viernes, 13 de noviembre de 2015

Mi receta de Humita en chala y doña Petrona

Con este artículo completo las publicaciones sobre el viaje que hicimos con Haydée en octubre de 2014 al Valle Calchaquí. Elegí esta receta por varias cuestiones: está llena de sabiduría y perfección, la practico a menudo y está inspirada en doña Petrona, célebre cocinera nacional oriunda de Santiago del Estero.
¿Soy amante de la cocina tradicional? Sí, pero sólo en el caso en que entandamos por tradición un conjunto de valores que están construidos en tiempo humano en el pasado y el presente y, por ende, podrán ser modificados por un futuro igualmente humano. ¿Qué quiero decir? Un ejemplo quizás lo aclare. La evolución que supone el reemplazo de la grasa de cerdo por la manteca de leche y de ésta por el aceite de oliva es parte de una tradición plausible, si se aplica a ideas gastronómicas propias. Practicar viejas recetas con estas adaptaciones representan para mí lo más vital de una tradición.

En el caso de las humitas, tenemos una peculiaridad. Se trata de una receta que ha evolucionado muy poco con los años, años que, tal vez debamos medir en siglos, e incluso en milenios. Esto la hace un plato único. Además, una vez que se aprende a armar los paquetitos (no es difícil, ni lleva demasiado tiempo), tienen una presentación digna del más sofisticado refinamiento. 
Pero, doña Petrona ¿qué tiene que ver con todo esto?    
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He debatido, en varios artículos, sobre el alcance del concepto de cocina criolla que ensayan Juan Carlos Martelli y Beatriz Spinosa. El debate, a diferencia de la polémica, no busca escándalo y griterío sin resolución, sino, el diálogo y el intercambio de ideas. El libro de Martelli y Spinosa es indispensable para introducirse en el tema y ha iluminado muchas de posiciones conceptuales que sostengo(1). Afortunadamente, para los interesados en el tema, ha sido reeditado recientemente.   
Una de las ideas que no comparto con los autores es la de que las ecónomas mediáticas de los años cuarenta a sesenta del siglo XX, elusiva alusión a doña Petrona Carrizo de Gandulfo, no deben incluirse en la cocina criolla por tratarse de una cocina burguesa e impostada. No sé qué tan burguesa fuera mi abuela que seguía las propuestas de la doña en su cocina a leña en una chacra a 30 km de la ciudad de 9 de Julio, que siendo tan española, amasaba tallarines siguiéndola en su libro.
Por mucho tiempo me vengo dedicando a recuperar varias de sus recetas tradicionales publicadas en su libro (ese libro que, en La Argentina se vendió tanto como La Biblia y el Martín Fierro). Su condición de santiagueña, presumo, le ha dado una particular sensibilidad para la cocina regional del noroeste argentino. Esta búsqueda me permitió celebrar la invención de un plato único que confirma mi idea de la tradición: los canelones de humita(2).
En este artículo, reproduzco mi receta de humita en chala, basada en la receta de doña Petrona, mejor dicho, dialogada con la receta de doña Petrona.    
Humita en chala 
Fuente (fecha)
Basada en la receta de Petrona Carrizo de Gandulfo(3)
Ingredientes
6 choclos.
Manteca.
Aceite de oliva.
1 cebolla mediana.
1 tomate maduro.
1 ají morrón colorado de tamaño mediano.
1 diente de ajo.
Sal.
Ají molido.
Pimentón dulce de Payogasta.
1 cucharadita de azúcar.
Harina c/n (opcional).
Leche c/n o pan mojado en leche (opcional).  
Preparación
1.- Preparar las chalas: hacerles un corte con un cuchillo alrededor del tronco del choclo (un poco más arriba del cabo), separar la chala lo más entera posible, lavarla y dejarla escurrir. Reservar.
2.- Limpiar los choclos, sacándoles bien las barbas.
3.- Rallar los choclos con un rallador grueso y raspar después el marlo con el canto del cuchillo para sacarle todo lo que pueda haber quedado.
4.- Picar la cebolla y el ají en brunoise, cortar el tomate en concasé (sin piel, pero conservando las semillas) y el ajo en forma grosera.
5.- Rehogar la cebolla y el ajo en el aceite y la manteca, salar moderadamente.
6.- Cuando la cebolla, agregar el morrón.
7.- Cuando el morrón está blando, agregar el tomate y dejar cocinar hasta que se deshace en el sofrito. Condimentar con ají molido y pimentón.
8.- Agregar el choclo rallado, corregir condimentos, agregar la cucharadita de azúcar y cocinar a fuego lento y removiendo constantemente hasta que todo esté bien cocido. Retirar del fuego y dejar enfriar (si se puede conservar poco más de uno hora en la heladera, mejor).
9.- Colocar las chalas en cruz sobre la mesada, poner abundante relleno y cerrar las puntas sobre el centro (primero las chalas que están debajo, luego las que están en contacto con el relleno). Atar los paquetitos con un piolín.
10.- Cocinar los paquetitos en caldo de verduras hirviendo por 20 minutos (si se los saca de la heladera, después de una hora de reposo, mejor).
11.- Quitar los paquetitos del caldo y dejar que escurran el exceso de líquido.
12.- Servir antes de que se enfríen.            
Ajustes personales
1.- Cambié la cantidad de ingredientes (ver comentarios).
2.- Omito las pasas de uva.
3.- Uso choclos tiernos en lugar de los “bien granados y algo duros” que propone doña Petrona.
4.- Agregué el diente de ajo, el pimentón y el ají molido.
5.- Le dejo las semillas al tomate por gusto personal. Salvo para el caso en que el tomate deba presentarse crudo (v. g., en bruschetas), lo hago siempre porque las semillas tienen mucho sabor y la cocción permite que se puedan digerir con facilidad.
Comentarios
1.- Los ingredientes de doña Petrona son:
“2 docenas de choclos, 100 grs. de manteca, 4 cucharadas de aceite, 1 cebolla, 2 tomates, 1 ají, 100 grs. de pasas de uva, sal, pimienta, 1 cucharada de azúcar.
”VARIOS: Caldo o agua con sal y verduras.”
2.- Doña Petrona ata los paquetitos con cintas hechas con la misma chala (en quechua se le llama wata, huata o huatana que quiere decir atadura).
3.- Recomendaciones adicionales de doña Petrona: “Si los choclos son muy duros se cuecen las humitas durante unos treinta minutos, y si no, con veinte es suficiente, si los mismos fueran muy duros y al rallarlos quedara la  preparación muy seca, se le agrega media taza de leche. Si gustan dulces las humitas, se les agregará un poco más de azúcar; de lo contrario se le suprime toda. También se pueden agregar dos yemas y zapallo rallado.” 
4.- En el armado de los paquetitos, aumenté el ancho disponible, usando dos hojas de chala en cada sentido. Para que quede prolijo, es necesario solapar una hoja sobre la otra.  
5.- Como usé choclos frescos, la cocción de la humita fue muy rápida, tanto para el relleno, como en la cocción en el caldo. No fue necesario que usara licuantes (leche) o espesantes (pan mojado en leche o harina).
6.- Otras recetas que he consultado llevan zapallo de modo invariable. El rehogado, en las recetas más tradicionales, se hace con grasa.

Notas y bibliografía:
(1) 1991, Martelli, Juan Carlos y Spinosa, Beatriz, El libro de la cocina criolla, Buenos Aires, Edicol, pag. 17.

(2) 1934, Gandulfo, Petrona C. de, El libro de doña Petrona, Buenos Aires, 1942, edición 13°, pag. 109.
(3) 1934, Gandulfo, Petrona C. de, Ídem, pag. 279.



Pastel de choclos de Elsa

¿Qué tiene de extraordinario esta receta? Lamento decir que sólo aquello que no se puede comunicar con palabras: la amorosa dedicación con que Elsa lo preparó para llevarlo, en una noche memorable, a la mesa en su casa en la ciudad de Salta. 
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La receta es una de las más tradicionales de la cocina de la Argentina profunda. No recuerdo haberla comido nunca en Buenos Aires, pero está en todos los recetarios tradicionales de mi biblioteca(1). En ellos se lo expone en tres formas básicas: pastelitos de choclo con masa (interesante la receta con masa de hojaldre que nos pone Marta en su libro(2)); rellenos con picadillo de carne (paradigmática la de doña Petrona(3)) y gratinados sin relleno, como este pastel de Elsa.
Elsa y Daniel, su marido, son tucumanos, pero viven en Salta desde hace muchos años. Estábamos con Haydée paladeando este manjar y Daniel, alabando el plato que su mujer llevó a la mesa, aseguró que estábamos frente a la versión tucumana porque estaba hecha con choclos amarillos, en tanto que los salteños usan choclos blancos para preparar este pastel.
Las palabras de Daniel incitaron una búsqueda prolija. De regreso en Buenos Aires, me sumergí en las páginas de El arte de cocinar, un recetario con compré en San Miguel de Tucumán en octubre de 2014. Se presume que este libro fue publicado, en su edición original, alrededor de 1920 y que es primer recetario publicado en el noroeste argentino. Compré la “6º edición (reimpresión)” realizada por la edunt (editorial de la Universidad Nacional de Tucumán). Aparenta ser una prolija reedición de aquel libro y lo es, salvo por un detalle crucial, no se puede identificar el año de la impresión que se tomó como modelo. El volumen incluye los prólogos de la primera y la cuarta edición, pero no indica las fechas en que ambas se dieron a la estampa. Confunde también que el volumen afirme ser a la vez la 6ª edición y reimpresión. Este tipo de libros no se mantienen inmutables, cambian, se enriquecen a través de los años, es por ello que este dato faltante no es menor y llamativo en una prestigiosa editorial universitaria.
De todas formas, voy a pasar revista de las recetas que allí se exponen y que a mi juicio tienen interés para valorar el clima cultural en el que Elsa aprendió a preparar este plato. Encontramos recetas con choclo en dos capítulos deferentes. En el “Capítulo XII Budines” y precisamente lleva el nombre de “Budín de choclos”. A su vez, en el “Capítulo XVII Granos y pastas” hay varias recetas don choclo entre las que se destacan, además de las humitas y los panqueques y canelones, los Pastelitos de choclo, Pastel de choclo con carne, pastel de Choclo, Pastel de choclo con pollo y Pastel de choclos delicioso.(4)
En el primer caso (Budín), se cocinan los choclos sobre la hornalla y se termina en un molde con un horneado en bañomaría. Los pastelitos de choclo son terminado en paquetitos de chala en el horno con lo que bien se pueden considerar una variante de la humita. En los pasteles con carne y pollo, el plato se termina al horno con una técnica parecida al Pastel de papa. En estos, se reemplaza el puré que envuelve el relleno con la preparación hecha con choclos rallados. El Pastel de choclo a secas, es el más parecido al de Elsa, a diferencia del budín se termina en el horno sin recurrir al bañomaría. Todas las recetas terminan siendo entre dulces y dulzonas porque incluyen, además del choclo, un poco de azúcar (siempre recomiendan el producto de los ingenios tucumanos). Esta característica es llevada al extremo en el Pastel de choclo delicioso que lleva duraznos frescos y se preparas siguiendo la técnica de la Tarta tatin.   
Los invito a disfrutar de este plato que no es tan dulce porque Elsa no le agrega azúcar y lo gratina con queso.               
Pastel de choclos
Fuente (fecha)
Elsa Arenas (2015)(5)
Ingredientes
8 choclos amarillos.
1 cebolla.
1 morrón colorado grande.
Leche c/n.
150 g de queso quartirolo.
Sal.
2 huevos.
Pimentón.
Albahaca.
Preparación
1.- Rallar los choclos.
2.- Cortar la cebolla y el morrón en brunoise.
3.- Rehogar la cebolla y el morrón en una olla.
4.- Agregar los choclos y la leche (debe quedar una preparación espesa).
5.- Cocinar por 15 minutos, removiendo con una cuchara de madera.
6.- Agregar el queso.
7.- Condimentar con sal, pimentón y albahaca picada.
8.- Retirar del fuego y agregar los huevos ligeramente batidos. Mezclar bien.
9.- Espolvorear una fuente para horno con pan rallado. Colocar la preparación de choclo encima y llevar a un horno en temperatura mediana.
10.- Cuando está dorado, está listo para servir. Acompañar con vino malbec.     
Comentarios
Elsa propone usar queso de cabra como alternativa al quartirolo.
Aún recuerdo el sabor increíble que tenía el pastel de Elsa  Arenas.

Notas y bibliografía:
(1) Hay una receta  que envía Natalia R. de Dorado desde Cochabamba denominada  Pastel de choclo a la sucrense que Juan Manuela Gorriti publica en 1890, Gorriti, Juana Manuela, Cocina ecléctica, Buenos Aires, Félix Lajouane Editor (Librairie Générale), 1890. leído en  http://www.biblioteca.clarin.com/pbda/miscelanea/cocina_eclectica/cocina_00indice.htm, el 4 de noviembre de 2011
(2) 1914, Cocina tradicional argentina por Marta, Buenos Aires, Distal, nueva edición de La cocinera criolla, facsímil de una edición más moderna (no indica fecha), 2010, pag. 34.
(3) 1934, Gandulfo, Petrona C. de, El libro de doña Petrona, Buenos Aires, 1940, edición 11°, pag. 282.
(4) 1920, Congregación de Hijas de María y Santa Filomena de Tucumán, El arte de cocinar, San Miguel de Tucumán, Universidad Nacional de Tucumán, 2011, 6º edición (reimpresión), pp. 207-208, 277-281.
(5) 2015, Arenas, Elsa a Aiscurri, Mario, correo-e del 24 de julio.



jueves, 12 de noviembre de 2015

SAN JUAN

Por Willy Cersósimo
Noviembre de 2015
Con los ojos llorosos y los pies en el muelle de un puerto de Italia, la familia despedía a uno de sus hijos en su partida hacia el nuevo mundo, a donde venía a hacer la América.
 
Las imágenes pertenecen al autor

El “pequeño vigía lombardo” se afincó en California, allí probó suerte pero las cosas no resultaron ser tan buenas como le habían prometido, llegó a sus oídos la noticia que en otro país, también americano, el presente y el futuro eran mucho más promisorios que en el lugar donde estaba. Hacia allí partió, rumbo al “fin del mundo”, paso un breve tiempo en suelo chileno hasta que se animó a cruzar la codillera y llegó por fin a la tierra del sol, la provincia de San Juan, era el año 1862 cuando José Graffigna se estableció en la zona de Concepción, no sólo traía consigo una gran experiencia vitivinícola ganada en su país natal, sino también excelentes variedades de uvas europeas que incorporó a nuestros suelos. Tres años más tarde, al ver que todo resultaba como se lo habían contado, le pidió a su hermano Juan que viniera a trabajar con él. Trabajaron juntos hasta que Juan Graffigna decide independizarse y se separa comprando tierras en la zona de Desamparados, las mismas tenían las características ideales para el cultivo de la vid y además, continuando con la tradición familiar, comenzó modestamente con las actividades de la bodega. Su situación mejora notablemente, su emprendimiento se expande y prospera más allá de de lo que se había imaginado, pero la felicidad no era completa, a pesar de su bonanza económica el hecho de no tener hijos lo preocupaba enormemente. Sentía que tanto trabajo y esfuerzo carecían de sentido al no tener una descendencia que pudiera continuar su sueño. Es entonces cuando decide hacer lo mismo que su hermano años antes, le solicitó a su otro hermano, Luis, que permanecía en la lejana Italia, que le envíe a su hijo mayor para que lo ayude. Es así como Santiago, su sobrino, seducido por la descripción de estas tierras, decidió embarcarse en busca de un porvenir mejor, llega con tan sólo 12 años de edad y una lira en el bolsillo para acortar la distancia entre el puerto de Buenos Aires y la casa de su tío Juan.
Santiago comenzó las actividades en la pequeña bodega familiar en 1870 dándole un giro copernicano y pese a su corta edad logró que esta despegue definitivamente hacia el destino de grandeza que la historia le tenía reservado, el de ser la bodega más antigua de San Juan, la segunda con más trayectoria a nivel nacional y una de las más emblemáticas de la Argentina.
Antes de que aparecieran las bodegas, San Juan se dedicaba al pastoreo, a la crianza de animales y a intercambiar ganado con Chile. Ese era el principal movimiento económico. Pero fue en el siglo XIX que se empezó a ver que el clima era el indicado para darle trascendencia a la vid y empezaron a construirse las primeras bodegas, que le dieron a San Juan una fisonomía distinta, siendo este el inicio de la vitivinicultura.
Estos hombres, pioneros de la industria, fueron claves para el desarrollo de la provincia. Había tantos viñedos, que hubo un momento en que llegaron a producirse 1.000 millones de kilos de uva. Por supuesto que la tecnología de ese momento no poseía los adelantos de la actual, por eso es que todas las bodegas tenían su destilería a las que destinaban el vino que no se encontraba en óptimas condiciones y lo convertían en bebidas espirituosas.
Alrededor de los años ‘40, la industria vitivinícola en la provincia era tan importante que San Juan ya estaba señalada como la segunda productora de uvas y vinos en el país, detrás de Mendoza. En Argentina por entonces se consumía 90 litros de vinos per cápita y por eso es que un viñatero con cinco hectáreas podía tener capataz, encargado de finca y andaba en auto último modelo.
Sin embargo, la industria luego atravesó distintos problemas además del cambio que sufrió el gusto del consumidor. A consecuencia de ello al vino le aparecieron competidores como la cerveza y las gaseosas lo que llevó a que bajara drásticamente el consumo per cápita. Esto provoco que los viñateros chicos le dieran paso a grandes diferimientos lo que derivó en la reconversión vitivinícola, cambiando las vides comunes por las de varietales. De unas 350 bodegas que llegó a haber en la provincia, en la actualidad solicitan permiso de elaboración alrededor de unas 150.
Esta evolución de la vitivinicultura sanjuanina es sin ningún lugar a dudas la evolución que en paralelo observo Bodegas Graffigna. 
Luego de unos de años de trabajo y de comprobar que la bodega prosperaba al mismo ritmo que antes de su llegada o a uno aun mayor, Santiago le pidió al resto de la familia que vinieran a América y es así como llegaron para trabajar juntos, sus padres y sus hermanos. La familia trabajó varios años en la propiedad que le habían arrendado a su tío Juan en lo que ahora es Bodegas Graffigna. La familia empezó a agrandarse cuando Santiago se unió en matrimonio con Doña Catalina Del Bono, con la cual tuvo 12 hijos, y en ese mismo año su padre, Luis, decidió volver a su Italia natal.
La empresa continuaba creciendo, entonces Santiago decidió llamar a su hermano Emilio de 16 años que seguía viviendo en Italia para sumarlo al emprendimiento familiar. Luego con el correr de los años se asociarían creando la “Sociedad Santiago Graffigna”.
En la bodega se producía vinos blancos y tintos de cepas originarias de Francia, genéricos de alta calidad, los cuales se vendían en cascos. También aparecieron los primeros “generosos”, el oporto “Don Santiago” fue uno de ellos.
La llegada del “caballo de hierro” a la ciudad de San Juan, el 12 de abril de 1885, trajo montado sobre sus rieles al progreso. Para Santiago significó que las ventas de su bodega se multiplicaran por diez. Ante este abrupto cambio se adquirieron modernas máquinas y se adoptaron nuevas técnicas de elaboración lo que le permitió producir vinos de mayor calidad. Debido a la gran demanda de los vinos, en 1896 se registró la marca "Colón" y se intensificó el comercio de vinos con Buenos Aires y otras regiones del país. Se inauguró el primer galpón importante de la actual bodega, que para el cambio de siglo estaba construida casi en su totalidad. El nombre “Colón” se adopto a modo de homenaje al barco del mismo nombre que lo trajo a la Argentina. Aquellos inmigrantes italianos sabían bien que la fortuna no es ciega y distingue muy bien a los holgazanes de los trabajadores y ellos siempre eligieron trabajar, ese ímpetu fue lo que llevó a Don Santiago Graffigna a reinvertir sus ganancias hasta triplicar la extensión sus tierras.
Desde un principio Santiago Graffigna junto con su bodega ocupó un lugar destacado en la viticultura nacional. Desde sus comienzos, la primera bodega de San Juan se ha caracterizado por ser una bodega innovadora y pionera. Don Santiago fue responsable del lanzamiento de la primera marca de vinos de la Argentina, de la extensión del ferrocarril hasta la provincia de San Juan, del sistema de elaboración por gravedad, de la venta del primer vino embotellado, y hasta de la primera transmisión de radio fuera de Buenos Aires, a través de “la radio del Vino”. Todos hitos que muestran el espíritu emprendedor del fundador de Bodega Graffigna. Fue tan visionario que para ordenar la empresa que quedaría en manos de tantos hijos conformó la primera Sociedad Anónima de Cuyo.
En 1913 su hijo Juan A. Graffigna, regresó de Italia con el título de enotécnico obtenido en la Escuela de Alba en Milán, asumió la dirección técnica del establecimiento y produjo cambios sustanciales en los métodos enológicos y en las técnicas de elaboración, introdujo en la Argentina el uso del frío en la vinificación, instalando los primeros compresores, como también el uso del anhídrido sulfuroso líquido y dosable, trayéndolo en tubos desde Alemania, lo que le permitió obtener nuevos tipos de vino. Juan, fue uno de los que más impulso le dio a la bodega, por entonces Colón, pero lamentablemente falleció a los 33 años quedando como sucesor su hermano Alberto.
Los otros hijos continuaron juntos casi hasta el momento de la venta, al grupo “Allied Domecq”, el 11 de enero de 1980, salvo un par de ellos que se retiraron antes en el año 1962.
En 1921, se plantaron nuevos viñedos seleccionados tanto en Ullum como en Pocito, en 1922 se comenzó la construcción de la Bodega “Rinconada”, para la elaboración del vino tipo licorista que se utiliza como base para la producción del vermouth, especialmente para la empresa Cinzano.
Entre otras singularidades, Santiago Graffigna poseía una cuba de 200.000 litros de capacidad que hizo construir en Francia y era la de mayor tamaño de Sudamérica.
La Bodega “Rinconada”, proyectada por Juan Graffigna, fue una obra modelo en su género. Llamada familiarmente "Don Juancito", la bodega constaba con un edificio de tres pisos con piletas, que permitía realizar las tareas enológicas por el uso simple de la fuerza de gravedad, disponía de tonelería, usina termoeléctrica, talleres y desvío ferroviario que permitía el ingreso de los vagones de transporte hasta la misma bodega y era considerada la más moderna del mundo en su momento. Ese mismo año se trajeron vides americanas resistentes a la filoxera y se efectuaron los primeros ensayos de injertos. Todo esto los convirtió en los primeros pioneros de la región.
Santiago Graffigna vuelve a su Italia natal a visitar a su familia y tal vez inconscientemente porque sabía que su fin estaba cerca, la muerte lo sorprendió el 4 de diciembre de 1923, cerro sus ojos atesorando la imagen de su querida Italia, pero su última voluntad era que sus restos descansaran en su segunda patria, su amada San Juan, donde una gran multitud despidió sus restos. La firma perdía a su fundador, pero seguía con sus proyectos.
En 1925 se inició la plantación de la colección ampelográfica más completa del país. Con el afán de mejorar los vinos de la bodega, se cultivaron más de 800 variedades de uvas importadas de diversos países de Europa, para estudiarlas y observar cuáles eran las mejores para cultivar por su adaptación al terroir.
En 1926 se inició con la actividad de radiodifusión, instalándose la primera broadcasting del interior de la república, en 1930 funcionó por primera vez en forma oficial, en 1942 se construyó una nueva planta transmisora con un nuevo mástil irradiante de 216 m. de altura, por ese entonces, el más alto de América del sur. Así, en los albores de la radiofonía, Graffigna ofrecía al pueblo audiciones literarias y musicales desinteresadas, contribuyendo a la expansión del arte, la cultura y difusión de doctrinas intelectuales y religiosas. Asimismo, cumplió la función de defender la reputación del vino frente a las campañas de difamación del mismo.
En 1927 se inició, en escala reducida, el embotellamiento de los vinos en San Juan, siendo una de las primeras bodegas del país en hacerlo. Se comenzó con equipos rudimentarios, semiautomáticos pero con el tiempo se fueron perfeccionando las técnicas, y pocos años más tarde, la bodega contaba con un equipo fraccionador que rendía tres mil botellas por hora, facilitando la comercialización y la distribución de los productos en todo el país.
Para la década del 30, la línea Colon ofrecía el blanco "Ullum Seco" y el "Tinto Francés" y la línea "Santiago Graffigna" de vinos comunes, entre otros. Entre los numerosos productos y marcas que abastecían se encontraba el afamado Jerez "Tío Paco" y el Oporto "Cordero".
El 15 de enero de 1944, la naturaleza, que tanto ayudó año tras año a la Bodega Graffigna obsequiándole unas abundantes vendimias para producir sus espectaculares vinos, quiso en una sola noche cobrase todo brindado, un violento terremoto de 7,4 grados de la escala de Richter, (que mide energía liberada) produjo la destrucción de casi el 80 % de la ciudad de San Juan, las bodegas "Colón" y "Las Lomas" fueron destruidas parcialmente, las mediante un trabajoso plan de reconstrucción y modernización fueron puestas en funcionamiento nuevamente, la familia Graffigna salió adelante una vez más gracias al trabajo y la dedicación.
Sin embargo, lejos de sustentar su presente en el legado de los pioneros, la bodega en los últimos años continuó por el camino de la innovación y siguió marcando tendencias. Actualmente incorporaron una selectora óptica de uvas, que separa los granos permitiendo lograr un altísimo grado de eficiencia, ya que con un sistema de cámaras permite detectar las uvas que son de alta calidad de aquellas que presentan defectos y asegurar que a la fase de fermentación vayan solamente los mejores granos.
La Bodega Graffigna se asoció a Riedel, la gran casa de cristalería reconocida a nivel global, para desarrollar en conjunto la primera copa diseñada especialmente para apreciar las cualidades organolépticas de nuestra cepa insignia, el Malbec Argentino. Se testearon distintos tipos de copas, tanto en la Argentina como en Estados Unidos, y la elegida que puede ser utilizada por cualquier empresa ya que pasó a formar parte del abanico de opciones para degustar distintos varietales que tiene la cristalería Riedel. Graffigna con esta iniciativa ingresa al grupo de bodegas que tratan de construir una imagen fuerte del Malbec, tanto para el mercado interno como para el externo.
En el año 1980 la familia Graffigna decide vender la bodega al grupo “Allied Domecq” que luego la puso en manos, por medio de una operación de venta, del grupo francés “Pernod-Ricard”. En el año 2003, en homenaje al gran pionero Santiago Graffignia, decidieron armar un museo el cual recibe ni más ni menos que 18.000 visitantes por año. Se trata de un espacio pensado para descubrir una parte fundamental de la historia de la vitivinicultura argentina y que fue declarado de Interés Cultural por la Secretaría de Turismo y Cultura de San Juan, de Interés Turístico Nacional por la Secretaria de Turismo de la Nación y, además, fue reconocido por la UNESCO como ejemplo de Turismo Cultural Sostenible. El Museo “Santiago Graffigna” es uno de los museos más representativos de la vitivinicultura nacional con un establecimiento de 1.200 m2 cubiertos y que suma otros 1.000 m2 en áreas exteriores. Está compuesto por la zona de cavas, un patio de cubas, las zonas de oficina -donde funcionaba la primera radio -, así como un pequeño viñedo experimental donde se puede conocer las características de las cepas y los procesos de poda y cosecha. Es un museo emotivo, dedicado a la figura de Don Santiago, al ingresar se pueden ver elementos que para él eran sumamente importantes: la familia y el trabajo, ya que fue una personalidad que tuvo un peso muy importante, no sólo entre los Graffigna, sino para la sociedad de sanjuanina en su conjunto, al dedicarle toda su vida a la vitivinicultura. La familia donó algunos elementos clave, como el archivo fotográfico, la trochita, uno de los camiones, entre otras muchas cosas.
El porfolio de productos que en la actualidad elabora Bodega Graffigna está compuesto por una línea base denominada Centenario, de calidad reserva. Es decir que registra, como mínimo, un año de crianza en bodega para los tintos y de 6 meses para los blancos. Dicha línea está conformada por cinco variedades para el mercado doméstico: Malbec, Cabernet Sauvignon, Shiraz, Pinot Gris y Chardonnay, los cuales son elaborados a partir de viñedos ubicados en Pedernal, a 1.400 metros por sobre el nivel del mar, en el Valle del Zonda y Calingasta a 1.000 metros por sobre el nivel del mar.
La línea Gran Reserva, en tanto, está conformada por un Malbec y un Cabernet Sauvignon y es producida con uvas exclusivamente procedentes de Pedernal, al sudoeste de San Juan, una región que ofrece un clima con una gran amplitud térmica, poca cantidad de agua de lluvia, un suelo singular y poca humedad ambiente lo que le dan a la uva un sabor y aromas que las hacen muy diferentes a las de otras zonas vitivinícolas, convirtiendo a los vinos sanjuaninos en únicos. Esta línea registra un paso por barricas de 18 meses en roble, 50% del cual es nuevo. Por último, al tope de gama es un blend, el “Santiago Graffigna”, que se elabora cada año con uvas Malbec, Shiraz y Cabernet Sauvignon y es el resultado de la selección de los mejores viñedos que la bodega posee en Pedernal.
Hace unos años atrás visite San Juan y obviamente pasé por Bodegas Graffignia, donde pude, a pesar ser una gran bodega industrial, palpar un intenso clima familiar, más específicamente un clima de familia bien italiana, lo que me hizo vivenciar lo que sentía en mi infancia y muy emocionadamente levante una copa de un excelente Shiraz y frente a un cuadro de Don Santiago brinde por mi abuelo Francesco, que casualmente vino de Italia también a los 12 años, mientras los ojos comenzaban a ponérseme llorosos. Salud.


sábado, 7 de noviembre de 2015

Porotos pallares en escabeche

Amo esta preparación que desde hace muchos años forma parte de los platitos de la picada porteña. A pesar de las modas, es decir, de las tablas de quesos y fiambres; aún los sirven en muchos lugares (los de la Cervecería López son memorables).
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El poroto pallar es uno de los primeros productos que se cultivaron en el Área Andina Meridional (altiplano de Perú, Bolivia, Argentina y Chile). Se han encontrado porotos en excavaciones arqueológicas datadas en el año 600 a C. Es por eso que los porotos conservan una prolongada fraternidad con el maíz(1). Cada 25 de Mayo, cada 9 de Julio, tenemos la oportunidad y el privilegio de comprobarlo, cuando comemos locro para celebrar las Fiestas Patrias.
El diccionario de la Real Academia, no informa que se da el nombre de “pallar” a un poroto peruano grande y blanco y que el verbo “pallar” proviene de la palabra quechua “pállay” que significa cosechar(2). El significado de “pallay”, lo tengo confirmado en el diccionario quechua de Wanka Willka(3). Llama la atención que el diccionario de la RAE, siempre cuidadoso de los regionalismos, restrinja el cultivo de los pallares a Perú.   
Hay etiquetas de la agro industria que nos ofrecen estos porotos en escabeche en los supermercados. Pero es sabido que siempre es mejor hacerlos en casa. La receta de Daniel nos ofrece la oportunidad de cocinarlos, pero nos recomienda usar porotos pallares del Valle Calchaquí Norte. De modo que a buscarlos en las casas de confianza que venden los productos dietéticos que consumimos en Buenos Aires. También se puede explorar la oferta que encontramos en el barrio chino de Belgrano y en el mercado boliviano de Liniers.
Porotos pallares en escabeche
Fuente (fecha)
 Daniel Fernández (2014)(4).
Ingredientes
Pallares de Cachi.
Ajo c/n.
Ají molido c/n.
Sal.
Aceite de girasol c/n.
Preparación
1.- Lavar bien los porotos y eliminar aquellos que estén feos.
2.- Poner a hervir. Se sabrá cuando están, porque se hinchan, cambian el color hacia un tono manteca o algo más oscuro y se ablandan. 
3.- Una vez fríos, se salan a gusto y se agrega ají molido (la cantidad y el grado de picor lo manejo cada uno a su gusto) y ajo picado muy fino.
4.- Se envasa en frasco con aceite.
5.- Al momento de consumir, se prepara una vinagreta, utilizando el propio aceite del frasco. El tipo de vinagre es también a gusto del comensal.    
Ajustes personales
Le agrego un poquito de pimentón de Cachi, les da un toque más que interesante.
Comentarios
De Daniel(5):
1.- “El poroto pallar es típico del Valle Calchaquí, ya que por sus características se lo produce en zonas de altura. Para realizar esta preparación, nada mejor que unos buenos pallares de Cachi.”
2.- En relación con el aceite: “Algunos prefieren el de oliva, pero otros lo encuentran de sabor fuerte el paladar, en ese caso nada mejor que un buen aceite de girasol.”
3.- “Ideal para acompañar una picada, o carnes a la parrilla por ejemplo.”
Míos: 
1.- No indica cantidades, pero lo juzgo innecesario para esta receta.
2.- No indica en dónde debe conservarse la preparación. Si se lo guarda en la heladera y se usa aceite de oliva, es necesario recordar que se pone viscoso y que hay que esperar a que tome temperatura para que recupere son condición habitual.
3.- Un detalle de la receta es que no conserva los porotos en un medio ácido, pero sí propone agregar ese sabor en el momento de consumirlos
Notas y bibliografía:
(1) 2002 Santoni, Mirta, y Torres, Graciela, “El sabor de los pucheros. Los patrones alimentarios del Noroeste” en AAVV, La cocina como patrimonio (in)tangible, Primeras jornadas de patrimonio gastronómico, Buenos Aires, Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 2005, pp. 95-96, 1º edición en 2002.
(2) Leído el 16 de febrero de 2015 en http://lema.rae.es/drae/?val=pallar
(3) 2011, Willka, Wanka, Runasimi pirwa (diccionario bilingüe), San Salvador de Jujuy, Instituto Qheshwa Jujuymanta, pag. 91. 
(4) 2015, Daniel Fernández a Mario Aiscurri, Salta, 12 de febrero.
(5) Ídem.

Escabeche de queso y aceitunas

Aunque las tablas de quesos y fiambres empobrecen la picada de los argentina, no está mal que Daniel Fernández nos recomiende ésta preparación para ese uso.
En sentido estricto, no se trata de un escabeche porque no se conserva el producto en un medio ácido. Podría agregarse el vinagre, pero la sutileza del condimento que Daniel propone en su receta se vería afectada en modo considerable y el aceite es un buen conservante.
Daniel me mandó esta receta en el marco de un intercambio de correspondencia que tuvimos en torno de la cocina de los Valles Calchaquíes. Por eso, cuando habla de quesos criollos, se refiere a los quesos vallistos.  
Escabeche de queso y aceitunas
Fuente (fecha)
Daniel Fernández (2014)(1)
Ingredientes
Queso criollo.
Aceitunas verdes.
Tomates cherry.
Tomillo.
Orégano.
Aceite de girasol c/n.
Preparación
1.- Se corta el queso en porciones chicas y se introduce en un frasco junto con las aceitunas y el tomate.
2.- Se añade a gusto del comensal tomillo u orégano y aceite a la preparación.
3.- Se debe dejar por lo menos una semana de manera que los ingredientes mezclen sus sabores.       
Ajuste personal
Los preparo con queso criollo de la provincia de Buenos Aires porque es lo que tengo a mano.
Comentarios
De Daniel:
1.- Para esta preparación es necesario conseguir un buen queso criollo de vaca, cabra o mezcla.
2.- No hace falta colocar sal porque el queso y las aceitunas lo contienen. Imperdible a la hora de hacer una tabla de fiambres.
Míos:
Daniel no indica que aceite usa. Agregué de girasol porque el de oliva no daría el protagonismos que el tomillo y el orégano merecen.
Notas y bibliografía:
(1) 2015, Daniel Fernández a Mario Aiscurri, Salta, 12 de febrero.


La cocina en el Valle Calchaquí III: productos y obsesiones

“Farb y Armelagos definen una “cocina” como una estructura que incluye cuatro elementos: 1) un limitado número de alimentos seleccionados de entre los que ofrece el medio (por capacidad de acceso y utilización de energía); 2) el modo característico de preparar esos alimentos (cortados, asados, cocidos, hervidos, fritos, etc.); 3) el principio o los principios de condimentación tradicional del alimento base de cada conjunto social; y 4) la adopción de un conjunto de reglas relativas al “status” simbólico de los alimentos, el número de comidas diarias, que los alimentos se consuman individualmente o en grupo, etc. Las cocinas, así consideradas, pueden tener varias dimensiones (étnica, nacional y/o regional, etc.).”(Marcelo Álvarez (1))
VI Productos consagrados.
Una cocina con identidad se puede describir a partir de la identificación de un conjunto de productos disponibles y de una serie de saberes socialmente constituidos relacionados con la producción y conservación de esos productos y con su preparación a partir de técnicas de cocción y combinación de ellos (esto incluye, por cierto, las bebidas que acompañan y los condimentos que se usan).
 
  Las imágenes pertenecen al autor
A su vez, un alta cocina, supone un refinamiento tanto en la calidad de los productos como en la creatividad y libertad aplicadas al desarrollo de los saberes estrictamente culinarios. Reservamos a estos saberes enriquecidos el rango de ser condición suficiente para acceder a la alta gastronomía; pero asignamos la condición necesaria a la calidad del producto y a las técnicas de su elaboración y conservación porque, parafraseando a Santi Santamaría, ni el mejor cocinero del mundo sacará de una olla lo que no haya puesto previamente en ella(2).
En este artículo, dedicaré algunas reflexiones a explorar el asunto de la calidad de los productos en el Valle Calchaquí, y en especial a los que están consagrados en los grandes mercados urbanos de La Argentina, es decir,  vinos, quesos, ajíes molidos y pimentones... también agregaré unos párrafos a mi obsesión, el charqui.
La fama de los vinos del valle Calchaquí atraviesa el mercado de Buenos Aires y llega a muchos rincones del mundo. Hay un sector de consumidores, entre los que me incluyo, que profesamos un amor casi insano por estos  caldos. Hemos vivido años buscando en non plus ultra del torrontés, vino único sobre la faz de la tierra, y también de sus tintos salvajes, pero entrañables. “Vino salteño, macho sin dueño” dice Horacio Guaraní(3), y razón no le falta. Somos una cofradía de amantes de la tierra, la poesía y los vinos de Salta. Pero no estamos solos. Los expertos en apreciación sensorial han descubierto la ubicuidad del torrontés como gran acompañante de las más diversas culinarias, desde la cocina regional salteña hasta las más exquisitas variantes del sushi oriental. Es una oportunidad para los vinos salteños que la tarea de estos profesionales, hayan trasladado el gusto subjetivo a la objetividad fundada de sus asertos.
Con todo, en Buenos Aires, aún tenemos una visión limitada de los vinos del Valle. Limitada a Cafayate y, más recientemente, a Molinos y su entorno territorial. Pero los vinos del Valle reconocen un recorrido muy amplio en la Provincia de Salta desde Payogasta hasta Tolombón. Además, el Valle se extiende hacia el sur, cruzando las fronteras provinciales. De este modo, encontramos muy buenos vinos en Colalao del Valle (Provincia de Tucumán) y Santa María de Yocavil (Provincia de Catamarca). Los tintos de San Pedro de Yacochuya y Finca Humanao estaban entre mis vinos favoritos hasta el viaje que hicimos con Haydée al Valle en octubre de 2014. Agrego, ahora, los tintos de Viñas de Payogasta y los blancos de Chico Zozzi de Colalao del Valle.  
Llegamos hasta el Valle Calchaquí a través de la bellísima ciudad de Tafí del Valle. Tenía un registro difuso acerca de la existencia de un queso típico del lugar. Conocía el relato legendario de una creación de los jesuitas en la misión que allí fundaron en el siglo XVII y de la conservación de su receta en secreto por una serie de familias locales. Nunca había probado ese queso, ni tenía idea del estado actual de su elaboración. Por fortuna, pudimos adquirir una horma que trajimos a Buenos Aires. Aún ignoro dónde se puede conseguir este queso en nuestra ciudad, pero valdría la pena que pudiéramos acceder a él.
Cuando salimos de Cachi hacia la ciudad de Salta, poco antes de llegar a la impresionante Cuesta del Obispo, hay un camino que se abre hacia el sur. El cartel indica que por allí se puede llegar hasta Amblayo. Desconocíamos la existencia de esta localidad, me pareció interesante registrarla como sitio de interés para un próximo viaje. Luego me enteré que sólo se puede acceder con una camioneta de potencia en las cuatro ruedas o a caballo en excursiones que se organizan desde la ciudad de El Carril en el Valle de Lema. En la ciudad de Salta probé el queso que allí se elabora. Es muy interesante... tanto como la intriga por saber cómo hacían los productores de Amblayo para hacerlo llegar a la capital de la provincia en cantidades suficientes como para tener un nombre entre los consumidores.
Desde hace unos años, tenía conocimiento de las bondades de los pimentones y ajíes molidos del Valle Calchaquí. Me los había hecho probar Ernesto Oldenburg en su restaurante de puertas cerrada 12 Servilletas del barrio de Belgrano. Habíamos tenido una cena deliciosa con Haydée en la casa de Ernesto y Carolina. Se lo comenté a mi huésped. Me respondió que la maravilla la había logrado el pimentón de Cachi, que había escrito un artículo sobre el tema para una revista de Buenos Aires y que, para ello, tuvo que recorrer todos los rincones de la pequeña ciudad en busca de esa gema y traer una buena proporción para Buenos Aires. Fue a la cocina y me trajo unos frascos para que oliera. Descubrí, entonces, un mundo desconocido. Volví a casa con ellos porque Ernesto tuvo la amabilidad de obsequiármelos.
Cuando preparábamos con Haydée nuestro viaje de octubre de 2014, leímos que también había excelentes pimentones y ajíes molidos en Santa María de Yocavil. De modo que regresamos a Buenos Aires con una gran provisión de estos productos adquiridos en Santa María y en Cachi. En la ciudad de Salta, tuve oportunidad de charlar sobre estos ajíes molidos y pimentones con Daniel Fernández (ingeniero tucumano que trabaja en el INTA en Salta). Daniel me contó que había un par de problemas técnicos que impedían estabilizar su calidad: la selección de las semillas y el método de secado. Abajo hablo un poco más de estos temas, pero aquí quiero subrayar que, a pesar de estas dificultades, el producto que traje me deja más que satisfecho cada vez que condimento las comidas cotidianas.
Finalmente, debo reconocer que tengo un comportamiento obsesivo con un tema: el charqui. Es que estamos en una época en donde se valoran algunos métodos de conservación ancestrales como piezas claves el el refinamiento y la alta cocina. Los ejemplos más claros son el sushi y el gravlax. En ese sentido, vengo pensando, desde hace algún tiempo, que hay lugar para el charqui (y también para el chuño) en ese limbo. De modo que en este viaje, no sólo busqué la presencia del charqui en la restauración del Valle, sino también en Buenos Aires. Si bien los juzgo insuficientes, los hallazgos fueron promisorios: Tamales de chicoana comidos frente a la misma plaza de Chicoana, Empanadas de charqui en la Casona del Molino en Salta y Cazuela de charqui en el restaurante Almacén Secreto Club en el barrio de Colegiales en Buenos Aires. Pero, de esos temas, hablo en otros artículos.     
VII Productos con identidad de origen reconocida en Buenos Aires. Problemas para establecer la trazabilidad.
Me he preguntado por las condiciones en que se puede reconocer la identidad de estos productos en el mercado de Buenos Aires y por la medida en que, esa identidad, lleve también una cierta garantía de calidad. Dicho de otro modo, me he preguntado acerca de cómo asegurar su trazabilidad y, adicionalmente, si para lograrlo, vale la pena intentar el desarrollo de denominaciones de origen controlada. Estas cuestiones me las he ido planteando desde hace varios años, y no solo en relación con el Valle Calchaquí.
Estas ideas fueron surgiendo de las contrariedades que he vivido como consumidor. Alguna vez compré ajíes secos en la dietética Polti (en el Barrio de Belgrano) para ensayar esas recetas de La Rioja española que llevan pimientos choriceros. Pregunté por el origen del producto que había visto en el mercado de San Miguel en Salta en el año 2006; pero los empleados del local manifestaron su más pura ignorancia. He dejado de comprar en Polti porque es excelente la dietética que tengo a la vuelta de casa (Av. Elcano entre Martínez y Delgado). El negocio es atendido por sus propietarios y tiene productos de excelente calidad. Cuando pregunto por el origen de un producto que me agrada, me responden que el proveedor lo trae de tal o cuál provincia. Es poco, pero es mucho más que vender sin saber qué es lo que se vende.
En el mercado boliviano de Liniers y en los negocios que venden productos regionales en la Feria de Mataderos, también me encontré con identificaciones genéricas muy amplias, como si las provincias de Jujuy o Catamarca, por ejemplo, fueran territorios pequeños y geográficamente homogéneos.
La imposición del envasado en origen a los vinos, desde hace ya muchos años, dio garantía de trazabilidad e indicios para evaluar la calidad a los productos de esta industria. De modo que, si nos traemos algunas botellas de buen vinito, por más pequeña que sea la bodega, tenemos asegurada la identificación del origen.
Pero, ¿qué ocurre en los otros? En el caso de los quesos, debo confesar mi ignorancia en relación a dónde conseguirlos en Buenos Aires. Tengo la impresión que, por el nivel de producción, los quesos de Amblayo, no llegan más allá de algunos mercados de la capital provincial (sé que se venden, por ejemplo, en el Mercado de San Miguel). Con relación a los quesos de Tafí del Valle, no sé si llegan a San Miguel de Tucumán. Ambas producciones tienen un fuerte reconocimiento local. Sé  del respaldo del Gobierno Nacional, Provincial, y de la misma embajada del Japón, hacia la producción de quesos en Amblayo(4) y pude percibir la pujanza de las estancias en Tafí del Valle(5). De modo que, no me sorprendería que llegaran en poco tiempo a Buenos Aires con su correspondiente garantía de su originalidad, si es que se aseguran un envasado adecuado.
Con todo, el hueso más duro de roer, está relacionado con la producción de pimentones y ajíes molidos. ¿Sería importante que La Argentina pudiera competir en materia de pimentones con España? No lo sé. Pero sí estoy seguro que sería muy importante que pudiéramos exportar la originalidad del ají molido. Yo mismo he visto como en España preparan chimichurris que algunos le llaman salsa argentina, sin ají molido (gran homenaje a nuestra salsa, pero con un resultado desangelado). En nuestro último viaje por Europa, en 2012, le dejé un frasco de este ají molido a Renzo Simonatto. Renzo en un buen amigo que viven en el límite entre el Veneto y el Friule en el norte de Italia. El aroma del ají molido le resultó adictivo, no pudo desprender la nariz del frasco por un largo rato. Creo que el contraste entre ambas imágenes fortalecen mi aserto en la oportunidad que nos ofrece este producto.
Daniel Fernández, sabio ingeniero del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), me ha dado noticias sobre las dificultades para establecer una adecuada trazabilidad de estos productos y para garantizar una calidad estable.
La identidad el productor se pierde por la alta concentración de la compra y comercialización de los mismos. Tres grandes empresas acaparan la compra y su posterior comercialización en los centros urbanos, ellas acuerdan entre sí el precio que están dispuestos a pagar. Esta concentración se manifiesta desde el momento en que el producto, ya seco, sales de las fincas, en el cuello de botella que supone la existencia de pocos molinos. En el Valle Calchaquí sólo hay tres, en Santa María (Molino Herrero), en San Carlos y un tercero creado recientemente en Cachi. Finalmente, los acopiadores venden masivamente los productos que son envasados en sus plantas cercanas a los centros urbanos de consumo. El pimentón que se compra en las góndolas del supermercado no sólo ha perdido la calidad originaria en la inflación de su peso, producto de su procesamiento industrial, sino que también ha perdido todas las señas de su origen concreto.
Los productores, en algunos casos han intentado alternativas. Se organizan en cooperativas, algunas incluso poseen equipamiento para la molienda, otras recurren a los molinos mencionados, pero venden su producto ya terminado. Sin embargo, no pueden discutir demasiado el precio ni garantizar su presencia en los grandes mercados debido al peso enorme de ese cartel de compradores que ya he mencionado. Tampoco pueden imponer la identificación del origen de sus pimentones y ajíes molidos por el costo que ello supondría(6).
Pero, para Daniel el problema comienza antes, en las dificultades que hay para garantizar una calidad estable. Le doy la palabra, porque es clara e ilustrativa del asunto:
“/.../. El principal problema a solucionar actualmente es el de calidad, como alimento y de producto. Allí surge una de tus preguntas. Si te fijas en las fotos del documento te darás cuenta rápidamente. El pimiento original utilizado era de la variedad trompa de elefante, que los productores multiplicaron sin hacer recambio de semilla y se comenzó a degenerar, por decirlo de alguna manera. ¿Cuál fue el principal problema?  Aumentó el picor. La variedad original es la misma pero se desvirtuó, hoy existe otras variedades que se trabajaron para reducir la pungencia, pero si toman la misma costumbre en unos años se volverán picosas. El otro problema está en el secado, la mayoría todavía lo hace tirado en el suelo (hay fotos) con lo cual por los vientos se llena de tierra, corre el riesgo de pudrirse e incluso andan animales, principalmente cabras, que pueden hacer estragos en el secadero. Hay métodos que sortean este problema, pero por una cuestión de costo, y la falta de un reconocimiento por mejor calidad por parte de los productores, no son adoptados. En esto no hay diferencia en calidad. Además los compradores luego estiran el producto, allí sí encontraras diferencia entre el que compraste en Cachi o Santa María con el que podes conseguir en Buenos Aires /.../. Las características del suelo, a diferencia con la vid, por ejemplo, y el secado no modifican el gusto. El problema está como te comenté en la falta de recambio de semilla que lleva a modificar por ejemplo el color y el picor.”(7)                 
Me he dado en pensar que hay circuitos alternativos que alimentan las dietéticas (algunas de ellas son grandes cadenas) y los mercados de Liniers (boliviano) y del Bajo Belgrano (chino). Sin embargo, cuando concurrí al mercado boliviano tuve la impresión, al percibir que el producto no variaba de local en local, que no deben ser muchos proveedores. Ya hablé de la trazabilidad genérica, en el mejor de los casos de los productos que allí se ofrecen. Estimo que, lo único que nos garantizan es que el producto es puro, sin los aditamentos con que la industria del envasado engorda la producción. También creo que, la dietética de Elcano, donde suelo comprar está fuera de todos estos circuitos. La dueña me cuenta que el pimentón se lo trae un señor directamente de Catamarca, aunque no puede identificar de qué rincón de aquella provincia.

Creo que los esfuerzos del INTA llegarán a buen puerto. Pero creo que hay que tener cuidado. ¿Cuál debe ser el standard de calidad? Porque si creemos que nuestros pimentones deben acercarse a la calidad de los españoles, estamos perdidos. Creo que debemos trabajar en estabilizar una calidad sobre la base se preservar la identidad del gusto. Sólo así podremos tener buenos chimichurris en La Argentina y, si somos inteligentes, en España, también. 
Finalmente, unos pocos párrafos al tema del charqui. El encargado de la Hostería de ACA en Cachi, asegura que el charqui es un producto caro y que esa es la razón por la que no lo usan en la cocina del establecimiento. Lo desmiente, parcialmente, el hecho de que comí productos con charqui en varios restaurantes (uno que se llama Orujo en Cafayate, otro cuyo nombre no registré frente a la plaza de Chicoana y en la Casona del Molino en la ciudad de Salta). Pero hay que tener en cuenta que el público que asiste a esos restaurantes puede ser diverso del que utiliza las instalaciones del ACA. De hecho me refirió que han tenido que sacar productos típicos de la carta porque el huésped de la hostería se inclina, mayoritariamente hacia el bife con papas fritas. De modo que ya no ofrecen carne de llama grillada y limitan el uso de este producto a unos sorrentinos.
En Buenos Aires he comido platos con charqui en dos restaurantes. En Miriam, restaurante boliviano del barrio de Liniers (Ibarrola entre José León Suárez y Montiel), y en Almacén Secreto Club, restaurante de puertas cerradas en el barrio de Colegiales. En ambos casos pregunté por el origen del producto.
En Almacén Secreto me aseguraron que lo traían de Salta. En Miriam, me dijeron que lo preparaban ellos, me explicaron que primero sancochan la carne y luego las maceran con limón y la vuelve a cocinar hasta que se seca. Con este procedimiento se obtiene un producto que es parecido al charqui salado y secado al sol que se elabora en Bolivia. Lo hacen así, me aseguran, porque no siempre cuentan con charqui auténtico. No hay una falla en este procedimiento porque ésta es también una fórmula tradicional para preparar este plato (el diplomático, gourmet y escritor chileno José Eyzaguirre(8) da una receta muy parecida, en el tratamiento de las carnes, para su charquicán).   
Me pregunto si es posible fabricar charqui en Buenos Aires. Juan Carlos Martelli asegura que sí, que él mismo probó con la receta de su madre, Olga Morón de Martelli (desde luego que la transcribe). También incluye en su libro una receta de Gustavo “Cuchi” Leguizamón, la misma que usaba para prepararlo en la Ciudad de Salta. A su vez, doña Petrona publica una receta que mantiene a lo largo de las distintas ediciones de su libro(9). No afirma nada acerca de si es posible o no prepararlo en Buenos Aires, pero allí se encuentra estampada una fórmula que no habla de condiciones climáticas especiales, en un libro que se ha vendido profusamente en esa ciudad(10).
Recetas aparte, he imaginado una máquina para preparar charqui en Buenos Aires. ¿Será difícil y caro construir un cubo de vidrio que puede cerrarse herméticamente y que, en su interior el aire esté acondicionado de acuerdo con la temperatura y la humedad adecuada a la faena? Con una máquina de estas, ubicada en azotea soleada de nuestra ciudad, ¿cuánto charqui se podría producir? ¿Cuánto tiempo llevaría amortizar la instalación?
¿He planteado, acaso, una idea delirante? 

Notas y referencias:
(1) 2005 Álvarez, Marcelo, “La cocina como patrimonio (in)tangible” en AAVV, La cocina como patrimonio (in)tangible, Primeras jornadas de patrimonio gastronómico, Buenos Aires, Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, pp. 87-106, 2002, 1º edición. El texto citado es: 1985, Farb, P. y Armelagos, G., Anthropologie des coutumes alimentaires, París, Denöel.
(2) 2008, Santamaria, Santi, La cocina al desnudo, Madrid, Grupo Planeta Hoy.
(3) 1969(c), Guaraní, Horacio (autor) e Isella, César (compositor), “Padre del carnaval”
(5) Leído en http://www.estancialascarreras.com.ar/ el 5 de enero de 2015.
(6) 2014, Fernández, Daniel, correo-e a Mario Aiscurri, 7 de noviembre.
(7) Ídem. Daniel hace referencias al Sistema de Soporte de la Decisión (SSD) de los Valles Calchaquíes en el que él mismo participó. Leído el 5 de enero de 2015 en http://appweb.inta.gov.ar/w3/prorenoa/ssd_vc/.
(8) 1946, Eyzaguirre, José, El libro del buen comer, Buenos Aires, Editorial Saber Vivir, 1946, 2° edición, pag. 305.
(9) 1991, Martelli, Juan Carlos y Spinosa, Beatriz, El libro de la cocina criolla, Buenos Aires, Edicol, pp. 36-39.
(10) 1934, Gandulfo, Petrona C. de, El libro de doña Petrona, Buenos Aires, 1940, edición 11°, pag 215 y 2010, edición 102º, pag. 391.