sábado, 2 de octubre de 2021

Arrieros y carreros en la ciudad de Buenos Aires (1860)

José Luis Busaniche fue un notable historiador argentino. Nació en Santa Fe de la Veracruz, capital de la Provincia de Santa Fe, en 1892 y falleció en San Isidro, Provincia de Buenos Aires, en 1959. Sus obras más importantes están relacionadas con los bloqueos franco – británicos de 1838 y 1843, el papel que jugó la Provincia de Santa Fe en esas circunstancias, el Gobierno de Juan Manuel de Rosas y la construcción del federalismo argentino. En 1938 publica un libro de lecturas históricas argentinas que reedita en 1959 con el título de Estampas del Pasado. (1) Este libro ha servido de inspiración para la sección “Rescoldos del Pasado” de El Recopilador He rescatado varios textos de la colección, reproduciendo las prolijas referencias de Busaniche.


Carlos Beck Bernard fue un colono suizo (1819-1900). Fundó la Colonia San Carlos en la Provincia de Santa Fe (1858). El Presidente lo designó Agente de Inmigraciones en Suiza y Alemania (1864). Publicó en Lausana el libro La Republique Argentine (1865).

El fragmento describe a los “gauchos” encargados de llevar los productos del interior a los mercados de Buenos Aires y Rosario, arrieros de mulas y carreros. Describe también ciertas costumbres de ambos grupos en materia de vestimenta y sociabilidad (v. g., los carreros viajan con su mujer y sus hijos). Finalmente, describe la comida frugal de los carreros que consiste en carne cocida en asadores o arroz y maíz cocido en ollas.

Arrieros y carreros

“El transporte de los productos del interior a los mercados de Rosario y Buenos Aires se efectúa a lomo de mula o en carretas de bueyes. Las mulas, equipadas graciosamente con penachos y pompones de colores, marchan en tropas, conducidas por uno o dos muleteros, llamados arrieros, cuyos trajes pintorescos –chaquetas de terciopelo con botones de metal pulido, sombreros de fieltro adornados con plumas de aves y grandes polainas de cuero– despiertan recuerdos de la vieja España.

”Las mulas caminan siempre guiadas por un yegua llamada madrina, que lleva un cencerro al pescuezo y les sirve de punto de reunión; no se alejan de ella ni siquiera en los momentos en que pacen. Los arrieros gozan de estima general, por su probidad, su sobriedad y la abnegación que demuestran con bastante frecuencia para con los viandantes  en los pasos largos y peligrosos de la cordillera.

”Las carretas son vehículos enormes y pesados, con dos ruedas de cubos gruesos como el tronco de un árbol y altas que sobrepasan la altura de un hombre: en la construcción de estas ruedas no entra un solo trozo de hierro y no las engrasan, de suerte que al girar producen una música extraña, semejante a un gemido melancólico y persistente que se oye desde muy lejos. La caja de la carreta es una pesada y rústica armazón de vigas, tablones y estacas, recubiertas de ordinario con un cuero de vaca tenso sobre arcos de madera flexible y a veces con techo de tablas. A estas carretas van uncidos dos, cuatro o seis bueyes, que tiran por medio de enormes yugos. El conductor o picador se sienta sobre el yugo de los bueyes pertigueros, armado de una larga caña terminada en punta de hierro, con la que aguija las bestias animándolas a voces, continuamente.

”Delante de la primera carreta marcha un jinete, siempre al paso de su caballo, para indicar el camino a los bueyes. Las carretas restantes siguen en fila.

”En las afueras de Buenos Aires y Rosario hay grandes plazas para estacionamiento de las carretas llegadas del interior, y otros campamentos ofrecen un curioso espectáculo. Se ven allí las carretas por centenares. Las de cada provincia forman grupos separados y por lo general tienen algo de característico que las distingue, sea en la construcción o en los adornos. Las hay con pretensiones de elegancia que semejan una casita pintada de verde y azul con pinturas de la Virgen o de algún santo, o bien ornadas con caricaturas extrañas o grotescas, debidas a dibujantes improvisados.

”Rodeando estos grupos de carretas, se ven los gauchos que las han traído, siempre acompañados de sus mujeres e hijos. Sentados en el suelo, a la sombra de las carretas –por lo general entre las ruedas–, hacen al aire libre su comida frugal, consistente en un pedazo de carne ensartado en un asador que se inclina sobre el fuego, o en arroz y maíz que cuecen en una olla. A cierta distancia andan los bueyes cuidados por un gaucho a caballo.” (2)

Notas y Bibliografía: 

(1) 1959, Busaniche, José Luis, Estampas del pasado, lecturas de historia argentina, Tomo II, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986.

(2) Busaniche, José Luis, Op. Cit., Tomo II pp. 299-300.


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