sábado, 23 de mayo de 2020

Comidas y bebidas para los reseros (1926) II Churrascos y asadores


“-¿Es verdá que no soy el de siempre y que esos malditos pesos van a desmentir mi vida de paisano?
”-Mirá -dijo mi padrino, apoyando sonriente su mano en mi hombro-. Si sos gaucho en de veras, no has de mudar, porque ande quiera que vayas, irás con tu alma por delante como madrina'e tropilla.” (Güiraldes, Ricardo, Don Segundo Sombra, Cap. XXV, pág., 223)
Ricardo Güiraldes nació en Buenos Aires, en 1886, en el hogar de la alta burguesía nacional que algunos denominan “aristocracia” y otros, “oligarquía”. Fue un prolífico escritor argentino, a pesar de su muerte temprana a los 41 años de edad, que recibió múltiples influencias de sus viajes (Francia, el Lejano Oriente, México, el Caribe, etc.) y de sus largas temporadas de residencia en la localidad bonaerense de San Antonio de Areco.
De sus viajes a París, tomó elementos fundamentales de las vanguardias literarias, en especial del impresionismo. De su residencia en San Antonio, el conocimiento de la vida rural argentina de principios del siglo XX. De esta última experiencia surgen tres obras importantes Cuentos de muerte y de sangre (1915) y las novelas Raucho (1917) y Don Segundo Sombra (1926). Esta última le dio justificada trascendencia en la literatura y la cultura argentina.
Estuvo casado con Adelina del Carril, nieta de Salvador María del Carril. La muerte de Güiraldes en 1927 (acaecida en París) le impidió conocer a su concuñado Pablo Neruda quien conoció a Delia del Carril en 1935, conviviendo luego con ella por veinte años.
Los fragmentos que se presentan a continuación pertenecen, en general, a Don Segundo Sombra. Refieren a la alimentación de los reseros, peones rurales que eran contratados ocasionalmente para el arreo de topas de vacas.
Don Segundo Sombra es la historia contada en primera persona por un gaucho adolescente que se va haciendo hombre bajo el tutelaje de don Segundo. Desconcierta el lenguaje refinado con el que el personaje relata sus aventuras y desventuras. Avanzada la obra sabremos que se llama Fabio Cáceres y las circunstancias en que ha adquirido el dominio “culto” del idioma castellano.
Churrascos y asadores
En algunos artículos anteriores expuse mis hallazgos en torno de cómo se formó el gusto argentino en el punto de las carnes asadas. (1) Allí expuse las tres técnicas básicas de asado a fuego abierto que constituyen la forma más habitual de cocinar las carnes  en La Argentina: el asador, la parrilla y el rescoldo. Ensayé también la idea de que el punto de cocción de las carnes no dependía tanto de la técnica seleccionada como de la oportunidad. Un asado rápido en el camino, daba como resultado una cocción más jugosa, casi cruda según algunos testimonios. Un asado que espera la pausa en el trabajo, una cocción más cocida, “sobre cocida” para el pensamiento académico.
Los textos que siguen muestran la forma de comer la carne de los reseros. La información que brinda Güiraldes es magra; pero nos da indicios importantes.
I El churrasco de los reseros. Los reseros conducen un arreo por el campo. En ocasión de una parada frente a una pulpería, dos de ellos preparan el churrasco, mientras sus compañeros ingresan en el local para beber algo. Fuera de la circunstancia, el texto no agrega más datos; pero induce a pensar que los reseros llevaban carne cruda para el avío. Imagino, como muy probables, una cocción directa sobre brasas mal prendidas.
“Empezaba ya a hacer calor y traíamos una lasitud de hambre, pues estábamos en movimiento desde hacía cinco horas con sólo unos mates en el buche.
”Horacio y Goyo acomodaron un fogón y prepararon el churrasco. Los demás entraron al despacho, saludaron al pulpero conocido en otros viajes, y pidieron éste una ginebra, aquel un carabanchel.
”-¿Qué vah'a tomar? -me preguntó don Segundo.
”-Una caña'e durazno.
”-Te vah'a desollar el garguero.
”-Deje no más, Don.
”En silencio, vaciamos nuestras copas.
”Por turno, un rato más tarde «tumbiamos» y yo me eché otra caña al cuerpo.
”Repuestos y alegres nos preparamos a seguir viaje. Don Segundo y Valerio mudaron caballo. /…/.” (2)
II Churrascos de reseros en el fogón de una cocina de peones en una estancia. No agrega información acerca de cómo se cocinaron esos churrascos, sí sobre brasa directa, o sobre asadores. Tampoco se habla del punto. Pero el hecho de que hayan “activado el fuego”, induce a pensar en una cocción rápida sobre brasa vivas. No había tiempo para esperar que se cocieran al rescoldo.
“Al fin llegamos a la estancia de un tal don Feliciano Ochoa. La sombra de la arboleda nos refrescó deliciosamente. A pedido de Valerio, nos dieron permiso para echar la tropa en un potrerito pastoso, provisto de aguada, y nos bajamos del caballo con las ropas moldeadas a las piernas, caminando como patos recién desmaniados. Rumbo a la cocina, las espuelas entorpecieron nuestros pasos arrastrados. Saludamos a la peonada, nos sacamos los chambergos para aliviar las frentes sudorosas y aceptamos unos mates, mientras en el fogón colocábamos nuestro churrasco de reseros y activábamos el fuego.” (3)
III Fabio y don Segundo llegan con un rodeo a una feria de venta de ganados. En un sector, se encuentran unos asadores para alimento de los peones y el pobrerío. Allí se acercan los interesados y se sirven directamente la porción de carne que más se acomoda a su gusto. Los personajes se sirven de un cordero “de pella dorada”, es decir, bien sellado. Don Segundo celebró el manjar como un lujo, del mismo modo que los tenedores que vio Fabio en la mesa de los ricos. Es el único fragmento de toda la novela en que se celebra el gusto de la comida. En el resto de la obra, sólo se describe la satisfacción de la necesidad biológica.
“La feria era para mí una novedad. Cuando llegamos, estaban concluyendo de clasificar la hacienda en lotes, disponiéndolos en los corrales. Aquello parecía un rodeo, dividido en cuadros por los alambrados como una masa para hacer pasteles. La peonada que llevaba y traía los lotes era numerosa y, tanto entre ellos como entre los peones de las estancias, se veían paisanos lujosos en sus aperos y su vestuario. ¡Qué facones, tiradores y rastras! ¡Qué cabezadas, bozales, estribos y espuelas! ¡Si ya me estaba doliendo la plata en el tirador!
”A la sombra de un ombú, al lado del gran galpón del local, se asaba la carne para los peones y el pobrerío. Había como elegir entre los asadores que, aquí ensartaban un costillar de vaquillona, allá un medio capón o un corderito entero, de riñones grasudos.
”Los dueños de la feria, así como los estancieros y los clientes de consideración, tenían adentro acomodada una mesa larga, con muchos vasos y servilletas y jarras y frascos y hasta tenedores. Adentro, también, vecino al comedor, había un despacho de bebidas con sus escasos feligreses.
”Con mi padrino, nos arrimamos a un cordero de pella dorada por el fuego. ¡Carnecita sabrosa y tierna! «Lástima no tener dos panzas», decía con desconsuelo don Segundo.
”Enseguida que sus mercedes de la mesa se hartaron de embuchar, salió el rematador y su comitiva en un carrito descubierto y empezó la función. El rematador dijo un discurso lleno de palabras como: «ganadería nacional», «porvenir magnífico», «grandes negocios»... y «dio principio a la venta» con un «lote excepcional».
”Alrededor del carrito, a pie o montados en caballos de los peones de la feria, estaban los ingleses de los frigoríficos, afeitados, rojos y gordos como frailes bien comidos. Los invernadores, tostados por el sol, calculaban ganancias o pérdidas, tirándose el bigote o rascándose la barbilla. Los carniceros del lugar espiaban una pichincha, con cara de muchacho que se va a alzar las achuras de una carneada. Y el público, formado por la gente de huella y de estancia, conversaba de cualquier cosa.
”Sin alternativas pasó la tarde. La garganta del rematador no daba más de tanto gritar y mis orejas de tanto oírlo.” (4)
IV Fabio no podía conciliar el sueño en el rancho miserable y desapacible en que vivía el puestero don Sixto. El narrador utiliza una metáfora del churrasco sobre la leña. Clara indicación de que el churrasco se asa directamente sobre las brasas, sobre el fuego directo o sobre brasas mal prendidas.
“Apagué el candil, volqué la cebadura en el fuego, que se iba consumiendo, y fui a echarme en mi recado, en la otra punta del cuarto de don Sixto.
”No hallaba postura y me removía como churrasco sobre la leña, sin poder dar con el sueño. Era como si hubiese presentido la extraña y lúgubre escena, que iba a desarrollarse entre las cuatro paredes del rancho perdido.”(5)
V Trabajos en una estancia cercana al mar. Fogones con asadores para la peonada.
“Nos fuimos arrimando al rancho. En el patio grande, abajo de los sauces, ardían los fogones lamiendo la carne de los asadores. ¡Lindo olorcito!
”Habría entre todos unos veinte paisanos. Al aclarar del día siguiente llegarían unos diez más. Todos venían de distantes puestos. Decididamente, iba a ser nuestra recogida un trabajo bruto y grande.
”No hubo, antes de echarnos a dormir, ni muchas bromas, ni una alegría muy visible, ni guitarra. A la gente de esos pagos no parecía importarle nada de nada. Uno por uno enderezábamos al asador, cortábamos una presa, nos retirábamos a saborearla, en cuclillas. Los más salvajes y huraños desaparecían en lo oscuro, como si tuvieran vergüenza que los vieran comer o temieran que los pelearan por la presa. Como muchos, por tratarse de hacienda chúcara, habían traído sus perros, estábamos rodeados de una jauría hambrienta y pedigüeña.” (6)
VI Comer el churrasco a cuchillo, usando la galleta como plato. Fabio se reponía de sus heridas en un puesto de una estancia, pero no abandona la costumbre de comer de esa manera aunque en la mesa hubiera platos. Según las distintas referencias en la novela, los reseros contaban con galletas para el avío; pero sí accedían a ella en los ranchos.
“En un par de días, tuve tiempo para conocer los habitantes del rancho.
”Con la partida de los paisanos, que habían venido a ayudar, quedaron las casas como eran siempre.
”Comíamos en la cocina, los hombres: Don Candelario, dueño de casa, Fabiano, un mensual, y Numa, un muchachote tioco, de mi edad. Nos servía la mujer de don Candelario, doña Ubaldina, alcanzándonos galleta y unos platos que casi nunca usábamos pues, cortada nuestra presa del churrasco, comíamos a cuchillo, tajeando los bocados sobre la misma galleta.
”Eran los únicos momentos de reunión, salvo los del mate mañanero.” (7)
VII Carne asada en el medio del campo. En el texto no habla de churrasco, ni de asador. De modo que no tenemos otra cosa, en esta escena, que disfrutar del apacible asadito de los personajes, sin obtener información adicional. Salvo, quizás, que reparemos en la morosidad con que estos reseros toman mate y comen su carne. Ello nos induce a pensar que pudieron comer la carne bien cocida.
“Hicimos pasar nuestras tropillas al campo y, luego de haber desensillado, juntamos unas biznagas secas, unos manojos de hojarasca, unos palitos y un tronco de buen grueso. Prendimos fuego, arrimamos la pavita, en que volcamos el agua de un chifle para yerbear, y, tranquilos, armamos un par de cigarrillos de la guayaca, que prendimos en las primeras llamaradas.
”Como habíamos hecho el fogón cerca de un tronco caído, de tala, tuvimos donde sentarnos y ya nos decíamos que la vida de resero, con todo, tiene sus partes buenas como cualquiera. Creo que la afición a la soledad de mi padrino, debía influir en mí; la cosa es que, rememorando episodios de mi andar, esas perdidas libertades en la pampa me parecían lo mejor. No importaba que el pensamiento lo tuviera medio dolorido, empapado de pesimismo, como queda empapada de sangre la matra que ha chupado el dolor de una matadura.
”De grande y tranquilo que era el campo, algo nos regalaba de su grandeza y su indiferencia. Asamos la carne y la comimos sin hablar. Pusimos sobre las brasas la pavita y cebé unos amargos. /…/.” (8)
Aclaraciones finales:
Los textos que anteceden no son muy claros en relación con el método de cocción del churrasco. Pero reduciendo algunas posibilidades podemos realizar una inferencia altamente probable.
Cuando en la comida hay asadores, el relato los dice de manera explícita, y no menciona la palabra churrascos. Cuando sí utiliza la palabra churrasco, refiere a una cocción rápida sobre un fuego que puede ser improvisado o estar encendido en un fogón. En uno de los textos, se habla de activar el fuego, lo que permite eliminar la posibilidad de una cocción a brasa viva y no al rescoldo que resultaría inviable para una cocción rápida. De modo que sólo quedan dos posibilidades, cocción a brasa viva o directamente sobre el fuego. No debe descartarse la posibilidad de que usaran brasas mal prendidas (el uso de leña no posee las dificultades del carbón).
Es más probable que sea sobre la brasa viva. Me baso en la receta de churrasco enviada por Mercedes Torino de Pardo para ser publicada por Juana Manuela Gorriti en su Cocina Ecléctica. La señora Torino propone cocinarlo directamente sobre la brasa viva, luego de afirmar “El verdadero churrasco, /…/, helo aquí, cual hasta hoy lo saborean con fruición sus inventores, los que poseen el secreto de la preparación de la carne: los gauchos.” (9)
En cuanto al punto de cocción, nada nos dice el texto, pero es muy probable que dependa de las circunstancias, como ya lo he señalado. La carne de asador es oficiada con morosidad, con lo cual podía comerse bastante cocida. El churrasco se cocina rápidamente, de manera que es probable que los reseros lo comieran bastante jugoso, cuando lo hacía en un alto en el camino, y más cocido cuando disponían de tiempo.
El uso de la parrilla es más reciente y sólo se podía utilizar donde la había, Güiraldes no registra ningún caso de manera directa; aunque hay una escena en que los reseros comen chorizos, y eso induce a pensar en la necesidad de una parrilla. Todo dependía de la disponibilidad del artefacto. Los reseros de Elías Carpena, coetáneos de don Segundo, comían churrascos a la parrilla hechos por el negro Palomeque en la Casa Vieja cerca de Mataderos. (10) Pero ésa ya es otra historia.
Notas y Bibliografía: 
(1) 2016, Aiscurri, Mario, “El punto de asado criollo (Give my curry). Parte I”, en El Recopilador de Sabores Entrañables, leído el 9 de marzo de 2019 en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2016/01/el-punto-del-asado-criollo-give-my.html; 2016, Aiscurri, Mario, “El punto de asado criollo (¿La culpa la tiene Dembo?) Parte II”, en El Recopilador de Sabores Entrañables, leído el 9 de marzo de 2019 en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2016/03/el-punto-del-asado-criollo-la-culpa-la.html; 2016, Aiscurri, Mario, “El punto de asado criollo (un “aguante” para el gusto argentino). Parte III”, en El Recopilador de Sabores Entrañables, leído el 9 de marzo de 2019 en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2016/03/el-punto-del-asado-criollo-un-aguante.html y 2018, Aiscurri, Mario, “Después de “El punto de asado argentino”, la hora de la parrilla (revisión)”, en El Recopilador de Sabores Entrañables, leído el 9 de marzo de 2019 en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2018/09/despues-de-el-punto-del-asado-argentino.html.
(2) 1926, Güiraldes, Ricardo, Don Segundo Sombra, Santiago, Editora Nacional Gabriela Mistral, 1973, Cap. VII, pp. 55- 56. También en Biblioteca Virtual Universal, http://www.biblioteca.org.ar/libros/92790.pdf, leído el 6 de abril de 2019.
(3) Ídem, Cap. VIII, pág. 60.
(4) Ídem, Cap. XIV, pp. 112-113.
(5) Ídem, Cap. XV, pág. 122.
(6) Ídem, Cap. XVI, pág. 129.
(7) Ídem, Cap. XIX, pág. 159.
(8) Ídem, Cap. XXI, pp. 181-182.
(9) 2012, Aiscurri, Mario, “La Receta del churrasco”, en El Recopilador de Sabores Entrañables, leído el 9 de marzo de 2019 en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2012/10/la-receta-del-churrasco.html.
(10) 2012, Aiscurri, Mario, “Cuentos de reseros: el churrasco del Negro Palomeque”, en El Recopilador de Sabores Entrañables, leído en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2012/11/cuentos-de-reseros-el-churrasco-del.html, el 9 de marzo de 2019.

Comidas y bebidas para los reseros (1926) I La cocina de los peones en una estancia


“-¿Es verdá que no soy el de siempre y que esos malditos pesos van a desmentir mi vida de paisano?
”-Mirá -dijo mi padrino, apoyando sonriente su mano en mi hombro-. Si sos gaucho en de veras, no has de mudar, porque ande quiera que vayas, irás con tu alma por delante como madrina'e tropilla.” (Güiraldes, Ricardo, Don Segundo Sombra, Cap. XXV, pág., 223)
Ricardo Güiraldes nació en Buenos Aires, en 1886, en el hogar de la alta burguesía nacional que algunos denominan “aristocracia” y otros, “oligarquía”. Fue un prolífico escritor argentino, a pesar de su muerte temprana a los 41 años de edad, que recibió múltiples influencias de sus viajes (Francia, el Lejano Oriente, México, el Caribe, etc.) y de sus largas temporadas de residencia en la localidad bonaerense de San Antonio de Areco.
De sus viajes a París, tomó elementos fundamentales de las vanguardias literarias, en especial del impresionismo. De su residencia en San Antonio, el conocimiento de la vida rural argentina de principios del siglo XX. De esta última experiencia surgen tres obras importantes Cuentos de muerte y de sangre (1915) y las novelas Raucho (1917) y Don Segundo Sombra (1926). Esta última le dio justificada trascendencia en la literatura y la cultura argentina.
Estuvo casado con Adelina del Carril, nieta de Salvador María del Carril. La muerte de Güiraldes en 1927 (acaecida en París) le impidió conocer a su concuñado Pablo Neruda quien conoció a Delia del Carril en 1935, conviviendo luego con ella por veinte años.
Los fragmentos que se presentan a continuación pertenecen, en general, a Don Segundo Sombra y, en algunos casos puntuales a Raucho. Refieren a la alimentación de los reseros, peones rurales que eran contratados ocasionalmente para el arreo de topas de vacas.
Don Segundo Sombra es la historia contada en primera persona por un gaucho adolescente que se va haciendo hombre bajo el tutelaje de don Segundo. Desconcierta el lenguaje refinado con el que el personaje relata sus aventuras y desventuras. Avanzada la obra sabremos que se llama Fabio Cáceres y las circunstancias en que ha adquirido el dominio “culto” del idioma castellano.
La cocina de los peones en una estancia
I Siempre me llamó la atención que mi abuelo, que vivía en una casa rural sencilla, cuando estaba en el pueblo y emprendía el regreso a su chacra decía “Volvamos pa’ las casas”. Como hombre de ciudad no lograba entender que el origen de ese plural estaba relacionado con la estructura edilicia de las estancias que se erigieron en la Pampa Húmeda desde principios del siglo XIX.
El casco de las estancias concentraba cierto número de edificaciones que justifica la expresión. Solía haber una casa principal, un galpón, una cocina para los peones y habitaciones para los “mensuales”, es decir, los peones que trabajaban de modo permanente en las estancias. 
El texto que transcribo a continuación corresponde a la novela Raucho. En la estancia había sólo dos edificios, la casa principal y el galpón. Este último incluía la cochera, la cocina de los peones, las habitaciones para los mensuales y el establecimiento destinado a la esquila. En otras estancias, estas dependencias podrían ocupar más de un edificio.
“La estancia era un amontonamiento de poblaciones diversas y coherentes.
”La casa, de paredes anchas, guardiana de sombras frescas en el verano y defensora de vientos silbadores en invierno, era una construcción rectangular cuyos corredores laterales se apoyaban en cuadrados pilastrones, petisos de esfuerzo. En el interior, cuatro piezas y un pasadizo con mobiliario añejo de maderas pesadas como metales. Sobre los muros externos adivinábanse ladrillos, bajo el blanqueo de cal cuidado como una sábana.
”A veinte metros hacia el Sur se alargaba el galpón, flanqueado por una serie de chiqueros para ovejas, y vecinos a éstos el corral, panzuda y negra superposición de bosta, en cuyas orillas algún chato crecimiento de verdolaga escapada al pisoteo.
”Después las dependencias: bañaderos, palenque, un alero de paja útil para las carneadas, estaqueadero de cueros…
”El galpón, dividido a lo largo, contenía todo lo destinado al trabajo:
”Primero era la cochera, oliente a cuero y grasa con sus rodados descansando la lanza en ristre y sus guarniciones prolijamente colgadas.
”Seguía la cocina de los peones, con gran fogón de campana bajo la cual podían asarse reses enteras, más una mesa acribillada de puntazos y tajos, flanqueada de largos bancos donde cabían treinta hombres. En un rincón la leña lista a reventar contra las rodillas y sobre unas brasas, dejadas encendidas como por olvido, una pava costrosa de hollín, madre del mate, comadreando a los manotones intermitentes del fuego, con gargarismos de gorda remilgada.
”A la cocina sucedíanse una hilera de cuartos con catres emponchados y paredes engalanadas de bozales, lazos y prendas de ensillar.
Aquí una guitarra, significando nostalgias amorosas, allí un facón, descansado de los balanceos sufridos en días de lucimiento.
Luego estaban los pesebres de los padres: toros, padrillos, escapados entre miles para sus misiones copulativas, impacientes por el encierro, sobradas las energías lumbares, los hocicos prontos a erigirse al menor vaho de simpatías, emanadas por ahí lejos y que les trae el viento por las ventanillas que les recortan perspectivas de horizontes luminosos.
”En el fondo del galpón, el altillo sobre un espacio reservado al esquileo del plantel y en el altillo, pilas de bolsas, maíz y afrecho para las mantenciones.
”Sobre la puerta cochera, como un escudo nobiliario, el fierro, la marca si mejor se entiende, bandera del pequeño pueblo” (1)
II Los textos que siguen pertenecen a Don Segundo Sombra. En el primer fragmento, Fabio Cáceres, de 14 años, va a una estancia de Galván a pedir trabajo. Las siguientes escenas transcurren entre el galpón y la cocina de los peones del mencionado establecimiento.
Receloso ante las casas, enderecé al galpón. No parecía haber nadie. Los perros que gruñían arrimándose a los garrones de mi petizo, no eran una invitación amable de echar pie a tierra. Por fin asomó un viejo a la puerta de la cocina, gritó «¡juera!» a la perrada, diciéndome que pasara adelante y me señaló unos de los tantos bancos del aposento para que me sentara.
”Toda la mañana quedé en aquel rincón espiando los movimientos del viejo, como si de ellos dependiera mi porvenir. No dijimos una palabra.
”A medio día empezaron a llegar algunos peones y sonó una campana llamando para la comida. La gente saludaba al entrar y algunos me miraban de soslayo.
”Junto con cuatro o cinco hombres, entró Goyo López que yo conocía del pueblo.
”-¿Andás pasiando? -me preguntó.
”-Vengo a buscar trabajo.
”-¿Trabajo? -repitió clavándome la vista. Un momento temblé pensando que algo iba a decir de mi familia en el pueblo, pero Goyo era hombre discreto. Los peones me observaban. Un muchachón dijo, comentando mi respuesta:
”-Vendrá a conchabarse pa hombrear bolsas.
”Goyo se dio vuelta hacia él:
”-Sí, chucialo aura que está medio asustao, porque cuanto tome confianza tal vez te hombree a vos. No sabés que peje es éste.
”Un momento fui el punto de mira de cuarenta ojos. No pestañé siquiera, esperando que pasara aquella atención.
”Sin embargo, las palabras de Goyo habían hecho su efecto. Ser despierto, aunque pasando los límites de la buena conducta, es un mérito que el paisano aprecia.
”Goyo me llamó desde la puerta diciendo que desenfrenara mi petizo, que él me enseñaría dónde estaba la bebida para que le diera un poco de agua. Esto no era más que una maniobra para hablarme a solas. Ni bien nos encontramos afuera, me dijo:
”-Vos te has juido'e'el pueblo.
”-No digas nada, hermanito, mira que me comprometés.
”-¿Te comprometo? ¡Qué traza!... y ¿vah'a trabajar?
”-¿Y de no?
”-Güeno... dale agua al petizo... Mira, allí viene el mayordomo.
”Esperamos que un inglés acriollado llegara hasta nosotros y, después del saludo, hice mi pedido.
”-No tengo trabajo que dar -dijo bajando del caballo.
”-Entonces ¿me da permiso pa comer? Enseguidita después me voy.
”-¿P'adonde vas a ir?
”-P'allá -contesté estirando la mano al azar.
”El Inglés me miró con una sonrisa bonachona.
”-¿Sos bien mandao?
”-Sí, señor.
”-¿Usted lo conoce Goyo?
”-Algo, don Jeremías.
”-Muy bien. Después de la siesta déle el petizo Sapo. Que ate el carrito'e pértigo y vaya sacando esa paja'e los pesebres y la eche en los zanjones de la puerta blanca.
”-Sí, Señor.
”Para ganarle el «lao de las casas» al «mayor», me acerqué a su caballo, le bajé el recado, dándole vuelta las matras para que se orearan y pregunté a Goyo dónde debía largarlo.
”-En aquel potrerito donde está la cebada.
”El Inglés me miró sonriendo mientras me dirigía a la bebida llevando su caballo.
”-¿Con bozal o sin bozal? -pregunté a Goyo.
”-Sin bozal.
”No puedo decir mi alegría cuando en la mesa ya flanqueada de veinte hombres, tomé lugar entre Goyo y un gringuito viejo que cuidaba la quinta.
”-Cocinero -dijo Goyo- pásele un plato y una cuchara al mensual nuevo.
”-¿Mensual nuevo? -rió el muchacho que hoy había hecho burla de mi pedido de trabajo-. ¿Será pa acarriar basuras?
”Me di cuenta de que aquellas palabras, que en otro pudieran haber sido maldad, no eran más que estupidez y aproveché la ocasión, no queriendo hacer mentir a Goyo, que había prometido bueno para cuando yo tuviera confianza.
”-¿Pa acarriar basuras? -repetí-. Tené cuidao no vaya ser que algún día amanezcás por los zanjones.
”Y como sentí que reían, recordé mis días de popularidad en el pueblo.
”-Mala inclinación tenés -continué, mirando el pelo motoso y desordenado de mi interlocutor- si fuera el patrón te mandaría cortar la porra pa rellenar pecheras.
”Una risotada general acogió mi discurso. Cuando se hubo terminado, un hombre de los más viejos me reconvino con altura:
”-Muchas leyes parece que tenés, pero es güeno no querer volar antes de criar bien las alas. Sos muy cachorro pa miar como los perros grandes.
”Una mirada me había bastado para saber quién me hablaba y esa vez agaché la cabeza, diciendo mansamente, como corresponde cuando se habla con un mayor:
”-No crea señor, también sé respetar.
”-Así debe ser -concluyó el viejo, y después de una breve pausa volvió a correr la broma de punta a punta de la mesa.” (2)
III Después del primer día de trabajo de Fabio Cáceres en la estancia de Galván, suceden estas escenas. Desayuno en la cocina (no indica la hora, pero debe ser muy temprano). Un churrasco de almuerzo a las ocho de la mañana. No será la primera vez que se menciona el almuerzo como comida de media mañana, costumbre que aún se conserva en España.
“Bajé los pies del catre, me levanté con esfuerzo sobre las piernas blandas como queso, ajusté mi faja, me rasqué los ojos cuyos párpados sentía más pesados que si los hubieran picado los mangangás, y me encaminé arrastrando las alpargatas hacia la cocina. Tenía frío y el cuerpo cortado de cansancio.
”En torno al fogón, casi apagado, concluía de matear la peonada y ligué tres amargos que me despertaron un tanto.
”-Vamos -dijo uno, y como si no se hubiese esperado si no aquella voz, nos desparramamos desde la puerta hacia rumbos diferentes.
”La primera mirada del sol me encontró barriendo los chiqueros de las ovejas, con una gran hoja de palma. No era muy honroso en verdad, eso de hacer correr las cascarrias por sobre los ladrillos y juntar algunos flecos de lana sarnosa; sin embargo, estaba tan contento como la mañanita. Hacía mi trabajo con esmero, diciéndome que por él era como los hombres mayores. El fresco apuraba mis movimientos. En el cielo deslucíanse los colores volteados por la luz del día.
”A las ocho nos llamaron para el almuerzo y mientras, a diente, despedazaba un trozo de churrasco, espié a mis compañeros de quienes todo quería adivinar en los rostros.
”El domador, Valerio Lares, era un tape forzudo, callado y risueño; hubiera deseado hacerme amigo suyo pero no quería ser entrometido. Además, nadie hablaba porque el escaso tiempo de que disponíamos, quería ser aprovechado por cada uno en forma más útil.
”Concluido el almuerzo, el cocinero me dijo que quedara a ayudarlo y fueron saliendo todos, hasta dejar vacío el gran aposento cuyo significado parecía resumirse en el fogón, bajo cuya campana tomó lugar la olla, rodeada de pavas como un ñandú por sus charabones.
”El cocinero no fue más locuaz que el día de mi llegada, y me pasé la mañana haciendo de pinche, los ojos constantemente atraídos por la silenciosa silueta del domador, que, vecino a la puerta, cosía unas riendas de cuero crudo.
”Debía ser ya cerca de medio día, cuando oímos unas espuelas rascar los ladrillos de afuera. La voz de Valerio saludó a alguien, invitándolo a que pasara a tomar unos mates. Curiosamente me asomé, viendo al mismo don Segundo Sombra.
”-¿Pasiando? -preguntaba Valerio.
”-No, señor. Me dijeron que aquí había unas yeguas pa domar y que usté estaba muy ocupao.
”-¿No gusta dentrar a la cocina?
”-Güeno.
”Los dos hombres se arrimaron al fogón. Don Segundo dio los buenos días sin parecer reconocerme; ambos tomaron asiento en los pequeños bancos y continuó la conversación con grandes pausas.
”Volviéndose hacia mí, Valerio ordenó con autoridad:
”-A ver pues, muchacho, traite un mate y cebale a don Segundo.” (3)
IV La cocina de adentro. Fabio Cáceres conoce la cocina de la casa principal, solo destinada a los menesteres de la alimentación. La cocina de los peones no sólo es lugar de comida, sino también lugar de planificación de asuntos laborales.
“A la oración, el Señor me mandó llamar para que le cebara unos mates, bajo la sombra ya oscura de un patio de paraísos. Para eso tuve que ir a la cocina de adentro. La cocinera, que me entregó el poronguito, me hizo largas recomendaciones, diciéndome casi que el patrón me iba a comer, si veía nadar unos palitos en la boca de plata. Desagradablemente me acordé de mis tías.
”¿Pa qué servían las mujeres? Pa que se divirtieran los hombres. ¿Y las que salían fieras y gritonas? Pa la grasería seguramente, pero les andaban con lástima.
”El patrón me preguntó de dónde era, si tenía familia, y si hacía mucho que salía a trabajar. Contesté aproximadamente la verdad de miedo de pisar en alguna trampa y ser mandado al pueblo.
”-¿Qué edad tenés?
”-Quince años -contesté, agregándome uno.
”-'Sta bien. Sonaron los últimos chupetazos en la bombilla.
”-No cebés más... Volvete pa la cocina y mandámelo a Valerio.
”Hubo gran contento en la cocina después de la comida. Al día siguiente sería domingo y la gente preparaba su ida al pueblo. Los muchachos se daban bromas precisas, siendo conocidos los amoríos de cada uno. Los que tenían familia se iban esa misma noche, para volver el lunes de madrugada. Los puesteros tal vez se decidieran también al viajecito para hacer alguna compra necesaria; pero los más quedarían de seguro en sus ranchos, «haciendo sebo», o vendrían a las casas principales a jugar una partida de bochas, en la cancha que había bajo un despejado plantío de moreras.
”Los más viejos protestaban diciendo que ya no había corridas de sortija, ni carreras, ni «entretención» alguna. Medio dormido me acomodé en un rincón, cerca de un grupo formado por don Segundo, Valerio y Goyo, que quería aprender el oficio, y escuchaba en lo posible los comentarios del trabajo brutal, lleno de sutilezas y mañas.” (4)
Notas y Bibliografía: 
(1) 1917, Güiraldes, Ricardo, Raucho, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, Capítulo Biblioteca Argentina Fundamental N° 30, 1968, pp. 8-9.
(2) 1926, Güiraldes, Ricardo, Don Segundo Sombra, Santiago, Editora Nacional Gabriela Mistral, 1973, Cap. III, pp. 26-29. También en Biblioteca Virtual Universal, http://www.biblioteca.org.ar/libros/92790.pdf, leído el 6 de abril de 2019.
(3) Ídem, Cap. IV, pp. 31-32
(4) Ídem, Cap. IV, pp. 36-37

sábado, 9 de mayo de 2020

Reflexiones desde un bodegón. Hoy Salpicón


Por Aldo Barberis Rusca (1)
Un viejísimo chiste cuenta que un señor se encuentra sentado a la mesa de un restaurante leyendo la carta; viendo que la decisión se demora, el mozo se acerca solícito para ver si puede ayudar en la elección.
El hombre lo mira y sonriendo dice: “Es todo tan rico que no puedo decidirme. La verdad es que pediría todo”
A lo que el mozo contesta sin inmutarse: “Pida salpicón”. (risas)
Dentro de la variada propuesta gastronómica tradicional argentina, el salpicón resulta ser, tal vez, la más indefinible de todas; solamente comparable con el misterioso antipasto.
 Las imágenes pertenecen a Alfo Barberis Rusca

Hasta el arribo de la cocina gourmet, no había menú que no contuviera en su sección de entradas el tradicional “salpicón de ave” cuya composición general consistía en trocitos de pollo, cebollas y ajíes; aderezados con aceite y vinagre. En suma, una ensalada con pollo.
Lo que hoy, con el agregado de rúcula y jengibre, sería una comida completa; en su momento sólo era una entrada, paso previo obligatorio que daba paso al bife mariposa con papas fritas, los macarrones a la príncipe de Nápoles o la suprema maryland.
Si al salpicón se le agregaba mayonesa, entonces el plato pasaba a llamarse “mayonesa de ave” y contaba con una hermana que era la “mayonesa de atún” que tenía un origen un tanto más noble por el solo hecho de que el pescado provenía de una lata y no de los restos de pollo recolectados de los sobrantes. Por supuesto la “mayonesa de atún” siempre fue más cara.
El salpicón pertenece a un inexistente grupo gastronómico al que podríamos llamar “todo junto y mezcladito” y funcionaba como minimizador de desperdicios que, en un restaurante, suelen ser la diferencia entre la pérdida y la ganancia.
El salpicón tiene un correlato líquido creado en los locales de música tropical llamado el mezcladito o la “jarra loca” que se hace metiendo en un gran recipiente todos los restos que van quedando en los vasos abandonados en la barra o las mesas.
En periodismo, la editorial del Clarín del domingo suele ser un auténtico salpicón o mezcolanza de temas. Allí, Van der Kooy se despacha con todo el temario político de la semana, enlazando un tema con otro de forma tal que al llegar al final de la larguísima nota uno no sabe donde esta la papa y donde la cebolla.
El cine nacional de los ochenta, sobre todo el de corte testimonial, acostumbraba hacer grandes salpicones mezclando en los argumentos todos los momentos, diálogos e imágenes que les habían quedado colgados de los tiempos de la censura.
Los pobres Aristarain, Puenzo, Subiela y otros hicieron gigantescos pastiches metiendo escenas que hubieran estado geniales en otras películas pero que, puestas donde estaban, resultaban absolutamente desubicadas.
Tal vez el colmo de la desubicación nacida de la censura haya sido el increíble monólogo de José Sacristán en la película “Un lugar en el mundo” de Aristarain. Sucede que el director que nos había deslumbrado con sus policiales de principios de los ochenta, decidió que ya era tiempo de buscar otro lenguaje y de pasar de la acción al discurso; de esta manera comenzó a pergeñar películas en las que no pasaba nada que no fuera previamente advertido y finalmente explicado y cada actor, como en un cuarteto de jazz, debía tener su solo.
Obviamente el modelo era el del cine español post franquismo donde la gente hablaba y hablaba pero nunca pasaba nada y cuya apoteosis lo constituyó el celebre monólogo de Sacristán en “Solos en la madrugada” que el director argentino pretendió repetir en su película, con escasa suerte.
Cada cierto tiempo y con motivos diferentes, los periodistas argentinos llaman al bueno de Pepe Sacristán para recordarle su soliloquio, cosa que le cae como una patada en el culo. Este año la causa fueron los 30 años de la muerta de Franco, pero podría haber sido cualquier otra.
El tan admirado Pepe se ha ido convirtiendo con el tiempo en un viejo cabrón y malhumorado que monta en picazo ante la menor referencia al citado discurso, y esta vez no hizo una excepción. De hecho el tío arremetió contra los argentinos diciéndonos, menos bonitos, de todo; eso si, finalizando con una declaración de admiración incondicional hacia nosotros.
Claro, aquel monólogo resultará casi insoportable para ese pobre hombre que ve como la España que el pretendía forjar terminó siendo un país cosmopolita y con una identidad, al menos, difusa; uno más en ese salpicón que resulta ser la UE.
Los Argentinos, mal que mal, seguimos siendo lo que somos. Aunque lo que somos no sea del todo admirable.
Y tal vez sea esto lo que tanto le molesta al entrañable actor peninsular.
Es precisamente en su ámbito donde un grupo de argentinos descolla en España. Actores y cineastas que llegan desde estas costas logran lo que los españoles no pueden, logran ser identificables.
Posiblemente estemos en un camino interesante de aceptación de nuestra identidad, una identidad marcada por la mezcolanza que, gracias a las diferentes corrientes migratorias, devino en esto que hoy somos y que, como toda identidad, es imposible de definir.
Si es cierto que la Argentina desde sus orígenes, se configuró con los restos de Europa; va siendo hora de asumir nuestro destino de salpicón con orgullo e hidalguía.
Después de todo el salpicón, como el revuelto gramajo, son inventos argentinos.
Notas y referencias:
(1) 2005-2007 c, Barbieri Rusca, Aldo, “Hoy salpicón”, El barrio Villa Pueyrredón, sección “Reflexiones desde un bodegón”.

OPIO. Honduras 4415


Por Mario Sorsaburu
(Publicado inicialmente en “Buena Morfa Social Club”,
Grupo Privado de la red social Facebook,
el 18 de mayo de 2017) (1)
Dicho así, fuera del contexto histórico, es solo una palabra que puede remitirnos a estar en un lugar, con alguien, o en un momento aburrido y también a un exótico complejo de drogas, que nos suena lejano y tardío.

 Las imágenes pertenecen Mario Sorsaburu

Puesto en el contexto de un restaurante en Capital Federal, y del menú con sus variantes que ofrece Tatu Rizzi en su lugar, de manera muy eficiente y lograda, que involucra a una docena de países; diré que el nombre del lugar es sorprendentemente acertado en cuanto vemos un par de cosas histórico-geográficas muy por arriba.

A principios del siglo III de nuestra era, ya China tenía grandes y extensos cultivos de té, especialmente en la provincia de Yunnan, que siguen hasta hoy.

Las poblaciones de la zona tibetana y hasta las fronteras con Nepal y Pakistán, vivían en plena montaña con fríos descomunales la mitad del año. Esas poblaciones carecían de verduras y frutas, comían poco de ganado bovino y cordero, pero su animal estrella era el Yak, del que tomaban su leche, hacían la manteca salada, carne y cuero, también aunque con variantes, como hoy.

La digestión y el metabolismo eran muy difíciles, complicado para la salud, de manera que descubrieron que todo eso cambiaba maravillosamente tomando té, mucho, y también que cortado con leche de Yak era muy digerible; Como hasta hoy.

El té se hizo imprescindible y era caro.

Toda esa zona circundante al Tibet era conocida por sus excelentes caballos, entre los mejores del mundo.

Los chinos, el Estado chino, compraban caballos por centenares a poblaciones de fronteras difusas entre El Tibet, Nepal y La India, que pagaban con monedas de bronce, cobre y hierro. Con el tiempo descubrieron que esas ciudades fundían las monedas para hacer armas, lo que podría ser complicado para las autoridades centrales en sus esfuerzos de dominación, un peligro real a su poder, como hoy. De manera que prohibieron comprar caballos con metálico, de ahí surgió el intercambio de Té por caballos y se instaló lo que dio en llamarse ¨La ruta del té y los caballos¨ que como la ruta de la seda, del Marfil, de las especias, tuvieron sus particularidades, tal como la ruta del Opio.

Cuando a la Compañía Británica de Las Indias con fines geopolíticos, como hoy, comenzaron a cambiar Té Chino por Opio, las complicaciones multiplicaron los conflictos que luego llevaría a las dos guerras del Opio a mediados del siglo XIX.

El opio involucró todas esas mismas zonas que las del té de los primeros siglos hasta hoy, también la de la seda, la de las especias, y se extendió más allá, recorriendo las zonas que se caracterizaron por determinados productos: comidas, especias, técnicas de cocción, como en China, Vietnam, Tailandia, India, Nepal, Pakistán, etc.; que muy adecuadamente nos ofrece el restaurante en sus recetas que disfrutamos anoche con Ariel Kalikies y Pancho Ramos.

Como vemos la elección del nombre es extraordinario, tal como lo veo yo.

Con Ariel pedimos un par de Negronis, que estaban muy bien preparados, Pancho una cerveza tirada que también tenía buena “Pinta”.

Pedimos unos Bun, típicos panes chinos al vapor, rellenos con hongos y con langostinos que estaba muy bien, aunque hubo una pequeña discrepancia entre qué es Bun y qué Banh, los típicos tentempié vietnamitas, que tienen en su ADN la baguette de Francia. Un ¨sandwichito, bah. Que no nos interesaban anoche.
Pedimos además un par de raciones de mis preferidos Wantón de cerdo, que estaban perfectos con su correspondiente salsa espesa para mojarlos antes de engullir de una vez y sentir el deleite de esa masa y rellenos que me remontan al cielo despejado de China, cuando anduve por allí, y comí hasta saciar el deseo del maravilloso manjar.

Dos vueltas del preferido de Ariel, Shrimp cakes de langostinos, que fueron perfectos, sin detalle que nuble nada para que encantaran nuestras papilas gustativas.

Y un Curry rojo con leche de coco y langostinos, en que la leche de coco se notaba apenas, y hubiera sido, para mi gusto, necesaria un poco más, en conjunto rico y con punch, ya que lo pedimos picante, como debe ser. Llamó la atención que el arroz estuviera integrado en la misma cazuela debajo del preparado. Todo lo fuimos acompañando con un vino rosado en botella de medio litro, que a Ariel le había encantado en anteriores visitas y que para mí resultó demasiado liviano frente a platos que a mi criterio deben ir con un Sauvignon Blanc de cuerpo, que pedí y acompañó perfecto. Para terminar con una buena copa de tinto, un Pinot delicado, que fue broche correcto para mi paladar. Pancho otra cerveza y Ariel un Gin tonic con un toque de pepino que le iba. Si bien no somos muy de los postres, se imponía la Mousse de maní que tenía buenos comentarios, la pedimos para compartir y realmente es del otro mundo, maravilla es poco, la textura perfecta con un crocante del mismo maní que corta la cremosidad en boca y puede estar en cualquier podio ganador. Una cena distinta, muy bien lograda.

Llegamos a las ocho en punto, fuimos los primeros, en un salón amplio a media luz, con mesas para mi gusto algo chicas, una barra con asientos bien resuelta y, como se estila en tantos lugares desde hace tiempo, una gran mesa comunitaria de asientos altos en el centro del salón para doce o quince comensales. Al rato, ya estaba casi completo, a las 21:30 hs. había gente esperando. Pensábamos en irnos para no entorpecer, cuando el mozo, sin pedirlo, trajo la cuenta, como diciendo que necesitaban la mesa, eran las 22 hs. Si bien no es lo que uno espera, de acuerdo a la vieja escuela, lo entendemos perfectamente y lo habíamos previsto para dejar el lugar a otros, no nos molesta, sabemos de esas cosas, a nosotros nos alegra que les vaya bien y haya personas esperando, la comida bien resuelta y la gentil atención lo ameritan y hace merecedores del favor de la clientela.

Es un nuevo estilo entre nosotros, que va bien especialmente para los sub cincuenta que gusten y disfruten descubriendo riquísimos y diferentes caminos que encanten al paladar. La comida, la charla y el disfrute entre amigos resultaron maravillosos. Salute.
Notas y referencias: