sábado, 6 de febrero de 2016

Caminando por la calle Caseros de la ciudad de Salta

3 y 4 de mayo de 2015
I En el Valle de Lerma
Luego de disfrutar el fin de semana con la cocina del pimentón en Sala de Payogasta, viajamos al Valle de Lerma con Fernanda y Alejandro en una clara mañana parcialmente soleada. La Cuesta del Obispo, primero, y la quebrada de Escoipe, después, carecían ahora del aire fantasmal que las rodeó en nuestra subida cuatro días atrás.
Las imágenes pertenecen al autor
Llegamos hasta El Carril y torcimos nuestro rumbo hacia la ciudad de Salta por la Ruta Nacional 68. Los secaderos de tabaco acompañaron nuestro tránsito. Cuando la ruta se transforma en la calle principal de La Merced, decidimos que era oportuno hacer un alto para almorzar.
Alejandro nos condujo hacia un restaurante donde, según su opinión se ofrecían los mejores tamales de Salta. No sé si compartir enteramente su opinión, pero puedo afirmar que eran excelente y que valió la pena realizar esa parada.   
Una casa, en la que se entra como pidiendo permiso. Cuando se está a punto de batir palmas para hacerlo, empieza por mostrar al visitante una serie de salones (a veces un patio bajo una enredadera, a veces otro bajo un tinglado) en los que se disponían mesas, sillas y sillones de diversa procedencia y calidad con capacidad, según un cálculo ligero, para cien comensales.
Era domingo, era el mediodía y nos costó encontrar mesa. ¿Pero es que aquí se perdió la costumbre del almuerzo familiar en casa en los días domingos? Pronto advertí que no, que la mayor concentración de personas que entraban y salían constantemente, se disponía en una apretada cola frente a un mostrador... Se llevaban los tamales para comerlos en casa. Alejandro contó que el restaurante sólo está abierto viernes, sábados y domingo y que vende tres mil tamales por fin de semana.
Intenté en vano saber el nombre del local y me dediqué a la comida. Las empanadas estaba excelentes y la sopa de gallina, también. Los tamales ya los habíamos probado y, como dije, eran excelentes. Podrían competir con los que comí en la plaza de Chicoana, pero no con los que me sirvió Pepe en el comedor de la Hostería Municipal en La Poma... en la charla descubrí el secreto de la calidad de esa cocina, los dueños del local eran oriundos del Valle Calchaquí.  
Llegamos a la ciudad y nos dedicamos a descansar un poco y los agitados días que vivimos empezaron a bullir en experiencia acrisolada... tendríamos el lunes para disfrutar enteramente de la Ciudad.          
II Almuerzo en Osadía
Nos levantamos a una hora razonable. Nuestro programa del día era tomar una café con Alejandro y Fernanda, almorzar en Osadía y recorrer la ciudad con morosa paciencia, como ella lo merece y no pudimos hacer en nuestra visita anterior. 
Para nuestro café elegimos Tiempos Viejos. Un bar bastante nuevo, puesto muy a la moda vintage. Ya habíamos almorzado muy bien allí en nuestro viaje de octubre de 2014. Está ubicado en una de esas esquinas típicas que se construían para alojar un local, generalmente un almacén, y la vivienda de los propietarios. Se conserva la galería y el patio cubierto por una claraboya. La intervención es semejante a la que luce la pizzería Grappa de Buenos Aires. Fue un lugar ideal para disfrutar de la charla de despedida que celebró unos días vividos con intensidad en Payogasta.   
El boliche está ubicado en Güemes y Vicente López. Desde allí hasta la Plaza General Belgrano hay unas cinco cuadras que caminamos con placer... pero antes, allí mismo frente a Tiempos Viejos, hay una plazoleta en la que pude tomarme una foto junto al monumento dedicado a la memoria del gran poeta salteño Juan Carlos Dávalos.  
¿Esperaba más de Osadía? No, creo que no... Al final de cuentas tuve allí una experiencia gastronómica razonablemente satisfactoria.
La primera impresión, la del espacio físico fue impactante. Sabía que el restaurante estaba en la calle Belgrano al 700 frente a la plaza homónima. Conocía el lugar, pero, tardé en darme cuenta que mi conocimiento aún hoy es imperfecto. Recordaba el gran hotel Alejandro I. De modo que, cuando vi ese edificio decimonónico en que esta alojado el restaurante me felicité por hallar el debido contraste... pero no todo lo que reluce es oro.
Mi ignorancia me hizo ver en el edificio de estilo francés el conjunto que identifiqué como Hotel Design... Dije estilo francés... creo que sí, aunque las influencias italianas en la arquitectura argentina en el período 1880-1930 no ha dejado de sorprenderme a lo largo y a lo ancho del país. El edificio está impecable por fuera y por dentro y me atrajo tanto que no vi que era un árbol, que el bosque, el verdadero bosque, es decir, el Hotel Design Suites es una torre vidriada que rodea esta joya.
Pero satisfecho con mi impresión original, ingresé y me dirigí al salón de Osadía. Impecable. ¿Se trata de un ambiente frío? Tal vez, pero yo diría que tiene una impronta racionalista propia de la época en que fue construido.  Las paredes blancas que conservan las molduras originales, reflejan la luz que entraba a raudales por la ventana. Unas estrellas luminosas que evocaban un sagrario del Santísimo Sacramento oficiaban de única decoración. La ambientación me hizo acordar a la recreación que hizo Standley Kubrick de la arquitectura versallesca en su película 2001, en la que el racionalismo parece querer contener cualquier expansión emotiva.
La placidez con que recibí esas impresiones, convidaban a disfrutar de la buena mesa. Debo reconocer que fueron subrayadas inmediatamente por la impecable actuación profesional de las mozas...
La comida fue excelente. Con Haydée compartimos una entrada y un plato principal. La entrada, una pera con jamón crudo combinada con una porción razonable de camenbert grillado, estuvo muy buena. El  plato principal, una trucha a la manteca negra con guarnición de acelgas hervidas, sublime. Pero yo esperaba otra cosa. ¿Podía esperar otra cosa o era un síntoma con la mirada hiper crítica que llevo a ciertos lugares? ¿Esperaba otra cosa de un restaurante como Osadía o de su ubicación en el corazón de la ciudad de Salta?  
No, no, no. Mi expectativa no era enteramente subjetiva. En realidad esperaba otra cosa porque había leído recetas de Gonzalo Doxanbarat, el jefe de cocina de este restaurante, en el libro sobre la nueva cocina argentina de Pietro Sorba(1). Allí, por ejemplo, no sólo hace alarde de productos locales (carne de llama y cordero, papines andinos, quinoa, etc.), sino que también expone una receta de Frangollo con charqui(2)...
Me hubiera gustado comer ese Frangollo y compararlo con el que hizo Carmen Ruíz de los Llanos en Sala de Payogasta y ver qué podría lograr un cocinero “vanguardista”, o “gourmet” como definió una de las mozas a la cocina de “Gonzalo”, con ese plato que Carmen cocino con inigualable sabiduría a la manera tradicional.
Queda muy claro que la experiencia gastronómica en Osadía fue muy buena... claro que esperaba más de la maestría de Gonzalo Doxandabarat en la plaza Belgrano de la ciudad de Salta.
III ¿Se puede proteger el centro histórico de la ciudad de Salta de la voracidad de los “desarrolladores”?
Salimos del restaurante decidimos recorrer la ciudad con parsimonia. Una    serie de decisiones azarosas nos condujo a recorrer la calle Caseros desde 20 de Febrero hasta Las Heras, es decir, desde la iglesia de la Merced hasta el convento carmelita de San Bernardo. También allí íbamos con muchas expectativas porque en nuestra visita anterior nos habíamos encontrado con una ciudad de Salta muy desalteñizada.
Incluso, en esa misma mañana, habíamos recorrido la Avenida del Bicentenario de la Batalla de Salta, otrora dominada por el ambiente hispánico de grandes chalés californianos, de importantes casonas en el estilo de la restauración nacionalista y de otras construcciones compatibles con un paisaje urbano característico. ¿Qué encontramos en ella? Entre otras horribles transformaciones, un edificio que es sede de una importante escribanía y que, aún respetando la volumetría característica del barrio, expone un formato extraño: el igualitarizante esquema de cubos y cilindros vidriados que lleva a las ciudades del mundo a perder identidad y atractivo singular.
De modo que Salta no las tenía todas consigo porque además, recordábamos el insólito edificio del Banco Macro al lado de la catedral  y el McDonald's en el edificio colonial que está junto al cabildo...
Veníamos pensando entonces en lo poco que se quiere la ciudad de Salta a sí misma. Pero esa caminata nos reconcilió bastante con ella y nos mostró que no todo está perdido. Es que la calle Caseros conserva buena parte del patrimonio urbano que ha dado fisonomía propia a esta ciudad. Salta aún posee un casco histórico que merece esta denominación...
Es verdad que las construcciones que aún se conservan ofrecen a la vista la compleja mezcla de un pasado heterogéneo. Pero es precisamente esa heterogeneidad la que ha dado a la ciudad esa fisonomía que evoco y que fue su característica diferenciadora. Hay que defender esa historia de los cubos y cilindros de vidrio que borran cualquier huella propia, que crean una visión única y homogénea de todas las ciudades del orbe, es decir, que deshistorizan las ciudades, que borran las características particulares y la sumergen en una nada uniforme y global.           
Allí está la iglesia de La Merced, el Cabildo, la casa de la familia Güemes, los conventos de San Francisco y San Bernardo y algunos edificios más resistiendo en la calle Caseros. Una ciudad tan grande como Salta puede darse el lujo de proteger el polígono delimitado por la Avenida Belgrano; las calles 25 de Mayo, Carlos Pellegrini, Mendoza y las Avenidas Hipólito Yrigoyen y Bicentenario de la Batalla de Salta. Aún está a tiempo, como en ciernes la amenaza.   
Una desilusión y una esperanza me llevo de esta recorrida por la ciudad de Salta. Esa imagen de la escribanía de vidrio en la Avenida del Bicentenario de la Batalla de Salta fue compensada por la festiva presencia de unos jóvenes alumnos de escuela secundaria que estaban realizando un trabajo práctico en la Plaza 9 de Julio. Debían realizar una encuesta, consultando a los turistas sobre las razones por las que habían elegido Salta como destino. Debían preguntar también qué les había gustado de la ciudad y si volverían a visitarla. Contestamos con Haydée las preguntas que nos hicieron con viva emoción. Personalmente me permití decirles que tenían  que defender el patrimonio urbano de las falsas “modernizaciones”. Una de las alumnas me dijo que esa pregunta no estaba en la encuesta; pero otra, enérgica y entusiasta que estaba a su lado, le dijo “ponelo, ponelo que eso es muy importante.”     
¿Podrán los salteños evitar la desalteñización de su capital? Cifro mis esperanzas en esa joven. 
IV Cena familiar
Nuestra estadía en Salta concluyó con una visita familiar. Elsa y Daniel Fernández y su hija Mariana nos esperaban en su casa sobre la Avenida San Martín.
Como ya nos había ocurrido en octubre de 2014, disfrutamos del afecto y la hospitalidad desplegados en el encuentro. La charla sobre la vida y la familia y la centralidad de un delicioso pastel de choclos que Elsa preparó con notable esmero configuran una velada inolvidable.         
Ya hablé en otros artículos sobre Daniel, de su compromiso con su trabajo en el INTA, de su conocimiento de la geografía y el sistema productivo del Valle Calchaquí. He publicado, además, sus opiniones al respecto. Me toca ahora ponderar las habilidades culinarias de Elsa. Dedica buena parte de su tiempo a la cocina y a la recuperación de recetas tradicionales que forman parte del acervo familiar y social de las comunidades en que desarrolló su vida.
Elsa es tucumana como Daniel, pero parte de su familia es de la ciudad de Metán, en la Provincia de Salta. Sumado a los años de vida en la ciudad de Salta, sus manos recogen tradiciones culinarias de las dos provincias. Sin embargo, ambos las diferencian claramente. En sus comentarios sobre los alimentos del Valle Calchaquí, Daniel diferencia las características propias de la empandas tucumanas y salteñas. En esta oportunidad, refiriéndose al pastel que había cocinado su esposa, nos confirmó que lo había hecho a la manera tucumana, con maíz amarillo, en tanto que los salteños, prefieren el maíz blanco para este plato.    
En esa noche percibí lo más apasionante de la vida humana: compartir la mesa, la charla, la comida, en una palabra, la circulación del afecto que nos hermana. En esa mesa viví la esencia de Salta, de Tucumán, de La Argentina.   
Notas y referencias:
(2) Ídem, pag. 116.



sábado, 30 de enero de 2016

Lecheritos en Buenos Aires (1819)

José Luis Busaniche fue un notable historiador argentino. Nació en Santa Fe de la Veracruz, capital de la Provincia de Santa Fe, en 1892 y falleció en San Isidro, Provincia de Buenos Aires, en 1959. Sus obras más importantes están relacionadas con los bloqueos franco – británicos de 1838 y 1843, el papel que jugó la Provincia de Santa Fe en esas circunstancias, el Gobierno de Juan Manuel de Rosas y la construcción del federalismo argentino. En 1938 publica un libro de lecturas históricas argentinas que reedita en 1959 con el título de Estampas del Pasado(1). Este libro ha servido de inspiración para la sección “Rescoldos del Pasado” de El Recopilador He rescatado varios textos de la colección, reproduciendo parte de las prolijas referencias de Busaniche.    
Emeric Essex Vidal fue un marino inglés que entre 1808 y 1837 prestó servicios en Brasil y el Río de la Plata. Estuvo varias veces en Buenos Aires. Pintó acuarelas con un gran número de escenas urbanas y rurales rioplatenses que poseen un gran valor documental. En 1820 publicó, en Londres y en una lujosa edición, una serie de acuarelas acompañadas de explicaciones de su propia pluma(2).
Lecheritos en Buenos Aires en 1819
“La ciudad de Buenos Aires se provee cotidianamente de leche de las estancias circundantes, o granjas que se hallan de una a tres millas de distancia. La leche es traída a caballo, en tarros de barro o latón, y cada cabalgadura lleva  cuatro y a veces seis en unas alforjas de cuero atadas a la montura con una tira de correa.
”Casi puede decirse que los lecheros nacen a caballo, tal es la temprana edad desde la cual se les enseña esta ocupación. La mayor parte de ellos son niños de menos de diez años, tan chicos, que para montar a sus caballos tienen que utilizar un largo estribo que no se usa para otro fin. Montan acomodándose entre los tarro de leche, y en tan incómoda postura galopan lo más furiosamente. Cuando se encuentran fuera de la ciudad, disputan carreras entre ellos, y después de haber vendido la leche, se los ve, muy a menudo, jugando en grupos, generalmente a las monedas de a real o cuarto de peso, como hacen entre nosotros los niños con los ochavos ingleses.
”Aunque no fuera más que por este detalle, se podría deducir que este negocio debe ser excesivamente provechoso. La seguridad negativa de que la leche no se vende a un precio más caro que en Londres y no es de peor calidad, confirmará plenamente la exactitud de esta consecuencia. Lo único extraño es que, en un país donde las vacas que producen la leche, los caballos que la llevan al mercado, y donde la tierra que alimenta a ambos se tiene por menos de nada, el precio de este artículo está en relación con el que se paga en las cercanías de la metrópoli inglesa, donde el arrendamiento, los impuestos, el costo de los animales y la mano de obra son tan inmensamente desproporcionados. Tampoco puede por menos que causar asombro el hecho de que, a pesar de la marcada diferencia de circunstancias, es casi tan difícil conseguir leche pura en Buenos Aires, como en Londres; es muy común ver a los chiquillos rellenando sus tarros en el río, una vez que han vendido parte del contenido.
”Estos muchachos son, por lo general, hijos de humildes quinteros, van mal vestidos y completamente sucios; pero son muy vivos y traviesos como monos, enseñándoles a sus caballos tantas habilidades, que los hacen comparables al simio.”(3)    
Notas y Bibliografía: 
(1) 1959, Busaniche, José Luis, Estampas del pasado, lecturas de historia argentina, Buenos Aires, Hyspamérica.
(2) 1820, Essex Vidal, Emeric, Ilustraciones pintorescas de Buenos Aires y Montevideo, Buenos Aires, Universidad de Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letra, Instituto de Investigaciones Históricas, s/d, traducción de Carlos Muzio Sáenz Peña.

(3) Busaniche, José Luis, Op. Cit., Tomo II pp. 54-55

Manteca y “mantequilla” en Buenos Aires (1819)

José Luis Busaniche fue un notable historiador argentino. Nació en Santa Fe de la Veracruz, capital de la Provincia de Santa Fe, en 1892 y falleció en San Isidro, Provincia de Buenos Aires, en 1959. Sus obras más importantes están relacionadas con los bloqueos franco – británicos de 1838 y 1843, el papel que jugó la Provincia de Santa Fe en esas circunstancias, el Gobierno de Juan Manuel de Rosas y la construcción del federalismo argentino. En 1938 publica un libro de lecturas históricas argentinas que reedita en 1959 con el título de Estampas del Pasado.(1) Este libro ha servido de inspiración para la sección “Rescoldos del Pasado” de El Recopilador He rescatado varios textos de la colección, reproduciendo parte de las prolijas referencias de Busaniche.    
Emeric Essex Vidal fue un marino inglés que entre 1808 y 1837 prestó servicios en Brasil y el Río de la Plata. Estuvo varias veces en Buenos Aires. Pintó acuarelas con un gran número de escenas urbanas y rurales rioplatenses que poseen un gran valor documental. En 1820 publicó, en Londres y en una lujosa edición, una serie de acuarelas acompañadas de explicaciones de su propia pluma(2). 
El uso de la manteca y la “mantequilla” en la a
Buenos Aires de 1819
“La manteca, o por lo menos algo que merezca tal nombre, no es hecha nunca por los habitantes de la ciudad de Buenos Aires. Lo que ellos usan, en los casos que nosotros la empleamos, es la gordura de la carne, derretida hasta su grado líquido, la cual meten en vejigas como si fuera grasa: a esto denominan manteca. Algunos ingleses que se han establecido en el país, sin embargo, traen al mercado pequeñas cantidades de manteca, para la cual encuentran siempre fáciles compradores en los residentes ingleses y norteamericanos, a razón de seis reales (más o menos unos tres y medio chelines) por libra; pero esta provisión, también termina durante los meses de verano.”(3)   
Notas y Bibliografía: 
(1) 1959, Busaniche, José Luis, Estampas del pasado, lecturas de historia argentina, Buenos Aires, Hyspamérica.
(2) 1820, Essex Vidal, Emeric, Ilustraciones pintorescas de Buenos Aires y Montevideo, Buenos Aires, Universidad de Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letra, Instituto de Investigaciones Históricas, s/d, traducción de Carlos Muzio Sáenz Peña.

(3) Busaniche, José Luis, Op. Cit., pp. 55-56.

sábado, 23 de enero de 2016

El punto del asado criollo (Give my curry). Parte I

“Cuando crucé primero las Pampas iba con un carruaje, y aunque estaba acostumbrado a cabalgar toda mi vida, no podía seguir a los peones, y después de galopar cinco o seis horas me veía obligado a entrar al carruaje; pero después de andar montado tres o cuatro meses, y alimentándome de carne y agua, me encontré en un estado que solo puedo describir diciendo que sentía que ningún esfuerzo me mataría.” (Head, 1826(1))
Es notable como se ha ido formando el gusto argentino en torno del punto en que debe comerse las carnes asadas. La contradicción entre el gusto socialmente constituido actual y punto deseado por la ortodoxia gastronómica parece hacernos dueños de una originalidad que seguramente tiene sus amarras en el pasado. Bastaría, entonces, con leer los textos de los cronistas para asegurarnos que hasta los gauchos comían la carne extremadamente cocida. Hice ese recorrido, pero el hallazgo fue sorprendente. El gusto social parece haberse constituido tardíamente, lo mismo que el uso de la parrilla en el utillaje de los asadores criollo.
 

I Crónicas del pasado colonial y de los primeros años de la independencia
Los padres Gaetano Cattaneo y Angelino Gervasoni, ambos militantes de la Compañía de Jesús, dejaron testimonios sobre lo que vieron en la tierra de su misión datados en 1729. 
El Primero, en su relato sobre el viaje que lo condujo las misiones guaraníticas a través del Río Uruguay, no deja de manifestar su asombro por la voracidad de los indios que conducían las balsas en que era transportado. Veamos como describe el asado que los indios comieron:
En seguida encienden en la playa una fogata y con palos se hace cada uno un asador, en que ensartan tres o cuatro pedazos de carne, que, aunque está humeando todavía, para ellos está bastante tierna. En seguida clavan los asadores en tierra alrededor del fuego, inclinados hacia la llama y ellos se sientan en rueda sobre el suelo. En menos de un cuarto de hora, cuando la carne apenas está tostada, se la devoran por dura que esté y por más que eche sangre por todas partes.” (2)  
El fragmento nos da tres indicaciones que veremos repetirse hasta casi fines del siglo XIX. Estas son: el uso del asador (lo que hoy solemos llamar cruz y, en otras latitudes de la hispanidad, espetón) improvisado con ramas, la carne comida inmediatamente después de muerta y la ingesta de un asado tostado por fuera y muy jugoso por dentro, casi crudo.
Por su parte, el padre Angelino nos cuenta:
/.../ Lo que me asombraba y confundía era ver cómo se lo pasan estos indios o mestizos (es decir hijos de españoles e indias) que casi todos son carreteros. /.../. ¿Y la comida? Mataban por la tarde, sueltos los bueyes, uno o dos animales, lo que bastase por la tarde y el día siguiente, y todavía caliente lo desollaban. Tomaba cada uno la parte que le agradaba y, chorreando sangre, la ensartaban en un palo que clavaban en el suelo, de modo que la carne tocase la llama que estaba debajo, en el centro. Así volviéndola a un lado y otro, se la comían medio churrascada.  /.../ Su bebida habitual es agua pura, y por delicia echan adentro cierta yerba. /.../”(3) 
Este fragmento, como puede verse es muy rico porque, además de reiterar los tópico del Padre Gaetano, agrega otro. Da testimonio de la existencia de un tipo social de mestizos integrados al sistema productivo como carreteros y el consumo del mate cebado. Estos paisanos, los veremos en otros testimonios, son parte de un colectivo social al que luego se le asignará el nombre de gauchos. 
Claro que la palabra “churrascada” puede llevarnos a confusión. Ahora bien, veamos que significa en el diccionario de la lengua:
churruscar.
(Voz onomat., con infl. de chamuscar).
1. tr. Asar o tostar demasiado algo, como el pan, un guisado, etc. U. m. c. prnl.”(4)
Nada dice la definición acerca de cómo queda el interior de una carne churrasqueada, pero todo parece indicarnos que no demasiado cocida. Es lo que hasta hace algún tiempo los argentinos habríamos denominado asado arrebatado o lo que alguna receta tardía definiría, como veremos abajo, un auténtico churrasco.
Cincuenta años después, Concolorcorvo definirá así a los gauchos (a los que en su obra denomina gauderios):
Éstos son unos mozos nacidos en Montevideo y en los vecinos pagos. Mala camisa y peor vestido procuran encubrir con uno o dos ponchos, de que hacen cama con los sudaderos del caballo, sirviéndoles de almohada la silla. Se hacen de una guitarrita que aprenden a tocar muy mal y a cantar desentonadamente varias coplas, que estropean, y muchas veces sacan de su cabeza, que regularmente ruedan sobre amores. Se pasean a su albedrío por toda la campaña y con notable complacencia de aquellos semibárbaros colonos, comen a su costa y pasan las semanas enteras tendidos sobre un cuero cantando y tocando. /.../”(5)     
Esta imagen del gauderio, indolente y disoluto, y la otra, la de los carreteros semibárbaros, serán retomadas por Domingo Faustino Sarmiento en sus célebres Facundo, Civilización y Barbarie y Recuerdos de Provincia. Pero no me interesa aquí detenerme demasiado en la descripción del gaucho de Concolorcorvo, sino dar cuenta de su existencia en la sociedad colonial y de su manera particular de asar la carne. Porque es precisamente, desde la estatura mítica del gaucho, de donde los argentinos hacemos descender con orgullo nuestra asado. Veamos como testimonia Concolorcorvo el punto del asado y las preferencias de los gauchos: 
Muchas veces se juntan de éstos, cuatro o cinco, y a veces más, con pretexto de ir al campo a divertirse, no llevando más previsión para su mantenimiento que el lazo, las bolas y un cuchillo. Se convienen un día para comer la picana de una vaca o novillo; la enlazan, derriban y bien trincado de pies y manos, le sacan, casi vivo, toda la rabadilla con el cuero, y haciéndole unas picaduras por el lado de la carne la asan mal, y medio cruda se la comen, sin más aderezo que un poco de sal, si la llevan por contingencia. Otras veces matan sólo una vaca o novillo por comer el matambre, que es la carne que tiene la res entre las costillas y el pellejo. Otras veces matan solamente por comer una lengua que asan al rescoldo. Otras se les antojan caracuces, que son los huesos que tiene tuétano, que revuelven con un palito, y se alimentan de aquella admirable sustancia; /.../”(6)
Ignoro a qué refiere el término “Picana” en la pluma de Concolorcorvo (¿será el cuarto trasero?). Sin embargo, el texto contiene datos reveladores. Nuevamente se come la carne del animal recién muerto y, nuevamente, casi cruda. Pero prestemos atención a dos novedades del texto: los cortes preferidos (la lengua, el matambre y los huesos con tuétano) y técnicas diferentes a la del asador, el asado con cuero y la cocción al rescoldo.
Los soldados ingleses que participaron de las invasiones sobre Buenos Aires en 1806 y 1807, también dieron testimonio del asado criollo. Sus opiniones resultan doblemente interesantes porque expresan el gusto argentino socialmente constituido y la predilección por las carnes asadas que han manifestado los hijos de Albión en los testimonios que dejaron a lo largo de muchos años.
El siguiente fragmento, pertenece al diario personal de un  soldado ingles del Regimiento N° 71 de Glasgow que invadió Buenos Aires en 1806(7):
/.../ son de corta estatura (se refiere a los habitantes de Montevideo), fornidos y de fuertes coyunturas. Son valerosos, pero indolentes hasta el exceso. Los he visto galopar aquí y allá sobre sus caballos, casi en cueros, con espuelas de plata en sus desnudos talones y si acaso una raída manta sobre sus espaldas. No tienen miedo al dolor; los he visto con heridas horribles de mirar, aun cuando nunca parecían preocuparse por ellas. En lo que respecta a su indolencia, /.../. Prefieren la carne a cualquier otro alimento y la comen casi cruda y en cantidades que un europeo creería imposible.”(8)
El capitán Alexander Gillespie intervino también en la invasión inglesa de 1806. Fue tomado prisionero e internado hacia Córdoba. Escapó de su reclusión y se dirigió a la Banda Oriental, llegando en los momentos en que se producía en Buenos Aires la capitulación británica en julio de 1807. En 1818, escribió un libro en el que relata su experiencia en La Argentina. ¿Qué nos dice sobre el asado de los gauchos? Veamos:
/.../ La tarde del 13 de octubre las acompañamos a caballo (a las carretas) e hicimos alto en un campo ilimitado de trébol durante la noche. Pronto se encendieron fogones por los carreros, se carneó algún ganado de una pequeña tropa que se nos había unido y se preparó la cena. Nuestros domésticos rondaban las osamentas con ojos de buitres, prontos a lanzarse a los primeros pedazos favoritos, que eran traídos al asador temblando en todos sus tendones. Nuestro refrigerio esa noche se compuso de algunas tajadas delgadas que, ensartadas en un palito con punta en ambos extremos, se clavaba en el suelo y ocasionalmente se invertían las puntas, hasta que la carne se asaba, o, más propiamente, se quemaba. /.../.”(9)
Creo que ya tenemos una idea de cómo era el gusto socialmente constituido  de los gauchos por el asado jugoso, casi crudo, por dentro, a veces quemado por fuera. Gillespie, también da testimonio de la técnica del asado con cuero y de los asadores improvisados que estaban en las preferencias de estos paisanos argentinos.
Completemos este recorrido con el testimonio de Un Inglés (así firmó su libro) que vivió en Buenos Aires entre 1820 y 1825. Sus observaciones no hacen más que confirmar lo dicho en relación con el gusto de los gauchos. En contraste con esta visión agrega una crítica a cómo se comía la carne en la Ciudad de Buenos Aires. Veamos:
“La carne de vaca es buena, pero inferior a la nuestra, y la manera de prepararla le confiere un sabor semejante al del carbón y leña, bastante insípido por cierto. No les pasa por las mientes que pueda usarse un espetón. Mr. Booth, un inglés dueño de un almacén, es celebrado por los almuerzos al estilo inglés.
”La carne no se conserva en buen estado durante el verano y las reses deben ser carneadas el mismo día en que se consumen; en invierno se carnean la noche anterior. En Inglaterra se dejan pasar dos o tres días para que la carne se vuelva más tierna; aquí se emplea le procedimiento contrario (según me dicen) pues como no he sido dueño de casa no tengo experiencia en estas cosas.
”/.../.
”El “beef-steak es un plato tan inglés que conserva su nombre original en todos los idiomas. Se puede encargar en los cafés pero, como el “biftec” francés, no vale gran cosa.
”Los gauchos de la campaña se alimentan de carne: el pan es para ellos un lujo. Como no tienen hornos se ven obligados a asar la carne en estacas clavadas en el suelo. Me agradaría que hiciesen lo mismo en Buenos Aires: comería yo la carne entonces con más apetito. El verdadero “roast-beef” es el que aderezan los gauchos.
”La carne con cuero y el matambre son apreciados aquí por muchos (entre los cuales no me cuento).
”Me gustarían las salsas si no fuera por el horrendo ajo con que son aderezadas.”(10)
Hay más testimonios sobre el tema, pero creo que con lo expuesto es suficiente. ¿Hasta cuándo duró este gusto por la carne jugosa casi cruda? 
II La receta del churrasco
Los testimonios siguen, repitiendo los mismos tópicos. Head, el autor del epígrafe de este artículo, afirma en 1826 que los gauchos cuentan de asadores y que, en días de invierno, los llevaban al interior de sus ranchos(11). Lucio Mansilla, en 1867, da testimonio de otras técnicas, como del uso de rescoldos de leña para asar choclos que los indios ranqueles comían como guarnición de la carne asada(12). Georges Clemenceau insistía, en 1910, que hubiese querido “ensalzar sin restricciones el puchero y el asado, de los que ya he hablado anteriormente. Pero no podré hacerlo hasta que el argentino haya perdido la costumbre de entregar la carne al cocinero inmediatamente después de muerta, lo que exige un poder de masticación superior al que la debilidad europea puede facilitar”(13).
Pero hay un testimonio que no puede dejarnos ninguna duda acerca del punto en que los gauchos comían la carne asada, tópico central de estas reflexiones. En 1891, la escritora salteña Juana Manuela Gorriti publicó su célebre Cocina Ecléctica, se trata de una recopilación de recetas que solicitó a sus amigas, familiares y conocidas de toda la América del Sur. Una de ellas, Mercedes Torino de Pardo, de Buenos Aires, le envía la receta de churrascos. Vale la pena detenerse unos minutos y leerla:
Más de una vez he sonreído, oyendo dar este nombre a retazos de carne a medio asar en la plancha o en la parrilla, y servidos sangrientos, horripilantes.
El verdadero churrasco, bocado exquisito para el paladar, nutritivo para los estómagos débiles y de calidades maravillosas para los niños en dentición, helo aquí, cual hasta hoy lo saborean con fruición sus inventores, los que poseen el secreto de la preparación de la carne: los gauchos.
Se le corta cuadrilongo y con tres centímetros de grosor, en el solomo, o en el anca de buey o cordero. Se le limpia de pellejos, nervios y grasas; se le lava en agua fría, se le enjuga con esmero, se le da un ligerísimo sazonamiento de sal, se le golpea en la superficie con una mano de almirez, y se le extiende sobre una cama de brasas vivas, bien sopladas.
Al mismo tiempo de echar el churrasco al fuego, se hace al lado, otra cama de brasas vivas, en las que, cuando comiencen a palidecer los bordes del churrasco se le vuelve con presteza, y se le extiende del lado crudo, apresurándose a quitar del otro, las brasas a él adheridas: pues basta el corto tiempo de esta operación para que el churrasco esté a punto.
Este asado se sirve sin salsas, la que la quitaría el apetitoso sabor que le da el contacto inmediato del fuego.
Los niños en lactancia gustan con delicia la succión del sabroso jugo que con la lengua, los labios, y la presión de sus tiernos dientecitos, arrancan al churrasco.”(14)
He hecho la experiencia y estoy en condiciones de afirmar que asados de este modo, los churrascos quedan sellados, muy cocidos por fuera y extremadamente jugosos, casi crudos, por dentro.   
III Algunos registros del cambio
¿Cómo es, entonces, que ese gusto por la carne churrasqueada se transformó en el de la carne bien cocida? 
Ensayaré mis explicaciones en la segunda parte de estos escritos; pero ahora dejaré testimonio de un registro que encontré en donde parecen las primeras variaciones. Se trata de un relato que publicó Elías Carpena en 1982. Veamos el texto, que luego haremos una lectura  crítica sobre él:
El cuidador les previno urgencia a los reseros:
-Apuren, vamos, que en la cocina los aguarda el plato de locro y unos churrascos a la parrilla.
El cuidador de la casa vieja, le pidió al resero Florindo.
-Hágame el bien, resero, acérquese a lo de la china y vea si está necesitando algo; en tanto yo aso los churrascos y los choclos, porque me asusta esto de venir el perro de ella y pegar aquí los aullidos. Escuchen el aullar: ¿no parece un cristiano echando clamores? 
Choclos y churrascos se asaban de a poco. Enseguida estuvo de vuelta el resero con la seguridad de que la china se encontraba feliz, envuelta en un manto de humo de chamico para no ser atacada por los mosquitos. /.../.”
Se hacía de noche. En tanto los reseros y el cuidador cenaban unos churrascos y unos choclos asados. No había palabras, pero discurría en tristes soliloquios.”(15)        
Conocí a Elías Carpena en 1973 en la Escuela Normal de Profesores Nº 2 “Mariano Acosta”, era el bibliotecario. Luego, ya en el barrio de la ciudad que nos hacía paisanos, supe algo más de él. Por ejemplo, supe de su compromiso con el Museo Criollo de los Corrales y con la Junta de Estudios Históricos del Barrio de Mataderos. Su larga vida (1897-1986), dedicada a la literatura, culminó con su designación como académico de número de la Academia Argentina de Letras, ocupando el sillón “Juan Cruz Varela”, al que luego accedería mi maestro Ángel Mazei y, más recientemente, el gran estudioso Pedro Luis Barcia.
En 1972, escribió Cuentos de reseros que logró publicar 10 años más tarde. Sugiere, en el “Testimonio preliminar” de la obra, que los cuentos que conforman el volumen se basan en relatos que los mismos reseros proferían en momentos de descanso. Don Elías los habría recogido en sus andanzas juveniles como cantor y guitarrero en la Casa Vieja (Batlle y Ordóñez y Escalada, donde hoy se encuentra la Escuela de la Policía Federal) y en el bar Oviedo de Avenida de los Corrales y Lisandro de la Torre. Las referencias temporales son muy vagas; pero las circunstancias en que los reseros relataban sus cuentos, los ubican entre los años 1910 y 1940. 
Los textos trascritos refieren a las circunstancias en que los reseros se dedicaban al descanso en la Casa Vieja y eran alimentados por el cuidador (el negro Venancio Palomeque). Lo que no he podido dilucidar es cuánto habrá influido en la memoria del autor la experiencia personal acumulada a través de muchos años de vida. Don Elías centra su atención sobre el recuerdo de las anécdotas referidas cincuenta años atrás por aquellos esforzados trabajadores. En esos relatos, la comida que preparaba Palomeque aparece como un dato de color, como un simple adjetivo. De modo que no podemos afirmar la precisión de ese recuerdo.
Con todo, me parece que esa carne cocida con morosidad sobre una parrilla es un testimonio aceptable sobre los cambios operados obre la manera de hacer los asados; tanto como la diferencia que hay, en materia de vínculo laboral, entre los reseros de fines del siglo XIX y principios del XX y los gauderios que viera, en Montevideo, Concolorcorvo a fines del XVIII. De modo que los cambios parecen producirse entre el último tercio del siglo XIX y el primero del XX. Una reflexión adicional permitiría conjeturarlo. Bien puede explicarse el énfasis de Mercedes Torino por señalar la ortodoxia de la receta que publicará Juana Manuela Gorriti, por el hecho de estar dando testimonio de una práctica en franca retirada en la preferencia de los trabajadores rurales. 

¿Son el gaucho nómade que se ha transformado trabajador rural, el uso de la parrilla, la mejora en la calidad de las carnes y la racionalidad de los cortes, algunas de las variables que explican la transformación en el gusto socialmente constituido? ¿Qué lugar tuvo en este cambio la creación del Estado moderno a partir del pensamiento de la Generación del Ochenta y la presencia de grandes contingentes de inmigrantes europeos? Intentaré alguna explicación en la Segunda Parte de estas notas.

Notas y Bibliografía: 
(1) 1926, Head, F. B., Las Pampas y Los Andes, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, pag. 39.
(2) 1729, Cataneo, Cayetano, Cartas publicadas en Moratori, Luis Antonio, Chistianesimo Felice, traducción al castellano por Estrada, José Manuel, por la Revista de Buenos Aires, Año IV, N° 43, t. XI. En 1959, Busaniche, José Luis, Estampas del pasado, lecturas de historia argentina, Buenos Aires, Hyspamérica, pp. 67-71.
(3) 1729, Carta del Padre Gervasoni al señor Angelino Gervasoni, su hermano, en Revista de Buenos Aires, Tomo X. En Busaniche, José Luis, Op. Cit., pp. 130.
(4) Leído en http://lema.rae.es/drae/?val=churrascado el 21 de junio de 2015.
(5) 1773, Concolorcorvo, El lazarillo de ciegos caminantes desde Buenos Aires hasta Lima, Editorial de la Junta de Historia y Numismática, Buenos Aires, 1908, en 1959, Busaniche, José Luis, Estampas del pasado, lecturas de historia argentina, Buenos Aires, Hyspamérica, pp. 138-139.
(6) Ídem.
(7) Hay alguna contradicción en el texto. Ubica los hechos en Montevideo en diciembre de 1806. El relato está a cargo de un soldado que participó de la toma de Montevideo en la retaguardia de las tropas británicas. Sin embargo, la toma de esa ciudad por los ingleses ocurrió en febrero de 1807. Precisamente, en ese momento, los integrantes del Regimiento 71 que habían tomado Buenos Aires en 1806, se encontraban prisioneros. Busaniche transcribe el texto, expone la cita; pero no aclara estos puntos. Especulo que los hechos que relata son de 1807 y que el autor no perteneció al Regimiento 71 de Glasgow. Con todo, estas inconsistencias no resultan significativas en la materia que aquí se trata.
(8) s/d, Anónimo, “Diario de un soldado del Regimiento 71, de Glasgow”, Traducción de Rubio Egusquiza, Carlos, en Revista de la Sociedad de Amigos de la Arqueología. t. III, Montevideo, 1929 en 1959, Busaniche, José Luis, Estampas del pasado, lecturas de historia argentina, Buenos Aires, Hyspamérica, pp. 111.
(9) 1818, Gillespie, Alexander, Buenos Aires y el interior, Hyspamérica, 1986, pp. 106, 122.
(10)  1825, Un Inglés, Cinco años en Buenos Aires, 1820-1825, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986,  pp. 93-94, 95.
(11) 1926, Head, F. B., Las Pampas y Los Andes, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, pp. 18-19.
(12) Mansilla; Lucio V.; Una Excursión a los Indios Ranqueles; cap. XXXV, 3° edición, Juan A. Alsina editor, Buenos Aires, 1890, leído el 10 de setiembre de 2011 en Proyecto Biblioteca Digital Argentina, http://www.biblioteca.clarin.com/pbda/cronicas/ranqueles/ranqueles_35.html)
(13) 1986, Clemenceau, Georges, Notas de Viaje por América del Sur, Buenos Aires, Hyspamérica, traducido por Miguel Ruiz, pag. 140.
(14) 1890, Gorriti, Juana Manuela, Cocina ecléctica, Buenos Aires, Félix Lajouane Editor (Librairie Générale), 1890. leído en  http://www.biblioteca.clarin.com/pbda/miscelanea/cocina_eclectica/cocina_00indice.htm, el 4 de noviembre de 2011
(15) 1982, Carpena, Elías, Cuentos de reseros, Buenos Aires, Plus Ultra pp. 39-40, 50, 115.