miércoles, 14 de agosto de 2019

Instantáneas de una recorrida por la Cuenca del Duero


4 a 12 de setiembre de 2018
Suelo tomar notas durante el viaje para luego escribir mis artículos. Pero esta vez no lo hice. Ya hace algún tiempo que siento que estar pendiente de las fotos con que uno pretende conservar un recuerdo, te distraen de disfrutar el aquí y ahora de cada momento que vivís en un viaje. En esta recorrida por La Rioja y Castilla sentí que me pasaba lo mismo con las notas. De modo que me limité a tomar unas fotos y a registrar unos pocos datos sobre restaurantes, vinos y comidas.
Las imágenes pertenecen al autor 
Estoy escribiendo, estoy reviviendo el viaje, dos meses después de haberlo hecho y no sé qué será de lo que escriba, que será de mi pretensión de dar cuenta de lo vivido. Pero como decía Ezequiel Navarra: “A ver si sale”
Debo decir que llevo años pensando algunos viajes, algunos recorridos que quiero transitar y tengo pendientes… éste era uno de ellos. Estuve muchas veces en La Rioja, la cuna del idioma que hablo; pero quería recorrer la estepa en dónde el español castellano se hizo grande y único en el mundo. Por eso pensé que una andadura por algunas de sus ciudades me llenaría el pecho y las valijas del alma de riquezas increíbles.
Con Haydée, pensamos mucho en qué lugares visitar y cómo hacerlo para tener la visión más completa posible de esta tierra. Finalmente se nos ocurrió una idea que nos permitía multiplicar los sitios aunque termináramos exhaustos como realmente ocurrió, ambas cosas, digo.
I La virgen de Valvanera y el Camino de Santiago
Nuestro viaje arrancó con las emotivas jornadas que vivimos en la Villa de Igea en La Rioja Baja. Salimos de allí luego de cuatro días de intensa actividad en los inicios de las Fiestas de la Virgen del Villar. Hacía 25 años que soñaba con vivirlas de este modo. Entre parientes y amigos y con la compañía de mi primo Juan Carlos Espada y María Luisa Paladino, su mujer. Además, los amigos, entre ellos el Alcalde de la Villa y los miembros de la peña de los Happy’s, me hicieron un gran honor, me invitaron a encender el primer cohete del chupinazo que da inicio oficial a las celebraciones.
Podrán imaginar que todas estas emociones han sido tan difíciles de manejar como ahora de comunicar. Con ellas encima, como el hatillo de un peregrino, decidimos quedarnos un par de días en la cuenca del Ebro antes de marchar a Burgos, nuestra puerta imaginaria de la cuenca del Duero. De modo que pernotamos dos noches en la bellísima ciudad de Logroño.
Esta ciudad es, para mí, tierra conocida. De modo que la recorrimos creyendo que no nos haría ni cosquillas… y, sin embargo, siempre hay algo nuevo, y no sólo por la posibilidad de comer un pincho diferente en la Calle del Laurel.
A nuestro arribo, dedicamos buena parte de la tarde soleada para adentrarnos en el casco histórico a través de la calle Ruavieja, y luego por la de Barriocepo, siguiendo las flechas y las conchas amarillas de la Ruta Jacobea… allí El Camino pasa frente a la iglesia de Santiago el Real.
Todo es la matriz del idioma y, por qué no, una manera particular de vivir la fe católica en La Rioja. Ya había sentido cantando las campanillas y asistiendo a la romería de la Virgen del Villar en Igea, seguidas por la plaza con vacas y encierro sobre la Calle Mayor, momentos en que los cortadores ensayan tradiciones milenarias, muy anteriores al cristianismo…
Es por eso, decidimos peregrinar, esta vez en auto, hasta Anguiano y el monasterio de la virgen de Valvanera, patrona de La Rioja. La lluvia, en nuestro segundo día en Logroño, nos daba un contraste maravilloso en cada curva de la elevada serranía a la que accedimos. Sí, un contraste con aquel sol intenso de las fiestas en Igea. Esta vegetación húmeda y este aire desapacible nos dieron una maravillosa sensación de enfrentarnos con un paisaje que incita al misticismo… aunque no fuera estrictamente una experiencia religiosa.
Nuestro plan consistió en utilizar la hora del almuerzo (como llamamos en Buenos Aires a la comida del mediodía) de cada jornada en que nos trasladábamos de una ciudad a otra para comer en un tercer sitio. Saliendo de Logroño hacia Burgos, no tocó Haro, ciudad que se auto proclama la capital Del Rioja… y, la verdad es que andando por el barrio de la estación, el viajero se siente tentado de suscribir esa proclama.
La concentración de bodegas productoras de los mejores vinos del mundo asombra por esas calles… pero más asombra la fachada de la Casa Consistorial en la que los soportales neo clásicos han sido invadidos por toneles de todas las bodegas locales. Pocas horas en esa ciudad alcanzaron para imaginarnos el paraíso bajo la especie de una vinoteca.
Tan fuerte fue la sensación de bienestar que comí un pincho de torreznos con una copa de Rioja en un restaurante de la calle de la Herradura y me sentí como si estuviera comiendo un puré de calabazas.
II Burgos, la puerta de entrada
Finalmente recalamos en Burgos. Cruzando el río Arlanzón, se ingresa en el centro de la ciudad. Apenas se traspone el puente se enseñorea una majestuosa estatua ecuestre del Cid Campeador frente al edificio de la Diputación provincial. ¡Qué extraño poder tuvo este hombre cuya fama atravesó un milenio! Sabemos que se quejaba de no tener un buen rey (que gran siervo hubiese sido, si hubiese tenido un gran señor), aunque no recordamos fácilmente el nombre de ese rey… Pero esa fama parece declinar ante la vida moderna, agitada, mediática y des historizada.
En los días que estuvimos en la ciudad, el equipo de básquet local, San Pablo Burgos, estrenaba indumentaria deportiva. En una atrevida apuesta publicitaria, habían vestido al Cid con la nueva camiseta de la institución deportiva. No pude saber hasta ahora, momento en que tuve que buscar más información, de qué se trataba. Pregunté a varias personas, pero ninguna pareciera haber tenido noticias del asunto… es más, ni siquiera habían visto la estatua vestida del modo que he dicho… ¿Acaso nadie mira al monumento más importante de la ciudad, el que recuerda al héroe local?
La ciudad es bella, tiene atractivo histórico, la catedral es impresionante, pero los burgaleses no parecen vivir en ella… en fin, signos de los tiempos… ¿Cuántos porteños saben que la Pirámide de Mayo es un cofre hueco que preserva, en su interior, la Pirámide original construida en 1811? Hasta yo mismo, de vez en cuando, dudo que la vieja pirámide aún esté allí.
III Valladolid, capital austera
Cuando pusimos rumbo a Valladolid, decidimos que la escala sería en la propia Ribera del Duero, en Peñafiel.
Aunque la lluvia nos corrió y nos impidió recorrer el castillo y comer en la ciudad; pero pudimos disfrutar de una recorrida que habíamos concertado de antemano en la bodega Protos. La recorrida concluyó con una degustación de vinos tintos de Ribera del Duero y blancos de Rueda.
Los vinos son excelentes, pero debo reconocer que, en mi gusto personal prefiero los vinos de Rioja (así, como en Francia, me gustan más los vinos de Borgoña que los de Burdeos).
Algo me llamó la atención a esa altura de nuestro camino.
En primer lugar, una rara sensación en torno de la preferencia por los vinos locales. Si bien la Provincia de Burgos participa de la Denominación Ribera del Duero, la ciudad no es defensora militante de los vinos que de allí provienen, como Logroño sí lo es de los vinos riojanos. Efectivamente, en restaurantes y bares, yo mismo insinuaba la competencia entre ambas zonas de producción de vinos, las personas con las que dialogaba se manifestaban neutrales, cuando no, más inclinadas hacia el Rioja.
También me impactó un comentario incidental durante la recorrida por la bodega Protos. La guía explicaba las condiciones climáticas de la zona y sus diferencias con el norte. Una de las visitantes, ratificó lo afirmado, “Claro que sí, yo soy del norte”. Le pregunté de dónde era y me dijo que vivía en la ciudad de Burgos.
Caramba, me dije, el río Arlanzón pertenece a la cuenca del Duero; pero la ciudad de Burgos parece más cercana, por clima, claro está, a la cuenca del Ebro… por clima, y tal vez por algo más que sólo intuyo, pero no puedo afirmar de modo contundente porque carezco de conocimientos adecuados para ello…
Lo cierto es que, después de la visita, pusimos proa rumbo a Valladolid, ciudad que no sólo está en la cuenca, sino que también se encuentra en el mismo Valle del Duero.
Haydée y yo llegamos pensando que esta ciudad fue capital de España y que debía conservar monumentos que evocaran una pompa acorde a esa condición. Nada de eso encontramos. Bueno, sí, hay edificios que fue necesario construir para el traslado de la corte a esa ciudad; pero no tiene la monta esperada. La ciudad es bella, moderna y tradicionalista a la vez, sin ningún dato que nos deslumbrara especialmente, salvo las fiestas.
Sí, fiestas, en cada tramo del camino nos encontramos con fiestas. Cuando fuimos a las de Igea, paramos en un hotel en Grávalos, una villa cercana que se estaba preparando para las fiestas que empezarían pocos días después. Ahora estábamos en Valladolid para las fiestas de la Virgen de San Lorenzo.
La bella plaza mayor se veía transformada en una especie de estadio dispuesto para los recitales masivos que se sucedían desde el atardecer en todas las jornadas de las fiestas. Había ferias y puestos de comidas en varios rincones de la ciudad. En uno de ellos, el Paseo Central del Campo Grande, detrás de estos puestos de comida se disponía la Feria de Cerámica y Alfarería de Valladolid.
Casi 70 artesanos de toda España y Portugal exponían sus obras en esta cuadragésima edición. Obras de excelente nivel artístico, algunas recuperando tradiciones locales, otras desarrollando la creatividad personal de los autores. Esa ambivalencia fue casi una expresión del espíritu de la ciudad que les daba albergue… valió la pena ir a Valladolid aunque sólo sea para recorrer esta Feria.
IV Tordesillas y el Toro de la Vega
Partimos hacia Salamanca, pero todavía no abandonamos la provincia de Valladolid porque almorzamos en Tordesillas. Pequeña ciudad en la que se celebró un tratado entre España y Portugal que estableció “definitivamente” las fronteras de expansión oceánica entre ambos reinos, dando origen a la actual República Federativa del Brasil… pero también fue el sitio en el que la Reina Juana (¿la Loca?) vivió una prolongada reclusión, sin dejar de ser reina, por cierto.
Dejamos el auto en un estacionamiento público y, cuando salimos de él, escuchamos el estallido de un cohete. ¿Estamos en fiestas? Pregunté a un transeúnte ocasional… Sí, hoy es el día del Toro de la Vega.
Era martes, era setiembre, y el pueblo llenaba las calles con aire festivo. Los hombres portaban bastones de abigarradas decoraciones… y algunas mujeres también.
Cruzamos la plaza bajo un pasacalle de llamativa apelación, rezaba “Tengo derecho a mi fiesta”. Intrigado pregunté y me explicaron que el gobierno de Castilla y León había prohibido la matanza del toro en la vega del río Duero, que la fiesta tradicional, quizás milenaria, del pueblo, había que celebrarla como una contradanza y no como la justa vital que había tenido más de cinco siglos de documentada existencia…
En fin, me dije, cosas del siglo XXI… y pensé, será mejor que vayamos a los museos que seguramente debe haber en esta pequeña ciudad histórica. Rápidamente dimos con la casa en que se firmó el tratado. Efectivamente hay un museo en ella; pero estaba cerrado. ¿Por los fiestas? No, sólo porque cierra los martes… Curiosidades del camino. Recorrimos las calles soleadas, nos contagiamos del clima de las fiestas, comimos en un mesón de orgullosa dignidad… y soñamos con regresar para ir a los museos.
Seguimos el camino, mientras pensaba a dónde nos llevará esta vocación secular de destruir el pasado… no vaya a ser que nos pase como a Shih Huang Ti (el “primer Emperador”) que pretendió proteger su poder del tiempo y el espacio construyendo la Gran Muralla y quemando los libros anteriores a su reinado, actos que, por cierto, no impidieron la decadencia del Imperio. No impidieron que los bárbaros franquearan la muralla y que la historia reapareciera a pesar de la destrucción de las bibliotecas. (1)
V Salamanca de novatadas y tunantes
Finalmente llegamos a Salamanca. Esta ciudad es encantadora… sí, sí, la monumentalidad de sus edificios es impactante (desde el frontispicio de la Universidad hasta la Casa de las Conchas), pero no es eso… Su encanto está en el aire que se respira. Como pocas ciudades (Ávila y Córdoba en España, Salta en La Argentina), los monumentos nos cuentan una historia que está viva en las calles… el viajero observa los edificios; pero no se siente frente a las vitrinas de un museo.
¿Y las fiestas que tuvimos en todo nuestro recorrido? ¿Siguen en Salamanca? Sí claro, pero aquí no tienen la forma de procesiones religiosas y celebraciones taurinas. La ciudad vive la fiesta permanente de la eterna juvenilia… La tuna que tuvimos oportunidad de escuchar en la placita que está frente a la Casa de la Conchas nos remite a esa fiesta; pero hay más…
Recién comienzan las clases y la ciudad es recorrida por jóvenes de caras pintadas, cantando alegres. Indagué un poco y pude enterarme que estábamos en épocas de las novatadas. Actos irreverentes con que los estudiantes celebran la incorporación de los nuevos integrantes a la cofradía de una de las cinco universidades más prestigiosas del mundo. Las novatadas sufren también, al igual que las fiestas taurinas, la controversia existencial del siglo XXI… las personas encumbradas, y los alcahuetes también, postulan su prescripción.
Un grupo de jóvenes novatas ensayan un gesto de reivindicación de género, cantando por la Rúa Mayor donde Haydée y yo estábamos cenando. Tuvimos una reacción ambivalente sobre lo que ellas decían, “no somos creídas, pero somos superiores”. Tanto ella como yo, rechazamos siempre las visiones elitistas de la vida, pero nos dijimos que la verdad es que esas chicas tienen con qué… ocho cientos años de esa casa de estudios, extremadamente exigente, las respaldan…
Pienso en el genio de Manuel Belgrano. Lo conocemos como el primer economista del Río de la Plata, enérgico revolucionario, militar (la batalla de Tucumán fue el hecho de armas más importante en toda la guerra por la Independencia de Sudamérica) y creador de la bandera nacional argentina… pocos valor le damos que estudió leyes en Salamanca.
VI Ávila, soleada y mística
Culminamos la recorrida por la Cuenca del Duero, volviendo a la clara luminosidad de la ciudad de Ávila que tanto queremos. Esta vez fue una visita especial. Mi primo Juan Carlos Espada nos estaba esperando allí, inesperadamente para nosotros, por cierto. Habíamos compartido unos días maravillosos en las fiestas de Igea en La Rioja y ahora estaba allí, esperando nuestro arribo para festejar su cumpleaños.
Disfrutamos del cielo y del sol de la ciudad mística en familia. Desde la Plaza del Mercado Chico, por ejemplo, mientras tomábamos unas cañas de cerveza nos comunicamos con nuestros hermanos en La Argentina y en los Estados Unidos. De pronto, nos vimos celebrando, casi inesperadamente, una de esas fiestas familiares que vivíamos tan intensamente hace más de cincuenta años en el barrio de Mataderos de la ciudad de Buenos Aires… fue una fiesta de familia, pero ahora estábamos en Ávila.
Reconocimos la ciudad, hasta que dimos con la calle Enrique Larreta que nuevamente nos devolvió a La Argentina… por la noche celebramos el cumpleaños, en el patio de un restaurante recostado sobre la catedral mística de esta ciudad mística.
De Ávila fuimos a Madrid, pero eso ya es otra historia…
Este viaje me trajo una enorme felicidad, lo viví intensamente. No siento como un peso no haber tomado notas en esos días… en realidad, lo he sentido como una liberación. ¿Me quedaron cosas en el tintero, ahora que compongo estas notas? Seguramente, pero escribí estas instantáneas que tomé en mi propia memoria sentimental casi con la misma felicidad con que viví aquellos días.
Notas y referencias
(1) 1950, Borges, Jorge Luis, “La muralla y los libros”, en Otras inquisiciones, Buenos Aires, EMECE, 1960, 13° impresión.

sábado, 3 de agosto de 2019

Cuscús (revisión)


“Y es que siete siglos de nuestra historia no se borran con una apresurada alusión a la dominación árabe, primero, porque no fue árabe en su estricto sentido y, segundo, porque no fue dominación, también en su estricto sentido. Nuestros antepasados andalusíes pertenecían a las tres religiones, convivían (con altibajos, como todas las familias) y hablaban y escribían en árabe, de modo que hasta la liturgia cristiana debía ser aclarada con notas marginales arábigas. Incluso los judíos, de tan peculiar y cerrada estructura social, hablaban en la vida común el árabe, al punto de bautizar con un término arábigo su hamin del sábado, antecesor del hispánico cocido: la adafina.” (2000, Abad Alegría, F., Cuscús, pp. 7-8)
¿Quién que ha conocido la Mezquita Catedral de la Ciudad de Córdoba, no se ha de conmover con las palabras transcriptas en el epígrafe?
I Un libro notable y mi relación con la historia de España
Desde niño he pensado que un libro te puede cambiar la vida. Pero como me ha ocurrido con varios, y todos ellos de la más diversa catadura, esta vez me quedo con la generalidad, hay libros que te cambian la vida.
 
 Las imágenes pertenecen al autor
Esta vez se trata de un libro escueto, en su volumen, claro está, que me prestó mi amigo y maestro Pancho Ramos. Esta obra ha sido verdaderamente incitante para mis indagaciones culinarias, desde el propio subtítulo: “Recetas e historias del alcuzcuz magrebí-andalusí”. (1)
El epígrafe nos da noticias que, en lo personal, me retrotrajeron hasta el año 1978, cuando cursé Historia de España de la mano de la profesora Nora Ramos en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Ella, disciplinada discípula de don Claudio Sánchez Albornoz, insistía, con pasión casi desmedida, en que no había habido invasión árabe en España. Que sólo se trató de una invasión de pueblos musulmanes norteafricanos capitaneados por una elite árabe.
El tema no fue menor para mí, como tampoco para Abad Alegría. Un detalle importante que el autor refiere y que la profesora Ramos subrayaba es la convivencia, en algunos casos fructífera, de los pueblos de las tres religiones del Libro en la tierra de mis antepasados.
Efectivamente, durante los siglos XII y XIII, esta convivencia dio lugar a múltiples actividades intelectuales cuyo centro de acción fue lo que se ha conocido como la escuela de traductores de Toledo. Esta convivencia, basada en la tolerancia reinante en esa ciudad gobernada por los castellanos, permitió que Europa recuperara textos fundamentales de autores clásicos que sólo se conservaban en árabe.
Cuando tuve oportunidad de viajar, intenté encontrar ese clima de convivencia en Toledo. Me resultó muy difícil actualizar ese pasado dentro de las vitrinas de museo que parecen encerrar la ciudad. Toledo, en el presente, no nos habla, tal vez deba decir, no me habló precisamente de esa convivencia. Sin embargo, hay dos lugares en donde aquel pasado fructífero se refleja claramente en la acogida que de él hacen las generaciones actuales: Ávila y el misticismo aún visible en ella, y Córdoba y su majestuosa Mezquita Catedral, donde esta última gana en alturas y luminosidad desde el mismo corazón de la primera.
Por ello, me impactó en mayor medida el libro de Abad Alegría que el recuerdo de las clases de la profesora Ramos. Es que, para este autor, la convivencia no se ha queda estancada en la Edad Media… tiene presente y también futuro, pero la imagina en torno de una mesa en la que se sirve un plato de cuscús, ¿y por qué no?:
“El alcuzcuz es delicioso, bien hecho. Es una comida completa, si completa se hace, es excusa para alifara amistosa y para celebración exotizante. Y además, un poco a lo lejos, es tan nuestro como de nuestros primos cercanos magrebíes. De modo que, con un mucho de entusiasmo y un muchísimo de osadía, vamos a contar algo sobre tan antiguo producto, hispano-andalusí por derecho propio, en la esperanza de que se contagie al lector la admiración y el gusto por prepararlo.
”Y que en tan hermosa ocupación nos encontremos y quiera Dios (¡Él sea alabado!) que nos sirva para gozar y recordar, trayéndola del tesoro de la memoria colectiva, una faceta de nuestro glorioso pasado andalusí.” (pag. 9)
He publicado una receta de cuscús en La Argentina actual (¿aprendizaje exotizante o lección naturalizante?). Cuando la escribí, tenía una idea confusa acerca de qué era el cuscús. Tan confusa que no lograba separarla con claridad de la elaboración y el uso del burgul. (2) Este libro llegó a mis manos para corregir algunos errores graves; pero no me dio tiempo para un desarrollo adecuado del tema en el artículo de marras. Ello me obligó a componer este otro, más como una revisión de lo escrito que como una reseña crítica de la obra que, en cierto modo, también lo es.
II El alcuzcuz
Abad Alegría nos dice:
“El alcuzcuz es sémola de trigo, modelada en forma de minúsculos granitos, con el concurso de harina de trigo también, agua, una pizca de sal y mucho movimiento de la mano. Y luego conservada tras secado, para ser empleado como base cereal en comidas principales y a veces dulcería. Y que se debe cocer al vapor de agua caliente, despacito, conservando la separación de los nutritivos granitos. Y nada más.” (pp. 11-12, subrayados míos)
Y agrega que tiene una composición nutricional equilibrada que se puede suplementar sencillamente con la adición de algunas proteínas, grasas, minerales, etc. “Le pasa lo mismo que al pan, base de la alimentación occidental durante siglos y no simple acompañamiento o guarnición, como ahora.” (pag. 12)
Ahora bien, el denominado trigo burgul, también tiene la forma de granitos de harina. Nuestro desconocimiento, digo, de gran parte de los argentinos, hace que confundamos ambos productos, al punto de que muchos preparan la muy conocida ensalada tabuleh que lleva burgul y perejil y algunos productos más, con cuscús.
Siguiendo a nuestro autor podemos establecer que hay tres cuestiones básicas que es necesario aclarar para entender de qué estamos hablando, esto es: el producto de trigo, la forma de elaboración del producto y la cocción para su consumo.
El primer dato importante es que el cuscús se elabora a partir de sémola, es decir, de la parte dura del grano de trigo, aunque también se usa algo de harina de la parte más blanda del grano, para complementarlo durante su preparación. En cambio, el burgul, se elabora a partir del grano entero. En ambos casos se utiliza la harina de grano duro.
El segundo dato, relacionado con el primero, es tal vez el más importante. El burgul se obtiene de la pre-cocción del grano entero de trigo, en tanto que el cuscús, del aglutinamiento de la sémola, asistida con el agregado de un poco de harina.
Efectivamente, en el burgul, el grano se cocina en agua salada hasta que la cáscara comienza a romperse. Llegado a ese punto, se cuela y se seca al sol durante una semana. Finalmente, se muele en un mortero hasta que la cáscara se desprenda. Se procede, entonces, a la separación de la misma con un cernidor y a un segundo secado.
El cuscús se obtiene aglutinando la sémola mediante una especie de micro bollado con la palma de la mano humedecida, “como quien hace minúsculas albondiguitas” dice Abad Alegría (pag. 15). El resultado son uno granitos de 2 mm de diámetro. El agregado de un poco de harina, en el proceso de elaboración, le da una consistencia permeable.
El burgul se hierve en el momento de comer, si se ha molido grueso; pero si se utiliza el molido fino, alcanza con hidratarlo con agua casi hirviendo. El cuscús se cocina al vapor en un utensilio específico de nominado alcuzcucero. También se cocina en el momento de comer junto con los alimentos que lo acompañarán, colocando el alcuzcucero encima de la olla en que se cuecen esos alimentos. (pp. 13-15)
El cuscús puede recibir una pre-cocción. En Buenos Aires, se consigue un cuscús industrial pre-cocido en dietéticas o negocios de especialidades árabes. En este caso, se lo puede hidratar con agua casi hirviendo. Esta manera de prepararlo ha generado más de una confusión con el burgul entre neófitos inexpertos como yo.
La diferencia con el producto artesanal que se cuece en el momento es notable. He probado un cuscús excelente hecho al modo tradicional, en el restaurante Mishiguene, por el cocinero Tomás Kalica. ¿En un restaurante de cocina judía? Sí, si bien el cuscús es un producto del Magreb (norte occidental de África), fue llevado a Israel (en pleno territorio del burgul) por familias sefardíes de origen magrebí. (Pag. 16)
El tema de la cocción ha sido decisivo porque ha hecho que fuera en el Magreb donde se afincó la variedad de trigo de grano duro, proveniente de Egipto, en tanto que el de grano tierno, también oriundo de Egipto, ha tenido una larga historia de predominio por amplias zonas del planeta, iniciando su periplo por la Europa Mediterránea hace milenios. Volveré sobre el tema en el acápite que sigue.
Italia es el lugar en donde las dos tradiciones del trigo se han encontrado. El trigo de grano tierno, tan originario de la denominada media luna fértil del Oriente Medio como el de grano duro, llegó en tiempos del Imperio Romano. Desde entonces, se lo utiliza como ingrediente básico del pan y se ha transformado en la base milenaria de la comida del Occidente Cristiano. La sémola de grano duro, llegó durante el dominio magrebí (sarraceno) en Sicilia (siglos XII y XIII). Ha sido la base de la pasta secca que Italia globalizó desde el siglo XIX… Pero no es el único producto de sémola que se consume en ese país, aún se conserva, en Sicilia, por cierto, el consumo de cuscús, en especial en la ciudad de Trapani.
En Francia, el cuscús es parte del acervo culinario nacional. Ha sido rescatado del olvido europeo a partir de su vínculo con sus ex colonias en el norte de África, en especial con Argelia donde existió una importante población criolla francesa.
Como verán abajo, en España, el origen y el destino del cuscús fue bien diferente.
III Noticias de encuentros y desencuentros
Entre 1492 y 1609, España sufrió desgarramientos en su estilo de convivencia multiétnica cultivado desde por lo menos el siglo VIII de nuestra era, en el área bajo dominio musulmán, y durante los siglos XII y XIII en los reinos cristianos (es decir, entre la toma de Toledo y la muerte de Alfonso X, el sabio, desde 1085 hasta 1284). Sólo voy a dar cuenta del fenómeno y de la contrariedad que, en lo personal me provoca. En materia política, dejo la tarea de reparación a los españoles.
Con todo, quiero destacar un par de hechos. La actitud del rey Juan Carlos Primero quien, en abril de 1992, asistió, en la sinagoga de Madrid, a un acto de reconciliación con el pueblo judío al cumplirse quinientos años de la Real Célula firmada por Isabel la Católica, resolviendo la expulsión de los judíos del Sefarad. También una la ley sancionada en 2015 que permite acceder a la ciudadanía española a los descendientes de sefardíes expulsados en 1492.
Con esa reconciliación en marcha, aún falta el reencuentro de España con el Magreb. Ya les he mostrado que Francisco Abad Alegría piensa que la mesa puede ser el mejor sitio para ese reencuentro y un plato de cuscús, bien hecho, como el mismo afirma, el vehículo ideal. Por eso el libro que tengo entre manos no sólo habla de la preparación del cuscús y de las recetas que juzga importantes para celebrar su consumo; sino también de una historia de encuentros y desencuentros cuyo escenario fue el propio territorio hispano lusitano.
He dicho, en el artículo de mi autoría ya citado, que resulta verdaderamente curioso es que este plato no forme parte de la cocina andaluza tradicional, cuando esta región de España conserva vínculos culturales con Marruecos y el resto del Magreb más que evidentes, como es el caso de la arquitectura y de la música. En esa oportunidad, estimé que había un rechazo por esta comida en los castellanos que poblaron el Al Andaluz a partir de la reconquista.
Abad Alegría indaga en viejos recetarios. Esos libros que se publicaron en España durante el Renacimiento aluden a una cocina más europea que española. Lo cual no es incoherente debido a que se trata de textos escritos por cocineros cortesanos. En muchos que cita nuestro autor, el cuscús no existe ni siquiera como referencia. Sin embargo, encuentra que el recetario de Francisco Martínez Montiño (cocinero de las cortes de Felipe III y Felipe IV) le dedica 5 páginas a la elaboración y cocción del cuscús, y a las combinaciones posibles con otros ingredientes, todo ello de manera similar a cómo se prepara el cuscús en el Magreb, excepto en el uso del picante y de las salsas. (4)
Esta presencia del cuscús en la literatura culinaria llama la atención de nuestro autor que luego de comparar esta obra con las de otros autores, señala la existencia de dos tradiciones reconocible en los libros publicados y por él consultados. Una cocina culta, heredada de los Austrias, con fórmulas tanto centro europeas como españolas. Otra relacionada con el Mediterráneo cristiano. Aunque, sin embargo, una sola de las obras de esta corriente refiere al cuscús, lo que le permite concluir:
“Con el Alcuzcuz parece que se da un fenómeno parecido al ocaso del cilantro; esta planta aromática, fundamental en la culinaria musulmana, queda prácticamente proscripta, quizás por demasiado musulmana, excesivamente identificada con la sociedad vencida, punto de mira de todas las inquisiciones del momento. Así, el alcuzcuz sería mucho más bereber, más absolutamente identificable como no cristiano, que unas albóndigas, unas salchichas o una buena alboronía, que recuerdan preparaciones previas, romanas o genéricamente preislámicas en España.” (Pag. 27)
Lo cierto es que parece que el cuscús había quedado encerrado en una endo cocina morisca desde la toma de Granada hasta la expulsión de los moros en 1609. A partir de allí, desaparece de la península. La última mención en la literatura española se encuentra en El Quijote, precisamente publicado a principios del siglo XVII. Cervantes lo refiere a las preferencias alimentarias de los moros, confirmando la idea de la existencia de esa endo cocina. A su vez, esta última mención parece confirmar también la idea de “proscripción” a la que se refiere Abad Alegría, el cuscús abandonó España con los moros. (5)
El escritor argentino Enrique Larreta pinta el clima adverso a los moros en su reconocida novela La Gloria de don Ramiro (1908). En esta obra, ejemplo de la narrativa modernista hispanoamericana, se puede ver la actitud de la nobleza castellana en las postrimerías del reinado de Felipe II que desembocaría en la expulsión decretada por Felipe III. El autor pinta con solvencia erudita el aire decadente de aquella vieja nobleza que rechaza a las poblaciones musulmanas sin atinar en el reemplazo de su capacidad de mano de obra a una España socialmente alicaída. (6)
IV Una larga historia
¿Cómo empezó esta historia? Obviamente antes que el cuscús, antes del Islam, antes que llegara el trigo de grano duro al Magreb.
Tribus bereberes nómades ocupaban el Magreb hasta la llegada de los árabes, a fines del siglo VII. En primera instancia resisten la ocupación; pero luego se convierten al Islam. Como consecuencia de ello, los ejércitos musulmanes que ocuparán España a principios del siglo VIII estarán conformados por una elite árabe y un grueso de tropas bereberes. A mediados de ese siglo, el poder islámico en España comienza a tomar independencia en relación con las capitales orientales del “imperio” islámico, Damasco y Bagdad. Esta situación y el hecho de que las tribus conversas sigan resistiéndose a la arabización de sus costumbres son claves para entender la relación de España con el Magreb hasta la expulsión de los moros en 1609.
Estas tribus bereberes, nos dice Abad Alegría, consumían gramíneas silvestres que eran molidas de manera rudimentaria y conservadas en sextos. Utilizaban morteros de madera, livianos y transportables. Estas gramíneas silvestres eran aplastadas en esos morteros y se consumían hervidas.
El Islam trajo transformaciones socioculturales importantes a la región. Parte de las poblaciones que la habitaban dejaron de ser nómades recolectores y pasaron a vivir en asentamientos agrícolas, donde empezó a cultivarse el trigo de grano duro que sí se suele cocinar al vapor. La transformación no fue instantánea y homogénea. Las poblaciones de recolectores de gramíneas siguieron existiendo por siglos. Es más, algunas de esas especies que consumía en su forma silvestre, se cultivan hoy en día en muchas partes del planeta (el denominado trigo sarraceno, es la más conocida). La adopción del trigo llevó, por lo menos, dos siglos.
Los cierto es que la aparición del trigo y la adopción de las variedades de grano duro que permiten obtener la sémola, está asociada al origen del cuscús. Como en todas estas cuestiones vinculadas con la cocina, es muy difícil establecer fechas precisas. Tampoco se puede establecer con precisión el momento en que aparece el alcuzcucero. Abad Alegría lo asocia a una utilización eficiente de un recurso extremadamente escaso en el Magreb, el agua.
Pero aquí, el autor entra en una contradicción. Primero afirma “El grano así aplastado (se refiere a las gramíneas recolectadas por los bereberes nómades), se cocía en agua, añadiéndole un poco de mantequilla y sal. No se tomaba cocido en vapor.” (pag. 18). Sin embargo, en el párrafo siguiente afirma: “Sabemos que el vapor cuece bien los granos silvestres y la sémola de grano duro”. Está claro que el hecho que lo sepamos nosotros no supone que así lo hicieran los magrebíes anteriores al siglo X; pero vuelve sobre el tema en la página 30, donde dice: “Ya he comentado antes cómo los pueblos bereberes hacían uso de gramíneas silvestres para elaborar algo parecido al alcuzcuz, hace muchos siglos.” Pero no describe cuál es el parecido, de modo que podemos sortear estas contradicciones, sobre todo porque el cuscús, tal y como lo conocemos aparece tardíamente en relación con la adopción del trigo en el Magreb y, por cierto, también en el-Alandalus. ¿Cuándo? Veamos.
Luego de explorar los recetarios renacentistas, como les he mostrado arriba, para rastrear la ocurrencia de recetas de cuscús entre la toma de Granada y los momentos posteriores a la expulsión de los moros; Abad Alegría intenta rastrear su presencia en textos sanitaristas y recetarios andalucíes y de alcuzcuceros en las indagaciones arqueológicas en el sur de España y las Islas Baleares.
No hay referencias al cuscús hasta el siglo XIII (pp. 29-33) ni se hallaron restos de alcuzcuceros anteriores al mismo siglo (pp. 33-38).
Con esta información, el autor arriba a las siguientes conclusiones:
·      El momento histórico: “Invasión islámica (se refiere a la presencia de los almohades en España desde el último tercio del siglo XII) en los social y religioso, pero bereber en lo racial y cultural. A partir de La Navas de Tolosa (1212) el terreno de los musulmanes en España queda reducido a parcelas cada vez más pequeñas; Ahmar Ibn Nasr, funda la dinastía nazarí en Granada, dominando la actual extensión de Granada, Almería, Málaga y parte de Jaén y Murcia. El reino de Granada cae al fin en 1492, /…/.” (pag. 29)  
“Globalmente, la influencia bereber es decisiva e imprimirá un modo particular de entender el Islam y una profunda huella cultural en nuestro suelo. En el tema que nos ocupa, no es extraño que se introduzcan en la península usos culinarios, como el alcuzcuz. /…/.” (pag. 30)
·      La idea gastronómica: “A partir del siglo XIV, el trigo que se generaliza en España es el candeal, cuya preparación ya difiere bastante de las del duro; en este momento ya es imprescindible la formulación compleja que se mima y perpetúa en la awla magrebí, (7) de amasado, humedecido, enharinado. Pero debemos pensar que en estos momentos, el al-Andalus ya está en regresión máxima, en las vísperas de su final, y por tanto la capacidad de influir sobre las costumbres peninsulares de técnicas como la culinaria, es muy limitada o casi inexistente. En los dos siglos largos que separan la batalla de Las Navas de Tolosa y la conquista de Granada por los Reyes Católicos, es cuando verosímilmente se va a gestar la formulación definitiva y completa del alcuzcuz que hoy conocemos. Parece difícil entender tal génesis sin el concurso del trigo candeal, que seguirá una dirección norte-sur, y la de un modo de preparación al vapor, con alcuzcucero y sobre la base de sémola de trigo duro, cuyo sentido es sur-norte. De este modo, no parece rebuscado admitir la posibilidad de que el alcuzcuz que recoge Martínez Montiño, sea reliquia de un producto que se estructura definitivamente a horcajadas de las Columnas de Hércules (denominación clásica del Estrecho de Gibraltar), con la inevitable interacción al-Andalus-Magreb, con una base almohade fundamental, /…/.” (pp. 32-33)
Nuevamente hallamos una contradicción en el texto; pero esta es difícil de resolver a partir de la lógica que el autor exhibe en su escritura, como ocurrió con los casos anteriores. ¿Acaso trigo candeal y trigo de grano duro no son sinónimos? En los casos analizados arriba, cierta ligereza en la escritura y falta de precisión en los términos utilizados permitían sortear ciertos desplazamientos conceptuales, de modo que, con una pequeña exégesis, se le podría otorgar el beneficio de la duda al señor Abad Alegría. Pero aquí no. ¿Habrá querido decir que de norte a sur era el camino de la molienda de harina y de sur a norte, el de la sémola? Es probable, pero mi insolvencia erudita en la materia me impide asegurarlo con certeza. La idea de que harina y sémola son tan indispensables como unas palmas habilidosas de manos sabias para elaborar el cuscús da elementos para alimentar esta hipótesis; pero habría que indagar la historia de los molinos en ambas márgenes del Estrecho.
Adicionalmente, y con todo el aporte que hace al conocimiento de la materia, este libro anda con una pata coja. Está claro que no es rebuscado admitir la posibilidad de que el cuscús haya alcanzado su estructura definitiva a horcajadas de las Columnas de Hércules; pero tendríamos mayores certezas sobre el particular, si contáramos con el análisis de fuentes literarias y arqueológicas del otro lado del estrecho, en el propio Magreb. Abad Alegría no alcanzó a desarrollar es línea de investigación.
V El camino de regreso a casa
Del mismo modo que el Rey Juan Carlos y el gobierno español ha avanzado en un proceso de reconciliación con el pueblo judío, en general, y de políticas reparadoras hacia los sefardíes, en particular, los amantes de la paz entre los pueblos esperamos que esa gran nación europea reconstruya los lazos que lo han unido al pueblo magrebí durante siglos.
Es probable que el proceso demande mucho tiempo; pero hay algunos aspectos que pueden fortalecer una tendencia en ese sentido. La renovación de los vínculos culturales puede ser un buen camino.
He tenido oportunidad de conocer las ciudades de Córdoba y Granada. En la primera, y esto lo he dicho ya muchas veces, sorprende la estructura de una mezquita que ofrece un clima propicio para la elevación espiritual. Entramos en un amplio espacio donde la arquitectura del califato se expresa creando el clima de una enorme carpa que parece protegernos de las inclemencias del desierto. Andamos por entre arcadas apacibles; pero cuando llegamos al centro, la catedral allí construida pretende alcanzar las cumbres luminosas que buscaron los arquitectos cristianos durante la Baja Edad Media. Todo es armonía y suave transición en el edificio. Nada parece venir de Medio Oriente ni del norte de Europa. Todo parece haber sido echo allí mismo, a partir de un fructífero intercambio de ideas que se operó en la mente de los arquitectos sin que haya habido un diálogo explícito, como sí ocurrió con los palacios de La Alhambra en Granada.
La Andalucía actual exhibe también una música propia poblada de requiebros tan encantadores como desgarradores. A mí esa música me recuerda a cierta música marroquí que he tenido ocasión de escuchar.
¿No les parece que estos puentes son muy buenos? Tal vez tengamos algo más. Francisco Abad Alegría, como hemos visto en algunos textos transcriptos, alienta la esperanza de que el regreso del cuscús a casa, a la Andalucía donde todo indica que ha nacido, sea otro vehículo de reconciliación.
Notas y bibliografía:
(1) 2000, Abad Alegría, Francisco, Cuscús, recetas e historias del alcuzcuz mabrebí-andalusí, Zaragoza, Libros Certeza.
El resto de las referencias a esta obra se indican con su número de página en el mismo texto del artículo.
(2) 2018. Aiscurri, Mario, “La receta de cuscús de Tucho Conde”, el El Recopilador de sabores entrañables, leído el 20 de octubre de 2018 en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2018/04/la-receta-de-cuscus-de-tucho-conde.html.
(4) 1763, Martínez Montiño, Francisco, Arte de cozina, pasteleria, vizcocheria y conserveria, (facsímil de la citada edición), París, Valencia, 1994 (la primera edición es de 1611); citado por 2000, Abad Alegría, Francisco, Cit., pp. 19-27. Abad Alegría cita la edición de marras porque es la que él consultó. Ello no implica que esa referencia no haya estado en el libro desde su primera edición de 1611, hecho que juzgo más que probable por su coetaneidad con El Quijote.
(5) 2012, Capel, José Carlos, “El cous cous, ese plato perdido”, leído en http://elpais.com/elpais/2012/09/27/gastronotas_de_capel/1348732745_134873.html, el 4 de mayo de 2017.
(6) 1908, Larreta, Enrique, La Gloria de don Ramiro, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, Capítulo Biblioteca Fundamental Argentina N° 27, 1968.
(7) “El cuscús (nuestro alcuzcuz) es el rey de las preparaciones de grano en el norte de África. Su preparación, que aún se hace domésticamente, aunque se puede conseguir resultante de proceso industrial, constituye una auténtica fiesta familiar, lejanamente parecida a las reuniones montañesas para la preparación de las mazorcas de maíz o la gran fiesta familiar de la matanza del cerdo; se llama awla a esta fiesta, en la que las familias se reúnen rotatoriamente en casa de los vecinos, para preparar el alcuzcuz que llenará alegremente las despensas.” 2000, Abad Alegría, Francisco, Op. Cit., pag. 14.


El couscous en tres pasos de Fatima Hall


Por Pancho Ramos (1)
El couscous es un plato pobre que desde hace milenios forma parte de la culinaria de Marruecos. Desde ahí se extendió a Francia, Sicilia, Túnez, Israel, Palestina y también a otros países del arco mediterráneo. Durante el siglo XIII, en el esplendor del Califato de Córdoba, fue parte de la cocina mora de esa zona y dos o tres siglos más tarde desapareció del territorio español. Hay dos recetarios de aquellos días que conservan su memoria. El primero, de un autor murciano llamado Ibn Razin al-Tuyibi, se llama "Fedalat Al-Jiwan"; el otro es “Manuscrito anónimo hispano magrebí”. Más allá de esos libros poco conocidos aparece como alcuzcuzú en la Lozana andaluza, también en El Quijote y más tarde en Rabelais.

Referencia de la imagen (2) 

Hay couscous dulces y salados, pero la versión más conocida es la que sirve para acompañar algunos tajines. Los magrebíes disponen el couscous en pirámide. En la parte inferior de las dunas colocan la carne, por encima de ella verduras y legumbres, en torno se deja caer la salsa. Cada comensal come de un plato comunitario, limitándose al territorio más cercano y sin inmiscuirse en la zona de los vecinos. Los invitados toman el couscous con una pinza que forma con los dedos índice, pulgar y corazón de la mano derecha. Algunas veces con verdura; solo después de muchas embestidas queda al descubierto la carne que se va desmenuzando y repartiendo entre los comensales. En la ceremonia intervienen elementos de estricta cortesía (sería imperdonable atacar de entrada la verdura y no digamos la carne); códigos de nutrición (el couscous, la grasa, las verduras, los cereales y la carne componen una dieta equilibrada) y de economía. Las reglas de cortesía consiguen que la cantidad de producto consumido sea inversamente proporcional a su precio: cereal, verdura, carne. Equilibrio dietético, pacto social y sostenibilidad económica se dan la mano de un modo en apariencia sencillo, pero que expresa complejos y bien engrasados mecanismos culturales y de supervivencia.

Algo similar ocurre con las paellas que sirven en la comunidad valenciana. Los arroces servidos en ese recipiente han sido desde siempre arroces sociales, de fiesta familiar o de celebración amistosa. La envergadura del recipiente, su cocción en fuego de leña requiere de espacios abiertos: el emparrado, el huerto familiar, el aire libre. La paella también se pone en medio de los feligreses y es de rigor avanzar desde el borde hacia el interior sin que nadie tenga el derecho a saltarse espacios o a inmiscuirse en el territorio de sus vecinos.

He visto cocinar couscous de muchas maneras, algunos le añaden agua tibia o caliente y otros la suman al caldo. Los instructivos de los paquetes suelen simplificar los pasos que no son tan sencillos como sugiere el rotulo "precocido" que se lee en el envase. Creo que el mejor de los caminos para hidratar el couscous es el que propone Fatima Hall, una cocinera magrebí que ha sentado catedra en Paris desde su restaurant Le Mansuria. Voy a intentar sintetizar el procedimiento que ella recomienda.

Es necesarios contar con un plato grande (gasa'a lo llaman en Marruecos) y de una olla para cocinar al vapor. Hay tres tamaños de couscous, fino, medio y grueso. El más práctico es el medio. Aunque en Marruecos se sirve como he dicho y se come con la mano, es más práctico en estas latitudes recurrir a cubiertos y servirlo en dos recipientes. En uno la sémola y en el otro el guiso.
Primera Etapa.
500 gramos de couscous (1 paquete la mayor parte de las veces).
1/2 vaso de agua fría (12,5 cl)
1 cucharada de aceite de oliva.
1. Colocar la sémola en un plato grande, añadir el aceite y el agua y mezclar bien con las manos para que los granos se impregnen y después se puedan hinchar durante la cocción al vapor. Un puñado después de otro o, si prefieren, con la ayuda de un tenedor y una cuchara, cada uno en una mano. Dejar reposar 10 minutos.
2. Colocar en un recipiente de vapor y cocinar encima de caldo o agua durante 20 minutos.
Segunda Etapa
1/2 vaso de agua fría (12,5 cl)
sal
1. Retirar de la cocción y colocar de nuevo en la gasa'a o plato.
2. El couscous será una masa compacta y al principio con un tenedor y después con las manos hay que romper esa torta para airearla.
3. Añadir otro medio vaso de agua, remover, agregar sal y dejar reposar 10 minutos.
4. Colocar de nuevo en el recipiente de vapor y cocinar durante otros 10 minutos.
Tercera Etapa
75 gramos de manteca (buenas no hay, elija la menos mala)
1. Retire el couscous y volver a colocar en el plato grande.
2. Añada la manteca y mezcle bien para separar los granos.
Notas y referencias
(1) Estas notas fueron publicadas en el grupo cerrado de Facebook denominado Buena Morfa Social Club.