sábado, 9 de agosto de 2014

San Carlos de Bariloche

10, 11, 13 y 23 de octubre de 2013
Piñonero, de Moquehue
vengo al pueblo. 
¡Cuántas leguas 
pa llegar a Aluminé! 
Con mi carga que no es mucha 
y vale poco, 
piñonero de la tierra del pehuén.
(Berbel, Marcelo, “Piñonero”) 
I Dos impresiones iniciales condicionaron nuestra estadía en la Ciudad Bariloche. La primera fue el estado de deterioro de la ruta que va desde el aeropuerto hasta el centro. La segunda, la degradación del paseo de la costanera. No hay veredas bien definidas, limpias y reparadas; la iluminación nocturna no existe en el tramo de las avenidas 12 de Octubre y Juan Manuel de Rosas. Más allá, ya en la avenida Exequiel Bustillo, cuando todavía no se ha abandonado el término urbano, no hay veredas y las banquinas no están claramente difinidas. El tránsito de peatones es, por allí, casi impracticable. Es como si San Carlos de Bariloche hubiera decidido vivir con la cara sucia.
Las imágenes son propiedad del autor
Apremia la necesidad de una intervención estatal directa e indirecta para que la ciudad tenga una costanera digna, puesta en valor, y un acceso que atraiga a quienes viajan hasta ella con la finalidad de descansar. Se necesitan un diseño urbano preciso  de esas áreas (ignoro si lo hay y no se aplica), obras públicas y ejercicio del poder de policía para que los frentistas tengan una actitud acorde con estas necesidades. Las ramblas de Montevideo o la reconversión de la costanera y de las áreas ferroviarias en Rosario son buenos ejemplos para seguir.
El detalle más desagradable lo tuve en la catedral. Conocí esa iglesia hace más de cuarenta años. En aquella oportunidad, estuvo cerrada durante todo el tiempo en que permanecí en la ciudad. Entonces, me pareció bellísima en el encanto del edificio de piedra y su fuerte evocación de la tradición gótica europea. En esta oportunidad encontré una gran cantidad de defectos. Las paredes exteriores se ven enmohecidas, descuidadas. Las puertas de madera abiertas muestran que para acceder al templo, hay que atravesar una puerta de blindex. La imagen que da esta combinación me pareció feísima. En el barrio, diríamos que es una berretada, que ni siquiera exhibe una presuntuosa fanfarronería de deconstrucción postmoderna. En el interior, se ve una combinación confusa y desprolija de estructuras de hormigón desnudas, paredes de ladrillo y paredes de piedra. Todo muy feo, y descuidado.      
Después, nos internamos en el Centro Cívico, caminamos por las calles Mitre y Moreno, nos dirigimos por la ruta, en auto, en dirección del Circuito Chico y la ciudad nos devuelve algo del glamour que supo tener y que su cara desmiente.
Conversamos sobre la ciudad con algunas personas. Una de las encargadas de la conserjería del hotel se lamenta del estado en que están tanto el acceso a la ciudad como la costanera. Para ella, la ciudad se sostiene como centro de interés turístico, y como lugar digno para vivir, por la belleza del paisaje natural y no por la amabilidad que exhibe el ambiente urbano. Atribuye la causa de esta situación, en parte, al gran crecimiento que tuvo en los últimos diez años. Sus palabras nos dejan la sensación de estar frente a una ciudad que ha crecido muy rápidamente en un desorden casi incontrolable.
También recogimos la opinión de la dueña de una zapatería. Nos cuenta que la catedral está sin terminar y que eso explica las fealdades en su interior (de las puertas de blindex no dice nada). Nos dice que no se hace nada sobre la costanera porque hay un debate acerca de qué hacer con ella. En tanto que unos proponen utilizarla para emprendimientos gastronómicos que le agreguen atractivo, otros defienden el paseo tal y como fue concebido hace más de setenta años, cuando Bariloche era una pequeña aldea. Esta charla completa la visión. Tal vez no es que la ciudad haya descuidado el tema, es que aún no ha decidido cómo resolverlo.    
II Es difícil evaluar la gastronomía de esta ciudad con tan pocos días de estadía. Hemos ido a comer a un par de cervecerías y a un restaurante de pastas y hemos probado el curanto que Víctor Goye ofrece en Colonia Suiza.
Por la avenida Juan Manuel de Rosas, a unas pocas cuadras del Centro Cívico, está el restaurante El Origen. Nos atrajo el cartel que anuncia que allí hay un patio cervecero, a la vez que una casa de té y un mate bar. La puerta de acceso se abre a una escalera que desciende a una planta. La vista es maravillosa. A partir del último peldaño se abre un salón casi cuadrado decorado con sencillez y buen gusto. Frente a la escalera hay una pared que ha sido reemplazada por un enorme ventanal que ofrece una vista majestuosa del lago Nahuel Huapí. Esto que vimos nos incitó a quedarnos con buena predisposición. Pero no sería lo único que nos invitó a volver, la atención y la oferta gastronómica resultó tan interesante como esa vista y aquel cartel... además de historias de vida por demás interesantes...
Fuimos en la tardecita del primer día y en la última noche de nuestro viaje.
Esa tardecita invitaba a tomar cervezas. Fue una verdadera iniciación a las cervezas artesanales de ese rincón de la Patagonia. Allí empezamos a descubrir que San Carlos de Bariloche tiene un gran desarrollo de este tipo de bebidas, luego veríamos que lo mismo ocurre, aunque en menor escala, en todas las localidades en donde estuvimos. Claro está que en todos esos lugares, además de la cerveza local, había cerveza de la marca El Bolsón.
En El Origen, probamos algunas de las cervezas que producen La Cruz y Berlina. La situación incitaba al picoteo y elegimos acompañar las bebidas con unos bocadillos de lentejas y unos anillos de cebolla cocidos en tempura de cerveza. Un detalle nos hizo ver que ese local tenía una excelente oferta gastronómica. Se trata de las salsas que, a la manera de los dips norteamericanos, acompañaban los platos. Por un lado, nos trajeron una crema criolla que consiste en una salsa criolla tradicional mezclada con queso untable. Por otro lado, la salsa El Origen compuesta por mostaza, mayonesa y miel en proporciones que el maestro de cocina se reserva.
El local es un emprendimiento de la familia Linardi. Los hermanos Lucas y Emilia están a cargo del servicio, mientras que su padre es el maestro de cocina. Me pareció muy original la crema criolla, pregunté por su procedencia... de algún lugar la habrá sacado el cocinero, dijo Emilia con humildad y como restando importancia a la creación de esa salsa. Sin embargo, y hasta que los hechos me desmientan, tengo para mí que esa salsa es un invento del equipo de cocina de El Origen.
La humildad de Emilia no se limitó a restarle importancia a la deliciosa crema criolla, nos recomendó que fuéramos a la que para ella es la mejor cervecería de Bariloche: Manush.
En nuestro segundo día, seguimos esa recomendación. No dejó de sorprendernos que, en el trayecto, unos cien metros antes de llegar, hay un local de Antares, la cervecería artesanal de Mar del Plata. Manush estaba atestada de parroquianos. Daba la impresión de contar con una profusa lista de habitués locales que bebían sus cervezas acompañándolas con pizzas y picadas y charla veraniega aunque todavía fuera primavera. Se veían las mesas, unas muy cerca de otras y las personas que las sobre ocupaban y se escuchaba un bullicio constante... el lugar no era demasiado apacible, por cierto. La oferta de cervezas era muy buena, pero la gastronomía muy pobre... lo dicho, pizzas y picadas (y en estas, sólo fiambre y queso).
La verdad, es que la pasamos mucho mejor en El Origen. Sobre todo a nuestra vuelta, cuando decidimos probar sus platos preparados en el disco de arado (Haydée una burgignone y yo un ojo de bife a la criolla).   
El otro lugar notable en donde comimos fue el restaurante de Víctor Goye en Colonia Suiza. Dedico un artículo a relatar la experiencia del curanto en hoyo que allí comimos. No sólo probamos un plato único, participamos de toda la ceremonia: el encendido del fuego, el retiro de brasas y leños ardientes, el montaje de los alimentos sobre el curanto caliente, el retiro de los alimentos cocidos, su servicio... Todo montado sobre el relato de una historia familiar. La familia Goye forma parte de un grupo de inmigrantes suizos que se instalaron en Chile y luego se dirigieron a La Argentina, donde finalmente echaron raíces. A principios del siglo XX, fundaron la Colonia Suiza. En el relato familiar, ellos mismos habrían traído el curanto desde Chile porque esta técnica de cocción que nos remonta al mesolítico, no era practicada al oriente de la Cordillera de Los Andes. La historia no es enteramente cierta en términos fácticos, pero encierra símbolos veraces.          
III Todo se nos manifiesta como historias de vida en Bariloche. Cada negocio, cada familia se encuentran habitados por estas historias.
Esta es una ciudad de inmigrantes internos y externos. Rapa Nui es un negocio de chocolates que pertenece a integrantes de la familia Fenoglio. En sus vidrieras, se exhiben pancartas que relatan la vida y la trayectoria chocolatera de Aldo e Inés Fenoglio que llegaron a La Argentina en 1948. Se los muestra jóvenes, recién casados y proclamando un sueño de futuro, imposible de realizar en la Italia de la postguerra. Encontraron su lugar en el mundo en San Carlos de Bariloche que, por entonces, era una pequeña aldea enclavada en un paisaje extremadamente parecido al Piamonte de donde los Fenoglio habían partido. Se cuenta que este nuevo negocio está a cargo de nietos del matrimonio; pero no se cuenta por qué la familia vendió su marca.
Historias, historias y más historias, la familia Fenoglio, la familia Goye, la familia Linardi. No estoy en condiciones de elaborar una teoría acerca de la necesidad que parecen tener los patagónicos para asociar sus actividades a una historia familiar única y relevante. Pero, tal vez será porque, además de migrantes, estas familias son las pioneras... son las primeras que se asentaron en una tierra sin historia.
De todos los relatos recogidos, elijo contar uno, la de la familia Linardi. ¿Por qué? Porque no se trata de una familia ilustre de esta ciudad. Porque cuando muchos apostaron al desaliento, esta familia salió adelante rescatando el espíritu de los pioneros, de los inmigrantes que les dieron origen en La Argentina y porque, a pesar de que Bariloche ya no es un lugar sin historia, ellos viven a la manera de los pioneros cuando la poblaron en medio de la nada, si se me permite el lugar común.   
Mientras disfrutamos de las cervezas locales, pregunto por qué el restaurante se llama El Origen. En respuesta, primero Emilia Linardi y después Lucas, su hermano, la relacionan con la historia de la familia. En el origen, la familia Linardi fue migrando en busca de mejores condiciones de vida. El bisabuelo de los chicos llegó de Italia e instaló el primer local de Kodak en La Argentina. Fue en la ciudad de Lanús, en la Provincia de Buenos Aires. Los padres, a su vez, vivieron muchos años en el Alto Valle del Río Negro, donde nació Lucas, y terminaron afincándose en San Carlos de Bariloche, donde nació Emilia, la única “nyc” de la familia (nacida y criada en Bariloche). Los vemos ahora encarando este proyecto gastronómico en familia y vemos que en cada gesto asumen toda esta historia.
El escudo de la familia preside el local y exhibe una diseño curioso: en el centro vemos un castillo sobre el que se dispone una corona; pero el edificio no está sólo, se encuentra sostenido por leones rampantes que se ubican a ambos lados. La imagen me evoca instantáneamente el vínculo entre León y Castilla, aunque el apellido sea italiano. Lucas me dice que, hasta donde él sabe, o sospecha, la familia es de origen español. Ensayo que Linardi debió ser, en algún momento, Linares, Lucas asiente y yo me quedo perplejo... ¿Es que acaso esta familia no abandonará nunca la trashumancia?
Cuando nos fuimos del restaurante la última noche de nuestro viaje, me llevé un calorcito espiritual, ya en lo material, en la calle, hacía mucho frío para la época del año... Siento haber vivido unos días maravillosos, percibo que Haydée siente lo mismo... haber conocido gente muy valiosa como Lucas y Emilia y como otros que iré nombrando en estas notas contribuye en buena medida a esa maravilla. Es que la gente de trabajo es la única gente que valoro... me fui a dormir casi soñando los versos de Antonio Machado... y en todas partes he visto gentes que danzan o juegan cuando pueden... Nunca, si llegan a un sitio, preguntan a dónde llegan... Son buenas gentes que viven, laboran, pasan y sueñan... Estas experiencias hacen que la vida valga la pena.


Los españoles de Montevideo (1763)

José Luis Busaniche fue un notable historiador argentino. Nació en Santa Fe de la Veracruz, capital de la Provincia de Santa Fe, en 1892 y falleció en San Isidro, Provincia de Buenos Aires, en 1959. Sus obras más importantes están relacionadas con los bloqueos franco – británicos de 1838 y 1843, el papel que jugó la Provincia de Santa Fe en esas circunstancias, el Gobierno de Juan Manuel de Rosas y la construcción del federalismo argentino. En 1938 publica un libro de lecturas históricas argentinas que reedita en 1959 con el título de Estampas del Pasado.(1) Este libro ha servido de inspiración para la sección “Rescoldos del Pasado” de El Recopilador He rescatado varios textos de la colección, reproduciendo parte de las prolija referencias de Busaniche.    
Antonio José Pernety benedictino francés (1716-1801). capellán de Bougainville en su expedición a las Islas Malvinas (1763).(2)  
Vida indolente del español en Montevideo en 1763(3)
“La manera de vivir de los españoles es muy simple. La costumbre hace que las mujeres y los hombres se levanten muy tarde, excepto aquellos que están empleados en el comercio, permaneciendo entonces de brazos cruzados hasta que se les ocurre la idea de ir a fumar un cigarro con alguno de sus vecinos. Es así que muy a menudo se les encuentra delante de la puerta de su casa, conversando y fumando. Otros, en cambio, montan a caballo, pero no para hacer un paseo por los alrededores, sino simplemente para dar una vuelta por las calles. Si el deseo los lleva, descienden del caballo, se juntan con algunos amigos, hablan dos horas sin decir nada, fuman, toman mate y vuelven a montar a caballo de regreso. En general, es raro encontrar a un español paseando de a pie: en las calles se ven tantos transeúntes como caballos.
“Durante las horas de la mañana, las mujeres permanecen sentadas en los taburetes de sus salas, teniendo bajo los pies una estera y arriba una cubierta de... o de pieles de tigres. Allí tocan la guitarra o algún otro instrumento y cantan y toman mate mientras los esclavos preparan la comida en su apartamento. A las doce y media o una, se sirve el almuerzo, que consiste en carne de vaca preparada de diferentes maneras, pero siempre con mucha pimienta y azafrán. Se sirve algunas veces guiso de cordero, también pescado y aves aunque es muy raro; la caza abunda en el país, pero los españoles no son cazadores, por cuanto este ejercicio los fatigaría. El postre es siempre compuesto de dulce y confituras.
“Después del almuerzo, amos y esclavos hacen lo que ellos llaman la siesta, es decir se desvisten, se acuestan y duermen dos o tres horas. Los obreros, que no viven sino del trabajo de sus manos, no dejan pasar estas horas de reposo. Esta buena parte del día perdida, es causa de que trabajen poco, siendo, por tanto, excesivamente cara la mano de obra. También debe provenir esta inercia de que el dinero es allí abundante. Es por esta razón, quizás, que no debe sorprender su indolencia. La carne, en efecto, no les cuesta otro trabajo que matar, desollar y cortar el animal para prepararlo. El pan, del mismo modo, es bien barato. Los cueros de vacunos les sirven para hacer sacos de todas especies y para cubrir una parte de sus habitaciones. Estos cueros son tan comunes que muy a menudo se ven en pedazos, desparramados, aquí y allá, a lo largo de las calles poco frecuentadas, en las plazas y en las paredes de los jardines.
“En realidad, pocos son los jardines que se encuentran cultivados, aun cuando cada casa tenga el suyo. Yo no he visto más que uno bien arreglado y esto se debía a que su jardinero era inglés. Las legumbres, de idéntico modo, son raras. Lo que más se cultiva es el azafrán, o carthamo, usado especialmente en las sopas y salsas.”     
Notas y Bibliografía: 
(1) 1959, Busaniche, José Luis, Estampas del pasado, lecturas de historia argentina, Buenos Aires, Hyspamérica.
(2) 1769, Pernety, Antonio José, “Descripción de Montevideo durante la gobernación del Mariscal don José Joaquín de Viana (1763-1764)”, en Historie d'un voyage aux isles Mallouines. Fait en 1763 et 1764. Avec des observations sur le detrioit de Magellan et sur le Patagon, Paris, 1770.
(3) Busaniche, José Luis, Op. Cit., pp. 202-204



sábado, 2 de agosto de 2014

Los vinos caseros en el Gran Buenos Aires

Con uvita chinche
hice un vino flor
llené tres barriles
ya se terminó.
Fue tirando lindo
ya se me acabó
me ha durado mucho
casi un día o dos.”
(Fourcades, Aníbal,
“Pateando sapos”)
Rubén Cirocco es un amigo. Con él, y con otros con quienes hemos compartido experiencias laborales, solemos encontrarnos en almuerzos mensuales. Habitualmente, una o dos veces al año, el encuentro adquiere las formas de un asado de viernes a la noche o sábado al mediodía. En estos casos, tenemos la oportunidad de tomar los vinos que produce. Algunos los llamaban, primero socarronamente y, luego de probarlos, con extremo respeto, los vinos de la Bodega Cirocco. Bromeamos siempre con la dimensión de esta bodega y con los vinos que, como el afamado viento, arrasan las vinotecas de Europa con la molesta prepotencia de las arenas del desierto.

La primera vez que los probé, llevé un trago a la boca con desconfianza. La sorpresa fue mayúscula, descubrí que estos vinos tienen una rusticidad amainada, sofrenada, y se dejan tomar con una amabilidad encomiable. Son  mejores que muchos de los vinos que solemos encontrar en las góndolas de los supermercados. Esta constatación me hizo cambiar la visión que tenía de los vinos caseros, pero no fue la primera experiencia positiva que tuve... los vinos de Rubén no hicieron más que confirmarme en el recorrido de una senda abierta algún tiempo antes.
La última vez que probé los vinos de Rubén, comencé a hilar recuerdos, recuperar la memoria de un largo vínculo personal y familiar con los vinos caseros y con las uvas utilizadas para hacerlos. Me crié en un barrio de inmigrantes. Mi abuelo Sebastián que era español nacido en La Rioja, estaba orgulloso de las parras que tenía en su casa porque eran de uva francesa. Me llevó mucho tiempo darme cuenta del por qué de su orgullo. Sin embargo, ni en mi barrio de Mataderos, ni en el Partido de La Matanza que es el ámbito geográfico de mi infancia, los españoles y sus descendientes (más conocidos como gallegos o gaitas) hacían vinos con esas uvas. Eran precisamente los italianos (más conocidos como gringos o tanos) los que los hacían.
Mi primo Juan Carlos, por ejemplo, cuando vivía en Lomas del Mirador, se vinculó con los tanos del barrio, con los que hacían vinos en sus casas. Pronto se entusiasmó con la idea y terminó adquiriendo el utillaje tecnológico necesarios para hacer vinos y grappas, quizás su sangre riojano española recuperó algún recuerdo ancestral. He tenido contacto con los vinos caseros desde esa época, hará treinta o treinta y cinco años. Juan Carlos relataba con entusiasmo la actitud de los tanos cuando iban a comprar las uvas en el mercado que existía, y aún existe, en el barrio porteño de Liniers. Pero luego de algún tiempo, lo fue ganando el desaliento. Los tanos se resistía a revelar una clave secreta: ¿cómo se debía seleccionar la uva? Iban juntos al mercado, pero ellos elegían las uvas que Juan Carlos se limitaba a vinificar.  
Probé vinos caseros por entonces, y no sólo los que hacía mi primo. En realidad, no encontraba alguno que me resultara atractivo. Desequilibrados y excesivamente ácidos, especialmente los tintos, no provocaban placer cuando los tomaba. Mi primo no pudo avanzar en mejorarlos porque no había podido superar el umbral de entrada al mundo de la producción de los vinos caseros.
Desde entonces, me quedé con una sensación confusa. ¿Por qué estas gentes amaban tanto realizar una actividad cuyo resultado no era satisfactorio? Porque hay que reconocer que a ellos sí les gustaba el vino que hacían.
Conjeturé que lo que amaban era mantener una tradición ancestral cuyo origen se perdía en un tiempo inmemorial que me atrevo a juzgar milenario. Pensé que conservaban en esa práctica algo del arraigo que habían perdido con la migración a tierras lejanas y que esos sentimientos mejoraban considerablemente el sabor de los vinos que preparaban.
Todas estas especulaciones me parecieron razonables, me lo siguen pareciendo, pero hay un punto en donde la hipótesis se me hace más endeble. ¿Tenían el mismo tenor, ácido y desequilibrado, los vinos que producían en el sur de Italia? No me parece. Por desgracia, no conozco ni Calabria ni Sicilia y no he podido probar los vinos caseros que allí se hacen; pero sí he probado los vinos caseros de La Rioja española. Son equilibrados, amables, sublimes. ¿Por qué pensar que los del sur de Italia no habrían de serlo? 
Me parece un supuesto razonable que los vinos que los tanos de La Matanza hacían antes de emigrar tenían la amabilidad de los vinos populares riojanos. ¿Por qué, entonces, no lograban el mismo resultado en Buenos Aires? Mi hipótesis fue entonces que las condiciones climáticas de la ciudad no se lo permitían... fue entonces que me di cuenta que estaba empezando a tocar de oído. Pero, para que me pusiera sobre la pista de explicaciones más razonables pasaron años. Tuvieron que pasar algunas cosas. Tuve que encontrar vinos caseros más razonables.    
Hace algún tiempo, mi amiga Susana Castagna, compañera de trabajo, ofrecía unos vinos que preparaba su madre. Ani de Castagna vive en La Tablada (Partido de Las Matanza). Le compré un par de botellas. Me lo impuso ese sentimiento ambivalente que tuve durante años. Por un lado me sentía atraído por estos vinos, por la práctica tradicional que suponían, por la identidad de su origen y por la identidad que contribuían a edificar en su nueva patria estas gentes humildes y trabajadoras. Pero, por el otro, no tenía buenas experiencias con relación a los resultados.  
Los vinos de Ani me deslumbraron porque el camino no se bifurca en la copa. Ella disfrutaba haciendo unos vinos que se disfrutaban en la boca. Le pregunté a Susana cómo era que su madre preparaba esos vinos tan buenos. Me dijo que había estudiado para mejorar los primeros vinos que hizo.
Ahora, en el último asado compartido con Rubén Sirocco, se me ocurrió que podía encarar una serie de notas para El Recopilador de sabores, tratando de develar el misterio de estos vinos maravillosos... ahora sí, con fundamentos, claro está.



sábado, 26 de julio de 2014

Lengua a la vinagreta

El plato es muy sencillo, aunque hay algunos detalles que deben ser tenidos en cuenta tanto en el momento de la cocción de la lengua como en la composición de la vinagreta.
Referencia de la imagen en (a)
Reina en el antipasto del bodegón, se luce entre las opciones de entrada en los restaurantes porteños, es indispensable en un buen pique con platitos. Es un plato ineludible cuando se habla del recetario nacional de los argentinos; pero ¿cuál es su origen? Esta combinación de la lengua cocida  y vinagreta la he encontrado en recetarios italianos de las regiones del norte (Piamonte, Veneto, Trientino-Alto Adige). En tanto que en los recetarios españoles del siglo XIX que poseo, la lengua se prepara de otra manera.
De modo que es fácil admitir el origen italiano del plato; pero debe atribuirse su popularidad a una condición criolla. La lengua de vaca era uno de los cortes de carne predilectos de los gauchos rioplatenses durante el siglo XVIII.(1) Es sabido que las vacas cimarronas poblaban las pampas y que eran cazadas con la única finalidad de extraerles el cuero. En estas condiciones, los gauchos preferían la lengua porque era más fácil extraer este músculo que otros de una vaca yaciente.
Para componer la receta he recurrido a fuentes diversas, a saber: “lengua a la vinagreta” del recetario tradicional de Marta;(2) “lengua a la vinagreta” de Santiago Giorgini en el programa Cocineros Argentinos;(3) la receta de Laura del sitio de la Internet Recetas de Argentina;(4) “lengua a la vinagreta” de Ariel Rodríguez Palacios;(5) la receta de Nidia del sitio de La Internet Recetas simples y deliciosas;(6) “linguetta di vitello su insalatina e vinagrette al pomodoro” en el sitio de La Internet Cook Around, ricette, ingredienti e consigli utili;(7) “lingua in salsa agretta” del recetario de La grande cucina piamontesa(8) y la receta de “lingua in agrodolce” de Emilia Valli.(9)
Como las recetas tienen importantes diferencias, recomiendo leer mi propuesta y ensayar las variantes que a cada uno se le ocurra a partir de los comentarios que realizo a renglón seguido.  
Lengua a la vinagreta
Fuente (fecha)
Fuentes citadas (2013)
Ingredientes
1 lengua de vaca (puede ser ternera, novillo, etc.).
1 zanahoria.
2 puerros.
1 Rama de apio.
2 hojas de laurel.
1/2 ají morrón verde.
1/2 ají morrón rojo.
2 cebollas.
2 huevos duros.
Tomates (opcional).
Alcaparras (opcional).
pickles picados (opcional).
Ajo (opcional).
Perejil (opcional).
Aceite c/n.
Vinagre o limón c/n.
Sal.
Pimienta.
Preparación
1.- En una olla con agua fría y un chorrito de vinagre, colocar la lengua con una mirepoix tradicional (puerro, cebolla, zanahoria y apio) y condimentada con 2 hojas de laurel, sal y pimienta negra en grano a gusto.
2.- Llevar a fuego fuerte y dejar hervir. Bajar el fuego al mínimo posible y dejar que la lengua se cocine por dos horas y media.
3.- Cuando está tierna, enfriar la pieza rápidamente con un bañomaría inverso, es decir, sumergirla en agua fría con hielo.
4.- Cuando está fría, proceder a pelar la lengua.
5.- Preparar una salsa criolla con cebolla y morrones cortados en brunoise. Condimentar con una vinagreta tradicional de sal, aceite y vinagre o limón.   
6.- Para servir, la lengua debe estar fría.
7.- Cortar la lengua en finas rebanadas y colocarlas sobre una fuente.
8.- Napar con la salsa criolla y dejar descansar en la heladera dos horas como mínimo.
9.- En el momento de servir, se agrega el huevo duro rallado.   
Ajuste personal
La receta expuesta es una combinación personal de todas las que consulté.
Comentarios
1.- Guillermo Calabrese propone una alternativa para pelar la lengua. Consiste en enfriarla bruscamente en un bañomaría invertido. De este modo, sostiene, la piel colapsa y se puede pelar como una mandarina.
2.- Hay dos grandes líneas de recetas: una consisten en cocinar la lengua y agregarle una vinagreta cuando ya está fría y se la presenta para el servicio; la otra supone dos pasos en la cocción de la lengua, el primero en caldo, el segundo (después de pelarla) en una salsa preparada sobre la base de un roux de manteca y harina al que se le agrega caldo y vinagre (ver notas 2 y 9). Opto por la primera porque es la que se ha generalizado en La Argentina.
3.- En esta opción, hay diversas maneras de preparar la vinagreta, a saber: 1) una simple vinagreta para ensalada (sal, 1 parte de vinagre o limón, tres partes de aceite); 2) con esa misma vinagreta a la provenzal, tal y como usamos el término en La Argentina, es decir, con ajo y perejil picado; 3) con salsa criolla, es decir, cebollas y morrones cortados en brunoise y condimentados con la vinagreta (también se puede agregar tomates a la salsa criolla). La más común en La Argentina es la opción 2), pero yo prefiero seguir a Giorgini con la opción 3).
4.- Se pueden hacer algunos agregados. Si se desea cortar un poco la acidez, se puede agregar huevo duro rallado. Si, por el contrario, se desea acentuarla, se pueden agregar alcaparras o pickles. He propuesto la primera idea en la receta porque me parece que da como resultado un plato equilibrado.
5.- No lo he probado, pero se podría condimentar la lengua con la salsa crema criolla (salsa criolla mezclada con queso untable) que ofrece la familia Linardi en la cervecería El Origen de San Carlos de Bariloche. Creo que el resultado, con relación a la acidez, sería similar al que se obtiene agregando el huevo duro.  
6.- El vinagre puede ser de vino o manzana. Para esta preparación me gusta el vinagre de vino tinto. La opción de un vinagre de jerez, un lujo.
7.- A mí las ensaladas me gustan con aceite de girasol por que recomiendo usarlo en este caso. Si se desea usar aceite de oliva también va bien, aunque hay que cuidar que sus sabor no tape al resto.
Notas y bibliografía:
(1) 1773, Concolorcorvo, El lazarillo de ciegos caminantes desde Buenos Aires hasta Lima, Editorial de la Junta de Historia y Numismática, Buenos Aires, 1908, en Busaniche, José Luis, Estampas del pasado, lecturas de historia argentina -I-, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, pp. 138-139.
(2) 1914, Cocina tradicional argentina por Marta, Buenos Aires, Distal, nueva edición de La cocinera criolla, pp. 145.
(3) c 2011, Giorgini, Santiago, Cocineros Argentinos, Canal 7 de Buenos Aires Televisión Pública Argentina, visto el 29 de octubre de 2013 en http://www.youtube.com/watch?v=eqht-sNDrb0 .
(4) Leída en http://recetasdeargentina.com.ar/lengua-a-la-vinagreta/ , el 29 de octubre de 2013.
(6) Leída en http://www.recetassimples.com/lengua-a-la-vinagreta/, el 29 de octubre de 2013.   
(8) S/D, Buccolo, Antonio (autor del prefacio), La grande cucina piamontese, Cuneo, Editrice Artistica Piamontese, pp. 48.
(9) 2008, Valli, Emilia, La cucina del Veneto, Roma, Newton Compton, pp. 233-235.


Albóndigas

Hay recetas que adquieren mala fama a veces sin ninguna razón aparente o por razones demasiado aparentes. Ésta es una de ellas, en especial si es  lunes. Hay una leyenda urbana tradicional que sostiene que no hay que comer albóndigas los días lunes en un bodegón. Es conciencia generalizada que es imposible conseguir carne fresca ese día de la semana. De modo que se debe inferir, sin lugar a dudas, que las albóndigas han sido preparadas con las sobras de los últimos días.   
Esta leyenda supone algunas cuestiones que es necesario revisar críticamente. En la actualidad, como en otros tiempos, la carne fresca no es la que tiene la mejor reputación. Hay restaurantes de prestigio en la ciudad de los porteños que conservan la carne en “maduración” por varios días. De modo que las albóndigas pueden ser honestas sin necesidad de que la carne sea fresca, eufemismo de animal recién muerto. De modo que por allí no habría inconvenientes, ni una necesaria utilización de restos. Además, si así ocurriera, pueden seguir manteniendo su reputación de honestas. Reciclar las sobras de comida o comer platos nuevos a partir de los que fueron elaborados en días anteriores es un arte muy refinado que también se cultiva en nuestros días... y se ha cultivado antaño e, incluso, hogaño. En tales casos, la honestidad nada tiene que ver con las modalidades en que se usan los ingredientes, sino con la reputación de la casa de restauración que los manipulan.
¿Es preferible, entonces, consumir las albóndigas caseras porque uno mismo puede dar la garantía de honestidad? Ya he sostenido suficientes argumentos como para no tener una respuesta cierta en términos absolutos, a menos que resida allí la verdadera causa de su desprestigio: esta receta posee cierta complejidad procedimental, o por lo menos, cierta dificultad para obtener un resultado rápido. Claro, se trata de dos recetas, hay que preparar las albóndigas y luego la salsa en que se habrán de estofar.        
Cuando recuerdo las albóndigas que hacia mi madre, pienso en el escaso talento marketinero con que nos vendía este plato. Ella compraba abundante cantidad de carne picada y hacía dos preparaciones diferentes. Por la mañana, las albóndigas eran perfectamente esféricas y se cocían en una salsa de tomates y cebollas. Por la noche, aplastaba las esferas y hacía lo que ella llamaba “albóndigas a la plancha”. Ya era la época en que habían aparecido los Patys, ¿qué le costaba denominar “hamburguesas” a estas albóndigas “aplastadas” y grilladas? En fin, lo que no recuerdo, en ninguno de los dos casos, es con qué acompañaba sus albóndigas (¿papas al natural, verduras hervidas, puré, ensalada?). Doña Petrona recomienda que la guarnición sea de papas, zanahorias y arvejas cocidas y saltadas en manteca.(1) Tampoco recuerdo cómo las hacía, pero tengo presente el gustito del ajo levemente quemado en sus albóndigas nocturnas.    
Como es habitual recurrí a varias fuentes para componer mi receta. Desde luego que usé la citada receta de doña Petrona, también la de “albóndigas argentinas” del recetario del diplomático chileno José Eyzaguirre(2) y la infaltable receta de Laura del sitio de internet Recetas de Argentina.(3)
Albóndigas
Fuente (fecha)
Composición personal partir de la fuentes citadas (2013)
Ingredientes
Albóndigas:
Carne picada, 1 kg.
Huevo, 1.
Miga de pan, 1 taza.
Leche, 1 taza.
Perejil, 100 g.
Ajo, 2 dientes.
Harina 0000, cantidad necesaria.
Aceite, ½ taza.
Sal y ají molido, a gusto.

Salsa:
Ajo, 1 diente.
Cebolla, 1.
Ají morrón verde, ½.
Ají morrón rojo, ½.
Tomates frescos, ½ Kg o dos latas de tomates peritas al natural.
Aceite de oliva, cantidad necesaria.
Sal, comino, pimentón y ají molido a gusto.
Aceite, cantidad necesaria.
Preparación
Albóndigas:
1.- Remojar la miga de pan en la leche por unos minutos.
2.- Exprimir la miga de pan y picarla.
3.- Picar finamente el ajo y el perejil.
4.- En un perol colocar la carne, la miga de pan, el ajo, el perejil, el huevo, sal y ají molido.
5.- Mezclar bien los ingredientes, amasando con las manos.
6.- Formar las albóndigas (algo más grandes que una pelotita de ping pong).
7. - Enharinar las albóndigas, comprimiendo bien y cuidando de mantener la forma.
8. - En una sartén con un fondo de aceite, dorar las albóndigas.
9.- Reservar.

Salsa de tomate:
10.- Picar la cebolla.
11.- Descartar las semillas y nervaduras de los morrones.
12.- Picar los morrones.
13.- Cortar en forma de cruz en la base, la piel de los tomates perita.
14.- Colocar los tomates en una cacerola de agua hirviendo unos 3 minutos.
15.- Retirar y dejar enfriar en un bañomaría inverso.
16.- Pelar y cortar en cubitos los tomates.
17.- Calentar el aceite de oliva en una cacerola.
18.- Rehogar el diente de ajo machacado, la cebolla y los ajíes.
19.- Agregar los tomates.
20.- Condimentar con sal, ají molido, orégano y tomillo.
21.- Introducir las albóndigas dentro de la salsa y dejar cocinar unos 45 minutos a fuego suave, revolviendo cada tanto con mucho cuidado para no deshacer las albóndigas.

22.- Las albóndigas se pueden servir acompañadas de arroz, papas hervidas, puré de papas, papas fritas, verduras cocidas y salteadas en manteca (papa, zanahoria y arvejas), etc.
Ajuste personal
Tomé como base la receta de Laura, en la que introduje algunas preferencias personales y agregué las de doña Petrona y José Eyzaguirre en los comentarios (ver abajo).
Comentarios
De Laura:
1.- Ella condimenta con sal, orégano, tomillo y ají molido a gusto, y agrega “Si el orégano y el tomillo son frescos mejoran mucho el sabor de la salsa”.
2.- “Los tomates frescos pueden ser reemplazados por dos latas de tomates peritas, en cuyo caso solo habrá que cubetearlos y cuando se agreguen a la salsa hacerlo con todo el jugo de la lata.”
Míos:
1.- Uso mis condimentos favoritos, pero si se atreven a agregar canela en polvo, la salsa mejorará notablemente. Tomé la idea del recetario de la Familia Flores de 1891 y, después de probar, me pareció excelente.(4)
2.- La carne tiene que haber sido picada en una máquina, el corte a cuchillo no sirve en este caso porque dificulta hacer una masa con la carne y, por ende, dificultará la cohesión de las albóndigas.
3.- Laura no dice cuál es la carne de su preferencia. Doña Petrona propone usar carnaza de nalga. Tampoco Eyzaguirre señala una preferencia.
4.- Para realizar el enharinado, tanto doña Petrona como Eyzaguirre proponen usar una taza, este último dice un pocillo (lo que da la idea del tamaño de sus albóndigas). El procedimiento consiste en poner un poco de harina en la taza o pocillo e introducir en el recipiente las bolas de carne.
5.- Eyzaguirre no propone una guarnición, agrega caldo y arroz a la salsa.  
Como me ha llamado la atención el nombre del plato de Eyzaguirre. He buscado en viejos recetarios españoles. Aún no he encontrado en ellos albóndigas de carne. Suelen haber recetas de albóndigas de pescado, de ave, carne de cerdo o de papas.(5)
De modo que, en una conclusión provisoria, estimo que el plato bien puede ser una adaptación argentina de las albóndigas españolas. Pero tengo otra hipótesis. Por otra parte, sus condimentos aluden al Medio Oriente y al norte de África, por lo que no es imposible concebir que este plato haya sido introducido por la colectividad árabe en La Argentina. Después de todo las albóndigas españolas deben tener ese mismo origen.
Notas y bibliografía:
(1) 1934, Gandulfo, Petrona C. de, El libro de doña Petrona, Buenos Aires, 1958, edición 52°, pp. 269.
(2) 1946, Eyzaguirre, José, El libro del buen comer, Buenos Aires, Editorial Saber Vivir, 1946, 2° edición, pp. 297.
(3) Leído en http://recetasdeargentina.com.ar/albondigas-de-carne/, el 17 de setiembre de 2013.
(5) 1867, Moyano, Guillermo, El cocinero español y la perfecta cocinera, Málaga, Librería de Francisco de Moya, pp.  60.
1892, S/A, El cocinero práctico, Madrid, Saturnino Calleja, 12° edición, pp. 72 y 300.



sábado, 19 de julio de 2014

Milanesas a la napolitana en Milano

Fotos de Mario Sabugo
Mi amigo Mario Sabugo es doctor en arquitectura. Docente en la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires, es un eminente conocedor de la ciudad en materia urbana y cultural. Ello supone, adicionalmente, un gran conocimiento de la gastronomía porteña, como puede verse en la sección Comer y beber de su Saboogle.  
El 3 de julio de 2014 recibí estas fotos que tomó en un viaje reciente que lo llevo a Milano, capital imperial y centro mundial de diseño y gastronomía.

Con Mario compartimos una apasionada defensa de la identidad de la cocina argentina, en general, y de la porteña, en particular. Solemos encontrarnos en las calles de la ciudad, casi siempre de casualidad, y detenernos a charlar sobre estos temas. Amantes de las buenas pizzas porteñas, discutimos sobre el ranking de nuestros gustos.
Suele afirmar, entre otras cosas de interés en la materia, que el plato que prueba la calidad de cocina de un restaurante es la porteñísima suprema de pollo a la maryland (recomiendo leer el artículo de Horacio Caride Bartrons sobre este plato).
Sorprende este hallazgo, ¿verdad?
 
Las fotos iban acompañadas por esta líneas:
Estimado Sr. Recopilador: otro mito argentino que se cae: no solamente milanesas, sino incluso milanesas a la napolitana (para menos duda, con el añadido de indicar que es "ricetta argentina") las hay explícitamente en Milán, Italia. La fajan 12 euros, como se advierte. 
Se adjuntan al expediente algunas imágenes de la carta y del restorán, el pub The Friends, en Piazzale Principessa Clotilde, frente a la Porta Nuova.
Será justicia!
M”
Aquí van las fotos del boliche de marras:




Bocadillos de acelga

Cuando era niño, veía a mi madre preparar la masa de estos bocadillos en un perol mágico del que salían los productos más diversos. Solía repetir esta receta en varias oportunidades en primavera y verano. Usaba los bocadillos como guarnición de carnes grilladas, incluso de sus hamburguesas que ella denominaba albóndigas aplastadas. 
En esa época del mi vida, cenaba muy temprano. La familia se sentaba a la mesa entre las siete y las ocho de la noche... bueno, en verano, solía ser aún la tardecita. Todavía era de día y mi madre ya se dedicaba a sus bocadillos. 
La publicidad televisiva de la época anunciaba que la espinaca era más nutritiva que la acelga. Esa publicidad llevada adelante por el tan escuálido como imponente marinero Popeye (imponente después de comer sus espinacas, claro está) era casi una propaganda que nunca sabré a qué intereses servía. Sin embargo, mi madre, en buena hora creo hoy, resistió la imposición e insistió con la acelga. Tengo mis serias dudas acerca de la veracidad de las propiedades que aquel aserto publicitario anunciaba; pero de lo que no tengo dudas es de que, desde el punto de vista de los aromas y sabores, no cambio una pascualina por una tarta de espinacas... y, muchos menos, un bocadillo de acelga por uno de espinacas. Dirán que son gustos personales. Sí, tal vez, por qué no.
Estos bocadillos los imagino como un plato ideal para el otoño porteño (sea en una picada con cerveza, como entrada o como guarnición). ¿Por qué? ¿Otra vez mi gusto personal? Sí, sí, desde luego; pero, además, podría describir algunas de las propiedades de los bocadillos que aconsejan seguir mi gusto. Tiene una textura pareja y un equilibrio de sabores que tienden más a la delicadeza otoñal que a la explosión primaveral, siempre y cuando no nos excedamos con la nuez moscada, claro está. Su contundencia los hace más propicios para los días de un otoño avanzado, cuando por la tardecita refresca un poco.
El problema que se presenta es ¿cómo conseguir acelgas frescas en otoño? Quedan dos opciones. O cometer un acto de traición y comer bocadillos de espinaca o preparar la masa con acelgas congeladas. Obviamente, esta última es la mía, como se verá en la receta que expongo.   
Como siempre, tomo una receta de base, en este caso la de la maestra Dolli Irigoyen,(1) y le voy introduciendo variantes a partir de otros autores o de gustos y experiencias personales. En este caso, he recurrido a las recetas de Claudia del sitio web Recetas de Argentina(2) y de Graciela Martínez del sitio Mis recetas(3).  
Por su parte, doña Petrona permitió que me riera de mí mismo. En su libro maravilloso (en la edición de 1958) no hay una receta de bocadillos de acelga, pero hay dos de bocadillos de espinaca. ¿Habrá sido ganada por el prestigio falaz de las espinacas o sólo lo hizo para fastidiarme?(4)
Bocadillos de acelga
Fuente (fecha)
Autores indicados (2013)
Ingredientes
Acelga 200g.
Aceite para freír.
Queso rallado 50g.
Sal.
Huevos 2 ó 3 unidades.
Nuez moscada a gusto.
Harina leudante 1 taza.
Preparación
1.- Lavar las hojas de acelga en varias aguas. 
2.- Colocar en una cacerola profunda las hojas sin el tallo, con el agua del lavado, condimentar con sal y tapar la cacerola para que se cocine al vapor.
3.- Cuando esta tierna retirar, dejar enfriar y escurrir. 
4.- Picar la acelga y mezclarla con la harina leudante, los huevos, el queso rallado. Condimentar con sal, pimienta y nuez moscada.
5.- Freír los buñuelos en aceite caliente, escurrir en papel absorbente y servir calientes.
Ajuste personal
En verano y otoño uso acelga congelada. En ese caso, los pasos 1.- a 3.- son reemplazados por las instrucciones del fabricante para descongelar el producto.
Prefiero usar harina leudante en lugar de harina común más polvo de hornear por una cuestión práctica.
Comentarios
1.- Dolli utiliza harina común y le agrega una cucharadita de polvo de hornear.
2.- Dolli prefiere freír con aceite neutro.
3.- Claudia agrega leche como elemento líquido en los ingredientes.
4.- Claudia no utiliza levaduras (ni polvo de hornear, ni harina leudante).
5.- Claudia agrega condimento para pizza. A mí me parece una idea pésima.
6.- Graciela utiliza harina leudante (sólo tres cucharadas) y salsa bechamel entre los ingredientes.
7.- El escurrido de la acelga blanqueada no debe ser tan obsesivo como en el caso de la pascualina. En los bocadillos, la masa será húmeda.
8.- Con relación a la textura de la masa, Claudia dice: “Agregar más harina hasta que se forme una pasta ni muy dura ni muy chirle (es preferible que falte harina antes que sobre!)”
9.- Me pregunto si la propuesta de Graciela de agregar la salsa blanca no es redundante. En realidad, utiliza poca harina. En este caso, yo la reemplazaría con polvo de hornear. 
Los lectores se preguntarán en qué consistía la magia del perol de mi madre. Es sólo una impresión infantil que conservo como un recuerdo que juzgo muy imaginativo. Yo veía a mi madre como a una alquimista. Es que después de la amplia difusión de la figura de María Curie en la escuela primaria, una alquimista mujer distaba de ser impensable. Lo cierto es que la veía frente al perol como si estuviera en un laboratorio. Allí introducía sólidos (la harina leudante era infaltable) y líquidos (agua o leche). Luego batía con diversas dosis de energía... ¡Ah! Nunca supe para qué, pero siempre había un chorrito de soda en la preparación. Luego de la agitación, la pasta obtenida reposaba. Yo la percibía indescifrable cuando aún estaba en el perol y mágica después de la cocción porque el resultado podía ser un bizcochuelo, unos buñuelos de manzana o unos bocadillos de acelga... o vaya uno a saber qué otra cosa.  
Notas y bibliografía:
(1) Irigoyen, Dolli, “Buñuelos de acelga”, emisión del programa Recetas de estación con Dolli, emitido por la señal El Gourmet, leído el 26 de setiembre de 2013 en http://elgourmet.com/receta/bunuelos-de-acelga.
(2) Claudia en http://recetasdeargentina.com.ar/bocaditos-de-acelga/, leída el 26 de setiembre de 2013.
(3) Martínez, Graciela, “Bocadillos de acelga de Mami”, leído el 26 de setiembre de 2013 en http://www.mis-recetas.org/recetas/show/21550-bocadillos-de-acelga-de-mami.
(4) 1934, Gandulfo, Petrona C. de, El libro de doña Petrona, Buenos Aires, 1958, edición 52°, pp. 356-357.