salsa para adobo” de doña Petrona. La cocinera santiagueña propone que, luego de elaborar la salsa, se la disponga en una fuente o en una botella de vidrio. Finalmente asegura que la preparación se usa para adobar lechones o salsear carnes en un asador. (4) Con todo, habrá que esperar hasta 1950 para que nuestra salsa nacional aparezca en la literatura (5) y hasta 1958 para que haga lo propio en los recetarios. (6)

Ahora bien, establecidos los períodos, es necesario datar los hitos. En ese sentido es muy importante establecer cuándo apareció el adobo por primera vez en el libro de Benavento. La primera noticia que tuve es que ya estaba en la edición de 1916 (Ana Vega me mandó copia digital de la página correspondiente a esa edición). Esa fecha es la que publiqué en el mencionado artículo en 2020, (ver nota (2)) alertando, claro está, sobre su provisionalidad. Ahora, con la edición que estamos celebrando, vemos que la receta de marras ya aparece en la edición de 1895, pero hay más.


Carina Perticone, autora del “Estudio Preliminar” (excelente en la exposición clara y el soporte erudito sólido), explica que pudo verificar que varias recetas de la obra, entre ellas la de adobo, son copias casi textuales de las que fueron publicadas en el Almanaque de la cocinera argentina, editado en 1881. De modo que esta es la fecha en que, por ahora, podemos usar para datar la aparición de la receta, es decir, 35 años antes de la fecha que provisionalmente sostenía.

Otra vez Ana Vega Pérez de Arlucea. La gastrónoma vizcaína me envió copia digital de una publicación de una receta española de 1944. Se trata de una salsa para acompañar el asado de cordero hecho a la manera de los gauchos. Fue publicada en la edición del 19 de febrero de 1944 del periódico bilbaíno La Gaceta del Norte. El cronista no se anima a exponer el nombre que le dan los gauchos argentinos a la salsa porque supone que se trata de una palabrota indecente. La receta es un chimichurri adaptado a los productos que se podían conseguir entonces en Vizcaya. (7)

El texto tiene un doble interés. El primero es que permite suponer que el nombre chimichurri para la salsa era ya de uso corriente en los años cuarenta del siglo XX. El segundo es la clara demostración de la existencia de circuitos que llevan ideas gastronómicas argentinas a España (lo que yo llamo recetas de regreso).

Conclusión: Con estos ajustes, y siempre considerando que toda datación es provisional, propongo el siguiente esquema:

Articulaciones

Salsas / denominación

Documentación

 

Salmuera

1825 Un Inglés (8)

1848 Mac Cann (9)

1887 Emilio Daireaux (10)

 

Adobo

1881 Almanaque (ver nota (3))

1895 1916 1940 Teófila Benavento (ver nota (3)) (11)

Estimación de confluencia de ambas receta

 

C 1930

Me baso en la aparición de la “salsa para adobos” en el Libro de doña Petrona

 

Salsa para adobo

1941 doña Petrona (ver nota (4))

Uso de la palabra chimichurri para designar la salsa

 

C 1940

Me baso en los recuerdos de Alejandro Maglione y en el artículo de La Gaceta del Norte. (ver nota (7))

 

Chimichurri en la literatura (ver nota (5))

1950 Maurice Lelong (En Patagonia y Tierra del Fuego)

1952 Hugo Wast (Morir con las botas puestas)

 

Chimichurri en los recetarios

1958 Recetario de la revista Mucho Gusto (ver nota (6))

1991 Juan Carlos Martelli (ver nota (6))

2012 Francis Mallmann (Tierra de fuegos) (ver nota (7))


Notas y referencias:

(1) 2017, Aiscurri, Mario, “Chimichurri”, en El Recopilador de sabores entrañables, leído el 18 de marzo de 2020 en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2017/09/chimichurri.html

(2) 2020, Aiscurri, Mario, “Chimichurri – revisión (Parte I)”, en El Recopilador de sabores entrañables, leído el 18 de marzo de 2020 en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2020/02/chimichurri-revision-parte-i.html

(3) 1895, Benavento, Teófila, La perfecta cocinera argentina, duodécima edición, Buenos Aires, Tusquets, 2020, 1° edición de 1888.

(4) 1942, Gandulfo, Petrona C. de, El libro de doña Petrona, Buenos Aires, 1942, edición 11° (1° edición de 1934), pp. 135-136. He podido consultar el índice de la segunda edición y la salsa ya estaba.

(5) 2019, de Ana Vega Pérez a Mario Aiscurri, correo-e del 7 de setiembre.
2020, Aiscurri, Mario, “Chimichurri – revisión (Parte I)”, Cit.

(6) 1958, Sin autor, Especialidades de la cocina criolla, de la revista Mucho Gusto, Buenos Aires, Compañía General Fabril Editora.   
1991, Martelli, Juan Carlos y Spinosa, Beatriz, El libro de la cocina criolla, Buenos Aires, Edicol.       
2012, Mallmann, Francis, Tierra de fuegos, mi cocina irreverente, Buenos Aires, V&R.

(7) 2020, “Mario he encontrado algo más! En el periódico bilbaíno ‘La Gaceta del Norte’ (19 de febrero de 1944) aparecieron instrucciones para asar cordero al estilo gaucho con una salsa de nombre al parecer polémico: El autor pensaba que era una palabrota!!”, comunicación de Ana Vega del 17 de marzo, red social Twitter.

(8) 1825, Un Inglés, Cinco años en Buenos Aires, 1820-1825, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, pp. 93-94, 95.

(9) 1853, Mac Cann, William, Viaje a caballo por las provincias argentinas, traducido por José Luis Busaniche (1939), Buenos Aires, Hyspamérica, 1985, pp. 65-67.

(10) 1888, Daireaux, Emilio, Vida y Costumbres en el Plata, Buenos Aires, Feliz Lajouane, Volumen I, Pag. 179.

(11) 2019, de Ana Vega Pérez a Mario Aiscurri, correo-e del 7 de setiembre.     
1940, Benavento, Teófila, La perfecta cocinera argentina, Buenos Aires, Escuela Taller Divino Rostro, 1° edición de 1888.