sábado, 23 de mayo de 2020

Comidas y bebidas para los reseros (1926) I La cocina de los peones en una estancia


“-¿Es verdá que no soy el de siempre y que esos malditos pesos van a desmentir mi vida de paisano?
”-Mirá -dijo mi padrino, apoyando sonriente su mano en mi hombro-. Si sos gaucho en de veras, no has de mudar, porque ande quiera que vayas, irás con tu alma por delante como madrina'e tropilla.” (Güiraldes, Ricardo, Don Segundo Sombra, Cap. XXV, pág., 223)
Ricardo Güiraldes nació en Buenos Aires, en 1886, en el hogar de la alta burguesía nacional que algunos denominan “aristocracia” y otros, “oligarquía”. Fue un prolífico escritor argentino, a pesar de su muerte temprana a los 41 años de edad, que recibió múltiples influencias de sus viajes (Francia, el Lejano Oriente, México, el Caribe, etc.) y de sus largas temporadas de residencia en la localidad bonaerense de San Antonio de Areco.
De sus viajes a París, tomó elementos fundamentales de las vanguardias literarias, en especial del impresionismo. De su residencia en San Antonio, el conocimiento de la vida rural argentina de principios del siglo XX. De esta última experiencia surgen tres obras importantes Cuentos de muerte y de sangre (1915) y las novelas Raucho (1917) y Don Segundo Sombra (1926). Esta última le dio justificada trascendencia en la literatura y la cultura argentina.
Estuvo casado con Adelina del Carril, nieta de Salvador María del Carril. La muerte de Güiraldes en 1927 (acaecida en París) le impidió conocer a su concuñado Pablo Neruda quien conoció a Delia del Carril en 1935, conviviendo luego con ella por veinte años.
Los fragmentos que se presentan a continuación pertenecen, en general, a Don Segundo Sombra y, en algunos casos puntuales a Raucho. Refieren a la alimentación de los reseros, peones rurales que eran contratados ocasionalmente para el arreo de topas de vacas.
Don Segundo Sombra es la historia contada en primera persona por un gaucho adolescente que se va haciendo hombre bajo el tutelaje de don Segundo. Desconcierta el lenguaje refinado con el que el personaje relata sus aventuras y desventuras. Avanzada la obra sabremos que se llama Fabio Cáceres y las circunstancias en que ha adquirido el dominio “culto” del idioma castellano.
La cocina de los peones en una estancia
I Siempre me llamó la atención que mi abuelo, que vivía en una casa rural sencilla, cuando estaba en el pueblo y emprendía el regreso a su chacra decía “Volvamos pa’ las casas”. Como hombre de ciudad no lograba entender que el origen de ese plural estaba relacionado con la estructura edilicia de las estancias que se erigieron en la Pampa Húmeda desde principios del siglo XIX.
El casco de las estancias concentraba cierto número de edificaciones que justifica la expresión. Solía haber una casa principal, un galpón, una cocina para los peones y habitaciones para los “mensuales”, es decir, los peones que trabajaban de modo permanente en las estancias. 
El texto que transcribo a continuación corresponde a la novela Raucho. En la estancia había sólo dos edificios, la casa principal y el galpón. Este último incluía la cochera, la cocina de los peones, las habitaciones para los mensuales y el establecimiento destinado a la esquila. En otras estancias, estas dependencias podrían ocupar más de un edificio.
“La estancia era un amontonamiento de poblaciones diversas y coherentes.
”La casa, de paredes anchas, guardiana de sombras frescas en el verano y defensora de vientos silbadores en invierno, era una construcción rectangular cuyos corredores laterales se apoyaban en cuadrados pilastrones, petisos de esfuerzo. En el interior, cuatro piezas y un pasadizo con mobiliario añejo de maderas pesadas como metales. Sobre los muros externos adivinábanse ladrillos, bajo el blanqueo de cal cuidado como una sábana.
”A veinte metros hacia el Sur se alargaba el galpón, flanqueado por una serie de chiqueros para ovejas, y vecinos a éstos el corral, panzuda y negra superposición de bosta, en cuyas orillas algún chato crecimiento de verdolaga escapada al pisoteo.
”Después las dependencias: bañaderos, palenque, un alero de paja útil para las carneadas, estaqueadero de cueros…
”El galpón, dividido a lo largo, contenía todo lo destinado al trabajo:
”Primero era la cochera, oliente a cuero y grasa con sus rodados descansando la lanza en ristre y sus guarniciones prolijamente colgadas.
”Seguía la cocina de los peones, con gran fogón de campana bajo la cual podían asarse reses enteras, más una mesa acribillada de puntazos y tajos, flanqueada de largos bancos donde cabían treinta hombres. En un rincón la leña lista a reventar contra las rodillas y sobre unas brasas, dejadas encendidas como por olvido, una pava costrosa de hollín, madre del mate, comadreando a los manotones intermitentes del fuego, con gargarismos de gorda remilgada.
”A la cocina sucedíanse una hilera de cuartos con catres emponchados y paredes engalanadas de bozales, lazos y prendas de ensillar.
Aquí una guitarra, significando nostalgias amorosas, allí un facón, descansado de los balanceos sufridos en días de lucimiento.
Luego estaban los pesebres de los padres: toros, padrillos, escapados entre miles para sus misiones copulativas, impacientes por el encierro, sobradas las energías lumbares, los hocicos prontos a erigirse al menor vaho de simpatías, emanadas por ahí lejos y que les trae el viento por las ventanillas que les recortan perspectivas de horizontes luminosos.
”En el fondo del galpón, el altillo sobre un espacio reservado al esquileo del plantel y en el altillo, pilas de bolsas, maíz y afrecho para las mantenciones.
”Sobre la puerta cochera, como un escudo nobiliario, el fierro, la marca si mejor se entiende, bandera del pequeño pueblo” (1)
II Los textos que siguen pertenecen a Don Segundo Sombra. En el primer fragmento, Fabio Cáceres, de 14 años, va a una estancia de Galván a pedir trabajo. Las siguientes escenas transcurren entre el galpón y la cocina de los peones del mencionado establecimiento.
Receloso ante las casas, enderecé al galpón. No parecía haber nadie. Los perros que gruñían arrimándose a los garrones de mi petizo, no eran una invitación amable de echar pie a tierra. Por fin asomó un viejo a la puerta de la cocina, gritó «¡juera!» a la perrada, diciéndome que pasara adelante y me señaló unos de los tantos bancos del aposento para que me sentara.
”Toda la mañana quedé en aquel rincón espiando los movimientos del viejo, como si de ellos dependiera mi porvenir. No dijimos una palabra.
”A medio día empezaron a llegar algunos peones y sonó una campana llamando para la comida. La gente saludaba al entrar y algunos me miraban de soslayo.
”Junto con cuatro o cinco hombres, entró Goyo López que yo conocía del pueblo.
”-¿Andás pasiando? -me preguntó.
”-Vengo a buscar trabajo.
”-¿Trabajo? -repitió clavándome la vista. Un momento temblé pensando que algo iba a decir de mi familia en el pueblo, pero Goyo era hombre discreto. Los peones me observaban. Un muchachón dijo, comentando mi respuesta:
”-Vendrá a conchabarse pa hombrear bolsas.
”Goyo se dio vuelta hacia él:
”-Sí, chucialo aura que está medio asustao, porque cuanto tome confianza tal vez te hombree a vos. No sabés que peje es éste.
”Un momento fui el punto de mira de cuarenta ojos. No pestañé siquiera, esperando que pasara aquella atención.
”Sin embargo, las palabras de Goyo habían hecho su efecto. Ser despierto, aunque pasando los límites de la buena conducta, es un mérito que el paisano aprecia.
”Goyo me llamó desde la puerta diciendo que desenfrenara mi petizo, que él me enseñaría dónde estaba la bebida para que le diera un poco de agua. Esto no era más que una maniobra para hablarme a solas. Ni bien nos encontramos afuera, me dijo:
”-Vos te has juido'e'el pueblo.
”-No digas nada, hermanito, mira que me comprometés.
”-¿Te comprometo? ¡Qué traza!... y ¿vah'a trabajar?
”-¿Y de no?
”-Güeno... dale agua al petizo... Mira, allí viene el mayordomo.
”Esperamos que un inglés acriollado llegara hasta nosotros y, después del saludo, hice mi pedido.
”-No tengo trabajo que dar -dijo bajando del caballo.
”-Entonces ¿me da permiso pa comer? Enseguidita después me voy.
”-¿P'adonde vas a ir?
”-P'allá -contesté estirando la mano al azar.
”El Inglés me miró con una sonrisa bonachona.
”-¿Sos bien mandao?
”-Sí, señor.
”-¿Usted lo conoce Goyo?
”-Algo, don Jeremías.
”-Muy bien. Después de la siesta déle el petizo Sapo. Que ate el carrito'e pértigo y vaya sacando esa paja'e los pesebres y la eche en los zanjones de la puerta blanca.
”-Sí, Señor.
”Para ganarle el «lao de las casas» al «mayor», me acerqué a su caballo, le bajé el recado, dándole vuelta las matras para que se orearan y pregunté a Goyo dónde debía largarlo.
”-En aquel potrerito donde está la cebada.
”El Inglés me miró sonriendo mientras me dirigía a la bebida llevando su caballo.
”-¿Con bozal o sin bozal? -pregunté a Goyo.
”-Sin bozal.
”No puedo decir mi alegría cuando en la mesa ya flanqueada de veinte hombres, tomé lugar entre Goyo y un gringuito viejo que cuidaba la quinta.
”-Cocinero -dijo Goyo- pásele un plato y una cuchara al mensual nuevo.
”-¿Mensual nuevo? -rió el muchacho que hoy había hecho burla de mi pedido de trabajo-. ¿Será pa acarriar basuras?
”Me di cuenta de que aquellas palabras, que en otro pudieran haber sido maldad, no eran más que estupidez y aproveché la ocasión, no queriendo hacer mentir a Goyo, que había prometido bueno para cuando yo tuviera confianza.
”-¿Pa acarriar basuras? -repetí-. Tené cuidao no vaya ser que algún día amanezcás por los zanjones.
”Y como sentí que reían, recordé mis días de popularidad en el pueblo.
”-Mala inclinación tenés -continué, mirando el pelo motoso y desordenado de mi interlocutor- si fuera el patrón te mandaría cortar la porra pa rellenar pecheras.
”Una risotada general acogió mi discurso. Cuando se hubo terminado, un hombre de los más viejos me reconvino con altura:
”-Muchas leyes parece que tenés, pero es güeno no querer volar antes de criar bien las alas. Sos muy cachorro pa miar como los perros grandes.
”Una mirada me había bastado para saber quién me hablaba y esa vez agaché la cabeza, diciendo mansamente, como corresponde cuando se habla con un mayor:
”-No crea señor, también sé respetar.
”-Así debe ser -concluyó el viejo, y después de una breve pausa volvió a correr la broma de punta a punta de la mesa.” (2)
III Después del primer día de trabajo de Fabio Cáceres en la estancia de Galván, suceden estas escenas. Desayuno en la cocina (no indica la hora, pero debe ser muy temprano). Un churrasco de almuerzo a las ocho de la mañana. No será la primera vez que se menciona el almuerzo como comida de media mañana, costumbre que aún se conserva en España.
“Bajé los pies del catre, me levanté con esfuerzo sobre las piernas blandas como queso, ajusté mi faja, me rasqué los ojos cuyos párpados sentía más pesados que si los hubieran picado los mangangás, y me encaminé arrastrando las alpargatas hacia la cocina. Tenía frío y el cuerpo cortado de cansancio.
”En torno al fogón, casi apagado, concluía de matear la peonada y ligué tres amargos que me despertaron un tanto.
”-Vamos -dijo uno, y como si no se hubiese esperado si no aquella voz, nos desparramamos desde la puerta hacia rumbos diferentes.
”La primera mirada del sol me encontró barriendo los chiqueros de las ovejas, con una gran hoja de palma. No era muy honroso en verdad, eso de hacer correr las cascarrias por sobre los ladrillos y juntar algunos flecos de lana sarnosa; sin embargo, estaba tan contento como la mañanita. Hacía mi trabajo con esmero, diciéndome que por él era como los hombres mayores. El fresco apuraba mis movimientos. En el cielo deslucíanse los colores volteados por la luz del día.
”A las ocho nos llamaron para el almuerzo y mientras, a diente, despedazaba un trozo de churrasco, espié a mis compañeros de quienes todo quería adivinar en los rostros.
”El domador, Valerio Lares, era un tape forzudo, callado y risueño; hubiera deseado hacerme amigo suyo pero no quería ser entrometido. Además, nadie hablaba porque el escaso tiempo de que disponíamos, quería ser aprovechado por cada uno en forma más útil.
”Concluido el almuerzo, el cocinero me dijo que quedara a ayudarlo y fueron saliendo todos, hasta dejar vacío el gran aposento cuyo significado parecía resumirse en el fogón, bajo cuya campana tomó lugar la olla, rodeada de pavas como un ñandú por sus charabones.
”El cocinero no fue más locuaz que el día de mi llegada, y me pasé la mañana haciendo de pinche, los ojos constantemente atraídos por la silenciosa silueta del domador, que, vecino a la puerta, cosía unas riendas de cuero crudo.
”Debía ser ya cerca de medio día, cuando oímos unas espuelas rascar los ladrillos de afuera. La voz de Valerio saludó a alguien, invitándolo a que pasara a tomar unos mates. Curiosamente me asomé, viendo al mismo don Segundo Sombra.
”-¿Pasiando? -preguntaba Valerio.
”-No, señor. Me dijeron que aquí había unas yeguas pa domar y que usté estaba muy ocupao.
”-¿No gusta dentrar a la cocina?
”-Güeno.
”Los dos hombres se arrimaron al fogón. Don Segundo dio los buenos días sin parecer reconocerme; ambos tomaron asiento en los pequeños bancos y continuó la conversación con grandes pausas.
”Volviéndose hacia mí, Valerio ordenó con autoridad:
”-A ver pues, muchacho, traite un mate y cebale a don Segundo.” (3)
IV La cocina de adentro. Fabio Cáceres conoce la cocina de la casa principal, solo destinada a los menesteres de la alimentación. La cocina de los peones no sólo es lugar de comida, sino también lugar de planificación de asuntos laborales.
“A la oración, el Señor me mandó llamar para que le cebara unos mates, bajo la sombra ya oscura de un patio de paraísos. Para eso tuve que ir a la cocina de adentro. La cocinera, que me entregó el poronguito, me hizo largas recomendaciones, diciéndome casi que el patrón me iba a comer, si veía nadar unos palitos en la boca de plata. Desagradablemente me acordé de mis tías.
”¿Pa qué servían las mujeres? Pa que se divirtieran los hombres. ¿Y las que salían fieras y gritonas? Pa la grasería seguramente, pero les andaban con lástima.
”El patrón me preguntó de dónde era, si tenía familia, y si hacía mucho que salía a trabajar. Contesté aproximadamente la verdad de miedo de pisar en alguna trampa y ser mandado al pueblo.
”-¿Qué edad tenés?
”-Quince años -contesté, agregándome uno.
”-'Sta bien. Sonaron los últimos chupetazos en la bombilla.
”-No cebés más... Volvete pa la cocina y mandámelo a Valerio.
”Hubo gran contento en la cocina después de la comida. Al día siguiente sería domingo y la gente preparaba su ida al pueblo. Los muchachos se daban bromas precisas, siendo conocidos los amoríos de cada uno. Los que tenían familia se iban esa misma noche, para volver el lunes de madrugada. Los puesteros tal vez se decidieran también al viajecito para hacer alguna compra necesaria; pero los más quedarían de seguro en sus ranchos, «haciendo sebo», o vendrían a las casas principales a jugar una partida de bochas, en la cancha que había bajo un despejado plantío de moreras.
”Los más viejos protestaban diciendo que ya no había corridas de sortija, ni carreras, ni «entretención» alguna. Medio dormido me acomodé en un rincón, cerca de un grupo formado por don Segundo, Valerio y Goyo, que quería aprender el oficio, y escuchaba en lo posible los comentarios del trabajo brutal, lleno de sutilezas y mañas.” (4)
Notas y Bibliografía: 
(1) 1917, Güiraldes, Ricardo, Raucho, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, Capítulo Biblioteca Argentina Fundamental N° 30, 1968, pp. 8-9.
(2) 1926, Güiraldes, Ricardo, Don Segundo Sombra, Santiago, Editora Nacional Gabriela Mistral, 1973, Cap. III, pp. 26-29. También en Biblioteca Virtual Universal, http://www.biblioteca.org.ar/libros/92790.pdf, leído el 6 de abril de 2019.
(3) Ídem, Cap. IV, pp. 31-32
(4) Ídem, Cap. IV, pp. 36-37

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