jueves, 11 de febrero de 2016

CHUBUT

Por Willy Cersósimo
Febrero de 2016
La historia del vino patagónico comenzó a principios del siglo XX y fue como corolario de una guerra que por suerte no ocurrió, ganó la paz. En 1881, se firmó un tratado para establecer el límite definitivo entre los territorios de la Argentina y Chile, su texto contenía muchas ambigüedades y eso generó varias controversias por la posesión de los territorios australes. La situación se volvió muy tensa a partir de 1894 y ambas naciones se embarcaron en una carrera armamentista que prenunciaba el inminente conflicto bélico. Los militares argentinos tenían buenas razones para sentirse más inquietos, por caso una división chilena podía traspasar la frontera en horas, pero su equivalente de este lado de la Cordillera debía cruzar una meseta árida e inhabitada de 1000 kilómetros para arribar al mismo lugar. La decisión del gobierno nacional no se hizo esperar, y el 16 de marzo de 1896 se firmó el contrato con el Ferrocarril del Sud, la empresa ferroviaria más grande de Sudamérica. La construcción de 554 kilómetros de vías en zona desértica, y con la premura del caso, no era una tarea sencilla. Pero el viejo ferrocarril inglés cumplió los plazos y, en algo más de dos años, a un promedio de unos 800 metros diarios a pico y pala, casi sin maquinarias pesadas, los rieles surcaron los suelos patagónicos, desde Bahía Blanca hasta la confluencia de los ríos Limay y Neuquén. No obstante, para 1899 el fantasma de la guerra por suerte se había disipado.
 
Las imágenes pertenecen al autor
Allí quedo tamaña obra sin utilidad alguna, entonces se vislumbró que podía ser utilizada si se lograba atraer a inmigrantes para generar riquezas agrícolas y pecuarias que le dieran un sustento económico a la zona aprovechando la cercanía de varios ríos caudalosos. Luego de largos años de estudios y proyectos se impuso la idea del ingeniero italiano César Cipolletti, la que consistía en levantar un dique sobre el río Neuquén y construir un canal de 130 kilómetros para bañar el Alto Valle por su lado norte. La monumental obra, iniciada en 1910, contó con la asistencia técnica, operativa y financiera del Ferrocarril del Sud, que facilitó un préstamo al gobierno para encarar los trabajos. Hacia fines de esa década el riego ya estaba funcionando y las actividades productivas se consolidaban rápidamente, en tres especialidades básicas, la alfalfa, los árboles frutales y la vid.
Aunque hoy resulte difícil de creer, la Patagonia fue la segunda zona productora de argentina en materia de uvas y de vinos -después de Cuyo- por más de 50 años, hasta que la situación crítica en la que entró el sector en la década que va de 1985 a 1995, llevó a que los últimos productores independientes cesaran con su actividad. Con excepción de Canale, no hubo, durante mucho tiempo, otros establecimientos o marcas que representaran a la Patagonia en las góndolas. Es justo recordar que la historia de la vitivinicultura patagónica tuvo su propia edad de oro durante el período 1920-1960, cuando la región llegó a contar con 260 bodegas pequeñas, medianas y grandes, que elaboraban vinos de buena calidad y de variedades nobles. Una segunda etapa de florecimiento de la actividad se produce recién a finales del mismo siglo XX.
A miles de kilómetros de allí, donde los días son calurosos y húmedos, propios de una zona con un clima tórrido, nació Bernardo C. Weinert, en un pequeño pueblo del Estado de Río Grande do Sul en Brasil, Ijui que se encuentra formado íntegramente por alemanes. Ya en su adultez, se dedicó a la actividad del transporte y fundó la empresa Coral, una de las más importantes del rubro en su país. Tenía oficinas por toda América latina y llevaba vinos argentinos y chilenos a Brasil y casualmente fueron esos vinos los que lo llevaron a él hasta la provincia de Mendoza. Allí vio el gran potencial que éstos tenían en el mercado internacional decidiendo a raíz de ello incursionar en la industria.
En 1975 compró en Luján de Cuyo, una bodega de 1890 que estaba abandonada desde 1920. Así comenzó don Bernardo su sueño de elaborar grandes vinos. En 1977 reconstruyó la bodega, incorporó nuevas tecnologías y se asoció con el reconocido enólogo don Raúl de la Mota, con quien comenzó a producir vinos de guarda de alta gama estilo bordeaux. Dos años más tarde, los vinos de Bodegas y Cavas de Weinert ya se encontraban posicionados dentro de Brasil, y en los años 80 expandieron el mercado a otros países, como Inglaterra, EE.UU. y Canadá. A principios de los 90 se convirtió en la primera bodega argentina en ser mencionada por Robert Parker y aparecer en la prestigiosa revista Wine Advocate; la empresa duplicó su mercado y, cuando alcanzó presencia en más de 20 países, don Bernardo decidió mudarse y enfocarse en el negocio de los vinos. Las etiquetas más famosas que hicieron historia son, “Pedro del Castillo”, “Weinert Carrascal” y los muy afamados “Weinert Estrella”.
Don Bernardo Weinert fue desde siempre un fanático de la pesca con mosca y recorre el mundo desarrollando este deporte. Con cierta asiduidad despuntaba el vicio pescando en los lagos del sur, en Cholila, pudiendo observar y disfrutar de las riquísimas frutas finas que se producen en la región, por lo que se aventuró a predecir, pensando en sus viñedos mendocinos, que el mismo fenómeno podía generarse con las uvas. Una idea estaba en ciernes.
Tiempo más tarde al realizar otra excursión pesquera, en esta caso en Oregón, pudo observar que este lugar se parecía mucho a la zona surcada por el paralelo 42 en nuestro país en plena Patagonia y a 300 metros de altura sobre el nivel del mar. Allí se cerró el círculo y se completó la idea, la que no tardó en poner en marcha.
Los primeros testeos comenzaron en El Bolsón, precisamente en el cerro Piltriquitrón, a donde viajó Weinert con más 800 plantines de uvas en una camioneta, las entregó a pobladores de distintos puntos de la zona y durante cuatro años volvió cada año para ver su evolución.
La bodega más antigua de la provincia de Chubut se ubica en la localidad de El Hoyo de Epuyén, siendo además la más austral de América, a escasos 18 kilómetros de la rionegrina población de El Bolsón. Su nombre es Patagonian Wines y su propietario es obviamente Bernardo C. Weinert.
Patagonian Wines ocupa desde 1997 un espacio de casi 30 hectáreas de monte y rosa mosqueta en un terreno montañoso con pendiente y una laguna pequeña, de las cuales se cultivan 25, en el año 2000 se plantó Merlot, Pinot Noir, Chardonnay, Riesling, Gewürztraminer y otras cepas de ciclo corto, además de contar con 3 hectáreas de Pinot Noir, ubicadas a 255 km al sudeste de esta localidad en el paraje de Piedra Parada en la ribera del Río Chubut.
Las cualidades de la zona que hacen posible que las fronteras de la vitivinicultura en Argentina se amplíen hacia las profundidades patagónicas son varias. Entre ellas podemos mencionar, la gran amplitud térmica que existe entre el día y la noche, además de la extendida exposición solar de los faldeos y las largas jornadas de verano, detalles todos que influyen de manera positiva y decisiva en el proceso de maduración de las uvas, las que logran aromas, colores especiales y particulares. Las uvas, en este marco, crecen fuertes y sanas, aunque el peligro -descartado completamente el granizo- son las “heladas tardías”, que sin embargo son mucho más intensas e implacables en los valles que en los faldeos de las montañas. El recaudo principal que se debe tomar es poseer un correcto sistema anti-heladas, que es tal vez el fenómeno más amenazante al que se le debe prestar atención, considerando que estamos hablando de una bodega ubicada por debajo del paralelo 42, aunque ese aumento en la inversión inicial signifique plantar menos hectáreas en el principio, es primordial proteger la producción ante un evento que puede destruirla por completo.
El Hoyo, particularmente, reúne algunas condiciones básicas para la puesta en marcha de un proyecto de esta naturaleza, el clima suave y las temperaturas bajas, producen en consecuencia que los distintos varietales demoran más tiempo en desarrollarse en el lapso que va de la floración a la maduración. Las distintas cepas como el Merlot, el Pinot Noir, el Chardonnay y el Gewürztraminer, por ejemplo, también se plantan en Mendoza pero la consecuencia de sembrarlas “tan al sur” es la maximización de la concentración de la calidad aunque el resultado final implique también una disminución de los rendimientos. La bodega se encuentra ubicada con respecto al mundo en la misma latitud que los emprendimientos llevados adelante en Australia y Nueva Zelanda.
La historia de los viñedos patagónicos del empresario Weinert -que exporta vinos argentinos desde Mendoza- comenzó, como dijimos, en 1997 cuando se compraron las tierras en El Hoyo y años más tarde se cultivaron las primeras plantas en una chacra de 27 hectáreas. La primera cosecha de merlot en 2006 se mandó a procesar a las bodegas que la firma posee en Mendoza con el fin de elaborar la primera remesa de vino la que se embotelló con la etiqueta "Primera cosecha", fueron pocas botellas, debido a que sufrieron un ataque por parte de los zorzales que se comieron casi toda la uva. Recién en 2009 tuvieron una muy buena cosecha, con 40.000 kilos de uva y se comenzó a envasar en origen con una máquina semiautomática con dos etiquetas, una "Piedra parada" y "Faldeo del Epuyén" la otra.
El sanjuanino Darío González Maldonado, es un ingeniero agrónomo especializado en vitivinicultura de zonas templado-frías y es a su vez el director técnico de la bodega Patagonian Wines, encargándose de las tareas directamente vinculadas con las cuestiones técnicamente agrarias y de las enológicas. La bodega cuenta con una capacidad total de elaboración de 250 mil litros. Cuenta con maquinarias de poco volumen y de tecnología innovadora donde se pretende obtener un producto casi artesanal y de alta calidad. El objetivo es elaborar vinos de zonas frías de gran performance enológica y para ello cuentan con la asistencia técnica del enólogo Hubert Weber, responsable de Cavas de Weinert, ubicada en Lujan de Cuyo en Mendoza. La proyección a que se aspira es alcanzar una producción de entre 70.000 y 100.000 litros de los cuales un porcentaje será provisto con uvas propias y el resto por productores de la zona.
A diferencia de otras zonas vitivinícolas de nuestro país y que ya hemos descripto en otras notas anteriores, aquí, la historia es hoy, “Todavía tenemos que hacer la historia del vino”, dice Weinert. El enólogo bordelés Michel Rolland, que comparte su tiempo entre Burdeos y la gestión de sus propiedades argentinas sentenció, "Hoy por hoy, nadie sabe lo que esta zona es capaz de producir en vino" y estima que "Plantar cepas en territorios como éstos, sin pasado vitivinícola, es toda una aventura". Sin embargo, Bernardo Weinert como buen emprendedor siempre se sintió confiado en el éxito de su empresa, ya que muchos viñedos en todo el planeta están situados más allá del paralelo 42, el cual en este caso sirve de frontera provincial en el Chubut. En el hemisferio norte, Borgoña, Alsacia, Renania y Oregón se encuentran sobre el paralelo 42 entre tanto en el hemisferio sur lo hacen Australia y Nueva Zelanda. Además en esta región se produce fruta roja, como en Borgoña y también lúpulo como en Alsacia, dos productos que son muy sensibles al frío. En contra del estereotipo habitual, esta parte de la Patagonia, encajada entre dos altas montañas proporcionando un clima seco con unas temperaturas que van desde unos 8º C como máximo en invierno a unos 36° C en verano, haciendo que la calidad fitosanitaria de los granos sea casi perfecta, utilizándose, y de forma eventual, escasas cantidades de bactericidas o sulfato de azufre logrando que el producto final, la uva, sea prácticamente biológica. La alternancia entre días calientes y noches frías exalta el aroma de los vinos, que, por otra parte, presentan una acidez muy interesante. Conforme los dichos de Michel Rolland en cuanto que, "para la maduración de la uva es más importante quizás el sol que el calor", encontramos aquí que la Patagonia al estar situada más cerca del polo se beneficia de un mayor tiempo de sol en verano que la región de Mendoza, cuna tradicional de la viticultura argentina.
Usualmente las bodegas y fundamentalmente los nuevos proyectos, se ubican en verdaderos paraísos geográficos, con viñedos en faldeos de montaña y con unas vistas limpias e impecables al encontrase rodeados de la belleza de los picos nevados del macizo andino el que deja ver los colores de sus distintas capas minerales, o envueltos por esos callejones de álamos amarillos del otoño durante la cosecha, con aromas a fruta y el tintinear del agua de las acequias que poseen un efecto adormecedor durante las soleadas siestas. Aquellos que conocen El Hoyo coinciden que su paisaje lo supera todo, es la mismísima oficina de Dios en la tierra. Su vista es desbordante de belleza cambiante a cada centímetro, es hipnótico, uno no pude dejar de mirar e inspirarse al punto de tener ganas de ser poeta, pintor y desarrollar alguna de estas facetas artísticas que parecieran potenciarse al estar sumergido en este entorno y el sanjuanino Darío González Maldonado, responsable de este proyecto, parece haberlo plasmado en el arte de hacer vinos. Sus obras de arte icónicas son el tinto “Piedra Parada”, un Blend de Merlot - Pinot Noir de 14,5 v/alc., muy bebible que tiene siempre mucho por ganar en botella. Elegante y fresco, la fruta roja no se expresa golosa sino más para ciruela ácida. Es ideal para las carnes estofadas y condimentadas del invierno patagónico. Y el blanco “Faldeos del Epuyén”, Chardonnay - Riesling, arriesgado corte con aromas cercanos a fruta y flores blancas, hierbas recién cortadas y la mineralidad se expresa definido piedra mojada. Es fresco, buena acidez natural del vino, muy fluido. Es ideal para la trucha patagónica asada en la parrilla.
Piedra Parada debe su nombre a una gran e impresionante mole de piedra de origen volcánico, que se encuentra solitaria en medio de una gran llanura. Esta piedra tiene una base de 100 metros y 240 metros de altura. Muy cerca de ella se encuentra la entrada al Cañadón de la Buitrera. A través de una excavación arqueológica se encontraron pinturas rupestres, troncos petrificados y fósiles marinos, estableciéndose la existencia de pueblos de hace más de 5 mil años, los que fueron ocupación humana más antigua de toda la zona.
A esta altura no queda lugar a dudas que Bernardo Weinert es el emprendedor al cual Rio Negro le debe el renacer de la producción vitivinícola. Un hecho ocurrido en enero de 2012 lo pinta de cuerpo entero y permite describir a esta raza de hombres emprendedores hacedores de la historia y del futuro. En esa fecha hubo un incendio feroz, típico de la zona patagónica, que afectó a un tercio de su viñedo. Otro hubiera caído ante tamaña desgracia que tornaba inviable el continuar vendimia. Pero no para Weinert. Tres meses después, en abril, cosechó igual y continúo adelante, sorpresa, la uva tenía sabor a humo, no sólo el incendio había afectado a parte del viñedo, sino que lo había afectado en su totalidad al invadirlo con su humareda. ¿Se detuvo? No, vinificó igual y continuo adelante. Por no detenerse, por continuar, por perseverar, por ser un emprendedor obtuvo lo que buscaba, el resultado final, el vino. En este caso muy particular logró algo único, un vino pinot noir - merlot que es ahumado, de color cereza y con más cuerpo. Es “su” vino predilecto y lo define como un vino típico de zona fría, con una gran expresión aromática y tiene ese sabor ahumado que es un regalo de la naturaleza. Se lanzó como una edición limitada de 15.000 botellas. Genial.
Bebiendo unos de sus vinos comprendo mejor su pensamiento, plasmado en unas frases de la vida, las que nos indican que con el azar y el talento no alcanza, se deben complementar con mucho trabajo, esfuerzo y dedicación para alcanzar la excelencia y el éxito, "mientras tengas tu propia filosofía y la mantengas durante los años, estarás en buen camino" y “Los vinos Estrella sólo se producen cuando la cosecha es excepcional, las estrellas nacen; uno no las hace".


sábado, 6 de febrero de 2016

Cuesta del Obispo, Payogasta y un poco más allá

29 de abril de 2015
I Piedra del Molino
El avión surca el cielo del Valle de Lerma acercándose a la pista del aeropuerto de la ciudad de Salta. Cuando conserva aún cierta altura, veo un cerro nevado en el último cordón montañoso sobre el horizonte hacia el oeste. Desde mi ignorancia creo ver en él al Nevado de Cachi, la impresionante mole de piedra que habrá de acompañarnos en los próximos días.
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Estamos llegando a Salta con Haydée para participar de las actividades que organizó Sala de Payogasta para el fin de semana largo que se avecina. Asistiremos a la cosecha, secado y molido de uno de los mejores pimentones del mundo y a las experiencias de cocina que lo tendrán como protagonista central.
Alejandro Alonso y María Fernanda Sola han tenido la generosa amabilidad de invitarnos y allí estamos encontrándonos con ellos en el vestíbulo del aeropuerto internacional... y desde allí derecho a Payogasta. El pueblo está unos 10 km antes de llegar a la ciudad de Cachi si uno viene a él desde la capital provincial. El camino que ya hemos transitado en sentido contrario en octubre de 2014, promete aventuras... el cielo está nublado en el Valle de Lerma y parece haber niebla sobre la falda de los cerros que debemos atravesar... sobre la Cuesta del Obispo.
Hay poco más de 130 km entre el aeropuerto y Payogasta, pero ese recorrido, en condiciones climáticas normales, se practica en unas tres horas. Sin embargo, la charla afable y encantadora hace que el viaje nos resulte demasiado corto. Releo lo de charla encantadora... sí, sí, es una palabra exacta para describir ese viaje.
Primero, por el Valle de Lerma hasta la ciudad de El Carril, luego la yunga en la Quebrada de Escoipe, una parada en el restaurante de Margarita, la Cuesta del Obispo y, finalmente, la recta de Tin Tín.
Ya en nuestro viaje anterior nos había impresionado el paisaje de la yunga... esa selva húmeda, petisa, pero enmarañada que parece habitada por elfos y hadas... o por el espíritu de los antiguos. El camino sube, en las laderas, la selva y abajo el río.
Aparecen las historias, relatos e imágenes mentales se suceden sin orden aparente... Sobre aquellos cerros, señala Fernanda, hay restos muy bien conservados del Qhapaq Ñan (la red caminera que hicieron construir los Incas para conectar las Cuatro Provincias del Sol con el centro del poder imperial en el Cuzco).
Las indicaciones de Fernanda nos llevan a otro cerro, del otro lado están las condoreras. Allí se puede ir a ver los nidos de estas aves majestuosas, legendarias para mí (se agolpan las imágenes en mi mente... el poema de Olegario Víctor Andrade, el manual Kapelutz con su imagen, el nido en el Jardín Zoológico de Buenos Aires, la imagen estilizada que está desde que era niño en el logo institucional de Aerolíneas Argentinas). Lo que más me sorprendió es que no imaginaba que estas aves tuvieran sus nidos tan abajo... bueno, en realidad ya estábamos en plena cordillera; pero, en realidad las creía dueñas de los picos más altos.
El camino gira y contra gira y los lugares y sus nombres se suceden: Maray (evoca una herramienta fundamental en la metalurgia prehispana), una capilla y un cartel que reza San Fernando de Escopie y, sobre el final de la quebrada, cuando el camino está a punto de cambiar radicalmente en su fisonomía, el restaurante de Margarita donde muchos viajeros se detienen a comer. El edificio es muy viejo (tal vez tenga más de 120 años) y tuvo múltiples funciones a lo largo de los años (escuela y oficina de correo, entre otros).          
La tarde gris da para la aparición de relatos tétricos... ya sabemos que arriba nos espera una niebla cerrada. Alejandro cuenta la historia de San Fernando de Escoipe. En 1973, un alud arrasó este pequeño pueblo que se levantaba cerca del río. No quedó ningún edificio en pie, salvo la capilla que estaba en una loma elevada... Alguien vio venir la catástrofe e hizo repicar las campanas de la  pequeña iglesia. La hora desacostumbrada y la intensidad de los repiques dio una alerta temprana a los vecinos que pudieron refugiarse en zonas elevadas de modo que, aunque el pueblo se perdió, todas las vidas pudieron salvarse.
Poco después de nuestra parada, el camino gira a la derecha en forma pronunciada y se produce un cambio de escenario bastante brusco... una gran aridez reemplaza a la selva, el asfalto se interrumpe y una niebla cerrada nos traslada a un ambiente fantasmal. La camioneta está equipada con un sistema de luces para la ocasión y la sabia prudencia del conductor que lleva realizando ese recorrido una vez por semana, ida y vuelta, desde hace 20 años nos ponen a salvo de cualquier riesgo. Hemos ingresado en la famosa Cuesta del Obispo que habíamos recorrido con Haydée, sin bruma.
La charla sigue, el camino evoluciona dando vueltas increíbles y, de pronto aparece un cielo azul y un sol impecables. Son las últimas horas de luz de este día, pero nos alcanza para distinguir bien el panorama. Estamos en el mirador denominado Piedra del Molino. Desde allí, la clara luz de la razón nos da otra imagen de lo que habíamos visto y vivido en los últimos kilómetros de camino. Lo que era una bruma fantasmal, ahora es tan solo una nube recostada sobre sobre el faldeo. La vemos desde arriba, asemeja un mar poblado de islas (la parte visible de los cerros más elevados).
Es el sitio más alto en el camino entre el Valle Calchaquí y el Valle de Lerma (3457 msnm). Desde allí puede verse el serpenteo de la Cuesta del Obispo, ahora tapada por la nube y la ruta que sigue y se dirige a Cachi, a cielo limpio y abierto. Hay una piedra de molino que en un traslado desde la ciudad de Salta, decidió quedarse allí... la leyenda parece ser tan verdadera como la de la Virgen en Luján, pero carece de ribetes místicos y religiosos, o tal vez no... El conjunto se completa con una pequeña capilla que, a la manera de una apacheta, sirve de punto de referencia a los promesantes.
Hacia el norte se abre un campo apto para la observación de aves (cóndores incluidos). Hacia el sudoeste, la ruta se interna en el Parque Nacional Los Cardones, donde nos espera la impresionante recta de Tin Tin, junto al cerro del mismo nombre. Esa recta es un tramo del camino de 12 km  construida sobre un trazado impecable que no requirió ni ingenieros ni agrimensores para su diseño porque se erigió sobre un fragmento supérstite del  Qhapaq Ñan.
Atravesamos la recta ya casi de noche y unos minutos más estábamos llegando a Sala de Payogasta, donde Haydée y yo, nos alojamos en los día siguientes.
II Sala de Payogasta
El edificio fue construido a principios del siglo XX y perteneció a la Familia Ruíz de los Llanos que vive en el Valle Calchaquí desde mediados del siglo XVII. Es la sede del hotel que administran Alejandro, Fernanda, Julio Ruíz de los Llanos y su esposa Alicia.  
El edificio fue construido por Emilio Ghana, abuelo de Julio, en la tercera década del siglo XX. Su planta consiste en cuatro alas que rodean un patio enrome y cuadrado en cuyo centro hay un fogón. Las habitaciones se disponen en cada ala protegidas por un alero. Tengo la impresión de estar en una casa colonial del siglo XVIII. Desde mi ignorancia, le atribuyo ese carácter y la juzgo como una construcción típica del lugar, tanto por el dispositivo espacial como por las técnicas de construcción utilizadas (paredes de adobe y techo de cañas, es decir, cielo raso de cañas sobre cumbreras y tirantes de eucalipto y techo de adobe). 
Para ser utilizado como hotel, el edificio ha sido modernizado, casi sin que se vea la intervención, hace unos 20 años. El hotel tiene todas las comodidades que espero en el Valle Calchaquí: desde el patio se ve un sol pleno durante el día y un estrellerío notable a pesar de la luna llena, por la noche; el salón comedor que tiene una intervención mayor, en este caso justificada, con una impresionante vista sobre el Nevado de Cachi; un baño con instalación completa; calefacción opcional a gas o a leña y, fundamentalmente, la correcta ausencia de un aparato de televisión que nos permite conectarnos con el entorno y percibir perfectamente los sonidos de silencio... Es fascinante despertar por la mañana y ver la cumbrera añosa y las cañas de noventa años que parecen haber sido instaladas ayer e ir a desayunar con esa vista increíble.
Sin embargo, me desorienta un comentario de Julio. Cuando nos explicaba que la casa se inauguró en 1922, nos dice que no responde a la tipología del Valle... ¿Cuál será entonces esa tipología sobre la que se construyó esta casa herética?
Planteé la cuestión a mis amigos y en una serie de correo-e me dieron las siguientes opiniones.
Alejandro:
“Respecto a la arquitectura la "tipología vallista", no soy el más indicado para opinar. La hermana de Fernanda, Charo Sola ha trabajado en todo el rediseño como hotel de esta casa y ella lo hizo con mucho conocimiento (ha realizado un postgrado en Canarias sobre restauración de patrimonio arquitectónico) /.../. Para mí, y con 100 años, esta casa tiene los aportes culturales de quienes la hicieron y moraron en ella, la inmigración Sirio Libanesa ha sido muy fuerte en toda la zona y con los gallegos y lugareños deben haber dado una profunda impronta.”(1)
María Fernanda:  
“Respecto al estilo de la casona de Payogasta, creo, como en todo lo popular, que no hay un estilo puro de casa vallista, sino que se van incorporando aportes a lo largo de los siglos, que marcan tendencias, tipologías.”(2)
Finalmente me escribió la arquitecta María del Rosario Sola (Charo) quien puso estas palabras esclarecedoras:
“En esa zona, las influencias indígenas no sólo provienen de los aborígenes locales (entiendo que cacanos), sino que hay fuerte influencia incaica y no debemos olvidar que los Incas "extrañaron" pueblos de territorios que dominaban y que eran muy rebelde por lo que los llevaban a pie a otros territorios. Todos tienen la tradición del patio pero los indígenas construían dos o tres recintos separados y completaban el cierre del patio con pirca. Tanto los hispanos como el arribo tardío de inmigrantes árabes, como es el caso del constructor de la casa, remiten a la tradición de la casa rural mediterránea que el Imperio Romano unifica en ambos lados del mar Mediterráneo. No deja de ser importante para aprendizaje de otros arquitectos que encaren un reciclaje de arquitectura popular, entender el criterio de la arquitectura rural descontracturado y ocurrente para intervenir en estas obras sin cambiar el rumbo ni perder el encanto. Improvisar, mezclar, mucha micro-intervención, poca rigidez y la sala vuelve a la vida y se amplía bastante, pero sin traumas. El cromatismo (blanco-celeste-gris-borravino) y las piedras estaban presentes en la casa; pero se enfatizó un poco para darle más carácter, separando más el interior con los celestes-grises y el exterior con los tonos del vino.”(3)
El abogado (Julio es abogado, pero también un gran estudioso de la historia social de Payogasta), el ingeniero agrónomo, la antropóloga y la arquitecta permitieron que me hiciera una idea que, como historiador, debí intuir de entrada. No existe un estilo típico en el Valle que se haya definido de una vez y para siempre. La integración de experiencias diversas a lo largo del tiempo han generado esta casa que se encuentra en envidiable estado de conservación. Interpreto que la expresión de Julio aludía precisamente a la influencia sirio libanesa en esta construcción en particular.     
Notas y referencias:
(1) 2015, Alonso, Alejandro, correo-e del 15 de mayo.
(2) 2015, Sola, María Fernanda, correo-e del 15 de mayo.
(3) 2015, Sola, María del Rosario, correo-e del 15 de mayo.


Caminando por la calle Caseros de la ciudad de Salta

3 y 4 de mayo de 2015
I En el Valle de Lerma
Luego de disfrutar el fin de semana con la cocina del pimentón en Sala de Payogasta, viajamos al Valle de Lerma con Fernanda y Alejandro en una clara mañana parcialmente soleada. La Cuesta del Obispo, primero, y la quebrada de Escoipe, después, carecían ahora del aire fantasmal que las rodeó en nuestra subida cuatro días atrás.
Las imágenes pertenecen al autor
Llegamos hasta El Carril y torcimos nuestro rumbo hacia la ciudad de Salta por la Ruta Nacional 68. Los secaderos de tabaco acompañaron nuestro tránsito. Cuando la ruta se transforma en la calle principal de La Merced, decidimos que era oportuno hacer un alto para almorzar.
Alejandro nos condujo hacia un restaurante donde, según su opinión se ofrecían los mejores tamales de Salta. No sé si compartir enteramente su opinión, pero puedo afirmar que eran excelente y que valió la pena realizar esa parada.   
Una casa, en la que se entra como pidiendo permiso. Cuando se está a punto de batir palmas para hacerlo, empieza por mostrar al visitante una serie de salones (a veces un patio bajo una enredadera, a veces otro bajo un tinglado) en los que se disponían mesas, sillas y sillones de diversa procedencia y calidad con capacidad, según un cálculo ligero, para cien comensales.
Era domingo, era el mediodía y nos costó encontrar mesa. ¿Pero es que aquí se perdió la costumbre del almuerzo familiar en casa en los días domingos? Pronto advertí que no, que la mayor concentración de personas que entraban y salían constantemente, se disponía en una apretada cola frente a un mostrador... Se llevaban los tamales para comerlos en casa. Alejandro contó que el restaurante sólo está abierto viernes, sábados y domingo y que vende tres mil tamales por fin de semana.
Intenté en vano saber el nombre del local y me dediqué a la comida. Las empanadas estaba excelentes y la sopa de gallina, también. Los tamales ya los habíamos probado y, como dije, eran excelentes. Podrían competir con los que comí en la plaza de Chicoana, pero no con los que me sirvió Pepe en el comedor de la Hostería Municipal en La Poma... en la charla descubrí el secreto de la calidad de esa cocina, los dueños del local eran oriundos del Valle Calchaquí.  
Llegamos a la ciudad y nos dedicamos a descansar un poco y los agitados días que vivimos empezaron a bullir en experiencia acrisolada... tendríamos el lunes para disfrutar enteramente de la Ciudad.          
II Almuerzo en Osadía
Nos levantamos a una hora razonable. Nuestro programa del día era tomar una café con Alejandro y Fernanda, almorzar en Osadía y recorrer la ciudad con morosa paciencia, como ella lo merece y no pudimos hacer en nuestra visita anterior. 
Para nuestro café elegimos Tiempos Viejos. Un bar bastante nuevo, puesto muy a la moda vintage. Ya habíamos almorzado muy bien allí en nuestro viaje de octubre de 2014. Está ubicado en una de esas esquinas típicas que se construían para alojar un local, generalmente un almacén, y la vivienda de los propietarios. Se conserva la galería y el patio cubierto por una claraboya. La intervención es semejante a la que luce la pizzería Grappa de Buenos Aires. Fue un lugar ideal para disfrutar de la charla de despedida que celebró unos días vividos con intensidad en Payogasta.   
El boliche está ubicado en Güemes y Vicente López. Desde allí hasta la Plaza General Belgrano hay unas cinco cuadras que caminamos con placer... pero antes, allí mismo frente a Tiempos Viejos, hay una plazoleta en la que pude tomarme una foto junto al monumento dedicado a la memoria del gran poeta salteño Juan Carlos Dávalos.  
¿Esperaba más de Osadía? No, creo que no... Al final de cuentas tuve allí una experiencia gastronómica razonablemente satisfactoria.
La primera impresión, la del espacio físico fue impactante. Sabía que el restaurante estaba en la calle Belgrano al 700 frente a la plaza homónima. Conocía el lugar, pero, tardé en darme cuenta que mi conocimiento aún hoy es imperfecto. Recordaba el gran hotel Alejandro I. De modo que, cuando vi ese edificio decimonónico en que esta alojado el restaurante me felicité por hallar el debido contraste... pero no todo lo que reluce es oro.
Mi ignorancia me hizo ver en el edificio de estilo francés el conjunto que identifiqué como Hotel Design... Dije estilo francés... creo que sí, aunque las influencias italianas en la arquitectura argentina en el período 1880-1930 no ha dejado de sorprenderme a lo largo y a lo ancho del país. El edificio está impecable por fuera y por dentro y me atrajo tanto que no vi que era un árbol, que el bosque, el verdadero bosque, es decir, el Hotel Design Suites es una torre vidriada que rodea esta joya.
Pero satisfecho con mi impresión original, ingresé y me dirigí al salón de Osadía. Impecable. ¿Se trata de un ambiente frío? Tal vez, pero yo diría que tiene una impronta racionalista propia de la época en que fue construido.  Las paredes blancas que conservan las molduras originales, reflejan la luz que entraba a raudales por la ventana. Unas estrellas luminosas que evocaban un sagrario del Santísimo Sacramento oficiaban de única decoración. La ambientación me hizo acordar a la recreación que hizo Standley Kubrick de la arquitectura versallesca en su película 2001, en la que el racionalismo parece querer contener cualquier expansión emotiva.
La placidez con que recibí esas impresiones, convidaban a disfrutar de la buena mesa. Debo reconocer que fueron subrayadas inmediatamente por la impecable actuación profesional de las mozas...
La comida fue excelente. Con Haydée compartimos una entrada y un plato principal. La entrada, una pera con jamón crudo combinada con una porción razonable de camenbert grillado, estuvo muy buena. El  plato principal, una trucha a la manteca negra con guarnición de acelgas hervidas, sublime. Pero yo esperaba otra cosa. ¿Podía esperar otra cosa o era un síntoma con la mirada hiper crítica que llevo a ciertos lugares? ¿Esperaba otra cosa de un restaurante como Osadía o de su ubicación en el corazón de la ciudad de Salta?  
No, no, no. Mi expectativa no era enteramente subjetiva. En realidad esperaba otra cosa porque había leído recetas de Gonzalo Doxanbarat, el jefe de cocina de este restaurante, en el libro sobre la nueva cocina argentina de Pietro Sorba(1). Allí, por ejemplo, no sólo hace alarde de productos locales (carne de llama y cordero, papines andinos, quinoa, etc.), sino que también expone una receta de Frangollo con charqui(2)...
Me hubiera gustado comer ese Frangollo y compararlo con el que hizo Carmen Ruíz de los Llanos en Sala de Payogasta y ver qué podría lograr un cocinero “vanguardista”, o “gourmet” como definió una de las mozas a la cocina de “Gonzalo”, con ese plato que Carmen cocino con inigualable sabiduría a la manera tradicional.
Queda muy claro que la experiencia gastronómica en Osadía fue muy buena... claro que esperaba más de la maestría de Gonzalo Doxandabarat en la plaza Belgrano de la ciudad de Salta.
III ¿Se puede proteger el centro histórico de la ciudad de Salta de la voracidad de los “desarrolladores”?
Salimos del restaurante decidimos recorrer la ciudad con parsimonia. Una    serie de decisiones azarosas nos condujo a recorrer la calle Caseros desde 20 de Febrero hasta Las Heras, es decir, desde la iglesia de la Merced hasta el convento carmelita de San Bernardo. También allí íbamos con muchas expectativas porque en nuestra visita anterior nos habíamos encontrado con una ciudad de Salta muy desalteñizada.
Incluso, en esa misma mañana, habíamos recorrido la Avenida del Bicentenario de la Batalla de Salta, otrora dominada por el ambiente hispánico de grandes chalés californianos, de importantes casonas en el estilo de la restauración nacionalista y de otras construcciones compatibles con un paisaje urbano característico. ¿Qué encontramos en ella? Entre otras horribles transformaciones, un edificio que es sede de una importante escribanía y que, aún respetando la volumetría característica del barrio, expone un formato extraño: el igualitarizante esquema de cubos y cilindros vidriados que lleva a las ciudades del mundo a perder identidad y atractivo singular.
De modo que Salta no las tenía todas consigo porque además, recordábamos el insólito edificio del Banco Macro al lado de la catedral  y el McDonald's en el edificio colonial que está junto al cabildo...
Veníamos pensando entonces en lo poco que se quiere la ciudad de Salta a sí misma. Pero esa caminata nos reconcilió bastante con ella y nos mostró que no todo está perdido. Es que la calle Caseros conserva buena parte del patrimonio urbano que ha dado fisonomía propia a esta ciudad. Salta aún posee un casco histórico que merece esta denominación...
Es verdad que las construcciones que aún se conservan ofrecen a la vista la compleja mezcla de un pasado heterogéneo. Pero es precisamente esa heterogeneidad la que ha dado a la ciudad esa fisonomía que evoco y que fue su característica diferenciadora. Hay que defender esa historia de los cubos y cilindros de vidrio que borran cualquier huella propia, que crean una visión única y homogénea de todas las ciudades del orbe, es decir, que deshistorizan las ciudades, que borran las características particulares y la sumergen en una nada uniforme y global.           
Allí está la iglesia de La Merced, el Cabildo, la casa de la familia Güemes, los conventos de San Francisco y San Bernardo y algunos edificios más resistiendo en la calle Caseros. Una ciudad tan grande como Salta puede darse el lujo de proteger el polígono delimitado por la Avenida Belgrano; las calles 25 de Mayo, Carlos Pellegrini, Mendoza y las Avenidas Hipólito Yrigoyen y Bicentenario de la Batalla de Salta. Aún está a tiempo, como en ciernes la amenaza.   
Una desilusión y una esperanza me llevo de esta recorrida por la ciudad de Salta. Esa imagen de la escribanía de vidrio en la Avenida del Bicentenario de la Batalla de Salta fue compensada por la festiva presencia de unos jóvenes alumnos de escuela secundaria que estaban realizando un trabajo práctico en la Plaza 9 de Julio. Debían realizar una encuesta, consultando a los turistas sobre las razones por las que habían elegido Salta como destino. Debían preguntar también qué les había gustado de la ciudad y si volverían a visitarla. Contestamos con Haydée las preguntas que nos hicieron con viva emoción. Personalmente me permití decirles que tenían  que defender el patrimonio urbano de las falsas “modernizaciones”. Una de las alumnas me dijo que esa pregunta no estaba en la encuesta; pero otra, enérgica y entusiasta que estaba a su lado, le dijo “ponelo, ponelo que eso es muy importante.”     
¿Podrán los salteños evitar la desalteñización de su capital? Cifro mis esperanzas en esa joven. 
IV Cena familiar
Nuestra estadía en Salta concluyó con una visita familiar. Elsa y Daniel Fernández y su hija Mariana nos esperaban en su casa sobre la Avenida San Martín.
Como ya nos había ocurrido en octubre de 2014, disfrutamos del afecto y la hospitalidad desplegados en el encuentro. La charla sobre la vida y la familia y la centralidad de un delicioso pastel de choclos que Elsa preparó con notable esmero configuran una velada inolvidable.         
Ya hablé en otros artículos sobre Daniel, de su compromiso con su trabajo en el INTA, de su conocimiento de la geografía y el sistema productivo del Valle Calchaquí. He publicado, además, sus opiniones al respecto. Me toca ahora ponderar las habilidades culinarias de Elsa. Dedica buena parte de su tiempo a la cocina y a la recuperación de recetas tradicionales que forman parte del acervo familiar y social de las comunidades en que desarrolló su vida.
Elsa es tucumana como Daniel, pero parte de su familia es de la ciudad de Metán, en la Provincia de Salta. Sumado a los años de vida en la ciudad de Salta, sus manos recogen tradiciones culinarias de las dos provincias. Sin embargo, ambos las diferencian claramente. En sus comentarios sobre los alimentos del Valle Calchaquí, Daniel diferencia las características propias de la empandas tucumanas y salteñas. En esta oportunidad, refiriéndose al pastel que había cocinado su esposa, nos confirmó que lo había hecho a la manera tucumana, con maíz amarillo, en tanto que los salteños, prefieren el maíz blanco para este plato.    
En esa noche percibí lo más apasionante de la vida humana: compartir la mesa, la charla, la comida, en una palabra, la circulación del afecto que nos hermana. En esa mesa viví la esencia de Salta, de Tucumán, de La Argentina.   
Notas y referencias:
(2) Ídem, pag. 116.



sábado, 30 de enero de 2016

Lecheritos en Buenos Aires (1819)

José Luis Busaniche fue un notable historiador argentino. Nació en Santa Fe de la Veracruz, capital de la Provincia de Santa Fe, en 1892 y falleció en San Isidro, Provincia de Buenos Aires, en 1959. Sus obras más importantes están relacionadas con los bloqueos franco – británicos de 1838 y 1843, el papel que jugó la Provincia de Santa Fe en esas circunstancias, el Gobierno de Juan Manuel de Rosas y la construcción del federalismo argentino. En 1938 publica un libro de lecturas históricas argentinas que reedita en 1959 con el título de Estampas del Pasado(1). Este libro ha servido de inspiración para la sección “Rescoldos del Pasado” de El Recopilador He rescatado varios textos de la colección, reproduciendo parte de las prolijas referencias de Busaniche.    
Emeric Essex Vidal fue un marino inglés que entre 1808 y 1837 prestó servicios en Brasil y el Río de la Plata. Estuvo varias veces en Buenos Aires. Pintó acuarelas con un gran número de escenas urbanas y rurales rioplatenses que poseen un gran valor documental. En 1820 publicó, en Londres y en una lujosa edición, una serie de acuarelas acompañadas de explicaciones de su propia pluma(2).
Lecheritos en Buenos Aires en 1819
“La ciudad de Buenos Aires se provee cotidianamente de leche de las estancias circundantes, o granjas que se hallan de una a tres millas de distancia. La leche es traída a caballo, en tarros de barro o latón, y cada cabalgadura lleva  cuatro y a veces seis en unas alforjas de cuero atadas a la montura con una tira de correa.
”Casi puede decirse que los lecheros nacen a caballo, tal es la temprana edad desde la cual se les enseña esta ocupación. La mayor parte de ellos son niños de menos de diez años, tan chicos, que para montar a sus caballos tienen que utilizar un largo estribo que no se usa para otro fin. Montan acomodándose entre los tarro de leche, y en tan incómoda postura galopan lo más furiosamente. Cuando se encuentran fuera de la ciudad, disputan carreras entre ellos, y después de haber vendido la leche, se los ve, muy a menudo, jugando en grupos, generalmente a las monedas de a real o cuarto de peso, como hacen entre nosotros los niños con los ochavos ingleses.
”Aunque no fuera más que por este detalle, se podría deducir que este negocio debe ser excesivamente provechoso. La seguridad negativa de que la leche no se vende a un precio más caro que en Londres y no es de peor calidad, confirmará plenamente la exactitud de esta consecuencia. Lo único extraño es que, en un país donde las vacas que producen la leche, los caballos que la llevan al mercado, y donde la tierra que alimenta a ambos se tiene por menos de nada, el precio de este artículo está en relación con el que se paga en las cercanías de la metrópoli inglesa, donde el arrendamiento, los impuestos, el costo de los animales y la mano de obra son tan inmensamente desproporcionados. Tampoco puede por menos que causar asombro el hecho de que, a pesar de la marcada diferencia de circunstancias, es casi tan difícil conseguir leche pura en Buenos Aires, como en Londres; es muy común ver a los chiquillos rellenando sus tarros en el río, una vez que han vendido parte del contenido.
”Estos muchachos son, por lo general, hijos de humildes quinteros, van mal vestidos y completamente sucios; pero son muy vivos y traviesos como monos, enseñándoles a sus caballos tantas habilidades, que los hacen comparables al simio.”(3)    
Notas y Bibliografía: 
(1) 1959, Busaniche, José Luis, Estampas del pasado, lecturas de historia argentina, Buenos Aires, Hyspamérica.
(2) 1820, Essex Vidal, Emeric, Ilustraciones pintorescas de Buenos Aires y Montevideo, Buenos Aires, Universidad de Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letra, Instituto de Investigaciones Históricas, s/d, traducción de Carlos Muzio Sáenz Peña.

(3) Busaniche, José Luis, Op. Cit., Tomo II pp. 54-55

Manteca y “mantequilla” en Buenos Aires (1819)

José Luis Busaniche fue un notable historiador argentino. Nació en Santa Fe de la Veracruz, capital de la Provincia de Santa Fe, en 1892 y falleció en San Isidro, Provincia de Buenos Aires, en 1959. Sus obras más importantes están relacionadas con los bloqueos franco – británicos de 1838 y 1843, el papel que jugó la Provincia de Santa Fe en esas circunstancias, el Gobierno de Juan Manuel de Rosas y la construcción del federalismo argentino. En 1938 publica un libro de lecturas históricas argentinas que reedita en 1959 con el título de Estampas del Pasado.(1) Este libro ha servido de inspiración para la sección “Rescoldos del Pasado” de El Recopilador He rescatado varios textos de la colección, reproduciendo parte de las prolijas referencias de Busaniche.    
Emeric Essex Vidal fue un marino inglés que entre 1808 y 1837 prestó servicios en Brasil y el Río de la Plata. Estuvo varias veces en Buenos Aires. Pintó acuarelas con un gran número de escenas urbanas y rurales rioplatenses que poseen un gran valor documental. En 1820 publicó, en Londres y en una lujosa edición, una serie de acuarelas acompañadas de explicaciones de su propia pluma(2). 
El uso de la manteca y la “mantequilla” en la a
Buenos Aires de 1819
“La manteca, o por lo menos algo que merezca tal nombre, no es hecha nunca por los habitantes de la ciudad de Buenos Aires. Lo que ellos usan, en los casos que nosotros la empleamos, es la gordura de la carne, derretida hasta su grado líquido, la cual meten en vejigas como si fuera grasa: a esto denominan manteca. Algunos ingleses que se han establecido en el país, sin embargo, traen al mercado pequeñas cantidades de manteca, para la cual encuentran siempre fáciles compradores en los residentes ingleses y norteamericanos, a razón de seis reales (más o menos unos tres y medio chelines) por libra; pero esta provisión, también termina durante los meses de verano.”(3)   
Notas y Bibliografía: 
(1) 1959, Busaniche, José Luis, Estampas del pasado, lecturas de historia argentina, Buenos Aires, Hyspamérica.
(2) 1820, Essex Vidal, Emeric, Ilustraciones pintorescas de Buenos Aires y Montevideo, Buenos Aires, Universidad de Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letra, Instituto de Investigaciones Históricas, s/d, traducción de Carlos Muzio Sáenz Peña.

(3) Busaniche, José Luis, Op. Cit., pp. 55-56.

sábado, 23 de enero de 2016

El punto del asado criollo (Give my curry). Parte I

“Cuando crucé primero las Pampas iba con un carruaje, y aunque estaba acostumbrado a cabalgar toda mi vida, no podía seguir a los peones, y después de galopar cinco o seis horas me veía obligado a entrar al carruaje; pero después de andar montado tres o cuatro meses, y alimentándome de carne y agua, me encontré en un estado que solo puedo describir diciendo que sentía que ningún esfuerzo me mataría.” (Head, 1826(1))
Es notable como se ha ido formando el gusto argentino en torno del punto en que debe comerse las carnes asadas. La contradicción entre el gusto socialmente constituido actual y punto deseado por la ortodoxia gastronómica parece hacernos dueños de una originalidad que seguramente tiene sus amarras en el pasado. Bastaría, entonces, con leer los textos de los cronistas para asegurarnos que hasta los gauchos comían la carne extremadamente cocida. Hice ese recorrido, pero el hallazgo fue sorprendente. El gusto social parece haberse constituido tardíamente, lo mismo que el uso de la parrilla en el utillaje de los asadores criollo.
 

I Crónicas del pasado colonial y de los primeros años de la independencia
Los padres Gaetano Cattaneo y Angelino Gervasoni, ambos militantes de la Compañía de Jesús, dejaron testimonios sobre lo que vieron en la tierra de su misión datados en 1729. 
El Primero, en su relato sobre el viaje que lo condujo las misiones guaraníticas a través del Río Uruguay, no deja de manifestar su asombro por la voracidad de los indios que conducían las balsas en que era transportado. Veamos como describe el asado que los indios comieron:
En seguida encienden en la playa una fogata y con palos se hace cada uno un asador, en que ensartan tres o cuatro pedazos de carne, que, aunque está humeando todavía, para ellos está bastante tierna. En seguida clavan los asadores en tierra alrededor del fuego, inclinados hacia la llama y ellos se sientan en rueda sobre el suelo. En menos de un cuarto de hora, cuando la carne apenas está tostada, se la devoran por dura que esté y por más que eche sangre por todas partes.” (2)  
El fragmento nos da tres indicaciones que veremos repetirse hasta casi fines del siglo XIX. Estas son: el uso del asador (lo que hoy solemos llamar cruz y, en otras latitudes de la hispanidad, espetón) improvisado con ramas, la carne comida inmediatamente después de muerta y la ingesta de un asado tostado por fuera y muy jugoso por dentro, casi crudo.
Por su parte, el padre Angelino nos cuenta:
/.../ Lo que me asombraba y confundía era ver cómo se lo pasan estos indios o mestizos (es decir hijos de españoles e indias) que casi todos son carreteros. /.../. ¿Y la comida? Mataban por la tarde, sueltos los bueyes, uno o dos animales, lo que bastase por la tarde y el día siguiente, y todavía caliente lo desollaban. Tomaba cada uno la parte que le agradaba y, chorreando sangre, la ensartaban en un palo que clavaban en el suelo, de modo que la carne tocase la llama que estaba debajo, en el centro. Así volviéndola a un lado y otro, se la comían medio churrascada.  /.../ Su bebida habitual es agua pura, y por delicia echan adentro cierta yerba. /.../”(3) 
Este fragmento, como puede verse es muy rico porque, además de reiterar los tópico del Padre Gaetano, agrega otro. Da testimonio de la existencia de un tipo social de mestizos integrados al sistema productivo como carreteros y el consumo del mate cebado. Estos paisanos, los veremos en otros testimonios, son parte de un colectivo social al que luego se le asignará el nombre de gauchos. 
Claro que la palabra “churrascada” puede llevarnos a confusión. Ahora bien, veamos que significa en el diccionario de la lengua:
churruscar.
(Voz onomat., con infl. de chamuscar).
1. tr. Asar o tostar demasiado algo, como el pan, un guisado, etc. U. m. c. prnl.”(4)
Nada dice la definición acerca de cómo queda el interior de una carne churrasqueada, pero todo parece indicarnos que no demasiado cocida. Es lo que hasta hace algún tiempo los argentinos habríamos denominado asado arrebatado o lo que alguna receta tardía definiría, como veremos abajo, un auténtico churrasco.
Cincuenta años después, Concolorcorvo definirá así a los gauchos (a los que en su obra denomina gauderios):
Éstos son unos mozos nacidos en Montevideo y en los vecinos pagos. Mala camisa y peor vestido procuran encubrir con uno o dos ponchos, de que hacen cama con los sudaderos del caballo, sirviéndoles de almohada la silla. Se hacen de una guitarrita que aprenden a tocar muy mal y a cantar desentonadamente varias coplas, que estropean, y muchas veces sacan de su cabeza, que regularmente ruedan sobre amores. Se pasean a su albedrío por toda la campaña y con notable complacencia de aquellos semibárbaros colonos, comen a su costa y pasan las semanas enteras tendidos sobre un cuero cantando y tocando. /.../”(5)     
Esta imagen del gauderio, indolente y disoluto, y la otra, la de los carreteros semibárbaros, serán retomadas por Domingo Faustino Sarmiento en sus célebres Facundo, Civilización y Barbarie y Recuerdos de Provincia. Pero no me interesa aquí detenerme demasiado en la descripción del gaucho de Concolorcorvo, sino dar cuenta de su existencia en la sociedad colonial y de su manera particular de asar la carne. Porque es precisamente, desde la estatura mítica del gaucho, de donde los argentinos hacemos descender con orgullo nuestra asado. Veamos como testimonia Concolorcorvo el punto del asado y las preferencias de los gauchos: 
Muchas veces se juntan de éstos, cuatro o cinco, y a veces más, con pretexto de ir al campo a divertirse, no llevando más previsión para su mantenimiento que el lazo, las bolas y un cuchillo. Se convienen un día para comer la picana de una vaca o novillo; la enlazan, derriban y bien trincado de pies y manos, le sacan, casi vivo, toda la rabadilla con el cuero, y haciéndole unas picaduras por el lado de la carne la asan mal, y medio cruda se la comen, sin más aderezo que un poco de sal, si la llevan por contingencia. Otras veces matan sólo una vaca o novillo por comer el matambre, que es la carne que tiene la res entre las costillas y el pellejo. Otras veces matan solamente por comer una lengua que asan al rescoldo. Otras se les antojan caracuces, que son los huesos que tiene tuétano, que revuelven con un palito, y se alimentan de aquella admirable sustancia; /.../”(6)
Ignoro a qué refiere el término “Picana” en la pluma de Concolorcorvo (¿será el cuarto trasero?). Sin embargo, el texto contiene datos reveladores. Nuevamente se come la carne del animal recién muerto y, nuevamente, casi cruda. Pero prestemos atención a dos novedades del texto: los cortes preferidos (la lengua, el matambre y los huesos con tuétano) y técnicas diferentes a la del asador, el asado con cuero y la cocción al rescoldo.
Los soldados ingleses que participaron de las invasiones sobre Buenos Aires en 1806 y 1807, también dieron testimonio del asado criollo. Sus opiniones resultan doblemente interesantes porque expresan el gusto argentino socialmente constituido y la predilección por las carnes asadas que han manifestado los hijos de Albión en los testimonios que dejaron a lo largo de muchos años.
El siguiente fragmento, pertenece al diario personal de un  soldado ingles del Regimiento N° 71 de Glasgow que invadió Buenos Aires en 1806(7):
/.../ son de corta estatura (se refiere a los habitantes de Montevideo), fornidos y de fuertes coyunturas. Son valerosos, pero indolentes hasta el exceso. Los he visto galopar aquí y allá sobre sus caballos, casi en cueros, con espuelas de plata en sus desnudos talones y si acaso una raída manta sobre sus espaldas. No tienen miedo al dolor; los he visto con heridas horribles de mirar, aun cuando nunca parecían preocuparse por ellas. En lo que respecta a su indolencia, /.../. Prefieren la carne a cualquier otro alimento y la comen casi cruda y en cantidades que un europeo creería imposible.”(8)
El capitán Alexander Gillespie intervino también en la invasión inglesa de 1806. Fue tomado prisionero e internado hacia Córdoba. Escapó de su reclusión y se dirigió a la Banda Oriental, llegando en los momentos en que se producía en Buenos Aires la capitulación británica en julio de 1807. En 1818, escribió un libro en el que relata su experiencia en La Argentina. ¿Qué nos dice sobre el asado de los gauchos? Veamos:
/.../ La tarde del 13 de octubre las acompañamos a caballo (a las carretas) e hicimos alto en un campo ilimitado de trébol durante la noche. Pronto se encendieron fogones por los carreros, se carneó algún ganado de una pequeña tropa que se nos había unido y se preparó la cena. Nuestros domésticos rondaban las osamentas con ojos de buitres, prontos a lanzarse a los primeros pedazos favoritos, que eran traídos al asador temblando en todos sus tendones. Nuestro refrigerio esa noche se compuso de algunas tajadas delgadas que, ensartadas en un palito con punta en ambos extremos, se clavaba en el suelo y ocasionalmente se invertían las puntas, hasta que la carne se asaba, o, más propiamente, se quemaba. /.../.”(9)
Creo que ya tenemos una idea de cómo era el gusto socialmente constituido  de los gauchos por el asado jugoso, casi crudo, por dentro, a veces quemado por fuera. Gillespie, también da testimonio de la técnica del asado con cuero y de los asadores improvisados que estaban en las preferencias de estos paisanos argentinos.
Completemos este recorrido con el testimonio de Un Inglés (así firmó su libro) que vivió en Buenos Aires entre 1820 y 1825. Sus observaciones no hacen más que confirmar lo dicho en relación con el gusto de los gauchos. En contraste con esta visión agrega una crítica a cómo se comía la carne en la Ciudad de Buenos Aires. Veamos:
“La carne de vaca es buena, pero inferior a la nuestra, y la manera de prepararla le confiere un sabor semejante al del carbón y leña, bastante insípido por cierto. No les pasa por las mientes que pueda usarse un espetón. Mr. Booth, un inglés dueño de un almacén, es celebrado por los almuerzos al estilo inglés.
”La carne no se conserva en buen estado durante el verano y las reses deben ser carneadas el mismo día en que se consumen; en invierno se carnean la noche anterior. En Inglaterra se dejan pasar dos o tres días para que la carne se vuelva más tierna; aquí se emplea le procedimiento contrario (según me dicen) pues como no he sido dueño de casa no tengo experiencia en estas cosas.
”/.../.
”El “beef-steak es un plato tan inglés que conserva su nombre original en todos los idiomas. Se puede encargar en los cafés pero, como el “biftec” francés, no vale gran cosa.
”Los gauchos de la campaña se alimentan de carne: el pan es para ellos un lujo. Como no tienen hornos se ven obligados a asar la carne en estacas clavadas en el suelo. Me agradaría que hiciesen lo mismo en Buenos Aires: comería yo la carne entonces con más apetito. El verdadero “roast-beef” es el que aderezan los gauchos.
”La carne con cuero y el matambre son apreciados aquí por muchos (entre los cuales no me cuento).
”Me gustarían las salsas si no fuera por el horrendo ajo con que son aderezadas.”(10)
Hay más testimonios sobre el tema, pero creo que con lo expuesto es suficiente. ¿Hasta cuándo duró este gusto por la carne jugosa casi cruda? 
II La receta del churrasco
Los testimonios siguen, repitiendo los mismos tópicos. Head, el autor del epígrafe de este artículo, afirma en 1826 que los gauchos cuentan de asadores y que, en días de invierno, los llevaban al interior de sus ranchos(11). Lucio Mansilla, en 1867, da testimonio de otras técnicas, como del uso de rescoldos de leña para asar choclos que los indios ranqueles comían como guarnición de la carne asada(12). Georges Clemenceau insistía, en 1910, que hubiese querido “ensalzar sin restricciones el puchero y el asado, de los que ya he hablado anteriormente. Pero no podré hacerlo hasta que el argentino haya perdido la costumbre de entregar la carne al cocinero inmediatamente después de muerta, lo que exige un poder de masticación superior al que la debilidad europea puede facilitar”(13).
Pero hay un testimonio que no puede dejarnos ninguna duda acerca del punto en que los gauchos comían la carne asada, tópico central de estas reflexiones. En 1891, la escritora salteña Juana Manuela Gorriti publicó su célebre Cocina Ecléctica, se trata de una recopilación de recetas que solicitó a sus amigas, familiares y conocidas de toda la América del Sur. Una de ellas, Mercedes Torino de Pardo, de Buenos Aires, le envía la receta de churrascos. Vale la pena detenerse unos minutos y leerla:
Más de una vez he sonreído, oyendo dar este nombre a retazos de carne a medio asar en la plancha o en la parrilla, y servidos sangrientos, horripilantes.
El verdadero churrasco, bocado exquisito para el paladar, nutritivo para los estómagos débiles y de calidades maravillosas para los niños en dentición, helo aquí, cual hasta hoy lo saborean con fruición sus inventores, los que poseen el secreto de la preparación de la carne: los gauchos.
Se le corta cuadrilongo y con tres centímetros de grosor, en el solomo, o en el anca de buey o cordero. Se le limpia de pellejos, nervios y grasas; se le lava en agua fría, se le enjuga con esmero, se le da un ligerísimo sazonamiento de sal, se le golpea en la superficie con una mano de almirez, y se le extiende sobre una cama de brasas vivas, bien sopladas.
Al mismo tiempo de echar el churrasco al fuego, se hace al lado, otra cama de brasas vivas, en las que, cuando comiencen a palidecer los bordes del churrasco se le vuelve con presteza, y se le extiende del lado crudo, apresurándose a quitar del otro, las brasas a él adheridas: pues basta el corto tiempo de esta operación para que el churrasco esté a punto.
Este asado se sirve sin salsas, la que la quitaría el apetitoso sabor que le da el contacto inmediato del fuego.
Los niños en lactancia gustan con delicia la succión del sabroso jugo que con la lengua, los labios, y la presión de sus tiernos dientecitos, arrancan al churrasco.”(14)
He hecho la experiencia y estoy en condiciones de afirmar que asados de este modo, los churrascos quedan sellados, muy cocidos por fuera y extremadamente jugosos, casi crudos, por dentro.   
III Algunos registros del cambio
¿Cómo es, entonces, que ese gusto por la carne churrasqueada se transformó en el de la carne bien cocida? 
Ensayaré mis explicaciones en la segunda parte de estos escritos; pero ahora dejaré testimonio de un registro que encontré en donde parecen las primeras variaciones. Se trata de un relato que publicó Elías Carpena en 1982. Veamos el texto, que luego haremos una lectura  crítica sobre él:
El cuidador les previno urgencia a los reseros:
-Apuren, vamos, que en la cocina los aguarda el plato de locro y unos churrascos a la parrilla.
El cuidador de la casa vieja, le pidió al resero Florindo.
-Hágame el bien, resero, acérquese a lo de la china y vea si está necesitando algo; en tanto yo aso los churrascos y los choclos, porque me asusta esto de venir el perro de ella y pegar aquí los aullidos. Escuchen el aullar: ¿no parece un cristiano echando clamores? 
Choclos y churrascos se asaban de a poco. Enseguida estuvo de vuelta el resero con la seguridad de que la china se encontraba feliz, envuelta en un manto de humo de chamico para no ser atacada por los mosquitos. /.../.”
Se hacía de noche. En tanto los reseros y el cuidador cenaban unos churrascos y unos choclos asados. No había palabras, pero discurría en tristes soliloquios.”(15)        
Conocí a Elías Carpena en 1973 en la Escuela Normal de Profesores Nº 2 “Mariano Acosta”, era el bibliotecario. Luego, ya en el barrio de la ciudad que nos hacía paisanos, supe algo más de él. Por ejemplo, supe de su compromiso con el Museo Criollo de los Corrales y con la Junta de Estudios Históricos del Barrio de Mataderos. Su larga vida (1897-1986), dedicada a la literatura, culminó con su designación como académico de número de la Academia Argentina de Letras, ocupando el sillón “Juan Cruz Varela”, al que luego accedería mi maestro Ángel Mazei y, más recientemente, el gran estudioso Pedro Luis Barcia.
En 1972, escribió Cuentos de reseros que logró publicar 10 años más tarde. Sugiere, en el “Testimonio preliminar” de la obra, que los cuentos que conforman el volumen se basan en relatos que los mismos reseros proferían en momentos de descanso. Don Elías los habría recogido en sus andanzas juveniles como cantor y guitarrero en la Casa Vieja (Batlle y Ordóñez y Escalada, donde hoy se encuentra la Escuela de la Policía Federal) y en el bar Oviedo de Avenida de los Corrales y Lisandro de la Torre. Las referencias temporales son muy vagas; pero las circunstancias en que los reseros relataban sus cuentos, los ubican entre los años 1910 y 1940. 
Los textos trascritos refieren a las circunstancias en que los reseros se dedicaban al descanso en la Casa Vieja y eran alimentados por el cuidador (el negro Venancio Palomeque). Lo que no he podido dilucidar es cuánto habrá influido en la memoria del autor la experiencia personal acumulada a través de muchos años de vida. Don Elías centra su atención sobre el recuerdo de las anécdotas referidas cincuenta años atrás por aquellos esforzados trabajadores. En esos relatos, la comida que preparaba Palomeque aparece como un dato de color, como un simple adjetivo. De modo que no podemos afirmar la precisión de ese recuerdo.
Con todo, me parece que esa carne cocida con morosidad sobre una parrilla es un testimonio aceptable sobre los cambios operados obre la manera de hacer los asados; tanto como la diferencia que hay, en materia de vínculo laboral, entre los reseros de fines del siglo XIX y principios del XX y los gauderios que viera, en Montevideo, Concolorcorvo a fines del XVIII. De modo que los cambios parecen producirse entre el último tercio del siglo XIX y el primero del XX. Una reflexión adicional permitiría conjeturarlo. Bien puede explicarse el énfasis de Mercedes Torino por señalar la ortodoxia de la receta que publicará Juana Manuela Gorriti, por el hecho de estar dando testimonio de una práctica en franca retirada en la preferencia de los trabajadores rurales. 

¿Son el gaucho nómade que se ha transformado trabajador rural, el uso de la parrilla, la mejora en la calidad de las carnes y la racionalidad de los cortes, algunas de las variables que explican la transformación en el gusto socialmente constituido? ¿Qué lugar tuvo en este cambio la creación del Estado moderno a partir del pensamiento de la Generación del Ochenta y la presencia de grandes contingentes de inmigrantes europeos? Intentaré alguna explicación en la Segunda Parte de estas notas.

Notas y Bibliografía: 
(1) 1926, Head, F. B., Las Pampas y Los Andes, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, pag. 39.
(2) 1729, Cataneo, Cayetano, Cartas publicadas en Moratori, Luis Antonio, Chistianesimo Felice, traducción al castellano por Estrada, José Manuel, por la Revista de Buenos Aires, Año IV, N° 43, t. XI. En 1959, Busaniche, José Luis, Estampas del pasado, lecturas de historia argentina, Buenos Aires, Hyspamérica, pp. 67-71.
(3) 1729, Carta del Padre Gervasoni al señor Angelino Gervasoni, su hermano, en Revista de Buenos Aires, Tomo X. En Busaniche, José Luis, Op. Cit., pp. 130.
(4) Leído en http://lema.rae.es/drae/?val=churrascado el 21 de junio de 2015.
(5) 1773, Concolorcorvo, El lazarillo de ciegos caminantes desde Buenos Aires hasta Lima, Editorial de la Junta de Historia y Numismática, Buenos Aires, 1908, en 1959, Busaniche, José Luis, Estampas del pasado, lecturas de historia argentina, Buenos Aires, Hyspamérica, pp. 138-139.
(6) Ídem.
(7) Hay alguna contradicción en el texto. Ubica los hechos en Montevideo en diciembre de 1806. El relato está a cargo de un soldado que participó de la toma de Montevideo en la retaguardia de las tropas británicas. Sin embargo, la toma de esa ciudad por los ingleses ocurrió en febrero de 1807. Precisamente, en ese momento, los integrantes del Regimiento 71 que habían tomado Buenos Aires en 1806, se encontraban prisioneros. Busaniche transcribe el texto, expone la cita; pero no aclara estos puntos. Especulo que los hechos que relata son de 1807 y que el autor no perteneció al Regimiento 71 de Glasgow. Con todo, estas inconsistencias no resultan significativas en la materia que aquí se trata.
(8) s/d, Anónimo, “Diario de un soldado del Regimiento 71, de Glasgow”, Traducción de Rubio Egusquiza, Carlos, en Revista de la Sociedad de Amigos de la Arqueología. t. III, Montevideo, 1929 en 1959, Busaniche, José Luis, Estampas del pasado, lecturas de historia argentina, Buenos Aires, Hyspamérica, pp. 111.
(9) 1818, Gillespie, Alexander, Buenos Aires y el interior, Hyspamérica, 1986, pp. 106, 122.
(10)  1825, Un Inglés, Cinco años en Buenos Aires, 1820-1825, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986,  pp. 93-94, 95.
(11) 1926, Head, F. B., Las Pampas y Los Andes, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, pp. 18-19.
(12) Mansilla; Lucio V.; Una Excursión a los Indios Ranqueles; cap. XXXV, 3° edición, Juan A. Alsina editor, Buenos Aires, 1890, leído el 10 de setiembre de 2011 en Proyecto Biblioteca Digital Argentina, http://www.biblioteca.clarin.com/pbda/cronicas/ranqueles/ranqueles_35.html)
(13) 1986, Clemenceau, Georges, Notas de Viaje por América del Sur, Buenos Aires, Hyspamérica, traducido por Miguel Ruiz, pag. 140.
(14) 1890, Gorriti, Juana Manuela, Cocina ecléctica, Buenos Aires, Félix Lajouane Editor (Librairie Générale), 1890. leído en  http://www.biblioteca.clarin.com/pbda/miscelanea/cocina_eclectica/cocina_00indice.htm, el 4 de noviembre de 2011
(15) 1982, Carpena, Elías, Cuentos de reseros, Buenos Aires, Plus Ultra pp. 39-40, 50, 115.