miércoles, 13 de mayo de 2015

Separación de hollejos y preparación de la vineta

Monte Grande, 12 de abril de 2015
Es domingo y es otoño, es una tarde espléndida de sol en Monte Grande y estamos en casa de Rubén Cirocco trabajando en nuestro vino.
 Las imágenes pertenecen al autor 
Hacía 10 días que habíamos comprado las uvas en Don Gaspar, en el barrio porteño de Liniers. Pedimos, entonces, que las molieran con la máquina despalilladora y la llevamos a Monte Grande y las depositamos en dos enormes vasijas plásticas (una para el malbec y otra para el syrah).
Rubén, fue midiendo en este tiempo, la cantidad de azúcar que los mostos tenían. El viernes 10, advirtió que el malbec se había quedado sin azúcar. Fue entonces que decidió adelantarse a nuestra visita y separar los hollejos por su cuenta. Los colocó en una tercera vasija y le agregó agua para preparar la vineta.
Cuando llegamos el domingo, el syrah aún tenía suficiente cantidad de azúcar como para seguir su fermentación. De modo que nuestra tarea fue retirar los hollejos del líquido y dejar que terminara la fermentación en grandes damajuanas de 25 litros.
Por otra parte quitamos el líquido de la vineta que Rubén había preparado el viernes y lo dejamos en damajuanas para que también complete su fermentación. A este líquido agregamos el que obtuvimos de prensar los hollejos (tanto en el caso de la vineta, por un lado, como en el del syrah, por el otro).
La tarea fue ardua y estuvo matizada con alguna prueba de los vinos obtenidos. Estamos contentos con el resultado de nuestra empresa, Rubén estima que el proceso fue muy rápido debido a las condiciones climáticas de estos días (temperaturas elevadas para la época durante el día, algo más fresco por las noches).

sábado, 9 de mayo de 2015

Buenos Aires y los arrabales de Ítaca (...y se va la tercera)

7 de julio de 2014
Constantino Cavafis recomienda que en los viajes, “...hazte con hermosas mercancías, / nácar y coral, ámbar y ébano / y toda suerte de perfumes sensuales, / cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.”(1).
Las imágenes pertenecen al autor 
Y yo me creí que me había hecho de todos los perfumes sensuales posibles de encontrar en los nuevos rincones de la ciudad con las especias que compré en el mercado boliviano de Liniers y con el olor característico de los salones en los restaurantes chinos... Ocurrió que en abril tomé unas vacaciones que dediqué a recorrer los barrios de la ciudad con ojos de extranjero, tomando como guía el poema de Cavafis. Anduve por San Telmo, Belgrano, Colegiales, Mataderos; pero cuando llegué a Liniers me di cuenta que había estado recorriendo buena parte de los rincones de la ciudad en que las nuevas colectividades de inmigrantes adquieren visibilidad.
Pero los barrios de las nuevas inmigraciones no se agotan en el Barrio Chino de Belgrano y ese fragante mercado boliviano de Liniers... En el barrio de Flores hay algo más... De modo que aproveché unos días que me quedaron de vacaciones para completar el recorrido.
V En el barrio de Flores han tenido residencia, desde hace muchos años, núcleos importantes de las colectividades judía y árabe. Más recientemente, es, también el habitat de numerosas familias coreanas.
Los coreanos que se instalaron en nuestro país ejercen el comercio de indumentaria como actividad principal que los identifica. De modo que se superpusieron con la actividad principal de muchos descendientes de Israel. Quiere afirmar una historia, con visos de leyenda urbana, que disputaron territorio. Primero en el Once y luego en el sector de Flores que linda con el barrio de Floresta, haciendo eje sobre la Avenida Avellaneda. Lo cierto es que, en ambos barrios el desarrollo del comercio en el mencionado ramo es profuso y que en ambos barrios ambas colectividades están presentes ejerciéndolo. Intuyo que se ha alcanzado un equilibrio “ecológico” y que los judíos predominan en el Once y los coreanos en Flores; pero sólo se trata de una especulación sin más fundamentos que algunas observaciones directas que pueden hacerse si se recorren las calles de ambos barrios.
El lunes 7 de julio fui a recorrer Avellaneda, nombre con que empieza a identificarse ese sector de los barrios de Flores y Floresta. No fui a comprar nada, sólo fui a ver de qué se trata y a buscar algún restaurante coreano con la finalidad de echar una primera mirada a esa gastronomía.
Entré en el barrio por la calle Concordia. Apenas se cruzan las vías del Ferrocarril Sarmiento se ingresa en un extenso centro comercial a cielo abierto. Son como setenta manzanas en las que se disponen una apretada secuencia de locales comerciales. La mayoría de ellos se presentan desde frentes pequeños. En las cuadras de mayor densidad, pude sumar más de ochenta locales sobre las dos aceras.
En esa primera cuadra de Concordia hay una fuerte concentración de negocios que venden equipamientos e insumos para la producción de indumentaria (máquinas de coser, hilados, botones, telas, etc.). El día se presentaba frío, pero soleado. Más de una vez he sentido que cuando hay sol la vida bulle. La febril actividad que vería en el barrio a lo largo de toda mi recorrida mostraba ese bullicio que ponía en primer plano la esperanza de una vida mejor cifrada en el trabajo en el que todos parecen tener un lugar digno. Sin embargo, tuve que andar varias cuadras para que se borrara la primera impresión que me causó ese recorrido por la calle Concordia entre Venancio Flores y Bacacay... Es que hay viejas historias en el barrio sobre trabajo esclavo. Historias que primero se constaban en voz baja y luego llegaron a las páginas de los diarios y a los estrados judiciales.
En fin, eso es parte de la realidad, un parte que no hay que negar, pero no es toda la realidad. La imagen predominante que me dejó barrio es la de una raro y respetuoso equilibrio entre todos los que allí trabajan. La sucesión de negocios, las galería, los manteros y los vendedores de comida callejera conviven en aparente armonía y, aunque seguramente habrá tensiones ocultas, nada hubo que desmintiera esta imagen en las dos horas que estuve recorriendo las calles.
Los negocios siguen una cierta regularidad, cuatro metros de frente y una disposición en profundidad hasta donde cada solar lo permite. Fuera de eso, todo es una mezcla abigarrada de estilos. Muchos ofrecen a la vista un diseño minimalista, racional, moderno que los asemejan a los comercios de los grandes shoppings de la ciudad. Otros ofrecen con sencillez sus mercaderías. Algunos hay, también, en donde predomina el desorden. Casi todos exhiben un nombre y un logo que los identifica. No he podido verificar cuántos de estos logos representan una protomarca que se estampa también en las prendas que venden. Cada tanto, pueden verse pequeñas galerías, algunas algo oscuras, otras luminosas. En ellas, los negocios son más pequeños y la ropa se exhibe amontonada. Finalmente, hay una extraordinaria cantidad de manteros que también ofrecen sus cosas que se ofrecen en aparente amontonamiento y desorden mayor que en las galerías. El barrio es la viva imagen cinematográfica de un mercado oriental...
...de un mercado oriental que está en el cruce de los caminos de las caravanas. Los rostros se comunican a través del lenguaje universal del comercio en una auténtica algarabía de palabras. Recorro y escucho voces que hablan idiomas incomprensibles. Los coreanos ponen lo suyo, pero también los senegaleses, los bolivianos intercambian expresiones en aymara y los árabes y judíos, la media lengua que aún conservan sus ancianos. La mezcla se ve en todo, hombres y mujeres que salen de sus viviendas, algunos rostros de ojos rasgados del lejano oriente y algunas mujeres con la cabeza cubierta (¿judías o musulmanas?) y hombres de largas guedejas y quipá de un oriente más cercano... ¿Un auténtico mercado persa o el paisaje de un barrio porteño? Esa mezcla rara me trajo a la memoria el bar Ismir en el Villa Crespo de mil nueve vientipico que describe Leopoldo Marechal en Adán Buenosayres.
No parece haber un orden. Intento ver una regularidad. Una mayor concentración de negocios coreanos en la calle Morón, aunque también en la Avenida, se los ve; los senegaleses son manteros, pero también hay otros manteros; los bolivianos que venden comida callejera (salteñas, sopas, tamales); los judíos sobre en la parte sur del barrio; los árabes en Bogotá, pero también por Ibarguren... No, desisto, hay preferencias, pero hay una mezcla auténtica, una armónica heterogeneidad.
Hace unos diez años anduve por este barrio en algunas oportunidades. Entonces el centro comercial de indumentaria apenas se insinuaba en algunas pocas cuadras sobre la Avenida Avellaneda. Ese rincón de la Ciudad era sede de instituciones de la comunidad musulmana. Ahora volvía a recorrer la calle Bogotá para ver el frente del Instituto Árabe Islámico, una escuela incorporada a la enseñanza oficial. Me costó dar con él, rodeado como está de negocios, inmerso en el centro comercial que ahora se ve tan extendido. ¿Es lo único que queda de la colectividad árabe islámica del barrio? No, a simple vista, y sin buscar más, pude ver la panadería árabe llamada Fatay en la calle Felipe Vallese; el almacén que funciona como bar y sandwichería que exhibe un banderín de El Líbano en sus estanterías (se llama Almacén de Julio y está en la esquina de Aranguren y Concordia) y un restaurante en la calle Morón entre Argerich y Helguera. Creo que buscando con mayor dedicación, se pueden encontrar otros sitios en donde esa colectividad se encuentra aún muy visible en el barrio.
Alguna vez escuché una teoría que sostiene que lo masculino y lo femenino reconocen una estructuración atávica formada antes de la revolución neolítica, es decir, hace más de 8000 años. Las responsabilidades para la subsistencia se dividían. Los hombres cazaban las presas más sustanciosas y las mujeres recolectaban los mejor frutos, los más nutritivos. No sé, pero se me ocurre que si vamos a un centro comercial podemos ver que la mayoría de las mujeres recorren muchísimos locales antes de comprar algo. En ese recorrido miran lo que necesitan, y lo que no, también y llevan un minucioso registro de calidades y precios. En cambio, la mayoría de los hombres sólo dirigimos la mirada hacia lo que necesitamos. No puedo generalizar indebidamente, por ello hablo de la mayoría de cada género. Sin embargo, Haydée y yo no escapamos de esa generalidad y, como mi presa era la cocina coreana en el marco de la vida cultural del barrio, me declaro inhábil para hablar de la calidad de los productos; pero no para señalar quienes son los principales compradores.
Hay algunos signos que los identifican. En varios lugares del barrio, pueden verse micros de larga distancia estacionados y por todas partes se encuentran compradoras, y también compradores, cargando carros sombre los que portan enormes bolsones, generalmente azules, o arrastrando valijas de gran tamaño. Sí, compran al por mayor para abastecer locales de venta minorista. ¿Dónde? En el conurbano bonaerense, en la ciudades de la Provincia de Buenos Aires... En un rincón de mi recorrido, pude observar como cargaban los bolsones azules en el maletero de uno de los colectivos. Pasé por entre esos compradores cuando un acento inconfundible llamó mi atención. Me dirigía al hombre y le dije “Córdoba”... “Córdoba Capital”, me respondió.
VI Caminé por esas calles con la idea premeditada de abrir un postigo y asomarme a los aromas, sabores y texturas de la cocina coreana. Llevaba una lista de restaurantes que elaboré trabajosamente a partir de varias consultas en la Internet y de la invalorable guía de Pietro Sorba(2).
Andaba, miraba, registraba la mezcla de colores e idiomas que el barrio ofrece... y también de aromas y sabores porque también ofrece una gran cantidad de puestos de comida callejera. Criollos vendiendo sandwiches de fiambres artesanales, o que por lo menos lo parecían, pancherías, cocineras bolivianas vendiendo “salteñas” y sopas, y hasta un señor con un carrito vendiendo tamales. De modo que la oferta es variada.
Hay locales de comidas rápidas como el citado Almacén de Julio que ofrece café con medialunas, sandwiches y empanadas o como el local de comidas rápidas en Concordia al 600. Este último, muy a tono con el carácter misturado del barrio, hace alarde de cocina fusión en un volante de publicidad (arroces orientales, empanadas criollas, sushi, milanesas, arrolladitos primavera, rabas, etc).
Pude identificar la dirección de todos los restaurantes coreanos de mi lista. Pero no pude establecer con certeza qué tipo de cocina hay en esos lugares. Salvo un par de casos en que hay un cartel que anuncia que allí hay un restaurante de cocina coreana, el resto se divide en dos tipos de locales. Por un lado, aquéllos que se alojan en locales abiertos que uno puede identificar como una casa de restauración por el mobiliario que puede verse a través de las ventanas. Por el otro, aquéllos en los que la dirección coincide con una casa. Tengo la certeza de que hay restaurantes allí, las guías de la Internet los identifica con nombre y teléfono, como si fueran restaurantes de puertas cerradas; pero a diferencia de ellos, las guías indican también la dirección y no aluden a ninguna regla que establezca el requisito de reserva previa. Iba con la idea precisa de comer en Singul Bongul, es decir, iba sobre seguro... pero este fenómeno es digno de una segunda exploración.
¿Cómo llegué a Singul Bongul? A través de la guía de Pietro Sorba. Quise ir sobre seguro e imaginé que el tripazai xeneize hace un relevamiento y una cuidada selección antes de incluir un restaurante en sus guías. Sus críticas siempre me han transmitido confianza porque comparto buena parte de las reflexiones que realiza acerca de la cocina argentina.
Accedí al local cuya decoración se destaca por la extremada sencillez y asepsia. Sobre las mesas de fórmica sin mantel, una caja de madera contiene los cubiertos: palillos de metal y cucharas. Durante el servicio traen también cubiertos occidentales, pero imagino que sólo los ofrece a los comensales que no son paisanos.
Para elegir la comida pedí asesoramiento a un joven en apariencia argentino por su registro de habla y coreano por los rasgos de su rostro. Me explicó cuáles eran los platos más populares. Entre ellos elegí uno cuyo nombre en la carta es “dolsotbibimbad” y que consiste en una base de arroz, que me pareció similar al arroz gohan de los japoneses, y sobre ella verduras y carnes salteadas, todo coronado con un huevo frito. El plato lo sirven en un tazón de piedra que conserva el calor. Simultáneamente traen a la mesa una picada de ochos platitos, un caldo de carne con cebolla de verdeo y una salsita picante. La picada tiene algunos productos notables como repollo fermentado servido en salsa agridulce, unas tiritas de carne salteada, unos trozos de “panqueque de huevo”, brotes y verduras de hoja salteadas. Todo estaba aderezado con condimentos fragantes, salsas con una inclinación a lo que solemos denominar agridulce y semillas. Al plato principal se le puede agregar picante (no sé si este servicio es el usual o se trata de una práctica conveniente por la inserción del restaurante en Buenos Aires). Como dato interesante, noté una predominancia en la proporción de las verduras sobre las carnes.
Muy satisfecho con lo que comí, me fui yendo del barrio. Volví al subte por la calle Morón hasta Nazca, y por esta avenida hasta Rivadavia. A pesar de que tenía casi agotada mi capacidad de asombro, la caminata me deparó algunas sorpresas todavía. Por Morón, entre Helguera y Argerich, un extraño local totalmente abierto a la calle y sin carteles que anuncien nombre o identidad de lo que allí podía esperarse, disponía algunas mesas donde los parroquianos se deleitaban con platos de la culinaria árabe (casi le manoteo una pieza de sarma que se veía apetitoso al comensal que estaba más próximo a la vereda). Al lado, un local exhibía carteles indicativos de la comida coreana que ofrecía. Me pareció todo un símbolo de lo que había visto y vivido esa mañana de sol en el barrio de la Avenida Avellaneda. Pero nada es tan contundente allí como para quedar así, tan cerrado y prolijo. Poco antes de llegar a Nazca, un cartel anunciaba que el local que presidía se llamaba Pizza Casher Soultani... En la esquina de Yerbal y Nazca, un restaurante de comidas rápidas bolivianas indicaba que allí se podía comer pollo broaster como en La Paz o en el barrio de Liniers.
Notas y referencias:
(1) Cavafis, Constantino, Ítaca, leído el 27 de junio de 2014 en http://www.pixelteca.com/rapsodas/kavafis/itaca.html.
(2) 2011, Sorba, Pietro, Restaurantes de las colectividades de Buenos Aires, Buenos Aires, Planeta, pp. 148 y ss.


miércoles, 6 de mayo de 2015

Payogasta inolvidable: Cocina con pimentón

Sala de Payogasta organizó unas jornadas en torno de la cocina con pimentón en el fin de semana largo del 1º de mayo. Me tocó concurrir y participar con El Recopilador de sabores entrañables.
Las imágenes pertenecen al autor (salvo indicación en contrario)


Todo lo que ocurrió formó parte de una experiencia notable. Uso la palabra de modo intencional. En efecto, la Real Academia Española define “experiencia”, en segunda acepción, de este modo: Práctica prolongada que proporciona conocimiento o habilidad para hacer algo.” y fue precisamente eso lo que vivimos con Haydée en el Alto Valle Calchaquí.
El ascenso por la Cuesta del Obispo en medio de la niebla resultó emocionante, sobre todo cuando llegamos al mirador Piedra del Molino y la pudimos ver desde arriba. A partir de allí, todo fue un encuentro de profundas vibraciones espirituales con la tierra, las personas participantes y la cocina a fuego abierto.
Recorrimos la cancha de secado de pimientos, guiados por las sabias referencias de Julio Ruíz de los Llanos quien nos mostró con paciencia didascálica el proceso de selección de los frutos que permite elaborar el pimentón en sus tres clases (extra, selección y común). Su guía nos introdujo en la historia de este producto en el Valle Calchaquí y las bondades y dificultades de su cultivo, secado y molienda.
Recorrimos la bodega Viñas de Payogasta, primera escala en la Ruta del Vino en la Provincia de Salta, con la guía del ingeniero Alejandro Alonso. Nos mostró las instalaciones y nos explicó cómo se prepara el mistela (corte de torrontés y sauvignon blanc) y el vino top de la bodega. Se trata de un corte de malbec (50%), merlot (35%) y tannat (15%). Sólo el tannat tiene paso por barrica de un año. Este blend tiene una estiba en botella de un año más. Para quienes disfrutamos de los vinos frescos con poca madera, podemos encontrar en éste un ejemplar notable... Es muy placentero de beber.
Por las noches de estrellas y luna llena, el fogón nos esperaba en el patio central de la Sala. Allí el maestro charcutero de la ciudad de Salta, Eduardo Vilte nos deleitó con chorizos secos y frescos (en la segunda noche, explicó una de sus recetas a los participantes). Todas sus creaciones de este fin de semana fueron preparadas con carne de cordero (en algún caso, mezclada con algo de cerdo) y pimentón.
 Las imágenes pertenecen a María Fernanda Sola
Alejandro Alonso, preparó un dulce de pimientos y pimentón que sirvió de postre acompañado de queso de cabra elaborado en la misma Sala de Payogasta. 
En la primera noche, la cocinera profesional Carmen Ruíz de los Llanos nos deleitó con una deliciosa Sopa Nacional. La misma se prepara con frangollo (un maíz molido más fino que el que se usa para hacer el locro, pero mucho más grueso que la harina de maíz). El uso del pimentón le da un toque elegante a este plato de la cocina popular del Valle Calchaquí.
En la segunda noche, me tocó hacerme cargo de los fuegos. Preparé una vieja receta familiar: Estofado de aguja con pasta seca corta. El éxito de la preparación se debió a que condimenté el estofado con mucho pimentón local y una rama de canela. Esta combinación la saqué del recetario de la familia Flores.
Las imágenes pertenecen a María Fernanda Sola
Todas la experiencias resultaron de la mayor satisfacción de los concurrentes. Sin embargo, lo más notable de toda la jornada lo aportó el Valle... El desayunador de Sala de Payogasta ofrece una impresionante vista del Nevado de Cachi.




sábado, 2 de mayo de 2015

Recuerdos de la infancia de Miguel Brascó (1935)

El 14 de setiembre de 1926 nació Miguel Brascó en la ciudad de Sastre en la Provincia de Santa Fe. Abogado, escritor, periodista, lo conocemos como uno de los más importantes críticos eno gastronómicos de La Argentina. Él prefería verse como poeta. Lamentablemente partió de este mundo el 10 de mayo de 2014.    
Mónica Albirzú es una joven periodista y cocinera que publicó el reportaje a Miguel Brascó del que tomo los fragmentos que siguen y que dan cuenta de los recuerdos patagónicos del gastrónomo (en esa época, vivía en un pequeño enclave comercial inglés en la Provincia de Santa Cruz).(1) 
La Patagonia en 1935
1) La colonia británica en Santa Cruz
“Inglés estudié en el Colegio Nacional de Santa Fe a los 14 años, pero primero lo aprendí de chico, en Santa Cruz. Era un inglés básico, para poder comer. Cuando eras invitado por un compañero de escuela a su casa, a tomar el té por ejemplo, que era todo un ceremonial importante, tenías que usar las palabras correctas. Estaba la madre presente y vos le pedías el dulce, y la señora te miraba con ojos glaucos y hacía como que no te escuchaba, y no te daban nada hasta que no decías “marmalade”. Las inglesas de la Patagonia eran más inglesas que las de las Islas Británica, eran de las que pronunciaban el “yes” y el “no” para adentro.
”/.../.
”Todos los días los barcos venían de Inglaterra, de Liverpool, para llevarse la lana y los corderos que faenaban en la Patagonia. La lana iba a los textileros de Manchester y los corderos a Smithfield, en Londres, en el mercado decía “Argentinian lamb”. Se mandaban los corderos Chill, que no eran congelados ni enfriados, sino que eran una cosa intermedia. Eran envueltos con una especie de bolsa de tela de un punto muy abierto, y luego enfriados. Así llegaban a Inglaterra. Ellos tenían el cordero escocés, que es un gran cordero, pero en la Patagonia, el desarrollo del animal era óptimo. La oveja es un bicho muy perezoso, come alrededor y anda poco; pero en la Patagonia, que es una estepa de pastos ralos, tiene que caminar  y en consecuencia se obtiene un animal magro, sin mucha grasa, muy bueno. Por otro lado, entre el pasto natural de la estepa patagónica hay mucho romero salvaje, entonces el cordero tiene sabor a romero.
”Entonces, los barcos llegaban de Liverpool a cargar corderos y lanas y traían mercadería para la colonia inglesa: ropa, comestibles... Nosotros comíamos manteca inglesa, miel de caña, chocolates; las mentas como los after eighth eran comunes en mi infancia. El principal aprovisionamiento de la zona venía de Inglaterra. No recibíamos prácticamente nada de Buenos Aires.”
2) Sanz, el administrador de la estancia de bajos del Limay
”/.../ Además, mi padre tenía una estancia en los bajos del Limay, como a trescientos kilómetros de donde vivíamos, a la que se llegaba por tortuoso camino de huella. Íbamos muy poco. Algunas veces me subía al camión que llevaba las provisiones y sabía que no iba a poder volver: solía ocurrir que el camión no podía regresar por la nieve y te quedabas hasta que cambiara el clima. Mi padre tenía un administrador catalán llamado Sanz , de esos con frente blanca por no sacarse nunca la boina. Recuerdo que una vez me las ingenié para tomar el camión que iba a llevar las provisiones y me quedé en la estancia bastante tiempo, junto al inexpresivo Sanz. Su menú, mañana, tarde y noche, era puchero de capón magro, “escudella i carn d'olla”, y “cigrons” (garbanzos) de lata con tripa (mondongo). Nunca me dijo de dónde sacaba la tripa pero, habiendo yo probado el “hagáis” escocés (panza de oveja rellena) en casa de los McQueevan, la coincidencia de los gustos no dejaba lugar para la duda. /.../.”
3) Frutos del mar
“/.../. El mar también tenía su atractivo. Se formaban rías y las mareas de esas rías eran de catorce metros y con las bajantes uno tenía todo un territorio que normalmente estaba debajo del mar con mejillones, langostinos y todo tipo de animales que íbamos a recolectar... Eran excursiones cautelosas, era importante calcular bien el tiempo porque la marea podía volver a subir. Nos ocurrió una sola vez, y no hubo otra porque las paternidades se enteraron. El subprefecto, me acuerdo, se llamaba Gallardo. Un buchón.”
4) El vínculo con el vino y las comidas en la infancia
“Bebo vino desde los seis años y no tendría ocho cuando ya sazonaba mis propias coteletas de capón. Mi generación tomó vino desde la más tierna infancia. Fue la venturosa consecuencia de que en Argentina no se vendiese aún la Coca Cola. Nuestros padres nos servían en la copa un dedo de vino y diez de soda; si era verano, con hielo. La proporción de tinto iba creciendo con la edad. De esta manera todos entrábamos en la simple habitualidad del vino. A los veinte ya sabíamos lo que se debe saber para tomar vino con propiedad y sapiencia: que para servirlo en la copa debemos descorchar antes la botella.
”En casa había unas pautas gastronómicas muy simples. Mi familia era de clase media, mi padre era médico hijo de inmigrantes catalanes. Se comía bien pero eran platos de un sabor promedio, sin demasiado ingenio. Por otro lado en esa época no había mucho para elegir en la Patagonia, la imaginación no se podía aplicar tanto. Había cordero, que era el capó (castrado) de quince kilos, carne más sabrosa que la de oveja pero sin la delicadeza del lechal de siete u ocho kilos. Y también había muy buenos pescados de mar, inclusive róbalo, que después en Buenos Aires se puso de super moda con el nombre de merluza negra.
”Por otro lado, había pocas verduras, no porque no se pudieran cultivar. Las estancias que tenían huertas, tenían todas las verduras posibles, y las que no eran tan posibles se cultivaban en invernaderos y listo. En la Argentina la gente es muy perezosa en términos de trabajar la tierra, así que las huertas no abundaban.”  
5) La cocina de su madre
“/.../. Mi madre me introdujo en el aprecio de la música y la poesía. Gabriel Fauré, Maurice Ravel, Debussy, Charles Alkan. Tenía un espíritu sensible, creativo. Recitaba poemas de Rubén Darío, José Asunción Silva, Manuel Ugarte, Evaristo Carriego, Francis Jammes. Yo los aprendí y recordé toda mi vida.
”/.../.
”Mi madre era sensible y delicada pero entrerriana y perezosa. De manera que en casa generalmente cocinaban unas oriundas de Chiloé, mucho más imaginativas que las domésticas locales en el esquema de los aderezos. Yo me pasaba mucho tiempo en la cocina, viéndolas trabajar y haciendo otras cosas. Ellas me enseñaron esas otras cosas y, ya que estaban, a cocinar. De entonces viene mi efecto por el ají rocoto, la malagueta y el wasabi en las áreas del comer sabroso. /.../.”          
Notas y Bibliografía: 
(1) 2008, Albirzú, Mónica, Una charla con Miguel Brascó, Buenos Aires, Capital Intelectual.
(2) Ídem, pp. 15-20.


sábado, 25 de abril de 2015

El Recopilador de sabores entrañables: haciendo vino casero. Comprar la uva

Liniers, 2 de abril de 2015
La uva llega a Buenos Aires desde Mendoza, cuando llega. De modo que, aunque es feriado, fuimos con Rubén Cirocco y Mario Wenceslao Becerra al barrio de Liniers a comprarla.
Allí, Marta, la encantadora hija de don Gaspar, no recibió con amabilidad y oficio. Nos permitió seleccionar la uva y hacer una molienda con su máquina despalilladora. 
Disfruté del colorido de las escenas de intercambios entre los proveedores y los compradores, mayoritariamente italianos o hijos de italianos, pero también judíos y de otros orígenes.
Desde allí nos fuimos hasta Monte Grande. Abusando de la generosa hospitalidad de Rubén, dejamos la uva molida con sus hollejos en unos contenedores en los que guardarán agitado y ruidoso reposo durante los 10 días que lleve la maceración del mosto.
Nos espera el filtrado para la que la fermentación siga su curso hasta que “todita es'uva vino se hará”. En ese momento, verificaremos si el grado de alcohol desarrollado permitirá la elaboración de la “vineta”.
Esta bebida es un vino sumamente liviano que se obtiene agregando un poco de agua a los hollejos en lugar de prensarlos. Pero esto sólo es posible si el vino principal tiene suficiente graduación alcohólica. De otro modo, el jugo obtenido de este segundo prensado debe ser volcado al mosto del vino principal o simplemente conservado aparte para su consumo cunado completa su fermentación.
Agradezco a Rubén por la experiencia que estamos desarrollando y a Mario Wences por ser de la partida.
Para mayor información de lo que estamos haciendo, recomiendo la lectura de mis artículos sobre los vinos caseros en el Gran Buenos Aires y sobre los que Rubén Cirocco elabora en Monte Grande (Parte I y Parte II).


La Feria de Mataderos I

El día 23 de marzo de 2014 estuve en la Feria de Mataderos, disfrutando de buenos bocados de comida callejera, de la mejor carne y de la mejor tradición... ¿Cómo llegué hasta allí? ¿qué vi? ¿qué probé? ¿qué sentí? Demasiadas preguntas para una corta respuesta, me explicaré...
Las imágenes pertenecen al autor
¿Mataderos? ¡Si está tan lejos de los circuitos turísticos...! ¿Mataderos? ¡Con los olores que hay ahí...!
Intentaré mostrar que los domingos, Mataderos no está tan lejos, que vale la pena visitar el Museo Tradicionalista de los Corrales y luego comer unas empanadas criollísimas y deliciosas... Les propongo llegar de la mano de los versos de los grandes poetas de la Ciudad... versos que huelen a azares y a jardines de barrio porteño... Así olían los jardines de Mataderos, cuando yo era un niño... así huele el barrio los domingos de Feria.
I El barrio de Mataderos es uno de los más característicos y tradicionales de la Ciudad. Si tuviera que decir algo de él, es que rezuma identidad. Bonito de decir, pero difícil de explicar. Lo intentaré en estas notas.
Pero antes de explicarme, me sumo a la hora de derribar un viejo mito que dice que Mataderos está muy lejos como para constituirse en un sitio del interés para los visitantes, sean ellos turistas extranjeros o vecinos del Gran Buenos Aires.

Este mito se construye a partir de cómo la Ciudad se ve a sí misma y cómo desea mostrarse. Es verdad que el circuito turístico tradicional que se ofrece a los visitantes se recuesta sobre el Río de la Plata. De modo que, desde La Boca hasta Belgrano, casi nunca penetra más de media legua del camino de sirga riverplatense. El barrio de Mataderos está en otra dirección, pertenece a otro pago... Hay que adentrarse imaginariamente en la Pampa y recorrer algo más de tres leguas campo afuera para llegar hasta él. Digo que hay que hacerlo imaginariamente, claro está, porque la continuidad del tejido urbano lo envuelve y lo deja a Mataderos más cerca del Río de la Plata que de la Pampa real.
¿La conciencia de su distancia del centro, siempre fue así? La verdad es que no lo sé. Es bueno ver cómo se ve la Ciudad en la obra de sus poetas y escritores que son los que, en definitiva, prefiguran el paisaje físico y espiritual de nuestra configuración urbana y tratar de obtener una respuesta a partir de ellos.
Efectivamente, si nos dedicamos a buscar la Ciudad en los poemas de Jorge Luis Borges, recorriendo las piezas que aluden directamente a los barrio de la ciudad. Vamos a encontrar los textos dedicados al Barrio Sur, a la Recoleta y el Barrio Norte, a Palermo, al Centro y los paseos del Bajo, a Belgrano o a sitios ubicado en esos barrios (como el Jardín Botánico y la Plaza San Martín).(1) Sólo encontramos un poema dedicado al cementerio de la Chacarita en su libro (1929) y otro a un atardecer en Villa Ortuzar (1925). Como vemos, el joven Borges sólo llegó hasta el fondo de la legua en oportunidad de asistir a un velorio o de aventurarse muy poco en la hondura de la llanura.(2)
Estas imágenes confirman la visión de la ciudad recostada sobre el río y la lejanía en que se encuentra el barrio de Mataderos. Sin embargo, la Ciudad tiene otros poetas que muestran otras perspectivas.
Leopoldo Marechal, también le cantó. Tuvo la fortuna de criarse en Villa Crespo donde trascurre buena parte de su Adán Buenosayres, para mi gusto la mejor novela argentina del siglo XX. Este barrio está sobre la legua de distancia del río. Pero, Megafón, el personaje de su última novela, se aventura fuera de esos límites. Efectivamente habitaba en las puertas de un oeste reconocido ya como parte del continuo urbano: el Barrio de Flores.(3) Otros poetas y escritores también celebraron el oeste y el barrio de Flores. Dos en especial: Roberto Artl y Baldomero Fernández Moreno... y otros más al barrio de Mataderos (Elías Carpena, Alberto Breccia y Geno Díaz, entre ellos). En todos ellos se percibe la pertenencia a una ciudad que se irradia desde la Plaza en que Juan de Garay la fundara, en un continuo urbano que se despliega mucho más allá que el límite que da el fondo de la legua del Río de la Plata.
De modo que siguiendo esta huella de la lira porteña, diré que Mataderos no está tan lejos, si nos proponemos mostrarnos como gran ciudad. Diré, por ejemplo, que la prolongación de la Línea A del Subte hasta la Avenida Sampedrito, lo coloca a tiro de piedra en la comunicación con el Centro. Desde esta terminal tranviaria no es difícil acceder, en pocos minutos, a la Feria de Mataderos por distintos medios de transporte. Con lo cual, el macaneo de los circuitos turísticos empieza a diluir su aspereza con relación a este barrio y esta atracción. Espero que estas notas contribuyan para convencerlo de que vale la pena recorrer las tres leguas porque hay algo diferente que se puede encontrar en Mataderos.
II Ni bien esté en la Feria de Mataderos es bueno recorrer con la mirada el espacio que la conforma. Se me ocurre aconsejar que la primera vez que vaya en un domingo de Feria, es bueno llegar poco antes de las once de la mañana, cuando la actividad aún no ha cobrado bríos.

Es temprano y uno se puede enfrentar, desde la Avenida de los Corrales con la torre que señala el ingreso al Mercado de Haciendas. Por delante hay una rotonda en la que se erige el monumento al Resero y por detrás, con forma de “n”, una recova con visos de plaza neoclásica de capital española (como las que hay en Madrid, en Barcelona o Bilbao). Esa recova es una de las pocas que se conservan en Buenos Aires. Si no me equivoco sólo quedan en la ciudad la de los paseos del Bajo, la de la iglesia redonda de Belgrano, el frente del edificio histórico del Cabildo de Buenos Aires y ésta del barrio de Mataderos. La Recova del Resero, en particular, ofrece al visitante un aire de ciudad colonial que Buenos Aires nunca conservó, pero siempre deseó mantener.
Sobre el ala sur está el Museo Criollo de los Corrales. Es bueno empezar el recorrido por el Museo porque mete al visitante de lleno en la historia del barrio y, de ese modo, le informa sobre las señas de una identidad vital e incomparable. Los domingos está siempre abierto. El establecimiento es producto de la acción desinteresada de un grupo de vecinos que lo creó y lo sostiene desde hace muchos años. Fue fundado en 1964. Allí tiene su sede, además, la Junta de Estudios Históricos de Mataderos.
Gran mentor de estas instituciones ha sido Ofelio Vecchio, el primer historiador del barrio. Don Ofelio era gerente banco. De modo que de historiador profesional, poco. Pero en sus libros, la vida del barrio vibra con una intensidad y veracidad que es difícil de encontrar en la pluma de algunos autores académicos que han intentado dar cuenta de la historia social de los barrios porteños.(4) En la actualidad, el Museo está a cargo de Orlando W. Falco que sí es historiador profesional. Esta condición ha supuesto un salto cualitativo con relación a la época de don Ofelio. Sus investigaciones permiten conocer con mayor precisión, profundidad y certeza la historia del barrio.
La colección que conforma el patrimonio del Museo fue reunida y ordenada por aficionados, lo que le daba un aire de desorden abigarrado, de dulce algarabía, de amabilidad entrañable. Pero, del mismo modo que en los libros de don Ofelio, la vida del barrio vibraba con vitalidad en cada una de las piezas que se exhiben allí. En los últimos tiempos, el orden de las distintas colecciones ha ido tomando una expresión más racional, más acorde con las técnicas de exposición que siguen los museos modernos. Tal es el caso, por ejemplo, de la sala dedicada a la producción pecuaria en las pampas argentinas.
En una de las salas, hay una carreta tradicional, de las que hacía el trasiego comercial a lo largo y a lo ancho de La Argentina hasta que, avanzado el siglo XIX, el ferrocarril impuso su velocidad. Ésta, en particular, tuvo un papel importante en la entronización de la imagen de la Virgen de Luján en el instituto San José, en Avenida de los Corrales poco antes de llegar a la Avenida General Paz. El hecho ocurrió hace más de sesenta años. En la placa que recuerda el episodio se menciona al padre Reboredo, un auténtico cura gaucho que llegué a conocer en los años sesenta del siglo pasado. En ese Instituto cursé mi preescolar en 1959.
Saliendo del museo, hay que pararse a contemplar la escultura con la imagen de un resero, es decir, el arriero que conducía tropas de ganado desde los campos en que se criaban hasta el Mercado. Este oficio se sigue ejerciendo en el barrio, en las actividades del Mercado de Haciendas, allí mismo, detrás de la recova, los días de semana. Esa vigencia del resero es uno de los signos de identidad que permiten que el visitante se meta en la vida del barrio real. La escultura fue compuesta por Emilio Sarguinet en 1932. Representa a un paisano ataviado con prendas de época que va montado sobre un caballo de raro andar... Los viejos, y los coleccionistas también, se acordarán que en los años sesenta del siglo XX, la moneda de 10 pesos llevaban la imagen de esa escultura (el hecho no dejaba de llenarme de orgullo ante mis compañeros de la escuela secundaria que cursé en el Barrio de Flores).
Desde allí, cruzando la Avenida Lisandro de la Torre, se yergue el edificio de 1901 donde todavía funciona el bar Oviedo, uno de los bares notables de la Ciudad. Los días de Feria se puede comer allí con la familia, los amigos o la compañía que se haya elegido para recorrer el lugar.
Antes de dejar el Museo, los invito a contemplar las medialunas de desjarretar reses que se exhiben en él... ¡Ah!, y queda por entender que es ese caballo de extraño andar que está retratado en el monumento... Pero, si nos detenemos en cada detalle no vamos a recorrer los puestos de la Feria.
III Ese día de marzo estuve en la Feria recorriendo los puestos que ofrecían comidas regionales.

Para hacer una somera descripción digo que sobre la Avenida Lisandro de la Torre hay dos parrillas, bajo los soportales de la recova, en las que se disponen mesas y otras dos sobre la vereda de enfrente. Una de ellas ocupa el local en donde estuvo el cine del barrio y la otra en el bar Oviedo. Vi películas de aventuras cuando era niño en ese cine que conocí con el nombre obvio de Nueva Chicago. Don Ofelio Vecchio dice que fue inaugurado antes de 1920 y que, al principio, se llamaba Jorge Newbery.(6)
También se puede comer asado y empanadas en el local del centro tradicionalista denominado Federación Gaucha Porteña sobre la Avenida de Los Corrales, vereda sur, casi llegando a la esquina de Timoteo Gordillo (la entidad fue fundada en 1984 y nuclea a los reseros que trabajan en el Mercado de Haciendas).
El Club Social Chicago tiene un restaurante y organiza bailes durante los días domingo desde la hora en que está abierta la Feria. Asado, pastas y pizzas para quien desee restaurar fuerzas y música de cumbia y cuarteto para quien decida bailar en sus instalaciones centenarias.
En la prolongación de la Avenida de los Corrales, en la rotonda que rodea el monumento al Resero y por delante de la entrada al Museo, hay tres puestos de comidas regionales que ofrecen empanadas, locro, humitas y tamales: Con Sabor Argentino, Comidas Regionales Doña María y Hornos Tucumanos. Volví a la Feria el día 13 de abril de 2014. Lo primero que hice fue probar las empanadas que ofrecen estos tres puestos y las del bar Oviedo. Todas ellas exponentes de calidad de estos pasteles criollos, aunque las de Doña María me gustaron un poco más que las otras.
La oferta de comida se completa con varios puestos que venden choripanes, sandwiches de carne asada (vacío y bondiola de cerdo) y pastelitos fritos y también dulces tucumanos en un puesto específico que ofrece colaciones, alfajores de maizena y alfeñiques.
Como puede apreciarse, hay una variada y abundante cantidad de comidas típicas a las que se pueden sumar panes y tortillas de chicharrones que ofrecen los puestos de bebidas, alimentos y conservas que se disponen sobre la Avenida de los Corrales... pero de eso hablaremos en otra oportunidad.

Enlace a los artículos sobre la Feria de Mataderos: Parte II, Parte III, Parte IV y Parte V.
Notas y referencias:
(1) 1987, Borges, Jorge Luis, Obra poética 1923-1977, Buenos Aires, EMECÉ, edición de 1977, 17° reimpresión.
(2) 1973, Becco, Horacio Jorge, Jorge Luis Borges. Bibliografía total. 1923-1973, Buenos Aires, Casa Pardo SA.
(3) 1970, Marechal, Leopoldo, Megafón o la guerra, Buenos Aires, Sudamericana.
(4) 1998, Vecchio, Ofelio, Recorriendo Mataderos, Buenos Aires, edición del autor, 2 volúmenes.
(5) 1982, Carpena, Elías, Cuentos de resero, Buenos Aires, Plus Ultra.
(6) 1998, Vecchio, Ofelio, Recorriendo Mataderos, Buenos Aires, edición del autor, Tomo II, pp. 124-125.