sábado, 1 de diciembre de 2018

Ciudad de Azul (Parte I): Detrás del vidrio oscuro de la decadencia, la historia aún está viva


14 a 17 de noviembre de 2017
“En primer lugar, claro está, debemos considerar esa perpetua y patológica tara nacional que nos lleva a ignorar lo propio en beneficio de estar perfecta (y muchas veces inútilmente) informados de lo ajeno. No es éste el espacio ni la oportunidad para extendernos sobre el asunto, pero no puede dejar de mencionarse, así como al pasar, que si Francia, Alemania o Estados Unidos dispusiesen de un conjunto de obras como el producido en apenas cuatro años por Salamone, hace décadas que habría explotado el tema ad nauseam y estarían enterados de ello hasta los esquimales y los papúas.” Arq. Alberto Petrina (1)
La visita que hicimos con Haydée a la ciudad de Azul cumplió el papel de un interludio entre dos fines de semana de encuentros familiares en las ciudades de 9 de Julio y Olavarría, todas ellas en la Provincia de Buenos Aires.
 Las imágenes pertenecen al autor
Elegimos esta ciudad por su proximidad a nuestro último destino y porque teníamos una idea bastante formada acerca de la obra del arquitecto ingeniero Francisco Salamone y de sus obras levantadas allí.
Estas notas pretenden compartir más una idea de lo vivido, una serie de inestables relaciones entre las expectativas con que fuimos y las cosas con que no encontramos, que una relación exhaustiva de la mencionada obra y de otras cosas que vimos en Azul.
I Azul ¿ciudad arisca?
Nuestro arribo a la ciudad no pudo ser más inhóspito. La lluvia no se lleva demasiado bien con las instancias de un viaje previsto para ejercitar prolongadas caminatas. Todo en la calle parece húmedo, más aún cuando el paisaje urbano sólo puede verse sesgado por los límites del paraguas.
La sensación de pringosa humedad se prolonga en el hotel, el Gran Hotel Azul, situado frente a la Plaza San Martín, en el centro mismo de la ciudad. Se lo ve envejecido en todo lo que debe ser modernizado (un ascensor de setenta años con una botonera renovada hace algunas décadas que no ha sido acompañada con un mecanismo automático), modernizado en todo aquello que debiera conservarse (plafones para luz indirecta que han sido perforados para incluir apliques directos donde luce, o deslucen, artefactos de tecnología led). Dos puertas giratorias dan acceso al edificio. Una a la recepción. La otra al restaurante ambientado a la moda de cuadros de hierro negro y azulejos ingleses blancos... Claro que su nombre moderno, #Be Blue, expone inconscientemente un rechazo a esa misma modernidad que pretende ostentar.
Caminamos por los pasillos que conducen a la habitación asignada y nos parece que de pronto aparecerá un detective, el cásico detective de hotel de antiguas novelas y folletines, que traerá las trazas de un Hércules Poirot desteñido y desangelado. Es lo que hay, reflexionamos, y nos quedamos alojados con la única compañía de la enjundia de unos empleados que suplían con notable eficacia, la decadencia del establecimiento… ellos lo hicieron habitable.
Dejamos nuestras cosas, y como la lluvia había amainado, decidimos realizar una caminata por la Plaza San Martín.
Nos ganó el abatimiento. Caminás por la plaza y parece que estás flotando sobre un piso que se mueve de forma ondulante. El efecto es logrado por una combinación de baldosas de vainillas blancas grises y negras dispuestas de manera sesgada. No sé por qué, creo que por la combinación de las tonalidades; pero me vino a la mente la imagen de la plaza del Rossio de Lisboa… pero no, sólo fue un instante porque en el solado del Rossio no hay rastros de chicles viejos manchando la superficie de su empedrado, como sí encontramos en la Plaza de Azul.
Mirás alrededor y ves que los bancos y las farolas de claros diseños art decó, están despintados. El pedestal de la estatua de San Martín es único en nuestro país, pero sus moldura y superficies visibles aparecen chorreadas de óxido y sarro… y los papeles dentro de la fuente… No, no, no puede ser tanta desidia.
¿Qué es lo que pasa en esta ciudad? Aquí hay una joya que no puede valorarse porque el mantenimiento y la limpieza brillan por su ausencia. Me habían dicho que Azul es una ciudad vieja. Mi primera impresión es que más que vieja parece vetusta y decadente, sostenida sobre un descuido incomprensible.
¿Es realmente así o sólo se trata de una ciudad arisca que, en algún momento, se pondrá frente nuestro desnudando sus auténticas bellezas?
II La pampa art decó
Ya nos ha pasado con otras ciudades. Primero se ven oscas y difíciles, y luego, bellas y entrañables. Nos pasó alguna vez con San Miguel de Tucumán, o con Vitoria Gasteiz. Por eso acallamos nuestra vocación impresionista y dedicamos un tiempo intenso a recorrer la ciudad con mirada inquisidora y oídos atentos.
Completamos nuestra recorrida por la obra de Francisco Salamone. Preguntando, preguntando, pudimos enterarnos, por ejemplo, que las calles cuya arboleda se compone de naranjos terminan en alguna obra del reconocido arquitecto. Pasa con la calle Colón que conduce de la Plaza San Martín hasta la entrada en el Parque Domingo Faustino Sarmiento y con las calles San Martín e Yrigoyen desde la Avenida Cipriano Catriel hasta la Plaza.
Buscamos los naranjos en la calle Necochea a la altura de Yrigoyen y, como a primera vista no los vimos, nos pareció que no sería por allí que llegaríamos al cementerio. Seguimos de largo y nada vimos en la calle siguiente. Una pregunta atinada nos devolvió a la calle Necochea. Luego de andar un trecho por ella, comenzamos a ver los naranjos; pero su continuidad estaba resuelta, cada tanto, con árboles pertenecientes a otras especies. Otra prueba de la desidia dominante, pero ya no nos importó demasiado. Habíamos hablado con varias personas y nos dimos cuenta que la desvalorización del patrimonio local no era generalizada.
Ya habíamos ojeado el libro editado por la Universidad Nacional de Mar del Plata en qué se expone el relevamiento que esa casa de altos estudios realizó sobre la obra que fuimos a ver. Ese libro que compramos en la librería Biblos, propiedad del investigador azuleño Alberto Sarramone, nos anticipaba la monumentalidad que nos proponíamos a contemplar en unos minutos. (2)
Temí, mientras andábamos por la calle Necochea, que la expectativa formada fuera demasiado grande. Lo cierto es que iba por la vereda de la derecha en el sentido del tránsito, de modo que sólo me topé con el portal de cementerio al llegar a la esquina misma de la calle Sarmiento. El impacto fue brusco, nutritivo. Por un instante, mi alma conmovida se dedicó a la contemplación de lo bello, casi increíblemente arrobado. De pronto un impulso frenético me impulsó a tomar una gran cantidad de fotografía. Tal vez intentaba capturar ese momento. Pero fue en vano. Conservo esas vistas, pero nada dicen de mi sentimiento intenso, profundo... inevitablemente fugaz. Nunca volveré a ver la imagen del ángel Vengador que preside la fachada del cementerio con el mismo sentimiento.
Valió la pena llegarnos hasta allí… dejó de importarme que ese monumento de más de 20 metros de altura requiriera un mantenimiento que las personas responsables de ello no le propinaron desde hace bastante tiempo.
Bastante satisfechos completamos el circuito. La entrada del Parque Domingo Faustino Sarmiento pone un marco de exaltado respeto de lo que uno puede encontrar si se interna en esos jardines que diseñó el propio Carlos Thays. El edificio del matadero municipal, con sus notables referencias casi escultóricas al oficio de los matarifes y al valor sin causa de los cuchilleros, ya no cumple la función para la que fue levantado, pero bien se puede usar para otros fines. Me han contado que lo utilizan los productores avícolas y que allí hubo un festival de cervezas artesanales hace algunas semanas. No pude verifica ninguna de las dos especies, pero una mano de pintura, a cargo de quienes usan el lugar, vendría bien para este edificio notable.
Las obras de Salamone no tienen un grado de deterioro que impida que con un poco de esfuerzo y constancia consigan que los veamos en todo su esplendor.
III ¿Qué es este delirio en el desierto?
Estos edificios públicos y construcciones en plazas y paseos situados en la ciudad de Azul son sólo una muestra de una obra extraordinaria compuestas por más de 65 intervenciones llevadas a cabo en el medio del desierto. Según cuentan los especialistas, el caso más extremo lo representa la ciudad de Saldungaray, en donde el pueblo mismo parece haber nacido de las obras que el gobierno de la Provincia encargó al ingeniero arquitecto Francisco Salamone a fines de la década de los años treinta del siglo pasado.
¿A quién se le ocurrió esta “locura”? ¿Cuál fue la finalidad perseguida? ¿Por qué tardamos tanto en valorar este conjunto? Muchas respuestas se encuentran en el ya mencionado artículo del arquitecto Alberto Petrina quien sostiene que los gobiernos de Justo (en la Nación) y Fresco (en la Provincia de Buenos Aires) utilizaron la obra pública con la finalidad de sentar el precedente simbólico de una idea de futuro para una Argentina moderna y jerárquicamente instituida.
Sin embargo, la adhesión del gobernador Manuel Fresco al pensamiento fascista, los escándalos de corrupción que rodearon a la administración del Presidente Agustín P. Justo y la práctica constante del fraude electoral que realizaron ambos propiciaron condiciones para que se negara valor a la obra pública monumental que se realizó en la Provincia de Buenos Aires durante esos años. Ninguna fuerza política emergente en La Argentina de los años cuarenta y cincuenta la asumió como antecedente de sus propuestas y realizaciones. Esta lógica del relato político relegó la obra de Salamone a la turbia oscuridad de la “Década Infame” (nombre que le diera José Luis Torres y se refiere, claro está, a la sucesión de hechos políticos escandalosos). (3) (4)
Comparto la idea de Alberto Petrina sobre la Década Infame. A la sombra de esos hechos condenables, se concibió La Argentina moderna y justa del siglo XX. Alberto habla del esplendor de las artes, sumo el de una expansión de las ideas políticas y literarias a la altura de la llamada Generación del Ochenta. Eduardo Mallea, Scalabrini Ortíz, Ezequiel Martínez Estrada, entre otros grandes pensadores que produjeron ensayos indispensables para pensar la nueva era que se vislumbraba. Entre ellos, claro está, debemos incluir al propio José Luis Torres.
Volviendo a las preguntas, mi insolvencia me impide abundar en consideraciones técnicas sobre la obra observada; pero quiero señalar, sólo a la manera de ensayo, que el ideal de levantar ciudades en el desierto es muy anterior a las pretensiones del gobernador Fresco y de sus ejecutores, Francisco Salomone y Alejandro Bustillo.
¿El desierto? Si transitamos hoy por las rutas que conducen a la ciudad de Azul (la nacionales 3 y 226 y las provinciales 51, 76 y 80), nos parece ver un vergel, un inmenso oasis que ocupa millones de hectáreas (en primavera, la pampa es un verde pañuelo). Sin embargo, un poco de imaginación puede conducirnos a ver el desierto allí. Efectivamente, cuando el gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas ordena levantar el fuerte San Serapio Mártir junto al Callvú Leovú (Arroyo Azul), sólo se podía ver allí el arroyo y el desierto parduzco.

Pocos años después, en las últimas páginas de Civilización i barbarie, Sarmiento sueña con que ese desierto se llenará de ciudades. Si vemos un mapa de la Provincia de Buenos Aires, veremos que se ha erigido, desde aquellos años lejanos al presente, una ciudad cada 50 kilómetros. Inconscientemente, la historia de Azul parece confirmar ese sueño y el otro, el de los hombres que nos dieron la independencia, de ver la integración de los indígenas a la Patria común.
A diferencia de Saldungaray, Azul, empezando a cumplir aquellos sueños, ya existía cuando Francisco Salamone llegó a ella con su enorme vocación constructora. La costanera del Azul, la Avenida Cipriano Catriel, conserva esa memoria de integración… y también la de algunos hechos culturales mucho más recientes que confirman un camino…
…pero se trata de otras historias que cuento aparte. 

Notas y referencias:
(1) 2011, Petrina. Alberto, “La estética de un orden. El marco político de la obra de Francisco Salamone en la Provincia de Buenos Aires (1936-1940), en París Bebito, Felicidad, Francisco Salamone en la Provincia de Buenos Aires: obra y patrimonio 1936-1940, Mar del Plata, Universidad Nacional de Mar del Plata, pag 67.
Para hacer justicia con el autor, transcribo el párrafo completo del epígrafe: “En primer lugar, claro está, debemos considerar esa perpetua y patológica tara nacional que nos lleva a ignorar lo propio en beneficio de estar perfecta (y muchas veces inútilmente) informados de lo ajeno. No es éste el espacio ni la oportunidad para extendernos sobre el asunto, pero no puede dejar de mencionarse, así como al pasar, que si Francia, Alemania o Estados Unidos dispusiesen de un conjunto de obras como el producido en apenas cuatro años por Salamone, hace décadas que habría explotado el tema ad nauseam y estarían enterados de ello hasta los esquimales y los papúas. Y si nos parece desproporcionado comparar nuestros limitados recursos académicos y propagandísticos con los de los países mencionados, hagámoslo con un caso más próximo, como el mexicano, ya que nos provee de ejemplos perfectamente equiparables: artistas como Luis Barragán o Frida Kahlo, relativamente desconocidos por el gran público en su momento, y dueños de una obra acotada e identificable por su estilo personalísimo, fueron convertidos gracias al interés del Estado (y a una muy inteligente operación de marketing cultural) en íconos de identidad nacional y éxito internacional.”
(2) 2011, París Bebito, Felicidad, Op. Cit.
(3) 2011, Petrina. Alberto, Cit., pp. 55-69.
(4) 1945, Torres, José Luis, La Década Infame, Buenos Aires, Editorial de Formación Patria.
(5) 1845, Sarmiento, domingo Faustino, Facundo, Civilización i Barbarie, Buenos Aires, Catálogos, Colección Otras Voces, 2005.


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