sábado, 21 de abril de 2018

La alimentación del pionero de las Pampas (1887)


Los textos que se exponen a continuación fueron tomados del libro Vida y Costumbres en El Plata de Emilio Daireaux que publicó Felix Lajouane (1) en 1888 (2). El ejemplar que consulté pertenece a la primera edición en castellano (hubo una anterior en idioma francés). La obra se compone de dos tomos. El primero lleva el título “La sociedad argentina” y el segundo, “Industrias y productos”. El Prefacio contiene sendas cartas de Bartolomé Mitre y Julio Argentino Roca con opiniones y comentarios sobre la edición francesa.

Emilio Honorio Daireaux nació en Río de Janerio en 1846 y falleció en París en 1916. Se recibió de abogado en la capital francesa y revalidó su título en Buenos Aires, donde ejerció la profesión durante más de 10 años. El autor afirma que el libro fue escrito para los países extranjeros con la finalidad de dar a conocer La República Argentina en ellos. Por su parte, la dedicatoria reza: “A mis hijos. Para darles a conocer y hacerles amar el país de su madre, donde nacieron”. El autor se radicó en Francia con su familia a fines del siglo XIX, aunque conservó propiedades en la Provincia de Buenos Aires cerca de la ciudad que lleva su nombre. Algunos de sus hijos se afincaron en La Argentina, administrando esos bienes.
Los fragmentos que se transcriben a continuación pertenecen al segundo tomo. Dos detalles de importancia contienen estos fragmentos. Por un lado, el autor identifica a un tipo de pastor de las pampas que se parece al pionero del lejano oeste norteamericano, que, como aquél, es un auténtico agente de la civilización y se diferencia claramente del tipo “gaucho-cowboy”. Por el otro, describe su alimentación frugal y el equipamiento que dispone para él.
Alimentación del pionero
“Mientras que la vía férrea también se extiende, el pionnier puede seguir este alambre y preceder á la civilización en el desierto.
”La literatura ha dado un nombre al pionnier de las llanuras del Far-West de los Estados Unidos, para el del Sud está muda. Es que éste no brilla como el otro. No es ni el minero de Bret-Harte, en busca de yacimientos, de pepitas, ni el labrador llevando consigo, á terrenos vírgenes, las poderosas máquinas que la civilización de los países antiguos considera demasiado nuevas para ella.
”Es un simple pastor, procediendo á la manera antigua, empujando ante él sus rebaños, como lo practicaban los patriarcas de la época bíblica. No tiene grandes ambiciones, lo que busca es la soledad donde nada ante él molesta á su mirada de hombre de la llanura que ve á lo lejos y á su ganado que quiere espacio donde extenderse. Éste no es un nómada, es un soñador que no sabe ser propietario ni quiere ser un inquilino. En todo tiempo ha ocupado tierras vírgenes, sabe que abundan, no posee más que su rebaño y el modesto ajuar que necesita para vivir solo: pobre traje, algunos caballos, un lazo y una silla que contiene todo cuanto hace falta para acostarse contra una mata de yerbas, mientras que se levanta el modesto abrigo donde pasarán las noches y las horas de la siesta, con una olla para el agua de la infusión del mate cuyo cuidado llena su vida y engaña su estómago, por último, una varilla de hierro, que servirá para asar la carne que, para su comida de todo el año, conserva secándola al sol, porque economiza su ganado, su solo capital.
”Equipado así, de padre á hijo, desde hace dos siglos, ha realizado la misma tarea civilizadora, sin aumentar sus ambiciones, sin tener otros desvelos que vigilar la labor de su ganado, que la de vivir, preparando el suelo ajeno para otros que vendrán á disfrutar, cómodamente, del fruto de su trabajo y le expulsarán como nuevos amos sin darle siquiera las gracias. La ley es menos dura de lo que parece indicar este constante destino; ha velado por él, ha reconocido en diferentes ocasiones el derecho de este útil ocupante sobre las tierra en donde ha acampado un cierto número de años, mas esta ley, con frecuencia la ignora, si alguno viene para hacérsela conocer es disimulando mal un interés personal y para comprarle, á bajo precio, su derecho de ocupante que vale algo. Esta servicial persona, á quien no ha visto más que una vez, no se le volverá á presentar más, sin duda, á no ser para comunicarle que ha venido á ser propietario del terreno ocupado y que tiene que dejarlo ó pagar su tributo de inquilino.
”Ya estos lugares, que gracias á él tomaron algún valor, los invaden nuevos rebaños que le disputan el sitio. Márchase más lejos. Vuelve á comenzar el éxodo hacia la pampa ruda.” (3)
Notas y Bibliografía: 
(1) Prestigioso editor francés que publicaría, entre otras obra el libro Cocina Ecléctica de Juana Manuela Gorriti que vio la estampa en 1891.
(2) 1888, Daireaux, Emilio, Vida y Costumbres en el Plata, Buenos Aires, Feliz Lajouane.
(3) Ídem, tomo II, pp. 173-174.


jueves, 19 de abril de 2018

El recetario del bodegón porteño - índice


Pietro Sorba ya había publicado su guía de bodegones porteños cuando comencé a escribir sistemáticamente sobre la cocina argentina en 2010. (1) El libro provocó una incitación importante en mi espíritu, no tanto por las buenas recomendaciones que promovía como por la concepción teórica que exponía en la Introducción. El autor hablaba allí de un recetario específico de esta clase de restaurantes porteños. Con todo, no fue hasta 2015 en que publicó un libro que lo expusiera. (2) Esta obra recopila recetas reales oficiadas en restaurantes reales.
 Las imágenes pertenecen al autor (excepto la tapa del libro de Pietro Sorba)
Anticipándome, en 2012 y 2013, dediqué buena parte de mi tiempo a escribir ese recetario invisible que, juzgué, merecía una exposición ordenada. Presté más atención a las recetas más tradicionales, con independencia de los restaurantes que la ofrecían en sus cartas, y a la forma en que podrían prepararse en casa. Publiqué los artículos entre el 17 de noviembre de 2012 y el 1º de noviembre de 2014. No avancé, en ese momento, sobre las concepciones teóricas de don Pietro, porque sentí que me gustaba más reconocerme en el esfuerzo de seleccionar las recetas y en el trabajo historiográfico que ubica a cada una de ellas en el contexto de la tradición culinaria a la que pertenecen.
Más recientemente comprendí que había que formular una diferenciación más clara entre el bodegón y el restaurante porteño. Las señas de esas diferencias que significan un leve apartamiento de la formulación teórica de don Pietro, están registradas en los últimos artículos de este índice (La carta del restaurante Albamonte y Diálogos sobre la mesa con Héctor Zancada). Ellas permiten una relectura del recetario, no desde la calidad de cada receta en particular, sino desde una perspectiva clasificatoria.
He agregado también nuevas recetas y revisiones que incluí en la clasificación original por estaciones del año. Esa clasificación fue un torpe intento de ordenar las recetas. En ese orden no seguí la estacionalidad de los productos implicados, sino la de mis gustos personales.
Aquí pongo los enlaces a los artículos publicados en El Recopilador de sabores:
·        Las guías de Pietro Sorba (16/02/13)
·        El recetariode los bodegones porteños (17/11/12 a 29/12/12)
·        El recetario de los bodegones porteños II – invierno (29/06/13 a 06/07/13)
§  Buseca
§  Caracoles
§  Fabada
·        El recetario de los bodegones porteños III – primavera (02/11/13 a 09/11/13)
·        El recetario de los bodegones porteños IV – verano (08/02/14 a 22/02/14)
§  Salsa golf (30/09/17)
·        El recetario de los bodegones porteños V – otoño (05/07/14 a 26/07/14)
§  Bocadillos de acelga (receta personal) (12/08/17)
·        El recetario de los bodegones porteños VI – postres (18/10/14 a 01/11/14)
§  Flan
§  Tarantela
·        La carta del Restaurante Albamonte (1950) (30/07/16)
·        Diálogos sobre la mesa:
Notas y bibliografía:
(1) 2008, Sorba, Pietro, Bodegones de Buenos Aires, Buenos Aires, Planeta, 3° edición, 2009. 
(2) 2015, Sorba, Pietro, Recetas de bodegones, Buenos Aires, Planeta.
(3) Escribí este segundo artículo sobre el revuelto gramajo con una finalidad teórica, cuestionando el criterio de la autoridad como único medio de dar fundamentos a la verdad histórica. Contiene un comentario de Alejandro Manglione que concluye definitivamente con el debate acerca de quién fue el inventor de la receta. En otros comentarios que me hizo, corrige, además, la receta que publiqué en dos detalles: no lleva ni cebolla ni arvejas y las papas paille no deben estar mezcladas en el revuelto de huevos y jamón, sino manteniendo un contacto parcial con el mismo. Sus comentarios coinciden con la receta de “Huevos a lo Gramajo” de Teófila Benavento (1894, Benavento, Teófila, La perfecta cocinera argentina, Buenos Aires, s/pie de imprenta, edición de 1940, pp. 150-151). El artículo también refiere a la invención de la Salsa golf por Luis Federico Leloir en el golf Club de Mar del Plata y la Milanesa a napolitana por José Napoli en Buenos Aires.


sábado, 14 de abril de 2018

Diálogos sobre una identidad culinaria: II El bodegón y el restaurante porteño (cont.)


Héctor Zancada y Mario Aiscurri
Buenos Aires 6 de julio de 2016
Asunto: RE: Un nuevo tema
Querido Mario, esta es una entrada breve, no quiero restarte tiempo de reflexión de mi entrada anterior.
Ya te he confesado que no leí las guías de Sorba por varios motivos. En general, este tipo de guías (restaurantes, vinos, bodegones, etc.) no me llaman la atención. Las considero efímeras y en tiempos de Internet son muy efímeras. El libro impreso cristaliza la información y las guías, a mi entender, no deberían ser libros impresos. Si, en cambio, fueran ebooks podrían estar permanentemente actualizados o por lo menos recibir actualizaciones periódicas.
 
Las imágenes pertenecen a El Recopilador de Sabores


He leído tus extensas revisiones de los libros de Pietro Sorba y no encuentro en ellas ningún comentario que me indique cual fue el criterio de selección de tales o cuales bodegones. Tampoco encuentro el criterio de discriminación utilizado por ese autor para diferenciar un bodegón de una cantina o un restaurante porteño.
salu2
Buenos Aires 3 de agosto de 2016
Asunto: Restaurante porteño y bodegón
Querido Héctor:
Muy acertada tu descripción del recetario del bodegón porteño. Creo que podríamos incluir las milanesas y las albóndigas en este tipo de restaurantes y, tal vez, en los postres el budín de pan y la tarantela.
Las albóndigas y el budín de pan son claramente recetas de aprovechamiento. Era fama que no se debía pedir albóndigas en un bodegón, sobre todo los lunes, porque las hacían con las sobras que quedaron de los días anteriores. Del mismo modo, el mejor budín de pan es el que se hace con mendrugos. Soy amante de estas preparaciones que tienen una larga tradición, aunque, una reciente reivindicación (el ejemplo más claro de esta reivindicación tardía, quizás sean las croquetas de cocido con que se regalan los madrileños).
Las milanesas constituyen una primera duda; pero, aunque requieren un tratamiento algo complejo, resultan fáciles de incluir por su familiaridad en un colectivo social acostumbrado a prepararlas y consumirlas. En cuanto a la tarantela, la segunda, debo decir que, si bien puede llegar a ser un postre de cierto refinamiento, también está en el segmento de las preparaciones familiares que, en sus versiones más rústicas, bien podrían encontrarse en los bodegones.
Descarto enteramente los panqueques en general y, en especial, ese gran invento de la restauración porteña que el panqueque de manzana quemado al ruhm. Plato sofisticado que requiere no solo la maestría en el cocinero sino también, la del mozo que debe estar entrenado en el servicio con gueridón y la técnica del flambeado.
Volviendo al nudo de nuestro diálogo, te recuerdo que el acceso a la identidad diferenciada entre el bodegón y el restaurante porteño es muy reciente. Ya di cuenta, en otra, de mi experiencia personal y de mi acceso libresco a la caracterización de ambos diseños. El resultado, mi recetario no responde al bodegón, sino a la restauración porteña en su conjunto que, obviamente, lo incluye, junto con otras expresiones.

Puedo clasificar, arbitrariamente claro está, estas expresiones en cuatro continentes: pizzerías, parrillas, restaurantes de las colectividades de inmigrantes y, por supuesto, el restaurante porteño. Incluiría las cervecerías que la ciudad denominó con el nombre genérico de “munich” dentro de la categoría de restaurante de colectividad, aunque no lo es en sentido estricto; pero, tampoco es un restaurante étnico como los que conocemos en nuestro siglo. Hay otra categoría de restaurantes que no incluiría en la cocina porteña, pero que, de todos modos, impactó sobre ella, los restaurantes de los hoteles “palace”. (1)
Para no diversificarnos, voy a concentrarme en el restaurante porteño, que es el que confundí con el bodegón y que se merece una consideración especial. Ya tendremos tiempo de hablar de los otros, en especial, de los restaurantes de las colectividades.
No tengo una caracterización específica, pero me parece que cuenta con un recetario que perfectamente puede recortarse e identificarse como propio. Mi confusión, como ya he dicho, se basó en haber seguido a Pietro Sorba no tanto en la introducción de sus guías (ya volveré sobre ellas), como en la selección de restaurante que realiza. Incluye, por ejemplo, en su lista de bodegones a los restaurantes Albamonte, Lezama, Margot, Pierino, Pucará, entre otros, que, claramente, no son bodegones. Creo que la confusión se origina en el hecho incontrastable de verificar que la manera en que se fue creando el recetario específico de cada modalidad es similar. Tanto el bodegón como el restaurante porteño se caracterizaron por absorber recetas de múltiples procedencias en las que la presencia de las colectividades de inmigrantes no es menor.
Lo que los diferencia es que el bodegón es heredero de la secuencia posta, pulpería, almacén. Recibe las recetas más populares de origen criollo y de la inmigración básicamente española e italiana, y algún toque sirio libanés. El restaurante porteño agrega otras influencias, a saber: los restaurante de las colectividades que ha decidió recuperar el recetario endógeno de cada una de ellas; las “munich” iluminadas por el prestigio creciente de la cerveza lager en el consumo popular; los hoteles “palace” con su aureola de refinamiento burgués; los recetarios académicos de ecónomas y chefs de alta cocina; las sucesivas modas que se fueron imponiendo a partir de esas influencias y las ideas que trajeron muchos argentinos que lograron viajar con los ojos y el paladar bien abiertos.
Nos debemos reconstruir este recetario a partir de lo andado.
Como dato puntual, difiero un poco en relación a cuando se inició la decadencia del restaurante porteño. En mi opinión, fue en los años noventa, cuando la prédica de algunos ilustres predecesores (Gato dumas, hermanas Concaro, Francis Mallmann, etc.) terminó imponiendo en Buenos Aires las características y el estilo de la nouvelle cuicine. El reemplazo de la bandeja típica del estilo inglés por la presentación emplatada de la comida, el tratamiento de nuevos productos, las técnicas culinarias novedosas y, fundamentalmente, la renovación del recetario pusieron en crisis ese restaurante típico de la ciudad que se había ido formando consolidando entre 1930 y 1970.
En los noventa el restaurante porteño languideció, pero no desapareció. Es más, con algunos aportes de la nouvelle cuicine, sobrevivió y sigue siendo el tipo de establecimientos de restauración más difundido en la ciudad.
Dos tendencias gastronómicas han impactado de manera contradictoria sobre él. Por un lado la demanda de una cocina “sana” y “light” hizo que muchos platos que se juzgaban demasiado pesados (v. g., la pasta con salsa parisienne) dio envión contundente en dirección a la decadencia. Sin embargo, y en el sentido contrario, la memoria colectiva hizo que muchas personas eligiera este tipo de comida por dos razones; bien como un ritual evocador de una cocina legendaria, bien como un mecanismo para protegerse de otras modalidades de difícil acceso o que exigen aprendizajes conscientes bastante importantes (por ejemplo, la cocina étnica establece umbrales que, a veces, son difíciles de superar, como el exceso de picante que el gusto socialmente constituido no suele tolerar).
En este marco, la tendencia más explícita a la recuperación de la identidad de la cocina local tomando al bodegón como su santuario ha salvado de la desaparición al restaurante porteño, pero ha contribuido a esa confusa asociación entre ambos tipos de la que venimos charlando.
Pietro Sorba ha sido actor principalísimo en la aparición de esta tendencia. Vino a vivir a La Argentina en el momento en que el restaurante porteño había entrado en decadencia. En ese tiempo, se vinculó con algunos de los popes de la nueva ola (por ejemplo, Gato Dumas). Tal vez esta circunstancia impidió que pudiera realizar la diferenciación que estamos haciendo nosotros ahora.
Te debo mis reflexiones acerca de las guías de don Pietro. Te adelanto que sobre este tema no tengo una visión enteramente contraria a la tuya; pero quiero dejar sentados algunos matices que diferencias mis opiniones de las tuyas, en donde la cuestión profesional desde donde miramos la vida, no es menor. Un abrazo, Mario.
Buenos Aires 4 de agosto de 2016
Asunto: Re: Restaurante porteño y bodegón
Querido Mario, muy interesante tu mail. Merece algunas reflexiones para lo cual me tomaré un tiempo para mi respuesta.
Puedo adelantarte que coincido con que los panqueques quedan fuera del espectro de los bodegones. También coincido en la inclusión de las milanesas y el budín de pan en la carta. Puede ser que la tarantela quede incluida y no debemos olvidar el flan, no en moldecitos de flan individual, sino en su versión grande y redonda, más tipo familiar, donde se cortan porciones individuales.
Continuará, lo mejor está aún por venir. Un abrazo
Buenos Aires 4 de agosto de 2016
Asunto: Re: Restaurante porteño y bodegón
Mario, olvidé mencionar a las humildes albóndigas. Deben ser incluidas en la carta del bodegón, es cierto que era un plato de aprovechamiento de los restos de carne. El plato a incluir es albóndigas con puré. Salu2.
Notas y referencias:
(1) Tomé el concepto de Rambourg, Patrick, La historia de la cocina y la gastronomía francesa, Buenos Aires, Claridad, 2011, pp. 178-180.

viernes, 6 de abril de 2018

La alimentación de los paisanos y el mate (1887)


Los textos que se exponen a continuación fueron tomados del libro Vida y Costumbres en El Plata de Emilio Daireaux que publicó Felix Lajouane (1) en 1888(2). El ejemplar que consulté pertenece a la primera edición en castellano (hubo una anterior en idioma francés). La obra se compone de dos tomos. El primero lleva el título “La sociedad argentina” y el segundo, “Industrias y productos”. El Prefacio contiene sendas cartas de Bartolomé Mitre y Julio Argentino Roca con opiniones y comentarios sobre la edición francesa.
Emilio Honorio Daireaux nació en Río de Janerio en 1846 y falleció en París en 1916. Se recibió de abogado en la capital francesa y revalidó su título en Buenos Aires, donde ejerció la profesión durante más de 10 años. El autor afirma que el libro fue escrito para los países extranjeros con la finalidad de dar a conocer La República Argentina en ellos. Por su parte, la dedicatoria reza: “A mis hijos. Para darles a conocer y hacerles amar el país de su madre, donde nacieron”. El autor se radicó en Francia con su familia a fines del siglo XIX, aunque conservó propiedades en la Provincia de Buenos Aires cerca de la ciudad que lleva su nombre. Algunos de sus hijos se afincaron en La Argentina, administrando esos bienes.
Los fragmentos que se transcriben a continuación pertenecen al segundo tomo. Daireaux describe la centralidad del consumo del mate en la alimentación de los paisanos, sean criollo o inmigrantes. Describe el mate como una infusión saludable que mitiga la escasez y propicia la pereza.
El hábito del mate
“Todos los hombres, en el campo, se alimentan de la misma manera. Todos toman la infusión de yerba mate del Paraguay cuyo uso tiene sobre todos la misma influencia: da á todos el hábito del far niente, los lleva á cada momento á la cocina en torno del hogar, donde sin cesar hierven el agua para este uso. Allí, en medio del humo acre del fogón alimentado por excrementos de carnero, pónense en cuclillas, encienden sus cigarros y esperan su turno para aproximar los labios al tubo de metal por donde se aspira la caliente infusión, contenida en una calabaza curada en la que el agua caliente se echa de nuevo sobre la misma infusión después de cada sorbo y de pasar de mano en mano. Este brebaje, presentado rústicamente, es sano, pero su abuso quita fuerzas al estómago y el apetito de una comida sustanciosa.
”De todos los usos sud-americanos este es el que los extranjeros contraen más pronto en el campo y más desdeñan en la ciudad. Esto es porque en el campo todo falta, la carne de carnero es allí el único alimento, sin otro condimento que la sal, sin que ninguna legumbre la acompañe; en este duro elemento en que el pastor sueña con cultivos que algunas veces comienza y siempre abandona, el viento demasiado fuerte fatiga á los mejor acostumbrados á él, es el que sobre todo les impulsa hacia este imperfecto abrigo de la cocina donde al menos el viento no penetra; el mate y la pereza lo retienen allí; el ganado continua sin embargo prosperando, ese esclavo cuyo trabajo productivo consiste en llenar sus funciones vitales, basta para defender á su amo contra la escasez” (3)
Notas y Bibliografía: 
(1) Prestigioso editor francés que publicaría, entre otras obra el libro Cocina Ecléctica de Juana Manuela Gorriti que vio la estampa en 1891.
(2) 1888, Daireaux, Emilio, Vida y Costumbres en el Plata, Buenos Aires, Feliz Lajouane.
(3) Ídem, tomo II, pp. 27-28.


La incipiente industria argentina (1887)


Los textos que se exponen a continuación fueron tomados del libro Vida y Costumbres en El Plata de Emilio Daireaux que publicó Felix Lajouane (1) en 1888(2). El ejemplar que consulté pertenece a la primera edición en castellano (hubo una anterior en idioma francés). La obra se compone de dos tomos. El primero lleva el título “La sociedad argentina” y el segundo, “Industrias y productos”. El Prefacio contiene sendas cartas de Bartolomé Mitre y Julio Argentino Roca con opiniones y comentarios sobre la edición francesa.
Emilio Honorio Daireaux nació en Río de Janerio en 1846 y falleció en París en 1916. Se recibió de abogado en la capital francesa y revalidó su título en Buenos Aires, donde ejerció la profesión durante más de 10 años. El autor afirma que el libro fue escrito para los países extranjeros con la finalidad de dar a conocer La República Argentina en ellos. Por su parte, la dedicatoria reza: “A mis hijos. Para darles a conocer y hacerles amar el país de su madre, donde nacieron”. El autor se radicó en Francia con su familia a fines del siglo XIX, aunque conservó propiedades en la Provincia de Buenos Aires cerca de la ciudad que lleva su nombre. Algunos de sus hijos se afincaron en La Argentina, administrando esos bienes.
Los fragmentos que se transcriben a continuación pertenecen al segundo tomo. El texto describe las condiciones económicas, sociales y culturales en que se produjo un despliegue industrial incipiente en La Argentina a partir de 1876. Describe, luego, el desarrollo alcanzado de la industrialización del trigo, la cerveza, la curtiembre y guarnicionería, la construcción, la mueblería y los carruajes. Hay otras industrias a las que se refiere en una cita a pie que reza: “La industria de los saladeros, la de conservación de la carne, y las graserías encontrarán su lugar en la parte de esta obra consagrada a la industria pastoral con la que confinan.”
Industria alimentaria
“Desde hace diez años se ha manifestado un movimiento industrial, acentuándose vivamente á favor de la impulsión de sociedades constituídas bajo el nombre de Centro y de Club industrial. Una primera exposición de productos locales, en 1876, ha iniciado el movimiento y consagrado la existencia de una industria local cuando menos naciente. Una circunstancia favorable permitía entonces á los modestos industriales del país luchar, en el mercado, con los productos extranjeros: el curso forzoso que entonces acababa de decretarse, y que tiende á venir á ser el estado normal, elevaba la prima del oro hasta 35 % y encarecía, con otro tanto, las mercancías manufacturadas que venían del exterior.
”En 1881, los progresos de la industria local eran bastante importante ya para justificar una exposición continental de productos manufacturados, á la cual se invitó á todos los pueblos de América; en ella pudo pasarse revista á los productos del trabajo local.
”La lista de ellos sería larga. Naturalmente en los artículos de primera necesidad, de fabricación sencilla, es entre los que se pueden notar los progresos más rápidos y los más completos resultados. Las transformaciones del grano de trigo son las que ocupan la primera línea.
”Apenas hace diez años que Chile, los Estados Unidos y hasta Francia podía todavía importar harinas en Buenos Aires, Inglaterra enviaba considerables cantidades de galletitas, Italia cargamentos de pastas, fideos y macarrones. En vano se buscarían hoy estos productos en las listas de entradas de aduanas. Se han desarrollado los grandes cultivos con tal rapidez que pronto han estado en condiciones de satisfacer por sí solos al consumo del país, se ha presenciado la rápida creación de molinos hidráulicos y sobre todo de vapor, en la proximidad de los centros de producción: y no es que estuviera por crear el primer molino, los había, de viento, en Buenos Aires hacía dos siglos y aún subsiste un vestigio de esa antigua industria. Cada pueblo, con pocas excepciones, poseía algunas tahonas, movidas por caballos y proveía á sus habitantes de parte de la harina que consumían. La ciudad de Buenos Aires en donde se reunían casi todos los cereales del Sud y del Oeste, Rosario y Santa Fé donde se expedían los de las Provincias del centro, pronto poseyeron numerosos molinos de vapor.
”La industria de la molienda, que hoy ha llegado á ser grande, hasta el punto que aprovisiona á la República entera, y ya, un poco, al Brasil, es una industria francesa. Lo mismo ocurre con la panadería, que tiene aquí una importancia especial; en efecto, no se limita surtir a los habitantes de las ciudades y pueblos de su pan cotidiano, tiene un campo más vasto que explotar, el consumo de la campaña que pide considerable cantidad de galleta que tenga iguales propiedades de conservación que las de la marina. Los panderos que alimentan esta especie de exportación al interior, son verdaderos industriales; lo mismo los que surten de pastelería seca.
”Estas industrias, como las demás, las ejercen pequeños patrones obreros, que trabajan con utensilios y elementos modestos. Por excepción, dos de ellas se han transformado en grandes fábricas, una pertenece á un Francés, otra á un Norte-Americano; ambas han adquirido ya una extensión considerable y cada día la tomarán mayor.
”En manos de un gran industrial francés está también la fabricación de cerveza, otro más entre los hijos de sus hechos cuya fábrica se ha engrandecido á la par que su fortuna.
”Otras fábricas han intentado imitarles é instalarse con todos los elementos, aún están ahí sus ruinas para demostrar que en este país las grandes fábricas no pueden ser sino pequeños talleres agrandados. Así ocurrirá por largo tiempo: la imposibilidad de reunir obreros, de encontrar capataces, de crear, en una palabra, talleres, impedirá por largo tiempo á los capitalistas intentar las creaciones industriales. Para obtener en esto resultados es necesario ser obrero convertido en patrón de sí mismo, en su propio capataz, haber sido impulsado por las exigencias de su propia creación. Sobre esta tierra virgen de industria, casi de trabajo humano, el éxito no favorece más que á los que le resisten y se dejan violentar por él cansados de la lucha, pone mala cara á los que le violentan y pretenden arrástralo tras sí.
Otras ramas industriales en desarrrollo
”El curtido era, entre las industrias locales, el llamado á desarrollarse más rápidamente. Para esto había numerosas razones. La primera industria del país, en los tiempos primitivos de la colonia, había sido la cría del ganado mayor, desde el origen se había empleado los cueros en todos los usos. Apenas seco al sol, reblandecido por el agua, cortado en tiras, no solamente surtía de correas y monturas sino que todo lo reemplazaba, los goznes para puertas y ventanas de madera, consolidaba los cercos y los tejados, trasformado en odres servía de barril, cisterna ó cubo, ó ya era lecho, hamaca ó mueble. La guarnicionería era un arte que los Moros habían desarrollado considerablemente en España, sobre todo en Sevilla, Granada y Cádiz donde su poder fué más incontestable; los colonos no tenían más que acordarse; el arte en que se distinguieron fué en el que aún se distinguen los Andaluces. Las materias curtientes se llevaron al litoral desde el interior, donde abundan bajo todas las formas; encontrábase el tanino en la corteza del cebil, en la hoja del molle y en ciertos frutos, muy abundantes, en los bosques del Norte. Tucumán, Jujuí y Salta, colocadas en centro de los bosques que producen el tanino, son aún el verdadero centro de la industria del curtido y la guarnicionería; al transitar por ciertas calles especiales de estas ciudades, en las que están agrupados los guarnicioneros, se las creería ocupadas y alimentadas por talleres de gitanos como en Sevilla.
”No es necesario para esta industria un complicado herramental, ni edificios, ni grandes capitales, se elabora pronto y sumariamente, en tinas al aire libre en donde se echan las materias curtientes, mucho más ricas que nuestra corteza de roble, pues contienen 38 % de tanino.
”En las curtiembres de Buenos Aires se preparan, sobre todo, pieles de carnero, de las cuales el consumo emplea considerables cantidades, y que, aun exigiendo cuidados más minuciosos, dan resultados más rápidos.
”Cuéntase apenas en Buenos Aires doce establecimientos de este género; los más importantes meten en tinas hasta mil docenas de pieles de carnero al mes, cuya preparación exige dos meses para poder entregarlos completamente curtidos.
”Los obreros que emplean, y este es un sistema casi general en las industrias locales, están á piezas; ninguno tiene salario fijo. Este es el único régimen que satisface las tendencias individualistas de los habitantes de este territorio y su afición a la independencia: los beneficios, adquiridos de esta manera, son bastante elevados para que pronto se formen todos un peculio; los dueños de estas industrias son antiguos obreros formados y educados por el trabajo, sostenidos por el crédito que se regatea aquí menos que en otra parte á cualquiera que se haya hecho digno de él.
”Las industrias del edificio, del mobiliario y de la carruajería son, con aquéllas, las más desarrolladas.
”Los antepasados de los actuales carruajeros han poblado la pampa con carretas legendarias, pesadas, con ruedas macizas, más pareciendo pontones que carruajes; las primeras bajaron de los valles de Tucumán hasta el litoral, realizando hasta allí, no se sabe por qué prodigio de paciencia y también de equilibrio, este viaje de cuatrocientas leguas a través de la llanura. Los constructores de estos vehículos son vascos hoy; cada ciudad y cada pueblo poseen muchos de estos talleres. Este vagón pampeano se ha perpetuado, hase aligerado de las pesadas formas de su primera infancia; ruedas más altas, con radios, rodeadas de aros de hierro, han reemplazado a las ruedas macizas, pero los sólidos ejes de madera dura, indestructible, las sostienen aún y resisten á la frecuente prueba del paso de los ríos. La agricultura pide aún al exterior, sobre todo á Inglaterra, sus máquinas agrícolas; pero la carruajería local estimuladas por consumidores exigentes, desde hace largo tiempo, ha extendido sus medios de acción.
”El lujo más desarrollado en Buenos Aires es seguramente el de los trenes; los ganaderos ricos arden en deseos de exhibir los productos de sus yeguadas, y por más que el caballo de lujo y el simple caballo de tiro no tenga aún, hablando propiamente, valor venal determinado, no por eso se buscan menos las ocasiones de lucirlos y envanecerse por ellos.” (3)
Notas y Bibliografía: 
(1) Prestigioso editor francés que publicaría, entre otras obra el libro Cocina Ecléctica de Juana Manuela Gorriti que vio la estampa en 1891.
(2) 1888, Daireaux, Emilio, Vida y Costumbres en el Plata, Buenos Aires, Feliz Lajouane.
(3) Ídem, tomo II, pp. 126-130.