sábado, 16 de febrero de 2013

Las guías de Pietro Sorba


Esta es una reseña bien diferente. No sólo no debe esperarse una descripción del contenido de un volumen, sino que tampoco hay en mis comentarios referencias al soporte erudito con que está construido. Acaso esta reseña sea una anomalía, pero su contenido representa fielmente el verdadero sentido de mis búsquedas en la bibliografía que consulto: esta colección da cuenta de la existencia de una cocina nacional argentina genuina. ¿Quién es el autor? Un genovés que hace algunos años trabaja en La Argentina.
¿Quién es Pietro Sorba?
La solapa de las guías dicen que nació en Italia, que es periodista y crítico eno-gastronómico y que es estudioso de la historia y la antropología culinaria. Vive y trabaja desde 1992 en La Argentina, en Italia y en otros países de Latinoamérica. Realiza tareas periodísticas, o las ha realizado, para distintos medios como los diarios El Clarín de Buenos Aires y L'espresso de Italia, el periódico digital Infobae, la revista Elle Argentina y la señal televisiva El Gourmet de la productora Pramer.
¿Cómo es que este italiano habla con tanta autoridad y con tanto sentido de pertenencia, casi como si fuera argentino? ¿Qué es lo que le permite hablar de “nuestra pizza”, cuando se refiere a la que se produce en Buenos Aires, o dirigirse a “los tanos” cuando habla a sus compatriotas?(1) Leyendo un poco, encontramos algunas claves que no están en las solapas.
Él mismo nos dice que nació en Génova y que su padre y su tío eran marinos mercantes y que, en tal condición, viajaron varias veces a Buenos Aires y comieron en restaurantes porteños en los años cincuenta del siglo XX. Este dato es muy importante, pero la referencia decisiva es que su pareja (“Teresa, mi actual compañera”) es argentina.(2) 
No es un misterio que la pareja sea un camino promisorio para el acceso a la comprensión profunda a un territorio amable pero ajeno. Seguramente pasa, en todos los órdenes de la vida, que la mesa familiar, el lugar donde se comparten los afanes cotidianos, sea el sitio propicio para profusos intercambios. Ahora bien, cuando los mencionados afanes rondan el tema culinario, este sitio de él se ve potenciado porque sobre la mesa no sólo habrá palabras, sino también experiencias culinarias concretas. Tal es el caso de Jeff Tobin (ya publiqué una reseña de un artículo suyo)(3) y Gabriela, una odontóloga paraguaya que vive en México y dedica un blog maravilloso a la cocina de América, en especial, paraguaya y mexicana.(4)              
Las guías de restaurantes y la reflexión gastronómica
Estas reseñas pretenden dar cuenta de los textos que permiten reconstruir una idea de la cocina nacional, de su conformación histórica, de su constitución actual. Es por ello que los someto al escalpelo y no dejo de señalar cada aporte y cada falla, subrayando los fundamentos de cada opinión de los autores por el lado por donde ellos pueden asirse, el soporte erudito.
Mi obsesión es grande sobre el particular porque, como ya lo dije en la reseña de Los sabores de la Patria de Víctor Ego Ducrot, hay una lógica diferente para sostener la veracidad de los dichos en los textos periodísticos y en los historiográficos. Muchos de los escritores que pretenden dar cuenta de la historia de la gastronomía nacional son periodistas y esa diferencia se nota en sus obras. ¿Está mal? De ningún modo, sólo que la visión periodística está muy atada a la novedad y a la inmediatez del presente en su lógica de exposición e inhibe la profundización de los temas por parte de terceros interesados que se encuentran con magras pistas para guiar sus búsquedas monográficas.
En cambio, en el terreno de las guías, de las recomendaciones gastronómicas en el presente, la lógica periodística debe imponerse. Aquí, el criterio de veracidad se sostiene en el conocimiento y el buen gusto del crítico que recomienda, siempre y cuando no incurra en venialidad en el ejercicio de sus tareas profesionales. Siempre he pensado que las guías serán buenas fuentes para los futuros historiadores que quieran reconstruir la etapa de la gastronomía nacional que estamos viviendo. Sin embargo, la colección de guías de Pietro Sorba ofrece un valor agregado.
Todas ellas tienen, además de algunas características de excelencia en el diseño (el carácter bilingüe del texto, la información orientadora sobre los establecimientos, la producción fotográfica, etc.), un cuerpo de ideas que trasciende la mera labor crítica. Cada guía tiene una introducción de unas pocas páginas en que el autor expone el sentido de la recopilación con que  el lector se va a encontrar. Este puñado de textos, unas treinta páginas en total, se constituye en un pequeño tratado sobre la gastronomía local.
Por el carácter de estos escritos y por todo lo expresado arriba, las presentes reseñas, se limitarán a exponer el sistema que el autor propone sin reclamar más soporte erudito que su opinión autorizada. Lo demás será  una tarea de los que las utilizamos como fuentes.          
Para Pietro Sorba, ¿existe la cocina argentina?
Esta pregunta está en la base de todo lo que escribo sobre el tema. No es ocioso volver a formularla frente a este corpus documental porque el autor mismo se encarga de colocarla explícitamente como mascarón de proa de algunos de sus libros. Así leemos, por ejemplo:
“Con el pasar de los años y por una suerte de magia que se originó en el ámbito de las cocinas de los bodegones de la ciudad, se formó un nuevo recetario típicamente porteño, tácitamente homologado por todos /.../.”(5)
O esto:
“/.../. A los italianos les digo: no miren con tanta sospecha la pizza argentina. Pruébenla, atiéndanla, conózcanla y, finalmente, disfrútenla. Libérense de los dogmas ya que se trata de parte de su misma sangre. No la minimicen. No se enojen si buscó su propio camino. Y a los argentinos les digo: sigan gozando del placer de comer la propia pizza. Es parte del ser nacional. Algo único e irrepetible. Es nada más y nada menos que el resultado de un proceso cultural que empezó hace más de un siglo y medio atrás, que se ha mantenido y se mantendrá por mucho tiempo más. Cuídenlo. Ámenlo y transmítanlo a sus hijos para que no pierdan la oportunidad de saborear algo auténticamente porteño y argentino. Para que tengan siempre en su memoria este símbolo marcado a fuego.”(6) 
Ahora bien, está definiendo la cocina nacional de los argentinos; pero una breve consideración nos hará ver que este es un jardín donde los senderos se bifurcan. Una cocina nacional argentina, tal como ocurre en los ejemplos preclaros de México y Perú, no se expresa como una unidad homogénea, sino como un compendio de particularidades regionales. Las primeras guías de Sorba están dedicadas a la restauración porteña (bodegones, pizzerías y parrillas de la ciudad de Buenos Aires). Luego vendrán las referencias a los sabores de las provincias de Buenos Aires y Córdoba en dos guías maravillosas que, por otra parte, ofrecen una diferencia estructural con las primeras. No son guías de restaurantes, sino de sabores. Aún con algunas diferencias, en ellas hay referencias a restaurantes, a fiestas populares, a establecimientos de producción artesanal e industrial en escala local de alimentos, incluso se incluyen recetas. Esto justifica dividir el análisis en dos partes.
Por fin, la última guía, referida a los restaurantes de las colectividades, será incluida en la parte correspondiente a la cocina porteña. No es que sólo haya inmigrantes y actividades gastronómicas vinculadas con las colectividades en Buenos Aires (el espacio dedicado a la fiesta de las colectividades en Alta Gracia es significativo)(7); es que este volumen vuelve a ser una guía de restaurantes ubicados en la Capital Federal.
Es obvio que si seguimos la lógica regional, la guía de la provincia de Buenos Aires (primer anillo del hinterland porteño) alude a experiencias   asociadas a un diálogo intenso con la ciudad. Por su parte, y siguiendo el mismo sentido, el Camino Real, en Córdoba, es una frontera con La Argentina culinaria profunda. Es de esperar (es sólo mi deseo, claro está) que el genovés se anime con la cocina del Noroeste y con la del Litoral paranaense.        
Los pilares de la cocina porteña
En la introducción de Pizzerías de Buenos Aires comienza diciendo:
“Finalmente, llegó Pizzerías de Buenos Aires. Después de Bodegones de Buenos Aires y Parrillas de Buenos Aires no podía faltar el tercer eslabón de la columna vertebral del comer porteño y argentino. La tercera pata que sostiene la mesa de la comida diaria de este país.”(8)
Los bodegones: ¿Qué es un bodegón para Pietro Sorba? Es el típico restaurante porteño, informal y cómodo, que ofrece comidas tradicionales en porciones abundantes y precios accesibles.
El autor explica que su origen está en los almacenes de barrio que comenzaron a tener un espacio diferenciado de la provisión de bebidas alcohólicas. Los parroquianos de estos despachos comenzaron a solicitar algún alimento para acompañar las bebidas. En aquellos lugares en que estos alimentos empezaron a adquirir fama, el despacho de bebidas se transformó en un restaurante y, cuando éste creció de manera significativa, desplazó al almacén. Hoy en día, la referencia al almacén originario es un motivo de decoración en aquellos bodegones en que se exhiben jamones colgando y productos envasados que serán la base de algunos platos (encurtidos y otras conservas), dispuestos en prolijos anaqueles.
La leyenda es básicamente cierta, sólo habría que agregar que la oferta de comida no sólo se relacionó con la demanda de los parroquianos que iban por bebidas fuertes antes del almuerzo de los domingos o después de regresar del trabajo. Intervino también la demanda de almuerzo de los trabajadores locales de industrias y comercios que se fueron desarrollando en los barrios de la ciudad.
En Mataderos estaba el almacén o fonda de la familia Foce (en la calle Eugenio Garzón, entre Saladillo y José León Suárez). Estuvo abierto entre 1914 y 2003. En la última etapa, ya no servía comidas, pero un biombo seguía separando el despacho de bebidas, exclusivamente masculino, del almacén, exclusivamente femenino (incluso se accedía a los espacios por puertas diferentes).       
Ahora bien, el aporte más significativo de la guía es el reconocimiento de la existencia de una cocina con identidad en estos restaurantes.
“Con el pasar de los años y por una suerte de magia que se originó en los ámbitos de las cocinas de los bodegones de la ciudad, se formó un nuevo recetario típicamente porteño, tácitamente homologado y aceptado por todos en el que, en mayor o menor medida (según el nivel de presencia o influencia de cada grupo inmigratorio), estaban presentes fundiéndose entre sí los recursos gastronómicos del territorio, las tradiciones locales y las de las colectividades llegadas desde lejos. En especial, la española y la italiana.”(9) 
Opino que la existencia de ese recetario del que habla Sorba es indudable. Platos como las milanesas a la napolitana, la suprema de pollo a la maryland, los escalopes al marsala, la salsa parisienne y muchos más, sólo poseen vagas referencias de los platos que les dieron origen. Se trata de reformulaciones, de fusiones atrevidas y originales y denominaciones ocurrentes que nos permiten hablar de una cocina porteña con identidad. Víctor Ego Ducrot destaca como ejemplo de esa originalidad que él denomina cocoliche, el uso de especias orientales como el comino para condimentar salsas de pomodoro para la pasta italiana.(10) Agrego yo que también en las cocinas de los bodegones no sólo, como sostiene Sorba, los gastronómicos españoles intentaban platos de la cocina italiana y viceversa, sino que, además, los bifes a la plancha tenían su lugar estrellato.     
Sorba sostiene, por otra parte, que también hay una fuerte influencia alemana en ese recetario. Algunas cuestiones de interés para seguir indagando: ¿A qué se debe esta influencia alemana? La colectividad no parece muy significativa como para que imponga sus gustos al conjunto. ¿Se explica por el éxito de las bierhauses en la ciudad? Es posible.
Por otro lado, sabiendo que durante mucho tiempo, los dueños de los almacenes eran de origen mayoritariamente árabe; me pregunto ¿por qué no impusieron sus gustos, más allá del hecho evidente señalado por Ducrot? ¿A qué ellos no abrieron despachos de bebida en sus almacenes?
La vida continúa y las fusiones y trasformaciones también. ¿Podemos considerar que las últimas incorporaciones a ese recetario son el ceviche y el sushi?
Concluye el autor que, en los últimos años, a pesar de registrarse una vuelta a los valores de una cocina más accesible y razonable, los bodegones tradicionales no han tenido una vida fácil. Han conspirado contra ellos el aumento de los insumos y consumos, la competencia con nuevos modelos culinarios, la falta de interés de los jóvenes por la comida de los abuelos, los modelos dietéticos, etc.    
Las parrillas: Con el relato de anécdotas personales, explica el autor su acercamiento a La Argentina y a la propensión de los argentinos al consumo de carne vacuna (la ve como una “pulsión natural /.../ (que) está presente con certeza en su genética”). Ya en Buenos Aires, en 1988, cuando fue a las primeras parrillas quedó “totalmente sacudido emocionalmente” con lo que comió. Da la sensación, por el relato, de haber descubierto que, en materia del gusto por la carne, la distancia entre el mito y la realidad no existe (“Nunca había experimentado esa textura inimitable y ese sabor intenso, casi adictivo”).(11)    
Después de estas impresiones describe las parrillas, deteniéndose en algunos aspectos que vale la pena tener en cuenta.
En primer lugar señala que no hay trazabilidad sobre el producto que se lleva a las mesas, que los dueños de las parrillas buscan carne que se vea bien y sea barata sin indagar demasiado en el origen racial y la procedencia territorial de los animales. Sorba propone una suerte de varietalización basada, si se me permite la redundancia, en dos variables: raza y terruño. Sostiene que el gusto y la textura de los distintos cortes así lo justifican. En mi opinión, el varietalismo, como concepto general, no tiene una validez absoluta, menos si se lo toma como dogma. Pero si se lo entiende como una orientación y se lo usa en el tema de la carne de vaca, de su puesta en práctica puede resultar un avance cualitativo muy interesante para nuestra gastronomía. Creo que vale la pena considerar el punto porque es obvio que para lograr una proyección internacional de la cocina argentina, ella debe crecer en refinamiento y éste es un camino posible y muy interesante para tal fin.
En el sentido contrario, sus comentarios sobre el uso de la carne kobe a la parrilla llevan un interés similar. Esta carne tiene un alto porcentaje de grasa intramuscular y, en la dimensión de las porciones argentinas, el paladar queda rápidamente con un gusto empalagoso y cansado. Comparto esta idea, pero creo que, además, hay que diferenciar los casos porque son estrictamente opuestos. Una cosa es desarrollar un refinamiento de la oferta propia a través de identificar el origen por el terruño y la raza y otra es adoptar sin cortapisas el refinamiento ya desarrollado por otros. 
En el punto de cocción, es donde no estoy totalmente de acuerdo con Sorba. Puede ser que en el disfrute de las condiciones organolépticas, haya que tener en cuenta unos puntos de cocción internacionalmente aceptados. Sin embargo, el fenómeno gastronómico no se ciñe estrictamente a las condiciones establecidas por la sumillería. El gusto personal debe ser aceptado y el gusto socialmente constituido, también.
Las pizzerías: Ya hablé de la valoración que hace de la identidad e independencia de la pizza porteña con relación a la napolitana. Ahora reseño las notas sobre las que Sorba establece las diferencias.
Comienza diciendo que “nuestra pizza (la porteña, claro está) se elabora con técnicas, tiempos de elaboración y fermentación diferentes”. Veamos en qué consisten las diferencias:
·        En Buenos Aires, se usa más levadura para obtener un levado más rápido de los bollos y una masa más esponjosa y aireada que la italiana. En la península el tiempo de levado puede insumir doce horas y el resultado es una masa más compacta, menos pesada y más crocante.
·        En Italia la salsa se elabora con tomates perita (frescos o en lata) de la variedad San Marzano que se colocan sin cocción previa sobre la masa. En Buenos Aires, el proceder es más variado, v. g., la salsa de tomate puede estar precocida. Además se la condimenta con ajos y con otros elementos que recuerdan al chimichurri.
·        El queso que se usa en Buenos Aires es la muzzarella local e, incluso, el queso fresco. En Italia sólo se usa muzzarella fiordilatte o de búfala. En Buenos Aires la pizza debe tener una gran cantidad de queso (“Los Argentinos, que aman y usan el queso por doquier, hasta con pescado, inundan la pizza de muzzarella”), es usual que el peso del queso duplique al de la masa. Los tanos (sic) prefieren armonizar sabores y texturas y usan proporciones más equilibradas. La pizza argentina tiene texturas y sabores más exuberantes que la italiana.
·        También hay diferencias en los medios de cocción. En Italia sólo se admite la cocción en horno de ladrillos y leña y se coloca la masa sobre el piso del horno. En Argentina, se admiten además los hornos a gas y la pizza en molde (mucho más frecuente que la pizza a la piedra). Recientemente se ha introducido la idea de cocción de pizza en la parrilla. En Italia no se admite la precocción, en Buenos Aires, sí.(12)
El autor se pregunta cómo se generó el modelo de pizza argentino. Se responde que la “clave está, como siempre que se habla de la comida en la Argentina, en la fusión”. No se puede dudar que fueron los italianos los responsables del desembarco de la pizza en La Argentina. Los principales responsables fueron los napolitanos, pero se puede reconocer el aporte de otros paisanos.
El más significativo es el aporte genovés. La pizza tiene variantes y acompañamiento de origen genovés, como la fugazza, la fugazzetta, fugazza con queso, y la fainá. La pizza de molde alta que se consume en Buenos Aires tiene relación con la fugazza con cebolla y queso que, en Génova, también se cocina en molde y con el sfincione, una especie de pan de pizza siciliano, más precisamente palermitano, que además lleva salsa de tomates y anchoas.(13) 
Personalmente creo que Pietro Sorba se deja guiar, para formular ese aserto, por una intuición poderosa que lo acerca a la verdad histórica. La pizza porteña salió de La Boca para conquistar el Centro de Buenos Aires. Precisamente, el barrio de La Boca se reconoce a sí mismo como un territorio genovés (xeneize). Habría que explorar el origen de otras variedades, que Sorba ni menciona, como es el caso de las pizzas rellenas. El calzone me recuerda mucho al pan relleno de Susana de Migliore, se llama scaccia y es originario de Modica (Sicilia), el pueblo de Ignacio, su marido.   
Dedica este párrafo a los gastronómicos españoles y a su intervención en la pizza porteña:
“Todas las variedades de pizza que hoy existen fueron creadas por el ingenio de los italoargentinos y por el mérito de los pícaros gastronómicos españoles que sacaron de la galera e institucionalizaron denominaciones como jamón y morrones napolitana, calabresa, americana, de espinaca con salsa blanca, de palmito, de ananá y todas las otras incorporadas por los fanáticos pizzomanos argentinos, totalmente desconocidas por sus pares tanos”(14)
Personalmente, creo que los gastronómicos gallegos se merecen un crédito mayor en el desarrollo de la pizza de Buenos Aires.  
En síntesis, el recetario de los bodegones, la propuesta de varietalizar la carne que se ofrece en las parrillas y la originalidad de la pizza argentina son los principales aportes de estas guías que iluminan el sendero que nos conduce a consolidar la identidad de nuestra cocina nacional tal y como se presenta en aquellos aspecto regionales vinculados a la Ciudad de Buenos Aires.  
Los restaurantes de las colectividades: Después de la trilogía reseñada, Pietro Sorba cruza la General Paz y comienza a recorrer La Argentina interior. Abajo formularé la reseña respectiva, ahora me voy a dedicar a esta última guía que lo devolvió a Buenos Aires.
Las primeras impresiones del texto devienen de la asistencia de Sorba a una representación de El conventillo de la Paloma, el sainete de Alberto Vacarezza. A partir de allí, ensaya un relato imaginario, de cómo se fueron fusionando las comidas de las colectividades en el espacio ideal del conventillo. El relato es similar al ya citado de Victor Ego Ducrot cuando explica el origen de lo que él denomina la cocina cocoliche.(15) Sorba, subraya: “Con el tiempo, los gallegos empezaron a probar los platos de los italianos y los italianos, los de los gallegos. Así, sucesivamente, entre una colectividad y otra. Cada uno dispuesto a probar la receta del otro sin renunciar a su propia identidad. Estaba naciendo una parte importante de la cocina porteña. Estaba naciendo el paladar de los argentinos.”(16)
Concuerdo con que el relato de ambos autores se aproxima de modo significativo a lo que realmente acaeció. Personalmente, imaginé siempre ese escenario para el origen de la cocina argentina. Es más, tengo recuerdos de esos intercambios en el barrio de Mataderos a principios de los años sesenta del siglo XX. Por eso creo, y mi experiencia personal así lo indica, que situar estas escenas en el conventillo y ubicarlas en las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX configura una visión idealizada y restrictiva. Las escenas de intercambios, fusiones e invenciones en lo conventillos son decididamente complementarias con el relato de las que ocurrieron en las cocinas de los bodegones, asunto del que ya hemos hablado arriba, con la vida del barrio, asunto al que he dedicado no pocas páginas y con la profusa compulsión del porteño a la adquisición de novedades.
Entrando en el tema de la guía, dice Sorba que el “desarraigo es una herida profunda que a veces no logra cerrarse del todo” y que quizás sea “la presencia de millones de esta heridas la que explica la existencia de tantos restaurantes de este tipo en Buenos Aires” (se refiere claro está, aquellos que se desarrollaron en la sede de las instituciones de las colectividades). Estos restaurantes, donde los inmigrantes podía reencontrarse con sus paisanos y con los platos típicos de terruño abandonado, han sido “herramientas poderosas para conectarse más armónicamente con esa nueva realidad”, la de la patria que los acogía. Afirma que todo esto es muy interesante, pero sería poco contundente si se tratara de un número restringido de personas. Sin embargo, en Buenos Aires, esto adquiere una dimensión inesperada. El autor declara desconocer lo que ocurre en otras grandes capitales, pero intuye que el caso de la Ciudad de Buenos Aires es un laboratorio único y privilegiado para el estudio de este fenómeno.(17)          
Este fenómeno tiene una larga historia, pero en su visión de la actualidad del movimiento, señala el autor que, en algunas de estas colectividades, se vive un proceso de transición. Son pocos los inmigrantes originales que quedan con vida. No se sabe que harán sus hijos y nietos, ya plenamente argentinos, con estas instituciones. El autor concluye que el “riesgo que se corre es que se pierdan los auténticos recetarios tradicionales y que la cocina que se ofrece en estos restaurantes se transforme en un burdo listado de recetas sin corazón, sin alma y, sobre todo, sin memoria.”(18)   
Agrego dos comentarios con relación a esta última observación. Comparto que ello ocurre, por ejemplo con las instituciones de la colectividad española, pero no en el movimiento en general, es esperable la paulatina existencia de restaurantes de organizaciones sociales de las nuevas colectividades, como es el caso de la peruana y la boliviana, y también, la china y la coreana. Mi segundo comentario es que estos restaurantes nada tienen que ver con los restaurantes étnicos que resultan de una apuesta racional de producir platos de una determinada cocina nacional o regional (Sorba ha dicho algo parecido en una presentación de su libro por televisión). El riesgo que señala da precisamente en el punto en cuestión... los recetarios de los restaurantes étnicos carecen de alma, corazón y memoria. 
La exploración de la cocina argentina fuera de Buenos Aires
Ya dije arriba que las guías de las Provincias de Buenos Aires y córdoba son diferentes a las ya reseñadas. Por un lado, sus introducciones no contienen conceptualizaciones significativas sobre la identidad de los sabores que describe. Es como si el autor se limitara a recopilar sabores (lo sostengo en sentido literal), a andar, descubrir y registrar, y no tuviera suficientes elementos para elaborar una visión más teórica que le permita sobrevolar el asombro inicial, como ha hecho, por ejemplo, con las parrillas de Buenos Aires. Por el otro, hay una diferencia formal notable, no se trata de una guía de restaurantes. Los restaurantes están presentes, sí, pero acompañados de otros actores (v. g., fabricas y emprendimientos artesanales de chacinados y dulces, bodegas y destilerías en distintas escalas, bares y boliches de diversa catadura, etc.). Dicho de otro modo, no estamos frente a guías de restaurantes, sino a guías de manjares y sabores (atributos señalados en los títulos de ambas obras).     
No deja de sorprenderme cierta afinidad personal con el autor. Lo digo sin modestia y corriendo el riesgo de incurrir en una actitud de sobrestima personal en la que no me gusta incursionar. Pero es como para quedarse perplejo. Yo que tengo vocación de abusar de la metáfora de caminante y recopilador, me sumergí en los textos de Sorba a partir de la novedosa presentación de sus guías sobre Buenos Aires; pero al recorrer sus textos, termino recalando en estos que usan las mismas metáforas del recorrido y la recopilación.
Quiero destacar de la guía sobre pulperías y almacenes de la Provincia de Buenos Aires, el placer que experimenta el autor por el asombro descubrimiento del estilo de vida de los paisanos, por sus preocupaciones cotidianas asociadas a los ritmos de la naturaleza y tan distantes de las de los habitantes de la ciudades, donde la naturaleza y la vida misma está transidas de una urgencia que mediatiza la vida.(19)  En la guía del Camino Real, en la Provincia de Córdoba, lo más interesantes es percibir como, también dando cuenta de la vida de las personas que animan los objetos de su búsqueda, el carácter fronterizo de la provincia mediterránea. Alta Gracia, Córdoba de la Nueva Andalucía y Colonia Carolla, comparten la visión pampeana de intercambio profuso con el foreland porteño; pero en la medida de que el camino conduce al norte (v. g., en Quilino o Tulumba), nos topamos con La Argentina profunda.(20)  
Ya lo he dicho arriba y lo reitero ahora, espero que Sorba se anime, se introduzca en La Argentina profunda y nos regale otras de sus excelente recopilaciones, esta vez dedicadas, por ejemplo, al Noroeste o Litoral argentino.    
Bibliografía:
2008, Sorba, Pietro, Bodegones de Buenos Aires, Buenos Aires, Planeta, 3° edición, 2009. 
2009, Sorba, Pietro, Parrillas de Buenos Aires, Buenos Aires, Planeta, 2° edición, 2011.
2010 a, Sorba, Pietro, Pizzerías de Buenos Aires, Buenos Aires, Planeta.
2010 b, Sorba, Pietro, Pulperías, almacenes y manjares de la Provincia de Buenos Aires, Buenos Aires, Planeta.
2011 a, Sorba, Pietro, Sabores de Córdoba, el camino real y su gente, Buenos Aires, Planeta.
2011 b, Sorba, Pietro, Restaurantes de las colectividades de Buenos Aires, Buenos Aires, Planeta.
Notas:
(1) 2010 a, Sorba, Pietro, pp. 9-13.  
(2) 2009, Sorba, Pietro, pp. 9-13.
(3) 2005 Tobin, Jeff, “Patrimonializaciones gastronómicas: La construcción culinaria de la nacionalidad” en AAVV, La cocina como patrimonio (in)tangible, Primeras jornadas de patrimonio gastronómico, Buenos Aires, Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, pp. 26-46.
(5) 2008, Sorba, Pietro, pp.10.
(6) 2010 a, Sorba, Pietro, pp. 13.
(7) 2011 a, Sorba, Pietro, pp. 25-27.
(8) 2010 a, Sorba, Pietro, pp. 9.
(9) 2008, Sorba, Pietro, pp. 10.
(10)  2005 Ducrot, Víctor Ego, “La cocina del poder y la cocina cocoliche” en AAVV, La cocina como patrimonio (in)tangible, Primeras jornadas de patrimonio gastronómico, Buenos Aires, Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, pp. 53-59.
(11)  2009, Sorba, Pietro, pp. 9-10.
(12) 2010 a, Sorba, Pietro, pp. 10-12.
(13) Idem, Sorba, Pietro, pp. 12-13.
(14) Idem, Sorba, Pietro, pp. 13.
(15) 2005 Ducrot, Víctor Ego, Op. Cit.
(16) 2011 b, Sorba, Pietro, pp. 12.
(17) Idem, pp. 13-14.
(18) Idem, pp. 15.
(19) 2010 b, Sorba, Pietro, pp. 12-17.
(20) 2011 a, Sorba, Pietro.

sábado, 9 de febrero de 2013

Tiraditos peruanos


La lista de ingrediente de la receta que me envió Gino Dodero por correo-e para la recopilación de recetas peruanas incluía este comentario “(una botella de vino blanco a 12 grados de temperatura en la mesa, con su respectiva copa): ya sabes para que´!!!!!.”
Tanta confianza tiene Gino en que su plato será maravilloso si se siguen sus instrucciones al pie de la letra que cuando incita a comerlo,  comenta: “Si para este momento no se te han caído los dientes del gusto entonces algo anda mal en tu sistema gustativo, seguro que el agua (no el vino) ya ha atrofiado tu buen gusto”... y fue verdad que después de mi primer ensayo, tuve  que acomodarme la dentadura.
Gino me envió una segunda receta que incorpora, después que el pescado ha sido dispuesto sobre el aceite con orégano y ajo, una pasta formada con aceitunas negras, ajo, orégano y aceite de oliva procesados con un mixer. En este caso, recomienda reemplazar la rodajita de palta por una rodajita de tomate.
Hay un umbral difícil de traspasar en el gusto porteño para este tipo de preparaciones, en especial para las generaciones mayores: cierta aprensión frente al pescado crudo. Para las jóvenes generaciones, ganadas por el sushi, tal umbral no existe. En mi caso particular, si bien defiendo la identidad del gusto tradicional sobre las imposiciones de las modas globalizadas, tengo una actitud de apertura hacia nuevos sabores porque considero que una cosa es el dogma y otra, la crítica. En ese sentido, entré en la cocina peruana por lo que estaba más a mano, el ceviche, plato que por cierto no me desagrada y al que regreso con mayor frecuencia. Sin embargo, debo reconocer que esta receta de Gino me dio otra perspectiva  de gustos más afín a mis predilecciones.
Otros dos aspectos de la gastronomía peruana ofrecen dificultades a la hora de su incorporación al caldo acogedor del crisol de razas: el gusto del cilantro y el picante (rasgo sobresaliente en la cocina mexicana). Pero, no son caminos tan inaccesibles como el pescado crudo ahora que estamos frente a las recetas de Gino. Desde luego que la cocina peruana es tan compleja que ofrece muchas alternativas, por ejemplo, cuando probé por primera vez anticucho, la carne de corazón asada estaba muy cocida. 

Tiraditos (I)
Fuente (fecha)
Correo-e de Gino Dodero (desde Lima) del 10 de noviembre de 2010
Ingredientes
- 1 kg filetes despinados de pescado (de preferencia de carne blanca, puede ser tilapia o dorado, si son de río. Nosotros hacemos esto con lenguado, corvina, viuda, mero, sherlo, chita, o pejeperro).
- aceite de oliva
- 20 a 30  gramos de alcaparras
- orégano seco (en pequeñas hojas)
- ajo picado en trozos muy pequeños
- sal
- un limón
- una o dos paltas (aguacate).
- galletas de soda (no saladas), lo máximo es con galletas de agua.
Preparación
1.- Cortar el pescado en trozos medianos: 3 a 4 cm de largo por 2 cm de ancho por 0.5 cm. de grosor.
2.- En una fuente de vidrio o porcelana verter un poco de aceite de oliva que cubra finamente la superficie
3.- Con las palmas de las manos pulverizar el orégano que se extienda finamente por todo el aceite (no debe trabajarse con orégano en polvo).
4.- Hacer lo mismo con el ajo picado (es al gusto y no debe ser mucho).
5.- Extender todo el pescado de tal manera que se mezcle con lo anteriormente puesto.
6.- Encima del pescado echar sal al gusto, y repetir todo de nuevo: otra capa de aceite de oliva, orégano, ajos picados, procurando que el aceite de oliva cubra en forma exacta el pescado.
7.- Dejar reposar desde media hora hasta una hora.
8.- Pasada la hora se le agrega un chorrito de limón (no mucho, no es limonada con aceite de oliva).
9.- Asegurarse que todo el pescado tuvo contacto con el aceite de oliva, se puede revolver antes de servir.
10.- Al final se le ponen las alcaparras encima y luego trozos de palta finamente cortados.
11.- Servir dos o tres trozos de pescado con alcaparras y palta en cada galleta de soda y comer.
12.- Tomar con vino blanco a 12 grados aproximadamente, un rosé también queda bien, aunque no es lo mejor.




Tiraditos (II)
Fuente (fecha)
Correo-e de Gino Dodero (desde Lima) del 10 de noviembre de 2010
Ingredientes
- 1 kg de filetes de pescado despinado (de preferencia de carne blanca, puede ser lenguado).
- aceite de oliva
- 100 a 150 gramos de aceitunas negras (botija)
- 20 a 30  gramos de alcaparras
- orégano seco (en pequeñas hojas)
- ajo picado en trozos muy pequeños
- sal sólo si lo requieren (recordar que las aceitunas negras de por sí ya están saladas)
- medio limón
- un par de tomates
- galletas de soda (no saladas), lo máximo es con galletas de agua.
Preparación
1.- Cortar el pescado en trozos medianos: de 4 a 5 cm. de largo por 3 cm. de ancho por 0.5 cm. de grosor.
2.- En una fuente de vidrio o porcelana verter un poco de aceite de oliva puro extra virgen que cubra finamente la superficie.
3.- Con las palmas de las manos pulverizar el orégano que se extienda finamente por todo el aceite (no debe trabajarse con orégano en polvo).
4.- Hacer lo mismo con el ajo picado (es al gusto y no debe ser mucho)
5.- Extender todo el pescado de tal manera que se mezcle con lo anteriormente puesto.
6.- Encima del pescado echar la siguiente mezcla: aceitunas negras licuadas con orégano al gusto, ajos picados y
aceite de oliva, debe quedar todo líquido, pero con gusto a aceitunas.
7.- Mezclar todo y dejar reposar desde media hora hasta una hora..
8.- Asegurarse que todo el pescado tuvo contacto con la mezcla de aceite de oliva, aceitunas, etc. Se puede revolver antes de servir.
9.- Al final se le ponen las alcaparras encima y luego trozos de tomate finamente cortados, también puede ser con palta.
10.- Servir dos o tres trozos de pescado con alcaparras y tomate (probar también sin el tomate) en cada galleta de soda y comer.
11.- Tomar con vino blanco a 12 grados aproximadamente.  También se puede tomar un tinto seco a temperatura ambiente el cual fue abierto una hora antes.

sábado, 2 de febrero de 2013

Gino Dodero, del puente a la alameda


El nuestro, es un país que se ha comprometido desde hace más de ciento cincuenta años a recibir a todos los hombres de buena voluntad que hayan decidido habitarlo y  “traigan por objeto labrar la tierra, mejorar las industrias, e introducir y enseñar las ciencias y las artes.” Esta preceptiva y los hechos que se generaron a partir de ella permitieron sostener el mito de la constitución social de los argentinos como un crisol de razas. Ayer fueron italianos y españoles, judíos y  árabes, ingleses y franceses, polacos un largo etcétera. Hoy es el turno de los bolivianos y peruanos, de los coreanos y chinos, de los ucranianos y de otro largo etcétera.
Imagen tomada de la Internet(1) 
Es obvio que pretendo dar cuenta en estos escritos que es precisamente la gastronomía porteña uno de los ámbitos más expresivos en donde se manifiesta ese crisol.
Hoy en día la colectividad boliviana representa el núcleo mayor de inmigrantes que hicieron opción por vivir en La Argentina. ¿Adquirirán sus tradiciones culinarias el rol destacado que han tenido la española y la italiana? ¿Tendrá la cocina boliviana su oportunidad para ello? No es que esa tradición esté ausente en La Argentina, los fuertes intercambios con las provincias de Salta y Jujuy son más que evidentes (por ejemplo, me han dicho que en La Paz, llaman “salteñas” a las empanadas). Pero aún no han  tenido un impacto significativo sobre los gustos alimentarios de los porteños. Por ahora, esa oportunidad está de lado de la colectividad peruana.
La gastronomía peruana, como la de muchos otros lugares del mundo, ha sido por años un misterio para los argentinos. Afortunadamente, una moda global, la puso en el lado visible de la ciudad, compartiendo el estrellato con el sushi japonés (¿japonés de Japón?). Pero, ¿sólo se trata de una moda global? A decir verdad, en Buenos Aires, la inmigración peruana es significativa. Es por ello que no sólo hay restaurantes peruanos de alta cocina, como en las grandes capitales del mundo, sino también bodegones y chiringuitos (suelen verse precarias instalaciones en las inmediaciones de la Plaza Lorea, frente a la Embajada del Perú en que se ofrecen ceviches con pescados conservados en grande envases de telgopor).
En lo personal, aún no he develado ese misterio de forma completa, pero he comenzado a conocer esta culinaria exótica, abigarrada, atractiva... y, en algunos casos, profundamente seductora. ¿Qué agregará la cocina peruana al caldo común de la porteñidad? ¿Qué especialidades se cocinarán en los hogares de la Ciudad que provengan de ese país siempre apreciado por los argentinos? No lo sé, pero deseo explorarla con mayor compromiso.
Ahora bien, ¿por dónde entrar a ese mundo? Lo primero fue, aprovechar la oferta de esos restaurantes que en Buenos Aires se han dedicado siempre a lo que se dio en llamar cocina internacional. Dicho de modo más preciso, a esos restaurantes que se van adaptando a las tendencias de una moda transnacional. Ya desde la última década del siglo pasado, empezaron a dar lugar al sushi (entendido a la manera neoyorquina) y al ceviche. Me viene a la memoria la oferta que de ambos platos hacía el desaparecido restaurante Bond que la familia Bianchi había establecido en la recova de la calle Posadas. Sin embargo, esto me resultaba insuficiente y empecé a recorrer restaurantes étnicos que me fueron abriendo el paladar.
El recorrido de restaurantes es un ejercicio que alimenta el interés y el disfrute, pero nos veda el acceso a las cocinas familiares. La oportunidad se me dio con Gino Dodero.     
Lo conocí en Buenos Aires en octubre de 2010. Gino es un profesional de las ciencias económicas que trabaja en la Contraloría General de la República en el Perú. Hicimos juntos un curso técnico sobre auditorías operativas en el ámbito del Estado. El curso era auspiciado por una fundación que asiste a la Auditoría del Canadá. Había representantes de varios países de la región (Brasil, Chile, Perú, Costa Rica, Bolivia, Argentina y Venezuela). La intensidad de las actividades propuestas no promovía una relación solemne y formal entre los participantes, pero sólo permitía un tratamiento apocado. Obviamente, con el correr de los días, el vínculo se fue haciendo más afable. 
Aún con todas las restricciones del clima de trabajo intenso, Gino se destacó desde el primer momento por su simpatía. Se enamoró perdidamente, y a primera vista, de Buenos Aires, al punto que por la noche, en una charla telefónica, le transmitió sus impresiones a su mujer y ella le prohibió que volviera a nuestra ciudad sin traerla. El último día del curso, tuvimos una pequeña recepción en la Auditoría General de la Nación. En el salón en donde estábamos, hay una importante imagen de San Martín. Lo primero que hicieron los peruanos, fue retratarse junto a ella... ¡Cómo no se nos ocurrió a los argentinos!
En algún momento, no pudo más y empezó a relatar su relación con la cocina y con los platos que preparaba. “Eso sí, cuando cocino”, decía, “no  dejo entrar a nadie en la cocina y lo primero que hago es servirme un gran vaso de cerveza o una copa de vino blanco a temperatura ideal porque hay un dicho en el Perú que reza: “hombre que cocina, o borracho o maricón””. El entusiasmo no tenía medida en sus palabras que proferían una receta detrás de la otra sin que yo pudiera retener detalles. Obviamente lo comprometí a que me enviara algunas por correo-e, y así lohizo. 
 Nota:

sábado, 26 de enero de 2013

La bebida de los pueblos fuertes

Tomo vino en las comidas desde que tengo recuerdos. La botella de vino Toro era infaltable en la mesa familiar, siempre acomodada junto al sifón de soda.
 
Imagen (1)

Escena uno: Era el año de 1965. El vino con soda, y un cubito de hielo, era la bebida más refrescante en los días tórridos del verano porteño en que almorzábamos bajo la fresca sombra de las parras. Luego venía la siesta porque había que hacer la digestión y, dos horas y media después, nos íbamos a la pileta del Club Atlético Nueva Chicago. Cuando llegaba el invierno era el tiempo del asado después del acto escolar del 25 de Mayo (casi siempre hacía mucho frío y no llevábamos más abrigo que el guardapolvos blanco). ¡Qué festín, carne, ensalada y vino con soda! Mis padres se iban a dormir la siesta y la fiesta seguía porque mi tío nos daba un fondito de vino puro. Me encantaba ese sabor fuerte, casi intomable para un niño, de ese vino que tenía todo el gusto de una trasgresión, muy medida, claro está.
No recuerdo si un adulto lo expresó alguna vez con claridad, pero había una idea, totalmente errónea, por cierto, que sostenía que esa práctica provocaría un cuerpo acostumbrado que impediría el alcoholismo en el futuro. Era algo así como la inmunización que producen las vacunas a partir de provocar la enfermedad en una escala adecuada para permitir la generación de los anticuerpos necesarios para la salud. ¿Qué decía el médico de la familia? Creo que nada. No sé si aprobaba la práctica; pero, seguro, no la desalentaba.
Escena dos: Era el otoño de 1965. Mi tío Oscar vivía en La Tablada,en el mismo sitio en que vive ahora. El fondo de su casa lindaba con un terreno vacío que también era propiedad de la familia en donde Oscar tenía su quinta. Este predio, a su vez, lindaba con el fondo de la casa de un italiano que allí tenía su gallinero. Hoy parecería una actitud sorprendente, pero mi tío y su vecino habían acordado mantener puertas de comunicación entre los tres terrenos. Esa conexión les daba seguridad en un barrio que apenas entonces dejaba de ser un andurrial. Cuando los tomates estaban maduros, mi tío le llevaba algunos a su vecino. En otras ocasiones recibía huevos de parte del italiano. No había una cuenta corriente y el intercambio no se medía, era surtido a partir del afecto y la buena vecindad. Así, las mujeres intercambiaban pedazos de torta o buñuelos que preparaban para recibir a sus maridos por la tarde. En una ocasión, estaba yo de visita, sería un cumpleaños porque los hijos del vecino estaban jugando con nosotros. De pronto lo veo entrar al italiano. Llevaba un botellón en las manos. Contenía un líquido misterioso. También llevaba un par de vasos. “Venga, Oscar”, le dice a mi tío, “venga, tómese una copita de este vino que yo mismo hice y que acabo de probar”. Allí mismo, el italiano y el hijo del español compartieron un vinito con sabor rústico y amable.
Escena tres: Mediados de los años sesenta. La televisión comenzó a cambiar los hábitos de la población suburbana y las costumbres rusticanas empezaron a marchar en retirada. La vida moderna se hacía dueña de todo. En la casa de mi tío Santiago, mis primos almorzaban cada tanto con Coca Cola. De pronto, en la tele, apareció una publicidad extraña. Un señor barbudo, en lo que parecía una corte medieval, se servía vino en una copa de peltre que yo veía similar al cáliz de la misa. Tomaba el vino con fruición y se chorreaba groseramente la barba. Una voz en off repetía “Con vino es vida... la bebida de los pueblos fuertes”. Pasaron muchos años para que me diera cuenta del sentido de esa apelación... el vino en la mesa familiar, ese que yo creía parte indisoluble de la vida, estaba en decadencia.
Escena cuatro: Verano de 2007. En una pequeña vinoteca de Palermo, había una cata de vinos de una bodega moderna. Los vinos eran probados por los asistentes bajo la dirección de un somellier que hablaba en esos términos que edulcoran los oídos de los “amantes del vino”. Una joven que estaba allí presente, reconoció en uno de los vinos “ciruelas maduras en nariz, mermelada de ciruelas en boca...” y se quedó tan satisfecha por su aseveración como el resto de los presentes. Me dije esa mujer sabe lo que toma. Reforcé mi impresión cuando unos minutos después comentó que estaba haciendo un curso de cata de té y que iba a empezar otro de cata de agua mineral. Me dije esa mujer sabe lo que toma, pero no toma vino.
El somellier presentó el último vino, alertándonos para que prestáramos mucha atención a su complejidad aromática. Así lo hicimos... me pareció maravillosos experimentar el juego de esos aromas y sabores en mi boca... era un vino verdaderamente complejo. Sin embargo, la intervención de uno de los asistentes me dejó perplejo. El hombre no había hecho cursos de cata de nada, simplemente se había pasado la vida tomando vinos con la comida como yo. Probó el vino y exclamó sorprendido “...y esto, ¿con qué se come?” Me perturbaron sus modales. Es que no estaba haciendo alarde de conocedor de maridajes, y usó una expresión vulgar, de esas que usábamos en el barrio, pero que ahora están fuera de uso. Cuando había algo cuya utilidad no comprendíamos demasiado, qué sé yo, la regla de tres compuesta, solíamos decir “...y esto, ¿con qué se come?” Lo cierto es que la expresión me pareció fuera de lugar, cómo es que alguien que ha tomado vinos toda su vida, no podía apreciar esa maravilla. Decidí comprar una botella. ¡Qué clavo! Me tuve que tomar el vino copa por copa como aperitivo porque no podía combinarlo con ninguna comida sin que sintiera desagrado. Entonces comprendí que la reacción de mi vecino de catas encerraba una literalidad mayor, y más auténtica, que la chabacanería que había atribuido a su exabrupto.
Es verdad que los vinos argentinos del siglo XXI pueden ser maravillosos, no todos claro está, pero sí la mayoría de ellos. Pero también es verdad que ha dejado de ser una bebida sólo concebida para el consumo entrañable en la cocina de nuestros hogares, se ha transformado en un objeto de culto de una renovada tilinguería. ¿Cómo se llegó hasta aquí? Muy bien no lo sé, pero intentaré reconstruir algunos hitos que me parecen importantes.
Ya en la adolescencia, la costumbre familiar del vino en la mesa permitió que algunos gustos que nos dábamos con los amigos siguiera dando prioridad al vino sobre la cerveza. Fue ahí, cuando alguna pretensión de refinamientos nos fue ganando y provocando nuestro alejamiento del vino común, que a poco empezó a presentarse en tetrabrick, un envase insólito. En esa época, los primeros años setenta, cuando empezamos a separar la soda de los vino, a mis amigos y a mí nos atraía más tomar vino blanco que tinto. Fue cuando se puso de moda entre nosotros el torrontés (“Vino salteño, / macho sin dueño”). Esta moda era acompañada por el disfrute de la música de proyección folklórica del noroeste argentino y el descubrimiento de las comidas regionales. El locro y el torrontés eran la base de nuestros banquetes.
Imagen (2)
Esa supremacía duró poco en nuestro ámbito social porque empezaron a aparecer en nuestras mesas tintos de agradables sensaciones. Con Don Valentín Lacrado y Bianchi 1887 a la cabeza, destronaron a los vinos blancos y el torrontés pasó a ser, en mi caso, un vino de culto al que volvía, y vuelvo, “como se vuelve al primer amor”. También aparecieron por entonces otros tintos apetecibles. Los vinos de Navarro Correa y Finca Flichman hicieron época en los encuentros con los amigos ya casi a fines de los años setenta.
Imagen (3)
Según mi apreciación, modesta e incompetente apreciación, fue en ese momento cuando comenzó la evolución que nos trajo hasta aquí. Quiero subrayar el impacto que dos jóvenes bodegueros produjeron y que juzgo hechos significativos en esta historia, sobre todo a partir de mis preferencias personales de hoy. En 1977 el economista (formado en la escuela de Chicago) Nicolás Catena Zapata lanzó al mercado el cabernet sauvignon Saint Felicien que venía con una maravillosa etiqueta amarilla que rodeaba toda la botella y que reproducía un dibujo de Carlos Alonso con una representación de la vendimia (esa etiqueta fue repetida, pero con fondo blanco y en tamaño normal por el vino Saint Felicien que la bodega Catena Zapata presentó en ocasión del Bicentenario, el Saint Felicien Tributo).
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Once años después, Arnaldo Etchart (empresario más ligado a las corrientes desarrollistas que dirigían su mirada principalmente hacia el mercado interno) produjo su Arnaldo B. Este vino tuvo la particularidad de ser el primero que contó con el asesoramiento de Michel Roland quien puso toda la experiencia adquirida en Francia para desarrollar este vino en Salta.
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Lo demás fue una producción sustitutiva. En la medida que el mercado interno sigue cayendo, la vitivinicultura argentina empezó a dirigir su interés hacia la exportación, la industria debió indagar acerca de las preferencias de los mercados internacionales. Esa reconversión supuso la incorporación de tecnología en los años noventa y el desarrollo de capacidades productivas en los profesionales y los trabajadores del sector. El resultado es la maravillosa oferta de vinos con que La Argentina cuenta.
Imagen (6)
Me he puesto en el centro del recorrido porque no he querido abandonar mi lugar de consumidor (la cueca dice: “Los que elaboran vinos / son productores / y los que los tomamos, / consumidores”). Los vinos no los pruebo, los tomo... y casi siempre en las comidas. Dicho esto, pregunto, retóricamente, claro está: ¿Qué vinos me gustan a mí? Desde luego, todos. Haydée dice que para mí no hay vinos malos. Algo de razón tiene porque siempre encuentro algo para terminar con placer cada copa que me sirvo (salvo en una oportunidad en que el vino tenía el olor de una zapatilla sucia). Sin embargo, tengo mis predilecciones a la hora de tomarlos, a saber:
  • Siempre empiezo por una copa de vino blanco; si es torrontés salteño, mejor.
  • Me gusta variar. Por ejemplo, después de un vino moderno, muy concentrado, de color casi negro y cargado de aromas ahumados de barrica bordalesa tostada, me encanta abrir algún vino viejito de López o Weinert, añejados en toneles de 20.000 litros, con su color a tejas y paladar envuelto y aterciopelado.
  • Me gusta el tono regional de los vinos salteños en general y los frecuento intensamente. Además de los vinos que Arnaldo Etchart produce en Yacochuya, me encantan los vinos de Colomé y de Raúl Dávalos de Tacuil.
  • Me gustan los vinos de la DOC Malbec de Luján de Cuyo.
  • Me gustan el estilo de los vinos de algunas bodegas más que de otras, pero no voy a dar nombres porque no es una preferencia estable.
  • Me gustan las sorpresas del camino, como aquel vinito que tomé en ese bodegón de Berceo (en La Rioja española), mientras curaba el frío que hacía afuera con patatas a la riojana y miraba por la ventana la Sierra de la Cogolla toda nevada en los primeros días de la primavera de 2007, meditando en el acierto de los versos de Gonzalo que sostenía que escribir en el idioma del pueblo vale un vaso de buen vino (que ese mismo pueblo elabora, claro está).
  • En la misma línea, me gustan ciertas combinaciones regionales como el torrontés y las empanadas de Salta... y si es en Salta, mejor.
Sea como sea, debo terminar con una confidencia, nunca entré en el mundo del vino, simplemente porque el vino es una pieza central de mi mundo desde que existo. Por eso celebro, con esta copa que ven en mi mano, que la Presidenta de la Nación Cristina Fernández, reconociendo esa centralidad de vino en la cultural nacional, haya declarado el vino como bebida nacional de los argentinos.
Referencias de imágenes:







sábado, 19 de enero de 2013

Notas de viaje


Dedicadas a Antonio Machado, el caminante.


He iniciado un nuevo viaje, llevo las eternas expectativas de sorprenderme ante cada descubrimiento, aunque tengo previsto volver a sitios que ya he visitado antes. Volveré, por ejemplo, a Collioure con el sueño de encontrar la morada última de Antonio Machado, maestro de caminantes. ¿Maestro de caminantes? Sí. Escuchemos su lira
He andado muchos caminos, 
he abierto muchas veredas; 
he navegado en cien mares, 
y atracado en cien riberas.
En todas partes he visto
caravanas de tristeza,
soberbios y melancólicos
borrachos de sombra negra,

y pedantones al paño
que miran, callan, y piensan
que saben, porque no beben
el vino de las tabernas.

Mala gente que camina
y va apestando la tierra...

Y en todas partes he visto
gentes que danzan o juegan,
cuando pueden, y laboran
sus cuatro palmos de tierra.

Nunca, si llegan a un sitio,
preguntan a dónde llegan.
Cuando caminan, cabalgan
a lomos de mula vieja,

y no conocen la prisa
ni aun en los días de fiesta.
Donde hay vino, beben vino;
donde no hay vino, agua fresca.

Son buenas gentes que viven,
laboran, pasan y sueñan,
y en un día como tantos,
descansan bajo la tierra.

En Collioure sobre el Mediterráneo catalán, en los campos de Castilla sobre la estepa castellana, en el bravo oleaje del Cantábrico, estos versos me acompañaron cotidianamente en este viaje. Pero también en Italia y en los rincones de Francia que recorrí. Conocer las buenas y malas gentes del camino supone abandonar la mirada en superficie que ejerce el turista, más ávido de novedad y fotografía que de rosar con la yema de los dedos o la mirada indiscreta en el drama humano que lo rodea.
Una experiencia más profunda consiste en demorarse en los lugares a donde uno llega y vivir en ellos, aunque sólo sea unos instantes, casi como si fueran propios. Ese es el signo del viajero. La diferencia entre el viajero y el turista no se basa en un gesto presuntuoso, desdeñoso, sino en la oportunidad, a veces fortuita y esquiva, de contar con los medios y en tener la voluntad de aprovecharla.
En este viaje, a Haydée y a mí, se nos presentaron circunstancias  oportunas y tratamos de vivirlas intensamente. La familia, los amigos, los conocidos con que nos cruzamos nos han abierto puertas y ventanas, nos han alojado en sus casas, nos han hecho conocer sus vidas y nos permitieron compartir la mesa... no es poco... En el cementerio de Collioure, frente a la tumba del maestro, me prometí honrar sus versos más en la acción que en la palabra. 
Las fotografías son del autor, la imagen de Antonio Machado fue tomada de http://www.biografiasyvidas.com/biografia/m/fotos/machado_2.jpg