sábado, 16 de julio de 2016

Roma eterna, como el fuego y la tierra



18 a 22 de octubre de 2015
I Sobre las expectativas y la Ciudad Eterna
Tal vez porque… peor, en realidad… Es que cuando uno se forma una expectativa excesiva de un lugar, es casi seguro que no logra el deslumbramiento esperado en el primer contacto. En el sentido inverso, noches atrás habíamos recorrido las calles del centro de Catania navegando en una suerte de ensoñación. Lo cierto es que todo fue llegar a Roma, instalarnos en el hotel y andar las calles que me conducían al Coliseo con la premura de quien busca acceder a la cumbre; pero ocurrió lo inesperado, no me deslumbró… Sí, el Coliseo no me deslumbró.
Las imágenes pertencen al autor
A ver, paremos un poco. Como estoy escribiendo esto mucho después de irnos de Roma, quiero anticipar primero una idea de lo que me pareció la ciudad, para poner en lugar exacto esa primera impresión que, por otra parte, no era compartida por Haydée en lo absoluto. Roma es una ciudad fantástica en más de un sentido, pero me limitaré a señalar sólo uno: esta capital dista mucho de ser una simple monumentalidad muerta (como, en cierto sentido, me pareció Toledo), sus calles están tan llenas de la vida de hoy, y de un estilo peculiar de vivirla, que esos monumentos parecen jalones de un camino en el que se ha formado el carácter romano. Prevenido sobre el insoportable caos de tránsito y la explosiva y espontánea expresividad de los romanos, debo reconocer que sí me deslumbró encontrarme con una ciudad apacible, con ciudadanos sensibles a los requerimientos de los visitantes y un tránsito más que razonablemente ordenado.
Pero esa tarde de domingo, el Coliseo no logró hacer vibrar mis cuerdas interiores en lo más mínimo. Tal vez porque era domingo y las atracciones de la Domus Aurea, por ejemplo, y el Coliseo mismo estaban inaccesibles al público. Tal vez porque estábamos cansados. Tal vez porque hay una importante obra de restauración del edificio que se está ejecutando en estos momentos.
De modo que decidí tomarme las cosas con calma. Cinco días iba a ser poco para ver Roma en profundidad y, si persistía en la talla inicial de mi expectativa, correría el severo riesgo de no quedarme con nada después de pasar por la ciudad. En ese momento, me propuse vivir Roma, como si no fuera Roma… les confieso que resultó.
II Por el centro de Roma
Aplaqué mis ansiedades y pude disfrutar de nuestro periplo por el centro de la urbe. Lo clásico: Piazza della Reppublica, Basílica de Santa María de los Ángeles y de los Mártires, Piazza di Spagna, Piazza Navona, El Pantheon y Fontana di Trevi.
No voy a describir lo ya conocido, sino a dar unas pocas impresiones: En el centro de la ciudad hay un paisaje urbano homogéneo bastante ecléctico de construcciones barrocas, neoclásica, románticas. El tránsito es un poco ruidoso en las grandes vías, pero muy calmo en el resto. Los comercios suponen modestas intervenciones sobre las fachadas que no solucionan esa homogeneidad propia de Roma. Apenas se distinguen sin marquesinas y decoraciones estridentes. Digo, para poner un ejemplo, hay varios negocios de McDonald’s, pero uno no los ve a simple vista; para encontrarlos hay que seguir pequeños carteles que los anuncian. Roma es una ciudad apacible donde el sentido de la vista no se irrita.
Tal vez se entienda mejor con un caso. He querido encontrar cierta afinidad entre Piazza Navona y la Plaza Mayor de Madrid; pero no me fue posible. Las terrazas de los restaurantes en Piazza Navona no avanzan de manera indecorosa sobre el espacio de tránsito del público, sus adyacencias no se encuentran infestadas de negocios con chucherías para turistas. Piazza Navona en un lugar que invita a demorarse en un recorrido amable, aunque el trajín de los visitantes la colme de calurosas premuras.
En fin, Roma es una ciudad tan bella como italiana. La vida se vive con ese dramatismo juguetón que caracteriza a los pueblos de la península. La Fontana di Trevi estaba rodeada por una empalizada vidriada, le están efectuando reparaciones. Todo normal en una ciudad que cuida su patrimonio, excepto por la excesiva cantidad de trabajadores que se ven en la zona. Pensado racionalmente no podrían operar todos junto en el área reservada para ello. Su presencia se parece más a una troupe de figurantes que acompañan el desfile de Radamés en Aída, o el final del segundo acto de La Boheme, que una cuadrilla de delicados curadores.
Esa recorrida me reconcilió con Roma… sólo extrañé no haberme encontrado con el fantasma de Anita Ekberg.
III La monumentalidad clásica
Los ritmos de nuestra estadía en esta ciudad que juzgo tan eterna como el fuego y la tierra, fueron, por fortuna, cambiantes en intensidad e intereses. Hubo el día en que quisimos absorber toda la información que pudiéramos de los repositorios arqueológicos que se conservan de manera desigual en cada esquina.
Nuestra pretensión era vana, claro está, tener un conocimiento acabado de Roma con la inconmensurable información disponible era un sueño imposible. Además llevábamos ya otras experiencias en las que el cansancio agotó nuestra capacidad de recibir más información. Sabíamos, además, que los primeros sitios que viéramos cada jornada nos iban a impactar más que los últimos. Pero de todas maneras fuimos a buscar lo imposible con la anticipada sensación de que lo mejor estaría más en aquello que pudiéramos ver en una impresión sensible que en lo que estuviera al alcance de un intento de comprensión erudita.
De ese modo, nos habían impresionado, en la jornada anterior, la belleza eternamente renacentista de la Basílica de Santa María de los Ángeles y de los Mártires que encierra joyas del arte actual sin que una sola idea colocada por Miguel Ángel pudiera conmoverse. Hoy nos tocaba empezar por Trajano, por su Mercado, su Foro y su Columna.
El conjunto es impactante y asible porque es homogéneo y está referido a un período claramente delimitado en el tiempo (Trajano ejerció el imperio sobre Roma en los primeros años del Siglo II de nuestra era). Esa circunstancia y la fresca sensación de la mañana hicieron del edificio del Mercado un objeto sumamente atractivo a nuestra atención. Estar en un centro comercial del Siglo II nos invitó a imaginar que, en aquellos años, Roma debió ser una sociedad consumista importante. La idea se refuerza, si pensamos que el Coliseo que también poseía una gran cantidad de comercios, ya existía cuando comenzó la construcción del Mercado.
El conjunto está muy bien conservado y la restauración pareciera ser, en la modesta percepción de este neófito, bastante respetuosa. Es fácil imaginar lo que falta esas paredes de ladrillos: el tapizadas de mármoles suntuosos. Desde una balconada interna, pueden verse los restos del Foro, sin mayor intervención que el despeje de los restos de las áreas construidas, y la Columna. Veo este monumento como la expresión fálica de un hombre poderoso, tanto por su forma como por el relato de su vida expuesto en el muy conocido bajo relieve con forma de espiral que lo recubre. Estábamos viendo algo familiar, algo que se conoce desde antes de estar en Roma y, sin embargo, es impactante, incluso para Haydée que ya había recorrido ese sitio en otra oportunidad. Se me ocurrieron algunas metáforas, entre risueñas y procaces, cuando observé que la punta de la torre había sido reemplazada por una imagen de San Pedro.
Luego del Mercado hicimos una larga caminata que nos llevó a recorrer la Via de i Fori Imperiali, la Plaza del Campidoglio, el Altar de la Patria, para regresar a la Via de i Fori Imperiali, buscando el acceso al Foro Romano. Andando por esta avenida se ve el Coliseo en todo su esplendor… y yo no quise ni imaginarme entonces qué es lo que fue destruido para construir la calle moderna.
El contraste del Foro Romano que se despliega al pie del Palatino con el área de las construcciones de Trajano es evidente. El Foro carece de homogeneidad, dos mil años de construcciones y reconstrucciones acumuladas en edificios que tienen diversos grados de conservación y restauración. Dos horas de recorrido apenas si nos dejan una imagen pobre de los dramas humanos que allí se vivieron. Tengo vivo el recuerdo del Arco de Septimio Severo, las columnas supérstites (si se me permite el abuso de animismo) del templo de Saturno, la reconstrucción de la planta de la Casa de las Vestales… pero lo demás se me ha perdido de la memoria, salvo la imagen de una columna conmemorativa, solitaria y ajena al conjunto, que hizo construir Justiniano en el Siglo VII y el Templo de Antonino y Faustina que fuera convertido en una iglesia que exhibe un remate enteramente barroco en la fachada. Disfruté mucho de esa caminata y me recomiendo volver con más lecturas previas y la previsión de recorridos parciales precisos.
Finalmente decidimos almorzar y darle la revancha al Coliseo. Volvíamos al espacio homogéneo cuando ingresamos en él, un edificio único y bastante bien conservado. Pero siguió sin gustarme. Veo una reconstrucción en marcha que quién sabe a dónde llevará, veo un conjunto que me resulta ininteligible (v. g., la construcción originaria parece ser de ladrillos revestidos con piedras y, sin embargo, veo piedras en la parte superior de las tribunas), veo negocios de venta de chucherías para turistas en sus pasillos interiores.

Ahora que escribo estas notas creo tener una idea de por qué no me gustó. Cuando recorrimos el Mercado de Trajano había una exposición de indumentaria contemporánea que a Haydée le encantó. Yo disfruté de esa intervención soportada sobre el buen gusto que reina hoy en Italia. El Mercado ha sido restaurado más recientemente que la última intervención sobre el Coliseo y admite estas intervenciones sin que su valor patrimonial se vea cuestionado… Tal vez, la que está en marcha, esté pensada de manera que ocurra lo mismo con el Coliseo ¿quién te dice, no?
Me fui del edificio prometiéndome volver, si tuviera la oportunidad. Pero para ello deben ocurrir dos cosas: el gobierno, terminar las obras en marcha y yo, ir preparado con lecturas previas acerca de la estructura y las condiciones funcionales del edificio.
Con esas venturas y desventuras de viajero inquieto, esa misma noche, terminé reconociendo que Roma es Roma y que, cuando estás en ella, no tenés que pensar demasiado en el próximo viaje y tenés que disfrutar de lo que viví en ella sin sentimiento de pérdida o frustración. Esa misma noche, tuvimos un digno espectáculo en el que la ciudad mostró su extraordinaria vitalidad latina.
Parábamos en el B&B Bacci de Roma sobre la Via di Porta Maggiore a media cuadra de la Viale Manzoni. Solíamos cenar sobre esta última porque en ella se deplegaba una suerte de polo gastronómico muy interesante (en otro artículo lo describo). Esa noche, después de intensas caminatas, intentamos relajarnos comiendo algo en el Ristorante Padellacio 2. Nos sorprendió la gran cantidad de público que había. Nos sorprendió también que casi no había turistas. Hasta que vi por la tele que un par de equipos entraban en una cancha de fútbol y pude comprender. Era un partido por la Champion Lige que transmitían en directo desde Munich. Sí, jugaba el Bayern Leverkusen contra… ni más ni menos que La Roma.
No había turistas, sino vecinos del barrio que fueron a ver el partido allí, todos tifosi de La Roma, bueno, eso creo… si había alguno de La Lazio, bien calladito que estaba. Entonces le dije Haydée que disfrutáramos del espectáculo, que Roma era una ciudad bellísima, que ofrece muchas cosas de interés sin necesidad de tener que andar siempre con un libro de historia bajo el brazo. Esa noche comimos con felicidad, aunque no fuera el mejor restaurante de la ciudad.
IV Más allá del Tíber
Hubo un día en que quisimos andar relajados por la Roma que se extiende del otro lado del río. Andar sin almanaque en la cabeza nos ayudó bastante. Era miércoles y no recordábamos nada de lo que allí ocurría los miércoles… sólo queríamos recorrer el Vaticano y el Trastevere con la condición de no hacer ninguna cola para entrar en ningún sitio.
Llegamos al Vaticano y no pudimos entrar en la plaza porque estaba cerrada. Tampoco pudimos enterarnos inmediatamente del porqué (lo único desagradable en Italia es la actitud de los uniformados). Luego supimos que ese es el día, como todos los miércoles, estaba reservado para las audiencias públicas del Papa. Como carecíamos de reservas, seguimos nuestro camino disfrutando de la bella Via de la Consiliazione y, como había cola para acceder al Castel Sant’Angelo, aunque no era demasiado larga, también seguimos de largo.
Disfrutamos, entonces de una bella y apacible caminata por el Trastevere. Almorzamos en un excelente restaurante. En rigor, el restaurante no era nada del otro mundo, pero la simpatía del Maestro de Sala nos ganó de entrada y disfrutamos de una buena mesa. En Roma, rápidamente se adquiere la sensación de que es imposible comer mal en algún restaurante, en unos mejor que en otros, pero nunca mal. La cocina romana es sencilla y, por ello, de ejecución difícil. Sin embargo, los cocineros se las ingenian para salir siempre airosos. Volvimos caminado a nuestro B&B, cruzando el río por la Isola Tiberina, bella y apacible, y andando, en un pequeño rodeo, por la Via del Circo Massimo hasta llegar a la estación de subte.
Roma nos había dado tanto en estos días que decidimos cenar la última noche de nuestra estadía en la ya conocida, por nosotros, claro está, Taverna Italiana sobre la Viale Alessandro Manzoni.
V Últimas imágenes vividas en una ciudad apacible
Dedicamos nuestras últimas horas en Roma a una apacible caminata por la Colina Palatina. No sé por qué, o tal vez sí, la música de Ottorino Respighi vibraba entre mis sentimientos como inevitable telón de fondo.
El conjunto arqueológico vuelve a mostrarse heterogéneo y abigarrado como en el Foro Romano. Sin embargo, los parques que se insinúan entre los distintos componentes, permiten una recorrida apacible... o será que tal vez ya estamos amoldados a esta ciudad y preferimos recorrerla con la única guía de los sentidos, dejando la mente en divagante suspensión. Con todo, de tanto en tanto, alguna construcción nos llamaba la atención y leíamos las infografías.
El día acompañaba, se parecía a unos de esos días perfectos del otoño de Buenos Aires… y nosotros comenzábamos a disfrutar de todo lo que Roma nos ha dado en estos días… de todo lo que Italia nos ha dado en estos días. Nos vamos a Francia con la mente henchida de recuerdos italianos y el alma vibrando como una sinfonía.

sábado, 9 de julio de 2016

Hoteles y Cafés en Buenos Aires (1825)



El libro Cinco Años en Buenos Aires, 1820-1825 fue publicado en Londres en 1825. Su autor usó el seudónimo “An Englishman”, creando una incógnita que no había sido despejada cuando se editó el ejemplar de referencia(1). El editor informa que Paul Groussac y otros autores sostienen que se trató de Thomas George Love, fundador del semanario porteño British Packet(2).  
Hoteles
“Hay dos hoteles ingleses en Buenos Aires: el Faunch y el de Keen. El primero es excelente; se sirven muy buenas cenas en nuestras fiestas patrias -San Jorge y San Andrés- además de numerosas comidas privadas a ingleses, norteamericanos, criollos, etc. Está situado cerca del Fuerte. Faunch, el propietario, y su mujer, han tenido una vasta experiencia de su profesión en Londres; al punto de que no creo que se coma allá mucho mejor. El cumpleaños de Su Majestad Británica es celebrado con gran brillo: el local se adorna con banderas de diversas naciones y hay cantos y músicas. De setenta a ochenta personas participan en la fiesta; entre ellas se hallan siempre los ministros del país, especialmente invitados. Ese día el gobierno retribuye el cumplimiento haciendo izar la bandera inglesa en el Fuerte.
”Una viuda norteamericana, Mrs. Thorn, tiene a su cargo otro hotel muy concurrido por sus compatriotas.
”En los hoteles mencionados cobran cuarenta pesos mensuales por alojante y pensión y se hace rebaja a quienes desean quedarse por cierto tiempo. Una comida, incluyendo el vino, cuesta un peso; el desayuno, el té o la cena oscilan entre dos y cuatro reales; la cama por la noche cuesta cuatro reales. /.../
”/.../.
”A unas cuatro millas de la ciudad se encuentra una posada llamada “El Hotel de York”, propiedad de un nativo. Los contramaestres criollos y gentes de a bordo suelen llegar allí en caballos alquilados a razón de un peso la tarde; y tan habituados están los animales al trayecto que difícilmente se logra llevarlos más lejos.
”/.../.
”/.../. Muchos ingleses que llegan al país por primera vez paran en casas de familias criollas con el propósito de aprender el idioma; el precio es el de siempre (cuarenta pesos mensuales). Las casas de las señoras Casamayor y Rubio aceptan pensionistas; estas familias son altamente respetables y las niñas muy atractivas y de trato amable, pero la cocina española, con sus grasas y su ajo, disgusta tanto a paladares ingleses como franceses.”(3)
Casa de comidas
“/.../. En el puerto cerca del Fuerte, hay una casa de comidas llamada “Hotel Comercial”. El dueño es español, pero la mayor parte de los sirvientes y camareros son franceses: hay también un mucamo inglés. Se come bien allí por el mismo precio que en otros sitios. El comedor, grande y arreglado con gusto, tiene capacidad para ochenta personas. Cuelgan de las paredes cuadros que representan la batalla de Alejandría, el asalto de Seringapatán, retratos de Bertrand, Drouet, Foy, etc., así como vista de París y de otras ciudades.”(4)
Cafés
“El “Café de la Victoria”, en Buenos Aires, es espléndido y no tenemos en Londres nada parecido; aunque quizás sea inferior a “Mille Colonnes” y otros cafés parisinos. Dignos de mención son el “San Marcos”, el “Catalán” y el “Café de Martín”. Todos ellos tienen patios tan amplios como no podría darse en Londres, donde el terreno es tan caro. En verano están estos patios cubiertos de toldos, ofreciendo un placentero refugio contra el calor del sol y tienen aljibes con agua potable. Nunca falta en estos cafés una mesa de billar siempre concurrida -juego muy apreciado por los criollos- y las mesas están siempre rodeadas de gente. Las paredes de los salones están cubiertas de vistoso papel francés con escenas de la India o Tahití, y también episodios de Don Quijote y de la historia greco-romana.
”En diciembre de 1824 fue inaugurado un nuevo café cerca de la iglesia de San Miguel. La música, iluminaciones y fuegos de artificios frenet al edificio, en la noche de la apertura, atrajeron mucho público.
”/.../.
”Los precios de los cafés son muy moderados: un vaso de licor o brandy o cualquier bebida, té, café, y pan importan medio real; con brindis, un real. Los mozos no esperan propina, como en Inglaterra, un “maitre” dirige el servicio en el establecimiento.
”En el arreglo y la decoración de los cafés nos superan franceses y españoles. En efecto: no somos hombres de pasar el tiempo en esos lugares. Ese tiempo transcurre para el inglés en medio de su familia o mientras está dedicado a los negocios./.../.”(5)
Notas y Bibliografía: 
(1) 1825, Un Inglés, Cinco años en Buenos Aires, 1820-1825, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986.
(3) 1825, ídem, pp. 20-22.
(4) 1825, ídem, pp. 20.
(5) 1825, ídem, pp. 21-22.

El habito del mate en Buenos Aires (1825)



El libro Cinco Años en Buenos Aires, 1820-1825 fue publicado en Londres en 1825. Su autor usó el seudónimo “An Englishman”, creando una incógnita que no había sido despejada cuando se editó el ejemplar de referencia(1). El editor sostiene que Paul Groussac y otros autores sostienen que se trató de Thomas George Love, fundador del semanario porteño British Packet(2).  

El mate en Buenos Aires
“La planta llamada “yerba”, que crece en el Paraguay y en el Brasil, es el té de Buenos Aires. Lo sirven en un pequeño globo al que aplican un tubito. Tanto el recipiente como la bebida recibe el nombre de “mate”. Los mates son generalmente de plata y se pasan de mano en mano en las reuniones -práctica no muy limpia-. Cuando vi por primera vez la bombilla en la boca de las damas supuse que estaban fumando. El sabor del mate no es desagradable, pero no puede compararse con el del té. Se dice que hace mal a los dientes. Recuerda su aspecto a la pipa de tabaco, lo cual me hace mirarlo con desagrado en manos de las señoras.”(3)
Notas y Bibliografía: 
(1) 1825, Un Inglés, Cinco años en Buenos Aires, 1820-1825, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986.
(2) 1825, ídem, contra tapa.
(3) 1825, ídem, pp. 71-72.

sábado, 2 de julio de 2016

Mi experiencia con la gastronomía en Italia Parte II: Sicilia




No creo que sea lícito hablar de la esencia de algo que se ha constituido socialmente a lo largo del tiempo. Parafraseano a Elisabet Checa(1), creo que la cocina siciliana, como cualquier tradición culinaria, es más una existencia en constante evolución que una esencia. Pero he crecido en una escuela positivista con vocación de retratar un momento como si ocurrieran dos cosas que en realidad no ocurre: que la foto registre la realidad, que ese instante sea el definitivo.

Las imágenes pertenecen al autor 
De modo que intenté hacerme una idea bastante completa de la tradición culinaria de la isla a través de mi recopilación de las recetas de Susana e Ignacio Migliore, de un recetario de cocina siciliana que compré en Taormina, de la frecuencia de comidas en restaurantes y confiterías en Modica y las Magna Grecia catanesa, de las charlas con las personas que conocí y de estas recetas que Rosanna Contessa me envió a casa después de terminado el viaje.

¿El resultado? Sólo logré asomarme por la ventana a esta tradición culinaria y atisbar una serie de productos, el uso de determinados saborizadores y un puñado de ideas gastronómicas donde se notan las múltiples influencias que la isla recibió a través de milenios, desde la pasta llevada por los sarracenos hasta el chocolate y las empandas llevadas por los aragoneses.

IV La restauración en la Magna Grecia catanesa

Era tarde, las primeras horas de la noche, cuando terminamos de instalarnos en el hotel de Catania. Queríamos tomar algo y comer un poco en una ciudad que desconocíamos. Deseaba una cerveza bien fría y, tal vez, explorar la pizza local, con el prejuicio de que la influencia napolitana habría llegado hasta allí de una manera más interesante que la que ofrece la mediocre pizza veneciana. Pero estaba contrariando porque Rosanna Contessa, la administradora del B&B en que parábamos nos había advertido que no encontraríamos pizza napolitana en Catania, que sólo encontraríamos buena pizza siciliana.

Lo cierto es que estábamos cansados y salimos dispuestos a comer y tomar algo sin demasiada expectativa… y Catania nos dio la primera sorpresa: la comida siciliana al paso que se sirve en los bares. Les cuento, nos dirigimos al centro de la ciudad, atravesamos el mercado de los pescadores de la Piazza Pardo. Los trabajadores estaban concluyendo la tarea diaria con la limpieza. El lugar estaba rodeado de pequeños restaurantes que me hicieron acordar a las viejas cantinas de la Boca o del Abasto de hace cuarenta o cincuenta años. No nos atrajo la idea de entrar en alguno de ellos porque era muy temprano.

Comenzamos a caminar por la Via Cardinale Dusmet buscando el acceso al centro de la ciudad. A poco de andar dimos con lo que parecía un bar con el estilo de las glamorosas confiterías de mediados del siglo XX. Sí, efectivamente manifestaba ese estilo ya desde el nombre: Etoile d’Or. Mesas en la vereda, dos salones no demasiado amplios y un mostrador imponente en el centro, flanqueado por dos vitrinas exhibidoras. La de izquierda exponía las preparaciones dulces, en un arco que iba desde la más fina patiserie francesa hasta la más pura pastelería siciliana. La de la derecha, toda una serie de preparaciones saladas de estricta identidad local: Arancini, Panate sicilianas, Pizzas, Catuchetos, etc.

Nos sentamos en esta pasticceria a disfrutar de una cerveza. Yo comí un bollo que en ese lugar denominaban Siciliane. Me atrapó desde el primer bocado. Consistía en una empanda más grande que las nuestras cuya masa estaba hecha con un pasta similar a la de los buñuelos y rellena de queso y anchoas en salazón.

Etoile D’Or nos sumergió en una cocina al paso contundente, atractiva, intensamente gustosa, en la que la influencia aragonesa se hace sentir como un tenue y persistente telón de fondo. Pude repetir al día siguiente, cuando decidimos almorzar algo liviano en el bar Viola en Ortygia. Un pequeño local modernoso ubicado en el Corso Giaccomo Matteotti en la entrada de ese barrio de Siracusa. Pude enterarme después que el establecimiento es famoso por el café; pero nos atrajo por la posibilidad que nos daba de comer algo liviano… ¿Liviano? Pedí un sándwich (la ambientación del local daba para ello); pero me dijeron que no había, que sólo ofrecían comida siciliana. Me tuve que conformar con un Arancino y con una Panata de jamón y queso… ¿Conformar? Me fui feliz con unos cuantos gramos de más que perdí en la intensa caminata por el centro de la ciudad.

En cuanto a la restauración quiero destacar que comimos muy bien en U Fucularu en Catania y el restaurante El Cíclope de Taormina.

En el primero, comí una milanesa hecha con carne de caballo (“Cavallo panato” rezaba el menú) acompañado por una ensalada de hinojos, gajos de naranja pelados en vivo, queso semiduro (parecido a nuestros quesos de campo) y miel (denominada “Ensalada catanesa” en el establecimiento). Haydée comió unos involtini de carne de ternera rellenos con jamón cocido ahumado y ricota. Acompañamos nuestra ingesta con un potente Nero D’Avola, un vino local excelente.

En El Cíclope, me di el gusto de comer una Caponata. Estaba deliciosa, pero la esperaba un poco más ácida. No pude opinar sobre ello en ese momento porque no tenía un término de comparación como sí me ocurrió con las Sarde in saor de Venecia. Sin embargo, la receta que luego me envió Rosanna Contessa habla de un plato agridulce (las instrucciones de la receta misma no permiten otra cosa). De modo que, otra vez, en un área en donde todo está dispuesto para el turismo, el azúcar volvió a dominar la escena.

V Módica señorial scaccia y chocolate

No fue sencillo encontrar buena Scaccia modicana en Modica. El Piccolo Bar de don Angelo Di Martino figuraba en la Internet como el lugar adecuado para disfrutar de la cocina típica de esa ciudad, pero de la Scaccia (un pan achatado y relleno, originario de Modica) nada decía. Pedimos referencias acerca de dónde comerla y seguimos la pesquisa hasta encontrar que las referencias coincidían con el establecimiento de don Angelo.


El Piccolo Bar es realmente pequeño y se ubica, casi escondido, en un rincón de la Piazza Matteotti. La Scaccia que nos ofreció don Angelo era muy buena (la preparaba personalmente su mujer a quien conocimos, por supuesto). Comí una de tomate y cebolla y otra de perejil y cebolla. Estaban muy buenas, pero ninguna superaba el gusto de las de Susana, la suegra de mi hermano quien, invariablemente, las preparaba para las fiestas navideñas en Buenos Aires. 

Esa apreciación era, desde luego, el resultado de la confluencia de un sinnúmero de emociones personales. Estaba en Modica disfrutando de un momento irrepetible. La conversación con don Angelo fue animada e intensa. Me habló de sus parientes en Argentina, sin poder comprender la dimensión de Buenos Aires. Me trajo una pequeña cazuela y me dijo “pruebe esto, son Fave modicanas”. Era una sopa espesa de porotos, contundente, deliciosa que inmediatamente me evocó a España. Por Ana María, la prima de mi cuñada, supe que el Piccolo Bar era el lugar indicado para probar ese manjar, de las Scaccias hablo, claro está.


En casa de Ana María probamos el famoso chocolate modicano. Es una delicia que nos se puede soslayar en un viaje por Italia. Según rezaba un cartel, en Modica, el chocolate se prepara siguiendo viejas recetas de los aztecas traídas por los conquistadores… pensé en la ambigüedad de la frase que parece afirmar que los mismos que conquistaron América, a su vez conquistaron también Sicilia. Entre los chocolates, es increíble una variedad que lleva peperoncinos. Uno se pone un trozo en la boca y lo disfruta como una de los mejores chocolates sin azúcar del mundo y, luego, sobre el final, aparece el delicioso picor del peperoncino… verdaderamente único.

VI Algunas características de la cocina siciliana

Si tuviera que describir la cocina siciliana diría que es un lugar de encuentro de múltiples influencias en donde la identidad mediterránea es indudable y la presencia aragonesa y medio oriental es llamativa.

En los productos, destacan las berenjenas, la pasta, las aceitunas y su aceite mágico, la pesca y los tomates. En los alíenos, sobresale el ajo y el perejil, las más de las veces combinados entre sí, y, en segundo lugar, otros condimentos típicos como la albahaca y los peperocinos. La comida siciliana, a diferencia de la de la Italia alpina, es picante, aunque no tanto como la calabresa.

Desde que pisé la Piazza Pardo soñaba con recorrer el mercado de peces de Catania. Fuimos una mañana. Me apasiona el clima pintoresco de los mercados: disfrutar del paisaje de aromas y colores, de voces altas y miradas pícaras e inquietas y distinguir los productos propios de cada mercado, de cada lugar.

Esta no fue la excepción. Es indudable que el pescado fresco reina en este rincón de Catania que está precisamente a metros del puerto de los pescadores. Pero también se ofrecen productos foráneos que completan la demanda de consumidores globalizados. Me llamó la atención la profusión de ostras y langostinos. Con todo, el puesto que atrajo mi atención fue el que ofrecía aceitunas en los más diversos estados (frescas, curadas en salmuera, condimentadas, etc.). Me llevé una bolsa de aceitunas verdes scacciatas: la presencia de la vecina Calabria estaba allí mismo, en la mesada de ese puesto. Las disfruté a rabiar. Voy a extrañarlas como el Nero D’Abola, las Panatte y los Arancini.

Notas y Bibliografía: 
(1) 2012, Checa, Elisabeth, Los buenos vinos argentinos, edición 2013, Buenos Aires, Vocación, pag. 6.