sábado, 23 de mayo de 2020

Comidas y bebidas para los reseros (1926) I La cocina de los peones en una estancia


“-¿Es verdá que no soy el de siempre y que esos malditos pesos van a desmentir mi vida de paisano?
”-Mirá -dijo mi padrino, apoyando sonriente su mano en mi hombro-. Si sos gaucho en de veras, no has de mudar, porque ande quiera que vayas, irás con tu alma por delante como madrina'e tropilla.” (Güiraldes, Ricardo, Don Segundo Sombra, Cap. XXV, pág., 223)
Ricardo Güiraldes nació en Buenos Aires, en 1886, en el hogar de la alta burguesía nacional que algunos denominan “aristocracia” y otros, “oligarquía”. Fue un prolífico escritor argentino, a pesar de su muerte temprana a los 41 años de edad, que recibió múltiples influencias de sus viajes (Francia, el Lejano Oriente, México, el Caribe, etc.) y de sus largas temporadas de residencia en la localidad bonaerense de San Antonio de Areco.
De sus viajes a París, tomó elementos fundamentales de las vanguardias literarias, en especial del impresionismo. De su residencia en San Antonio, el conocimiento de la vida rural argentina de principios del siglo XX. De esta última experiencia surgen tres obras importantes Cuentos de muerte y de sangre (1915) y las novelas Raucho (1917) y Don Segundo Sombra (1926). Esta última le dio justificada trascendencia en la literatura y la cultura argentina.
Estuvo casado con Adelina del Carril, nieta de Salvador María del Carril. La muerte de Güiraldes en 1927 (acaecida en París) le impidió conocer a su concuñado Pablo Neruda quien conoció a Delia del Carril en 1935, conviviendo luego con ella por veinte años.
Los fragmentos que se presentan a continuación pertenecen, en general, a Don Segundo Sombra y, en algunos casos puntuales a Raucho. Refieren a la alimentación de los reseros, peones rurales que eran contratados ocasionalmente para el arreo de topas de vacas.
Don Segundo Sombra es la historia contada en primera persona por un gaucho adolescente que se va haciendo hombre bajo el tutelaje de don Segundo. Desconcierta el lenguaje refinado con el que el personaje relata sus aventuras y desventuras. Avanzada la obra sabremos que se llama Fabio Cáceres y las circunstancias en que ha adquirido el dominio “culto” del idioma castellano.
La cocina de los peones en una estancia
I Siempre me llamó la atención que mi abuelo, que vivía en una casa rural sencilla, cuando estaba en el pueblo y emprendía el regreso a su chacra decía “Volvamos pa’ las casas”. Como hombre de ciudad no lograba entender que el origen de ese plural estaba relacionado con la estructura edilicia de las estancias que se erigieron en la Pampa Húmeda desde principios del siglo XIX.
El casco de las estancias concentraba cierto número de edificaciones que justifica la expresión. Solía haber una casa principal, un galpón, una cocina para los peones y habitaciones para los “mensuales”, es decir, los peones que trabajaban de modo permanente en las estancias. 
El texto que transcribo a continuación corresponde a la novela Raucho. En la estancia había sólo dos edificios, la casa principal y el galpón. Este último incluía la cochera, la cocina de los peones, las habitaciones para los mensuales y el establecimiento destinado a la esquila. En otras estancias, estas dependencias podrían ocupar más de un edificio.
“La estancia era un amontonamiento de poblaciones diversas y coherentes.
”La casa, de paredes anchas, guardiana de sombras frescas en el verano y defensora de vientos silbadores en invierno, era una construcción rectangular cuyos corredores laterales se apoyaban en cuadrados pilastrones, petisos de esfuerzo. En el interior, cuatro piezas y un pasadizo con mobiliario añejo de maderas pesadas como metales. Sobre los muros externos adivinábanse ladrillos, bajo el blanqueo de cal cuidado como una sábana.
”A veinte metros hacia el Sur se alargaba el galpón, flanqueado por una serie de chiqueros para ovejas, y vecinos a éstos el corral, panzuda y negra superposición de bosta, en cuyas orillas algún chato crecimiento de verdolaga escapada al pisoteo.
”Después las dependencias: bañaderos, palenque, un alero de paja útil para las carneadas, estaqueadero de cueros…
”El galpón, dividido a lo largo, contenía todo lo destinado al trabajo:
”Primero era la cochera, oliente a cuero y grasa con sus rodados descansando la lanza en ristre y sus guarniciones prolijamente colgadas.
”Seguía la cocina de los peones, con gran fogón de campana bajo la cual podían asarse reses enteras, más una mesa acribillada de puntazos y tajos, flanqueada de largos bancos donde cabían treinta hombres. En un rincón la leña lista a reventar contra las rodillas y sobre unas brasas, dejadas encendidas como por olvido, una pava costrosa de hollín, madre del mate, comadreando a los manotones intermitentes del fuego, con gargarismos de gorda remilgada.
”A la cocina sucedíanse una hilera de cuartos con catres emponchados y paredes engalanadas de bozales, lazos y prendas de ensillar.
Aquí una guitarra, significando nostalgias amorosas, allí un facón, descansado de los balanceos sufridos en días de lucimiento.
Luego estaban los pesebres de los padres: toros, padrillos, escapados entre miles para sus misiones copulativas, impacientes por el encierro, sobradas las energías lumbares, los hocicos prontos a erigirse al menor vaho de simpatías, emanadas por ahí lejos y que les trae el viento por las ventanillas que les recortan perspectivas de horizontes luminosos.
”En el fondo del galpón, el altillo sobre un espacio reservado al esquileo del plantel y en el altillo, pilas de bolsas, maíz y afrecho para las mantenciones.
”Sobre la puerta cochera, como un escudo nobiliario, el fierro, la marca si mejor se entiende, bandera del pequeño pueblo” (1)
II Los textos que siguen pertenecen a Don Segundo Sombra. En el primer fragmento, Fabio Cáceres, de 14 años, va a una estancia de Galván a pedir trabajo. Las siguientes escenas transcurren entre el galpón y la cocina de los peones del mencionado establecimiento.
Receloso ante las casas, enderecé al galpón. No parecía haber nadie. Los perros que gruñían arrimándose a los garrones de mi petizo, no eran una invitación amable de echar pie a tierra. Por fin asomó un viejo a la puerta de la cocina, gritó «¡juera!» a la perrada, diciéndome que pasara adelante y me señaló unos de los tantos bancos del aposento para que me sentara.
”Toda la mañana quedé en aquel rincón espiando los movimientos del viejo, como si de ellos dependiera mi porvenir. No dijimos una palabra.
”A medio día empezaron a llegar algunos peones y sonó una campana llamando para la comida. La gente saludaba al entrar y algunos me miraban de soslayo.
”Junto con cuatro o cinco hombres, entró Goyo López que yo conocía del pueblo.
”-¿Andás pasiando? -me preguntó.
”-Vengo a buscar trabajo.
”-¿Trabajo? -repitió clavándome la vista. Un momento temblé pensando que algo iba a decir de mi familia en el pueblo, pero Goyo era hombre discreto. Los peones me observaban. Un muchachón dijo, comentando mi respuesta:
”-Vendrá a conchabarse pa hombrear bolsas.
”Goyo se dio vuelta hacia él:
”-Sí, chucialo aura que está medio asustao, porque cuanto tome confianza tal vez te hombree a vos. No sabés que peje es éste.
”Un momento fui el punto de mira de cuarenta ojos. No pestañé siquiera, esperando que pasara aquella atención.
”Sin embargo, las palabras de Goyo habían hecho su efecto. Ser despierto, aunque pasando los límites de la buena conducta, es un mérito que el paisano aprecia.
”Goyo me llamó desde la puerta diciendo que desenfrenara mi petizo, que él me enseñaría dónde estaba la bebida para que le diera un poco de agua. Esto no era más que una maniobra para hablarme a solas. Ni bien nos encontramos afuera, me dijo:
”-Vos te has juido'e'el pueblo.
”-No digas nada, hermanito, mira que me comprometés.
”-¿Te comprometo? ¡Qué traza!... y ¿vah'a trabajar?
”-¿Y de no?
”-Güeno... dale agua al petizo... Mira, allí viene el mayordomo.
”Esperamos que un inglés acriollado llegara hasta nosotros y, después del saludo, hice mi pedido.
”-No tengo trabajo que dar -dijo bajando del caballo.
”-Entonces ¿me da permiso pa comer? Enseguidita después me voy.
”-¿P'adonde vas a ir?
”-P'allá -contesté estirando la mano al azar.
”El Inglés me miró con una sonrisa bonachona.
”-¿Sos bien mandao?
”-Sí, señor.
”-¿Usted lo conoce Goyo?
”-Algo, don Jeremías.
”-Muy bien. Después de la siesta déle el petizo Sapo. Que ate el carrito'e pértigo y vaya sacando esa paja'e los pesebres y la eche en los zanjones de la puerta blanca.
”-Sí, Señor.
”Para ganarle el «lao de las casas» al «mayor», me acerqué a su caballo, le bajé el recado, dándole vuelta las matras para que se orearan y pregunté a Goyo dónde debía largarlo.
”-En aquel potrerito donde está la cebada.
”El Inglés me miró sonriendo mientras me dirigía a la bebida llevando su caballo.
”-¿Con bozal o sin bozal? -pregunté a Goyo.
”-Sin bozal.
”No puedo decir mi alegría cuando en la mesa ya flanqueada de veinte hombres, tomé lugar entre Goyo y un gringuito viejo que cuidaba la quinta.
”-Cocinero -dijo Goyo- pásele un plato y una cuchara al mensual nuevo.
”-¿Mensual nuevo? -rió el muchacho que hoy había hecho burla de mi pedido de trabajo-. ¿Será pa acarriar basuras?
”Me di cuenta de que aquellas palabras, que en otro pudieran haber sido maldad, no eran más que estupidez y aproveché la ocasión, no queriendo hacer mentir a Goyo, que había prometido bueno para cuando yo tuviera confianza.
”-¿Pa acarriar basuras? -repetí-. Tené cuidao no vaya ser que algún día amanezcás por los zanjones.
”Y como sentí que reían, recordé mis días de popularidad en el pueblo.
”-Mala inclinación tenés -continué, mirando el pelo motoso y desordenado de mi interlocutor- si fuera el patrón te mandaría cortar la porra pa rellenar pecheras.
”Una risotada general acogió mi discurso. Cuando se hubo terminado, un hombre de los más viejos me reconvino con altura:
”-Muchas leyes parece que tenés, pero es güeno no querer volar antes de criar bien las alas. Sos muy cachorro pa miar como los perros grandes.
”Una mirada me había bastado para saber quién me hablaba y esa vez agaché la cabeza, diciendo mansamente, como corresponde cuando se habla con un mayor:
”-No crea señor, también sé respetar.
”-Así debe ser -concluyó el viejo, y después de una breve pausa volvió a correr la broma de punta a punta de la mesa.” (2)
III Después del primer día de trabajo de Fabio Cáceres en la estancia de Galván, suceden estas escenas. Desayuno en la cocina (no indica la hora, pero debe ser muy temprano). Un churrasco de almuerzo a las ocho de la mañana. No será la primera vez que se menciona el almuerzo como comida de media mañana, costumbre que aún se conserva en España.
“Bajé los pies del catre, me levanté con esfuerzo sobre las piernas blandas como queso, ajusté mi faja, me rasqué los ojos cuyos párpados sentía más pesados que si los hubieran picado los mangangás, y me encaminé arrastrando las alpargatas hacia la cocina. Tenía frío y el cuerpo cortado de cansancio.
”En torno al fogón, casi apagado, concluía de matear la peonada y ligué tres amargos que me despertaron un tanto.
”-Vamos -dijo uno, y como si no se hubiese esperado si no aquella voz, nos desparramamos desde la puerta hacia rumbos diferentes.
”La primera mirada del sol me encontró barriendo los chiqueros de las ovejas, con una gran hoja de palma. No era muy honroso en verdad, eso de hacer correr las cascarrias por sobre los ladrillos y juntar algunos flecos de lana sarnosa; sin embargo, estaba tan contento como la mañanita. Hacía mi trabajo con esmero, diciéndome que por él era como los hombres mayores. El fresco apuraba mis movimientos. En el cielo deslucíanse los colores volteados por la luz del día.
”A las ocho nos llamaron para el almuerzo y mientras, a diente, despedazaba un trozo de churrasco, espié a mis compañeros de quienes todo quería adivinar en los rostros.
”El domador, Valerio Lares, era un tape forzudo, callado y risueño; hubiera deseado hacerme amigo suyo pero no quería ser entrometido. Además, nadie hablaba porque el escaso tiempo de que disponíamos, quería ser aprovechado por cada uno en forma más útil.
”Concluido el almuerzo, el cocinero me dijo que quedara a ayudarlo y fueron saliendo todos, hasta dejar vacío el gran aposento cuyo significado parecía resumirse en el fogón, bajo cuya campana tomó lugar la olla, rodeada de pavas como un ñandú por sus charabones.
”El cocinero no fue más locuaz que el día de mi llegada, y me pasé la mañana haciendo de pinche, los ojos constantemente atraídos por la silenciosa silueta del domador, que, vecino a la puerta, cosía unas riendas de cuero crudo.
”Debía ser ya cerca de medio día, cuando oímos unas espuelas rascar los ladrillos de afuera. La voz de Valerio saludó a alguien, invitándolo a que pasara a tomar unos mates. Curiosamente me asomé, viendo al mismo don Segundo Sombra.
”-¿Pasiando? -preguntaba Valerio.
”-No, señor. Me dijeron que aquí había unas yeguas pa domar y que usté estaba muy ocupao.
”-¿No gusta dentrar a la cocina?
”-Güeno.
”Los dos hombres se arrimaron al fogón. Don Segundo dio los buenos días sin parecer reconocerme; ambos tomaron asiento en los pequeños bancos y continuó la conversación con grandes pausas.
”Volviéndose hacia mí, Valerio ordenó con autoridad:
”-A ver pues, muchacho, traite un mate y cebale a don Segundo.” (3)
IV La cocina de adentro. Fabio Cáceres conoce la cocina de la casa principal, solo destinada a los menesteres de la alimentación. La cocina de los peones no sólo es lugar de comida, sino también lugar de planificación de asuntos laborales.
“A la oración, el Señor me mandó llamar para que le cebara unos mates, bajo la sombra ya oscura de un patio de paraísos. Para eso tuve que ir a la cocina de adentro. La cocinera, que me entregó el poronguito, me hizo largas recomendaciones, diciéndome casi que el patrón me iba a comer, si veía nadar unos palitos en la boca de plata. Desagradablemente me acordé de mis tías.
”¿Pa qué servían las mujeres? Pa que se divirtieran los hombres. ¿Y las que salían fieras y gritonas? Pa la grasería seguramente, pero les andaban con lástima.
”El patrón me preguntó de dónde era, si tenía familia, y si hacía mucho que salía a trabajar. Contesté aproximadamente la verdad de miedo de pisar en alguna trampa y ser mandado al pueblo.
”-¿Qué edad tenés?
”-Quince años -contesté, agregándome uno.
”-'Sta bien. Sonaron los últimos chupetazos en la bombilla.
”-No cebés más... Volvete pa la cocina y mandámelo a Valerio.
”Hubo gran contento en la cocina después de la comida. Al día siguiente sería domingo y la gente preparaba su ida al pueblo. Los muchachos se daban bromas precisas, siendo conocidos los amoríos de cada uno. Los que tenían familia se iban esa misma noche, para volver el lunes de madrugada. Los puesteros tal vez se decidieran también al viajecito para hacer alguna compra necesaria; pero los más quedarían de seguro en sus ranchos, «haciendo sebo», o vendrían a las casas principales a jugar una partida de bochas, en la cancha que había bajo un despejado plantío de moreras.
”Los más viejos protestaban diciendo que ya no había corridas de sortija, ni carreras, ni «entretención» alguna. Medio dormido me acomodé en un rincón, cerca de un grupo formado por don Segundo, Valerio y Goyo, que quería aprender el oficio, y escuchaba en lo posible los comentarios del trabajo brutal, lleno de sutilezas y mañas.” (4)
Notas y Bibliografía: 
(1) 1917, Güiraldes, Ricardo, Raucho, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, Capítulo Biblioteca Argentina Fundamental N° 30, 1968, pp. 8-9.
(2) 1926, Güiraldes, Ricardo, Don Segundo Sombra, Santiago, Editora Nacional Gabriela Mistral, 1973, Cap. III, pp. 26-29. También en Biblioteca Virtual Universal, http://www.biblioteca.org.ar/libros/92790.pdf, leído el 6 de abril de 2019.
(3) Ídem, Cap. IV, pp. 31-32
(4) Ídem, Cap. IV, pp. 36-37

sábado, 9 de mayo de 2020

Reflexiones desde un bodegón. Hoy Salpicón


Por Aldo Barberis Rusca (1)
Un viejísimo chiste cuenta que un señor se encuentra sentado a la mesa de un restaurante leyendo la carta; viendo que la decisión se demora, el mozo se acerca solícito para ver si puede ayudar en la elección.
El hombre lo mira y sonriendo dice: “Es todo tan rico que no puedo decidirme. La verdad es que pediría todo”
A lo que el mozo contesta sin inmutarse: “Pida salpicón”. (risas)
Dentro de la variada propuesta gastronómica tradicional argentina, el salpicón resulta ser, tal vez, la más indefinible de todas; solamente comparable con el misterioso antipasto.
 Las imágenes pertenecen a Alfo Barberis Rusca

Hasta el arribo de la cocina gourmet, no había menú que no contuviera en su sección de entradas el tradicional “salpicón de ave” cuya composición general consistía en trocitos de pollo, cebollas y ajíes; aderezados con aceite y vinagre. En suma, una ensalada con pollo.
Lo que hoy, con el agregado de rúcula y jengibre, sería una comida completa; en su momento sólo era una entrada, paso previo obligatorio que daba paso al bife mariposa con papas fritas, los macarrones a la príncipe de Nápoles o la suprema maryland.
Si al salpicón se le agregaba mayonesa, entonces el plato pasaba a llamarse “mayonesa de ave” y contaba con una hermana que era la “mayonesa de atún” que tenía un origen un tanto más noble por el solo hecho de que el pescado provenía de una lata y no de los restos de pollo recolectados de los sobrantes. Por supuesto la “mayonesa de atún” siempre fue más cara.
El salpicón pertenece a un inexistente grupo gastronómico al que podríamos llamar “todo junto y mezcladito” y funcionaba como minimizador de desperdicios que, en un restaurante, suelen ser la diferencia entre la pérdida y la ganancia.
El salpicón tiene un correlato líquido creado en los locales de música tropical llamado el mezcladito o la “jarra loca” que se hace metiendo en un gran recipiente todos los restos que van quedando en los vasos abandonados en la barra o las mesas.
En periodismo, la editorial del Clarín del domingo suele ser un auténtico salpicón o mezcolanza de temas. Allí, Van der Kooy se despacha con todo el temario político de la semana, enlazando un tema con otro de forma tal que al llegar al final de la larguísima nota uno no sabe donde esta la papa y donde la cebolla.
El cine nacional de los ochenta, sobre todo el de corte testimonial, acostumbraba hacer grandes salpicones mezclando en los argumentos todos los momentos, diálogos e imágenes que les habían quedado colgados de los tiempos de la censura.
Los pobres Aristarain, Puenzo, Subiela y otros hicieron gigantescos pastiches metiendo escenas que hubieran estado geniales en otras películas pero que, puestas donde estaban, resultaban absolutamente desubicadas.
Tal vez el colmo de la desubicación nacida de la censura haya sido el increíble monólogo de José Sacristán en la película “Un lugar en el mundo” de Aristarain. Sucede que el director que nos había deslumbrado con sus policiales de principios de los ochenta, decidió que ya era tiempo de buscar otro lenguaje y de pasar de la acción al discurso; de esta manera comenzó a pergeñar películas en las que no pasaba nada que no fuera previamente advertido y finalmente explicado y cada actor, como en un cuarteto de jazz, debía tener su solo.
Obviamente el modelo era el del cine español post franquismo donde la gente hablaba y hablaba pero nunca pasaba nada y cuya apoteosis lo constituyó el celebre monólogo de Sacristán en “Solos en la madrugada” que el director argentino pretendió repetir en su película, con escasa suerte.
Cada cierto tiempo y con motivos diferentes, los periodistas argentinos llaman al bueno de Pepe Sacristán para recordarle su soliloquio, cosa que le cae como una patada en el culo. Este año la causa fueron los 30 años de la muerta de Franco, pero podría haber sido cualquier otra.
El tan admirado Pepe se ha ido convirtiendo con el tiempo en un viejo cabrón y malhumorado que monta en picazo ante la menor referencia al citado discurso, y esta vez no hizo una excepción. De hecho el tío arremetió contra los argentinos diciéndonos, menos bonitos, de todo; eso si, finalizando con una declaración de admiración incondicional hacia nosotros.
Claro, aquel monólogo resultará casi insoportable para ese pobre hombre que ve como la España que el pretendía forjar terminó siendo un país cosmopolita y con una identidad, al menos, difusa; uno más en ese salpicón que resulta ser la UE.
Los Argentinos, mal que mal, seguimos siendo lo que somos. Aunque lo que somos no sea del todo admirable.
Y tal vez sea esto lo que tanto le molesta al entrañable actor peninsular.
Es precisamente en su ámbito donde un grupo de argentinos descolla en España. Actores y cineastas que llegan desde estas costas logran lo que los españoles no pueden, logran ser identificables.
Posiblemente estemos en un camino interesante de aceptación de nuestra identidad, una identidad marcada por la mezcolanza que, gracias a las diferentes corrientes migratorias, devino en esto que hoy somos y que, como toda identidad, es imposible de definir.
Si es cierto que la Argentina desde sus orígenes, se configuró con los restos de Europa; va siendo hora de asumir nuestro destino de salpicón con orgullo e hidalguía.
Después de todo el salpicón, como el revuelto gramajo, son inventos argentinos.
Notas y referencias:
(1) 2005-2007 c, Barbieri Rusca, Aldo, “Hoy salpicón”, El barrio Villa Pueyrredón, sección “Reflexiones desde un bodegón”.

OPIO. Honduras 4415


Por Mario Sorsaburu
(Publicado inicialmente en “Buena Morfa Social Club”,
Grupo Privado de la red social Facebook,
el 18 de mayo de 2017) (1)
Dicho así, fuera del contexto histórico, es solo una palabra que puede remitirnos a estar en un lugar, con alguien, o en un momento aburrido y también a un exótico complejo de drogas, que nos suena lejano y tardío.

 Las imágenes pertenecen Mario Sorsaburu

Puesto en el contexto de un restaurante en Capital Federal, y del menú con sus variantes que ofrece Tatu Rizzi en su lugar, de manera muy eficiente y lograda, que involucra a una docena de países; diré que el nombre del lugar es sorprendentemente acertado en cuanto vemos un par de cosas histórico-geográficas muy por arriba.

A principios del siglo III de nuestra era, ya China tenía grandes y extensos cultivos de té, especialmente en la provincia de Yunnan, que siguen hasta hoy.

Las poblaciones de la zona tibetana y hasta las fronteras con Nepal y Pakistán, vivían en plena montaña con fríos descomunales la mitad del año. Esas poblaciones carecían de verduras y frutas, comían poco de ganado bovino y cordero, pero su animal estrella era el Yak, del que tomaban su leche, hacían la manteca salada, carne y cuero, también aunque con variantes, como hoy.

La digestión y el metabolismo eran muy difíciles, complicado para la salud, de manera que descubrieron que todo eso cambiaba maravillosamente tomando té, mucho, y también que cortado con leche de Yak era muy digerible; Como hasta hoy.

El té se hizo imprescindible y era caro.

Toda esa zona circundante al Tibet era conocida por sus excelentes caballos, entre los mejores del mundo.

Los chinos, el Estado chino, compraban caballos por centenares a poblaciones de fronteras difusas entre El Tibet, Nepal y La India, que pagaban con monedas de bronce, cobre y hierro. Con el tiempo descubrieron que esas ciudades fundían las monedas para hacer armas, lo que podría ser complicado para las autoridades centrales en sus esfuerzos de dominación, un peligro real a su poder, como hoy. De manera que prohibieron comprar caballos con metálico, de ahí surgió el intercambio de Té por caballos y se instaló lo que dio en llamarse ¨La ruta del té y los caballos¨ que como la ruta de la seda, del Marfil, de las especias, tuvieron sus particularidades, tal como la ruta del Opio.

Cuando a la Compañía Británica de Las Indias con fines geopolíticos, como hoy, comenzaron a cambiar Té Chino por Opio, las complicaciones multiplicaron los conflictos que luego llevaría a las dos guerras del Opio a mediados del siglo XIX.

El opio involucró todas esas mismas zonas que las del té de los primeros siglos hasta hoy, también la de la seda, la de las especias, y se extendió más allá, recorriendo las zonas que se caracterizaron por determinados productos: comidas, especias, técnicas de cocción, como en China, Vietnam, Tailandia, India, Nepal, Pakistán, etc.; que muy adecuadamente nos ofrece el restaurante en sus recetas que disfrutamos anoche con Ariel Kalikies y Pancho Ramos.

Como vemos la elección del nombre es extraordinario, tal como lo veo yo.

Con Ariel pedimos un par de Negronis, que estaban muy bien preparados, Pancho una cerveza tirada que también tenía buena “Pinta”.

Pedimos unos Bun, típicos panes chinos al vapor, rellenos con hongos y con langostinos que estaba muy bien, aunque hubo una pequeña discrepancia entre qué es Bun y qué Banh, los típicos tentempié vietnamitas, que tienen en su ADN la baguette de Francia. Un ¨sandwichito, bah. Que no nos interesaban anoche.
Pedimos además un par de raciones de mis preferidos Wantón de cerdo, que estaban perfectos con su correspondiente salsa espesa para mojarlos antes de engullir de una vez y sentir el deleite de esa masa y rellenos que me remontan al cielo despejado de China, cuando anduve por allí, y comí hasta saciar el deseo del maravilloso manjar.

Dos vueltas del preferido de Ariel, Shrimp cakes de langostinos, que fueron perfectos, sin detalle que nuble nada para que encantaran nuestras papilas gustativas.

Y un Curry rojo con leche de coco y langostinos, en que la leche de coco se notaba apenas, y hubiera sido, para mi gusto, necesaria un poco más, en conjunto rico y con punch, ya que lo pedimos picante, como debe ser. Llamó la atención que el arroz estuviera integrado en la misma cazuela debajo del preparado. Todo lo fuimos acompañando con un vino rosado en botella de medio litro, que a Ariel le había encantado en anteriores visitas y que para mí resultó demasiado liviano frente a platos que a mi criterio deben ir con un Sauvignon Blanc de cuerpo, que pedí y acompañó perfecto. Para terminar con una buena copa de tinto, un Pinot delicado, que fue broche correcto para mi paladar. Pancho otra cerveza y Ariel un Gin tonic con un toque de pepino que le iba. Si bien no somos muy de los postres, se imponía la Mousse de maní que tenía buenos comentarios, la pedimos para compartir y realmente es del otro mundo, maravilla es poco, la textura perfecta con un crocante del mismo maní que corta la cremosidad en boca y puede estar en cualquier podio ganador. Una cena distinta, muy bien lograda.

Llegamos a las ocho en punto, fuimos los primeros, en un salón amplio a media luz, con mesas para mi gusto algo chicas, una barra con asientos bien resuelta y, como se estila en tantos lugares desde hace tiempo, una gran mesa comunitaria de asientos altos en el centro del salón para doce o quince comensales. Al rato, ya estaba casi completo, a las 21:30 hs. había gente esperando. Pensábamos en irnos para no entorpecer, cuando el mozo, sin pedirlo, trajo la cuenta, como diciendo que necesitaban la mesa, eran las 22 hs. Si bien no es lo que uno espera, de acuerdo a la vieja escuela, lo entendemos perfectamente y lo habíamos previsto para dejar el lugar a otros, no nos molesta, sabemos de esas cosas, a nosotros nos alegra que les vaya bien y haya personas esperando, la comida bien resuelta y la gentil atención lo ameritan y hace merecedores del favor de la clientela.

Es un nuevo estilo entre nosotros, que va bien especialmente para los sub cincuenta que gusten y disfruten descubriendo riquísimos y diferentes caminos que encanten al paladar. La comida, la charla y el disfrute entre amigos resultaron maravillosos. Salute.
Notas y referencias:

sábado, 25 de abril de 2020

El bar León y la bohemia judía en el barrio Sin Nombre. Recuerdos de Elisabeth Checa



Durante muchos años, pensé que la esquina León Paley era el centro histórico de la bohemia judía en el Once; pero un comentario de Ernesto Oldenburg que, a su vez, me condujo al relato de su madre, Elisabeth Checa, me permitieron enfocar bien y recuperar del pasado la vida inmarcesible del Bar León y su centralidad en mis evocaciones porteñas. Esto no le quita mérito a la familia Paley, le agrega verdad histórica a la vida del barrio Sin Nombre.
 
La imagen pertenece a Elisabeth Checa (fue tomada de su perfil de Facebook)


I La Reina del Plata
Vivo en una ciudad que aprendí a amar desde la más temprana edad. Cultura, bohemia, vida nocturna la caracterizan desde hace más de un siglo, en realidad, diría que casi dos. En ellas, el crisol de razas que hizo grande a la Reina del Plata ha disfrutado de lugares donde la vida se compartía y de otros en los que una determinada comunidad sentaba sus reales casi con exclusividad. Los ejemplos más evidentes fueron los españoles en La Avenida, los italianos en La Boca y El Abasto, los árabes en San Cristóbal y los judíos en el Once y Villa Crespo.

Las imágenes pertenecen al autor, salvo indicación en contrario.

Esos lugares, y la vida nocturna que allí se desarrollaba, se han ido perdiendo, pero la Reina no abandonó sus costumbres. Sigue siendo una de las ciudades que contiene la mayor cantidad de librerías y de teatros en todo el mundo. La vida nocturna ha desarrollado nuevos reductos como los polos gastronómicos, el arte under e ainda mais. Palermo es, tal vez uno de los más importante… y también el Abasto (gastronomía y teatro alternativo), donde los tanos fueron reemplazados por los peruanos.

En este artículo, me voy a concentrar en algunos lugares que se han perdido. Lo hago porque encontré una historia familiar que merece ser contada.

II El bar León
De él vamos a hablar porque tuvo un lugar destacado en la historia porteña. Fue una institución clave en el centro de la bohemia judía entre mediados de los años veinte y mediados de los años cincuenta del siglo XX. Se ubicaba en la vereda norte de Avenida Corrientes, cruzando la Avenida Pueyrredón hacia el Bajo, poco antes de llegar a la altura en que Castelli desemboca sobre esa Avenida.


¿Quién fue su fundador? ¿Por qué llevaba e
se nombre bastante común en la colectividad judía? Simplemente porque su fundador se llamaba Juan León Petroni. Este hombre fue, dato importante en esta historia, abuelo materno de la querida y reconocida eno-gastrónoma Elisabeth Checa. (1)

La verdad es que yo no conocí ese bar. Sí frecuenté otro, en la esquina de Bulogne sur Mer y la Avenida Corrientes a 50 metros del teatro IFT. Era reconocido como esquina León Paley en los años ochenta. Pero esa es otra historia. Sólo diré, ahora, que la homonimia me confundió cada vez que me hablaban del bar León antes de escuchar el relato de Elisabeth.


¿Quién fue Juan León Petroni? Un inmigrante suizo que decidió probar fortuna en Buenos Aires. En esa condición, fue que instaló este bar en una fecha que Elisabeth no puede precisar, tal vez en los primeros años de siglo XX. Aunque no tiene ese detalle, hay otros recuerdos y relatos familiares que ella quiere contar.

Recuerda la estructura. El bar contaba con dos espacios bien diferenciados por la función y el acceso: un salón con ciertas pretensiones de lujo (v. g., cubertería y menaje de plata) y un salón masculino donde se jugaba billar, dominó con marca (2) y ajedrez. También se jugaba a los dados, una especie de generala simultánea que exige ejercer complejas estrategias aritméticas para poder jugar. (3) La familia Petroni vivía en los altos del edificio.

La imagen pertenece a Elisabeth Checa (fue tomada de su perfil de Facebook)

Por la descripción que hizo Checa era un bar digno del barrio señorial que el Once quiso ser a fines del siglo XIX y principios del XX. Para sostener este aserto invito al lector a recorrerlo. No hay más que ver los edificios lujosos (entre modernistas y art decó) que aún se conservan en la zona… sin ir más lejos, la enorme mole que se asienta en la esquina noroeste de Corrientes y Pueyrredón, el mismo que, según la leyenda que los porteños creemos a pie juntillas, asombró al poeta Baldomero Fernández Moreno quien contó, en él, los setenta balcones y la total ausencia de flores (este edificio es de un estilo academicista francés, fue construido en 1908).

Elisabeth recuerda que, siendo niña, vivía en Castelar con sus padres, que cuando venía al Centro. Antes de volver, pasaban por el bar familiar. Allí le servían “bomba chilena”, una especie de licuado de leche con granadina. Esa bebida le producía sentimientos encontrados. Era muy desagradable para un niño, pero ella la tomaba en un sitio de irresistible atracción, la casa de la familia, sus tíos, sus primos.


Los relatos familiares cuentan que durante la revolución de 1930 el local fue atacado por los partidarios de dictador José Félix Uriburu debido a que  pensaron que Juan Léon Petroni era judío. Es verdad que se trataba de un nombre muy frecuente en la colectividad, pero él no lo era. Aunque en cierto modo… en fin, era el reducto preferido por la colectividad. De hecho se recuerda, en la familia, que era el sitio al que recurrían los judíos emigrados a partir de la persecución de los nazis en Europa para componer sus cosas en La Argentina.

Cuando Juan León Petroni falleció, sus hijos mantuvieron el establecimiento hasta mediados de los años cincuenta. Entonces, vendieron y, en el mismo solar, se construyó un edificio. Elisabeth y su hijo Ernesto atesoran algunos objetos de aquel bar familiar. Lamentablemente, no conservan una carta que nos hubiese permitido saber que se ofrecía de comer y de beber a los parroquianos, más allá de la “bomba chilena”, claro está.
III Los recuerdos de Pablo
Mi amigo Pablo Lijtztain me cuenta que, efectivamente, el bar León era el centro de la sociabilidad judía en el del Once. Un barrio que concentraba una serie de instituciones memorables en dos cuadras a la redonda de la esquina de Corrientes y Pueyrredón. (4)

La imagen pertenece a Pablo Lijztain (fue tomada de su perfil de Facebook)

Pablo recuerda que en Corrientes y Castelli estaba la redacción del Di Presse. Periódico de la comunidad judía argentina de tendencia socialista. También estaba por allí el Yidishe Zaitung, periódico de centro derecha (Pablo no recuerda donde estaba su redacción, pero sí que estaba en el Once. Afirma Jorge Schussheim que se ubicaba en Corrientes entre Uriburu y Junín). Ambos medios gráficos fueron muy importantes en la vida cultural y política de la colectividad judía en Buenos Aires. (5)

En la calle Paso, a metros de la Avenida Corrientes, hay una sinagoga importante y muy conocida. Allí profesaba el rabino Blum. Pablo lo recuerda asomado a los balcones del edificio cuando, en 1948, se declaró la Independencia del Estado de Israel (La Argentina fue el segundo país en reconocer esa independencia). Hubo otros periódicos de la colectividad que tuvieron una trayectoria importante.

También recuerda que en Corrientes y Pueyrredón había baños públicos. Las familias humildes vivían en conventillos con baños compartidos que no contaban con duchas y bañeras. En esas instalaciones, los varones se podían bañar por 1 peso. Esos baños eran utilizados por la colectividad, especialmente los viernes por la tarde, para dar comienzo a la celebración del Sabbath.


En esa misma distancia había otras instituciones muy importantes como el teatro IFT (Idischer Folks Teater) que sigue existiendo, (6) y el bar Comercial de Corrientes y Boulogne sur Mer que después fuera la esquina León Paley… y un poco más allá de las dos cuadras, la sede de la AMIA y el teatro SHA (propiedad de Sociedad Hebraica Argentina)…

…y tantas cosas más que Pablo recuerda con cariño, como el aroma de las rotiserías judías. Él mismo me invitó a recorrerlas, leyendo el maravilloso texto de Jorge Schussheim denominado “Los perfumistas del Once” (aquí mismo lo recomiendo al lector, es imperdible). (7)


Sus recuerdos evocan también la trascendencia del bar León como centro de sociabilidad de la colectividad, una especie de pulpería urbana, de almacén de barrio con despacho de bebidas en el Centro de la ciudad. En su infancia, Pablo vivía con su familia en Agüero y Corrientes. Los domingos al mediodía, su madre lo enviaba a buscar a su padre al bar León con el mensaje de que la comida ya estaba lista.
IV El Once, un barrio sin nombre
Sabemos que los límites entre los barrios de la ciudad son el resultado de una convención arbitraria que careció de sentido práctico hasta la sanción de la Ley N° 1777 (en 2005) que organiza las Comunas, es decir el poder descentralizado de la ciudad, agrupando barrios ya consagrados por el dispositivo legal de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires. La mencionada ley utiliza el diseño de los barrios aprobados por la Ordenanza Municipal N° 26.607 de 1972; que corrige una Ordenanza de 1968.

En esa arbitrariedad desaparecen barrios que los vecinos reconocen como tales. En algunos casos, esa desaparición es intrascendente. Yo me crié en el barrio de Nueva Chicago; pero la pertenencia al barrio de Mataderos que es más amplio, ni nos incomoda ni nos resta identidad.


Pero hay otros casos en los que no ocurre lo mism
o. El Once, es una identidad social y cultural claramente diferenciada del resto del barrio de Balvanera al que pertenece. Aunque creo que es muy difícil establecer el límite entre los dos barrios, me parece una injusticia que el Once no tenga su nombre estampado entre los barrios oficialmente reconocidos en la Ciudad.

Ignoro las razones por las cuales las cosas son como son en la materia. Tengo algunas sospechas, no tengo fundamentos para sostenerlas… de todos modos, para los vecinos de la Ciudad, el Once existe.
Notas y referencias:
(1) La historia familiar de Juan León Petroni me la contó Elisabeth Checa por teléfono Elisabeth también tuvo la amabilidad de corregir el borrador de este artículo (junio de 2019).

(2) Se trataba de un truco eficaz para indicar a su compañero qué número era favorable colocar para ganar la partida. Se apoyaba la ficha sobre la mesa, haciendo énfasis con los dedos en el número elegido. Claro está que, rápidamente la marca pasó a desempeñar un sentido ritual, debido a que perdió eficacia en el juego porque todos conocían la seña.

(3) Se jugaban digamos cinco generalas a la vez y cada jugador iba anotando el resultado en la columna que más le convenía, de manera de concentrar los mejores puntajes en las primeras columnas.

(4) Las referencias al barrio que hizo Pablo Lijtztain, me las refirió en una charla personal. También tuvo la amabilidad de corregir el borrador de estas notas.

(5) 2019, de Pablo Lijtztain a Mario Aiscurri, correo-e del 1° de julio.

(6) El teatro IFT fue creado por la ICUF (Federación de Entidades Culturales Judías) a principios de los años treinta del siglo XX (el edificio actual fue construido en los años cincuenta del mismo siglo). 2019, ídem y http://www.sintesiscomuna3.com.ar/amplia-nota.php?id_n=145, leído el 3 de julio de 2019.


sábado, 18 de abril de 2020

La empanada en la Historia


Por Horacio Licera
El sustantivo empanada deviene del verbo empanar es decir colocar algo entre medio de un pan o masa de pan. Las referencias más antiguas a un alimento de estas características remiten al Doner Kebab turco que era básicamente un pan con un tajo en medio al que se le introducían verduras asadas y carne como en un bolsillo. Este tipo de alimento era muy común entre cazadores, pastores o labradores que tenían que comer a la intemperie. El Doner Kebab sobrevive en aquel formato y utilizando el pan de pita o pan árabe relleno de verduras y carne o también como una tortilla de maíz que rodea el relleno como los tacos mejicanos, que de hecho es su culinario descendiente.
La imagen pertenece al autor 

El envolver ingredientes dulces o salados con masa cruda, para después hornearla o freírla, ya la cita Aristófanes en el siglo quinto antes de Cristo. Habla de golosinas, refiriéndose a pequeños pasteles rellenos de fruta. En el Mediterráneo antiguo, los romanos, griegos y fenicios tenían pasteles de masa filho (hojaldre) en sus tradiciones culinarias.
El imperio otomano a fines del siglo XIII se encargó de desperdigar sus pasteles rellenos como los börek, sfihas y fatayer (fatay) y dejar testimonio de estos en lo que hoy es Europa del este, Medio oriente y el norte de África.
Estas especialidades culinarias entraron mucho antes (siglo VIII) en la península Ibérica con el conquistador bereber Tarik, quien dirigiera la invasión musulmana y llevó, junto con los caballos árabes, su cultura y sus comidas, a España, a Al-Andaluz, que luego sería Málaga, Granada, Córdoba y Toledo.
La Börek (boreca o bureca) Se elaboraba con una masa llamada yufka (masa filo) y se rellenaba con queso blanco, carne picada o verduras y a todas luces es el antecesor más directo de la empanada que de Granada pasó a Galicia y de allí su denominación actual “empanada gallega”. Tal fue su popularidad que el escultor gallego Maestro Mateo la dejó plasmada, en el siglo XII, en el Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago de Compostela. Como lo muestra la escultura esta especialidad era circular de 30cm de diámetro aproximadamente.
La imagen pertenece a El Recopilador de sabores

De la conquista española heredamos no solo la empanada gallega sino el nombre “empanada” que nosotros utilizamos como denominación genérica, incluso para definir los pasteles más pequeños que los españoles llamaban empanadillas.
En Argentina
Con el tiempo la empanada de carne, versión criolla de las empanadillas opacó a la empanada gallega y se transformó en una comida nacional al punto de reclamar el estatus de patrimonio intangible de la cocina nacional. El formato de media luna de la empanada y su cierre (repulgue) no tiene registros claros pero lo cierto es que aparte de España, en Europa y Asia existen varios pasteles con este formato: Chiburekki (Asia central, Rusia, Ucrania, Rumania, Acerbayán), Fleischkuekle (Alemania), Kalisounia (Grecia) y el Cornish Pasty de Reino Unido que es idéntica a nuestra empanada incluso en el repulgue y con las primeras referencias en el año 1300 y en un censo agrícola en 1808, donde era popular como comida para los niños que trabajaban en las minas.

sábado, 11 de abril de 2020

Los indios y el consumo de carne de yegua (c 1880)


José Luis Busaniche fue un notable historiador argentino. Nació en Santa Fe de la Veracruz, capital de la Provincia de Santa Fe, en 1892 y falleció en San Isidro, Provincia de Buenos Aires, en 1959. Sus obras más importantes están relacionadas con los bloqueos franco – británicos de 1838 y 1843, el papel que jugó la Provincia de Santa Fe en esas circunstancias, el Gobierno de Juan Manuel de Rosas y la construcción del federalismo argentino. En 1938 publica un libro de lecturas históricas argentinas que reedita en 1959 con el título de Estampas del Pasado. (1) Este libro ha servido de inspiración para la sección “Rescoldos del Pasado” de El Recopilador He rescatado varios textos de la colección, reproduciendo las prolijas referencias de Busaniche.
La imagen pertenece al autor
Robert Bontine Cunninghame Ghaham fue un escritor, aventurero, político y viajero escocés. Nació en Londres en 1852. En 1868 arribó al Río de la Plata. Recorrió las provincias argentinas de Buenos Aires y Entre Ríos, la República Oriental, el sur del Brasil, la República del Paraguay y otros países de América. En 1886, ingresó en el Parlamento británico, siendo el primer diputado socialista inglés. Escribió sobre temas argentinos, entre otros. En 1869 trabó amistad con Guillermo Hudson, naturalista y escritor de habla inglesa, nacido en La Argentina. Falleció en Buenos Aires en 1936 a donde había llegado por viaje de placer. En 1914, se publicó la traducción castellana de El Río de la Plata, del cual se tomaron los fragmentos que se transcriben.
En ellos, se describen el concepto de “tierra adentro” y algunas costumbres alimentarias de los indios que la habitan, subrayando la preferencia que tenían por la carne de caballo que ingerían cruda o casi cruda. Si bien el texto fue escrito y publicado muchos años después, las experiencias personales que relata pueden ubicarse temporalmente a horcajadas de la denominada conquista del desierto. A su vez, los hechos vinculados con Baigorria y los hermanos Saa son muy anteriores, habían abandonado las tolderías durante el gobierno del General Urquiza (1853-1859).
Los indios de tierra adentro
consumían carne de yegua
“De Río Quinto partía una cadena de fuertes al norte y al sur, que se decía debían mantener a los indios a raya; en realidad no sucedía tal cosa; ellos se daban sus trazas de escurrirse y saquear a gusto. El territorio misterioso desconocido con el nombre de Tierra Adentro comenzaba en las Salinas Grandes y llegaba hasta los mismos Andes, por entre cuyas quiebras o pasos y con la ayuda de sus parientes de raza, los araucanos, los indios disponían del ganado y de las yeguas que no querían vender o cambiar por arreos de plata para cabalgar, que los gauchos llaman Chafalonía Pampa, muy apreciada por ser de metal sin liga.
”/…/.
“/…/. La Tierra Adentro, les servía de refugio seguro a los más díscolos de entre los gauchos badilleros (SIC); /…/.
”/…/.
”Lo grave de Tierra Adentro, era que también le daba asilo a los jefes revolucionarios. Los hermanos Saa y el coronel Baigorria tenían una especie de mando que duró muchos años, bajo el gran cacique Painé; allá se les juntaban todos los hombres descontentos y fracasados, con quienes ellos formaban una especie de escuadrones volantes que recorrían las fronteras con los indios, tan feroces y salvajes como ellos.
”/…/.
”/…/. Los indios de los Toldos de la Pampas, con excepción de un culto superficial al sol –a quien la humanidad siempre ha prestado, por lo menos, tanta atención como al principio del Bien–, no conservaban huella alguna de viejas tradiciones.
”Vivían casi lo mismo que los gauchos, con la sola diferencia de que cultivaban el maíz en pequeña escala, y comían carne de yegua en vez de vaca. /.../.
”/…/.
”En las tolderías, en los festejos, después de un malón afortunado, o del saqueo de alguna estancia, era de verse la increíble cantidad de carne de yegua que cada indio devoraba. Aquello era un fenómeno. Muchos de entre ellos, apenas la cocían y sólo la chamuscaban al fuego; otros se la comían cruda, bebiendo la sangre como si fuera leche; como la caña nunca faltaba en los Toldos, cuando se emborrachaban, todos manchados de sangre, ocurría pensar si en la cadena que une al hombre con el orangután habría algún eslabón que los hiciera del mismo linaje.
”Su bocado favorito era la parte gorda del cuello de un potrillo, que se comían cruda; en una ocasión tuve que gustar del jugoso manjar por respeto a la etiqueta: me lo metió literalmente por las narices, un guerrero joven, gritando a voz en cuello:
”–Huinca ser bueno.
”El efecto dura todavía. No puedo mirar un pedazo de gordo en un plato de sopa de tortuga sin que se me revuelvan el estómago y la memoria.
”Pues bien: hoy ya los Toldos, los de la orilla de los bosques de manzanos en los Andes, los alzados entre las Salinas Grandes y el Lago Argentino, todos han desparecido.” (2)
Notas y Bibliografía: 
(1) 1959, Busaniche, José Luis, Estampas del pasado, lecturas de historia argentina, Tomo II, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986.
(2) 1914, Cunningham Graham, R, El Río de la Plata, en Busaniche, José Luis, Op. Cit., Tomo II pp. 162-165.


Los indios patagónicos y el consumo de carne de puma (1869)


José Luis Busaniche fue un notable historiador argentino. Nació en Santa Fe de la Veracruz, capital de la Provincia de Santa Fe, en 1892 y falleció en San Isidro, Provincia de Buenos Aires, en 1959. Sus obras más importantes están relacionadas con los bloqueos franco – británicos de 1838 y 1843, el papel que jugó la Provincia de Santa Fe en esas circunstancias, el Gobierno de Juan Manuel de Rosas y la construcción del federalismo argentino. En 1938 publica un libro de lecturas históricas argentinas que reedita en 1959 con el título de Estampas del Pasado. (1) Este libro ha servido de inspiración para la sección “Rescoldos del Pasado” de El Recopilador He rescatado varios textos de la colección, reproduciendo las prolijas referencias de Busaniche.
George Ch. Musters. Viajero inglés. Llegó a la Patagonia desde Malvinas, realizó una larga excursión y escribió el libro Vida entre los Patagones. Hay una edición en castellano publicada por la Universidad Nacional de La Plata en 1911. El fragmento describe las características de los pumas del “norte” patagónico y el aprovechamiento de su carne y cuero. El lector avisado notará que no considera a la Patagonia como parte de La Argentina.
Los indios patagónicos y el consumo de carne de puma
“En las colinas del norte hay pumas en abundancia; algunos de los que matamos en nuestras cacerías eran de tamaño extraordinario, pues medían seis pies cabales sin contar la cola, que, por lo general, tiene la mitad del tamaño del cuerpo. Naturalmente, estos animales son más numerosos donde abundan las manadas de guanacos y los avestruces; en la región sur de la Patagonia tienen color gris oscuro más acentuado que el de la especie que se encuentra en las provincias argentinas. /…/. La carne de puma se parece a la del puerco, y es buena para comer, aunque es mejor cocerla que asarla, pero más de un indio conocido mío no quería ni tocarla. La piel es útil para mandiles o para hacer mantas con ella, y, a causa de su naturaleza grasienta, se la puede ablandar con menos trabajo que la de guanaco. En Santa Cruz, uno de los hombres tenía un par de pantalones hechos de piel de león (se refiere al puma, animal del que está hablando) que, usados con el pelo para afuera, eran impermeables. Del corvejón y de la parte inferior de las patas traseras pueden hacerse botas iguales a las que se fabrican con cuero de caballo y que usan corrientemente los indios y también los gauchos del Plata. Pero sólo se hacen cuando el puma es de gran tamaño, porque se gastan muy rápidamente. /…/.” (2)
Notas y Bibliografía: 
(1) 1959, Busaniche, José Luis, Estampas del pasado, lecturas de historia argentina, Tomo II, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986.
(2) Busaniche, José Luis, Op. Cit., Tomo II pp. 160-162.