sábado, 8 de diciembre de 2018

12 de octubre (El Doce) sin lágrimas en la lluvia


13 de noviembre de 2017
 “He visto cosas que ustedes nunca hubieran podido imaginar… Todos esos momentos se perderán… en el  tiempo… igual que lágrimas… en la lluvia. Llegó la hora de morir.” (monólogo final del replicante en Blade Runner de Ridley Scott)
Pasaron seis años y decidimos con Haydée ir a 9 de Julio para visitar a mi tía Chocha. El programa familiar prometía días intensos y emocionantes tanto en esa gran ciudad de la Ruta Nacional 5 como en el fin de semana siguiente en el que iríamos ver a mi tía Mari y a mis primos en Olavarría. Antes de partir, sentí que una especie de vértigo me dominaba. Hay tantas historias vinculadas a mi vida allí en esos lugares y tantas cosas que quiero hacer en este viaje para seguir contándolas. Porque esas historias y seguir contándolas me constituyen como persona.
 
 Las imágenes pertenecen al autor
Tía Chocha llenó la tarde de nuestro arribo con besucones a repetición y palabras… muchas palabras que, en parte, se guardó durante tanto tiempo. Ella abre la boca y habla. Lo hace siempre en el momento oportuno, a veces para comunicar algo, a veces para desatar un nudo y a veces por sólo estar hablando. Recuerdos de familia a veces amables, otras penosos, siempre entrañables. Sí, era lo que quería encontrar.
Idas y vueltas por la ciudad, momentos ajetreados que incluyeron un lechón que mi primo Julio Arizcurre se hizo traer desde Carlos María Naón para agasajarnos. Lo puso con delicado afecto sobre la mesa familiar, en la que los relatos familiares siguieron circulando.
Finalmente, en la tarde del lunes pudimos disponer de un tiempo. De modo que Chocha, Haydée y yo decidimos ir hasta 12 de Octubre y nos pusimos en marcha. ¡Qué estallido de emoción! Volver a ese rincón entrañable de mi infancia después de muchos años, más de treinta.
Andábamos el camino de casi diez kilómetros, aún sin pavimentar, que une El Doce con la provincial 65. Mi tía no paraba de indicarme quien era el propietario de cada campo por el que pasábamos. ¡Cuántos años hace que ella no vive allí y, sin embargo… y sin embargo, parece que jamás se ha ido! Veinticinco kilómetros desde El Nueve ¿es mucho o es poco? Vaya uno a saber… Según se vea, puede ser ahí nomás o la otra orilla de un océano inconmensurable...
Haydée está agotada de escuchar los relatos que repito una y otra vez sobre mis vacaciones en la infancia; sobre el pueblo, el campo, la casa de mis abuelos. La visión de esas noches estrelladas, primitivas, y la protección de la luz del farol a querosene que iluminaba la mesa familiar y del calor de la cocina económica en la que mi abuela preparaba los alimentos… La galleta de piso sopando huevos fritos en tocino, la manteca casera deslizándose sin temor sobre esos panes de campo, los chorizos secos que mi abuela preparaba en las carneadas de los inviernos crudos para comerlos todo el año…
Ahora por fin volvía a ver el pueblo. La estación ferroviaria de inconfundible estilo inglés, acompañada por dos grandes avenidas de tierra en paralelo con las vías.
¿Es inútil describirlo? Se parecen tanto entre sí esos pueblos que se describe uno y se describen todos… o no se describe nada porque, ¿cómo describir un recuerdo de más de cincuenta años relacionado con las paredes desnudas del viejo almacén de ramos generales o de la panadería?
Esos edificios de estilo italiano con más de cien años, exhibiendo fachadas de ladrillos a la vista tan típicas de los pueblos bonaerenses. Pienso si el ladrillo a la vista era una decisión intencional o el resultado de poner en uso los edificios sin revocarlos y, después Dios dirá cuando... Estilo italiano digo e imagino que no era una decisión de diseño de los futuros propietarios, sino lo que sabían hacer los albañiles de entonces. Del mismo modo que los constructores de 1960 dotaron de “modernidad” la fachada de la confitería nueva que también ha envejecido.
Damos una vuelta rápida por el pueblo mientras pienso que una mano de pintura devolvería el esplendor a la confitería… o será que son mis recuerdos los que necesitan esa pintura.
Atravesamos el pueblo polvoriento sin detenernos porque primero queríamos ir hasta el campo, la pequeña chacra que fuera de mis abuelos. Está como a un kilómetro y medio de la estación, donde el tejido urbano se ha terminado ya desde hace rato.
Llegamos… Entramos sin golpear… Allí estaba la casa. Mi mente insistió con la idea fija, un poco de pintura no vendría nada mal. La reconstrucción del cerco que la separaba de los campos sembrados y del gran patio con pinos, eucaliptus y frutales por donde discurrían sus vidas indolentes las gallinas, los perros y las alimañas ayudaría bastante a mantenerla más linda, es decir, más cercana a mis recuerdos.
El nuevo dueño, un viejo conocido tía Chocha y el nieto del chacarero vecino, ambos nacidos y criados en El Doce, estaban trabajando y nos atendieron con amable disposición y charla evocativa del pasado en común.
Todo parece estar igual; pero está distinto. Hice un esfuerzo por ver qué había y qué faltaba. Señalé un rincón y le dije a Haydée: “Allí había un nogal enorme. Debajo de su sombra disfrutábamos de los almuerzos veraniegos, cuando el sol calentaba demasiado el interior de la casa y afuera no había demasiadas moscas”. Nuestros interlocutores confirmaron que lo tiró una gran tormenta hace ya como 10 años, igual que otros árboles que faltaban (un pino, una higuera y alguno más).
Recorrí con la mirada las instalaciones: el galpón con el portón removido, el molino de viento derruido por falta de uso, el tanque australiano y el bebedero de animales desmantelados por la misma razón. Las moscas molestaban mientras hollábamos la maleza que rodeaba la casa. La tarde calurosa se había puesto húmeda y un sentimiento contradictorio me embargaba.
De pronto fijé la vista, sí, allí estaba la chata de tío Pichón. Una simple y rústica estructura plana, un bastidor de troncos y maderas cubierto de chapas de zinc que estaba montada sobre dos ejes con cuatro ruedas enormes. La estructura rematada en unas varas para uncir el caballo. Sí, era la vieja chata y, a cierta distancia, se la veía intacta… por las dudas, no quise acercarme más.
De los eucaliptus de la entrada, sólo quedaba uno. Salimos del predio casi en silencio. Llevaba yo el corazón estrujado, no por la nostalgia, sino por la emoción de haber recorrido esos caminos del recuerdo y haber pisado por unos momentos esa tierra dura y real.
Todo parece estar distinto; pero está igual. El ambiente cálido, húmedo, polvoriento… y las moscas… ¡Cuánto le costaba a mi abuela tenerlas a raya en el interior de la casa! La casa, el molino, el galpón y la chata. ¡Cuánto tiene que cambiar una casa y sus jardines como para que no podamos reconocer nada en ellos!
De regreso recorrimos con alguna morosidad el pueblo. Nos detuvimos a tomar mate con los antiguos dueños del almacén, retirados hace ya una punta de años. Entre mate y mate contaron cosas e historias del pueblo y de la vida en él, contamos las nuestras y seguimos la recorrida.
Del otro lado de las vías, se erige el monumento a la madre. Un supermercado que, en los últimos veinticinco años reemplazó al viejo almacén. La alameda de tres cuadras que se despliega, sin álamos, claro está, perpendicular a la vía a la altura de la estación. La escuela, la cancha de fútbol, la iglesia y algunas manzanas con casas más o menos mantenidas.
En mis recuerdos todo era pulcro, ahora lo veo algo desconchado y polvoriento… y sin embargo, esas calles siempre fueron de tierra, incluso de barro, según los humores del tiempo… y las moscas estuvieron siempre allí y las casas siempre estuvieron pintadas y despintadas según las ocasiones vitales de quienes las habitaban.
¿Qué era lo que me faltaba? Nada. La distancia entre el ideal forjado por años en la memoria se había hecho añicos contra la realidad; pero nada doloroso resultaba de ello, nada lastimaba. Es que pensándolo bien esa distancia que imaginé abismal era, en realidad, muy corta… así me lo enseñaron las moscas. Un sentimiento de plenitud me envolvió. Así fue siempre 12 de Octubre nunca estuvo más vivo, ni tampoco lo contrario... se parecían demasiado a lo que estaba viendo y viviendo.
Ahora vendrán años en los que podré seguir malversando recuerdos sin temor a que algo cambie demasiado. Estos recuerdos que me constituyen están uncidos a la realidad como fieles yeguas de tiro.
Tal vez, cuando esté a punto de morir sienta, como el famoso replicante de Blade Runner, que ellos, los recuerdos digo, se perderán inevitablemente como lágrimas en la lluvia… porque yo mismo me estaré perdiendo como cenizas desparramadas por la tierra.
He aprendido del Eclesiastés muchas cosas sobre la vanidad humana. Por eso sé que es vano pretender que estas líneas conserven algo de lo que sentí en ese momento. Pero, si al final de cuentas pude aprender eso porque alguien lo dejó escrito.
Sé muy bien que en esa tarde mágica de noviembre El Doce fue el signo perfecto de lo eterno.

5 comentarios:

  1. Gracias Mario por transmitir tus sentimientos de esta forma, solo los que hemos vivido en nuestra infancia y juventud esos momentos, podremos comprender lo que se siente al volver al lugar despues de tantos años.

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    1. Gracias, opinante desconocido, por sus comentarios.

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    2. No hay error cuando se habla desde lo más profundo del ser.

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    3. Gracias, querido primo, por tus comentarios y por los momentos de felicidad compartidos en el Doce... y también en Dudignac.

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