Éste es mi
noveno viaje a Salta, el octavo con Haydée. Fuimos con dos ideas centrales:
reencontrarnos con nuestra querida amiga Fernanda Sola y subir a Santa Rosa de
Tastil, casi en las puertas de La Puna Salteña, sesenta kilómetros antes de llegar
a San Antonio de los Cobres.
I Santa Rosa de
Tastil y la Ciudad Sagrada
Con la sugerencia de Fernanda,
decidimos elegir a Osvaldo Kuntur Aramayo para que nos guiara por el mundo
espiritual de la ciudad sagrada de Tastil que perteneciera a la significativa
tradición cultural andina, hoy uno de los sitios arqueológicos más importantes
del Noroeste Argentino. Allí fuimos al día siguiente de llegar a Salta.
La ciudad estuvo enclavada en una
encrucijada de caminos andinos. Desde allí se puede subir hasta La Puna, llegar
al Valle Calchaquí y bajar al Valle de Lerma. Se estima que, en su momento de
mayor esplendor, llegó a tener 3000 habitantes, pero se fue despoblando antes
de la llegada de los funcionarios y soldados de la administración cuzqueña de las
Cuatro Provincias del Sol (Tawantinsuyu), es decir, lo que conocemos como el
imperio de los Incas.
Nos ha dicho Kuntur que la ciudad se
configuró como un centro de comunión y armonía espiritual de los seres humanos
que la habitaban con la energía de la madre tierra y del sol.
Nos ha contado que sus habitantes
vivían esa comunión en paz, a diferencia de las poblaciones belicosas del Valle
Calchaquí que, años después del despoblamiento de Tastil, establecieron una
encarnizada resistencia de más de ciento cincuenta años, primero a la ocupación
de los Incas y luego a la de los españoles.
La ciudad sagrada está muy cerca de
Santa Rosa de Tastil, pequeño paraje actual con población establecida. Los
restos arqueológicos conservan la identidad de los recintos originales sin
haber sufrido intervenciones caprichosas en el siglo XX y XXI, como sí ocurrió,
por ejemplo, con la ciudad de los Quilmes en el Valle Calchaquí Tucumano o con
el llamado Pucará de Tilcara en la Quebrada de Humahuaca.
Mucha de esta información puede ser
encontrar en la Web, si se sabe buscar; pero vivir intensamente, y en carne
propia, la energía del lugar es bien difícil de imaginar o pensar sin estar
allí, aún si se llega al sitio sin el guía adecuado.
No sabría cómo explicar lo que me
ocurrió. En cuanto empezamos a subir, sufrí las consecuencias del soroche,
sensación de mareos y agitación por la falta de aire. La recomendación fue
entonces transitar lentamente, detenerse cada tanto, inspirar y exhalar profunda
y rítmicamente… Incluso hay quien recomienda arma un acullico en la boca.
Desde la base del sitio hasta el
punto más elevado, es necesario transitar una senda de aproximadamente 200
metros, siempre en subida. Seguí las instrucciones de la manera más prolija que
pude. Llegué agotado, pero cuando pude contemplar el horizonte, y el cielo
enteramente despejado del mediodía, sentí que mis pulmones se llenaban
plenamente de aire puro y que la cabeza se despejaba completamente. La sensación
de bienestar era plena. Había cambiado el aire, pero además…
Como ocurre
siempre que recorro un sitio arqueológico, traté de imaginarme como había sido
la vida humana allí. Nada de lo humano me resulta ajeno y mi imaginación suele
ser poderosa en esos casos. Pero la sensación parecida al éxtasis que tuve
allí, no me dejó pensar en los modos de la vida cotidiana… fue un momento casi
mágico de paz y armonía espiritual.
II Almuerzo en Campo
Quijano
Conté al cochero / taxista que nos
llevó desde el Aeropuerto Güemes hasta el amable hotel en que nos alojamos, que
subiríamos al día siguiente a Tastil. Respondió con autoridad y sencillez, van
a atravesar los tres climas. El día en que accedimos a la ciudad sagrada, puede
comprobar ese enigmático aserto, el tiempo estaba nublado y con amenazas de
lluvia en la ciudad; cuando llegamos a la yunga, los cerros se veían atrapados
entre nieblas y cerrazones, por efecto de las nubes bajas y, ya en las puerta
de La Puna, el cielo estaba azul y despejado y el aire seco contrastaba con la
humedad de la yunga y del valle. (1)
¡Qué diferente al Valle Calchaquí!
Allí las nubes abrazan la tierra con su neblina en la Cuesta del Obispo,
pasando ya la yunga en ascenso desde la Ciudad de Salta.
Empezamos a bajar desde Tastil con
la decisión de almorzar más abajo, por lo menos en Campo Quijano, en plena
yunga, para alejarnos de las consecuencias del soroche.
La hora era impropia, sobre las 15
hs pasadas, en la ciudad de Salta es casi imposible encontrar un restaurante
abierto a esa hora. En Campo Quijano, los comedores que daban a la Ruta
Nacional 51 estaban cerrando. De modo que, por sugerencia de Fernanda,
decidimos ingresar en el casco urbano.
Frente a la plaza, en una esquina,
encontramos el mercado municipal. Allí había un comedor muy sencillo en su
construcción, pero muy prolijo. Una cocina de chapas bien pintadas, mesas y
sillas bajo un toldo, sobre la vereda, como las terrazas de muchos restaurantes
porteños.
Una pizarra indicaba el menú.
Parecía muy salteño, había locro, empanadas, tamales y humitas… y también el
plato más nacional que tenemos los argentinos, milanesas, solas o a la
napolitana.
Nos pareció un lugar propicio y
estaba abierto. Bajamos y se me ocurrió hacer una pregunta que emergió con toda
la potencia de un deseo, ¿tiene sopa? Sí, fue la respuesta de la moza, hoy hay
sopa de frangollo. Exultantes de alegría, todos tomamos un plato de sopa,
sabrosa y reconfortante y completamos ese momento de felicidad con una docena
de empanadas fritas (las mejores que comimos en este viaje).
Kuntur, cuando vio las empanadas,
dijo “se nota que son empanadas de campo”, porque eran más grandes que las que
te ofrecen la ciudad de Salta. El tamaño se apreciaba claramente, pero para
nosotros, acostumbrados a las empanadas porteñas nos pareció que aún eran
pequeñas.
De todos modos, en este caso el
tamaño fue lo de menos.
Disfruté
comiendo la sopa y las empanadas, contemplando la bella plaza de Quijano y, por
detrás, los cerros, todavía envueltos en bruma que habíamos divisado cuando
pasamos por la mañana… ese almuerzo tardío completó esa mágica jornada.
Ir a Salta (II)
Notas y referencias
(1) La yunga es bosques andinos y
selvas de montaña que se extiende longitudinalmente a lo largo de la cordillera
de Los Andes, sobre las faldas orientales, desde el norte de Perú, hasta Bolivia
y el norte de La Argentina (en las provincias de Jujuy, Salta, Tucumán y
Catamarca).
.jpg)










No hay comentarios:
Publicar un comentario