sábado, 25 de febrero de 2017

Atardecer en un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiso acordarse

19 a 20 de noviembre de 2015
Habíamos pasado unos días maravillosos en Andalucía. Tierra de sol en la que el desierto africano se insinúa en las apacibles volutas del arte del Califato y la voz quebrada de los cataores flamencos. Tocaba emprender la marcha hacia la otra España, la del señorío cristiano. Nuestro destino era La Rioja donde el corazón castellano balbuceó, hace ya más de mil años, sus primeras modulaciones en el idioma seco y austero que hablamos.
 Las imágenes pertenecen al autor

Pero el camino era largo y decidimos pasar una noche en Ciudad Real. Era sólo una parada en el camino, en una ciudad que a priori no nos ofrecía demasiado atractivo; pero también era la oportunidad de conocer algo más de Castilla la Mancha.
Sin embargo, como nos ocurre invariablemente cuando Haydée y yo decidimos hacer una parada de esta naturaleza, nos quedamos con gusto a poco y esperamos volver por allí a buscar los que pudimos entrever, pero no alcanzamos a disfrutar. En este viaje nos pasó con Perigueux y su mercado, ahora nos volvió a pasar con Ciudad Real, donde nos había conducido nuestro prejuicio con escasa expectativa.
¿Qué atractivo tiene este pueblo, una de las capitales de provincia más pequeña de toda España? Como ciudad, aparentemente poco; pero como provincia…
Rápidamente la recorrimos luego de almorzar. Un edificio municipal racionalista en el que manda el hormigón, pero que evoca antiguas ideas arquitectónicas medievales; la Catedral cuyo estilo gótico se ve influido y matizado por el tiempo que demandó su construcción; un carrillón instalado recientemente que ofrece un espectáculo quijotesco.
Era la hora de la siesta y casi todo estaba cerrado, de modo que decidimos no seguir buscando otros sitios. Pensamos que era tiempo para que nosotros también nos dedicáramos a la siesta. Sobre el atardecer iríamos nuevamente a la plaza, a la hora del carrillón, mientras hacíamos tiempo para ir al Museo del Quijote en el Parque Gasset… Cuando de pronto, casi enfrente de la Catedral, vimos un museo que estaba abierto. ¿A la hora de la siesta? Sí, abierto.
Entramos con avidez, y la sorpresa fue mayúscula. Recorrimos con detenimiento cada una de las salas del Museo Municipal Manuel López Villaseñor. No conozco demasiado acerca de la pintura y sus técnicas y estilos; pero puedo asegurar que, en esa hora en que la ciudad dormía, Haydée y yo nos sentimos conmovidos por varios cuadros del pintor local que había trascendido la provincia, pintando el mundo. Teníamos el museo casi para nosotros solos y disfrutamos de esa ventana a una de las grandes expresiones del arte plástico del siglo XX.
Ciudad Real empezaba a darnos lo que ni siquiera nos había prometido.
Fuimos a ver el espectáculo del carrillón en la Plaza Mayor. Una obra de relojería de construcción muy reciente (fue inaugurado en 2005). Está dispuesto sobre los restos de un edifico muy antiguo que fue expropiado por los Reyes Católicos y destinado al Ayuntamiento (funcionó como tal hasta la mitad del siglo XIX). El espectáculo es lindo. Lo presenciamos sentados en las terrazas de un bar, bebiéndonos unos tercios de cerveza. El otoño avanzado aún no se presentaba frío.
Completamos nuestra recorrida, yendo al Museo del Quijote que, más que un museo es un excelente centro de interpretación. El dispositivo ofrece una sala dedicada a las maquinarias de teatro del Siglo de Oro de las letras españolas y otra en la que se reconstruye, en muestra audiovisual, una imprenta de fines del siglo XVI y principios del siguiente. Algunas salas, con exposiciones ocasionales, completan el museo.
Salimos del espectáculo imbuidos en el espíritu cervantino. Tanto que me incitó a realizar una pregunta un tanto atrevida… ¿Por qué Ciudad Real se adueñó del Quijote, por qué se asumió a sí misma como ese rincón olvidable de La Mancha? La respuesta de uno de los guías fue un tanto inesperada. Nos dijo que hay pasajes de la novela que identifican edificios o personajes históricos de algunos pueblos que rodean la tan pequeña como justificadamente orgullosa capital provincial.
Recuerdo que me habló del pueblo en que él mismo había nacido, y aún vivía, y de un dintel que hay en una vieja casa que coincide con las descripciones de Cervantes. He olvidado el nombre del pueblo, porque apuramos la salida porque no teníamos demasiado tiempo ya. Entonces cobramos conciencia de que no tendríamos previsto el tiempo necesario para hacer lo debido en Ciudad Real.
Partimos hacia La Rioja por la mañana, bien temprano, llevando en la mente la idea de una próxima vez en Ciudad Real... Aunque no habrá segunda vez, sin antes haber leído la historia del Ingenioso Hidalgo…


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