sábado, 1 de julio de 2017

Potrero de Payogasta, visita inquietante a un sitio misterioso

1° de abril de 2017
Nota previa: En unas breves vacaciones por el Valle Calchaquí, programamos una excursión a un sitio arqueológico de notables características. Casi todos los asistentes poseemos títulos o cursamos estudios universitarios. Lo que ocurrió me obliga a escribir esta crónica en registro ficcional, debido a lo difícil que resulta conciliar las explicaciones que nos dimos con nuestra formación científica.
Buena parte de la crítica literaria ha esbozado una hipótesis sobre el origen del realismo mágico. Sostienen algunos pensadores que el movimiento literario que ha producido, produce y, seguramente, continuará produciendo textos que pueden clasificarse bajo esa denominación no configuran precisamente una corriente literaria, sino una especie de prolongación hablada del espíritu de la tierra americana que se devora todo lo que recibe y lo devuelve transfigurado.
 Las imágenes pertenecen al autor
Los adversarios de esa mirada piensan que la hipótesis es inconsistente con las evidencias y que el realismo mágico es un invento genial de un novelista colombiano que otros autores del continente siguieron con gran suceso editorial.
Los primeros ponen en duda este descrédito, poniendo en evidencia la presencia de atisbos de este modo de escribir americano en autores como Domingo F. Sarmiento, Lucio V. Masilla y José Hernández, todos ellos muertos antes de que Gabriel García Márquez naciera… y también de otros, como Jorge Luis Borges, que habló de ese modo a partir de unos cuchillos que apenas destellaban al ser desenvainados bajo la tenue luz de un farol, ya en una época en la que el célebre colombiano aún no era si quiera una joven promesa.       
 
Dejando de lado estas disputas teóricas de pensadores porteños, me dedicaré a informar lo que sucedió en una soleada mañana de abril, entre viñas y pimentales, en el Valle Calchaquí Norte.
I Preparativos
Hicimos un viaje de descanso con un grupo de amigos (Wences Cabral, Azucena Clara Boedo, Keith Stone, mi mujer Inés y yo) a la bella localidad de Payogasta, en la Provincia de Salta. Habíamos programado con Soledad Fernández, mi amiga antropóloga de Salta, hacer una excursión al sitio arqueológico Potrero de Payogasta, a poco más 30 km de donde estábamos alojados.
El sitio consiste en una serie de construcciones que constituyen los restos de un centro administrativo del Tihuantisuyu (“Las cuatro provincias del sol” nombre que los Incas daban a su imperio). No lejos de allí se encuentran  otros sitios con los restos de los asentamientos que habitaban los que laboraban las laderas de los cerros y tributaban al Inca, desde algunos años antes de la llegada de los españoles a la región en el siglo XVI.
El sitio que íbamos a recorrer formaba parte de uno de los nudos más importantes del Qhapaq Ñan (el “camino principal”, es decir, la red de vías de comunicación que los Incas usaban para trasladar información, mercaderías y ejércitos) en el actual territorio argentino. Soledad ha trabajado en programas de investigación sobre el desarrollo de los caminos del indio prehispánicos (Camino del Inca) en la provincia de Salta y yo estaba ansioso de conocer este sitio (en todo historiador hay un arqueólogo escondido y un etnólogo en potencia).
En la noche de fogones, en Sala Payogasta (bello hotel en el que nos alojábamos), Soledad nos informó que, según los vecinos del lugar, el camino estaba bien. Cuando vi que su rostro expresaba sorpresa, inquirí la razón. Entonces expuso una profusa descripción del lugar. El camino llega hasta el pueblo y luego hay que seguir por la quebrada, es decir, por la huella que se forma sobre el lecho del río, unos cinco kilómetros más. Luego de pasar dos puestos, se accede al sitio a través de una senda presidida por un pequeño monte de sauces. En la estación de lluvias, la huella se desdibuja y esos cinco kilómetros no siempre están transitables en vehículo hay que andarlos a pie… y este año las lluvias se prolongaron demasiado, por lo que en el último tramo antes del sitio, la huella se encontraba cortada.
Decidimos que iríamos de todas maneras y llegaríamos hasta dónde pudiéramos. Sobre todo porque se habían anotado en la expedición Mariela, la hija de Soledad, su yerno Juan y su pequeño nieto Gastón de 4 años. También nos acompañaría el hermano de Soledad, el afamado bodeguero mendocino Sebastián Fernández al que todos sus amigos llaman El Cano desde su temprana adolescencia.   
II Una luz en el camino
Los auténticos viajeros suelen estar más preocupados por andar que por llegar. Contrariamente a ese hábito, nosotros íbamos con un propósito definido… y, sin embargo, algo nos detuvo antes de la mitad, habremos andado unos 10 km desde Payogasta.
Las dos chatas marchaban en caravana abandonando el Valle Calchaquí por un camino local que, alejándose de la Ruta 40, se internaba en la quebrada del Río Potreros. El paisaje relumbraba bajo el sol radiante del mediodía que dominaba la escena a través del aire diáfano. Luego de serpear algunas estribaciones, el camino se abre en una pampa bastante amplia por dónde los ríos transcurren mansamente, cuando llevan agua, claro está. Más allá, como a dos leguas, más que verse se intuyen los edificios de las grandes fincas vitícolas desplegadas en la quebrada del Río Blanco.
De pronto, la primera camioneta se detiene y sus ocupantes se bajan. Nosotros que venimos atrás, hacemos lo propio. Sin saber qué pasa vemos como El Cano haciendo señas con las manos logra que dirijamos la mirada a las primeras estribaciones de las serranías que ponen límite a la quebrada del Río Blanco por el Este.
Una luz tan intensa, casi enceguecedora, nos atraía como un faro paralizante. Aturdidos por la incomprensión, tomamos todas las fotografías que pudimos con nuestros teléfonos y cámaras. Maravillados por lo inesperado, hicimos que la intensidad de la luz impactara sobre las lentes de acercamiento que nuestros dispositivos disponían. No sabemos si las imágenes que obtuvimos revelan una realidad que no alcanzábamos a ver o simplemente exponen las deformidades que las capacidades ópticas disponibles permitían registrar.
Lo cierto es que allí estuvimos detenidos, apartados de perseguir nuestro propósito, por algo más de quince minutos. Soledad fue la única que dio una explicación. Debe ser el reflejo de la luz sobre una pantalla solar de generación de electricidad. Todos descaramos la idea, empezando por ella misma. La luz era tan intensa y estable que no permitía admitir la hipótesis de que se tratara de un reflejo. Aunque estaba en el cerro (no en el cielo), en un sitio donde ya no hay establecimientos ni actividades humanas; nunca supimos si la fuente de luz estaba suspendida, como vieron algunos, o apoyada, como vieron otros.
Para sacudirme el aturdimiento dije, seguro que es una instalación  de James Turrell encargad pos el suizo. Pero la broma no alcanzó para apartarnos de la atracción hipnótica que la luz ejercía sobre nosotros. Nos quedamos un rato largo esperando que algo sucediera… y sucedió.
La luz se fue apagando lentamente como si alguien manipulara un gigantesco dimmer o como si se tratara de un conjunto de reflectores que se iban apagando de a uno.
De pronto sentimos que la luz nos liberaba de su atracción. Podíamos seguir nuestro viaje, pero aún tuvimos un par de minutos más de indecisión. Un gigantesco aguilucho volaba en círculos por encima nuestro como si atisbara la presencia de una presa inexistente, o como si advirtiera nuestro desconcierto.
Esta vez, seguir nuestro camino fue una decisión colectiva que logramos no sin cierto esfuerzo de voluntad.
III Llegada demorada
Llegados al caserío de Potreros de Payogasta, Soledad quiso hacer la última constatación sobre el estado de camino. Nada supieron decirle con certeza. En el pueblo, tienen mayor vocación por tender la mirada dirigida a Cachi antes que hacia los pocos puestos que se desparraman río arriba. Sin embargo, nadie tenía noticias acerca de que los puesteros tuvieran dificultad para salir. De modo que entendimos que el camino estaba bien.
Explicaré un poco qué es ese camino, o mejor dicho, qué son los caminos. En temporadas de lluvia el torrente se acrecienta, cambia y borra huellas,  en el lecho de su cauce. Fuera de ella, sólo discurre por un estrecho talweg  que, en ciertas ocasiones, debe ser canalizado como una acequia para aprovechar el agua. Cuando las lluvias acaban hay que reconstruir los caminos que enlazan los puestos con el pueblo. Esta huella es recorrida a pie y a caballo por los puesteros y vecinos que aguas arriba y en las serranías de Capillas bajan para vender sus productos o hacer compras en Payogasta y Cachi.  El acceso vehícular es limitado. Cuando hace poco que la temporada húmeda ha pasado, todavía la red de huellas que permiten el acceso de vehículos no ha sido reconstruida.
La entrada al sitio arqueológico está después del segundo puesto por el camino más profundo de la red. Según nos informa Soledad, allí hay un monte de sauces, sobre la margen derecha del río, y, 500 metros después, se encuentra la entrada. El problema suele ser que la red de caminos no se reconstruye siempre con el mismo diseño. De modo que había que seguir hasta dónde los automóviles pudieran y terminar la andadura pie. Soledad recuerda que, en algunos casos, hay que andar a pie los cinco kilómetros que separan el pueblo del sitio.
Emprendimos la marcha con los dos camiones. Varias veces elegimos bifurcaciones equivocadas y tuvimos que retroceder, como si de corsi e ricosi se tratara y nuestra andadura no fuera un viaje placentero, sino una costosa metáfora de la historia y de lo humano.
Llegamos al final de la huella más profunda y no alcanzamos a ver el saucedal que señalaba el ingreso al lugar deseado.
Soledad, acompañada por su hija Mariela y por quien esto informa realizó algunas exploraciones a pie, sin encontrar nada, a pesar de que cruzamos el hilo de agua, a esa altura la ya mencionada acequia, hacia su banda derecha.
Entonces pensamos que la entrada debía estar en una bifurcación anterior, cuyo acceso vehicular aún no había sido abierto. Dejamos los coches y nos internamos a pie por un sendero que sólo habían transitado caballos. Luego de un kilómetro y algo más, subimos a una pequeña lomada. Desde allí vimos una mancha verde intensa hacia como a media legua hacia el oeste, ubicada antes de llegar al cordón de cerros que nos separaban de la Ruta 40. Hacia el norte había unas lomadas algo más altas.
Los peregrinos decidieron ascender a la colina que se elevaba a la derecha y desde allí buscar la identidad del paisaje, es decir, encontrar un sentido en lo que estábamos viendo.
Nos reunimos desalentados y ya con ganas de regresar. Por alguna razón, dijo Soledad, el sitio nos está negando el acceso. Volví a quedarme sorprendido por las explicaciones animistas de mi amiga antropóloga. Mariela y su marido pidieron al grupo que, si íbamos a regresar, los dejásemos subir por lo menos a esa loma que estaba al norte de nuestra ubicación, sólo para hacer un último intento de búsqueda. Decidí acompañarlos por lo menos hasta la mitad de la trepada para ver si se veía con mejor perspectiva la mancha verde del oeste que Soledad ya había descartado.
Mientras subíamos, advertimos la existencia de pequeños fragmentos de cerámica. Recordamos entonces lo que nos había indicado Soledad: “No toquen nada, ni levanten ningún objeto o resto de él que puedan encontrar. Cada piedra, cada fragmento de cerámica es un texto en un contexto, si sacan algo de su contexto, deja de hablarnos y de decirnos algo acerca del conjunto.” Con estas advertencias previas, nos limitamos a fotografiar esos pequeños restos que hablaban allí desde un pasado remoto. Finalmente, hice mi verificación sobre el paisaje y, desalentado por lo que vi, o mejor dicho, por lo que no vi, comencé mi descenso.
En eso estábamos, cuando sucedieron algunas cosas con vértigo sorprendente. Sólo fueron unos segundos, a mis comentarios sobre el hallazgo de la cerámica, siguió una afirmación de Soledad, obvia para ella, incomprensible hasta ese momento para mí: “estamos en el sitio”, y al instante la imagen de Mariela y Juan gritando y haciendo señas desde la loma. Mariela había estado allí a los 9 años y, a pesar de que ya habían pasado casi veinte, sabía qué era lo que buscaba y había encontrado, la kallanca.
IV Recorrido sorprendente  
No sé qué les pasa los demás, pero el recorrido de un sitio arqueológico me conmueve tanto como ingresar en una catedral gótica. No deja de sorprenderme cada detalle, no deja de bullir en mente la imágenes de cómo habría sido la vida en ese lugar. Los historiadores construimos una relato con la imaginación y luego buscamos que los restos del pasado lo confirmen o no. Lo cierto es que esta sensación la tuve en el 2014, cuando recorrimos los restos de la ciudad cacana de Fuerte Quemado en Santa María de Yocavil, Catamarca. También me pasó en 2015 en el Foro Romano y en la ciudad celtíbera de Contrebia Leucade, en La Rioja española.
Ahora estaba frente a una sede administrativa y ceremonial del Tihuantisuyu. Un sitio que quería conocer desde que me enteré de su existencia en 2014. No sabía cómo agradecerle a Soledad, no me salían las palabras. Pero Soledad estaba, literalmente hablando, en otra cosa. Se preguntaba qué mensaje se escondía detrás de esa dificultad que tuvimos para encontrar el sitio. Pensó, por ejemplo, en algo que se parecía a un desafío iniciático, el sitió nos exigió una serie de pruebas para ser digno de él. En ese momento, los comentarios de Soledad volvieron a me parecerme de escasa ponderación científica.
Andando entre las ruinas, Soledad nos mostró cada construcción. La habitación del curaca, responsable administrativo del Inca en la región; los recintos circulares (kollkas) que funcionaban como almacenes; los sitios rituales y, entre ellos, la kallanca (una pared de casi 7 metros de altura que era el resto supérstite de un gran templo). En el sitio vivían los dirigentes incaicos. Nos cuenta que, a poco de allí, trepando la cordillera hacia noroeste hay un otro sitio con almacenes y, desde allí, se puede transitar por una senda que forma parte del Qhapaq Ñam y comunica a través del cordón montañoso con el Valle Calchaquí, donde hay otros depósitos de mercadería.
Sobre las laderas orientales que estaban al alcance de nuestra vista, habían estado las áreas de cultivo. Más hacia el sur, cerca del pueblo, hay otro sitio más antiguo donde vivían los diaguitas que cultivaban la tierra y llevaban sus productos a los almacenes en pago de los tributos que debían a los dominadores incaicos.
Estábamos felices. Wences disfrutaba la andadura con la euforia de un descubridor, Azucena y Keith recorrían con curiosidad y percepción de entomólogos cada detalle, Inés buscaba los mejores lugares, las mejores imágenes, con idéntica fruición. Yo trataba de absorber lo que cada piedra decía a cada inquietud de mi imaginación, recordando lo que había aprendido hacía unos minutos, cada una de ellas era un texto que sólo se podía leer en el contexto del conjunto. Hasta El Cano, acostumbrado a las andaduras por los senderos cordilleranos en el Valle de Uco, estaba deslumbrado con lo que veíamos.  
La historia me parecía bastante clara, pero me faltaban las precisiones arqueológicas. En ese sentido, Soledad dio una explicación de cuáles son las intervenciones permitidas por las buenas prácticas y cuáles no (sólo limpiar los recintos y reconstruir las paredes con las piedras obtenidas de la limpieza). En ese momento sentí que las cosas entraban nuevamente en el terreno iluminado por la clara racionalidad de la ciencia positiva de Occidente… pero, Soledad volvió a sorprenderme.                     
Nos invitó a sentarnos frente a la kallanca y, en silencio, conectarnos con la madre tierra y los dioses en los que creyéramos. Para ella, en ese ritual, daba lo mismo que fuera Yavé o el mismo Inti. A muchos de nosotros, criados en hábitos urbanos y formaciones científicas racionales, nos costó mucho concentrarnos en el silencio con lo sagrado. 
V Luces y sombras del pasado
Estuve varios días pensando en todo lo que había visto y aprendido; en la posibilidad de reconstruir la historia y, dogmáticamente hablando,  también la prehistoria del lugar. Pensé en el desarrollo de una cultura sojuzgada por la fuerza de los ejércitos imperiales. Pensé en el drama de la invasión y de la imposición de idioma quechua… y, luego, los dramas y tragedias que siguieron cuando los europeos llegaron al lugar con sus propias tenciones y contradicciones como aquellas que había entre su avaricia y ambición de poder con su fanatismo religioso que, a pesar de muchos esfuerzos, no logró detener la conquista despiadada que sucedió a otra conquista despiadada y la imposición de un nuevo idioma imperial, el castellano.

Unos días después de nuestro regreso a las ciudades en que vivimos, Soledad envió una imagen con información adicional. Ubicó en un mapa el sitio en dónde la luz que nos detuvo a mitad de camino, supuestamente estaba posada o suspendida. La ubicación estaba rodeada de una gran cantidad de sitios arqueológicos que daban testimonio de la cultura diaguita y de la dominación de los Incas que había llevado sus ejércitos hasta esos valles siguiendo la luz del sol.
Recibí el mapa casi como una revelación. Todas las cosas extrañas al pensamiento científico que Soledad había proferido en esa jornada empezaron a cobrar nuevo sentido en mi mente. Debo confesar que, en ese momento, me arrepentí de lo groseramente desubicado que fue mi chiste sobre la intervención de James Turrell…
¿Por qué esa luz provenía de un área que tuvo intensa actividad humana hace 500 años?    
¿…Y, si realmente hicimos un viaje iniciático… y, si esa luz intensa, ese aguilucho que rondaba y nuestra dificultad para encontrar la huella principal que nos llevara directamente al saucedal hubiesen sido las pruebas que debimos superar para merecernos el sitio, para alcanzar en él algún sentido trascendente, aunque éste sólo se jugara en el estricto ámbito de la pura condición humana?
¿Qué nos ha querido decir, qué secreto habrá querido revelar Potrero de Payogasta sobre ese grupo de almas urbanas que lo contemplaron?          


6 comentarios:

  1. hermoso relato...
    "There are more things in heaven and earth, Horatio, than are dreamt of in your philosophy."
    "Hay más cosas en el cielo y la tierra, Horacio, que las soñadas en tu filosofía."
    Hamlet, escena V del primer acto
    William Shakespeare. primera edición probable entre 1599 y 1601
    abrazo

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    1. Gracias, Héctor, por tu comentario.
      Ciertamente, "there are more things"

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  2. Apasionante descripción de lo indescriptible.
    La intriga es tal que siento excitación con la promesa de descubrir el mensaje de los antepasados.
    Amerita insistir con la exploración del lugar y el contacto profundo con su historia.
    Se debería ejercitar la escucha de los silencios porque allí es cuando nos llega la Verdad.
    Creo que ya tengo algo para hacer en el futuro . . .

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    1. Gracias, Oscar, por tus comentarios.
      Comparto expresamente la idea de escuchar los silencios.
      Como este es un blog de cocina, te recomiendo leer, si aún no lo hiciste aún, la primeras novela de Andrea Camilleri. En ellas, el comisario Montavano comía en una pequeña trattoría. Su dueño, el señor Caloggero recomendaba comer en silencio.
      Los sibaritas piensan que ese silencio es necesario para disfrutar de los placeres sensuales que despierta una comida bien hecha con productos nobles.
      Seguro que es así, pero creo también que ese silencio permite la conciencia de que en ese acto nos estamos alimentando.

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    2. ¡¡¡ PEQUEÑA DISYUNTIVA !!!
      Nosotros, como buenos hijos de inmigrantes, tenemos la comida como punto de reunión para compartir nuestras realidades y esperanzas. No me imagino una comida que nos reúna en silencio.
      Por otra parte, me parece sumamente razonable comer en silencio para que los sabores y aromas llenen nuestra vida en el momento sublime de alimentarnos.
      ¿Cómo se te ocurre que podamos hacer para lograr ambas cosas?

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    3. Temo, querido Oscar, no tener una propuesta de solución a esa disyuntiva que no sólo nos acosa a nosotros, los nietos de inmigrantes europeos.

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