sábado, 2 de octubre de 2021

Viaje en diligencia a la ciudad de Córdoba (1869)

José Luis Busaniche fue un notable historiador argentino. Nació en Santa Fe de la Veracruz, capital de la Provincia de Santa Fe, en 1892 y falleció en San Isidro, Provincia de Buenos Aires, en 1959. Sus obras más importantes están relacionadas con los bloqueos franco – británicos de 1838 y 1843, el papel que jugó la Provincia de Santa Fe en esas circunstancias, el Gobierno de Juan Manuel de Rosas y la construcción del federalismo argentino. En 1938 publica un libro de lecturas históricas argentinas que reedita en 1959 con el título de Estampas del Pasado. (1) Este libro ha servido de inspiración para la sección “Rescoldos del Pasado” de El Recopilador He rescatado varios textos de la colección, reproduciendo las prolijas referencias de Busaniche.


Santiago de Estrada (1845-1892) nació en Buenos Aires. Escribió notas de viaje críticas sociales y cuadros de costumbres. Era miembro corresponsal de la Real Academia Española. Sus Obras completas se publicaron en 1889. Era amigo personal de Juana Manuela Gorriti quien lo menciona en su libro Íntimas.

El fragmento describe un viaje en diligencia por las pampas cordobesas en dirección de la Ciudad capital de la Provincia, en momentos en que este medio de transporte comenzaba su declinación por el avance de la construcción de ferrocarriles. Describe las aventuras del viaje, el funcionamiento deficiente del servicio de estaciones de posta subvencionadas por el Estado y la comida y bebidas que se podía consumir en ellas, y en el camino.

Llegando a Córdoba en diligencia

“La diligencia era como todas las diligencias, salvo que la manejaban ocho postillones, caballeros de otros tantos caballos, cargados de años, de hambre y de mañas. Entre los pasajeros iba un ingeniero alemán, un comerciante que trataba de introducir en Córdoba el alumbrado a gas, un poeta que había escrito dramas y un canónigo de la Catedral de Paraná.

”En el camino, tropezábamos de tiempo en tiempo, con los troncos de los árboles derribados para fabricar los durmientes para el Ferrocarril Central; sorprendíamos de cuando en cuando, alguna familia de guancos o encontrábamos de hora en hora alguna tropa de carretas, cuyos conductores parecían solazarse con la parsimonia de sus bueyes.

”Llegamos a Chapa, primera posta de esta jornada. La posta de la pampa es el lugar en que se mudan caballos o se pasa la noche. El estado subvenciona a los que se consagran a este servicio, que desatienden hasta donde es posible descuidarlo. En la posta hay un corralito de ramas, en el cual se cogen los caballos para la muda, un pozo de agua salobre y dos ranchos: uno para alojamiento de los pasajeros y otro para habitación del llamado maestro de la ya nombrada estación. Los peones duermen bajo la ramada en que se cocina o en la diligencia que conducen.

”Nos detuvimos en tres puntos, llamados Chamico, Lujunta y Empírea. Éste no tenía de su tocayo sino las dificultades del camino.

”Caía la tarde cuando nos aproximábamos a lo de Villalón, donde debíamos dar por terminada la jornada. Desde una larga distancia descubrimos más de cincuenta gauchos a caballo, lo cual no dejó de alarmarnos, a pesar de que el dormilón del mayoral nos dijo que se trataba de carreras y nos aseguró que éstas ocasionaban aquel grupo de gente fosca y mal pergeñada.

”Bajamos donde Villalón, con cierta desconfianza por la seguridad de nuestros equipajes, golosina que suponíamos muy del paladar de aquellos beduinos. Pero, apenas descubrieron al canónigo, todos echaron pie a tierra y empezaron a saludarlo y pedirle la bendición. La exclamaciones de ¡paire! ¡mi pagre! ¡el curita! y sobre todo los innumerables: ¡mi tío! ¡mi señor padrino! ¡el que me casó! ¡el que me bautizó el muchacho!, que resonaron en torno del sencillo sacerdote, nos tranquilizaron y volvieron la seguridad de que nuestros equipajes continuarían siendo nuestros al día siguiente.

”Como por ensalmo apareció un fogón, sobre el fogón una marmita y junto a la llama de leña un asado. Aquellos buenos hombres, sospechados por nosotros de malas intenciones, se reunieron al amor de la lumbre a esperar al canónigo que, de regreso a sus pagos, les iba a hacer el honor de presidir el fogón.

”Comimos en una mesa de tres pies, traicionera y maligna, que a cada momento se echaba al suelo, y sentados en escaños de adobe, que, de puro sólidos, nos hacían ver las estrellas. A contemplarlas de veras salí yo. La luna se alzaba en el confín izquierdo de la llanura, tan pálida que parecía enferma. Un cielo azul y transparente, salpicado de puntos luminosos, cubría el cuadro. Los lejanos balidos de los rebaños de cabras, mezclábanse con los incomprensibles rumores de la soledad. Una que otra luz revelaba la existencia de otros hogares, más miserables que el que ardía a pocos pasos, en torno de los cuales quizá se hablaba de amor y cuya llama secaba tal vez las lágrimas del gaucho soldado o de la madre viuda, errante como el paria…

”A las tres de la madrugada del 1° de marzo nos pusimos en marcha hacia Córdoba. Atravesamos con dificultad un lugar arenoso, que debíamos pasar con la fresca, para no fatigar los caballos, y entramos, ya de día, en los campos vecinos a la posta de Moyano, cubierto de margaritas silvestres y de una hierba de emanaciones resinosas llamada poleo.

”El Río Segundo, que atravesamos, tirada la diligencia por bueyes, me pareció encantador. Apenas lo vadeamos bebimos de su agua deliciosa y nos detuvimos un momento a admirar el paisaje, en cuyo fondo apenas se destacaban las sierras sonrosadas.

”Quebraban la monotonía de ambas márgenes del río algunos ranchos, blanqueados con cal indígena, de una albura sólo comparable con la de la nieve. Veíanse en los techos de las cabañas, tendales de duraznos descarozados puestos a secar al sol.

”Los postillones refrescaron en la pulpería vecina, cuyas existencias no pasaban de dos azumbres de aguardiente y una hornada de tortas.

”A mediodía, llegamos a la posta de Rodríguez, posada regular, cercada de algarrobos, con un jardín y una laguna artificial al frente.

”En el palenque nos aguardaba la propietaria del parador, muy alegre, cuarentona, ordinaria, parlanchina, hospitalaria y afectísima a encontrar semejanzas. Antes que hubiéramos pisado el patio de la casa, ya sabíamos quiénes eran nuestros parecidos de Córdoba. Entre las plantas del jardín, y más rosada que sus claveles, se hallaba una muchacha fresca, robusta y lectora de novelas por entregas.

”No habíamos vuelto del fastidio que nos produjo el cariño irreflexivo de doña Eduvigis, cuando nos gritó desde el pescante el mestizo dormilón ¡Córdoba!... (2)

Notas y Bibliografía:  

(1) 1959, Busaniche, José Luis, Estampas del pasado, lecturas de historia argentina, Tomo II, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986.

(2) Busaniche, José Luis, Op. Cit., Tomo II pp. 306-310.


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