sábado, 27 de marzo de 2021

Riquezas ocultas en la cocina de La Quebrada de Humahuaca – Parte II: Molinos hidráulicos en La Quebrada

Ir a Parte I (Quebrada de Humahuaca;
Continente del maíz)

III La Quebrada de Humahuaca declarada Patrimonio Cultural y Natural de la Humanidad

Hay espacios geográficos en La Argentina que me atraen especialmente. No es sólo la tierra, los ríos, las montañas, los árboles, el aire. Es todo eso y además las gentes que los habitan, su música, su comida, sus fiestas, sus costumbres sociales.

La imágenes de Purmamarca pertenecen al autor, salvo indicación en contrario

Uno de esos sitios ha sido el Valle Calchaquí al que le dediqué una larga serie de artículos. (1) Otro, la Quebrada de Humahuaca cuya comida estoy explorando de la mano del entusiasmo y los saberes, acumulados en la cocina, de Silvia Castillo. (2)

La Quebrada es un lugar de ensueño cuyo patrimonio cultural ha sido maltratado por inversores privados inescrupulosos y gobiernos que, en el mejor de los casos, han actuado con negligencia.

¿Cómo? Ha sido declarada Patrimonio Cultural y Natural de la Humanidad por la UNESCO en 2003. Toda declaración de esta naturaleza conlleva dos acciones por parte de los gobiernos locales y nacionales, una es previa y la otra, posterior. La declaración del organismo internacional requiere una solicitud de los gobiernos locales. Una vez dictada la declaración, el compromiso gubernamental por preservar el patrimonio es fundamental. Es obvio que ese compromiso se hallaba claramente supuesto en el instante en que se formuló la solicitud.

Da pena recorrerla y ver como el patrimonio edilicio de las localidades que se disponen a lo largo del curso del Río Grande ha sido sistemáticamente deteriorado por intervenciones irresponsables. No todas los inversores actuaron con esa irresponsabilidad, pero no alcanzan para compensar ese deterioro. En Purmamarca, por ejemplo, puede verse hoteles y cabañas construidos en estilos disonantes con el patrimonio existente, una galería de cemento y vidrio al lado de una iglesia del siglo XVIII y una cervecería de chapa y madera, al estilo de moda en Buenos Aires, a una cuadra del mencionado monumento.


Ahora que estoy explorando la cocina, parte de su patrimonio intangible, se me agita el corazón de sólo intuir lo que puede llegar a pasar. Tengo suficientes experiencias negativas en mis viajes por el país como para temer lo peor. Sin embargo, el entusiasmo crítico de Silvia me tranquiliza, y siento que no todo está perdido. Desde el punto de vista del patrimonio urbano, me dice Silvia, Tilcara está tan destruida como Purmamarca; pero, en cambio, hay una actividad cultural intensa que compensa largamente las pérdidas. Aún es posible rescatar buena parte el patrimonio intangible. (3)

En esa dirección, ella misma me incitó a leer los textos de Lucila Bugallo sobre la actividad molinera en La Quebrada. (4) Allí me propuso ver la riqueza cultural que la antropóloga ponía en evidencia.

Me dispuse a leer con el supuesto de que encontraría en ellos una pormenorizada descripción técnica de las harinas que se usan para las distintas recetas de la cocina tradicional quebradeña. No está mal me dije.

En realidad, no encontré esa deseada clasificación técnica, pero me encontré con algo mucho más rico. Me topé con un universo de vínculos sociales y productivos entre las gentes de La Puna, La Quebrada y los valles que se extienden al este de la yunga. El primero de los textos que leí (de Bugallo en coautoría con Lina Mamaní) expone una reconstrucción etnográfica de la vida en esos ámbitos geográficos de la Provincia de Jujuy a partir de la metodología de historia oral. Logran recuperar un tiempo y una vida social, enraizada en el pasado prehispánico que se ha desarrollado por siglos, pero que se ha perdido casi totalmente en las últimas décadas.

La imagen pertenece a Silvia Castillo

No suelo ser partidario de rescatar un estilo de vida definitivamente sepultado en el pasado, aunque sea muy reciente. Pero sí me interesa, en materia culinaria, recuperar los aspectos de valor patrimonial que ese pasado generó, y que aún perviven bajo riesgo de perderse, en la dieta secular de las poblaciones de La Quebrada. Por supuesto que también habría que rescatar y proteger los equilibrios nutricionales que se ponen en riesgo con sustituciones disfuncionales; pero eso escapa a mi capacidad de análisis. (5)

IV Molienda de cereales en La Quebrada

Ya lo he dicho en estas notas, y no soy original en ello, vivimos en el continente del maíz. Este cereal se consumía de norte a sur en casi todos los países de Nuestra América desde antes de la llegada de los primeros exploradores castellanos que vinieron en la expedición de Cristóbal Colón en 1492. Lo que les propongo ver es los modos en que este producto se consumía, y se consume, en Humahuaca y la importancia de la incorporación de los molinos hidráulicos. Esta tecnología fue traída por los españoles e implantada en La Quebrada. La construcción de estos molinos está documentada desde principios del siglo XVII. Los textos de Lucila Bugallo y Lina Mamaní estudian y exponen las prácticas de producción y consumo de maíz desde mediados del siglo XIX en las áreas geográficas mencionadas.


La Dra. Bugallo realiza una breve periodización de la función económica y social de los molinos hidráulicos entre 1860 y 1980. Así señala tres períodos: 1) La molienda como actividad rentable, dedicada al abastecimiento de harinas en el norte de la Puna Jujeña y el sur de Bolivia (1860-1930); 2) La reconversión de la producción agrícola de la Quebrada, cuando la horticultura comenzó a reemplazar al cultivo de cereales y forrajes. En ese tiempo, los molinos, aunque seguía exportando excedentes a Bolivia, comenzaron a ser utilizados por las poblaciones locales en un sistema de producción de harinas para autoabastecimiento (1930-1960) y 3) Los molinos sólo producían para el autoabastecimiento familiar (1960-1980), sobre el final de este período comenzaron a cerrarse los establecimiento molineros. (6) Las autoras se concentraron en los últimos dos períodos.

Voy a entrar en la descripción del vínculo entre las poblaciones de La Puna, La Quebrada y los Valles; pero hay que considerar previamente un par de detalles importantes que condicionaban el intercambio de bienes que las autoras describen. Por un lado, el maíz es básico en la dieta tradicional de las poblaciones puneñas; pero la Puna no es un ámbito propicio para su cultivo. En cambio, sí lo es para el pastoreo de ganado, en especial, cabras, llamas y mulas, y para el cultivo de ciertas especies de papa y de pseudo cereales como la quinoa y la kiwicha. (7) Por el otro, el maíz era consumido por las poblaciones consideradas en forma de granos enteros o de harinas de distinto grosor de molienda.

La producción de harinas, para autoconsumo, para la comunidad e, incluso, para la estructura estatal del Tiwantisuyu, se procesaba en distintos tipos de morteros (pecanas, conanas y cutanas). Cuando los españoles trajeron molinos hidráulicos, la molienda se concentró en ellos, sin que se dejaran de usar totalmente los morteros. Es que hay ciertas preparaciones, como la masa de los tamales, que siguen requiriendo de su uso. (8)


Las autoras rescatan de la memoria las modalidades de producción, comercio y consumo de los pequeños productores de las poblaciones indicadas arriba. Este comercio se hacía a través de viajes y arreos a lomo de burro y tenía al molino como nodo de articulación.

Los habitantes del sur de la Puna jujeña, bajaban a la Quebrada, conduciendo sus recuas cargadas de lanas, tejidos (ponchos, medias, etc.), papa seca y chalona (medias reses de cabritos conservadas en salazón). Seguían camino hasta los Valles (San Salvador, Perico, Carmen, Monterrico), donde trocaban su productos por maíz y fruta. De regreso, pasaban por el molino donde obtenía distintos tipos de harina con parte del maíz que llevaban.

Ya de vuelta en sus casas, alimentaban sus despendas con los productos traídos desde tierras abajeñas. Usaban una harina fina para preparar sus tulpos, sopa de maíz con elementos cárnicos que era básico en la dieta puneña; otra más gruesa para la chicha que se elaboraba en ocasiones festivas (carnaval, día de los muertos, etc.) y el maíz entero para preparar mote (maíz pelado, es decir, nixtamalizado, o sin pelar) que se usan en el locro y otros guisos y en la elaboración de tamales. (9)

Los puneños no eran los únicos usuarios de los molinos. Los quebradeños que producían cereal para el autoabastecimiento, viajaban al molino a llevar su maíz y obtener harinas para usos similares a los descriptos.

Por otra parte, los vallistos subían a la Quebrada para intercambiar sus productos, pero usaban los molinos que había en los valles para moler su maíz. A su vez, los habitantes del norte de la Puna jujeña usaban los molinos del sur de Bolivia, donde tenías sus rutas y circuitos comerciales.


Los usuarios solicitaban al molinero la regulación de las piedras para obtener las harinas deseadas, asistían a la molienda y, finalmente, ambos pesaban el producido. Los usuarios pagaban por el servicio recibido, generalmente en especias, muchas veces con parte de la harina molida. La concentración de usuarios en el molino provocaba tiempos de espera. Esos tiempos propiciaban momentos de ocio que generaban una sociabilidad ocasional, intensamente vivida, sobre todo por los arrieros.

Se obtenían harinas de distinto refinamiento. Las autoras realizan una clasificación que no se basa en conocimientos técnicos, sino en los testimonios de molineros o hijos de molineros. Esta clasificación puede darnos un indicio bastante preciso de tipos y usos. La molienda daba, como anticipé parcialmente, los siguientes productos (ordenados desde los más gruesos a los más finos): maíz chancado para los pollos; frangollo de maíz, harinas gruesas para chicha y harina fina para cocinar. Para todas estas moliendas, se usa el maíz sin pelar. Consideraré el tratamiento y uso del maíz pelado en el próximo acápite. El único tratamiento previo que recibía el maíz llevado al molino consistía en tostar parte del grano para obtener la denominada “harina cocida”.

Esta tradición de producción, trasiego, intercambio de bienes y de servicios y consumo que tenía a los molinos de La Quebrada como eje, como ya conté se hunde en el pasado prehispánico y llega casi hasta nuestros días. Los molinos hidráulicos activos que eran unos quince a mediados del siglo XX se han reducido a dos, a los que se han sumado unos pocos molinos eléctricos. El arreo de los puneños hasta la yunga y los valles inferiores ha dejado de existir hace ya algunas décadas.

El fenómeno que dio fin a una época es amplio y complejo. Tiene que ver con la incorporación de la población quebradeña al mercado nacional. En la década de los años treinta comenzó esta transformación. Ya señalé que se produjo una reconversión en la producción agropecuaria de La Quebrada. Se fue reduciendo la producción de maíz y cereales que se vendían en el norte de la Puna y en Bolivia y se comenzó a cultivar hortalizas y frutas que podían venderse en los mercados de sur, en especial en los valles jujeños.


El proceso se fue completando con la pavimentación de las rutas nacionales y provinciales. A principios de los años ochenta del siglo XX, se prohibió el tránsito de arreos de burros y mulas por la Ruta Nacional N° 9 que atraviesa de norte a sur La Quebrada de Humahuaca y la comunica con las ciudades de San Salvador de Jujuy, Perico y otras localidades vallistas. Los puneños, incluso, han reemplazado sus recuas por camionetas.

Finalmente, es necesario decir que el dinero ha ido reemplazando al trueque (que aún existe reducido a ciertas circunstancias y festividades), permitiendo la adquisición de bienes y alimentos de origen industrial.

De modo, que ese período de uso de los molinos, como centro articulador del tráfico caravanero, entró en decadencia a partir de los años treinta del siglo XX, hasta su casi entera extinción, en los años ochenta del mismo siglo.

Los procesos sociales son cambiantes y no deben inducirnos a la añoranza de los tiempos idos que han sido mejores en algunas pocas cosas y peores en muchas otras. Con todo, hay aspectos de aquella vida que pueden rescatarse como apuestas al futuro, sobre todo aquellos hábitos y prácticas culinarias que conllevan valor patrimonial y nutricional.

¿Cómo, cuáles, para qué? En la Parte III, ensayaré algunas ideas que me parece que deben tenerse en cuenta a partir de estas preguntas en materia de ideas gastronómicas y productos. Como anticipo, pregunto ¿por qué no pensar, por ejemplo, en el valor que podría aportar a la marca cocina argentina las recetas tradicionales sobre las que vengo escribiendo (tamales, humitas, locro, sopas, tijtincha, tulpo, etc.) y algunas técnicas (chalona, charqui, maíz pelado)?

Ir a Parte III (Pelar el maíz; Chuchoca;
Preservación del patrimonio culinario en torno del maíz)

Notas y referencias:

(1) 2018, Aiscurri, Mario, “La cocina en el Valle Calchaquí – Índice”, en El Recopilador de sabores entrañables, leído el 3 de marzo de 2020 en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2018/05/la-cocina-en-el-valle-calchaqui-indice.html

(2) 2021, Aiscurri, Mario, “Silvia Castillo, conversaciones sobre la cocina en la Quebrada de Humahuaca”, en El Recopilador de sabores entrañables, leído en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2021/01/silvia-castillo-y-la-conservacion-de-la.html el 26 de marzo de 2021.

(3) 2020, Montana, Silvia, entrevista grabada el 23 de enero y mensaje de voz del 24 de enero.

(4) 2014 a, Bugallo, Lucila y Mamaní, Lina María, “Molinos en la Quebrada de Humahuaca: Lugares de encuentro de gentes y caminos. La región molinera del norte jujeño, 1940-1980”, en Benedetti, Alejandro y Tomesi, Jorge (compiladores) Espacialidades altoandinas. Nuevos aportes desde la Argentina, Tomo I, Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras, UBA, pp. 63-118.

2014 b, Bugallo, Lucila, “Los propietarios de los molinos de la Quebrada de Humahuaca, 1860-1980. La molinería: de actividad rentable a la fabricación de harinas para autoconsumo”, en Fandos, Cecilia A. y Teruel, Ana A. (compiladoras), Quebrada de Humahuaca. Estudios históricos y antropológicos en torno a las formas de propiedad, San Salvador de Jujuy, Editorial de la Universidad Nacional de Jujuy, pp. 139-184.

(5) Mirta Santoni y Graciela Torres tratan el tema de la malnutrición crónica provocada por la inclusión de alimentos alóctonos en la dieta de los aborígenes del NOA a través de los siglos. 2002 Santoni, Mirta, y Torres, Graciela, “El sabor de los pucheros. Los patrones alimentarios del Noroeste” en AAVV, La cocina como patrimonio (in)tangible, Primeras jornadas de patrimonio gastronómico, Buenos Aires, Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, pp. 87-106, 2002, 1º edición.

(6) 2014 b, Bugallo, Lucila, Op. Cit., pp. 176-178.

(7) 2015, Organización de las Naciones Unidas Para la Alimentación y la Agricultura (FAO), Estudio sobre el potencial de ampliación del riego en La Argentina, Anexo “Áreas de riego en la Provincia de Jujuy”, leído en http://www.fao.org/fileadmin/user_upload/rlc/utf017arg/estudio/riegointegral/areasexistentes/Anexos/Provincia_de_JUJUY.pdf el 27 de febrero de 2020.

(8) 2014 a, Bugallo, Lucila y Mamaní, Lina María, Cit.

(9) Dedicaré el artículo siguiente al proceso de pelado del mote de maíz, que se conoce como nixtamalización.

 

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