sábado, 17 de enero de 2015

Receta de Ropa vieja del “Cuchi” Leguizamón

Esta receta es interesante porque, desde la definición que connota su denominación, es posible imaginar una gran cantidad de platos muy diferentes entre sí. Bueno, esto era así para mí porque hasta los veinte años jamás había escuchado hablar de este plato debido a que no estaba en el repertorio de la culinaria familiar. De modo que, cuando empecé a familiarizarme con el término, siempre pensé en un plato cualquiera que tuviera como base las sobras de las comidas del día anterior.  
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Claro que, con el tiempo, advertí que había una preparación específica en la cocina cubana que llevaba este nombre. Pero no podía reconocer un plato específico en la cocina argentina que fuera medio pariente de ese. 
Referencia de la imagen en (4)
Fue con el libro de Juan Carlos Martelli sobre la cocina criolla que comencé a barruntar la identidad de esta preparación. El autor publica dos recetas que merecen comentarios diversos del “Cuchi” Leguizamón. La primera es un plato que Leguizamón reconoce como tal, pero que en la cocina de su madre ofrecía variantes de interés. La segunda es una receta del Cuchi, pero que él mismo se niega a denominar ropa vieja, sostiene que su denominación es asado a la olla.
¿En qué difieren estas recetas? En que una se hace con carne cruda, es decir, se parte de cero y en la otra, se usa la carne de las sobras. Si se recorren los recetarios argentinos veremos versiones de ambos platos. En el segundo caso la carne puede provenir de un puchero o de un asado. Pero vayamos a lo más jugoso de este artículo, las recetas que publica Martelli  y los comentarios de don Gustavo Leguizamón.      
Ropa vieja
Fuente (fecha)
Juan Carlos Martelli y Gustavo Leguizamón (2014)(1).
Ingredientes
1kg de lomo cortado en daditos.
2 tazas de vinagre mezclada con vino.
1 cebolla.
2 cucharadas de aceite.
1 vaso de vino tinto.
Sal.
Pimienta.
Pimentón.
Ají.
1 diente de ajo picado.
Preparación
1.- Se impregna la carne con la sal, la pimienta, el pimentón, se cubre con el vino y el vinagre y se añaden el ají y el ajo cortado.
2.- Se deja reposar por tres horas.
3.- Pasado ese tiempo, se calienta el aceite y se dora en él la cebolla cortada en tajadas muy finas.
4.- Se saca la carne del adobo y se sella en las cebollas revolviéndola para que se cueza rápidamente por todas partes.
5.- Se baja el fuego al mínimo, se hecha el vaso de vino tinto y se deja cocer hasta que esté tierna.
6.- Es ideal para acompañar con papas hervidas, purés diversos o arroz blanco.  
Comentarios
De Gustavo Leguizamón:
1.- “mi mamá era buena cocinera. Por la mañana salía todos los días para ir a misa. Antes de ir a la iglesia, con las dos chinitas, cortaba la carne la carne de lomo con mucho cuidado para que fuera redondita. Nada de fetas angostas o pedazos  regordetes. Todos pedazos de un mismo tamaño y espesor. Los sazonaba con sal, pimienta, pimentón, ají y ajo, les echaba un buen chorro de vinagre disminuido con vino. Así quedaba, a media mañana, adobándose afuera. Al volver de misa, al mediodía, tiraba el vinagre. Esa carne se hacía a la cacerola con un buen vino tinto. Se cocía en vino. Mi mamá la acompañaba con papas noisette. Esta es la verdadera ropa vieja.”(2)
Míos:
2.- No queda claro si la receta de Martelli es propia o se trata de formalización del comentario de Leguizamón como puede colegirse de una lectura atenta de ese fragmento de su conferencia. Por ejemplo, tanto en la conferencia como en el texto de la receta se dice que el ají forma parte del adobo. La expresión es confusa. ¿Se trata de ají molido o de morrón? Y, si fuera en este último caso, ¿cómo se lo corta para que forme parte del adobo? 
3.- Llama la atención en la receta que no se vuelva a condimentar la carne durante la cocción. Doy por supuesto que la receta admite la corrección del grado de salazón.  

Dediquemos nuestra atención a la receta de asado a la olla de Gustavo Leguizamón.
Asado en olla
Fuente (fecha)
Juan Carlos Martelli y Gustavo Leguizamón (2014)(3).
Ingredientes
Sobras del asado del día anterior.
2 cebollas cortadas muy finamente.
2 tomates despepinados y cortados en trocitos.
1 ají pimiento grande cortado en rebanadas.
½ cucharada de pimentón molido.
2 papas.
Preparación
Gustavo -el Chuchi- Leguizamón relata este plato así /.../.
Se hace con el asado que sobró del día anterior. Lo cortás en trozos más o menos chicos. Mientras tanto, preparás una salsa criolla a base de tomate, cebolla, pimiento y pimentón. Tenés que usar un buen  aceite de oliva virgen de primera presión. Freís el asado en la salsa criolla y el aceite, le echás caldo y le agregás unas papas que ya están casi hervidas, para que terminen de cocinarse en el guisado, los sazonás a gusto y esperás que tome su gusto. Y es todo. Pero es fundamental, la calidad del ají. Cuando hablo del pimiento, hablo del ají . Y es el ají y no ninguna otra hierva ni verdura el que homogeniza los sabores(*). Es tan rico este plato que muchas veces hago asado para que sobre mucho y poder ponerlo al día siguiente en la olla.
(*) Es decir, le da todo el gustito tan particular que tiene la cocina del noroeste.”
Comentarios
De Juan Carlos Martelli:
1.- “Gustavo -el Chuchi- Leguizamón relata este plato así; y de paso, niega que se llame Ropa Vieja. Él lo denomina asado a la olla. Pero la experiencia de mi infancia y el Libro Negro de mi madre, lo registran como ropa vieja.”
Míos:
2.- La ropa vieja, como dije, no formaba parte del repertorio culinario familiar. No la preparaba ni mi madre, ni mi abuela, ni mis tías. Sin embargo, si alguna vez sobraba carne del puchero (poca veces ocurría), mi madre la usaba a la noche, incorporándola desgrasada y cortada en pequeños pedacitos en una ensalada de cebolla y tomates. Lo que ocurre es que simplemente llamaba ensalada a ese plato que no es ropa vieja en un sentido estricto. 
3.- He dicho también que en los recetarios argentinos se encuentra las dos versiones (la que lleva la carne de las sobras del día anterior y la que lleva la carne cruda). Pero si tuviera que elegir en cuál de los platos se la denotación del término “ropa vieja” es ajustada e indudable, diría que en el caso en que se usa la carne cocida en el día anterior. Pero es la opinión enteramente personal.
Notas y bibliografía:
(1) 1991, Martelli, Juan Carlos y Spinosa, Beatriz, El libro de la cocina criolla, Buenos Aires, Edicol, pp. 90-91.
(2)  s/d, Leguizamón, Gustavo, conferencia dictada en la Fundación Argentina de Gastronomía, en ídem, pag. 36 y ss.
(3) Ídem, pp. 92-93.


Receta de grasita colorada del “Cuchi” Leguizamón

El libro sobre cocina criolla de Juan Carlos Martelli y Beatriz Spinosa ofrece una receta de locro y una de casi locro (huascha locro).(1) Entre ellas, expone la receta de grasita colorada o salsita colorada de Gustavo Leguizamón.(2) Dicen los autores: “Esta receta es importante, porque la grasita colorada, es un condimento esencial en cualquier locro o guiso norteño.”
 
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Para orientarme un poco, consulté el libro de doña Petrona. La gran cocinera argentina propone varias recetas de locro (de choclo desgranado, de choclo rallado, de maíz y de trigo). En todas estas recetas, la autora sostiene que el guiso debe ser acompañado con una salsa que no denomina grasita colorada, pero que, entre otros ingredientes, lleva grasa y pimentón. La receta de esta salsa está indicada en la de locro de trigo.(3)
Referencia de la imagen (9)      
Grasita colorada
Fuente (fecha)
Conferencia de Gustavo Leguizamón en la Fundación Argentina de Gastronomía (s/d)(4)
Ingredientes
Pimentón cantidad necesaria.
Aceite.
Preparación
1.- Se fríe el pimentón, hasta que ceda todo su color al aceite, sin quemarse.
2.- Entonces se saca del fuego la sartén y se le echa un chorrito de agua fría.
3.- El pimentón se precipita al fondo y se lo saca con una cuchara.
4.- Este pimentón frito, en el resto del aceite, es la grasita colorada.
Comentarios
1.- La receta parece mal transcripta. En principio, los ingredientes no estarían completos: no dice que tipo de aceite, tampoco anuncia que el agua forma parte de la lista. Además, ni menciona que tradicionalmente se prepararía con grasa como en la receta de doña Petrona.
2.- La expresión del último paso es confusa, pero entiendo que debe interpretarse como que ese pimentón precipitado que se saca con una cuchara, conforma la grasita colorada con los restos de aceite en los que está impregnado.    
3.- Caramba, la salsita que siempre me dieron con el locro era algo picante. ¿Tiene algo que ver con ésta que es la salsa tradicional?
La receta de doña Petrona dice (agrego las cantidades entre paréntesis): “Preparar una salsa: poner en una sartén la grasa (una buena cucharada), colocar al fuego y añadirle la cebolla (una) picada; hacer cocinar un momento y agregarle el ají (uno) picadito sin dejarlo dorar y pimentón colorado (una cucharada); condimentar (sal), revolver bien y añadir esta salsa al locro.”(5) Doña Petrona no indica el tipo de ají que propone usar; de modo que, si se trata de morrón, al igual que la del Cuchi, no parece una salsa picante.
Entonces, son dos las cuestiones que se presenta aquí: ¿pueden asimilarse las recetas de Leguizamón y Petrona a variantes de una misma salsa? ¿es necesario que la salsa sea picante? ¿cómo se obtiene el picor en ella? 
Con relación al primer tema, las variantes de salsa para acompañar al locro  y otros guisos norteños que se pueden encontrar en los recetarios son muchas. En algunas fórmulas, se diferencia la salsa similar a la de doña Patrona, de la grasita o pella colorada, preparada como lo indica la receta de Leguizamón. En estos casos, la grasita colorada ocupa el papel de ingrediente de la salsa(6).
Las recetas de Gustavo Leguizamón y doña Petrona, como ha podido verse, no son picantes a priori. Pareciera que el picante es sólo una opción en algunas de las recetas que consulté. Por ejemplo, Choly Berreteaga propone una salsa picante que se obtiene agregando ají molido a la preparación(7). Guillermo Calabrese también propone una salsa picante agregando ají molido. Llama a la salsa grasita colorada o aceite picante en distintas recetas(8).
La denominación aceite picante me parece más apropiada a las diversas recetas de salsa que sirven para acompañar locros y otros guisos norteños, reservando el de grasita colorada para la receta que propone Leguizamón en el libro de Martelli. El asunto del picante va en gustos, no creo que sea materia de ortodoxia tradicionalista.  
Notas y bibliografía:
(1) 1991, Martelli, Juan Carlos y Spinosa, Beatriz, El libro de la cocina criolla, Buenos Aires, Edicol, pp. 99-102.
(2) Ídem, pag. 101.
(3) 1934, Gandulfo, Petrona C. de, El libro de doña Petrona, Buenos Aires, 1958, edición 52°, pp. 149-151.
(4) 1991, Martelli, Juan Carlos y Spinosa, Beatriz, Op. Cit., pag. 101.
(5) 1934, Gandulfo, Petrona C. de, Op. Cit., pag. 151.
(7)  2005, Berreteaga, Choly, La cocina de nuestra tierra, Buenos Aires, Editorial Atlántida, pag. 10.

sábado, 10 de enero de 2015

Recetas de Gustavo “Cuchi” Leguizamón

Ésta es una recopilación curiosa. En primer lugar, debo decir que no la hice yo, está desparramada en las páginas del libro de la cocina criolla de Juan Carlos Martelli y Beatriz Spinosa(1). Su curiosidad reside en que ignoraba la inclinación del “Cuchi” Legizamón hacia la buena mesa y la cocina.
 Referencia de la imagen(7)  
Hablo de Gustavo Leguizamón que, para mi generación, fue uno de los más célebres compositores salteños de música popular y, para los más jóvenes, tal vez un desconocido... es que murió hace casi de quince años. De modo que esta recopilación servirá para conocer algo más de la cocina salteña de mediados del siglo XX y de la personalidad del ilustre músico que la cultivaba con pasión.  
Digo compositor, cuando hablo del Cuchi, porque es por su producción musical que se lo recordará, sobre todos por las canciones en ritmos folklóricos que compuso con letras de un poeta mayor de aquella provincia argentina, el “Barba” Manuel J. Castilla. Aunque también fue un abogado de brillante carrera en el Poder Judicial de su provincia... bueno, en realidad, le escuché decir en un programa de televisión hace muchos años que, cuando anuncio a su familia que iba estudiar leyes, le dijeron que iba a ser un fracasado porque hacía rato que había perdido el juicio. 
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Para justificar mis asertos, baste nombrar algunos de los temas que compuso: Balderrama, Zamba de Juan Panadero, La arenosa, Zamba de Lozano, La pomeña, Zamba de los mineros... El Cuchi no era un músico intuitivo, su formación fue académica, sólida y reflexiva. En un reportaje  que le hiciera Roberto Espínosa 1988, dice:
-Una última pregunta: ¿la música popular puede evolucionar?
-¿Que no va a evolucionar? ¡Cómo hubiera escrito yo la Chacarera de la Muerte si no hubiera conocido a Schoenberg! Lo que sucede es que hay una gran confusión en este país. Todo el mundo cree que el folklore es música documental y que no hay que innovar. ¡Mentira! (se enoja) En la música popular todos tienen derecho de cualquier innovación y se salva el que tiene talento. A ver, yo quiero saber si un compositor de canciones es importante. Veamos si su canción se puede cantar. La música fundamentalmente es canto.”(2)
¿Cómo es que descubro que este gran músico era, además, un sabio cocinero? Fue en el libro de Juan Carlos Martelli, escrito en colaboración con su esposa, Beatriz Spinosa.
Originalmente fue publicado en 1991, Spinosa decidió reeditarlo con unas pocas actualizaciones en 2009, luego de la muerte de su marido. El título expone el intento de alcanzar el nivel de una enciclopedia de la cocina criolla argentina. El resultado final está bastante lejos de ello. Sin embargo, su lectura, además de amable, resulta imprescindible para los exploradores de la cocina nacional de los argentinos. Si bien el texto posee una arista erudita, un tanto imperfecta, por cierto, su mayor mérito reside en la recopilación de recetas que los autores han realizado.
A lo largo de la obra, no dejan de señalar el origen y la autoría de muchas recetas inéditas hasta entonces. Sin embargo, hay dos conjuntos que se destacan sobre las demás: las recetas del cuaderno de Olga Morón de Martelli, madre del autor, y las recetas del Cuchi Leguizamón. Esta últimas fueron tomadas de una conferencia dictada por el “poeta, músico y gourmet salteño” (así lo define Martelli) en la Fundación Gastronómica Argentina(3). Lamentablemente, si bien confío plenamente en que los autores trascribieron fielmente los párrafos de interés de la conferencia, no he podido encontrar que alguien la haya publicado in extenso.          
Alcanzaría con esta conferencia que rescatan Martelli y Spinosa, para dar testimonio del gusto de Leguizamón por la cocina. Sin embargo, encontré un relato adicional que muestra a nuestro personaje en acción. Aunque no puedo asegurar la autenticidad del texto; lo encontré reiteradamente en muchos sitios de la Internet. Si bien todos hacer referencia al sitio Redsalta.com, en él no se exponen citas indubitables sobre su procedencia. Con estos reparos, de allí lo tomo esta anécdota:
De las habilidades gastronómicas repentinas del Cuchi, cuenta Hugo Riera: “Cocinaba una barbaridad. Un día, cuando yo vivía en la calle Santa Fe, me cayó con un surubí en rodajas y me mandó a comprar pomelos y naranjas. ¿Es para el postre? le pregunté. ‘Esperá y ya vas a ver’ me dijo, mientras se remangaba y se aprestaba a preparar el extraño plato. Ponía debajo de la fuente unas rodajas de naranja, luego surubí y así sucesivamente. Me acuerdo que salió un manjar””(4)
Las recetas recopiladas que publico en respectivos artículos son: Charqui, Ropa vieja, Gallina en grasa, Grasita colorada y Dulce de sandía. El artículo sobre el charqui reviste un interés particular porque alienta la posibilidad de preparar esta conserva en Buenos Aires. En un artículo crítico sobre el libro de Martelli, he señalado el injusto trato que recibe doña Petrona(5). A pesar de que sólo se refieren a ella de manera elíptica, no consideran que el recetario de esta ilustre santiagueña pueda ser catalogado como un libro de cocina criolla argentina. Sin embargo, la señora de Gandulfo ofrece recetas de Charqui, Ropa vieja, Salsita para acompañar locro, Dulce de sandía. También, encontré una receta de Chatasca, preparación que utiliza el charqui como ingrediente principal(6). 
La conferencia que las contiene fue dictada antes de 1991 y las referencias a la cocina de su madre del disertante permiten datar la práctica de las recetas en la sociedad salteña entre 1925 y 1985.
Notas y referencias:
(1) 1991, Martelli, Juan Carlos y Spinosa, Beatriz, El libro de la cocina criolla, Buenos Aires, Edicol. 
(2) 1988, Espinosa, Roberto, Al sueño del "Cuchi" nadie lo puede enlazar, leído el 1° de marzo de 2014 en http://www.raicesargentinas.com.ar/Notas/reportajes/cuchi.htm .
(3) 1991, Martelli, Op. Cit., pag. 37.
(4)  Publicada en http://www.redsalta.com/elcuchi/anecdotas.htm, leída en 28 de febrero de 2014.
(5) 1991, Martelli, Op. Cit., pag. 17.
(6)  Charqui en 1934, Gandulfo, Petrona C. de, El libro de doña Petrona, Buenos Aires, 1958, edición 52°, pp. 283-284. Ropa vieja en ídem, pp. 322-323. Salsita para acompañar locro en ídem, pp. 149-151. Dulce de sandía en ídem, edición 102°, pag. 768. Chatasca en ídem, pag. 284.


La receta de charqui del “Cuchi” Leguizamón

El charqui es un método indio andino de conservación de carnes muy antiguo. Merece nuestra atención tanto como el sushi, el gravlax o los ahumados, encurtidos y escabeches.
En lo personal, no he tenido un contacto frecuente con estas carnes y con las comidas que la utilizan específicamente. El conocimiento sobre su existencia se remonta a mi infancia, a los manuales de educación primaria y a las canciones folklóricas que escuchaba. Pero siempre tuve la imagen de un producto exótico que se consumía en los ambientes rurales del noroeste argentino. Personalmente, y hasta hace poco tiempo, sólo alguna vez había comido empanadas de charqui en Salta. Más recientemente, pude acceder al producto con mayor frecuencia y probar, por ejemplo, alguna preparación con mote de maíz blanco. Pero, lo más interesante fue el Tamal de chicoana (va relleno con charqui) que comí en las vacaciones de 2014 frente a la Plaza de Chicoana en el corazón del Valle de Lerma.  
 
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Estoy hablando de un producto que ha tenido poca fortuna. No acompañó al conjunto de preparaciones del noroeste que irrumpieron en los años sesenta del siglo XX en Buenos Aires de la mano del auge de de la música popular de proyección folklórica. Empanadas salteñas, locros, carbonadas dejaron al charqui de a pie. Tampoco tuvo, ni tiene, su cuarto de hora con el auge de las cocinas étnicas en nuestra capital.
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He meditado sobre este asunto y me pareció siempre que la ausencia del charqui en la cocina porteña se debe a un problema de accesibilidad... es un producto difícil de conseguir. ¿Por qué? No lo sé, pero siempre imaginé que era porque es muy difícil prepararlo en la llanura y también porque es muy difícil usarlo... ¿Qué comidas podrían llevarlo, por ejemplo?
Referencia de la imagen(16)
¿Es realmente así? Leyendo la receta de charqui, tal y como la describe el célebre compositor salteño Gustavo “Cuchi” Leguizamón en el libro de Juan Carlos Martelli, no me pareció que pudiera confirmar esas presunciones de mi parte... sino, más bien, lo contrario.
Charqui (“Cuchi” Leguizamón)
Fuente (fecha)
Conferencia de Gustavo Leguizamón en la Fundación Argentina de Gastronomía (s/d)(1)
Ingredientes
Bifes (no indica el corte).
Sal.
Preparación
1.- Se cortan en tiritas muy finas unos bifes ya cortados muy delgados por el carnicero (se los pide para milanesas).
2.- Se salan muy bien, hasta que no absorban más.
3.- Se atraviesan las tiritas con un alambrecito largo, se cuelgan al sol y se dejan deshidratar todos los días que fuese necesario.
4.- Cuando quedan muy secos, se guardan, con sal y todo.
5.- Para cocinar, se sumergen en una olla con agua, durante doce horas. Conviene cambiar el agua cada tres horas.   
Comentarios
1.- El Cuchi no dice el corte de la carne; pero, si seguimos la descripción del paso 1.-, podemos imaginar que se puede usar cualquier carne de las que se usan para hacer milanesas.
2.- Sobre el final de su receta, Leguizamón dice: “Este charqui es mucho mejor del que se vende en bolsas, por la calidad de la carne y el cuidado personal en la preparación.”(2)
3.- En su receta de charqui, doña Petrona habla de separar la carne de los huesos. Esto nos da la idea de su preferencia por otros cortes. Señala como caso especial el charqui hecho con carne del costillar(3).  
Como puede apreciarse, no es tan difícil preparar el charqui. Pero, ¿se podrá preparar charqui en Buenos Aires? ¿Qué dice Martelli? Leemos en su libro:
 “/.../ hago notar que en Salta, y en general en todo el Noroeste, hay temporadas secas, durante las cuales, claro está, no cae un milímetro de lluvia. Además, para lograr un buen charqui, se precisa la alternancia de un sol muy fuerte con noches límpidas y heladas. Hemos probado con éxito, sin embargo, en invierno, prepararlo en Buenos Aires, entrando, a la menor amenaza de lluvia, el aparejo de alambrecitos a un lugar seco y fresco.”(4)
El libro expone, además, la receta de su madre (Olga Morón de Martelli) que abajo transcribo. De modo que es posible preparar charqui en Buenos Aires. Con todo, no me quedé con lo dicho por los autores que vengo siguiendo en este artículo. Me puse a indagar un poco más con dos ideas centrales: cómo se refleja la receta en los recetarios argentinos que siempre consulto y cuál es la dispersión de la práctica histórica y actual. 
Según el Diccionario de la Real Academia Española, la palabra charqui, y la forma charque también, es usual en Perú, Bolivia, Chile, Argentina y Uruguay con el mismo significado (“Carne salada y secada al aire o al sol para que se conserve.”)(5). De modo que no es erróneo afirmar que esas es el área de dispersión máxima de este método de conservación de alimentos. Aunque su etimología es desconocida para la mencionada Academia pan-hispánica, podemos admitir, al menos provisionalmente que el método se ideó en el Área Andina Meridional y que luego se difundió hacia el sur de Chile, las Pampas Argentinas, la Patagonia y la República Oriental del Uruguay; no siendo raro suponer que esta difusión alcanzara también al Estado de Río Grande  del Sur  en la República Federativa del Brasil. Esta dispersión puede verificarse en los recetarios regionales argentinos, e incluso en la obra de Juana Manuela Gorriti(6).
Efectivamente, en esta obra, sólo encontramos una mención al charqui en la receta de un plato clásico aún hoy en la cocina chilena, el Valdiviano. Fue  enviada por Amelia López de Soruco desde Santiago de Chile (es oportuno recordar aquí que la ciudad de Valdivia, de donde es originaria esta receta, se encuentra a setecientos cincuenta kilómetros al sur de esa capital).         
¿Qué encontramos en los recetarios tradicionales argentinos acerca del charque y de las comidas que con él se preparan?
El recetario de Marta (1914) no contiene una receta que explique cómo se prepara el charqui, pero sí una de Chatasca que es uno de los guisos típicos que se preparan con charqui(7). El libro de doña Petrona, como ya he dicho, tiene una receta de cómo preparar el charqui, pero, además, tiene una de Chatasca(8). Ninguno de los dos contienen recetas de Charquicán, otro de los guisos típicos en los que se usa esta conserva.
José Eyzaguirre en su Libro del Buen Comer contiene una receta curiosa a la que le atribuye un origen chileno. Se trata de un charquicán que no lleva charqui. Sin embargo, trata la carne de una manera especial: la cocina mucho tiempo en el horno hasta que está seca para desmenuzarla luego cuando está fría. Con este modo de secado, especulo yo, la carne debe adquirir la textura semejante a la del charqui(9). Fuera de esta receta, no hay, a simple vista, menciones al charqui y a las recetas clásicas que lo tienen como ingrediente.   
En recetarios de cocina regional argentina encontré: una receta de Charqui de ciervo que Jesús Fernández recopiló en Villa La Angostura, Provincia del Neuquén(10) y en los que publicara el Ministerio de Desarrollo Social encontré recetas de Chatasca en la región del Noreste(11); Calapurca, Charquisillo, Cachilo y Frangollo con charqui en el Noroeste argentino(12) y Charqui de potro en la Patagonia(13).  
Como puede apreciarse, aún es habitual la preparación del charqui y su utilización en la cocina cotidiana en La Argentina, sobre todo en el Noroeste. De modo que se trata de un método de conservación de carnes vigente y que puede parangonarse, como dije arriba, con otros que han adquirido fama internacional. Sólo falta que los cocineros profesionales, lo tomen y lo lleven a preparaciones sofisticadas para que el charqui comience a tener el lugar que se merece... y efectivamente, esto comenzó a ocurrir. En el recetario de la nueva cocina argentina de Pietro Sorba, se expone una receta de Frangollo con charqui del cocinero salteño Gonzalo Doxandabarat que supone un tratamiento personal y sofisticado de esas preparaciones tradicionales(14).  
Bueno, basta de navegar por los recetarios argentinos. Volvamos a la receta de charqui de la señora de Martelli y veamos si es posible preparar charqui en Buenos Aires.
Charqui (en Buenos Aires)
Fuente (fecha)
Cuaderno negro de Olga Morón de Martelli(15).
Ingredientes
Carne, preferentemente de vaca, tierna.
Sal gruesa.
Preparación
1.- Desgrasar la carne y quitarle nervios y aponeurosis.
2.- Cortar la carne en bifes finitos como milanesas.
3.- Prensar los bifes entre dos maderas, con un buen peso encima, por un día.
4.- Pasado el tiempo, salar los bifes con sal gruesa machacada en el mortero, dejando que la carne se impregne en ella.
5.- Dejar la carne sobre una rejilla durante 24 ó 36 horas. Pasado ese tiempo, si la carne lo admite, se la vuelve a salar. En este caso, dejar pasar un lapso de tiempo similar. 
6.- Colgar la carne al sol durante 5 días, poniéndola a resguardo si llueve y preservándola de rocíos abundantes.
7.- Pasados los 5 días, entrar los bifes y golpearlos fuertemente con un  martillo de madera sobre una tabla. Esta operación se repite varias veces hasta que quede una lámina seca que pueda deshacerse con las manos.
Comentarios
1.- Juan Carlos Martelli conjetura que la receta de su madre muy posiblemente tenga origen entrerriano. Olga Morón hacía preparar el charqui en los largos veraneos en Mar del Plata.
2.- Reflexión personal: en nuestros días se puede evitar el paso de machacar la sal gruesa en el mortero, usando sal parrillera.
En otro artículo presento recetas de charquicán y chatasca que llevan al charqui como ingrediente principal.
Notas y bibliografía:
(1) 1991, Martelli, Juan Carlos y Spinosa, Beatriz, El libro de la cocina criolla, Buenos Aires, Edicol, pp. 36-39.
(2) Ídem, pag. 37.
(3) 1934, Gandulfo, Petrona C. de, El libro de doña Petrona, Buenos Aires, 1958, edición 52°, pp. 283-284.
(4) 1991, Martelli, Op. Cit., pag. 37.
(5) Leído en http://lema.rae.es/drae/?val=charqui, el 3 de marzo de 2014.
(6) 1890, Gorriti, Juana Manuela, Cocina ecléctica, Buenos Aires, Félix Lajouane Editor (Librairie Générale), 1890. Leído en  http://www.biblioteca.clarin.com/pbda/miscelanea/cocina_eclectica/cocina_00indice.htm, el 3 de marzo de 2014.
(7) 1914, Cocina tradicional argentina por Marta, Buenos Aires, Distal, nueva edición de La cocinera criolla, pp. 17-18.
(8) 1934, Gandulfo, Cit.
(9) 1946, Eyzaguirre, José, El libro del buen comer, Buenos Aires, Editorial Saber Vivir, 1946, 2° edición, pag. 305.
(10)  2002, Fernández, Jesús, La cocina del fin del mundo (Patagonia y Tierra del Fuego), s/l (impreso en Rosario, Santa Fe), Virreynato Libros, 3° edición 2008, pp. 36-37.
(11) 2010(c), Presidencia de la Nación, Ministerio de Desarrollo Social, Sabores con sapucay, Gamarra, María Liliana, Proyecto Recetarios Regionales, leído el 3 de marzo de 2014 en http://www.desarrollosocial.gob.ar/Uploads/i1/1-%20Recetas%20NEA.pdf
(12) 2010(c), Presidencia de la Nación, Ministerio de Desarrollo Social, Sabores del sur: de la cordillera al mar, Gamarra, María Liliana, Proyecto Recetarios Regionales, leído el 3 de marzo de 2014 en http://www.desarrollosocial.gob.ar/Uploads/i1/2-%20Recetas%20NOA.pdf
(13) 2010(c), Presidencia de la Nación, Ministerio de Desarrollo Social, Sabores del sur: de la cordillera al mar, Gamarra, María Liliana, Proyecto Recetarios Regionales, leído el 3 de marzo 2014 en http://www.senaf.gob.ar/Uploads/i1/6-%20Recetas%20Patagonia.pdf
(14) 2012, Sorba, Pietro, Nueva cocina argentina, 31 cocineros, 224 recetas, Buenos Aires, Planeta, pag. 116.
(15) 1991, Martelli, Op. Cit., pp. 37-38.



sábado, 3 de enero de 2015

Los vinos de Rubén Cirocco (II)

I Ya conté, en otro artículo, de la vocación y el talento de Rubén Cirocco para hacer vinos en su casa, siguiendo la tradición de sus antepasados. Mejor dicho, siguiendo, revisando y actualizando esa tradición. La actividad de Rubén no es la de un solitario, ni es exclusiva de un vecino de La Matanza, como apresuradamente había imaginado yo antes de meterme  en el tema. Se trata de un fenómeno social muy extendido en el conurbano bonaerense.
Claro está que, aunque mis vivencias de infancia y juventud con los vinos caseros estaban relacionadas con el barrio de Mataderos y el Partido de La Matanza, bien podría haberme imaginado que la costumbre de hacer estos vinos alcanzaba una dispersión más amplia en el ámbito metropolitano. Hace ya bastantes años supe de la existencia, por ejemplo, de los vinos de la costa. Sabía de las quintas de hortalizas en la ribera del Río de La Plata a la altura de la ciudad de Wilde y de los vinos que allí se hacían. Sabía que esos esforzados quinteros no sólo producían verduras y algunas frutas, elaboraban, también, una cantidad importante de vinos caseros. Lo interesante es que no los hacían con uvas mendocinas (variedades de uvas finas), sino con las que provenían de las parras que los propios quinteros cultivaban para ser vendidas para el consumo de mesa (variedades de uvas criollas, entre ellas, la famosa uva chinche).
Sin embargo, de lo que verdaderamente no tenía oportunidad de haberme formado una idea es de la “movida” que esta actividad genera en la ciudad de Monte Grande (Partido de Esteban Echeverría). Imaginaba que la producción de vinos caseros era una actividad individual, a lo sumo familiar, que sólo encontraba intercambio de experiencias en los momentos de la compra de uva en los exclusivos mercados que las ofrecen. Pero no, hay más fuera de los mercados... y menos también, dentro de ellos. Es que la imaginación es un buen punto de partida, pero para dar cuenta de una historia hay que meterse, de algún modo, en el barro de su quehacer creativo. 
II Rubén cuenta que hay dos mercados en los que compra las uvas. Uno de ellos es el que estaba en los arcos del Puente Pacífico, por Juan B. Justo, entre Paraguay y Santa Fe. Este mercado se mudó a la ciudad de Avellaneda, hoy se ubica en la calle Belgrano de esa ciudad bonaerense. El otro es el que está en Liniers, en la calle José León Suárez, muy cerca de Rivadavia. Agrega que en “el gran Buenos Aires, también compré uvas en Monte Grande y en San Justo. Pero se trata de lugares donde los dueños son familiares de alguien de Mendoza o tienen algún contacto y operan puntualmente en marzo, abril y mayo que son los meses en que se cosecha la uva. Llega un camión con la uva y con una balanza, te la pesan y te la llevás... prácticamente el trato es en la calle.”(1)
Es obvio que, con  la concentración temporal y la cantidad de personas que producen vinos caseros, hay mucho contacto interpersonal en el trasiego de la materia prima. Pero ¿hasta dónde llega el intercambio?
 Veamos lo que nos cuenta Rubén:
El mercado de Liniers, de los que conozco, es el lugar más completo. Te venden la uva, te prestan la máquina para moler, vos elegís si te llevás la común o la que despalilla, te piden un flete y te acompaña algún changarín que te baja los cajones de uva de la camioneta y te los tira en la moledora, a cambio de una propina... y así se lleva de nuevo la máquina para que otro la use (igual tienen varias), te venden los corchos (de muy mala calidad, por cierto). También podés comprar la uva y ellos mismos te la muelen y te llevás sólo el jugo. Un hijo de los dueños ha hecho cursos de enología y responde preguntas o da consejos, incluso me comentó que quería dar cursos, pero los tanos se las saben todas, así que para que van a estudiar...”(2)
Por lo que se desprende del relato, los “tanos” son muy parcos y conservadores con sus secretos familiares. No admiten aprender cosas nuevas y, además... bueno, ya he contado de la experiencia de mi primo Juan Carlos Espada, nieto de españoles, y de cómo esa parquedad se expresaba en una fuerte negativa a revelar secretos. Jamás pudo lograr que le enseñaran, por ejemplo, a elegir la uva, tenía que limitarse a vinificar la  que los “tanos” le elegían. Rubén que es de origen italiano, no logra darnos una imagen diferente de sus paisanos. En el momento de la compra de la uva, no parece haber demasiado intercambio de experiencias... de modo que tengo que remover la idea que había construido mi imaginación sobre los presuntos intercambios de ideas en el mercado... “los tanos se las saben todas” y el que no... una prenda tendrá... Juan Carlos Espada se fue a Berlín y dejó de hacer vinos caseros. Rubén pudo heredar los secretos porque su padre se los reveló; pero, además, buscó otra información que lo alimentara para lograr lo que logra... unos vinos que da gusto tomar.
En la elaboración de los vinos también parece reinar la soledad familiar, aunque Rubén sea una suerte de excepción. Pertenece a la primera generación criolla de la familia, pero admite compartir la tarea y la experiencia, del mismo modo que el hijo del dueño del mercado de uvas en Liniers. Cuando le pregunté quién le ayudaba a hacer los vinos, me contestó “ahora que tengo hijos grandes, me ayudan ellos; pero he llegado a hacer el vino solo o con amigos que también se prendían como para hacer unos litritos para ellos”.(3)
III En cuanto a la “movida” de los viñateros de Monte Grande, Rubén nos cuenta hay un club de italianos que todos los años para octubre o noviembre hacen la fiesta del vino, abierto a todos los que quieran participar.
Le doy la palabra y veamos:
Cada uno de los que quieren participar del evento tiene que llevar una damajuana de 5 litros de su vino. La envuelven en papel, para que no se distingan las damajuanas entre sí, y un grupo de enólogos hacen la cata y eligen los mejores vinos, dando copas y menciones a los ganadores. Se separan los tintos de los blancos, el concurso de blancos lo gana todos los años el mismo tipo. Durante la reunión, se cenan generalmente unos ricos tallarines y cada uno antes de entregar su damajuana, separa en una jarra de un litro de su vino para llevar a la mesa, para acompañar la comida y compartir con los amigos y conocidos los distintos vinos, como para ver también dónde uno está parado.”(4)
Rubén cuenta de esa fiesta anual en la Asociación Italiana de Socorros Mutuos 20 de Septiembre que tiene su sede en la calle Hipólito Yrigoyen de Monte Grande. Habla también de la condición de contrincante imbatible que tiene su vecino Marzon en el concurso de vinos blancos. Pienso que este hombre debe ser un maestro en el arte más difícil de la producción de vinos caseros. Rubén mismo nos ha contado que su padre y sus tíos hacían un vino blanco muy malo porque no resistían la tentación de dejar los mostos en prolongada maceración como si se tratara de uvas tintas.
En un correo, reciente me cuenta, no sin manifestarse asombrado, que los jurados del concurso son enólogos de un organismo oficial de la Provincia de Buenos Aires, aunque no puede darme precisión sobre ese organismo. ¿Cómo habría desarrollado La Provincia este organismo, sin ser un distrito viñatero? A mí no me parece raro que haya un organismo de esa naturaleza en el ámbito bonaerense. La producción de importantes cantidades de vinos de mesa no es ajena a su historia social y económica, sobre todo promediando el siglo XX(5).
En el año 2002, Rubén obtuvo su mayor galardón en ese concurso, sacó  un segundo puesto en la categoría de vinos tintos. Si los vinos de Rubén son equilibrados y sabrosos, no quiero ni imaginarme cómo serán los vinos que han ganado en los últimos años.
Notas y referencias:
(1) 2013, Rubén Cirocco a Mario Aiscurri, correos-e del 28 de agosto.
(2) Ídem.
(3) Ídem. Subrayado mío.
(4) Ídem.
(5) 2014, Rubén Cirocco a Mario Aiscurri, correo-e del 22 de abril.