sábado, 8 de agosto de 2015

San Miguel de Tucumán II: Una casa austera, un bastón de mando y el Campo de las Carreras

15, 16 y 26 de octubre de 2014
Empanadas y vino en jarra,
una guitarra, bombo y violín,
y unas cuantas mozas bizarras
pa' que la farra pueda seguir,
sin que falten esos coleros,
viejos cuenteros, que hagan reír.”
(Carmona, Virgilio, “Al jardín de la República”)
Este artículo tiene una primera parte que recomiendo releer.
III Emociones intensas en una ciudad que empieza a quererme
Con el nuevo día, tomamos la decisión de dejarnos ganar por un entusiasmo militante con que enfrentar a la ciudad esquiva y arrancarle, con paciencia y tenacidad algunos de sus secretos. Iríamos, por fin, a la Casa Histórica de la Independencia. Pero haríamos un pequeño rodeo. Es que la Iglesia de la Merced tiene horarios restrictivos y no queríamos que se repitiera la frustración del día anterior en la Iglesia de San Francisco.
 La imágenes pertenecen al autor
Un propósito nos habíamos fijado: contemplar el bastón de mando de Belgrano en manos de la Virgen de la Merced. Ya dije que los edificios que la ciudad muestra a sus visitantes, excepto algunos locales de la Casa Histórica, son posteriores a la Revolución de Mayo. Esta iglesia, por ejemplo, construida en el solar que tuvo asignado desde la fundación de la ciudad, fue terminada en 1950. Esta circunstancia no le quita valor histórico. Antes bien, está construida en un estilo muy interesante que algunos denominan de Restauración Nacionalista y otros Colonial. Consiste en una interpretación de los estilos barroco y neoclásico que se identifican con el siglo XVIII en la América Española que tuvo su auge en el segundo tercio del siglo XX (recuerdo, por ejemplo, que en este estilo estaba construido el frente de la fábrica de Jabón Federal en la calle Intendente Crovara, a metros de la Avenida General Paz, en el Partido de La Matanza). Tenemos la sensación de que se lo ha elegido precisamente para subrayar la importancia histórica que tuvo el templo de los mercedarios, y la imagen de su advocación mariana, en los hechos de septiembre de 1812.
En el cielo raso de la nave principal pueden contemplarse unos frescos que ilustran escenas vinculadas con la Batalla de Tucumán. Se destaca la imagen de Manuel Belgrano entregando su bastón de mando a la virgen y nombrándola generala del Ejército del Norte. Recorrimos la iglesia que conserva, entre otros objetos de interés, trofeos de la Batalla de Salta y quedamos perplejos frente a un escaparate en el que se anunciaba la exhibición de una réplica del bastón de mando... estaba vacío. El fantasma del juego de las escondidas que vimos el día anterior se volvió presente. Fui a la sacristía y allí me dijeron que mirara con atención el camarín de la virgen.
Volvimos a entrar. Efectivamente, detrás del altar mayor, está el camarín, en cuyo frente reza “Salve, Virgo este Generala nostra”. La emoción de ver el bastón en sus manos fue incontenible... la ciudad empezaba a entregarnos sus gemas más valiosas y Haydée y yo a vivir una mañana de emociones bajo un sol brillante y una temperatura abusiva para la época del año.
IV La Casa histórica, una emoción que desborda
La Casa Histórica de la Independencia impone su austeridad en el paisaje urbano como si hubiese sido construida para fundar el sueño de una república democrática. Si se piensa bien, la autonomía de los municipios hispanos, también se corresponden con esta imagen. Su proximidad deja crecer en mí un peso emotivo tan importante que no puedo evitar besar sus paredes... con disimulo, claro está... cuando entramos en ella.
Ignoro la historia de la Casa, cómo evolucionó con los años y qué queda en ella de la primitiva construcción del siglo XVIII. En esta ciudad, los edificios históricos no siempre cuentan con una reconstrucción de su propia historia en las abundantes infografías con que el viajero se enfrenta a cada paso. Pero en el caso de este edificio, esta falla parece carecer de importancia... ¿Qué tiene la Casa Histórica que me atrae tanto?
Vamos recorriendo las salas del museo y una sensación, que es como la vital presencia de un ritual, va creciendo. En la penúltima sala hay un candelabro y una Biblia que han sido elementos propicios para la jura de la Independencia. Muy probablemente se trate de una leyenda, pero me dejo llevar por el lado verdadero y mágico que estos objetos ofrecen. Finalmente, se ingresa a una sala importante. Allí, en esa suerte sancta santorum laico, se declaró y juró la Independencia de toda la América del Sur. Efectos de luces nos conducen imaginariamente hasta 1816. Razono que esa no era la mesa que usó Laprida para leer el Acta (me pareció entender que los muebles que se usaron son los que están casi escondidos a un costado del altar mayor en la Iglesia de San Francisco); pero nada me importa... me dejo llevar por el escenario evocador...
La Casa sigue en un segundo patio apacible con aljibe y jardines y termina en un tercero que remata en una plaza seca que tiene salida sobre la calle 9 de Julio, frente a la Iglesia de Santo Domingo. Allí se exhiben dos murales esculpidos por Lola Mora. Evocan las escenas del 25 de mayo de 1810 en Buenos Aires y la jura de la Independencia en julio de 1816 en esa misma casa. La escena de este último contiene un personaje insertado como si se tratara de un viajero en el tiempo que sólo está como testigo. Se trata del general Roca (presidente de la Nación cuando le encargaron la obra a la célebre escultora tucumana)...
Dejamos la casa henchidos de emoción y nos dirigimos hacia el barrio de la Ciudadela. Llegamos hasta la Plaza Manuel Belgrano, como a un km de la Casa Histórica. Nos han asegurado que allí era el Campo de las Carreras, el lugar en donde formaron las tropas del Ejército del Norte para enfrentar la batalla. También he visto planos en los que se ve la fortificación que hizo construir San Martín en 1814. Es casi el medio día y hace mucho calor. Entrecierro los ojos e imagino evoluciones militares, tan confusas como decisivas (Tucumán, el sepulcro de la tiranía). No sé qué habrá pasado por la mente de Haydée en ese momento, pero yo no daba más... esta ciudad contiene un tesoro intangible maravilloso que sólo se puede ver con los ojos del sentimiento...
V Año 2016, una oportunidad para San Miguel de Tucumán
¿Qué atractivo tiene esta gran ciudad? Un patrimonio tangible al que no siempre se accede con facilidad y un patrimonio intangible que se constituye en la memoria de una historia vertiginosa que va desde setiembre de 1812 hasta julio de 1816.
Si bien el centro histórico está condenado a una inestabilidad de cuarenta años por lo menos debido a la necesidad de retrasar la línea municipal para lograr que la traza sea más transitable, hay un enorme potencial turístico en esta ciudad. Allí donde el objetivo se ha logrado, los edificios parecen más luminosos (La Plaza 9 de Julio, el tramo de la calle 24 de Setiembre de 1812 hasta llegar a la Iglesia de la Merced y la calle Congreso hasta llegar a la Casa Histórica).
Es necesario remover la mezquindad en la exposición del patrimonio tangible en algunos lugares y poner empeño en el cuidado de los detalles, sobre todo en el entorno de la Casa Histórica y en Mercado del Norte. En contraposición, y como un logro significativo, debe subrayarse la profusa distribución de infografías que evocan con solvencia y precisión el patrimonio intangible... basta con leer para darnos cuentas de la densidad histórica que la ciudad posee.
Otro aspecto intangible que está descuidado es la escasa presencia de la cocina criolla en la gastronomía local. En la oficina de información turística nos dieron un folleto titulado “La Ruta de la Empanada Tucumana”. Más de 40 locales en San Miguel, Yerba Buena y Famaillá la conforman. Nos concentramos en los que están en el Centro de la ciudad y, salvo las empanadas que comimos en El Portal y la que probé al paso en uno de los puestitos del Mercado del Norte, tuvimos una franca decepción. Sé que nos quedaron muchos lugares sin visitar; pero me han dicho que para comer buenas empanada, descontando El Portal, claro está, hay que ir a Yerba Buena y Famaillá. En otro artículo me dedico a hablar con más detalle sobre la gastronomía local.
VI La última noche en una ciudad caliente
Volvimos a San Miguel de Tucumán el domingo 26 de octubre. Llegamos como a las dos de la tarde con una temperatura de 40º C, pero no lo sentimos demasiado porque estaba bastante seco. Volvíamos a ver esas calles después de un viaje muy intenso.
Ya dije que San Miguel es una mina difícil, se abre después de mucho trajín por sus calles; pero en ese momento sentimos que habíamos logrado una cierta intimidad con ella.
Lo cierto es que ese domingo, todo nos parecía bello. Comimos algo en una pizzería en 25 de Mayo y Mendoza y fuimos por una siesta, queríamos gastar los últimos cartuchos de nuestro viaje por la tardecita y la noche, ya que al día siguiente habríamos de madrugar.
Después del descanso reparador, salimos del hotel y fuimos a la Iglesia de la Merced, queríamos volver a ver el bastón de mando de Belgrano en las manos de la Virgen. La Iglesia estaba repleta, era la hora de la misa... no pudimos llegar hasta el camarín, pero disfrutamos de ese momento... el primero en nuestra noche mágica en Tucumán. Luego fuimos a la Casa Histórica a presenciar el espectáculo de luz y sonido... fue conmovedor.


Terminamos la noche comiendo empandas en El Portal (sobre la calle 24 de setiembre al 300), las más ricas de todo el viaje, acompañadas por un vino tucumano de Colalao del Valle.

Tafí del Valle y el acceso a los calchaquíes

17 y 18 de octubre de 2014
Ay, lunita tucumana,
tamborcito calchaquí,
compañera de los gauchos
en la senda del Tafí.
...
En algo nos parecemos,
luna de la soledad,
yo voy andando y cantando
que es mi modo de alumbrar.”
(Yupanqui, Atahualpa, “Lunita tucumana”)


I Una amonestación proferida con justicia
Me gusta planificar los viajes. Busco información, imagino qué quiero encontrar, procuro no perderme nada de lo que me interesa (luego, claro está, viene el momento de congeniar mi interés con el de Haydée). Después el viaje dicta su verdadero itinerario, te sorprende con cosas que no habías previsto y te lleva indefectiblemente a la conclusión de que le hubieses dedicado más días a cada lugar para tenerlo todo. La pretensión es vana, por supuesto, no se puede tener todo lo que se desea de un viaje. ¿Cómo dejar de enfrentar el atisbo de una frustración? Simplemente, pensando que no se puede correr tras el viento y que lo que quedó pendiente nos llevará a desear otro viaje por los parajes maravillosos que vamos dejando atrás.
 Las imágenes pertenecen al autor 
Aunque llevo siempre estas prevenciones en mi equipaje, esta vez me pasó algo curioso. En los preparativos que hicimos con Haydée para recorrer los Valles Calchaquíes, busqué información en las oficinas de turismo de las casas de las provincias de Tucumán, Catamarca y Salta. Una buena técnica de promoción turística es preguntarle al viajero que ha decidido pasar sólo por unas horas por un determinado sitio “¿Cómo no se va a quedar una noche en él?”. Lo tomo como eso, como una buena técnica de marketing que impacta sobre esa vana pretensión de la que hablé arriba... pero esta vez tenían razón...
II La yunga nos conduce a un paraíso inesperado
Entre las bellezas del paisaje tucumano, se encuentra ese monte subtropical que se denomina yunga. Se asienta sobre las primeras estribaciones orientales de las sierras precordilleranas argentinas, desde la provincia de Tucumán hacia el norte, y se extiende hasta Bolivia. Este monte cercano a la ciudad de San Miguel de Tucumán, quiero imaginar, es el escenario propicio para que se considere a esta provincia El Jardín de la República. Los folletos turísticos señalan un recorrido por la yunga hacia el oeste y norte de la capital provincial; pero nosotros planificamos ir primero al sur y luego al oeste con destino a Cafayate. De modo que este jardín quedaría para otro viaje... o tal vez para nuestro regreso, ya previsto, desde la ciudad de Salta.
Pero no, fue para éste, porque el cordón selvático sigue hacia el sur y llega casi hasta la provincia de Catamarca.
Cuando llegamos a la ciudad de Acheral y nos dirigimos hacia el oeste, sólo estábamos prevenidos de que para llegar hasta Tafí del Valle, había que ascender la Quebrada de Sosa (ese camino que Athualpa Yupanqui hizo tantas veces a caballo acompañado por la lunita tucumana). Nos preparamos para un ascenso que ofrece dificultades al conductor de la llanura, pero nos encontramos, inesperadamente, con un paisaje verde y relajante, con ese bosque chato y bello, con ese jardín maravilloso que esperábamos recorrer en otro viaje.
Luego de un intenso ir y venir, siempre subiendo, de pronto, el camino propone una curva y la yunga desparece de golpe. Nos enfrentamos a un paisaje árido que, sin embargo, deja entrever que un poco más abajo, hay un valle fértil en el que la ciudad de Tafí del Valle se despliega con plácido e insolente desparpajo. Estuvimos tres horas en esta ciudad y la voz de la guía de turismo tucumana que me había atendido en Buenos Aires empezó a resonar en mi mente como un sonsonete: “¿Cómo no se va a quedar una noche en Tafí del Valle?”
A través de la avenida Perón por algo más de cinco cuadras, trascurre el centro Tafí del Valle. Más allá y más acá los barrios se vuelcan irregularmente por los suaves faldeos. Sólo estuvimos tres horas en la ciudad, pero bastó para darnos cuenta de su belleza, y de la del valle en la que se asienta. Los vecinos dicen que no vimos lo mejor, que después de las primeras lluvias a finales de la primavera, un verde intenso desborda el paisaje. El paisaje propicio para transformar la ciudad en la villa veraniega predilecta para huir, si se puede, del infernal verano que azota a la ciudad de San Miguel de Tucumán.
Aleccionados acerca de cómo llegar, nos dirigimos a La Banda en donde se encuentra el Museo Histórico Capilla Jesuítica. Se trata de una construcción de adobe que forma un cuadrado en el que dos de sus alas fueron construidas por la Compañía de Jesús a principios del siglo XVIII como asiento de la misión fundada en ese lugar en 1718.
Los padres fueron expulsados de América Española en 1767. En 1830, la propiedad fue adquirida por la familia Frías Silva. El pater familiae (no he podido recoger su nombre, pero conjeturo que debió tratarse de don José Frías Silva), hacia 1890, decidió que usaría el edificio como casco de su estancia y ordenó completar la vivienda, siguiendo el estilo y la técnica de construcción original. Una pequeña diferencia permite reconocer los distintos tramos de la construcción en el ancho de las paredes. Mientras los jesuitas las levantaron con 80 centímetros de espesor, Frías Silva creyó que con 40 era suficiente.
Una guía experta nos condujo por el museo con exposiciones claras. La colección es escueta pero ilustra claramente la historia de la ciudad desde hace uno 2500 años. Las primeras salas están dedicadas a los pueblos originarios. Una pequeña colección de cerámica permite identificar con claridad las tres etapas culturales que se sucedieron en el valle: los primeros asentamientos neolíticos, la cerámica de la cultura de Santa María (diaguitas) y la influencia del Imperio de los Incas. Las salas siguientes están dedicadas al período de presencia de los jesuitas. Se destaca la capilla que tiene un pequeño sector en el que todavía se conserva el piso original de ladrillos. En el último tramo, se expone parte del mobiliario de los Frías Silva, adquirido hacia fines del siglo XIX. Este museo es un lugar de gran interés para los visitantes.
El relato que escuchamos nos da cuenta de la existencia de las estancias en Tafí del Valle. De las principales familias que, emparentadas entre sí, adquirieron la propiedad de la los jesuitas (Frías Silva, Chenaut, Zavaleta); del desarrollo actual de la ganadería en el valle y de los famosos quesos del Tafí que se siguen haciendo en las estancias con la receta “secreta” de los jesuitas.
Pedí que me asesorara sobre dónde podía comprar los quesos y me dijo que en las estancias; pero que si no tenía tiempo podía ir hasta un pequeño negocio que está sobre la Avenida Perón. Hasta allí nos dirigimos y pudimos comprar y traer a Buenos Aires un queso de la Estancia de las Carreras propiedad de la familia Frías Silva. Lo de la receta secreta de los jesuitas tiene todos los visos de una leyenda urbana, pero no quiero adelantar un prejuicio porque bien puede ser cierto... además de darle un atractivo especial a este queso excelente. En otro artículo cuento algo más sobre este queso que estaba verdaderamente delicioso.
III El Abra del Infiernillo nos abre la puerta al Valle Calchaquí
Aún nos faltaba un tramo complejo de camino para llegar a Cafayate, el Abra del Infiernillo. Se sube rápidamente a los cerros. No sabría decir si atraviesa el cordón del Aconquija o las Cumbres Calchaquíes o si se trata de un paso entre ambos. Lo cierto es que del otro lado están los Valles Calchaquíes y la ciudad de Amaicha.
El paisaje es bellísimo y contrastante con la yunga. El suelo es árido y pedregoso. Aquí dominan el churqui, la jarilla, la brea y la solemne imponencia del cardón. El ser humano ha adaptado su hábitat a este paisaje, de modo que aunque hay muchas viviendas que se construyen con hormigón y ladrillo hueco; se pueden ver otras, algunas muy modernas por cierto, construidas con piedras con clara influencia indígena o construidas con el muy hispánico adobe, cuando no una combinación de ambos...
Un detalle significativo, además de esos datos nos dan la bienvenida al reino de la tierra madre y del culto católico mariano, las apachetas que empiezan a verse regularmente a lo largo del camino. Se trata de pequeños altares improvisados donde los viajeros agregan una piedra a una pila de ellas que ya están dispuestas. En este acto piden algo a la tierra madre y prometen un sacrificio propiciatorio (generalmente piden por salud y trabajo a cambio de abandonar algún vicio mundano).
Llegamos demasiado tarde a Amaicha como para quedarnos allí. Decidimos pasar de largo porque queríamos llegar a Cafayate de día. Imaginé que, en contra posición con Tafí, nos íbamos a encontrar con un lugar muy pobre y, sin embargo... si bien, Amaicha carece del glamour de una ciudad de veraneo, pero, por lo que vimos por la ruta, es una ciudad en crecimiento (en los días siguientes, atravesamos el centro varias veces y esta imagen no varió).
Se ven construcciones particulares de viviendas y edificios en los que se mezclan las tres técnicas constructivas que veríamos a lo largo de todo el Valle Calchaquí: piedra, adobe y ladrillos. Vimos también, en las viviendas más alejadas, paneles para aprovechar la luz solar en la generación de energía.
Lo que verdaderamente nos sorprendió fue la cantidad de carteles con leyendas que declaraban el orgullo y la felicidad de pertenecer a la comunidad nativa de Amaicha del Valle.
Finalmente, por la tardecita llegamos a la arenosa y bella Cafayate.




miércoles, 5 de agosto de 2015

Vino

Por Willy Cersósimo,
2015-agosto
Cuando nos dedicamos a la gratificante tarea de recopilar sabores, degustamos, probamos, comemos, manducamos, saboreamos, catamos, paladeamos, consumimos, engullimos o devoramos todo tipo de alimentos, de origen vegetal, animal o mineral, cocidos de distintas formas, ya sea asados, hervidos, horneados, fritos, salteados, lo que nos permite apreciar sus distintos aromas, colores, texturas y por supuesto sabores. Todo esto sería imposible si no lo acompañamos con alguna de bebida como ser agua, jugo de frutas, té, café, aguardiente, cerveza y por supuesto la más difundida y famosas de todas ellas, el VINO.
 
Las imágenes pertenecen al autor
Según la mayoría de los historiadores el vino es una de las bebidas más antiguas, encontrándose los primeros registros de hace más de 6000 años, concretamente entre los años 4000 y 3500 AC, en las ruinas de Godin Tepe ubicadas en el valle de Kangavar entre los montes Zagros, en la actual provincia de Kermanshah al oeste de la República Islámica de Irán casi en el límite con la República de Irak y desde allí se expandió sin prisa pero sin pausa por el resto del mundo.
El vino estuvo presente en todas y cada una de las antiguas culturas, teniendo en todas ellas un destacado lugar, llegando incluso, a tener su dios.
Los Sumerios evocaban a la diosa Gestín con el significativo nombre de “madre cepa”, al dios Pa-gestín-dug como “buena cepa” y a su esposa Nin-kasi” que significa “dama del fruto embriagador”.
En el antiguo Egipto, el dios del vino era Osiris, e Isis, su esposa, se ocupaba de proteger y cuidar el proceso de vinificación de las primitivas bodegas, además se denominaba al vino como las “lágrimas de horus” o el “sudor de Ra”, el dios sol.
En Grecia, Dioniso, hijo de Zeus y Sémele era el dios de la vid y del vino inspirador de la locura ritual y el éxtasis.
El equivalente de Dionisio en la mitología Romana era el hijo de Júpiter, Baco, en su honor se celebraban las fiestas bacanales, donde se desarrollaban orgías y se bebía sin control.
Sin duda lo más trascendente en la historia de la evolución del vino fue su relación con el Cristianismo.
Dice la Biblia que lo primero que hizo Noé cuando bajaron las aguas del diluvio fue plantar una viña, de no ser por esa primitiva y primigenia planta no habría vino. No es la única aparición, el vino también está presente en el resto de las Sagradas Escrituras. En el pasaje de las bodas de Caná, donde Jesús produce el milagro de convertir una importante cantidad de agua en vino y, además, en uno de los momentos más trascendentes de las Sagradas Escrituras, tanto del punto de vista religioso, como desde la visón que aquí nos ocupa, que es la evolución histórica de los caldos que se producen a partir de la vid, durante la Última Cena donde Jesús eligió al Pan y al Vino para instituir la Eucaristía. En consecuencia a partir de ese momento la producción del vino fue indispensable para poder celebrar el Milagro de la Eucaristía a lo largo de toda la historia y en todas partes del mundo.
De la mano de los sacerdotes católicos de todas las ordenes se expandió, primero en Europa y luego en el nuevo mundo, la implantación de la vid y consecuentemente la producción del vino. Junto a todos los monasterios y otros edificios religiosos existía un viñedo del cual provenían las uvas con las que producían el vino que luego se transubstanciaría en la sangre de Cristo durante la misa mediante la Eucaristía y además para consumir por fuera de la ceremonia religiosa.
La viticultura europea entre los siglos VI y VII, estuvo casi siempre en manos de los monasterios ya que la iglesia era una de las principales demandantes de vino para el uso en su liturgia. El vino estaba íntimamente ligado a las posesiones de la iglesia, ya que no es hasta la llegada de los romanos cuando el consumo del vino se masifica, siendo casi una obligación social su consumo.
El más claro ejemplo de la influencia de la iglesia católica en la evolución del vino es el legado de un monje benedictino llamado Dom Pierre Pérignon, el que nace en la región de Santo-Menehould, Francia en 1638 y fallece el 14 de septiembre de 1715 en la región de Champagna, también en Francia. Es a quien se le atribuye la invención del método para la elaboración del champagne, al que llamó “vino con estrellas”, en realidad es un vino con doble fermentación, a este descubrimiento lo denominó método champenoise.
Tal es la importancia que adquirió en la vida cotidiana de toda la sociedad durante la edad media que el vino decidió ingresar en la edad moderna y para ello se animó y cruzó el Océano Atlántico.
De la mano de Cristóbal Colon el vino llegó a América, está documentado que “El Ribeiro”, un vino oriundo del municipio de Ribadavia ubicado en Galicia, es el primero que ingreso el Nuevo Mundo dando inicio así al cultivo de vid, ya que por la distancia y los sistemas de transporte de la época, era imposible abastecer de vino a todos los europeos que se fueron asentando en los nuevos territorios, lo que llevó al desarrollo de la vitivinicultura americana.
Así fue como se inició la búsqueda de los suelos y climas aptos para el cultivo de uvas para la producción de vino. En esta labor los conventos, monasterios y misiones mantuvieron su gran influencia por la importancia que el vino tiene, como ya vimos, en sus ritos litúrgicos.
España decidió mandar en cada barco que zarpaba con rumbo a las “Indias” sarmientos de vides para ser plantados en el Nuevo Mundo. El cultivo fue iniciado por los españoles en la Isla bautizada “La Española” – Republica Dominicana – luego en Nueva España – México – de donde se fue extendiendo al resto del continente conforme la conquista avanzaba.
Además de la implantación de sarmientos, también se ejerció el cultivo a partir de semillas, lo que dio origen a diversas variedades criollas en el territorio americano.
A partir de entonces, cada región ha ido desarrollando su propia vitivinicultura con estilos y ritmos diferentes.
Hernán Cortés siendo Gobernador de México ordena la plantación de viñedos en las tierras colonizadas. El éxito de las plantaciones fue tal que se expandió por completo el cultivo a las distintas regiones llegando hasta el Virreinato del Perú.
La ciudad Santiago del Estero fundada por los conquistadores castellanos el 25 de julio del año 1553 es la más antigua en lo que es actualmente el territorio de la República Argentina, tengamos en cuenta que la ciudad de Buenos Aires fue fundada por primera vez en el año 1536 y destruida por los propios habitantes a raíz de las constantes amenazas de los nativos en el año 1541, siendo su segunda y definitiva fundación en el año 1580, es decir que al momento de la creación de la capital norteña la actual Capital de la República Argentina no existía.
Las primeras vides llegaron a la ciudad de Santiago del Estero en el año 1556, traídas por el presbítero Juan Cedrón, por lo tanto podemos decir que Santiago fue la puerta de entrada para la industria del vino en nuestro país. Desde allí se ejecutó la conquista militar y la conquista espiritual del ahora territorio argentino, en Santiago del Estero se constituyo el primer obispado de estas tierras y es de donde partieron los sacerdotes que fundaron conventos en otras ciudades, siendo además la sede de los primeros institutos de enseñanza, escuela y Seminario, anteriores a la Universidad de Córdoba.
Los sacerdotes junto a los militares partieron desde Santiago del Estero en distintas expediciones y fundaron distintas ciudades, la de “Londres de la Nueva Inglaterra” (1558), la de “Córdoba de Calchaquí” (1559), la de “Cañete” (1560), la de “Nieva” (1561), la de “San Miguel de Tucumán” (1565), la de “Talavera de Esteco” (1567), la de “Córdoba de la Nueva Andalucía” (1573), la de “San Francisco de Alava” (1574), la de “Salta del Lerma” (1582), la de “Todos los Santos de la Nueva Rioja” (1591) y la de “San Salvador de Jujuy” (1593), llevando consigo las vides que eran indispensables para producir el vino que utilizarían para celebrar el Milagro de la Eucaristía.
La región vitivinícola por excelencia en nuestro país es la zona de Cuyo en general y la provincia de Mendoza en particular. Los sarmientos de los cuales surgieron sus viñedos llegaron desde Santiago, para algunos historiadores de Santiago del Estero hacia 1553, para otros sin embargo llegaran desde Santiago de Chile teniendo en cuenta que Francisco de Villagra es el primer español en explorar la región cuyana y llega al territorio mendocino en el año 1551. Más allá del origen incierto, de lo que no cabe ninguna duda es que fueron los curas españoles los que trajeron las primeras plantas a la zona de Mendoza como consecuencia, una vez más, a que la elaboración de vino estuvo originalmente vinculada a la liturgia religiosa del catolicismo más que a una actividad comercial.
Podemos concluir que el vino, al ser clave en la misa cristiana también lo fue para la evangelización española en América, haciendo que la vitivinicultura encuentre en las órdenes religiosas a sus primeros hacedores.
Lentamente la producción fue creciendo hasta que a mediados del siglo XIX merced a varios factores se consolida la actividad vitivinícola, convirtiendo a la región en la mayor productora de vino del país.
La inmigración europea mediterránea compuesta principalmente por españoles, italianos e incluso franceses, significó un aporte cualitativo de mano de obra y un mercado consumidor local importante, tanto en cantidad como en la demanda de calidad del producto, al traer consigo la arraigada costumbre del consumo del vino.
Visionarios o simplemente amantes del vino, introdujeron las primeras cepas francesas con la finalidad de elevar la calidad de los vinos mendocinos, entre ellos es necesario mencionar al sanjuanino Domingo Faustino Sarmiento, quien comisionó al agrónomo francés Aimé Pouget para tal objeto. En 1853 Pouget cruzó la cordillera trayendo consigo la idea de replicar en Mendoza y San Juan la tarea que había desplegado en Chile, introdujo así brotes de las uvas Cabernet, Cot (Malbec) y Merlot provenientes de la capital chilena las que fueron finalmente plantadas en distintas zonas de las provincias, incluso en el actualmente renombrado valle de Uco.
Debemos a la Iglesia Católica la presencia de las vides en nuestro territorio y a Domingo Faustino Sarmiento el desarrollo de nuestra cepa insignia a nivel mundial, el afamado Malbec.
Desde 1885 empieza un proceso espectacular de crecimiento y desarrollo hacia la vitivinicultura moderna debido a la llegada del ferrocarril, a la transformación técnica y tecnológica, permitiendo la explosión de la vitivinicultura como base de la economía mendocina.
El resto ya es historia contemporánea y además va siendo hora de juntarme con un par de amigos a “picar” algo y tomar un par de copas de un buen vino Argentino mientras desgranamos nuestras vivencias y arreglamos de manera definitiva el mundo.
Esta es sin dudas la faceta más importante del vino, por algo 6000 años de historia de la humanidad se concentran dentro de una botella que explotan dentro de la copa en millones de historias.



sábado, 1 de agosto de 2015

Nota previa con un prejuicio que pesa un tanto

11 de octubre de 2014
Todo es hermoso en ella,
La mazorca madura
Que desgrana en noches
De vientos campesinos,
El mortero y la maza
Con trenzas sobre el hombro
Que entre los granos mezcla
Rubores y suspiros
(Agüero, Esteban Antonio, “Digo la mazamorra”)
I Otro viaje que se inicia con ilusión de morosas recompensas.
Las imágenes pertenecen al autor
Vamos a conocer una tierra en donde la historia indígena de La Argentina ha tenido su mayor desarrollo cultural, si es que por ello entendemos la presencia de técnicas sofisticadas de producción económica (agricultura, ganadería, urbanismo, vestido, alfarería) y espiritual (música, costumbres religiosas). Una tierra en donde el mestizaje indio hispano seguramente se expresa con mucha intensidad. Haydée y yo nos ponemos a andar nuevamente... necesito un poco de introspección para expresar lo que siento ahora... porque vamos a andar las bellas profundidades del Valle Calchaquí.
II Reflexión desde el prejuicio
Después de haber hecho muchos recorridos temporales y geográficos, generalmente librescos, por la historia de nuestro país, vamos a llegar a un sitio en el que esperamos encontrarla, a la historia, digo, a flor de piel.
Intento llevar la mirada más amplia que pueda conseguir en mi interioridad. Quiero ver que queda de la cultura calchaquí, del Tihuantisuyo y el paso de los funcionarios incaicos, del imperio español en su esplendor renacentista y en su decadencia barroca en esta tierra criolla que ya lleva 200 años de argentinidad.
Sin embargo, a pesar de la amplitud que me propongo, hay algunas ideas y valoraciones que no puedo eludir porque me integran como individuo. No puedo dejar de ver el carácter positivo del intercambio, de la fusión, del mestizaje, a veces construido sobre ríos de sangre, pero siempre deseable como sitio en donde anclar una identidad colectiva. Tampoco el carácter negativo de todas las prepotencias imperialistas. El primer punto es un duro dato de una realidad fraterna, el segundo un ideal que vale, fundamentalmente, en la energía libertaria e igualitaria que promueve.
Sé que, en ese cúmulo de tradiciones vitales que espero encontrar, me voy a enfrentar a diversos relatos. Un prejuicio auténtico me conduce a esperar un relato dominante que atribuyo a lo peor de la herencia hispánica. Hablo con orgullo el idioma de los castellanos y escribo su eñe con embelesado entusiasmo, profeso con amor la fe católica, aunque soy un poco anticlerical. Pero no me banco la complacencia colonialista.
No me refiero a una condición jurídica, y mucho menos a los entresijos del poder de los capitalistas que pulcramente conceptuara Lenín, con dudoso cientificismo, hace más de un siglo. Me refiero a una actitud mental.
Una actitud mental que lleva a aceptar la necesidad de un pensamiento tutelar que reemplace la desconfianza sobre las ideas propias, la necesidad de suponer que todo lo que viene de un imperio ordenador será siempre mejor, sin importar si se trata del Imperio de España o del Tihuantisuyo. Prefiero pensar con José Larralde que “la idea, aunque a veces chica, / de que el otro es superior / obliga a ser inferior / y a que haga carne la pica”.

Prefiero pensar pobre, incompleto y confuso; pero pensar yo. ¿Encontraré algo que perviva de esta autonomía del pensar en americano en los Valles Calchaquíes? ¿Podré descartar el prejuicio que llevo a partir de lo que escuche y vea? ¿Hasta dónde, el mestizaje ha sido capaz de desarrollar su propio equilibrio y su autonomía? ¿Hasta dónde me darán los ojos para poder ver en todo lo que mire?

San Miguel de Tucumán I: La gran ciudad en el noroeste argentino

15, 16 y 26 de octubre de 2014
“Los hijos de Jujuy y Salta que nos han acompañado, los de Santiago del Estero y los tucumanos que desde mi llegada a esta Ciudad me dieron las demostraciones más positivas de sus esfuerzos y empeño de libertar la Patria comprometiéndose a que Tucumán fuese el Sepulcro de la Tiranía han merecido mucho, y no hallo como elogiarlos: a todos parecía que la mano de Dios los dirigía para llenar sus justos deseos.”

(Belgrano, Manuel, Parte de la Batalla de Tucumán, 29 de septiembre de 1812)


I San Miguel de Tucumán es una mina difícil.
Es una ciudad que no se entrega con facilidad. Hay que trabajar bastante para arrancarle alguna sonrisa. Debo confesar, para ser justo, que tal vez hemos llegado a la ciudad con demasiadas expectativas... y esto, a veces, juega en contra.
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La ruta que la comunica con el aeropuerto nos conduce por un sector de barrios populares. Para un turista que sólo desea contemplar la belleza, esta vista parece abrirnos camino a una ciudad sin glamour. Si a eso le agregamos el tremendo calor fuera de temporada (35º C) y que las calles del centro, extremadamente trajinadas, no descuellan por su limpieza... la primera impresión no es demasiado agradable. Para colmo, llegamos hasta el hotel, nos instalamos y salimos raudos para visitar la Casa de la Independencia de Suramérica y estaba cerrada por desinfección.
Luego de probar unas riquísimas empanadas bajo las enredaderas del restaurante El Portal (por la calle 24 de setiembre de 1812, a media cuadra de la plaza) y de tomar un vino de Colalao del Valle, podemos ensayar otra mirada. La ciudad se muestra como es, un gran conglomerado urbano con barrios que hierven de hombres y mujeres de trabajo... Además, sus calles no están más sucias que las del micro centro porteño.
Todo ese primer día nos duró esa ambivalencia.
II De la frustración al reconocimiento
Haydée y yo caminamos por la calle Congreso henchidos de emoción. Nos íbamos a encontrar con la Casa Histórica donde se declaró la independencia de toda Suramérica. Cuadra y media de una peatonal bastante bien conservada. Cruzando la calle Crisóstomo Álvarez, vimos la casa. Casi corrimos hasta ella, pero nos creció un sentimiento de frustración al verla cerrada.
Recorrimos la primera cuadra. Muesos e instituciones culturales siguen el lateral de la catedral (Biblioteca Domingo Faustino Sarmiento, Museo de Arte Sacro y Museo Histórico Provincial). Ya en la cuadra siguiente, la Casa. En los solares lindantes de la misma, se disponen áreas cubiertas por ferias artesanales. En el último solar de la esquina con la calle San Lorenzo, se ha construido un anfiteatro. En la vereda de enfrente se encuentra el edificio del Tribunal de Cuentas de la Provincia y a su lado una galería con un restaurante. Completan la cuadra negocios que venden artesanías, souvenires y confituras tucumanas.
El conjunto promete un lugar de interés, pero nos pareció desalineado. Una de las ferias artesanales remata en un pañol construido con paredes de canto sin revocar, en el otro se ven depositados materiales de construcción en un rincón. La frustración no nos permitió ver lo mejor. Al día siguiente, es más, esa misma noche, todo estaba mejor en la ciudad y en ese rincón preciso. Sin embargo, seguimos pensando que ese rincón de esa ciudad es muy importante para los argentinos y hay que cuidar más esos detalles.
De regreso hacia la Plaza, ingresamos en el Museo de Arte Sacro. El edificio es muy interesante y posee, en mi modesta opinión, algún interés patrimonial. La colección es abigarrada y recoge piezas de su especialidad que van desde imágenes talladas y cuadros pertenecientes a la denominada Escuela Cuzqueña que floreció en el siglo XVIII, hasta el reclinatorio que utilizó Juan Pablo II en su visita a la ciudad en abril de 1987. La colección es interesante y está bien presentada, pero adolece de información que ponga las piezas en contexto. Además, nada se dice del edificio que constituye su sede. El museo es bueno, pero le falta un poco de trabajo para transformarlo en un gran museo. Pareciera ser la tónica de esta ciudad, un gran patrimonio que no alcanza a ser exhibido como corresponde.
Unas infografías muy interesantes se disponen por todo el Centro. En ellas se pueden revivir los hechos más importantes que tuvieron a ésta, la quinta ciudad del país como escenario propiciatorio, la Batalla de Tucumán que decidió la guerra de la independencia para toda la América del Sur y la declaración del nuevo estatus de nación independiente para todo ese ámbito territorial. La información suministrada en ellas es inobjetable desde el punto de vista historiográfico. Dicho de otro modo, puede ser opinable, pero no se desliza por el resbaladizo terraplén de las leyendas o de las invenciones escolásticas edulcoradas.
Salvo la Casa Histórica, el resto de los edificios han sido construidos con posterioridad a la Revolución de Mayo. No hay rastros del viejo Cabildo. En su lugar, se destaca el edificio afrancesado del palacio del gobierno provincial. La Catedral es de 1852. La iglesia de San Francisco de 1885, el convento aledaño fue construido en 1902. La iglesia conserva un claro estilo neoclásico de influencias italianas (como ocurre con la iglesia que la congregación tiene en la ciudad de Salta). En el caso del convento el edificio con ladrillos a la vista recuerda las construcciones inglesas de principios del siglo XX.
Otros edificios embellecen la plaza. Por la calle San Martín se encuentran el Jockey Club, el edificio en donde estuvo el hotel plaza y un edificio que reproduce un estilo morisco español en donde se encuentra la Federación Económica. Por la calle 24 de setiembre, hay una vieja casona de fines del siglo XIX en la que tiene su sede el Ente Tucumán Turismo. Poco a poco la ciudad nos va conquistando con un paisaje urbano digno de su estatura de gran capital del norte argentino.
Fue algo frustrante acceder a la Iglesia de San Francisco. El claustro del convento está separado por una pared, de modo que no se puede acceder a él. Es razonable, pensamos, porque aún está habitado por monjes... y, sin embargo, crecía en nuestro interior la idea de que el patrimonio histórico que posee la ciudad juega a las escondidas con el visitante.
Entramos en la Iglesia que prometía mostrarnos muebles que usaron los congresales de 1816. Vimos paredes deterioradas y no encontramos nada. Salimos. Fuimos a la sacristía y nos dijeron que había que acceder al altar mayor y que, sobre la izquierda los muebles estaban detrás de una reja... ah, y que había que encender una luz para poder verlos. Allí fuimos. La luz natural no hizo necesario que encendiéramos la luz... Allí había escritorios y sillas verdaderamente antiguos. Pero tuvimos que ver ese amontonamiento ininteligible a la distancia y contentarnos con un cartel que anunciaba que esos eran los muebles propiedad de los Frailes Menores que habían sido cedidos en préstamo para las sesiones del Congreso.
Hacia el noroeste de la Plaza, las calles Muñecas y Mendoza ofrecen un distrito de peatonales en las que se puede percibir el movimiento de gran urbe que expresa San Miguel. Las recorremos por la tarde, vemos negocios de toda índole, incluso locales enormes que alojan grandes tiendas como las que había hace muchos años.
De pronto, en la esquina de Mendoza y Maipú, aparece la gran figura del Mercado del Norte. El frente algo deteriorado deja entrever un enorme edificio construido con un estilo que evoca el art decó... o tal vez al futurismo italiano de los años treinta del siglo pasado (carezco de elementos para definirlo con certeza). En su interior puestos que ofrecen los más diversos productos alimenticios frescos, incluso algunos con elaboración artesanal (por ejemplo, humitas y tamales listos para llevar a la olla). Hay un área de puestos de comidas al paso (empanadas, pizzas, humitas, tamales, etc.) y otra de prolijas pescaderías.
De nuevo la sensación de ambivalencia. El frente desconchado, algunos vidrios rotos y los papeles por el piso deslucen el atractivo de un mercado que me ha hecho acordar al de la Boquería en Barcelona. Con algo de cuidado y una escasa inversión, San Miguel de Tucumán contaría con un sitio de atracción turística muy interesante. Probé las empanadas de uno de los locales... muy dignas, por cierto.
Abundan los bares en las peatonales. Aunque muchos de ellos huelen a café quemado, otros hay que están muy bien puestos. Decidimos tomar una cerveza en uno que está en la esquina de Mendoza y 25 de Mayo (se llama Filipo). En ese lugar, muy agradable por cierto, descansamos un poco de las fatigas del día y disfrutamos del momento en tanto que la noche caía sobre la ciudad.
Estábamos parando en el Hotel Mediterráneo. Dista mucho de ser el mejor hotel de la ciudad, pero su ubicación en la calle 24 de setiembre de 1812 a media cuadra de la Plaza Independencia y a dos de la casa Histórica es inmejorable. De regreso al hotel, como resulta obvio, atravesamos la Plaza. Los edificios públicos y privados estaban iluminados con buen gusto. La calle Congreso que conduce a la Casa Histórica, también... Todo nos pareció bello por primera vez en San Miguel... La ciudad empezaba a conquistarnos. ¿Será que su fuerte es la noche?