sábado, 16 de mayo de 2015

Champiñones a la Segoviana

José Fernández Erro nos invita a disfrutar de la vista que nos ofrece la Plaza del Azoguejo en Segovia. Por allí anduvo y comió estos champiñones... por allí anduvo también Antonio del Camino, poeta talaverano, amigo del autor de los cocinetos.
Referencia de la imagen de Oscar Chico Garrido en (a)
¿Qué hay en esa plaza además del acueducto romano? Dejemos que José nos cuente:
Cándido era el Mesonero Mayor de Castilla, célebre cocinero cuyo restaurante sigue estando en Segovia, al pie del Azoguejo. Es impecable su cochinillo. Segovia, como capital de la provincia del mismo nombre,  es punto de confluencia de la tierra de los cochinillos, hacia el suroeste y Ávila, y la de los lechazos, hacia el noreste y Burgos. Para mí, en la experiencia personal de andar y ver, Arévalo es la capital del cochinillo y Aranda del Duero la del lechazo, pero ancha es Castilla y cochinillos y lechazos los hay en todos los pueblos.”(1)
El cocineto que registra la receta ofrece elementos suficientes como para que un cocinero inquieto y sensible pueda reproducirla sin problemas. Mi duda, una preocupación menor, por cierto, es qué diferencia puede haber en el resultado si no se oficia el plato con vino castellano.
Champiñones a la Segoviana
Fuente (fecha)
Cocinetos de José Fernández Erro (2004)(2)
Ingredientes
Champiñones.
Tocino.
Ajo.
Perejil.
Vino blanco.
Aceite de oliva.
Sal.
Guindilla (opcional).
Preparación
De Cándido, Mesonero Mayor
A Antonio del Camino, que por
Segovia anduvo.
En un cazo esencial dora tocino
con aceite que venga del olivo.
Pon picados el ajo cristalino
y el perejil huertano y primitivo.
Echa en cuartos los hongos al camino,
les quitará su zumo el fuego vivo.
Añade finalmente algo de vino
dorado, del país, caritativo.
Pon si quieres, de entrada, una guindilla.
Deja adensar. Y llévalo a la mesa
en cazuelas de barro humilde y viejo.
Llevarás el aroma de Castilla,
su austera y contundente fortaleza
y el misterio racial del Azoguejo.
Comentarios
Una regla he seguido en la transcripción de los cocinetos: agregar un listado de ingrediente que se extraen del mismo poema. Cuando he reproducido las recetas en mi cocina, he agregado adicionalmente la medida de los mismos... si no, las dejo a la imaginación y experiencia del cocinero lector.
Notas y bibliografía:
(1) 2014, de José Fernández Erro a Mario Aiscurri, correo-e del 14 de junio.
(2) 2004, Fernández Erro, José, Una mesa es un camino, Talavera de la Reina, Antonio del Camino, con prólogo de Antonio del Camino, pag. 19.
(a) Leído en http://m.artelista.com/autor/chicogarridocom/list.html el 14 de mayo de 2015.


Recetario lírico: los cocinetos de José Fernández Erro

Ya he escrito y publicado una recopilación de recetas de mi amigo José Fernández Erro. En ese artículo, centraba mi atención en una descripción de cuáles fueron sus motivos y cuáles las influencias que hicieron de él un gastrónomo. La andadura hacia el origen familiar en Navarra y Asturias y el hogar de su infancia y juventud donde desarrolló sus raíces, nutridas por la tierra feraz de Gorostiaga (cerquita de Chivilcoy), el duro pavimento de las calles del barrio de Villa del Parque en la Ciudad Buenos Aires y el amor incondicional por la Provincia de Salta en sus valles de Lerma y Calchaquíes. También la navegación por una infinidad de libros y los viajes por América y Europa le permitieron desplegar alas de universalidad.
 Las imágenes pertenecen al autor
Comuniqué su pasión por los boliches, desde el escueto restaurante de trabajadores que don Mendoza regentaba en Villa Pueyrredón de la ciudad de Buenos Aires hasta las tabernas del barrio francés de New Orleans, desde un modesto restaurante en Chilecito hasta las fondas y paradores del Camino de Santiago.
Expuse las condiciones en que desarrolló su experiencia de cocinero vocacional porque aquel artículo pretendía ser una recopilación de buena parte de sus recetas. Sin embargo, la publicación de las mismas fue parca. Allí sólo pueden encontrarse dos, el Caldillo de congrio, inspirado en Pablo Neruda y Aída Figueroa de Insunza, y el Pollo al ajillo de don Gonzalo, el abuelo extremeño de su esposa. Me dije que era hora de reparar esa avaricia.
Por otra parte, había un condicionamiento formal. Me interesó mostrar entonces su actitud frente a los fogones en el marco de un recorrido que estaba haciendo acerca de la presencia española e italiana en la comida criolla en las pampas argentinas. No se trataba de una indagación científica, sino simplemente de una recopilación sentimental. De modo que ese artículo completaba una trilogía con algunas recetas de mi tía Maruca (nacida y criada en la ciudad de San Pedro en el seno de una familia de origen italiano) y mi amiga Alicia Boero (tres abuelos piamonteses y uno catalán, nacida y criada en la ciudad de Sastre, en el corazón de la pampa gringa santafecina).
Puesto a reparar mi parquedad, poco tengo que agregar aquí sobre estos temas. Me propongo mirar las cosas desde otro lado. Es que mi amigo José no solo es un tripasai de pura cepa y buena crianza, es también un poeta... En aquella oportunidad, mostré la punta del iceberg porque la receta de Pollo al ajillo es un soneto de musicalidad inigualable que sus manos transformaron en una comida amical y memorable en el patio de Miguel Albrecht en Quilmes Oeste. Aprendí a cocinar este pollo, viendo cómo lo hacía José; pero cada vez que tengo una duda, releo el poema y comprendo la solución.
Hace algunos días, releía yo un pequeño libro de Patricia Aguirre. La autora quiere mostrar cómo la dieta de los distintos sectores sociales está asociada a una imagen corporal definida y diferenciada para cada uno de ellos. Insiste en la idea de que el acto de comer no solo importa la ejecución de una función biológica. En el acto de comer en los seres humanos, nos dice su texto, es una acción cultural(1). José da testimonio de esta dimensión de la comida en uno de sus correos-e. Allí dice, en referencia a una fiesta en la que compartimos la mesa, “es cierto que un buen ambiente y una buena comida predisponen a la alegría y la facilitan. Sin embargo, una buena botella no hace un buen vino. Lo que importa es su contenido: el carácter cordial, familiar, distendido y culto de la gente que se sentó a la mesa fueron lo esencial”(2).
Lo que hace que este sentimiento, frecuente en las mesas cargadas de humanidad, sea una expresión particular en José es que, en muchas oportunidades, después de algún encuentro de amigos aparece un poema que sus manos han tejido porque su corazón lo ha dictado. Así, casi como en un acto mágico, ese encuentro particular adquiere trascendencia, eternidad, a partir del poema.
En nuestros años de juventud, compartíamos un grupo de amigos en los que solía haber encuentros de vino, guitarras y canto... y algo para comer. Durante mucho tiempo pensé y dije que los poemas que José escribía sobre estos encuentros conformaban una crónica de la historia de ese grupo de amigos. José desmiente mi percepción, porque no se propuso la misión de cronista, sino la de expresar un sentimiento y que esto solo era posible cuando la inspiración se presentaba(3). Agrego hoy que considerar una abigarrada colección de piezas líricas como si fueran la crónica es cuanto mucho una metáfora fallida.
Pero lo cierto es que los poemas estaban allí y recordaban, por ejemplo, un encuentro en un patio de parras en el barrio de Mataderos en una noche en que comimos unas empanadas deliciosas producidas por manos sabias, tomamos vino blanco de damajuanas y cantamos casi hasta el alba.
Ahora acometo esta nueva recopilación de recetas de José. Esta vez concentro la atención en la poesía. A lo largo de los años ha escrito una serie de recetas, los cocinetos, que han visto la estampa en una pequeña edición(4).
¿Qué son los cocinetos? Él mismo lo cuenta:
Mis cocinetos son poemas nacidos al calor de un foro en el que, por ser éste de sonetos, comenzamos a compartir nuestras experiencias culinarias de esa manera. Para entonces, uno de los foristas contaba sus chistes en lo que llamaba chisnetos, con lo que a alguien inmediatamente se le ocurrió el nombre de cocinetos. Después yo recopilé los míos y ahora son públicos, /.../. El cocineto es una experiencia personal en torno a un plato y difícilmente pueda hacerse con él una historia o una receta, /.../.”(5)
Aclaro que el foro al que se refiere José exponía sus debates y propuestas se encontraba en la Web. Hace algunos años, cuando las redes sociales, las wikis y los blogs, no tenían la difusión y el desarrollo actual, los foros eran el medio preferido para el intercambio de ideas en la Internet y había una gran cantidad de sitios que los ofrecían.
Comparto la idea de que los cocinetos son experiencias personales y que no se puede construir una historia a partir de ellos; pero, si recuerdo a José cocinando a partir de la oda de Neruda, puedo agregar un matiz. Es cierto, como me ha contado, que, cuando quiso hacer un caldillo de congrio como corresponde, el poema de Neruda le resultó insuficiente(6). Fue por ello que tuvo que recurrir al libro de Aída Figueroa de Insunza(7). Pero también es cierto que aquel caldillo de congrio de su juventud estuvo dotado de un sabor memorable. Es que la sensibilidad de José puso en esa comida lo que la receta no decía... ¿por qué no intentar que otras personas experimenten la misma sensación a partir de sus cocinetos y disfruten a la vez de un plato preparado con cariño y de una música saludable?
Los cocinetos son la versión lírica, sentimental y fiestera de algunas de las recetas que José practica en su cocina hogareña. No son los únicos platos que cocina, ni los únicos poemas que dedica a los fenómenos gastronómicos (ya hablé de los poemas de juventud). El citado libro Una mesa es un camino, da cuenta de la diversidad de miradas que, sobre esos fenómenos, José experimenta y traduce a lira. También da cuenta de su vocación andariega y de su intento de penetración de los sentidos habituales de la vida en los lugares que visita. Lo dice así:
Hablábamos el sábado de lo poco que se puede llegar a conocer una ciudad del mundo, incluida la que habitamos desde hace tantísimos años, con lo que no está demás ser viajero en Buenos Aires. Para un viajero, o al menos para mí cuando lo soy, los mercados y los boliches son tan relevantes como los museos y los monumentos a la hora de tratar de entender una ciudad.”(8)
Una mesa... contiene, además de los cocinetos, poemas dedicados a fondas y paradores, al asado criollo en general y al del cordero en particular. De modo que la Patria criolla, la España nutricia y los caminos del mundo son el escenario propicio para su mirada sobre la cocina.
Su expresión lírica no se agota en el tema que nos interesa y en los otros que dan lugar a sus poemas. Acomete con palabras intencionadas sobre el ámbito de la canción. Es autor de innumerables letras que llevan música de Beto Asurey, las más antiguas, y Miguel Albrecht, las recientes. De él son todas las letras del disco Cuando el río me lleve que Miguel Albrecht grabó hace algunos años. José y Miguel compusieron el espectáculo “Cocineros y cantores”. Trata de un recorrido lírico por la tierra argentina, el hombre en el paisaje, la canción y la cocina. Tuve oportunidad de presenciarlo, y disfrutarlo, en la presentación que hicieron en el Museo Isaac Fernández Blanco en octubre de 2012.
Su vocación de cocinero se ha proyectado en su hijo, Paco quien la ha trasformado en profesión. Paco es un cocinero excelente que recoge las experiencias familiares y las transforma a partir de su sólida formación académica, de su experiencia en los fogones de Italia, España y La Argentina y de su inspiración personal. Actualmente es el maestro de cocina de una cálida y notable idea gastronómica, Sukaldea.
Temiendo y deseando que esta recopilación de recetas se parezca más a una antología poética que a un recetario, publico en sendos artículos los siguientes cocinetos: Champiñones a la segoviana, Setas a la plancha, Locro, Empanada salteña, Chimichurri y Boda de oda anerudada.
No quiero concluir este texto sin dejarles un poema de José:
LAFFITE'S BLACKSMITH SHOP
French Quarter, New Orleans
La taberna con aire de piratas,
contrabando y mujeres casquivanas,
prende blues en la sombra. Tiene ganas
de alumbrase con velas mojigatas,
de olvidarse de sí. No le son gratas
las torres luminosas ni las vanas
lujurias de las próximas manzanas.
Allí llegan los tristes y las ratas,
las dulces estudiantes de Loyola
y algún aventurero vagabundo
de mirada romántica y perpleja.
Menos sola está allí la gente sola:
Cuando la soledad manda en el mundo
la taberna nos da su mano vieja.(9)
Notas y referencias:
(1) 2010, Aguirre, Patricia, Ricos flacos y gordos pobres, Buenos Aires, Capital Intelectual, 1° edición de 2004, pag. 19 y ss.
(2) 2014, Fernández Erro, José, correo-e a Mario Aiscurri del 28 de abril.
(3) 2003, Fernández Erro, José, correo-e a Mario Aiscurri del 31 de marzo.
(4) 2004, Fernández Erro, José, Una mesa es un camino, Talavera de la Reina, Antonio del Camino, con prólogo de Antonio del Camino.
(5) 2014, Fernández Erro, José, correo-e a Mario Aiscurri del 28 de abril.
(6) 2011, Fernández Erro, José, correo-e a Mario Aiscurri del 12 de abril.
(7) 2000, Figueroa de Insunza, Aída, A la mesa con Neruda.
(8) 2014, Fernández Erro, José, correo-e a Mario Aiscurri del 28 de abril.
(9) 2004, Fernández Erro, José, Op. Cit., pag. 42.



miércoles, 13 de mayo de 2015

Separación de hollejos y preparación de la vineta

Monte Grande, 12 de abril de 2015
Es domingo y es otoño, es una tarde espléndida de sol en Monte Grande y estamos en casa de Rubén Cirocco trabajando en nuestro vino.
 Las imágenes pertenecen al autor 
Hacía 10 días que habíamos comprado las uvas en Don Gaspar, en el barrio porteño de Liniers. Pedimos, entonces, que las molieran con la máquina despalilladora y la llevamos a Monte Grande y las depositamos en dos enormes vasijas plásticas (una para el malbec y otra para el syrah).
Rubén, fue midiendo en este tiempo, la cantidad de azúcar que los mostos tenían. El viernes 10, advirtió que el malbec se había quedado sin azúcar. Fue entonces que decidió adelantarse a nuestra visita y separar los hollejos por su cuenta. Los colocó en una tercera vasija y le agregó agua para preparar la vineta.
Cuando llegamos el domingo, el syrah aún tenía suficiente cantidad de azúcar como para seguir su fermentación. De modo que nuestra tarea fue retirar los hollejos del líquido y dejar que terminara la fermentación en grandes damajuanas de 25 litros.
Por otra parte quitamos el líquido de la vineta que Rubén había preparado el viernes y lo dejamos en damajuanas para que también complete su fermentación. A este líquido agregamos el que obtuvimos de prensar los hollejos (tanto en el caso de la vineta, por un lado, como en el del syrah, por el otro).
La tarea fue ardua y estuvo matizada con alguna prueba de los vinos obtenidos. Estamos contentos con el resultado de nuestra empresa, Rubén estima que el proceso fue muy rápido debido a las condiciones climáticas de estos días (temperaturas elevadas para la época durante el día, algo más fresco por las noches).

sábado, 9 de mayo de 2015

Buenos Aires y los arrabales de Ítaca (...y se va la tercera)

7 de julio de 2014
Constantino Cavafis recomienda que en los viajes, “...hazte con hermosas mercancías, / nácar y coral, ámbar y ébano / y toda suerte de perfumes sensuales, / cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.”(1).
Las imágenes pertenecen al autor 
Y yo me creí que me había hecho de todos los perfumes sensuales posibles de encontrar en los nuevos rincones de la ciudad con las especias que compré en el mercado boliviano de Liniers y con el olor característico de los salones en los restaurantes chinos... Ocurrió que en abril tomé unas vacaciones que dediqué a recorrer los barrios de la ciudad con ojos de extranjero, tomando como guía el poema de Cavafis. Anduve por San Telmo, Belgrano, Colegiales, Mataderos; pero cuando llegué a Liniers me di cuenta que había estado recorriendo buena parte de los rincones de la ciudad en que las nuevas colectividades de inmigrantes adquieren visibilidad.
Pero los barrios de las nuevas inmigraciones no se agotan en el Barrio Chino de Belgrano y ese fragante mercado boliviano de Liniers... En el barrio de Flores hay algo más... De modo que aproveché unos días que me quedaron de vacaciones para completar el recorrido.
V En el barrio de Flores han tenido residencia, desde hace muchos años, núcleos importantes de las colectividades judía y árabe. Más recientemente, es, también el habitat de numerosas familias coreanas.
Los coreanos que se instalaron en nuestro país ejercen el comercio de indumentaria como actividad principal que los identifica. De modo que se superpusieron con la actividad principal de muchos descendientes de Israel. Quiere afirmar una historia, con visos de leyenda urbana, que disputaron territorio. Primero en el Once y luego en el sector de Flores que linda con el barrio de Floresta, haciendo eje sobre la Avenida Avellaneda. Lo cierto es que, en ambos barrios el desarrollo del comercio en el mencionado ramo es profuso y que en ambos barrios ambas colectividades están presentes ejerciéndolo. Intuyo que se ha alcanzado un equilibrio “ecológico” y que los judíos predominan en el Once y los coreanos en Flores; pero sólo se trata de una especulación sin más fundamentos que algunas observaciones directas que pueden hacerse si se recorren las calles de ambos barrios.
El lunes 7 de julio fui a recorrer Avellaneda, nombre con que empieza a identificarse ese sector de los barrios de Flores y Floresta. No fui a comprar nada, sólo fui a ver de qué se trata y a buscar algún restaurante coreano con la finalidad de echar una primera mirada a esa gastronomía.
Entré en el barrio por la calle Concordia. Apenas se cruzan las vías del Ferrocarril Sarmiento se ingresa en un extenso centro comercial a cielo abierto. Son como setenta manzanas en las que se disponen una apretada secuencia de locales comerciales. La mayoría de ellos se presentan desde frentes pequeños. En las cuadras de mayor densidad, pude sumar más de ochenta locales sobre las dos aceras.
En esa primera cuadra de Concordia hay una fuerte concentración de negocios que venden equipamientos e insumos para la producción de indumentaria (máquinas de coser, hilados, botones, telas, etc.). El día se presentaba frío, pero soleado. Más de una vez he sentido que cuando hay sol la vida bulle. La febril actividad que vería en el barrio a lo largo de toda mi recorrida mostraba ese bullicio que ponía en primer plano la esperanza de una vida mejor cifrada en el trabajo en el que todos parecen tener un lugar digno. Sin embargo, tuve que andar varias cuadras para que se borrara la primera impresión que me causó ese recorrido por la calle Concordia entre Venancio Flores y Bacacay... Es que hay viejas historias en el barrio sobre trabajo esclavo. Historias que primero se constaban en voz baja y luego llegaron a las páginas de los diarios y a los estrados judiciales.
En fin, eso es parte de la realidad, un parte que no hay que negar, pero no es toda la realidad. La imagen predominante que me dejó barrio es la de una raro y respetuoso equilibrio entre todos los que allí trabajan. La sucesión de negocios, las galería, los manteros y los vendedores de comida callejera conviven en aparente armonía y, aunque seguramente habrá tensiones ocultas, nada hubo que desmintiera esta imagen en las dos horas que estuve recorriendo las calles.
Los negocios siguen una cierta regularidad, cuatro metros de frente y una disposición en profundidad hasta donde cada solar lo permite. Fuera de eso, todo es una mezcla abigarrada de estilos. Muchos ofrecen a la vista un diseño minimalista, racional, moderno que los asemejan a los comercios de los grandes shoppings de la ciudad. Otros ofrecen con sencillez sus mercaderías. Algunos hay, también, en donde predomina el desorden. Casi todos exhiben un nombre y un logo que los identifica. No he podido verificar cuántos de estos logos representan una protomarca que se estampa también en las prendas que venden. Cada tanto, pueden verse pequeñas galerías, algunas algo oscuras, otras luminosas. En ellas, los negocios son más pequeños y la ropa se exhibe amontonada. Finalmente, hay una extraordinaria cantidad de manteros que también ofrecen sus cosas que se ofrecen en aparente amontonamiento y desorden mayor que en las galerías. El barrio es la viva imagen cinematográfica de un mercado oriental...
...de un mercado oriental que está en el cruce de los caminos de las caravanas. Los rostros se comunican a través del lenguaje universal del comercio en una auténtica algarabía de palabras. Recorro y escucho voces que hablan idiomas incomprensibles. Los coreanos ponen lo suyo, pero también los senegaleses, los bolivianos intercambian expresiones en aymara y los árabes y judíos, la media lengua que aún conservan sus ancianos. La mezcla se ve en todo, hombres y mujeres que salen de sus viviendas, algunos rostros de ojos rasgados del lejano oriente y algunas mujeres con la cabeza cubierta (¿judías o musulmanas?) y hombres de largas guedejas y quipá de un oriente más cercano... ¿Un auténtico mercado persa o el paisaje de un barrio porteño? Esa mezcla rara me trajo a la memoria el bar Ismir en el Villa Crespo de mil nueve vientipico que describe Leopoldo Marechal en Adán Buenosayres.
No parece haber un orden. Intento ver una regularidad. Una mayor concentración de negocios coreanos en la calle Morón, aunque también en la Avenida, se los ve; los senegaleses son manteros, pero también hay otros manteros; los bolivianos que venden comida callejera (salteñas, sopas, tamales); los judíos sobre en la parte sur del barrio; los árabes en Bogotá, pero también por Ibarguren... No, desisto, hay preferencias, pero hay una mezcla auténtica, una armónica heterogeneidad.
Hace unos diez años anduve por este barrio en algunas oportunidades. Entonces el centro comercial de indumentaria apenas se insinuaba en algunas pocas cuadras sobre la Avenida Avellaneda. Ese rincón de la Ciudad era sede de instituciones de la comunidad musulmana. Ahora volvía a recorrer la calle Bogotá para ver el frente del Instituto Árabe Islámico, una escuela incorporada a la enseñanza oficial. Me costó dar con él, rodeado como está de negocios, inmerso en el centro comercial que ahora se ve tan extendido. ¿Es lo único que queda de la colectividad árabe islámica del barrio? No, a simple vista, y sin buscar más, pude ver la panadería árabe llamada Fatay en la calle Felipe Vallese; el almacén que funciona como bar y sandwichería que exhibe un banderín de El Líbano en sus estanterías (se llama Almacén de Julio y está en la esquina de Aranguren y Concordia) y un restaurante en la calle Morón entre Argerich y Helguera. Creo que buscando con mayor dedicación, se pueden encontrar otros sitios en donde esa colectividad se encuentra aún muy visible en el barrio.
Alguna vez escuché una teoría que sostiene que lo masculino y lo femenino reconocen una estructuración atávica formada antes de la revolución neolítica, es decir, hace más de 8000 años. Las responsabilidades para la subsistencia se dividían. Los hombres cazaban las presas más sustanciosas y las mujeres recolectaban los mejor frutos, los más nutritivos. No sé, pero se me ocurre que si vamos a un centro comercial podemos ver que la mayoría de las mujeres recorren muchísimos locales antes de comprar algo. En ese recorrido miran lo que necesitan, y lo que no, también y llevan un minucioso registro de calidades y precios. En cambio, la mayoría de los hombres sólo dirigimos la mirada hacia lo que necesitamos. No puedo generalizar indebidamente, por ello hablo de la mayoría de cada género. Sin embargo, Haydée y yo no escapamos de esa generalidad y, como mi presa era la cocina coreana en el marco de la vida cultural del barrio, me declaro inhábil para hablar de la calidad de los productos; pero no para señalar quienes son los principales compradores.
Hay algunos signos que los identifican. En varios lugares del barrio, pueden verse micros de larga distancia estacionados y por todas partes se encuentran compradoras, y también compradores, cargando carros sombre los que portan enormes bolsones, generalmente azules, o arrastrando valijas de gran tamaño. Sí, compran al por mayor para abastecer locales de venta minorista. ¿Dónde? En el conurbano bonaerense, en la ciudades de la Provincia de Buenos Aires... En un rincón de mi recorrido, pude observar como cargaban los bolsones azules en el maletero de uno de los colectivos. Pasé por entre esos compradores cuando un acento inconfundible llamó mi atención. Me dirigía al hombre y le dije “Córdoba”... “Córdoba Capital”, me respondió.
VI Caminé por esas calles con la idea premeditada de abrir un postigo y asomarme a los aromas, sabores y texturas de la cocina coreana. Llevaba una lista de restaurantes que elaboré trabajosamente a partir de varias consultas en la Internet y de la invalorable guía de Pietro Sorba(2).
Andaba, miraba, registraba la mezcla de colores e idiomas que el barrio ofrece... y también de aromas y sabores porque también ofrece una gran cantidad de puestos de comida callejera. Criollos vendiendo sandwiches de fiambres artesanales, o que por lo menos lo parecían, pancherías, cocineras bolivianas vendiendo “salteñas” y sopas, y hasta un señor con un carrito vendiendo tamales. De modo que la oferta es variada.
Hay locales de comidas rápidas como el citado Almacén de Julio que ofrece café con medialunas, sandwiches y empanadas o como el local de comidas rápidas en Concordia al 600. Este último, muy a tono con el carácter misturado del barrio, hace alarde de cocina fusión en un volante de publicidad (arroces orientales, empanadas criollas, sushi, milanesas, arrolladitos primavera, rabas, etc).
Pude identificar la dirección de todos los restaurantes coreanos de mi lista. Pero no pude establecer con certeza qué tipo de cocina hay en esos lugares. Salvo un par de casos en que hay un cartel que anuncia que allí hay un restaurante de cocina coreana, el resto se divide en dos tipos de locales. Por un lado, aquéllos que se alojan en locales abiertos que uno puede identificar como una casa de restauración por el mobiliario que puede verse a través de las ventanas. Por el otro, aquéllos en los que la dirección coincide con una casa. Tengo la certeza de que hay restaurantes allí, las guías de la Internet los identifica con nombre y teléfono, como si fueran restaurantes de puertas cerradas; pero a diferencia de ellos, las guías indican también la dirección y no aluden a ninguna regla que establezca el requisito de reserva previa. Iba con la idea precisa de comer en Singul Bongul, es decir, iba sobre seguro... pero este fenómeno es digno de una segunda exploración.
¿Cómo llegué a Singul Bongul? A través de la guía de Pietro Sorba. Quise ir sobre seguro e imaginé que el tripazai xeneize hace un relevamiento y una cuidada selección antes de incluir un restaurante en sus guías. Sus críticas siempre me han transmitido confianza porque comparto buena parte de las reflexiones que realiza acerca de la cocina argentina.
Accedí al local cuya decoración se destaca por la extremada sencillez y asepsia. Sobre las mesas de fórmica sin mantel, una caja de madera contiene los cubiertos: palillos de metal y cucharas. Durante el servicio traen también cubiertos occidentales, pero imagino que sólo los ofrece a los comensales que no son paisanos.
Para elegir la comida pedí asesoramiento a un joven en apariencia argentino por su registro de habla y coreano por los rasgos de su rostro. Me explicó cuáles eran los platos más populares. Entre ellos elegí uno cuyo nombre en la carta es “dolsotbibimbad” y que consiste en una base de arroz, que me pareció similar al arroz gohan de los japoneses, y sobre ella verduras y carnes salteadas, todo coronado con un huevo frito. El plato lo sirven en un tazón de piedra que conserva el calor. Simultáneamente traen a la mesa una picada de ochos platitos, un caldo de carne con cebolla de verdeo y una salsita picante. La picada tiene algunos productos notables como repollo fermentado servido en salsa agridulce, unas tiritas de carne salteada, unos trozos de “panqueque de huevo”, brotes y verduras de hoja salteadas. Todo estaba aderezado con condimentos fragantes, salsas con una inclinación a lo que solemos denominar agridulce y semillas. Al plato principal se le puede agregar picante (no sé si este servicio es el usual o se trata de una práctica conveniente por la inserción del restaurante en Buenos Aires). Como dato interesante, noté una predominancia en la proporción de las verduras sobre las carnes.
Muy satisfecho con lo que comí, me fui yendo del barrio. Volví al subte por la calle Morón hasta Nazca, y por esta avenida hasta Rivadavia. A pesar de que tenía casi agotada mi capacidad de asombro, la caminata me deparó algunas sorpresas todavía. Por Morón, entre Helguera y Argerich, un extraño local totalmente abierto a la calle y sin carteles que anuncien nombre o identidad de lo que allí podía esperarse, disponía algunas mesas donde los parroquianos se deleitaban con platos de la culinaria árabe (casi le manoteo una pieza de sarma que se veía apetitoso al comensal que estaba más próximo a la vereda). Al lado, un local exhibía carteles indicativos de la comida coreana que ofrecía. Me pareció todo un símbolo de lo que había visto y vivido esa mañana de sol en el barrio de la Avenida Avellaneda. Pero nada es tan contundente allí como para quedar así, tan cerrado y prolijo. Poco antes de llegar a Nazca, un cartel anunciaba que el local que presidía se llamaba Pizza Casher Soultani... En la esquina de Yerbal y Nazca, un restaurante de comidas rápidas bolivianas indicaba que allí se podía comer pollo broaster como en La Paz o en el barrio de Liniers.
Notas y referencias:
(1) Cavafis, Constantino, Ítaca, leído el 27 de junio de 2014 en http://www.pixelteca.com/rapsodas/kavafis/itaca.html.
(2) 2011, Sorba, Pietro, Restaurantes de las colectividades de Buenos Aires, Buenos Aires, Planeta, pp. 148 y ss.


miércoles, 6 de mayo de 2015

Payogasta inolvidable: Cocina con pimentón

Sala de Payogasta organizó unas jornadas en torno de la cocina con pimentón en el fin de semana largo del 1º de mayo. Me tocó concurrir y participar con El Recopilador de sabores entrañables.
Las imágenes pertenecen al autor (salvo indicación en contrario)


Todo lo que ocurrió formó parte de una experiencia notable. Uso la palabra de modo intencional. En efecto, la Real Academia Española define “experiencia”, en segunda acepción, de este modo: Práctica prolongada que proporciona conocimiento o habilidad para hacer algo.” y fue precisamente eso lo que vivimos con Haydée en el Alto Valle Calchaquí.
El ascenso por la Cuesta del Obispo en medio de la niebla resultó emocionante, sobre todo cuando llegamos al mirador Piedra del Molino y la pudimos ver desde arriba. A partir de allí, todo fue un encuentro de profundas vibraciones espirituales con la tierra, las personas participantes y la cocina a fuego abierto.
Recorrimos la cancha de secado de pimientos, guiados por las sabias referencias de Julio Ruíz de los Llanos quien nos mostró con paciencia didascálica el proceso de selección de los frutos que permite elaborar el pimentón en sus tres clases (extra, selección y común). Su guía nos introdujo en la historia de este producto en el Valle Calchaquí y las bondades y dificultades de su cultivo, secado y molienda.
Recorrimos la bodega Viñas de Payogasta, primera escala en la Ruta del Vino en la Provincia de Salta, con la guía del ingeniero Alejandro Alonso. Nos mostró las instalaciones y nos explicó cómo se prepara el mistela (corte de torrontés y sauvignon blanc) y el vino top de la bodega. Se trata de un corte de malbec (50%), merlot (35%) y tannat (15%). Sólo el tannat tiene paso por barrica de un año. Este blend tiene una estiba en botella de un año más. Para quienes disfrutamos de los vinos frescos con poca madera, podemos encontrar en éste un ejemplar notable... Es muy placentero de beber.
Por las noches de estrellas y luna llena, el fogón nos esperaba en el patio central de la Sala. Allí el maestro charcutero de la ciudad de Salta, Eduardo Vilte nos deleitó con chorizos secos y frescos (en la segunda noche, explicó una de sus recetas a los participantes). Todas sus creaciones de este fin de semana fueron preparadas con carne de cordero (en algún caso, mezclada con algo de cerdo) y pimentón.
 Las imágenes pertenecen a María Fernanda Sola
Alejandro Alonso, preparó un dulce de pimientos y pimentón que sirvió de postre acompañado de queso de cabra elaborado en la misma Sala de Payogasta. 
En la primera noche, la cocinera profesional Carmen Ruíz de los Llanos nos deleitó con una deliciosa Sopa Nacional. La misma se prepara con frangollo (un maíz molido más fino que el que se usa para hacer el locro, pero mucho más grueso que la harina de maíz). El uso del pimentón le da un toque elegante a este plato de la cocina popular del Valle Calchaquí.
En la segunda noche, me tocó hacerme cargo de los fuegos. Preparé una vieja receta familiar: Estofado de aguja con pasta seca corta. El éxito de la preparación se debió a que condimenté el estofado con mucho pimentón local y una rama de canela. Esta combinación la saqué del recetario de la familia Flores.
Las imágenes pertenecen a María Fernanda Sola
Todas la experiencias resultaron de la mayor satisfacción de los concurrentes. Sin embargo, lo más notable de toda la jornada lo aportó el Valle... El desayunador de Sala de Payogasta ofrece una impresionante vista del Nevado de Cachi.




sábado, 2 de mayo de 2015

Recuerdos de la infancia de Miguel Brascó (1935)

El 14 de setiembre de 1926 nació Miguel Brascó en la ciudad de Sastre en la Provincia de Santa Fe. Abogado, escritor, periodista, lo conocemos como uno de los más importantes críticos eno gastronómicos de La Argentina. Él prefería verse como poeta. Lamentablemente partió de este mundo el 10 de mayo de 2014.    
Mónica Albirzú es una joven periodista y cocinera que publicó el reportaje a Miguel Brascó del que tomo los fragmentos que siguen y que dan cuenta de los recuerdos patagónicos del gastrónomo (en esa época, vivía en un pequeño enclave comercial inglés en la Provincia de Santa Cruz).(1) 
La Patagonia en 1935
1) La colonia británica en Santa Cruz
“Inglés estudié en el Colegio Nacional de Santa Fe a los 14 años, pero primero lo aprendí de chico, en Santa Cruz. Era un inglés básico, para poder comer. Cuando eras invitado por un compañero de escuela a su casa, a tomar el té por ejemplo, que era todo un ceremonial importante, tenías que usar las palabras correctas. Estaba la madre presente y vos le pedías el dulce, y la señora te miraba con ojos glaucos y hacía como que no te escuchaba, y no te daban nada hasta que no decías “marmalade”. Las inglesas de la Patagonia eran más inglesas que las de las Islas Británica, eran de las que pronunciaban el “yes” y el “no” para adentro.
”/.../.
”Todos los días los barcos venían de Inglaterra, de Liverpool, para llevarse la lana y los corderos que faenaban en la Patagonia. La lana iba a los textileros de Manchester y los corderos a Smithfield, en Londres, en el mercado decía “Argentinian lamb”. Se mandaban los corderos Chill, que no eran congelados ni enfriados, sino que eran una cosa intermedia. Eran envueltos con una especie de bolsa de tela de un punto muy abierto, y luego enfriados. Así llegaban a Inglaterra. Ellos tenían el cordero escocés, que es un gran cordero, pero en la Patagonia, el desarrollo del animal era óptimo. La oveja es un bicho muy perezoso, come alrededor y anda poco; pero en la Patagonia, que es una estepa de pastos ralos, tiene que caminar  y en consecuencia se obtiene un animal magro, sin mucha grasa, muy bueno. Por otro lado, entre el pasto natural de la estepa patagónica hay mucho romero salvaje, entonces el cordero tiene sabor a romero.
”Entonces, los barcos llegaban de Liverpool a cargar corderos y lanas y traían mercadería para la colonia inglesa: ropa, comestibles... Nosotros comíamos manteca inglesa, miel de caña, chocolates; las mentas como los after eighth eran comunes en mi infancia. El principal aprovisionamiento de la zona venía de Inglaterra. No recibíamos prácticamente nada de Buenos Aires.”
2) Sanz, el administrador de la estancia de bajos del Limay
”/.../ Además, mi padre tenía una estancia en los bajos del Limay, como a trescientos kilómetros de donde vivíamos, a la que se llegaba por tortuoso camino de huella. Íbamos muy poco. Algunas veces me subía al camión que llevaba las provisiones y sabía que no iba a poder volver: solía ocurrir que el camión no podía regresar por la nieve y te quedabas hasta que cambiara el clima. Mi padre tenía un administrador catalán llamado Sanz , de esos con frente blanca por no sacarse nunca la boina. Recuerdo que una vez me las ingenié para tomar el camión que iba a llevar las provisiones y me quedé en la estancia bastante tiempo, junto al inexpresivo Sanz. Su menú, mañana, tarde y noche, era puchero de capón magro, “escudella i carn d'olla”, y “cigrons” (garbanzos) de lata con tripa (mondongo). Nunca me dijo de dónde sacaba la tripa pero, habiendo yo probado el “hagáis” escocés (panza de oveja rellena) en casa de los McQueevan, la coincidencia de los gustos no dejaba lugar para la duda. /.../.”
3) Frutos del mar
“/.../. El mar también tenía su atractivo. Se formaban rías y las mareas de esas rías eran de catorce metros y con las bajantes uno tenía todo un territorio que normalmente estaba debajo del mar con mejillones, langostinos y todo tipo de animales que íbamos a recolectar... Eran excursiones cautelosas, era importante calcular bien el tiempo porque la marea podía volver a subir. Nos ocurrió una sola vez, y no hubo otra porque las paternidades se enteraron. El subprefecto, me acuerdo, se llamaba Gallardo. Un buchón.”
4) El vínculo con el vino y las comidas en la infancia
“Bebo vino desde los seis años y no tendría ocho cuando ya sazonaba mis propias coteletas de capón. Mi generación tomó vino desde la más tierna infancia. Fue la venturosa consecuencia de que en Argentina no se vendiese aún la Coca Cola. Nuestros padres nos servían en la copa un dedo de vino y diez de soda; si era verano, con hielo. La proporción de tinto iba creciendo con la edad. De esta manera todos entrábamos en la simple habitualidad del vino. A los veinte ya sabíamos lo que se debe saber para tomar vino con propiedad y sapiencia: que para servirlo en la copa debemos descorchar antes la botella.
”En casa había unas pautas gastronómicas muy simples. Mi familia era de clase media, mi padre era médico hijo de inmigrantes catalanes. Se comía bien pero eran platos de un sabor promedio, sin demasiado ingenio. Por otro lado en esa época no había mucho para elegir en la Patagonia, la imaginación no se podía aplicar tanto. Había cordero, que era el capó (castrado) de quince kilos, carne más sabrosa que la de oveja pero sin la delicadeza del lechal de siete u ocho kilos. Y también había muy buenos pescados de mar, inclusive róbalo, que después en Buenos Aires se puso de super moda con el nombre de merluza negra.
”Por otro lado, había pocas verduras, no porque no se pudieran cultivar. Las estancias que tenían huertas, tenían todas las verduras posibles, y las que no eran tan posibles se cultivaban en invernaderos y listo. En la Argentina la gente es muy perezosa en términos de trabajar la tierra, así que las huertas no abundaban.”  
5) La cocina de su madre
“/.../. Mi madre me introdujo en el aprecio de la música y la poesía. Gabriel Fauré, Maurice Ravel, Debussy, Charles Alkan. Tenía un espíritu sensible, creativo. Recitaba poemas de Rubén Darío, José Asunción Silva, Manuel Ugarte, Evaristo Carriego, Francis Jammes. Yo los aprendí y recordé toda mi vida.
”/.../.
”Mi madre era sensible y delicada pero entrerriana y perezosa. De manera que en casa generalmente cocinaban unas oriundas de Chiloé, mucho más imaginativas que las domésticas locales en el esquema de los aderezos. Yo me pasaba mucho tiempo en la cocina, viéndolas trabajar y haciendo otras cosas. Ellas me enseñaron esas otras cosas y, ya que estaban, a cocinar. De entonces viene mi efecto por el ají rocoto, la malagueta y el wasabi en las áreas del comer sabroso. /.../.”          
Notas y Bibliografía: 
(1) 2008, Albirzú, Mónica, Una charla con Miguel Brascó, Buenos Aires, Capital Intelectual.
(2) Ídem, pp. 15-20.