Ir a Salta (I)
III Nuestra Señora de la Candelaria de la
Viña… y, antes, algo más
Habíamos tenido una cena bastante decepcionante, en el día de
nuestra llegada, en el restaurante la Nueva Criollita. Siempre hemos comido
bien allí. Pero esta vez, todo empezó muy mal.
Uno de mis rituales favoritos en la Ciudad de Salta es comer
unas empanadas con una jarrita bien fría del sabroso torrontés de damajuana de
la bodega Domingo Molina. La sorpresa fue, esta vez, que me lo sirvieron a
temperatura ambiente… eso sí, me agregaron hielo aparte. Inexplicable. La
encargada me dijo que todos lo toman así, con hielo, porque es un vino de
damajuana. Le dije que esta era la octava vez que iba a Salta en los últimos
veinte años, y que eso nunca me había pasado, ni aún en ese establecimiento en
dónde estuvimos hace tres años.
Pedimos empanadas, no son las mejores de Salta, pero estaban
razonables, y una cazuela de cabrito. El cabrito, que tardó cincuenta minutos,
estaba sabroso, pero duro.
Creo que no volveré a ese sitio. Pasados dos días, decidí tomare revancha en Doña Salta, frente a la Iglesia de San Francisco. Pero, cuando salimos del hotel, aún era temprano. De modo que decidimos hacer antes una visita al Museo de Antropología de Salta.
En el día anterior, bajando de la ciudad sagrada, recorrimos
el pequeño museo del poblado de Tastil. La exposición era muy buena y me hizo
recordar a la que había visto en este museo de Salta al que estábamos yendo.
Las cosas estaban algo cambiadas desde la última visita que
hicimos en 2023. Tiene algún sentido, las exposiciones siempre cambian en los
museos que tiene un amplio patrimonio como éste. Vimos algunas mejoras (como
por ejemplo, la habilitación de la terraza para actividades al aire libre y la
exposición permanente ordena a partir de una idea conductora que platea sobre
el desarrollo del homo sapiens a partir de caminatas y traslados). También
vimos algunos errores en esa exposición permanente (la ausencia de referencias
a las poblaciones del Chaco Salteño y, entre las tecnologías desarrolladas en
el ámbito de la Provincia, la ausencia del trabajo con metales antes de la
ocupación de los Incas).
Pregunté por la exposición sobre Tastil. Me dijeron que había
sido traslada al museo del poblado que habíamos visto el día anterior… ¡Con
razón todo me parecía familiar en este pequeño, pero bello e interesante museo!
Siempre es bueno ir a este museo cuya
arquitectura modernista de los años sesenta y setenta del siglo pasado no deja
de conmoverme… Ésta no fue la excepción.
De allí a doña Salta, donde comimos empanadas de charqui,
humita en chala y tamales. Todo ello acompañado con la consabida jarra del
torrontés de Palo Domingo… Esta vez frío, como corresponde.
La comida estaba muy bien, en
especial las empanadas de charqui. Tal vez lo más flojo fue la humita. La
música folklórica de fondo sumaba un montón.
Terminamos la jornada diurna caminando hasta San Juan y
Alberdi para ver la iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria de la Viña. Una
maravilla de arquitectura barroca, restaurada hace algunos años. Sorprende el
cromatismo de sus paredes.
En la reconstrucción participó la arquitecta Rosario Sola,
hermana de Fernanda. No me he comunicado con ella, pero creo que los colores
obedecen a la disposición original.
Lamentablemente eran cerca de la 3 de
la tarde y el templo estaba cerrado. Por ese motivo no pudimos contemplar su
interior. Quedará para otro viaje.
IV La Casona del Molino
Ir a Salta y no llegarnos hasta la Casona del Molino nos ha
parecido siempre que viviríamos de un viaje incompleto. Decidimos ir.
Tuvimos mucha suerte porque llegamos sobre la hora y sin
reserva. Al abrirse la puerta, hacen entrar a las personas de la cola,
respetando el aforo. Nos hicieron entrar y fuimos casi los últimos… La
concurrencia era de una verdadera multitud. Quedó mucha gente esperando afuera
para contar con la posibilidad de entrar más tarde, cuando alguien se retirara.
La Casona es un lugar amable. Casi la única peña a la que
concurren los salteños. Todo es genuino allí, desde la música hasta la comida.
Era jueves. Nos tocó uno de los salones de la Casona.
Preferimos ese lugar, aunque muchos prefieren el patio, el quincho y hasta un
sector lateral en donde la música casi ni llega.
En nuestro salón había un par de músicos que cantaron
clásicos, antiguos y modernos, de nuestro folklore.
La atención de los mozos es
excelente, teniendo en cuenta la multitud que había en el local. Comimos un
locro excelente y muy buenas empanadas. Salimos con la sensación de que el
viaje ya estaba completo; pero no, faltaba algo. El viernes teníamos que ir a
casa de Fernanda.
V Reunión familiar en lo de Fernanda
Sola
Nuestro viaje terminó en una comida casa de nuestra amiga
Fernanda a la que asistieron sus hijos Felipe y Mariana, su nuera y su yerno,
sus dos nietos y unos amigos de Felipe.
Nuestra amiga cocinó un tremendo guaschalocro (=casi locro).
Se trata de una sopa de verano que reemplaza el maíz con choclo y contiene
elementos menos calóricos que el locro. En este caso, el choclo era de maíz
capia, una variedad de maíz autóctona y que se produce en los Valles altos y
quebradas del Noroeste Argentino y es muy valorado por la población local. El
tiempo del capia (tardío, hasta Semana Santa) es tiempo de fiesta y de
gastronomía familiar. Esta variedad se preservó de modificaciones genéticas de
laboratorio, lo que impide, por fortuna, cultivarlo fuera de temporada. Un
verdadero lujo de comunión entre lo humano y lo natural. Lo sazoné con ajíes
nativos, kitucho y ulupica que me proveyó Felipe. Una verdadera fiesta de
afectos y sabores.
Un viaje con aristas mágicas y entrañables no podía no terminar de la mejor manera, en una celebración de la amistad… Volvimos a Buenos Aires henchidos de salteñidad (sentimiento muy propicio para Haydée y para mí que amamos esa provincia, y su ciudad Capital).











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