miércoles, 14 de agosto de 2019

Instantáneas de una recorrida por la Cuenca del Duero


4 a 12 de setiembre de 2018
Suelo tomar notas durante el viaje para luego escribir mis artículos. Pero esta vez no lo hice. Ya hace algún tiempo que siento que estar pendiente de las fotos con que uno pretende conservar un recuerdo, te distraen de disfrutar el aquí y ahora de cada momento que vivís en un viaje. En esta recorrida por La Rioja y Castilla sentí que me pasaba lo mismo con las notas. De modo que me limité a tomar unas fotos y a registrar unos pocos datos sobre restaurantes, vinos y comidas.
Las imágenes pertenecen al autor 
Estoy escribiendo, estoy reviviendo el viaje, dos meses después de haberlo hecho y no sé qué será de lo que escriba, que será de mi pretensión de dar cuenta de lo vivido. Pero como decía Ezequiel Navarra: “A ver si sale”
Debo decir que llevo años pensando algunos viajes, algunos recorridos que quiero transitar y tengo pendientes… éste era uno de ellos. Estuve muchas veces en La Rioja, la cuna del idioma que hablo; pero quería recorrer la estepa en dónde el español castellano se hizo grande y único en el mundo. Por eso pensé que una andadura por algunas de sus ciudades me llenaría el pecho y las valijas del alma de riquezas increíbles.
Con Haydée, pensamos mucho en qué lugares visitar y cómo hacerlo para tener la visión más completa posible de esta tierra. Finalmente se nos ocurrió una idea que nos permitía multiplicar los sitios aunque termináramos exhaustos como realmente ocurrió, ambas cosas, digo.
I La virgen de Valvanera y el Camino de Santiago
Nuestro viaje arrancó con las emotivas jornadas que vivimos en la Villa de Igea en La Rioja Baja. Salimos de allí luego de cuatro días de intensa actividad en los inicios de las Fiestas de la Virgen del Villar. Hacía 25 años que soñaba con vivirlas de este modo. Entre parientes y amigos y con la compañía de mi primo Juan Carlos Espada y María Luisa Paladino, su mujer. Además, los amigos, entre ellos el Alcalde de la Villa y los miembros de la peña de los Happy’s, me hicieron un gran honor, me invitaron a encender el primer cohete del chupinazo que da inicio oficial a las celebraciones.
Podrán imaginar que todas estas emociones han sido tan difíciles de manejar como ahora de comunicar. Con ellas encima, como el hatillo de un peregrino, decidimos quedarnos un par de días en la cuenca del Ebro antes de marchar a Burgos, nuestra puerta imaginaria de la cuenca del Duero. De modo que pernotamos dos noches en la bellísima ciudad de Logroño.
Esta ciudad es, para mí, tierra conocida. De modo que la recorrimos creyendo que no nos haría ni cosquillas… y, sin embargo, siempre hay algo nuevo, y no sólo por la posibilidad de comer un pincho diferente en la Calle del Laurel.
A nuestro arribo, dedicamos buena parte de la tarde soleada para adentrarnos en el casco histórico a través de la calle Ruavieja, y luego por la de Barriocepo, siguiendo las flechas y las conchas amarillas de la Ruta Jacobea… allí El Camino pasa frente a la iglesia de Santiago el Real.
Todo es la matriz del idioma y, por qué no, una manera particular de vivir la fe católica en La Rioja. Ya había sentido cantando las campanillas y asistiendo a la romería de la Virgen del Villar en Igea, seguidas por la plaza con vacas y encierro sobre la Calle Mayor, momentos en que los cortadores ensayan tradiciones milenarias, muy anteriores al cristianismo…
Es por eso, decidimos peregrinar, esta vez en auto, hasta Anguiano y el monasterio de la virgen de Valvanera, patrona de La Rioja. La lluvia, en nuestro segundo día en Logroño, nos daba un contraste maravilloso en cada curva de la elevada serranía a la que accedimos. Sí, un contraste con aquel sol intenso de las fiestas en Igea. Esta vegetación húmeda y este aire desapacible nos dieron una maravillosa sensación de enfrentarnos con un paisaje que incita al misticismo… aunque no fuera estrictamente una experiencia religiosa.
Nuestro plan consistió en utilizar la hora del almuerzo (como llamamos en Buenos Aires a la comida del mediodía) de cada jornada en que nos trasladábamos de una ciudad a otra para comer en un tercer sitio. Saliendo de Logroño hacia Burgos, no tocó Haro, ciudad que se auto proclama la capital Del Rioja… y, la verdad es que andando por el barrio de la estación, el viajero se siente tentado de suscribir esa proclama.
La concentración de bodegas productoras de los mejores vinos del mundo asombra por esas calles… pero más asombra la fachada de la Casa Consistorial en la que los soportales neo clásicos han sido invadidos por toneles de todas las bodegas locales. Pocas horas en esa ciudad alcanzaron para imaginarnos el paraíso bajo la especie de una vinoteca.
Tan fuerte fue la sensación de bienestar que comí un pincho de torreznos con una copa de Rioja en un restaurante de la calle de la Herradura y me sentí como si estuviera comiendo un puré de calabazas.
II Burgos, la puerta de entrada
Finalmente recalamos en Burgos. Cruzando el río Arlanzón, se ingresa en el centro de la ciudad. Apenas se traspone el puente se enseñorea una majestuosa estatua ecuestre del Cid Campeador frente al edificio de la Diputación provincial. ¡Qué extraño poder tuvo este hombre cuya fama atravesó un milenio! Sabemos que se quejaba de no tener un buen rey (que gran siervo hubiese sido, si hubiese tenido un gran señor), aunque no recordamos fácilmente el nombre de ese rey… Pero esa fama parece declinar ante la vida moderna, agitada, mediática y des historizada.
En los días que estuvimos en la ciudad, el equipo de básquet local, San Pablo Burgos, estrenaba indumentaria deportiva. En una atrevida apuesta publicitaria, habían vestido al Cid con la nueva camiseta de la institución deportiva. No pude saber hasta ahora, momento en que tuve que buscar más información, de qué se trataba. Pregunté a varias personas, pero ninguna pareciera haber tenido noticias del asunto… es más, ni siquiera habían visto la estatua vestida del modo que he dicho… ¿Acaso nadie mira al monumento más importante de la ciudad, el que recuerda al héroe local?
La ciudad es bella, tiene atractivo histórico, la catedral es impresionante, pero los burgaleses no parecen vivir en ella… en fin, signos de los tiempos… ¿Cuántos porteños saben que la Pirámide de Mayo es un cofre hueco que preserva, en su interior, la Pirámide original construida en 1811? Hasta yo mismo, de vez en cuando, dudo que la vieja pirámide aún esté allí.
III Valladolid, capital austera
Cuando pusimos rumbo a Valladolid, decidimos que la escala sería en la propia Ribera del Duero, en Peñafiel.
Aunque la lluvia nos corrió y nos impidió recorrer el castillo y comer en la ciudad; pero pudimos disfrutar de una recorrida que habíamos concertado de antemano en la bodega Protos. La recorrida concluyó con una degustación de vinos tintos de Ribera del Duero y blancos de Rueda.
Los vinos son excelentes, pero debo reconocer que, en mi gusto personal prefiero los vinos de Rioja (así, como en Francia, me gustan más los vinos de Borgoña que los de Burdeos).
Algo me llamó la atención a esa altura de nuestro camino.
En primer lugar, una rara sensación en torno de la preferencia por los vinos locales. Si bien la Provincia de Burgos participa de la Denominación Ribera del Duero, la ciudad no es defensora militante de los vinos que de allí provienen, como Logroño sí lo es de los vinos riojanos. Efectivamente, en restaurantes y bares, yo mismo insinuaba la competencia entre ambas zonas de producción de vinos, las personas con las que dialogaba se manifestaban neutrales, cuando no, más inclinadas hacia el Rioja.
También me impactó un comentario incidental durante la recorrida por la bodega Protos. La guía explicaba las condiciones climáticas de la zona y sus diferencias con el norte. Una de las visitantes, ratificó lo afirmado, “Claro que sí, yo soy del norte”. Le pregunté de dónde era y me dijo que vivía en la ciudad de Burgos.
Caramba, me dije, el río Arlanzón pertenece a la cuenca del Duero; pero la ciudad de Burgos parece más cercana, por clima, claro está, a la cuenca del Ebro… por clima, y tal vez por algo más que sólo intuyo, pero no puedo afirmar de modo contundente porque carezco de conocimientos adecuados para ello…
Lo cierto es que, después de la visita, pusimos proa rumbo a Valladolid, ciudad que no sólo está en la cuenca, sino que también se encuentra en el mismo Valle del Duero.
Haydée y yo llegamos pensando que esta ciudad fue capital de España y que debía conservar monumentos que evocaran una pompa acorde a esa condición. Nada de eso encontramos. Bueno, sí, hay edificios que fue necesario construir para el traslado de la corte a esa ciudad; pero no tiene la monta esperada. La ciudad es bella, moderna y tradicionalista a la vez, sin ningún dato que nos deslumbrara especialmente, salvo las fiestas.
Sí, fiestas, en cada tramo del camino nos encontramos con fiestas. Cuando fuimos a las de Igea, paramos en un hotel en Grávalos, una villa cercana que se estaba preparando para las fiestas que empezarían pocos días después. Ahora estábamos en Valladolid para las fiestas de la Virgen de San Lorenzo.
La bella plaza mayor se veía transformada en una especie de estadio dispuesto para los recitales masivos que se sucedían desde el atardecer en todas las jornadas de las fiestas. Había ferias y puestos de comidas en varios rincones de la ciudad. En uno de ellos, el Paseo Central del Campo Grande, detrás de estos puestos de comida se disponía la Feria de Cerámica y Alfarería de Valladolid.
Casi 70 artesanos de toda España y Portugal exponían sus obras en esta cuadragésima edición. Obras de excelente nivel artístico, algunas recuperando tradiciones locales, otras desarrollando la creatividad personal de los autores. Esa ambivalencia fue casi una expresión del espíritu de la ciudad que les daba albergue… valió la pena ir a Valladolid aunque sólo sea para recorrer esta Feria.
IV Tordesillas y el Toro de la Vega
Partimos hacia Salamanca, pero todavía no abandonamos la provincia de Valladolid porque almorzamos en Tordesillas. Pequeña ciudad en la que se celebró un tratado entre España y Portugal que estableció “definitivamente” las fronteras de expansión oceánica entre ambos reinos, dando origen a la actual República Federativa del Brasil… pero también fue el sitio en el que la Reina Juana (¿la Loca?) vivió una prolongada reclusión, sin dejar de ser reina, por cierto.
Dejamos el auto en un estacionamiento público y, cuando salimos de él, escuchamos el estallido de un cohete. ¿Estamos en fiestas? Pregunté a un transeúnte ocasional… Sí, hoy es el día del Toro de la Vega.
Era martes, era setiembre, y el pueblo llenaba las calles con aire festivo. Los hombres portaban bastones de abigarradas decoraciones… y algunas mujeres también.
Cruzamos la plaza bajo un pasacalle de llamativa apelación, rezaba “Tengo derecho a mi fiesta”. Intrigado pregunté y me explicaron que el gobierno de Castilla y León había prohibido la matanza del toro en la vega del río Duero, que la fiesta tradicional, quizás milenaria, del pueblo, había que celebrarla como una contradanza y no como la justa vital que había tenido más de cinco siglos de documentada existencia…
En fin, me dije, cosas del siglo XXI… y pensé, será mejor que vayamos a los museos que seguramente debe haber en esta pequeña ciudad histórica. Rápidamente dimos con la casa en que se firmó el tratado. Efectivamente hay un museo en ella; pero estaba cerrado. ¿Por los fiestas? No, sólo porque cierra los martes… Curiosidades del camino. Recorrimos las calles soleadas, nos contagiamos del clima de las fiestas, comimos en un mesón de orgullosa dignidad… y soñamos con regresar para ir a los museos.
Seguimos el camino, mientras pensaba a dónde nos llevará esta vocación secular de destruir el pasado… no vaya a ser que nos pase como a Shih Huang Ti (el “primer Emperador”) que pretendió proteger su poder del tiempo y el espacio construyendo la Gran Muralla y quemando los libros anteriores a su reinado, actos que, por cierto, no impidieron la decadencia del Imperio. No impidieron que los bárbaros franquearan la muralla y que la historia reapareciera a pesar de la destrucción de las bibliotecas. (1)
V Salamanca de novatadas y tunantes
Finalmente llegamos a Salamanca. Esta ciudad es encantadora… sí, sí, la monumentalidad de sus edificios es impactante (desde el frontispicio de la Universidad hasta la Casa de las Conchas), pero no es eso… Su encanto está en el aire que se respira. Como pocas ciudades (Ávila y Córdoba en España, Salta en La Argentina), los monumentos nos cuentan una historia que está viva en las calles… el viajero observa los edificios; pero no se siente frente a las vitrinas de un museo.
¿Y las fiestas que tuvimos en todo nuestro recorrido? ¿Siguen en Salamanca? Sí claro, pero aquí no tienen la forma de procesiones religiosas y celebraciones taurinas. La ciudad vive la fiesta permanente de la eterna juvenilia… La tuna que tuvimos oportunidad de escuchar en la placita que está frente a la Casa de la Conchas nos remite a esa fiesta; pero hay más…
Recién comienzan las clases y la ciudad es recorrida por jóvenes de caras pintadas, cantando alegres. Indagué un poco y pude enterarme que estábamos en épocas de las novatadas. Actos irreverentes con que los estudiantes celebran la incorporación de los nuevos integrantes a la cofradía de una de las cinco universidades más prestigiosas del mundo. Las novatadas sufren también, al igual que las fiestas taurinas, la controversia existencial del siglo XXI… las personas encumbradas, y los alcahuetes también, postulan su prescripción.
Un grupo de jóvenes novatas ensayan un gesto de reivindicación de género, cantando por la Rúa Mayor donde Haydée y yo estábamos cenando. Tuvimos una reacción ambivalente sobre lo que ellas decían, “no somos creídas, pero somos superiores”. Tanto ella como yo, rechazamos siempre las visiones elitistas de la vida, pero nos dijimos que la verdad es que esas chicas tienen con qué… ocho cientos años de esa casa de estudios, extremadamente exigente, las respaldan…
Pienso en el genio de Manuel Belgrano. Lo conocemos como el primer economista del Río de la Plata, enérgico revolucionario, militar (la batalla de Tucumán fue el hecho de armas más importante en toda la guerra por la Independencia de Sudamérica) y creador de la bandera nacional argentina… pocos valor le damos que estudió leyes en Salamanca.
VI Ávila, soleada y mística
Culminamos la recorrida por la Cuenca del Duero, volviendo a la clara luminosidad de la ciudad de Ávila que tanto queremos. Esta vez fue una visita especial. Mi primo Juan Carlos Espada nos estaba esperando allí, inesperadamente para nosotros, por cierto. Habíamos compartido unos días maravillosos en las fiestas de Igea en La Rioja y ahora estaba allí, esperando nuestro arribo para festejar su cumpleaños.
Disfrutamos del cielo y del sol de la ciudad mística en familia. Desde la Plaza del Mercado Chico, por ejemplo, mientras tomábamos unas cañas de cerveza nos comunicamos con nuestros hermanos en La Argentina y en los Estados Unidos. De pronto, nos vimos celebrando, casi inesperadamente, una de esas fiestas familiares que vivíamos tan intensamente hace más de cincuenta años en el barrio de Mataderos de la ciudad de Buenos Aires… fue una fiesta de familia, pero ahora estábamos en Ávila.
Reconocimos la ciudad, hasta que dimos con la calle Enrique Larreta que nuevamente nos devolvió a La Argentina… por la noche celebramos el cumpleaños, en el patio de un restaurante recostado sobre la catedral mística de esta ciudad mística.
De Ávila fuimos a Madrid, pero eso ya es otra historia…
Este viaje me trajo una enorme felicidad, lo viví intensamente. No siento como un peso no haber tomado notas en esos días… en realidad, lo he sentido como una liberación. ¿Me quedaron cosas en el tintero, ahora que compongo estas notas? Seguramente, pero escribí estas instantáneas que tomé en mi propia memoria sentimental casi con la misma felicidad con que viví aquellos días.
Notas y referencias
(1) 1950, Borges, Jorge Luis, “La muralla y los libros”, en Otras inquisiciones, Buenos Aires, EMECE, 1960, 13° impresión.

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