sábado, 4 de febrero de 2012

Dereck Foster y su gaucho gourmet (I)


Me sumergí en la lectura de El gaucho gourmet(1) con afectuosa dedicación. Recuerdo la frescura de aquellas charlas que el autor daba en El Club del Vino, cuando la institución no había entrado aún en la decadencia en la que está sumida.  

¿Cómo di con el libro? Está citado en un reportaje que “msena” le realiza para el sitio de internet Oleo Dixit.(2) Sin embargo, fue muy difícil acceder a su lectura porque el fondo editorial de EMECÉ, desde hace un par de años, ha desaparecido del mercado porteño. Mi amigo Héctor Zancada tuvo la amabilidad de prestarme su ejemplar.
El título de la obra me atrapó desde el vamos y me pregunté ¿qué lugar tendría Lucio V. Mansilla, el único gaucho gourmet auténtico que conozco, en sus páginas? Creo que me equivoqué, creo que cuando don Dereck pensó en el título estaba pensando en él mismo porque, criado en una estancia en Córdoba, él también es un gaucho gourmet. 
Lo cierto es que a pesar de la carga afectiva que me impone el recuerdo de sus charlas, intentaré esta reseña con el mayor espíritu crítico del que pueda disponer, sobre todo porque este libro es como uno de esos vinos que es necesario decantar, hay que abrirlo bien y desmenuzarlo para que dé todo lo que puede dar.  
Plan de la obra
Se trata de un texto de lectura fácil, breve y ameno, que nos conduce sin más plan que un orden cronológico, a veces excesivamente difuso, por una serie de capítulos dedicados a: la dieta de los pueblos originarios en el actual territorio argentino, los aportes de los conquistadores españoles, las creaciones propias de la cocina argentina en el contexto latinoamericano, la evaluación de la estatura de cocina argentina actual y la recuperación de viejos recetarios que dan cuenta de una cocina propia que alguna vez existió y se perdió en el pasado.
Si bien los capítulos se exponen con el orden sumariado arriba, no son tan homogéneos como parecen, suelen encaminarse hacia rumbos de jugosas digresiones. Las más notables son, en mi opinión, las parrafadas dedicadas a diversos aspectos vinculados con las empanadas criollas. El libro concluye con un diccionario sobre cocina regional, una tabla de sinónimos y traducciones para facilitar su lectura a los extranjeros y una bibliografía extremadamente escueta para la gran cantidad de fuentes que confiesa haber consultado, y que se notan en el curso de la exposición.
Lo que debe destacarse es la originalidad del diseño editorial. Al invertir el volumen cerrado el lector se encuentra, a partir de la contra tapa, con la misma obra en versión inglesa. Las ilustraciones de Luis Scafati son excelentes, empezando con el dibujo en la tapa en donde puede verse a Dereck Foster vestido de paisano y tomando mate.  
Una declaración inicial.
Borges solía encabezar sus libros de cuentos con un prólogo breve que, sin adelantar temas, tramas y resoluciones hacía referencia a algunas de las piezas de la colección. En El libro de arena introdujo una modificación en su costumbre. En lugar de prólogo, propone un epílogo.(3) Esta práctica, evita que uno tenga que volver al prólogo para entender en toda su riqueza lo que ha leído. Con el libro de Foster pasa lo mismo: la “Introducción” contiene en apretada síntesis el sentido de la obra, sin adelantar su contenido y uno debe volver a ella para completar la lectura. Por esta razón, me demoraré en las páginas 11 y 13 para dar los fundamentos críticos de esta reseña.
En relación con la calidad formal de su libro, comienza afirmando que  adolece de muchas falencias porque no va más allá de una serie de apuntes que intentan dar cuenta de la evolución de arte gastronómico en La Argentina. En el último párrafo de la página 13 afirma haber consultado una gran cantidad de fuentes todas ellas dignas de respeto y confianza. Finalmente, espera que alguien más entrenado y con mayor conocimiento que él, escriba el libro definitivo de la historia de la gastronomía argentina. Al margen de que es muy difícil establecer con precisión que debe entenderse cuantitativamente por “una gran cantidad de fuentes”, se nota en el texto el soporte de esas lecturas, sin embargo, incurre en un defecto frecuente en este tipo de literatura: la inexistencias de referencias eruditas y la dimensión escueta y desordenada de la bibliografía incluida en el final. Que se trate de apuntes que él mismo juzga defectuosos no es óbice para que contenga un sistema de referencias mínimo pero consistente; que se trate de una obra cuyo único objeto es la divulgación, tampoco. Aunque un autor más avezado pueda sortear esta limitación, no comparto la idea de que pueda producirse un libro “definitivo” sobre el tema. Sobre casi ningún tema hay libros definitivos, menos en historia y mucho menos en estas historias que deben servirse, para desmalezar el acceso a picadas inciertas, además de una inacabable recopilación de informes y materiales de tratamiento historiográfico, de los aportes conceptuales y del utillaje científico de otras miradas científicas como las de la arqueología y la etnografía. En este marco, como se verá, el texto de Foster que es un periodista notable, es una pieza basal; pero sostengo que los periodistas que trabajan intensamente en estas recopilaciones maravillosas deben asumir la responsabilidad de asegurar el registro de las fuentes para que todos los interesados en estos temas podamos seguir avanzando a partir de ellas.
Veamos ahora el andamiaje conceptual. El autor se pregunta si existe la cocina Argentina. Sostiene que si se la entiende como lo que se desarrolla y consume en La Argentina, sí la hay. Pero si por cocina argentina entendemos lo que proviene de una corriente, estilo u origen distinto de los demás, lo que supone la existencia de unos platos y unos métodos de cocción propios, tal cocina no existe. El primer cuestionamiento que hago a estas formulaciones es que, en mi opinión, homologar corriente y estilo a origen es impropio. Puede haber un estilo francés de cocinar platos de orígenes diversos. El tema no es menor, porque nos conduce a la pregunta clave ¿puede existir una cocina sin raíces autóctonas? o, preguntado más genéricamente, ¿existen manifestaciones culturales nacionales específicas de un determinado pueblo sin que ellas cuenten con raíces autóctonas? o,  más concretamente ¿existe el tango argentino, música sin raíces autóctonas, como género genuinamente nacional argentino? Particularmente creo que para identificar una tradición, es necesario poder distinguirla de las demás. Para ello no es necesario remontarse al origen porque este concepto, llevado al extremo, nos conduciría a pensar en una única tradición cultural iniciada en el centro de África hace millones de años. En el campo específico de la gastronomía, creo que la clave es si existe una corriente o estilo propio que puede generar platos propios.
Foster acepta que la reelaboración de platos originarios de otras culturas es muy fuerte, en algunos casos, en la Argentina. Admite los “toques propios -o Sudamericanos, al menos-” que tiene nuestra cocina, como si La Argentina no formara parte de esa identidad mayor que es la Lusohispanoamérica. Pero los somete a una desvalorización librada por una elaboración conceptual que es, por lo menos, discrecional, casi arbitraria; pero que tiene una piedra basal, en mi opinión, en su concepto acerca de qué es “lo nacional”. 
Sostiene que si pensamos en las cocinas nacionales, y pone los casos de Francia, Italia y Japón, la cocina argentina no existe. Nuestra cocina es una cocina heredada. Nuestra cocina no deriva de los primitivos habitantes. Hace una enumeración de las regiones y adelanta lo que desarrollará en el primer capítulo y concluye que nada de lo poco que comían los indos nos ha llegado. Deliberadamente excluye las regiones que sí tenían un mayor desarrollo (v. g., el las provincias andinas del noroeste). Nuestra cocina deriva de los conquistadores y de los inmigrantes. Concluye la “Introducción” con dos afirmaciones: lo único que hicimos fue modificar lo que heredamos, pero hay por lo menos dos platos que son invenciones argentinas y otros dos “que pueden considerarse hijos adoptivos, casi naturales.”
Pareciera que las cocinas nacionales enumeradas no han heredado nada del intercambio con las otras. La sopa Vichissoise y el foie gras truffé, ¿hubieran existido sin la muy vasca sopa porrusalda y sin la tradición de platos con trufas blancas en el Piemonte italiano? ¿Puede concebirse la cocina italiana sin tomates y la cocina japonesa sin la técnica portuguesa de la tempura o las combinaciones norteamericanas en el sushi?
Esa desvalorización de la cocina nacional, y en algunos pasajes del libro de la desvalorización de lo nacional a secas, es el leit motiv del autor. La adjetivación es, a veces, tan abusiva que llega al extremo de establecer la sinonimia entre hijos adoptivos e hijos naturales (refiriéndose, claro está a creaciones culinarias). Sin embargo, y a pesar de que es un esfuerzo extraer los grandes aportes del libro de esta visión que casi llamaría depresiva de lo propio, encontramos en estas páginas que subyace un deseo de dar con esa cocina nacional. Veremos algunos argumentos más y trataremos de señalar las virtudes de estos escritos que, por cierto, no son pocas, sobre todo en los muchos pasajes en donde el deseo profundo aflora.
Paréntesis necesario
Nada cuesta aquí, continuar directamente con la crítica de cada capítulo. Sin embargo, nos perderíamos mucho, si no situáramos la obra en su contexto temporal. El libro fue publicada en 2001, durante el aciago final del período de mayor internacionalización de la vida económica y cultural de La Argentina desde el último cuarto del siglo XIX.
Nuestro país ha vivido atravesado por una dialéctica que no siempre ha podido resolver en un punto de equilibrio. Vivió tensionado, desde 1810, entre la apertura asociada a la entusiasta recepción de toda novedad proveniente del foreland que se estibaba en el puerto, y la potente reformulación criolla en el hinterland que las oleadas anteriores de novedades habían provocado (sigo a Patricia Aguirre(4)). La última década del siglo XX se caracterizó por el mayor predominio de la apertura que La Argentina vivió en toda su historia. La globalización fue estimada como un bien de incuestionable valor en lugar de ser vista como una oportunidad de intercambio. La consecuencia inmediata fue la resolución de la tensión en favor de la depreciación de lo propio. 
Recuerdo muy bien el año 2001 atravesado por diversas sensaciones. Además del agotamiento de esa visión desequilibrada en el intercambio cultural, se percibía un final abrupto para esa manera de integrarse al mundo. Ello puede explicar que aquella depreciación de lo propio, asociada a la frustración de los resultados de la adopción acrítica de lo foráneo, se transformase en un sentimiento depresivo.
Esa encrucijada coincide con el momento en que don Dereck publicó sus apuntes. El texto es muy crítico con el afrancesamiento de la burguesía argentina de fines del siglo XIX. Nada afirma acerca de su posición frente a los últimos años del siglo XX, pero no dejo de señalar el paralelismo.
Yo, en cambio, estoy leyendo el libro desde un período cultural diferente que, atravesado por los fastos del bicentenario, permitió recuperar la confianza en lo propio. Este momento no deja de tener impacto sobre el tema que nos  ocupa, la existencia de una cocina nacional. Es posible que no podamos recuperar una cocina nacional que jamás consideramos como tal, pero por lo menos podemos inventarla como un tango del tercer milenio.     
Conceptos de lo nacional y de la cocina nacional en los primeros capítulos de la obra
Capítulo 1. Está dedicado a los antecedentes indígenas de la cocina argentina. Recorre las regiones de nuestro país, las dietas de las distintas tribus de pueblos originarios y ensaya diversos argumentos al respecto en el sentido que venimos desarrollando.
Es muy minucioso con Tierra del Fuego (pp. 15-19). Describe los elementos que componen la alimentación de cada tribu había antes del contacto con Europa y se lamenta de que no hayan aprovechado la gran cantidad de bienes comestibles que ofrece la naturaleza en esa región para desarrollar una culinaria propia más amplia y compleja (v. g., podrían haber creado una sopa con moluscos muy original, en función de la especies allí existentes y del utillaje técnico de que disponían). En la actualidad, tampoco existen esos platos y los pocos que se han inventado, están lejos de las tradiciones indígenas. Hay en estos argumentos dos líneas con propuestas muy interesantes para los cocineros que buscan el desarrollo de una cocina nacional: la incorporación de productos autóctonos y la recuperación de recetas perdidas. No veo que sea necesario lamentar lo que no hubo y lo que se perdió. 
Analizando el comer de las tribus del norte patagónico (pp. 19-22), señala que también era muy pobre en el aprovechamiento de los productos naturales. Deja registro del punto de cocción de las carnes (la comían casi cruda) y del consumo de las vísceras de los animales que cazaban. Si hubiese usado el término “achuras”, o aún el más castizo “asadura”, la descripción ofrecería un cuadro menos salvaje y más cercano a nuestra propia experiencia. Ahora bien, si consideramos que patagones y tehuelches comían las vísceras asadas, costumbres que los araucanos compartían, y que, según sostiene Víctor Ego Ducrot (pp. 97)(5), los gauchos, no; puede que no todas las prácticas gastronómicas de los indios del norte patagónico se hayan perdido (pareciera que la influencia española de asar las asaduras, valga la redundancia, no se conservaba en los gauchos). Aquí hay una línea de investigación que es necesario desarrollar. En el reportaje que ya hemos citado, Foster reivindica, por ejemplo, el origen indígena de la parrilla, asegurando que era una práctica habitual entre los aztecas y que el término “barbacoa” tiene su origen etimológico en la lengua de aquellos aborígenes.     
Cuando analiza las regiones del norte del país, se encuentra con tradiciones culinarias más desarrolladas (pp. 22-23). Pero de la cocina del noroeste, dice siguiendo su leit motiv, es heredada de la cocina incaica y de la cocina limeña. Da por supuesto que la cocina incaica se desarrolló únicamente en el Cuzco y luego fue difundida por todo el imperio sin ningún tipo de intercambio provincial y que la cocina limeña es enteramente original. No da fundamentos para asegurar lo primero. Con respecto a la cocina de Lima, me pregunto si se la puede considerar estrictamente originaria teniendo en cuenta la influencia hispánica sobre ella. Con relación al noreste, la argumentación es más forzada aún: en principio sigue a Juan Carlos Martelli(6), diciendo que aquí están las bases de una auténtica cocina criolla que ha vivido arrinconada en las provincias de esa región del país;  luego se arrepiente y asigna una identidad brasileña a la tradición guaraní que le dio origen. Señalo aquí, a pesar de la entonación del texto, un nuevo aporte para los cocineros que buscan desarrollar nuestra cocina nacional: hay que desarrinconar la tradición hispanocriollaguaraní.      
¿En dónde reside la arbitrariedad de estos argumentos? En dos límites que el autor impone y que me permito cuestionar: En primer término, no considera que para la determinación de la identidad, valgan la adaptaciones evolutivas, por más diferenciadoras que sean en los resultados que se obtienen. Veremos, en otra parte de la reseña, como corre la línea y acepta que algunas adaptaciones se transforman en platos originales argentinos (las milanesas a la Napoli y las empanadas criollas) y se niega a verla en otros (el matambre y el dulce de leche). En segundo lugar, considera sólo como argentino lo que se restringe a los límites geográficos actuales de nuestro país. En mi opinión, cuando se busca la identidad en la historia, hay que asumir la territorialidad en una dimensión dinámica, en ese sentido, lo que hoy es La Argentina no estaba escindido del resto de la Sudamérica hispana, por lo menos la que se desarrolló al sur de Lima. Incluso si somos demasiado estrictos, el límite del Virreinato de Buenos Aires era el Río Desaguadero, no demasiado lejos del Cuzco y no la provincia de Jujuy, por un lado, y por el otro incluía toda la región guaraní (el Paraguay y el sur de Brasil) y la República Oriental del Uruguay.      
Capítulo 2. Está dedicado a la influencia española en nuestra cocina. Comienza con una cita promisoria de Xavier Domingo(7) quien sostiene que una cocina nacional es es aquella que tiene un sabor particular y personal. Pero Foster, con alma de güin derecho, concluye que en ese sentido, la cocina argentina lo es, pero que dista mucho de ser original (pp. 25).
Afirma que la presencia española en la cocina argentina de hoy es muy pobre (pp. 26-32). Explica que esto se debe a que el afrancesamiento de la burguesía ha desplazado, con el correr de los siglos, su presencia en las mesas de esa clase social. Se detiene en los dos extremos del proceso. Por un lado, refiere a los banquetes que ofrecía en Santiago de Chile Casimiro Marcó del Pont en 1815 (a quien atribuye el rango de presidente de Chile), basados en la tradición chileno española. Por el otro, los banquetes oficiales que se ofrecían en el más alto rango gubernamental en Chile y La Argentina en los últimos años del siglo XIX. En éstos, las cartas impresas anunciaban platos franceses con denominaciones escritas en ese idioma. La cocina española, según el autor, se habría refugiado en el elemento criollo, en donde el puchero y las empanadas sobrevivieron por años. Explica que el fenómeno del afrancesamiento se basa en el rechazo de el origen por parte de la sociedad hispano criolla a partir de la Revolución de la Independencia.   
Comparto la idea del afrancesamiento de la burguesía argentina como una de las causas de la falta de confianza en identidad de la cultura nacional; sin embargo, los argumentos que usa para demostrar que el afrancesamiento es impulsado por la Revolución son un tanto inconsistentes: Marcó del Pont no era presidente de Chile, sino el Capitán General designado por el Virrey del Perú para combatir a la revolución de la independencia, por ello no debe extrañarnos su hispanismo. Fuera de los gustos personales de Simón Bolívar a quien atribuye una fuerte inclinación por la cocina gala, no aporta pruebas acerca del afrancesamiento como mandato político de la Revolución de la Independencia. Es más después de la batalla de Chacabuco, en 1817, Juan Enrique Rosales agasajó a San Martín, en Santiago, con un menú que se constituía sólo de platos nacionales, es decir de la tradición hispano criolla de Chile.
El arco temporal que ensaya es muy amplio. En sesenta años han debido de pasar muchas cosas en las cocinas argentinas y Foster no da cuenta de ello. Yo tampoco lo acompañaría si sostiene que el afrancesamiento atravesó a toda la burguesía nacional, aún en el momento de la mayor hegemonía de la generación del ochenta. Alcanza con leer a Lucio V. Mansilla para verificarlo.(8) Por otro lado, al sostener que la cocina nacional era la cocina española previa a la Revolución, Foster ensaya un concepto de nacionalismo que cojea porque asimila la Nación al período hispánico. Desde este punto de vista, la Revolución y la Independencia carecen de sentido. 
El tema da para mucho. Víctor Ego Ducrot formula también su hipótesis de afrancesamiento en términos paralelos a los de Foster, pero haciendo énfasis en la influencia de Liniers y de Ana Perichón en el gusto de la naciente burguesía mercantil de Buenos Aires. Este es un punto de partida más sólido, incluso implica a actores contra revolucionarios, pero sigue siendo insuficiente.
En mi opinión, la Revolución de Mayo nació con algunos atributos indudables: era popular e igualitarista, pero también liberal, nacionalista e indigenista. Leyendo la letra completa del Himno Nacional Argentino que López y Planes escribió en 1811, nos damos cuenta de ello. La adopción del sol incaico como símbolo nacional también es de esa época temprana, ya se lo ve en la moneda acuñada en Potosí en 1813. Ese nacionalismo debió tener su impacto en distintas manifestaciones culturales, la cocina no debe haber estado fuera de ello. Ducrot dice que no había un capítulo específico en el ideal de Mayo, como sí lo tuvieron los revolucionarios franceses. Patricia Aguirre, en el texto ya citado, dice lo contrario. Particularmente veo ese ideal reflejado en la Cocina ecléctica de Juan Manuela Gorriti.(9) Veo en esta colección el esfuerzo de un sector de la burguesía por retomar ese impulso revolucionario de construir un nacionalismo libre de toda otra dominación extranjera. También desde ese lugar, se puede suscribir la crítica de Dereck Foster a las cartas que anunciaban los platos a servirse en los banquetes ofrecidos por el presidente Roca.    
Ya avanzado e capítulo, vuelve al leit motiv: todo lo nacional se ha perdido en el aluvión del afrancesamiento, todo lo existente que ha pervivido es heredado, aún la cocina criolla del noroeste, donde la tradición hispano criolla se conserva por influencia peruana. Retomo este tema en el que ya he abundado porque quiero detenerme en un ejemplo que muestra a las claras hasta donde es capaz de retorcer los argumentos para sostener sus asertos. Afirma que la salsa criolla que utilizamos en los asados (una ensaladita de cebolla, tomate y morrón colorado, picados muy finos y aderezados con aceite, vinagre y sal) proviene de la salsa utilizada en Lima para acompañar el puchero (perejil, pan rayado, ají amarillo picante, aceite, vinagre y pimienta). Para él ambas salsas, en donde el tomate equivale al pan rayado y el morrón dulce al ají amarillo picante, son idénticas. Respalda sus asertos en la receta del puchero limeño publicada por Juana Manuela Gorriti. Sin embargo, la autora de la misma (Carmen Gorriti de Montes que vivía en la ciudad de Buenos Aires) no hace ninguna referencia a la similitud entre ambas salsas, se limita a explicar que el puchero limeño se acompaña opcionalmente con la salsa que ella ofrece (la del pan rayado y el ají amarillo picante), sin mencionar si quiera la asociación de la otra al asado argentino (pp. 26-27). 
Argumenta, finalmente, que la influencia española formó la culinaria criolla (incapaz, por otra parte de rescatar platos indígenas, como el Brasil, Colombia o Bolivia); pero que lo curioso es que la memoria colectiva haya olvidado el origen. Al margen de que pienso que no es una verdad absoluta que la cocina argentina no rescate nada del pasado indígena, creo también que para fundar una identidad diferenciada, olvidar o rechazar el origen es una condición necesaria.   

Fuentes de del texto:
(1) 2001, Foster, Dereck, El gaucho gourmet, Buenos Aires, EMECÉ.
(2) 2011, msena, “Milanesa napolitana, ¿invento argentino?, leído el 8 de octubre de 2011 en http://dixit.guiaoleo.com.ar/milanesanapolitana/.
(3) 1975, Borges, Jorge Luis, El libro de arena, Buenos Aires, EMECÉ.
(4) 2006, Aguirre, Patricia, “Buenos Aires puerto de ideas”, leído en http://www.biosur.org.ar/articulo_21_02_06.html, el 4 de noviembre de 2011.
(5) 1998, Ducrot, Víctor Ego, Los sabores de la patria, Buenos Aires, Grupo Editorial Norma, 2008, 2° edición corregida y aumentada.
(6) 1991, Martelli, Juan Carlos y Spinosa, Beatriz, El libro de la cocina criolla, Buenos Aires, Edicol, 2009
(7) Domingo, Xavier De la olla al mole, Editorial de Cultura Hispánica, no indica año de edición.
(8) 1870, Mansilla, Lucio V., Una excursión a los indios Ranqueles, 1° edición de 1870, leído el 4 de noviembre de 2011 en  http://www.biblioteca.clarin.com/pbda/cronicas/ranqueles/ranqueles_00indice.html
(9) 1890, Gorriti, Juana Manuela, Cocina ecléctica, Buenos Aires, Félix Lajouane Editor (Librairie Générale), 1890, leído en  http://www.biblioteca.clarin.com/pbda/miscelanea/cocina_eclectica/cocina_00indice.htm, el 4 de noviembre de 2011

sábado, 28 de enero de 2012

El quatorzieme y las supersticiones de la civilización

Lucio V. Mansilla (1831-1913), militar y escritor argentino, es reconocido como uno de los mayores exponente de la llamada Generación del 80. Entre sus obras más importantes de encuentra Una excursión a los indios ranqueles, donde expuso las experiencias obtenidas en la expedición que encaró en 1867 bajo directivas del Gobieno Nacional. La técnica utilizada para relatarlas es el uso de un estilo espistolar. Efectivamente, los capítulos tienen la forma de cartas dirigidas a un amigo, Santiago Arcos; pero sólo se representa en él un destinatario retórico, un recurso para justificar el estilo.
Uno de los ejes temáticos del libro conciste en tratar de demostrar que los bárbaros ranqueles no son tan bárbaros como los civilizados. Aquí describe una costumbre de la burquesía francesa a mediados del siglo XIX que expresa una marcada superstición a la hora de sentarse a la mesa. El texto es curioso porque son pocos los burgueses argentinos que, seducidos por las luces de París, admitan que también hay que dejarse seducir por la barbarie.(1) 
“Ayer fue martes; mal día para embarcarse, casarse, presentar solicitudes, pedir dinero a réditos y suicidarse.
A más de ser martes, esta carta debía llevar, como lleva, el número trece, número de mal agüero, misterioso, enigmático, simbólico, profético, fatídico, en una palabra, cabalístico.
Las cosas que son trece salen siempre malas. Entre trece suceden siempre desgracias. Cuando trece comen juntos, a la corta o a la larga alguno de ellos es ahorcado, muere de repente, desaparece sin saberse cómo, es robado, naufraga, se arruina, es herido en duelo. Finalmente, lo más común es que entre trece haya siempre un traidor.
Es un hecho que viene sucediéndose sin jamás fallar desde la famosa cena aquella en que Judas le dio el pérfido beso a Jesús.
Es por esa razón que en Francia, nación cultísima, hay una industria, que no tardará en introducirse en Buenos Aires, donde todas las plagas de la civilización nos invaden día a día con aterrante rapidez. El cólera, la fiebre amarilla y la epizootia le quitan ya a la antigua y noble ciudad, el derecho de llamarse como siempre. Pestes de todo género y auras purísimas; es una incongruencia.
Debiera quitarse nombre y apellido, como hacen los brasileros, en cuyos diarios suelen leerse avisos así: "De hoy en adelante, Juan Antonio Alvares Pintos, Bracamonte y Costa, se llamará Miguel da Silva, da Fonseca e Toro. Tome buena nota el respetable público."
Es una excelente costumbre que prueba los adelantos del Imperio. Porque mediante ella, los pillos hacen sus evoluciones sociales con más celeridad. En un país semejante, Luengo no tendría más que poner un aviso para ser Moreira, persona muy decente.
La industria de que hablaba toma su nombre de los que la ejercen, llamados le quatorzième (decimocuarto).
Le quatorzième, no puede ser cualquiera. Se requiere ser joven, no pasar de treinta y cinco años, tener un porte simpático, maneras finas, vestir bien, hablar varios idiomas y estar al cabo de todas las novedades de la época y del día.
Cuando alguien ha convidado a varios amigos a comer en su casa, en el restaurant o en el hotel, y resulta que por falla de uno o más no hay reunidos sino trece y que se ha pasado el cuarto de hora de gracia concedido a los inexactos, se recurre al quatorzième.
¡Cómo han de comer trece, exponiéndose a que bajo la influencia de malos presentimientos, la digestión se haga con dificultad!
Se envía, pues, un lacayo en el acto, por el quatorzième. En todos los barrios hay uno, así es que no tarda en llegar; es como el médico.
Entra y saluda, haciendo una genuflexión, que es contestada desdeñosamente; y acto continuo se abre la puerta que cae al comedor, o no se abre, porque los convidados pueden estar en él o por cualquier otra razón, y se oye: monsieur est servi!
Siéntanse los convidados. ¡Qué felicidad! ¡La sopa humea de caliente, no se ha enfriado! La alegría reina en todos los semblantes. Han comenzado a sonar los platos, chocarse las copas. De repente óyese un grito del anfitrión:
-¡Ahí está al fin! Siéntese usted donde quiera, que los demás no vendrán ya.
Y Monsieur de la Tomassière (en un tipo de este apellido, Paul de Kock ha personificado el tipo de esos amigos fastidiosos que siempre llegan tarde), se presenta y se sienta, pidiendo disculpas a todos y protestando que es la primera vez que tal cosa le sucede.
Mientras tanto, le quatorzième ha visto una seña del dueño de la casa, que en todas partes del mundo quiere decir: retírese usted y sin decir oste ni moste se ha eclipsado. Iba quizá a probar la sopa, cuando Mr. de la Tomassière se presentó.
Al llegar a la puerta de la calle de donde vive, se halla con un necesitado que le espera. En otro banquete le aguardan con impaciencia. Han buscado varios quatorzième, no hay ninguno. Esa noche dan muchas comidas, hay muchos inexactos o un exceso de previsión y la demanda de quatorziéme es grande desde temprano.
El quatorzième marcha; llega, igual escena a la anterior. Tiene que desalojar su puesto antes de haber probado un plato siquiera de cosa alguna.
Al volver a llegar a la puerta de su pobre mansión, otro necesitado. Le sigue con éxito semejante al de los pasados convites.
Hay noches en que las idas y venidas del pobre quatorzième exceden toda ponderación.
Ha ganado bien su dinero, porque cada viaje se paga, pero ha pasado por el suplicio de Tántalo.
La civilización de Buenos Aires debe pensar seriamente en esto. No soy un alarmista. Pero sostengo que así como estamos amenazados de muchas pestes por falta de policía municipal, hace muchos años que la educación se descuida en inculcar en los niños esta idea: uno, de los mayores defectos sociales es hacer esperar.
Tan es así, que me acuerdo yo de un andaluz que vivió once años de huésped en casa de una tía mía. Un día anunció que se iba a su tierra. ¡Ya era tiempo! Su despedida consistió en esto:
-Señora, usted no puede tener queja de mí, siempre he estado presente a la hora fija de almorzar y comer.
Con lo cual se marchó, habiendo dicho no poco, que el que no ha esperado jamás gente a comer, porque nunca ha dado comidas, habiéndose limitado a comerlas, no sabe lo que es esperar a un huésped o a un convidado.
Indudablemente, debe haber una enfermedad que los médicos no conocen, proveniente de la impaciencia de esperar gente a comer.
La ciencia no tardará en descubrirla y en agregarla a la nomenclatura patológica.
Creo haberte explicado suficientemente, Santiago amigo, que si esta decimotercia carta no se publicó ayer, ha sido porque fue martes y porque su número es fatal.”
Notas y bibliografía:
(1) Mansilla; Lucio V.; Una Excursión a los Indios Ranqueles.; Buenos Aires, CEAL, 1967; Tomo I; cap. XIII, pp. 77-79. Leído en  http://www.biblioteca.clarin.com/pbda/cronicas/ranqueles/ranqueles_00indice.html, el 9 de setiembre de 2011

domingo, 15 de enero de 2012

El eco de la Pampa Gringa (doña Maruca Pugliese)

Hablar de mis tías, es hablar de un círculo cercano, muy cercano. También es hablar de viajes hacia el interior mismo del barrio de Mataderos, hacia  La Tablada (un barrio de tanos), hacia el Doce (12 de Octubre, un pueblo de 500 habitantes a 30 km de la ciudad de 9 de Julio), en fin, hacia las serranías de la Rioja Baja donde está recostada la Villa de Igea a más de ochenta km de Logroño y a poco más de diez de Navarra. Hablar de mis tías es hablar  de la confluencia de inmigrantes italianos y españoles en Mataderos y La Matanza, de las más tradicionales recetas italianas en manos de mi tía Ñata (medio riojana, medio navarra), de la modernidad en las manos de mi tía Nena que producía exquisiteces a partir de los logros masivos de la industria alimentaria (su torta de quaker sigue siendo memorable).

En este texto, me limitaré a transitar las 20 cuadras por calles de tierra que median entre la casa de mi infancia y las primeras  manzanas de La Tablada, donde aún vive mi tía Maruca. Ya vendrán otros viajes en el tiempo y el espacio para ir completando el crucigrama en que se cifra buena parte de una identidad.

Si llegó hasta aquí, es porque le interesa el tema. Encuentre el desarrollo completo de estas ideas en Sabores entrañables, el libro de este Recopilador.


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Mi tía Maruca nació y se crió en la ciudad de San Pedro, muy cerca del Río Paraná. Forma parte del círculo de tías que frecuentaba con asiduidad. Por lo tanto su cocina, me resultaba bastante familiar.
Maruca amasaba tallarines que daba gusto comer, pero la maestría en el arte de la pasta se hallaba en las manos de su madre. En una oportunidad  mi vieja le preguntó a Maruca: “¿cuándo va a venir tu madre a amasar tallarines?”. La tía se encargó de formular la consulta y algunos días después (las comunicaciones no eran tan rápidas como ahora) respondió que no había ningún problema, pero que para amasar la vieja tenía que venir un día antes. La verdad es que no me acuerdo cómo nos arreglamos, pero doña Vicenta se apareció un sábado después de la siesta y esa noche durmió en casa.
A poco de llegar, se puso el delantal que trajo entre sus cosas y empezó a trabajar sobre la mesa de zinc de la cocina. Yo la miraba extasiado. Manipulaba la masa con sus manos endurecidas por los años, pero aplicando inesperada energía. Cuando estuvo listo el bollo, lo dejó descansar y el mate se entrometió en una charla interminable. Ahora viene cuando los corta con el cuchillo, me dije, pero ¿tan temprano? No, no, para mi sorpresa era la hora adecuada, la vieja no hizo tallarines con esa masa, sino que preparó pastelitos dulces. Los detalles se me escapan. Doña Vicenta siguió amasando mientras freía los pastelitos, sostenía la charla y, apenas se enfriaban un poco convidaba y comía. Tengo en la memoria la imagen de irme a dormir después de ver como había forrado los bancos de la cocina y la mesa con papel de estraza y sobre ellos, dispuesto los tallarines para que orearan por la noche (creo que los tapó con repasadores de cotín). No recuerdo qué, cómo y dónde comimos esa noche. Mi imaginación desea que, como seguramente era un día templado, la vieja hubo amasado y preparado empandas y que la cena se haya llevado a cabo en el patio bajo las parras.    
Ahora, Maruca, ya no cocina, pero puede recordar como preparaba algunas recetas que llevo integradas a mi gusto personal. En algún lugar, hablé de las marineras que otros llaman escalopes a la romana, que ella servía con puré y de los ajíes en vinagre que conservaba en una damajuana enorme, imagino que de diez litros que tapaba con un corcho de unos 10 centímetros de diámetro. Este año estuve en su casa y me trasmitió las recetas.

Ajíes en vinagre

Los ajíes en vinagre que juzgo propios del antipasto italiano, formaban parte de la picadita criolla de los sábados y domingos.
¿Cómo era esa picadita? Los ingredientes variaban según los gustos de cada familia y las ofertas de productos que había en el almacén. En casa, no era una costumbre muy consolidada porque mi madre sostenía que las papitas y los palitos de copetín no eran sanos para los niños. Pero cuando había, la picada se componía de papitas fritas(1) y palitos salados de copetín, aceitunas, queso Mar del Plata cortado en dados pequeños y pickles. También era infaltable el chorizo chacarero, si mi abuela Agustina los había mandado por encomienda. Mi tía Nena, en su casa, agregaba salamín del tipo milanés (ella siempre hizo punta con los productos de la industria alimentaria). Alguna otra conserva que podría haberse utilizado, como las berenjenas en escabeche, eran reservadas para la merienda. Pero, lo soberbio, lo diferente, eran los ajíes en vinagre de mi tía Maruca.


Identifico esta tendencia a la conservación de los ajíes, tanto en vinagre como en aceite, con tradiciones italianas. Es que no sólo los preparaba mi tía, Osvaldo Lombardi, cultor de esa culinaria, los sigue preparando. Para poner un ejemplo de la vocación de Osvaldo por la recuperación de esos sabores, necesito contar aquí que elabora un pesto exquisito en el que las nueces picadas se sirven aparte y se agregan a gusto del comensal.
Ahora volvamos al camino. En la provincia de Santa Fe hay un pueblo, cercano a la Ruta Nacional N° 9, que se llama Fighiera. Esta ciudad está cerca de Rosario y a unos 120 km de SanPedro, donde se crió mi tía Maruca. Estas referencias no sólo sirven para permitirnos delinear espacio territorial recortado por la imaginación en donde la influencia italiana, especialmente piamontesa, es particularmente fuerte en el ámbito rural: la Pampa Gringa, no sólo sirve para entender que mi tía era hija de ese territorio imaginado; me permiten evocar también otra historia familiar.
Hace años, digamos unos cuarenta, mi padre que transitaba habitualmente la Ruta 9, se encontró con que, junto a las banquinas en las proximidades de Fighiera, solían instalarse una serie de puestitos que ofrecían productos artesanales del lugar. Entre ellas, había embutidos y un preparado de ajíes conservados en aceite, envasados bajo la marca Fighiera (su packaging elemental daba cuenta ese origen artesanal, rústico, indudablemente atravesado por el atributo de la autenticidad). La primera vez trajos sopresata y ajíes. Pronto dejó de traer sopresata (estimo este fiambre no podía competir en sus papilas con los chorizos que hacía mi abuela), pero insistió sistemáticamente con los ajíes.
Años después, a principios de los años ochenta, la marca Fighiera accedió a las góndolas de los supermercados con sus ajíes en conserva y luego, misteriosamente, desapareció. En esta última época, la picada era una institución en mi vida. Incorporé ese producto en las que preparaba en casa, aunque no eran aceptados buenamente por todos los comensales debido a que los ajíes aparecían troceados y mezclados, rojos y verdes, sabiéndose que los primeros contienen un picor no demasiado conveniente al gusto porteño.
En los últimos tiempos, no estaba extrañando tanto los ajíes de Fighiera como los de mi tía. Entonces decidí prepararlos siguiendo la receta que le pedí por teléfono y las recomendaciones que Osvaldo Lombardi me hizo cuando le comenté lo que iba a intentar. El resultado fue muy bueno, simplemente porque cuando los probé, dos semanas después, me pareció que era una mañana de sábado, que era verano, que transitábamos los años sesenta y que estaba en el vestíbulo de la casa en donde todavía viven mis tíos Maruca y Oscar, en La Tablada.
Ajíes en vinagre
Fuente (fecha) Mi tía Maruca (diciembre de 2010), Osvaldo Lombardi (enero de 2011)
Ingredientes
Ajíes
Sal gruesa
Vinagre blanco
Preparación
1.- Lavar los ajíes y secarlos.
2.- Introducir los ajíes en un frasco.
3.- Agregar un puñado de sal gruesa.
4.- Llenar el frasco con vinagre del alcohol.
5.- Dejar macerar por 15 días (los ajíes deben permanecer totalmente sumergidos en el vinagre)


Notas y bibliografía:
(1) Durante años pensé que las papitas de copetín se hacían con nabo frito, por eso en el texto había agregado esté parénstesis en el lugar de la referencia “(¡qué decepción cuando me enteré que no se hacían con papa!)”. Sin embargo, parece que este aserto se constituye como una auténtica leyenda urbana, según me reveló mi primo Oscar Espada, hijo de Maruca, quien, el 21 de setiembre de 2011, me envió el siguiente correo-e:
Por razones laborales tuve oportunidad de ir tres veces a plantas de Pepsico Snacks y recorriendo los procesos pude comprobar la cantidad enorme de camiones que ingresan diariamente a cada fábrica transportando... ¡¡¡ PAPAS !!!.
No vi uno solo con nabos (para comer..., de los otros sí había).
Además, si accedes a los valores estadísticos de nuestra producción agropecuaria, podrás comprobar lo escasa que es la producción de esa crucífera.”
¿Cuál será el origen de la la leyenda urbana? ¿el escepticismo ingenuo y visceral de que hacemos gala los porteños frente a las cosas más evidente?



Marineras

Otra cosa sorprendente de mi tía Maruca eran las milanesas raras que hacía. En realidad, se trataba de escalopes a la romana que ella denominaba marineras. La receta que me trasmitió es muy sencilla como podrá verse a yuso. Mi tía no me lo dijo, pero al huevo se le puede agregar ajo y perejil. En algunas recetas que encontré por la internet, la harina y el huevo se mezclan con agua o leche y la carne se reboza como si fuera en una tempura.

Si llegó hasta aquí, es porque le interesa el tema. Encuentre el desarrollo completo de estas ideas en Sabores entrañables, el libro de este Recopilador.


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Ensayé el plato y salió aceptablemente bien... tengo que mejorar la técnica de fritura, mejor dicho, recuperarla ya que he ido abandonándola en favor de una comida sana. Para la buena salud, freír con aceite de oliva la mejora notablemente el resultado, así se reduce la brecha entre la salud y la buena mesa.
Marineras
Fuente (fecha)
Mi tía Maruca (febrero de 2011)
Ingredientes
Filetes de carne cortados para milanesas.
Sal.
Pimienta.
Queso rayado.
Harina.
Huevo.
Aceite para freír.
Preparación
1.- Salpimentar la carne y rebozarla con queso rayado.
2.- Dejar marinando en la heladera por un par de horas.
3.- Pasar los filetes marinados sucesivamente por harina y por huevo y freír inmediatamente. (El aceite debe estar caliente, pero no tanto como para quemar la harina).
4.- Servir con puré de papas.

domingo, 8 de enero de 2012

Los varones y la cocina


Siempre me he demorado buscando el no tiempo de la eternidad en la charla amable, junto al vino o la cerveza y los fuegos, sea frente a la parrilla, sea frente al hogar de leños, sea en la cocina. Siempre sucumbí fascinado ante la transformación de los alimentos en la cocción... Luego de años de vivir la fascinación de los fuegos, me atreví a poner mano en asados, empanadas, tortillas o, simplemente, en el armado de los platitos de la picada veraniega. Pero, la sensación de cierto dominio sobre las técnicas, la expansión de las búsquedas y el perfeccionamiento es más reciente.

¿Fui una rara avis, un varón capaz de acumular estas vivencias? No me parece. Pensando bien la cosa, un varón en la cocina no resulta tan extraño, tampoco infrecuente. No faltan ejemplos en mi familia, y mucho menos en el círculo de mis amigos. Tengo la impresión de que una encrucijada social, un cambio de cultura, nos llevó a los varones a la cocina por senderos inesperados.
Muchas mujeres de mi generación representaron una ruptura en la construcción de la identidad femenina. No importa cuáles son los nombres que se usaron para definir este movimiento socio cultural; importa que ellas decidieron ocupar su propio sitio en el mundo profesional y laboral. Fue así que emigraron de su encierro en el hogar a la conquista del mundo junto a sus varones. El hecho no tiene nada de malo... muy por el contrario, es altamente positivo para una sociedad que se vio enriquecida de miradas diferentes.
Lo que digo es por demás evidente, pero lo que no lo es tanto es la ruptura que esto supuso en la tradición culinaria.
Las mujeres que estuvieron en la avanzada, si no todas, muchas de ellas por lo menos, militaron de anti cocineras. La cocina rápida y fácil(1) o el delivery y el “arreglarse con cualquier cosita” pasaron a ser el liet motiv que informó su accionar. Se soltaron de las cadenas que las vinculaban a las a las otras mujeres de la familia. Fue de este modo que esa poderosa maquinaria didáctica, la comunidad de las mujeres de la familia, que funcionó durante siglos, se desarticuló como si siempre hubiese sido un castillo de naipes. Basta ya de conquistar cotidianamente a un marido por la boca (como sentenció, no sin sorpresa para las feministas, Juana Manuela Gorriti en su Cocina ecléctica).(2)
Los varones que nunca perdimos la vocación de gorditos, que no podemos vivir sin almorzar, aunque tengamos que cuidarnos del sobrepeso (casi siempre por prescripción médica, casi nunca que por inclinación cultural), sentimos el vacío que ellas provocaron. Muchos de nosotros decidimos ocuparlo.
Tradicionalmente, la cocina como espacio físico, era el corazón de la casa, el lugar en donde las mujeres hacían circular el afecto entre todos los integrantes de la familia. Hoy, después de la rebelión femenina, vuelve a jugar un papel central, pero ya no hay en ellas mujeres sumisas. Ahora la cocina es el campo de cultivo de placeres a cargo de auténticos sibaritas. Es un lugar donde el afecto circula como en una red sin centro, pero el placer gastronómico tiene un dueño: el gordito de marras.
Este paso supuso la necesidad de resolver un gran problema. ¿Cómo aprender a cocinar? Las mujeres, durante siglos aprendieron a cocinar sensualmente. Mirando podían comprender como se hacían las cosas. Tocando y probando podían sentir el punto justo de la textura de una masa, de la salazón de una cocción, etcétera. Con los ojos y con las manos podían calcular las proporciones de ingredientes sin necesidad de que todas las tazas o todas la cucharas tuvieran la misma capacidad. Con el oído podían medir la temperatura adecuada del aceite ¿Cómo aprendimos los hombres? No sé otros, pero yo que empecé como un autodidacta empecinado en transformar el asombro en un plato nutricio. Tuve que razonar cada receta, tuve que acceder intelectualmente a las técnicas para corregir mañas y defectos propios del auto aprendizaje. Pero, aquí estoy en la cocina, feliz de los pasos que he dado...
¿Hay algo más? Sí, sí, hay algo más, pero ya no tiene que ver estrictamente con la cocina. Creo estar en condiciones de exhibir las pistas para acceder a un tesoro, si nos ponemos de acuerdo en valorarlo de este modo.
Si cocinar, como sostiene Jeff Tobin,(3) es una manera de pensar; si las mujeres fueron capaces de tener una mirada integradora, donde las palabras de cada receta eran interpretadas desde una memoria que no residía en la mente, sino en los sentidos; si nos cuesta tanto a los hombres, a mí me cuesta por lo menos, alejarnos de las abstracciones para comprender algo tan simple y complejo a la vez como es una receta de cocina, es hora de que emprendamos una revolución copernicana y aceptemos que esa manera de pensar, la femenina, no constituye una cultura subalterna como siempre sostuvimos... ¿Qué tal si pensamos que se trata, simplemente, de un cultura diferente, de un idioma diferente que es necesario valorar en su justa medida? ¿Qué tal si pensamos en el valor de la convivencia de miradas y lenguajes? ¿Qué tal si aceptamos que hay un tesoro en el mundo femenino que sólo es accesible en la vida compartida?
Notas y bibliografía:
(1) 2010, Berreteaga, Choly, Cocina fácil para la muer moderna -edición aniversario35°-, Buenos Aires, Editorial Atlántida, 1° edición 1975. Este fue un libro emblemático de esta corriente.
(2) 1890, Gorriti, Juana Manuela, Cocina ecléctica, Buenos Aires, Félix Lajouane Editor (Librairie Générale), 1890. leído en http://www.biblioteca.clarin.com/pbda/miscelanea/cocina_eclectica/cocina_00indice.htm, el 4 de noviembre de 2011.
(3) 2005 Tobin, Jeff, “Patrimonializaciones gastronómicas: La construcción culinaria de la nacionalidad” en AAVV, La cocina como patrimonio (in)tangible, Primeras jornadas de patrimonio gastronómico, Buenos Aires, Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, pp. 26-46.


lunes, 2 de enero de 2012

Los placeres del gourmet


Lucio V. Mansilla (1831-1913), militar y escritor argentino, es reconocido como uno de los mayores exponente de la llamada Generación del 80. Entre sus obras más importantes, se encuentra Una excursión a los indios ranqueles, donde expuso las experiencias obtenidas en la expedición que encaró en 1867 bajo directivas del Gobierno Nacional. La técnica utilizada para relatarlas es el uso de un estilo epistolar. Efectivamente, los capítulos tienen la forma de cartas dirigidas a un amigo, Santiago Arcos; pero sólo se representa en él un destinatario retórico, un recurso para justificar el estilo.
El fragmento que se presenta a continuación fue extraído del primer capítulo de su libro Una excursión a los indios ranqueles.(1) En él, se relata los motivos de la expedición. Pero Mansilla, un elegante gourmet, no pierde la oportunidad para fijarle una meta gastronómica en su travesía. 

No sé dónde te hallas, ni dónde te encontrará esta carta y las que le seguirán, si Dios me da vida y salud.
Hace bastante tiempo que ignoro tu paradero, que nada sé de ti; y sólo porque el corazón me dice que vives, creo que continúas tu peregrinación por este mundo, y no pierdo la esperanza de comer contigo, a la sombra de un viejo y carcomido algarrobo, o entre las pajas al borde de una laguna, o en la costa de un arroyo, un churrasco de guanaco, o de gama, o de yegua, o de gato montés, o una picana de avestruz, boleado por mí, que siempre me ha parecido la más sabrosa.
A propósito de avestruz, después de haber recorrido la Europa y la América, de haber vivido como un marqués en París y como un guaraní en el Paraguay; de haber comido mazamorra en el Río de la Plata, charquicán en Chile, ostras en Nueva York, macarroni en Nápoles, trufas en el Périgord, chipá en la Asunción, recuerdo que una de las grandes aspiraciones de tu vida era comer una tortilla de huevos de aquella ave pampeana en Nagüel Mapo, que quiere decir "Lugar del Tigre". En el libro de Derck Foster El gaucho gourmet (2001) hay una receta de picana de avestruz y otra de charquicán.(2)
Los gustos se simplifican con el tiempo, y un curioso fenómeno social se viene cumpliendo desde que el mundo es mundo. El macrocosmo, o sea el hombre colectivo, vive inventando placeres, manjares, necesidades, y el microcosmo, o sea el hombre individual, pugnando por emanciparse de las tiranías de la moda y de la civilización.
A los veinticinco años, somos víctimas de un sinnúmero de superfluidades. No tener guantes blancos, frescos como una lechuga, es una gran contrariedad, y puede ser causa de que el mancebo más cumplido pierda casamiento. ¡Cuántos dejaron de comer muchas veces, y sacrificaron su estómago en aras del buen tono!
A los cuarenta años, cuando el cierzo y el hielo del invierno de la vida han comenzado a marchitar la tez y a blanquear los cabellos, las necesidades crecen, y por un bote de cold cream, o por un paquete de cosmético, ¿qué no se hace?
Más tarde, todo es lo mismo; con guantes o si guantes, con retoques o sin ellos, "la mona aunque se vista de seda mona se queda".
Lo más sencillo, lo más simple, lo más inocente es lo mejor: nada de picantes, nada de trufas. El puchero es lo único que no hace daño, que no indigesta, que no irrita.
En otro orden de ideas, también se verifica el fenómeno. Hay razas y naciones creadoras, razas y naciones destructoras. Y, sin embargo, en el irresistible corso e ricorso de los tiempos y de la humanidad, el mundo marcha; y una inquietud febril mece incesantemente a los mortales de perspectiva en perspectiva, sin que el ideal jamás muera.
Pues, cortando aquí el exordio, te diré, Santiago amigo, que te he ganado de mano.
Supongo que no reñirás por esto conmigo, dejándote dominar por un sentimiento de envidia.
Ten presente que una vez me dijiste, censurando a tu padre, con quien estabas peleado:
-¿Sabes por qué razón el viejo está mal conmigo? Porque tiene envidia de que yo haya estado en el Paraguay, y él no.
Es el caso que mi estrella militar me ha deparado el mando de las fronteras de Córdoba, que eran la más asoladas por los ranqueles.
Ya sabes que los ranqueles son esas tribus de indios araucanos, que habiendo emigrado en distintas épocas de la falda occidental de la cordillera de los Andes a la oriental, y pasado los ríos Negro y Colorado, han venido a establecerse entre el Río Quinto y el Río Colorado, al naciente del río Chalileo.
Últimamente celebré un tratado de paz con ellos, que el Presidente aprobó, con cargo de someterlo al Congreso.
Yo creía que siendo un acto administrativo no era necesario.
¿Qué sabe un pobre coronel de trotes constitucionales?
Aprobado el tratado en esa forma, surgieron ciertas dificultades relativas a su ejecución inmediata.
Esta circunstancia por un lado, por otro cierta inclinación a las correrías azarosas y lejanas; el deseo de ver con mis propios ojos ese mundo que llaman Tierra Adentro, para estudiar sus usos y costumbres, sus necesidades, sus ideas, su religión, su lengua, e inspeccionar yo mismo el terreno por donde alguna vez quizá tendrán que marchar las fuerzas que están bajo mis órdenes -he ahí lo que me decidió no ha mucho y contra el torrente de algunos hombres que se decían conocedores de los indios, a penetrar hasta sus tolderías y a comer primero que tú en Nagüel Mapo una tortilla de huevo de avestruz.
Nuestro inolvidable amigo Emilio Quevedo, solía decirme cuando vivíamos juntos en el Paraguay, vistiendo el ligero traje de los criollos e imitándolos en cuanto nos lo permitían nuestra sencillez y facultades imitativas: -¡Lucio, después de París, la Asunción! Yo digo: -Santiago, después de una tortilla de huevos de gallina frescos, en el Club del Progreso, una de avestruz en el toldo de mi compadre el cacique Baigorrita.”
Notas y bibliografía:
(1) Mansilla; Lucio V.; Una Excursión a los Indios Ranqueles; cap. I, Tercera edición, Juan A. Alsina editor, Buenos Aires, 1890, en Proyecto Biblioteca Digital Argentina, leído el 9 de setiembre de 2011 en http://www.biblioteca.clarin.com/pbda/cronicas/ranqueles/ranqueles_00indice.html
La imagen de Lucio V. Mansilla fue tomada de http://www.google.com.ar/search?q=lucio+v+mansilla+imagenes&hl=es&sa=X&prmd=imvnso&tbm=isch&tbo=u&source=univ&ei=PTEET_HzBMbi0QHEvvGaAg&ved=0CCAQsAQ&biw=1024&bih=544.   
(2) 2001, Foster, Dereck, El gaucho gourmet, hay una receta de picana de avestruz y otra de Charquicán, pp. 95.

Esteban Etcheverría, entre el horror del matadero y la apología del matambre


Esteban Etcheverría (1805-1851) poeta y escritor argentino. Perteneció a la denomina Generación del 37. Fue autor de textos fundacionales del la literatura argentina. Los más destacados son: El dogma socialista, La cautiva y El matadero. El texto que se transcribe fue compuesto alrededor de 1937.(1)
El camino que llevó a los gauchos a las profesiones de resero y matarife aún no se había iniciado, y mucho menos el que llevó al de despostador certificado; pero la pericia para reconocer y extraer el matambre de una res muerta es continuidad de su capacidad para desollar a un animal en la época en que sólo interesaba el cuero. El poeta Etcheverría rescata la costumbre de comer el matambre y le da estatura de producto nacional.
Apología del matambre
Griten en buena hora cuanto quieran los taciturnos ingleses, roast-beef, plum pudding; chillen los italianos, maccaroni, y váyanse quedando tan delgados como una I o la aguja de una torre gótica. Voceen los franceses omelette souflée, omelette au sucre, omelette au diable; digan los españoles con sorna, chorizos, olla podrida, y más podrida y rancia que su ilustración secular. Griten en buena hora todos juntos, que nosotros, apretándonos los flancos soltaremos zumbando el palabrón, matambre, y taparemos de cabo a rabo su descomedida boca.
/…/.
Con matambre se nutren los pechos varoniles avezados a batallar y vencer, y con matambre los vientres que los engendraron: con matambre se alimentan los que en su infancia, de un salto escalaron los Andes, y allá en sus nevadas cumbres entre el ruido de los torrentes y el rugido de las tempestades, con hierro ensangrentado escribieron: Independencia, Libertad; y matambre comen los que a la edad de veinte y cinco años llevan todavía babador, se mueven con andaderas y gritan balbucientes: Papá... papá... Pero a juventudes tardías, largas y robustas vejeces, dice otro apotegma que puede servir de cola al de Pérez.
/…/.
/…/. Debe haberlos, y los hay, buenos y malos, grandes y chicos, flacos y gordos, duros y blandos; pero queda al arbitrio de cada cual escoger al que mejor apetece a su paladar, estómago o dentadura, dejando siempre a salvo el buen nombre de la especie matambruna, pues no es de recta ley que paguen justos por pecadores, ni que por una que otra indigestión que hayan causado los gordos, uno que otro sinsabor debido a los flacos, uno que otro aflojamiento de dientes ocasionado por los duros, se lance anatema sobre todos ellos.
Cosida o asada tiene toda carne vacuna, un dejo particular o sui generis debido según los químicos a cierta materia roja poco conocida y a la cual han dado el raro nombre de osmazomo (olor de caldo). Esta substancia pues, que nosotros los profanos llamamos jugo exquisito, sabor delicado, es la misma que con delicias paladeamos cuando cae por fortuna en nuestros dientes un pedazo de tierno y gordiflaco matambre: digo gordiflaco porque considero esencial este requisito para que sea más apetitoso; y no estará de más referir una anecdotilla, cuyo recuerdo saboreo yo con tanto gusto como una tajada de matambre que chorree.
Repuntaron los muchachos que andaban desbandados y despacháronlos a almorzar a la pieza inmediata, mientras yo, en un rincón del comedor, haciéndome el zorrocloco, devoraba con los ojos aquel prodigioso parto vacuno. "Vete niño con los otros", me dijo mi madre, y yo agachando la cabeza sonreía y me acercaba: "Vete, te digo", repitió, y una hermosa mujer, un ángel, contestó: "No, no; déjelo usted almorzar aquí", y al lado suyo me plantó de pie en una silla. Allí estaba yo en mis glorias: el primero que destrizaron fue el matambre; dieron a cada cual su parte, y mi linda protectora, con hechicera amabilidad me preguntó: "¿Quieres, Pepito, gordo o flaco?". "Yo quiero, contesté en voz alta, gordo, flaco y pegado", y gordo, flaco y pegado repitió con gran ruido y risotadas toda la femenina concurrencia, y dióme un beso tan fuerte y cariñoso aquella preciosa criatura, que sus labios me hicieron un moretón en la mejilla y dejaron rastros indelebles en mi memoria.”
Notas y bibliografía:
(1) “Apología del Matambre” (c.1837) Cuadro de costumbres argentinas Fuente: Juan María Gutiérrez, Obras Completas de D. Esteban Echeverría, Carlos Casavalle Editor, Buenos Aires, 1870-1874. En http://www.biblioteca.clarin.com/pbda/miscelanea/matambre/matambre.htm. leído el 5 de agosto de 2010. La imagen de Esteban Echeverría fue tomada de http://www.google.com.ar/search?q=esteban+echeverria+imagenes&hl=es&prmd=imvnso&tbm=isch&tbo=u&source=univ&sa=X&ei=IlIET_-bH5O2twe3rMjGAw&sqi=2&ved=0CCAQsAQ&biw=1024&bih=544.