El Paseo de la Cisterna
Ir a Parte II
Estábamos, los viajeros en el
tiempo (Haydée, Marta, José y yo), saliendo del patio de la procuraduría de los
jesuitas en la Manzana de las Luces. Ya habíamos dejado atrás nuestra andadura
matutina por las iglesias del bajo de Montserrat levantadas a partir del siglo
XVIII (aunque justo es reconocer que algunos tramos se comenzaron a construir
ya en el siglo XVII y que las últimas adaptaciones se ejecutaron en el XX)… Fue
entonces que José nos incitó a emprender una nueva etapa que no habíamos
previsto en el plan.
Paréntesis oportuno: El lector
interesado puede recurrir a la descripción del recorrido de esa mañana,
siguiendo los enlaces hasta la Parte I y la Parte II de estas notas.
Imaginé que,
ahora, de la mano de Baldomero Fernández Moreno, tal vez podríamos contemplar
la fachada del Colegio Nacional de Buenos Aires e imaginarnos la edificación
dieciochesca que el Colegio supo tener hasta bien avanzado el siglo XIX, la que
el poeta porteño evoca en sus versos… (ver nota (8) en la Parte II) Pero, ese
no era el próximo destino propuesto por nuestro amigo que nos guiaba hacia una
nueva estación en nuestro periplo.
VI La cisterna en la casa de los Arguibel Ezcurra
Fue así que, alejándonos de la
Plaza de Mayo, recorrimos la calle Perú hasta llegar a la esquina de Moreno.
Allí está el remozado café El Querandí que ofrece una cocina típica porteña moderna
desde fines del siglo XX y espectáculos de tango para el turismo internacional.
Yo lo conocí en otra época. Allí tomábamos café con José hace ya más de cincuenta
años. En mi recuerdo, conservaba la estructura y diseño original que remitía a
fines del siglo XIX o principios del XX. Tenía ese café oscuras boiseries que, en
los setenta, ofrecían a la vista una pátina de decadencia que lo hacía muy
atractivo para mí.
No era casual que José hubiera
elegido ese lugar para aquél café que tomamos en una ocasión especial. Mi amigo
conoce bien este barrio porque él mismo estudió en el Colegio Nacional de
Buenos Aires cuya entrada está a poco más de cien metros del establecimiento
gastronómico que hoy, sin nostalgia, veo bien integrado a la ciudad.
Al llegar a la esquina, recordé que, por la mañana, habíamos pasado por otro de los bares frecuentados por los jóvenes del Nacional Buenos Aires a fines de los sesenta, La Puerto Rico (Alsina entre Bolívar y Defensa). Otro bar que conserva su estilo de mediados del siglo XX. ¿Esos estudiantes elegían indistintamente los dos locales? Parece que no, que profundas diferencias político ideológicas diferenciaban a los habitués y a las preferencias por cada uno de los sitios.
Claramente éste no era nuestro
objetivo inmediato… Recordaba que José nos había hablado de una cisterna
colonial, pero yo no le había presado demasiada atención.
Siguiendo la línea municipal y
protestando yo, en mi fuero íntimo, por los abusos constructivos que deterioran
el paisaje urbano porteño, llegamos hasta un edificio moderno que aparenta ser
una construcción tan sencilla como lujosa. La fachada me pareció algo
minimalista, creo que combina bien con el barroco austero de otros edificios dieciochescos
del barrio. Pero ¿qué era aquello? ¿un hotel? ¿un edificio de alquileres momentáneos?
En contraposición con ese calmo racionalismo que me transmitía la fachada, el
hall despedía un bullicio que aumentó mi contrariedad. ¿Acaso era un centro
comercial moderno en el seno de un edificio de rentas?
Es que seguía distraído en mis
pensamientos que sólo anhelaban culminar el viaje en la Plaza de Mayo. Si en
lugar de entrar a Moreno por Perú, lo hubiésemos hecho por Bolívar, hubiera advertido
rápidamente qué ese lugar era el Paseo de la Cisterna, como rezaba el cartel de
entrada principal que recién pude ver cuando salimos. Sí, eso hubiera ocurrido,
pero habría perdido yo la magia del descubrimiento.
¿Qué era lo que personalmente sabía
del sitio? Precisamente que, durante las excavaciones para construir un
edificio, ese mismo que ahora veíamos, se había encontrado una cisterna del
siglo XVIII. Pero ignoraba, la ubicación exacta del sitio, precisamente frente
a la Manzana de las Luces. También ignoraba todo acerca de su estado de
conservación. No sé por qué me había hecho la idea de que esa construcción
estaba más cerca de San Telmo.
¿Qué es lo que vi allí? Lo
describiré sencillamente. Un edificio moderno con un inesperado vestíbulo de
considerables proporciones. Pegado a la calle, una cafetería conectada con un
espacio abierto bajo la imponente estructura del edificio. En el fondo, el
acceso a una sala de recepciones perteneciente a una conocida cadena dedicada a
esa actividad y en el medio, sí, en el medio, un museo.
Un cubículo impresionante, se abre
a una excavación en la que se distingue una antigua construcción circular,
oculta por más de un siglo bajo la tierra. Lo que se ve allí es la base de la
cisterna. La estructura tendrá unos seis o siete metros de diámetro y está,
obviamente, bajo el nivel.
Curiosa la historia de una ciudad
pegada al Río de la Plata que tiene una relación difícil con él. Claramente,
las obras sanitarias que llevaron agua potable al consunto urbano pertenecen a
fines del siglo XIX. Pero, ¿y antes? Una de las soluciones, sobre todo en las
casas de los sectores pudientes de la sociedad virreinal, era construir enormes
depósitos (cisternas) de mampostería donde se acumulaba el agua proveniente de
precipitaciones pluviales para ser destinada al uso hogareño… y allí estaba la
base de una de ellas, construida precisamente en el siglo XVIII.
El museo se completa con
infografías tanto dentro del cubículo como en el pasillo que comunica el bar
con el acceso al salón de recepciones. Dentro del cubículo hay, también,
objetos de la vida cotidiana de la época en que la cisterna cumplía con el
cometido asignado.
¿Cómo apareció todo esto? En ese
solar, vivió la familia Arguibel Ezcurra. Fue la residencia matrimonial de Juan
Manuel de Rosas y Encarnación Ezcurra. Luego tuvo varios destinos con edificios
construidos, unos sobre otros, por más de un siglo y medio. Estas
construcciones, algunas de ellas contemporáneas con el tendido de agua potable,
ocultaron y, lo peor, echaron al olvido la vieja cisterna.
El último edificio allí levantado fue
demolido en 1970 y, desde entonces, hubo allí una playa de estacionamiento a
cielo abierto. En 2017, comenzaron las excavaciones para levantar el edificio donde
estábamos y ¿qué ocurrió? Afloraron los restos del pasado con encomiable
obstinación. Los restos del pasado oculto suele aparecer, a veces de manera
inesperada. Sólo requiere que tengamos los ojos abiertos y que nada fuera de
lugar nos encandile.
La empresa constructora encontró la
estructura y decidió, convenio mediante con el Estado de la Ciudad, encarar su
preservación (cumpliendo así con el marco normativo vigente). El resto es
historia conocida, bueno, conocida sólo para algunos, entre los que no me
incluyo. Así fue como, por ejemplo, hubo una importante intervención de
arqueólogos urbanos que permitió, no sólo el rescate de la construcción, sino
también de elementos y utensilios de la vida cotidiana de mediados del siglo
XVIII a mediados del XIX. Finalmente, la obra fue terminada en 2022 con los
hallazgos exhibidos en su interior.
Me quedé pensando que, si bien el
edificio no conserva el estilo del barrio, no parece desentonar demasiado; que
un estacionamiento a cielo abierto no es un bien patrimonial a preservar y que
la empresa responsable de la construcción no destruyó lo que quedaba debajo de
la superficie. Definitivamente no está mal. Un aforismo popular reza que “siempre,
lo mejor es enemigo de lo bueno”. Pienso que hay que elegir lo mejor, sobre
todo si lo bueno, es imposible de alcanzar. (9)
El trabajo de los arqueólogos
urbanos es impecable. Precisamente, en una de las vitrinas, se exhibe un
homenaje a uno de los arqueólogos más prestigiosos de Buenos Aires, el Dr.
Mario Silveira que intervino en la preservación patrimonial de este solar. (10)
Partimos de
allí y, en el último tramo de nuestro recorrido, miramos de soslayo la fachada del
Colegio Nacional de Buenos Aires, mientras íbamos masticando la imágenes
poéticas del texto de Baldomero. Con eso, ya estábamos satisfechos.
VII Lo que oculta
la Pirámide de Mayo
Todavía impactado por el museo que
nos ubicaba en la vida cotidiana del siglo XVIII, en una caminata de tres
cuadra y media llegamos hasta el pie de la Pirámide de Mayo. La construcción no
es del siglo XVIII, pero está asociada a algunos de los monumentos que vimos y
vengo contando. Atardecía en la ciudad, el solazo de mediodía que nos acompañó
en el primer tramo de nuestro viaje, era ya un vago recuerdo.
Si se desea ocultar algo, debe ser
colocado en un sitio visible, me dije, mientras contemplaba las estatuas de La
Industria, La Navegación, La Astronomía y La Geografía emerger de la Pirámide
de Mayo. Sabía, desde la mañana, que estarían allí.
Ya he dicho que hace más de
cincuenta años que recorro esos rincones de la ciudad, ahora agrego, y algo
adelanté en la Parte I, que había un rincón que me parecía particularmente
amable que, desde hace algunos años sentí haber perdido… Precisamente, esas
mismas estatuas embelleciendo la plaza seca que se ubica en la vereda de
enfrente del atrio de San Francisco.
Hay dos series paralelas de
imágenes que se juntaron frente a mí, la de la Ciudad que amo y la de mi
relación contemplativa con el patrimonio de la ciudad que amo.
Esa plazoleta frente a San
Francisco es un espacio entrante en el edificio del ARCA (ex AFIP). ¿Es
curioso, no? Que un edificio tan racional y geométrico tuviera esa plazoleta
recortada de ese modo. (11) Lo cierto es que yo transitaba por allí y me
parecía que todo formaba un conjunto de belleza pensado de ese modo. Todo el
conjunto me parecía natural, casi eterno y homogéneo, aunque el edificio haya
sido construido en los años cuarenta del siglo pasado (respetando, claro está,
la prolongación del atrio de la iglesia, lo que justifica su rara alteración
geométrica) y las estatuas colocadas allí recién en 1972.
En 2006, la Plazoleta recibió la
denominación Héroes de Malvinas, las estatuas fueron quitadas y el sitio quedó
muy desangelado como paisaje urbano, a pesar de la trascendencia de la advocación
que se le impuso. Ahora veía yo las mismas estatuas pegadas a los extremos de
la base de la Pirámide. ¿Cuál es la historia que vincula al monumento patrio
con esas estatuas?
En 1856, por comisión de la
Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, Prilidiano Pueyrredón encaró el
proyecto que dio a la Pirámide su fisonomía actual, o casi. Se le ordenó
construirla sobre el deteriorado monumento anterior, la pirámide de 1811. El
proyecto de Pueyrredón contemplaba la utilización de unas estatuas que
completaran el conjunto monumental. De modo que luego de algunos pocos años,
las estatuas que vemos hoy, se integraron a la Pirámide. Dos misterios rodean
el asunto, ¿Está la vieja pirámide debajo de la actual? ¿Por qué tuvieron que
recorrer La Industria, La Navegación, La Astronomía y La Geografía un extraño
periplo posterior?
Cuando la Pirámide se trasladó algo
más de 60 metros desde su emplazamiento original al actual, en 1909, se
verificó que, efectivamente, la pirámide histórica, o sus restos por lo menos,
estaban allí dentro. (12)
En cuanto al trasiego de las
estatuas, circulan teorías conspirativas, de momento enteramente ficcionales,
sobre el carácter masónico de las representaciones que las figuras exponen, consideración
que alcanza, por cierto, a la pirámide misma. Sin embargo, nadie acaba poniendo
un gancho que nos permita certificar que esas historias son ciertas, pero esos
relatos también forman parte de la historia de la ciudad.
Con todo, hay una tercera pregunta, más personal, ¿cómo fue que no vi
antes las estatuas que fueron colocadas allí en 2017? ¿Están tan a la vista que
no se las puede ver, como pensé en un principio, o…? Quizás un pequeño párrafo
que Florencio Escardó estampó en 1945, pueda ofrecernos una explicación
plausible:
“Buenos Aires tiene su monumento
fundamental único, epónimo: La Pirámide de Mayo. Sitio y símbolo umbilical de
la libertad /…/ para quien mira de la calle es una norma, un fermento y un
punto de partida, para quien la contempla desde los balcones de la Casa de
Gobierno, un índice o un reproche. /…/ no se puede describir ni tiene porqué
entenderla el turista, se la ama, se la siente. Tampoco vamos a visitarla casi nunca, pero nos es imprescindible saber
que está allí. Ella es la verdadera Capital de la Nación” (subrayado mío) (13)
Sí, aunque no la veamos, La
Pirámide de Mayo siempre está. Está como un fermento y un punto de partida. Puede
seguir siendo una dura realidad o el eje central de ficciones creadoras de
futuro, como el rito osiriano imaginado por Leopoldo Marechal en Megafón o la guerra… (14) Porque, tanto
en la realidad como en la ficción, para tener un futuro, lo primero que
necesitamos es imaginarlo.
Con un
sentimiento de conmovida satisfacción, ya de nuevo en el siglo XXI, los
viajeros nos separamos casi en las puertas de la Catedral, rumbeando cada uno para
su pago, felices del viaje emprendido… y prometiéndonos una continuidad.
VIII ¿Continuar
el recorrido?
Venía pensando, ansioso y apurado,
desde antes de emprender el viaje, en qué posibilidades hay de dar continuidad a
el recorrido por la Buenos Aires del siglo XVIII que habíamos pensado en una
noche amable de fines del invierno y llevado a cabo en un día radiante y
apacible de fines de la primavera.
Ahora medito el asunto. No creo que
haya mucho más para ver en el bajo de Montserrat; aunque no puedo afirmarlo con
certeza, después de visitar el Paseo de la Cisterna que, personalmente imaginaba
más al sur… ¡Ah, sí! Si vuelven a habilitar el acceso a los túneles que hay
bajo la ex procuraduría de los jesuitas en la Manzana de las Luces, hay algo
para ver allí. También, en otra oportunidad, con un poco de suerte, podríamos encontrar
abierto el museo de San Francisco y la Iglesia de San Roque. Pero nada más que
yo sepa por lo menos.
Bueno, también están las
excavaciones arqueológicas del Zanjón de Granados como me recordó José. (15)
Sí, sí, alguno dirá que no es Montserrat, sino San Telmo. Pero el límite actual
entre esos barrios fue diseñado arbitraria y formalmente en la segunda mitad
del siglo XX y es muy probable que, en el siglo XVIII, el mismo zanjón, a cielo
abierto, haya sido un límite de algo.
Sin embargo, y aun así, lo que
vimos, y la lista remante que acabo de exponer, no es el todo. Si salimos de
Montserrat. Está el convento de San Ramón Nonato de los mercedarios y el de Las
Catalinas, ambos en el bajo del barrio de San Nicolás (es decir, cruzando la
Avenida Rivadavia); la iglesia de Nuestra Señora de Belén en los altos de San
Pedro Telmo y, por supuesto, las instalaciones de los agustinos en el barrio de
La Recoleta.
No es poco para una ciudad que se
encarga sistemáticamente, por lo menos desde fines del siglo XIX, de destruir
el patrimonio que la conecta con su propio pasado.
Como dice el
oráculo elocuente de las viejas rondas infantiles “veremos, veremos, después lo
sabremos”.
YAPA: Este
relato se la merece. Tiene la forma de un poema de José que reflexiona sobra
algo de lo visto en este viaje, proponiendo una continuidad a la elegía de
Fernández Moreno.
Elegía desde una elegía
He vuelto a mi lejana manzana de
estudiante.
Me llevó la elegía de Fernández Moreno,
con claustro colonial demolido y
distante
y palacio
francés anodino y ajeno.
Lo mío fue el palacio adusto, gris,
umbrío
y habitado por jóvenes de vanidad
extrema,
con aulas hechas para la soledad y el
frío,
esquivas a la
flor, esquivas al poema.
Recuerdo aquellas clases con grandes
profesores
de gran sabiduría en un raro contexto:
si daban poco sitio a paisajes y amores,
a mis rebeldes
sueños le dieron el pretexto.
Me di a los cancioneros, me di a Manuel
Castilla
y me di a Pepe Rosa con su revisionismo,
por eso lo que soy de aquel palo es
astilla
y siendo tan
distinto hoy día sigo el mismo.
Leyendo a Castellani aprendí casi todo
de lo poco que sé y en nuestra juglaría
-Yupanqui, Marechal- me contagié del
modo
de ver todas
las cosas desde la poesía.
Descubrí que el poeta es
paladín que asalta
el castillo del ser. También
que es el que nombra
me enseñó Jaime Dávalos y
desde que fui a Salta
con la luz del terruño se me achicó la sombra.
Lo mío fue la vida afuera del palacio,
la mano de Cristóbal sirviendo la
ginebra,
las rabonas serenas, el divagar reacio,
y la amistad
que siempre se canta y se celebra.
Esas rabonas fueron un empeñar el día
a cuenta del diploma de un bachiller
pedante,
en un boliche viejo que fue jabonería
o en una
biblioteca con magia en cada estante.
Ahora, cuando he vuelto a la antigua manzana
que todavía guarda reliquias coloniales,
con Fernández Moreno la nostalgia me
gana
y son uno los
dos colegios nacionales.
Pese a que la vejez a mi recuerdo asoma
y más meditabundo camino más despacio,
los tilos de Bolívar siguen dando su
aroma
y su elegía llena de luz a San Ignacio.
Acaso esa elegía de versos tan
sencillos,
que en las paredes blancas del
templo reverbera,
ilumine la mía y llene los
pasillos
del palacio con nuevas flores de primavera.
José Fernández
Erro (ver nota (15))
Notas y referencias
(10) 2014, Aiscurri, Mario, “Reseña
de un libro de Mario Silveira sobre la cocina en el Río de La Plata”, en El
Recopilador de sabores entrañables, leído en https://elrecopiladordesabores.blogspot.com/2014/03/resena-de-un-libro-de-mario-silveira.html
el 27 de marzo de 2025.
(11) No debiera extrañarme nada de
ese edificio concebido con inusual respeto por el pasado. Si trazamos una diagonal
entre el extremo que ocupa la plazoleta (es decir, el suroeste de la manzana) y
el extremo noreste. Daremos con las instalaciones de la Academia Nacional de la
Historia (Yrigoyen y Balcarce), dentro del edificio que es la sede del ARCA (la
ex AFIP). Se encuentra allí el otro que correspondió, durante varias décadas, a
la Sala de Representante de la Provincia de Buenos Aires y al Congreso de la
Nación y que, ahora, es la sede de mencionada Academia. Se conserva así una
enorme ochava que exhibe la simetría que esa esquina tuvo con la que se
conserva visible en el frente del edificio del Banco de la Nación Argentina
(Avenida Rivadavia y 25 de Mayo).
(12) Hay que recordar que durante
casi todo el siglo XIX, el predio de la actual Plaza de Mayo estaba dividido en
dos (la Plaza del Fuerte y la Plaza de la Victoria) por una recova que alojaba el
primer centro comercial de Buenos Aires. La pirámide de 1811 estaba ubicada en
el centro de la Plaza de la Victoria, es decir, más cerca del Cabildo y la
Catedral de Buenos Aires.
(13) 1945, Escardó, Florencio, Geografía de Buenos Aires, Buenos Aires,
Editorial Lozada,
(14) 1970, Marechal, Leopoldo, Megafón o la guerra, Buenos Aires,
Editorial Sudamericana.
(15) 2025, José Fernández Erro a
Mario Aiscurri, correo-e del 31 de marzo.
(a) Leído en https://serdebuenosayres.blogspot.com/2012/05/las-esculturas-de-la-plazoleta-de-san.html
el 24 de enero de 2026.
(b) Leído en https://www.tripadvisor.com.ar/Attraction_Review-g312741-d9811346-Reviews-Plazoleta_de_San_Francisco-Buenos_Aires_Capital_Federal_District.html
el 24 de enero de 2026.
(c) Leído en https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Piramide-de-Mayo-Buenos-Aires.jpg
el 24 de enero de 2026.












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