sábado, 28 de julio de 2012

La humilde epopeya de los gauchos judíos (Gloria Weisman)

Recordar con cariño al Rabino Blum,
también es tener memoria.
Tengo la impresión de que la comunidad judía en La Argentina ha navegado, en dos aguas, el mar profundo de lo criollo americano... y eso provocó que el barrio de Villa Crespo fuera a la vez un auténtico barrio porteño y el origen de la suave corriente de alas doradas que evoca la patria lontana. Esa navegación se percibe a veces de manera ambivalente, a veces de manera conflictiva, a veces simplemente como una suave queja, a veces como una complaciente espera... casi nunca de manera antagónica. La Avenida Corrientes es testigo y testimonio de ella... y también de la espera.
La sinagoga de la calle Paso (Ciudad de Buenos Aires).
Allí, el rabino Blum ejerció su magisterio.
(las fotografías del presente artículo pertenecen al autor) 
Uno de los gestos más emotivos de celebración del primer centenario de la Revolución fue la publicación de Los gauchos judíos, de Alberto Gerchunoff. Ya en ese libro, se ve esa ambivalencia, esa tensión, en la primitiva comunidad judía argentina. En las primeras páginas, se lee que el barón de Rostchild recomienda a los padres de las familias que sufrían diversas penurias sociales y políticas en Europa del este que abandonaran la nostalgia de la patria perdida. La expresión más contundente es “España no nos quiere”. En el mismo sentido, y después de relatar como a través de las tzures y najes (penas y alegrías) de la vida cotidiana aparecía en toda su talla el mítico gaucho judío, como si emergiera desde la misma nostalgia por España un inesperado deseo de arraigo en la tierra elegida para vivir una vida mejor. El autor profiere, finalmente, el deseo de que, para el segundo centenario, un hombre de su comunidad esté junto al obispo católico en el Tedeum celebratorio. ¿Habrá imaginado, Gerchunoff, que su profecía se iba a cumplir literalmente en la criollísima basílica de Luján?

"Las borrosas calles del Once" (1).
Muchos amigos míos de la colectividad, de mi generación, claro está, se  acriollaron al extremo en los años setenta, ejerciendo una participación activa de notable masividad en las experiencias políticas y culturales del populismo en auge. Varios de esos amigos, recuperaron, años después, retazos importantes de su tradición judía. Hacia fines de los ochenta, en varias circunstancias, fui invitado a la mesa familiar de algunos de ellos. Como en un rito iniciático, descubrí, en esas ocasiones, el enorme atractivo de la tradición culinaria de este pueblo. Empecé a comprender, entonces, por qué la Sra. de Koifman compraba tanto hígado en la carnicería de la calle Montiel en Mataderos.
En paralelo, y ya hablaré de ello en otra parte, apareció en mi vida la culinaria árabe. Lo traigo a colación porque la comida judía se reparte en dos tradiciones: la centro europea, de la que estoy hablando aquí, y la del Oriente Medio que comparte muchas cosas no sólo con la gastronomía árabe, sino también con la griega y la armenia.
Más recientemente, tuve una experiencia inolvidable, irrepetible. Juanita Posternak, una auténtica idishe mame, tiene un restaurante en un primer piso de una casa en la calle Arribeños en pleno Barrio Chino de Buenos Aires. Uno entra en ese lugar y le parece ingresar por el túnel del tiempo a la casa de un pequeño comerciante judío de clase media en el barrio de Villa Crespo o Flores o Mataderos. Los manteles de plástico impecables y los adornos dignos de una puesta en escena kisch resumen, bien en sentido contrario a las burlas de la postmodernidad, el gusto estético de la dueña de casa que debe tener la edad que hoy tendría mi madre. Uno llega a ese lugar, se sienta a la mesa y deja que le sirvan. Juanita llega con un carrito que oficia  de mesa de arrime que le permite un traslado cómodo desde la cocina. Va sirviendo un plato tras otro (knisches, varénikes, guefilte fish y un prolongadísimo etcétera), todos son abundantes... y cuidadito con dejar algo de comida en el plato.

Ana María Shúa, escritora que pertenece a mi generación, tiene un libro maravilloso... no, no hablo de Los amores de Laurita, sino de Risas y emociones de la cocina judía.(1) Se trata de un recetario acompañado de relatos familiares deliciosos que rescatan esa tradición más allá de cada receta.
Su lectura me provocó una tierna evocación de Juanita Posternak, transcribo unos párrafos para que se vea por qué:
“Lo esencial de una comida judía no es la cebollita frita, ni la división entre cárneos y lácteos, ni el típico gusto a nada (para gente proveniente de otras culturas, como por ejemplo mi papá) que suele provocar la típica ausencia de condimentos: salvo la pimienta, en la cocina judía europea casi no se usan las especias.
“Lo único verdaderamente esencial de una comida judía es que la cocine una madre judía. (Como se ha dicho muchas veces, si se reúne suficientes características culpógenas, la madre judía puede ser un marinero italiano, la favorita en un harén de Arabia Saudita o un bailarín de danzas balinesas). Cualquier plato del mundo, preparado por una madre judía, puede convertirse en una comida judía. Lo importante es que sea sano, abundante y muy muy alimenticio.”
Ahora bien, es muy difícil establecer si algo de esta tradición influyó sobre los gustos de ese magma irracional y seductor que es “lo argentino”. No parece muy evidente que haya aportado algo más que leberbush y pickles de pepinitos o cebollitas y que se come en ocasiones diferentes.

En los años noventa vivía en el Once y me gustaba comer en la esquina León Paley (Boulogne sur Mer y Corrientes). Allí descubrí que un sándwich de leber y pepinitos, sobre todo en un pan de cebollita, es tan delicioso como un choripán en la Feria de Mataderos (siempre hay que buscar que es lo correcto para comer en cada lugar, sobre todo en aquéllos  en que las raíces rompen las baldosas y se exponen al sol). Cuando quería uno, le pedía al mozo que me trajera un sándwich regional. El mozo era tucumano y me, en la primera oportunidad en que hice el pedido, me miró con extrañeza. Entonces tenía que explicarle que me refería a la identidad de la colectividad judía con el barrio del Once y que cuando hablaba de regional no me refería a los tamales de su tierra, sino al leber con pepinitos... siempre fui muy malo para los chistes, y más en el territorio de Adolfo Stray y Norman Erlich.
Muchas experiencias con esa tradición culinaria y poca acción… hasta que me decidí. Recurrí, entonces, a Gloria que me pasó las primeras recetas. Así nacieron de mis manos unos knishes de papa que Gloria aprobó con sonrisa de maestra de escuela.
Notas y Bibliografía: 
(1) 1969, Borges, Jorge Luis, “Elogio de la Sombra”, Elogio de la Sombra en Obra Poética, Buenos Aires, Emecé, 1977, pp. 355.
(2) 1993, Shua, Ana María, Risas y emociones de la cocina judía, Buenos Aires, Emecé, pp. 89.

sábado, 21 de julio de 2012

Una, cien, mil DOCs


No se crea que la vindicación de una cocina con identidad, es decir, una tradición claramente diferenciada de las demás (como lo requiere el racionalismo de Renato Cartesio), es un pulso que marcha necesariamente en contra de la globalización. Es más, se inscribe en su propia dialéctica, aunque este aserto se imprima como un contrasentido en los espíritus adormecidos por el griterío mediático.
Imagen propiedad del autor
La preservación del patrimonio físico y las denominaciones de origen son el lado luminoso de la globalización y están sustentados, por una afortunada paradoja, en la misma lógica comercial que la expansión de McDonal's. Digo afortunada porque nos permite rescatar para la memoria colectiva valiosas piezas creadas por los hombres en el tiempo que, si no pudieran comercializarse, difícilmente sobrevivirían al lado oscuro de la globalización que todo lo devora con sus torres de vidrio y su comida chatarra. Precisamente los restaurantes McDonal's son la insignia de la globalización, pero en la ciudad de Mendoza ofrecen un aderezo que denominan Mctomatikan, aludiendo a una comida que se viene preparando en América desde tiempos inmemoriales (hay registros gráficos de ella que se remontan al siglo XIII).
Imagen propiedad del  autor
Si algo debiéramos aprender de la vieja Europa, no es a llamar champagne sólo al sparkling wine de Reims o a admitir como única la manera de hacer la pizza a la que sigue la receta de Nápoles; sino a reconocer identidades como esas y defenderlas... ya hemos gastado demasiado tiempo y energía en defender las creaciones de otros.
Lector, pruebe todos los vinos hechos a partir de la Denominación de Origen Controlada Malbec Luján de Cuyo y después charlamos. No le llevará mucho tiempo porque inexplicablemente son pocos. Se trata de unos vinos de primer nivel internacional, globalizables, pero a la vez a uno le parece que los ha tomado desde siempre. Pruébelos antes que nuestra manía de ser argentinos a pesar de serlo, haga que esa DOC desaparezca. Pruébelos y se hará una idea de qué es lo que estoy diciendo.

Imagen propiedad del autor.
Propongo defender esa DOC y crear nuevas (v. g., el salame quintero de Mercedes, la pizza de molde porteña, el champán extra brut de Mendoza, etc.) y volver a confiar definitivamente en nuestras potencialidades y en la identidad colectiva que es La Argentina... en una palabra, a disfrutar siendo argentinos.



sábado, 14 de julio de 2012

Descripción de los indios en el litoral del Paraná (1527)


José Luis Busaniche fue un notable historiador argentino. Nació en Santa Fe de la Veracruz, capital de la Provincia de Santa Fe, en 1892 y falleció en San Isidro, Provincia de Buenos Aires, en 1959. Sus obras más importantes están relacionadas con los bloqueos franco – británicos de 1838 y 1843, el papel que jugó la Provincia de Santa Fe en esas circunstancias, el Gobierno de Juan Manuel de Rosas y la construcción del federalismo argentino. En 1938 publica un libro de lecturas históricas argentinas que reedita en 1959 con el título de Estampas del Pasado.(1) En su “Prólogo”, explica el sentido final que tiene la publicación: “/.../ el libro ligero y ameno que nos acerque a tal o cual período de la historia y nos ponga en contacto con el hombre de la época y el ambiente en el que vivía; el que nos haga conocer la vida y las costumbres, nos lleve por las calles de las ciudades viejas, franqueándonos las puertas de los interiores domésticos o nos transporte a las pampas salvajes donde disparan las yeguadas cimarronas o a las riberas donde los tigres, sentados al borde de los arroyos, contemplaban el paso de las balsas que conducen a los misioneros jesuitas. /.../”.(2)
Este libro ha servido de inspiración para la sección “Rescoldos del Pasado” de El Recopilador. He rescatado varios textos de la colección, reproduciendo parte de las prolijas referencias de Busaniche.   
Luis Ramírez vino al Río de la Plata en la armada de Sebastián Caboto (1527). Escribió una carta a un amigo en España desde el puerto de San Salvador (10 de julio de 1528).
Querandíes y timbúes(3)
“/.../llegamos a Carcarañá, que es un río que entra en el Paraná, que los indios dicen viene de la Sierra, donde hallamos que el Señor Capitán General había hecho un asiento y una fortaleza arto fuerte /.../, la cual acordó de hacer para la pacificación de la tierra.(4) Aquí habían venido todos los indios de la comarca, que son de diversas naciones y lenguas, a ver al Señor Capitán General, entre las cuales vino una gente del campo que se dicen Querandís: ésta es gente muy ligera, mantiénense de la caza que matan, y en matándola, cualquiera que sea, le beben la sangre, porque su principal mantenimiento es, a causa de ser la tierra falta de agua. /.../ Estos Querandís son tan ligeros, que alcanzan un venado por los pies, pelean con arcos y flechas, y con unas pelotas de piedra redondas /.../, y tan grandes como el puño, con una cuerda atada que las guía, las cuales tiran tan certero, que no yerran a cosa que tiran: /.../ En la comarca de dicha fortaleza hay otras naciones las cuales son Carcarais y Chanaes y Beguás y Chanaes Timbús y Timbús con diferentes lenguajes. Todos vinieron a hablar y a ver al Señor Capitán General: es gente muy bien dispuesta; /.../: de éstos los Carcarais y los Timbúes siembran abatís  y calabazas y habas, y todas las otras naciones no siembran y su mantenimiento es carne y pescado.”      
Guaraníes(5)
“Aquí, con nosotros está otra generación, que son nuestros amigos, los cuales se llaman Guarenís. Éstos andan derramados por esta tierra y por otra muchas, como corsarios a causa de ser enemigos de todas estotras naciones.”

Notas y Bibliografía: 
(1) 1959, Busaniche, José Luis, Estampas del pasado, lecturas de historia argentina, Buenos Aires, Hyspamérica.
(2) Idem, pp. 10.
(3) Madero, Eduardo, Historia del Puerto de Buenos Aires, en Op. Cit., pp. 23-24.
(4) Se refiere al fuerte Sanctis Spiritus que levantó Sebastián Caboto en la desembocadura del Río Carcarañá.
(5) Op. Cit., pp. 24.

sábado, 7 de julio de 2012

Crispeles


Leer los borradores de “Aromas y sabores de ese rincónde Mataderos” le provocó a Claudia Calvo un sentimiento de reencuentro con la cocina de su infancia. Ya he trascrito su carta. Allí anunciaba su intención de cocinar crispeles. Este plato tiene algún parentezco con los buñuelos que hacían mis tías (el tío Paulino los llamaba miñuelos); no porque se traten de preparaciones cercanas, sino porque cumplían la misma función de endulzar con confituras las reuniones familiares de los fines de semana por la tarde. 
Foto personal del autor
Ahora, voy a darle la palabra a Claudia porque la descripción que hace de la receta es maravillosa y mucho más rica que la reducción racional que haría al reescribirla en el formulario que habitulamente uso. Uso el formulario para agregar la versión de Donato De Santis que difiere con la de Claudia en algunos puntos (v. g., la cantidad de levadura que utiliza por kilogramo de harina, en el agregado de líquido de cocción de una papa). La receta de Claudia tiene toda la espontaneidad de la cocina popular. La de Donato, en cambio agrega detalles que la enriquecen desde una perspectiva académica (v. g., la rayadura de naranja).   
“Fecha:21 de julio de 2011
“Hola Mario, por lo que vi en Internet hay varias maneras de prepararlos, pero esta es mi receta:
“Ingredientes (para dos fuentes grandes)
1 Kg. de Harina
“100 Grs. de levadura
“4 huevos
“Agua, a ojo
“Sal
“Pasas de uva (a gusto)
“Yo preparé la levadura con un poquito de agua caliente y una cucharadita de azúcar. Se revuelve bien en un vasito.
“Por otro lado en un recipiente pongo la harina, tamizada, la sal, los huevos y un poco de agua, y voy mezclando.
“Luego le agrego la levadura y le voy agregando agua de a poco hasta que se forme una masa chirla, amasando bien con la mano dentro del recipiente. Parecen que quedarían muchos grumos pero luego desaparecen.
“Cuando está todo bien unido le agrego las pasas de uva.
“Lo dejo elevar tapado. El  contenido en el recipiente tiene que aumentar bastante de volumen.
“Coloco una cacerola al fuego con abundante aceite, (tienen que nadar en aceite) y una vez que esta bien caliente los voy agregando de a uno, pueden entrar hasta cinco por vez, es rápido este proceso.
“La masa me costo darle forma, de todos modos, al caer al aceite es éste el que le da la forma. Mis tías abuelas los hacían tipo como nudos retorcidos.
“Cuando están dorados de afuera seguro que ya se cocinaron de adentro.
“A mí me gustan salados, pero se les puede espolvorear azúcar también. Es para comerlos en el momento, a lo sumo en el día.
“Según mi familia, significaban alegría, que era el deseo del que los traía de visita, la primera fue mi tía Erminia (italiana y prima de mi abuela Pepa). Mi abuela Pepa los cocinó hasta que se murió mi abuelo, y así siguieron las otras generaciones hasta la fecha: mi mamá, mis primas y yo, que los hice por primera vez cuando los comiste el lunes.
“Un beso
“Espero te sirva. Y los cocines. Claudia.”
Claudia me contó que le encanta preparar sandwiches de jamón cuando los crispeles están recién hechos. Es verdad que se pueden comer salados o dulces. La receta de Donato está más orientada hacia la confitura que a las posibilidades de usarlo en platos salados.
La receta de Donato se presenta en el sitio de internet El Gourmet. Contiene un video con detalles de la preparación.
Crispeles
Fuente (fecha)
Donato De Santis, programa “Dolce Italia” (leído el 25 de setiembre de 2011 en http://elgourmet.com/receta/5826-buuelos_fritos_zeppole_di_san_giuseppe_y_grispelle)
Ingredientes
Sal: 20 g
Aceite para freír: Cantidad necesaria
Levadura: 20 g
Agua: 1 L
Huevo: 1 Unidad
Canela: A gusto
Ralladura de naranja : Cantidad deseada
Harina: 1 k
Azúcar: Cantidad necesaria
Papa: 1 Unidad
Pasas de uva: 100 g
Preparación
1.- Pele la papa y cocínela en agua hasta que se desintegre.
2.- En un bowl grande coloque la harina, la levadura, el huevo, sal, dos cucharadas del agua con la papa desintegrada y el agua.
3.- comience a mezclar con la mano y agregue las pasas de uva, golpee la masa dentro del bowl para incorporar aire, trabájela hasta que la masa se despegue de la mano.
4.- Cubra el bowl con una frazada y colóquelo en un lugar calido hasta que leve.
5.- En una sartén coloque el aceite y llévelo a fuego medio.
6.- Coloque abundante azúcar en una fuente y perfume con ralladura de naranja y canela.
7.- Para el armado de los crispelles, con la ayuda de una cuchara tome una porción de la masa y colóquela en el aceite caliente, proceda del mismo modo con el resto de masa.
8.- Una vez dorados retire y colóquelos sobre el azúcar perfumada con naranja y canela.
9.- Sirva en una fuente los crispelle con el azúcar saborizado.
Comentarios
En Italia también reciben el nombre de “grispelle”

Preparé mis cripeles siguiendo las instrucciones de Claudia al pie de la letra. Cuando ella los probó, me dijo que se parecían mucho a los que hacía su tía Erminia. ¡El afecto que nos profesamos, todo lo puede!

sábado, 30 de junio de 2012

Claudia Alejandra: crispeles en la celebración familiar


El barrio de Mataderos no sólo se extiende por muchas manzanas, además posee una abigarrada disposición de rincones diversos, un laberinto de tiempo y espacio que encierra miles de historias en sus inesperados recovecos. Para hacer inteligible su geografía, debemos referirnos a la cruz formada por las avenidas Juan Bautista Alberdi y Lisandro de la Torre. En el noroeste de esta cruz está el barrio Naón en el que vive una clase media acomodada integrada por profesionales, comerciantes y empresarios industriales. En el suroeste, el mítico barrio Los Perales y, más allá, fuera de los límites estrictos fijados en la ordenanza municipal, se despliega la Villa 15, conocida como Ciudad Oculta o, simplemente, como La Oculta (más cercana a Mataderos que a Villa Lugano). 
Programa de los carnavales de 1975 (propiedad de Claudia Calvo)

Yo me crié en el suroeste, en el sector conocido como Nueva Chicago. Es larga la historia, casi una leyenda, del origen de ese nombre. Está vinculada con la idea original de mercado de haciendas y matadero que fue tomada del diseño de un macelo existente en la ciudad de Chicago, en los Estados Unidos. De modo que, en las últimas décadas del siglo XIX, ya se hablaba de los mataderos de Nuevo Chicago y, por extensión, se fue dando ese nombre a las casas que empezaron a aventurarse, a fines del siglo XIX, frente a la fachada que se estaba erigiendo sobre la Avenida Lisandro de la Torre (se conservan afiches de 1901 de la inmobiliaria de Publio Massini encargada del remate de los lotes del barrio naciente, en ellos se habla del barrio de Nuevo Chicago).(1) 
Claudia se crió en sureste de Mataderos. Su padre, apasionado hincha del Culb Atlético Nueva Chicago, disfrutaba de esas calles de tierra que apenas insinuadas en la realidad, aunque fervientemente profesadas como arterias vitales en los planos municipales. Claudia no se hallaba plenamente a gusto en ellas porque tenía reacciones alérgicas como consecuencia del aire viciado por las industrias locales que agregaban valor a las carnes que se comercializaban en el Mercado de Hacienda y se faenaban en el Frigorífico Nacional. Las casa de los vecinos se elevaban pertinazmente entre los edificios que trataban vísceras para producir tripas para los embutidos e hilos de cirugía, las curtiembres que alimentaban la industria del calzado y la marroquinería que también se desplegaban por el barrio y los frigoríficos que producían chacinados no se caracterizaban precisamente por su vocación de protección del medio ambiente en los años sesenta. Era una época temprana para la ecología.
A pocas cuadras del barrio industrial, el Parque Avellaneda se erigía como un pulmón necesario que devolvía a los vecinos, cuando el viento era propicio, la esperanza de un tiempo mejor.
Guillermo Saccomano, se crió en ese mismo rincón de la ciudad. ¿Cómo era ese rincón? Lo cuenta en su novela El Pibe.(2)
"En las mañanas de invierno, los camiones de hacienda estacionan en la avenida Directorio enfilados hacia el frigorífico Lisandro de la Torre. En la negrura de las jaulas el ganado se mueve nervioso presintiendo su destino de corral y matadero. Si un animal se cae en el interior de la jaula, entre los cuerpos y las patas, los mugidos y los golpes, la bosta salpica fuera del camión. En esas mañanas de invierno, cuando vamos al colegio, no hay que pasar cerca de los camiones. Una salpicadura puede enchastrarte el guardapolvo blanco y almidonado.
"Cruzando Directorio hacia el norte, empieza el empedrado, a diferencia de nuestras calles, que son de tierra y tienen zanjas. De aquel lado, se es más de clase media que acá, apenas una cuadra más al sur, donde el hedor del ganado, la pestilencia de las curtiembres y el agua estancada de las zanjas enrarecen el aire, que todavía es de campo. Acá, la clase media decae en un proletariado peronista con ínfulas de pequeña burguesía."
Guillermo Sacomano se referencia con la esquina de Directorio y Corvalán. Claudia, en Fonrouge y Rodó, es decir, en donde ya había empezado el empedrado. Los que somos de Mataderos, y tenemos menos de sesenta años, permeables al aprendizaje de los idiomas extranjeros, la llamamos Fonrush, pero nuestros viejos hablaban siempre de la calle Fonrouje.
Claudia estudió y, siendo ya una profesional, se fue del barrio. Pero al barrio siempre se vuelve. El retorno, el eterno retorno al origen, era promovido, en principio, por las visitas al núcleo familiar más cercano. Esto fue así hasta que los mayores ya no estuvieron... y, después de un período oscuro de distancias inexplicables que sumó varias décadas, el reencuentro de los primos que vaya a saber por qué estuvieron tan lejos. Tal vez, sólo tal vez, ocurre que el hacerse un lugar en la vida, cuando la decisión fue irse del barrio, demanda un gran flujo de energías que se restan a otros surcos.   
Bragado y Olíden, cerca del centro comercial de la Av. Juan B. Alberdi, era el barrio de la infancia de Geno Díaz. Escritor, humorista y dibujante notable. Ha registrado sus recuerdos sobre los bailes en el Club José Hernández.(3) La consulta de sus textos es insoslayable para quien desee encontrarse ese centro emotiva de la vida de Mataderos. También lo es el testimonio de Claudia. Ella recuerda los carnavales en el José Hernández a principios de los años setenta. Conserva, incluso, un programa. Ya no concurrían aquellas orquestas de tango que exigían a Geno y a su barra prolongadas prácticas antes de salir a la pista. En el programa que Claudia conserva, se anuncia que iban a actuar Sabú, alegre y vital entonces, y Sui Generis con un Charly García joven, pecoso y flaco.
Conocí a Claudia en el ambiente altamente profesionalizado de la Auditoría General de la Ciudad de Buenos Aires hace casi diez años ya. Yo vivían entonces en las puertas de Mataderos, Claudia en Boedo.
Hace podo, tentado de mostrar mis primeros apuntes de recopilación de recetas, elegí a un grupo de amigos y allegados para que su lectura y comentarios me permitieran medir el tono de lo que estaba escribiendo. En algunos, la respuesta fue indiferente, en otros entusiasta. Claudia, por ejemplo, a fines de junio de 2011, me envió un correo-e en que me expresa que le gustó mi “libro de recetas y recuerdos”. Desplegó algunos de ellos: en su sasa también se comía puchero tres veces por semana y a las empanadas les ponían pasas de uva que ella retiraba. 
Su padre cocinaba y, en su recuerdo, trataba siempre de preparar comidas calóricas que a ella le gustaran, como por ejemplo revuelto gramajo y torrejas. En su casa siempre había embutidos y la especialidad de su padre era el lechón asado al que adobaba con distientas especias y condimentos. Claudia manifiesta que nunca probó un lechón tan rico como aquellos. Su madre preparaba una berenjenas en escabeche que ella nunca pudo igualar y preparaba el relleno de los ravioles con seso y espinaca.
Con todo hay un recuerdo que sobresale entre los demás. Sus abuelos maternos eran italianos y su tía abuerla Erminia, cuando visitaba su casa, llevaba crispeles, unos bocadillos fritos que llevaban harina y pasas de uva. Cuando se murió la tía Erminia, su madre siguió con la receta. Entusiasmada por la evocación, promete conseguirla y prepararlos, aunque sea una sola vez porque, a pesar de que ahora come muchos vegetales y no frecuenta las frituras, vale la pena recuperar esos sabores. 
Esta carta maravillosa despertó tentaciones frente a las que estaba dispuesto a sucumbir: probar los crispeles que Claudia se prometía cocinar y conversar con ella sobre qué es lo que cocina desde que se fue de Mataderos.
Casi un mes después, un lunes, Clau se apareció en el trabajo con una bolsa de papel que me entregó sigilosamente. Eran crispeles. No resistí la tentación y probé uno, una delicia. Se había pasado la tarde del domingo haciendo crispeles. Súbitamente se me ocurrió buscar la receta en la internet y dimos con un video en el que Donato De Santis. Esta receta  era diferente a la de la tía Erminia, pero evidentemente se trataba de la misma preparación.
Cuando el ajetreo laboral lo permitió, pudimos charlar tranquilamente sobre sus recuerdos del barrio, sobre el reencuentro familiar con sus primos y sobre como había evolucionado su modo de comer y cocinar desde que se fue de Mataderos y de esa mezcla de cocina popular española e italiana que acompañaron su infancia. Pero ya se trata de otras historias.
Notas y bibliografía:
(1) 1998, Vecchio, Ofelio, Recorriendo Mataderos, Buenos Aires, edición del autor, tomo I, pp. 105-106. Leído también el 13 de diciembre de 2011 en http://www.nuevachicago.com/Historia/mercado.html.
(2) 2006, Saccomano, Guillermo, El pibe, Buenos Aires, Planeta, pp. 13
(3) 1982, Díaz, Geno, La Cueva del Chancho, Buenos Aires, Galerna, pp. 34-40.

sábado, 23 de junio de 2012

Dereck Foster y su gaucho gourmet (III)


Después de la reseña y la crítica que ya realicé en otros textos, es necesario efectuar un balance de la obra(1). Habitualmente, en estas ocasiones, prefiero seguir a Pareto y señalar primero las carencias, sobre todo si son formales, y después los aportes. No lo hago tanto por el hábito culturalmente muy extendido de leer así las conclusiones, sino por el impacto de dejar para el final aquello que luego será necesario retomar en otras oportunidades de continuar con las indagaciones sobre la cocina nacional. Sin embargo, en este caso voy a invertir la exposición porque permitirá comprender la crítica a las fallas formales en el campo de la erudición referidas a temas que de otro modo resultarían abstractos. Antes de leer esta crítica, recomiendo releer la parte I y la parte II
Aportes de la obra
La experiencia de vida del autor, tanto de sus viajes como de sus recuerdos de infancia. En el reportaje que le realizó msena para el sitio Oleo Dixit (en http://dixit.guiaoleo.com.ar/milanesanapolitana/(2), leído el 8 de Octubre de 2011), varias veces citado en estas reseñas, afirma que conoció 38 países, incluso que vivió en Gales. La experiencia de los viajes, en el caso particular de la gastronomía local, es una oportunidad significativa para distinguir lo propio de lo ajeno. En el marco de la crítica gastronómica, esta acumulación de experiencias, si es aprovechada con la sabiduría de la que hace gala Dereck Foster, no puede ser reemplazada por capacidad alguna desarrollada en ámbitos académicos. Aunque no comparto las ideas de base que el autor ensaya, y lo he expresado a lo largo de mis escritos, le reconozco esa sabiduría empírica para comprender a que se enfrenta cada vez que se sienta a una mesa para comer y beber. He tenido oportunidad de comprobarlo en sus charlas en el Club del Vino. Es por ello que, cuando hace referencia a cuestiones vinculadas con su experiencia directa, por ejemplo, cuando describe la diferencia de nuestro queso port salut con relación al original europeo (pp. 71-74), no es necesario que acompañe sus asertos con otras fuentes documentales.
El afrancesamiento de la burguesía argentina. Este es un tópico de interés que comparte con Víctor Ego Ducrot(3). Foster sostiene que esta circunstancia impidió el desarrollo de una auténtica cocina nacional. Como contra cara, reconoce la existencia de una cocina popular criolla; pero, como sigue muy estrictamente a Juan Carlos Martelli y Beatriz Espinosa(4), no puede valorar lo que Ducrot denomina cocina cocoliche, es decir, esa misma cocina criolla enriquecida por el aporte popular de los inmigrantes. Ya he desarrollado el tratamiento del tópico en los textos anteriores. Con las salvedades ya desarrolladas allí, el tópico del afrancesamiento de la burguesía nacional permite postular una línea de indagaciones de sumo interés para reconstruir la historia de la gastronomía argentina.   
Los relatos sobre la creación de platos argentinos. En el libro señala que hay dos platos originalmente argentinos: el revuelto gramajo y el panqueque de manzanas y otros dos que pueden ser considerados argentinos por opción por la consistencia de su reinvención: la milanesa a la Nápoli y las empanadas. En el reportaje publicado en Oleo Dixit habla directamente de cinco platos originarios de La Argentina, a saber: los ya mencionados el revuelto gramajo, el panqueque de manzanas y la milanesa  a la Nápoli la torta galesa y la ensalada de lechuga, tomate y cebollas que agrega aquí. También hace una referencia, en el reportaje a la fuerte adaptación del puchero a los productos americanos disponibles en el mercado argentino. En el caso del puchero subraya la incorporación local del choclo, yo agrego el zapallo (ambos productos le dan un carácter dulzón que lo diferencia del cocido español). Pasemos revista, en primer lugar, a los que aparecen en el libro.
Revuelto gramajo. El relato es sumamente interesante. Recoge dos versiones sobre la creación de este plato. La de Miguel Brascó atribuye la creación al play boy argentino, Arturo Gramajo, quien habría creado el plato en París en los años 30 y lo habría impuesto en Buenos Aires tiempo después. La versión de Félix Luna atribuye la creación al coronel Gramajo en plena campaña del desierto en 1880. En el libro, no duda en dar crédito a Félix Luna con quien charló sobre el tema. Sin embargo, agrega una nota a pie que expresa “Al preparar el texto para su publicación, me encuentro con la señora Elena Patrón Costas, quien me asegura que Arturo Gramajo fue su tío y que la versión de Miguel Brascó es correcta. Esto parece cerrar el caso. Hasta me entregó una foto de Gramajo de la década del treinta.” Aunque esta referencia no lo induce a modificar el texto del libro antes de darlo a la estampa, en el reportaje de msena en Oleo Dixit, adopta esta última versión, a pesar de la charla que tuvo con Félix Luna. El testimonio de Elena Patrón Costa parece decisivo y el tema cerrado. Sin embargo, lo que los textos de Foster muestran es la necesidad de seguir indagando sobre ellos, buscando bases más firmes. Ponerlos sobre el tapete no es un tema menor y registrar los testimonios, tampoco; pero la incitación a la indagación que provocan es muy importante.
Panqueque de manzanas. Después de largos viajes y horas dedicadas a la lectura, el autor no ha encontrado en el mundo un plato que se le parezca. Lo más cercano que conoció es un panqueque común relleno de manzanas, aderezado con un caramelo que se vuelca sobre él, y una crépe tradicional francesa que se rellena con puré de manzanas (crépes fourrées aux pommes). Parece ser un plato del siglo XX porque no aparece en los recetarios de Juana Manuela Gorriti (1890) y Marta (1914).(5) 
Milanesa a la Nápoli. Relata la historia conocida del restaurante Napoli frente al Luna Park y de la creación de la milanesa a la Napoli. No indica la fuente que sostiene el relato; sin embargo, hay un dato inesperado que da un indicio que permitiría inferir de manera indirecta la veracidad de esos hechos. José Napoli, el dueño del restaurante, al ver el éxito de su creación, la habría incorporado al menú apuntada a lápiz. Dereck Foster dice “Cuando empecé a dictar charlas gastronómicas en la Universidad del Salvador en 1990, conté esta historia a mis alumnos. La clase siguiente una alumna se acercó y me mostró un menú. Era del restaurante Napoli, y allí, debajo de la palabra milanesa pude leer el agregado de don José. La alumna era su nieta. Quise comprarle aquel menú para mi colección, pero ella, con buen criterio se negó.” 
Empanadas. El parágrafo dedicado a las empanadas argentinas es abigarrado y brillante (pp. 52-66). Incluye experiencias y recetas y una larga historia en donde se exponen los platos emparentados con la empanadas criollas (v. g., los tacos, el pan de pita relleno, los ravioles, los sandwichies, las milanesas, etc.). Su punto de partida es el de considerar que, aún en el límite de la familia más estrecha (empanadas, empanadillas y pasteles), las empanadas argentinas ofrecen una identidad diferenciada a partir de la fuerte adaptación que se hizo de ellas. 
El dulce de leche. Cuestiona el origen argentino de este dulce. Su principal aporte es la crítica de veracidad de la leyenda que atribuye su creación al descuido de una cocinera de Rosas, contrariada por la presencia de Lavalle en la casa. Esa mujer habría dejado la pava con leche azucarada para el mate del Restaurador sobre el fogón, pero al ver que el enemigo de su patrón, el general Lavalle, dormía una siesta en un catre de Rosas, se retiró de la cocina. Cuando pudo regresar a la cocina, se encontró con el dulce de leche hecho en la pava. Foster sostiene, desde su propia experiencia de preparar dulce de leche, que la cantidad de azúcar necesaria para producir el dulce (unos 300g por litro de leche) haría del mate una bebida demasiado empalagosa y que es muy difícil hacer dulce de leche sin el debido cuidado (es necesario revolverlo permanentemente para que no se pegue en el fondo de la olla). Dedica unos párrafos a comparar el dulce de leche argentino con sus hermanos (manjar blanco de Chile y Ecuador, arequipe de Colombia y dulce de cajeta de México) y concluye que se trata de una preparación muy antigua que ya se conocía en la Edad Media en España y que, por lo tanto, no es originaria del campo argentino. Analiza luego las recetas de las distintas variantes y señala que los productos no son exactamente iguales, difieren en la calidad de la leche, la cantidad de azúcar y en la incorporación o no de otros elementos (especialmente,  maicena). Aquí pierde la oportunidad de señalar la identidad rioplatense del dulce de leche tal como lo conocemos hoy. En Francia, un AOC de quesos puede basarse exclusivamente en la calidad de la leche de una región, otro tanto ocurre con el jamón de Jabugo en España.    
Los quesos argentinos. Sorprendentemente rescata una serie de quesos de origen argentino. Algunos de ellos ya no existen, pero vale la pena tenerlos en cuenta y defender a los que sí existen. Un tema para explorar con experiencias directas.
El mate. Hubiese sido insólito que no dedicara un párrafo a la argentinidad del mate. Lo hace y, sin embargo, deja un hueco. Insiste en la visión acrítica y colonial de suponer que se trata de una invención de los padres  jesuitas. En esta materia, y después de leer el libro de Amaro Villanueva(6), no quedan dudas sobre el carácter originario guaraní de la decocción. 
El asado. Hace referencias sobre la evolución del arte de asar carnes en distintas partes del libro: la técnica de los indios patagónicos (pp. 18 y ss.), el debate sobre la técnica de cocción del churrasco (pp. 42-44), referencias a la evolución del asado desde el siglo XVIII (pp. 79-81). todas ellas de sumo interés para cruzarlas con otras fuentes (v. g., el libro del capitán Gillespie que participó de la primera invasión inglesa y, después de haber sido tomado prisionero fue internado con algunos de sus camaradas, llegando hasta el valle de Calamuchita)(7) y otros autores que se dedicaron al tema (v. g., el ya citado libro de Ducrot, Víctor Ego). Foster coincide con este último autor, al señalar que el asador es anterior a la parrilla. Con respecto al punto de cocción, las fuentes son divergentes: Cattaneo y Concolorcorvo sostienen que los gauchos comían la carne cruda, en cambio Gillespie da testimonio del exceso de cocción de la carne que ingerían.  
Pasemos revista ahora, a los agregados en el reportaje. En ambos casos, la fuente de información es su propio testimonio.
Ensalada de lechuga, tomates y cebolla: “Por otro lado el autor de ”El arte del maridaje”, su otro libro, me afirmaba que la ensalada mixta es totalmente argentina alegando que en ninguno de los treinta y ocho países que conoció, incluyendo EE.UU, probó tomate, lechuga y cebolla. “Hasta en China me sirvieron lechuga y tomate, pero nunca con cebolla” reafirma”.
Torta galesa, dice que “En el país de Gales, donde he vivido, no tienen nada parecido”.
El rescate de viejos recetarios. En el capítulo 5 utiliza tres recetarios, expuestos en orden cronológico, que permiten profundizar aspectos significativos de la historia de la cocina argentina. Ya dije, en los otros textos que vengo dedicando a la reseña, que el rescate de estos recetarios es muy importante, pero que no los ha contextualizado en una confrontación (no incluye, por ejemplo, El libro de Doña Petrona, que es la obra culminante de la culinaria hogareña argentina).(8) 
González y Videla, Sabores de la vieja cocina cuyana (edición particular publicada en 1988).(9) No realiza ningún comentario específico sobre la obra más allá de las consideraciones generales que abarcan al conjunto: se trata de platos que estaban vigentes en la primera mitad del siglo XIX.  
Gorriti, Juana Manuela, Cocina ecléctica. Sostiene, por error, que el libro fue publicado en 1855 y que, por ello, refleja la cocina de la clase media y alta de la sociedad porteña que, como puede notarse en la colección, se nutría de las influencias  extranjeras, tanto americanas como europeas. Pero el libro es de 1890 y representa el intento de impulsar una cocina nacional americanista, exponiendo la pervivencia no ya de la tradición hispánica, sino del espíritu de la Revolución de Mayo en un amplio sector de la burguesía nacional de los países emergentes de la Guerra de la Independencia. Este libro no tiene casi influencias internacionales, es enteramente americano, nacional en el pensamiento de la compiladora y de muchas de las amigas que allí escriben.(10)
Marta, Cocina tradicional argentina y otras cocinas. La edición de Distal que tengo en mi poder no aclara si es una reproducción facsimilar del original, ni cuál fue la editorial primigenia de la obra, ni cuál fue la fuente para editarla, sólo sostiene que la primera edición es de 1914. Dereck Foster explica que sólo pudo rastrear el libro hasta la edición número treinta y cuatro de 1978. La obra se divide en dos partes: “Cocina criolla” y “Cocina cosmopolita”. Foster sostiene que el nombre de la segunda parte es mucho más apropiado que el de “cocina internacional”. En mi opinión, es un sinónimo válido para una manera de cocinar de los argentinos. Ya he hecho la crítica a la posición negativa de Dereck Foster con relación a la categoría “cocina internacional” tan usada en la restauración porteña durante el siglo XX y he analizado como se expresa, en los puertos, la tensión entre las novedosas experiencias gastronómicas introducida desde el foreland y la tradición culinaria practicada en el hinterland.
Foster sostiene que la primera parte del libro de Marta contiene recetas en extinción y, en el grupo de las que trascribe, aparecen los bifes a la criolla. Ya he hecho muchos comentarios al respecto y a la oportunidad que estos recetarios ofrecen para recuperar lo que se ha perdido, pero lo de los bifes a la criolla me parece demasiado arriesgado de su parte.
En otro orden de cosas, al autor le llama la atención que las recetas de Juana Manuela Gorriti y Marta no expresen las cantidades de los ingredientes implicados en cada una de ellas. A mí también, pero ensayo una explicación: creo que en esa época las mujeres aprendían a cocinar de sus madres y abuelas de una manera que hoy llamaríamos holística y que los recetarios sólo proponían variantes que se oficiaban sobre técnicas perfectamente dominadas por las lectoras (mi tía Chocha, en 9 de Julio, aún cocina así). 
Agrego que el libro de Marta ofrece a primera vista un detalle de interés, un cierto prurito por separar las corrientes del foreland y del hinterland que ya no se verá después en los recetarios generales (en El libro de doña Petrona, esa división no existe, aunque los bifes a la criolla siguen estando). La cocina internacional reaparecerá después en los recetarios étnicos, en especial los que se dedican a las cocinas de Italia, España y Francia fuentes remotas y olvidadas de la cocina internacional argentina.          
Otros aportes. Algunos, muy significativos por cierto, son aquellos que murmura entre dientes y que ya hemos ido señalando en el análisis del contenido del texto, a saber: la incorporación a nuestra dieta de productos autóctonos que están disponibles o pueden llegar a estarlo, aunque nunca hayan formado parte de la historia de la cocina ensayada en nuestro país;  las recetas que fueron olvidadas o que están arrinconadas en una región y que pueden ser devueltas al primer plano y la recreación de platos tradicionales. Estas ideas deben estar en la base de cualquier intento por construir una alta cocina nacional con identidad propia.   
El autor describe el carácter popular de la cocina española. En la España moderna no existía cocina real o noble como en Francia o Gran Bretaña. El rey comía olla poderida, sólo refinada y diferenciada del plato popular en la complejidad y calidad de sus ingredientes. Sin embargo, no se pregunta, como sí lo hace Patricia Aguirre, si esa matriz nutricional compartida por todos los sectores sociales se mantuvo en La Argentina.
Dificultades en el soporte erudito
El autor declara en la “Introducción”, y repite en una aclaración previa a la exposición de la  bibliografía, que ha consultado una gran cantidad de fuentes. Se puede inferir de la lectura que ello fue efectivamente así. Sin embargo, la exposición de la misma en el apartado correspondiente es escueta y, diría, que escasa para fundamentar un texto tan complejo. Además, no está ordenada ni alfabética ni cronológicamente. Las citas están incompletas. En este sentido expongo dos casos significativos: (1) omite con mayor frecuencia que lo deseado la mención del año de edición de las obras y (2) se cita el diario La Prensa y se indica la fecha junio de 1974, pero no se indican ni el autor ni el título del artículo, ni el día, la sección, la página y la columna en que podríamos encontrarlo. Dereck Foster anuncia estas limitaciones cuando expresa que la lista incluida en la “Bibliografía” sólo contiene las fuentes principales de su trabajo y que las mismas están incompletas.    
La obra puede ser catalogada como un ensayo, lo que la exime de un andamiaje erudito de factura académica. Sin embargo, la cita de las fuentes utilizadas en un texto de estas características son importantes porque dan fundamento a las afirmaciones del autor y porque sirven como punto de referencia para futuras indagaciones. No se requiere, claro está, que se expongan con rigurosa factura académica, pero sí que sean precisas. Reconstruimos aquí la tipología de estas fallas con la exposición de ejemplos significativos.
Relatos y descripciones sin fuentes citadas, ni indicios indirectos para referirse a ellas: la antropofagia en el Río de la Plata (pp. 15-16) y la descripción de los hábitos alimentarios de los indios en distintas regiones de La Argentina, excepto Tierra del Fuego (pp. 18 y ss.).  La descripción de los banquetes de Casimiro Marcó del Pont en 1815 y de Roca después de 1880 (pp. 26 y ss.). El relato sobre la creación del revuelto gramajo que tiene dos versiones: la de Miguel Brascó y la de Félix Luna. No se puede establecer dónde se registra su versión de Miguel Brascó (en charlas personales, Brascó le comentó que le parece que la historia se la refirió el mismo Arturo Gramajo, pero ¿la expuso en algún escrito?), tampoco se puede saber cuál es el asidero con que Luna sostiene la autoría del coronel Gramajo más allá de la confianza que Foster tiene en su palabra (pp. 33-37). El origen popular de la cocina española y la relación de olla podrida con la adafina están descriptos sin referencia a fuentes (pp. 46). En el caso particular del matambre arrollado y su comparación con la malaya chilena, la ausencia de soporte erudito va más allá que una cuestión formal, directamente impide establecer una relación de influencia (pp. 50-51).  Realiza una breve historia de la producción de vinos en La Argentina, sin mencionar una sola fuente (pp. 115-119).
Cita autores o realiza referencias vagas sin indicar la obra: Sigue el testimonio de Auguste Guinnard, prisioneros de los patagones a principios del siglo  XIX, sin nombrar la obra en donde lo ha consultado (pp. 19-20).  Para exponer los quesos “universalmente” reconocidos como argentinos, sostiene que ha obtenido información de “los historiadores modernos” y de “las enciclopedias de quesos existentes” (pp. 71, 73). Transcribe testimonios del padre Cattaneo sj y de Concolorcorvo sobre la manera en que los gauchos asaban la carne a fines del siglo XIX, sin citar referencias (pp. 80-81). 
Cita obras en el texto que no lista en la bibliografía: En el caso de la referencia indirecta al libro Soy Roca de Félix Luna (pp. 35 y 36), yo diría que da por supuesto el conocimiento universal de su existencia. Transcribe las referencias sobre el término churrasco de La Gran Enciclopedia Argentina de Diego Santillán y Viaje por las cocinas del mundo de Néstor Luján (pp. 42-44).  Cita la obra Apuntes para la historia de la cocina chilena de Eugenio Pereira Salas, sin indicación alguna a la edición (pp. 70-71).
Fuentes que se pueden inferir por la bibliografía: La descripción de las costumbres gastronómicas de los indios de Tierra del Fuego (pp. 17-18), posiblemente tomadas de Natalie Rae Porsser Goodall (La Tierra del Fuego, edición particular, sin fecha de impresión).
Fuentes de del texto:
(1) 2001, Foster, Dereck, El gaucho gourmet, Buenos Aires, EMECÉ.
(2) 2011, msena, “Milanesa napolitana, ¿invento argentino?, leído el 8 de octubre de 2011 en http://dixit.guiaoleo.com.ar/milanesanapolitana/.
(3) 1998, Ducrot, Víctor Ego, Los sabores de la patria, Buenos Aires, Grupo Editorial Norma, 2008, 2° edición corregida y aumentada.
(4) 1991, Martelli, Juan Carlos y Spinosa, Beatriz, El libro de la cocina criolla, Buenos Aires, Edicol, 2009
(5) 1890, Gorriti, Juana Manuela, Cocina ecléctica, Buenos Aires, Félix Lajouane Editor (Librairie Générale), 1890, leído en  http://www.biblioteca.clarin.com/pbda/miscelanea/cocina_eclectica/cocina_00indice.htm, el 4 de noviembre de 2011.
1914, Marta, Cocina tradicional argentina y otras cocinas cuya primera edición es de 1914. 
(6)  1938, Villanueva, Amaro, El arte de cebar y su lenguaje, Buenos Aires, Nuevo Siglo, 1995, la primera edición es de 1938.
(7)  1818, Gillespie, Alexander, Buenos Aires y el Interior, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986
(8) 1958, Gandulfo, Petrona C. de, El libro de doña Petrona, Buenos Aires, edición 52°, a mi ejemplar le faltan la hoja por lo que no puedo identificar la editorial. 
(9)  1988 González y Videla, Sabores de la antigua cocina cuyana, (edición particular).
(10) 2009, Ferreira, Rocío, “Cartografías pan/americanas, Cocina ecléctica (1890) de Juana Manuela Gorriti, California, State University, Long Beach, en http://rua.ua.es/dspace/bitstream/10045/13372/1/ASN_13_14_10.pdf,  leído el 4 de noviembre de 2011


sábado, 16 de junio de 2012

Fiesta en el club del progreso


Lucio Vicente López (1848-1894) fue escritor y periodista que perteneció a la Generación del 80. Su condición de escritor se inserta en una familia de escritores: su abuelo Vicente López y Planes compuso la letra del Himno Nacional Argentino y su padre, Vicente Fidel López, la Historia de la República Argentina, primer obra que intenta una historia completa de nuestro país. Su obra más celebrada es La gran aldea en la que pinta el contraste entre la Buenos Aires aldeana de 1860 y la metrópoli cosmopolita en que se había transformado en 1880.
El texto que se expone a continuación describe una fiesta en el mes de julio en el Club del Progreso. Se trata de un acontecimiento social importante en la ciudad. El fragmento contiene algunos detalles significativos para reconstruir la vida en la ciudad en esos primeros años de la década de 1880: los rieles de tranvía, la música de moda que toca la orquesta (un aria de la ópera Carmen recientemente estrenada en Europa). Pertenecer al Club del Progresos, fundado en 1853, era considerado chic, en tanto que pertenecer al Club del Plata era cursi. El Club no era un antro cultural, contra lo que podría suponerse; allí no se lee, se conversa. Era frecuentado por una gran porción de “ciudadanos ilustres” que no trabajaban y vivían de la vehemencia de los toros y la fecundidad de las vacas (como le hace decir Homero Manzi a Sarmiento).(1) En síntesis, el fragmento denuncia la impostura de la clase dirigente argentina que simulaba poseer una cultura de la que, en verdad, carecía.(2)
Imagen(3)
“Di una vuelta por mi cuarto, tomé mis guantes, puse el gas a media luz y salimos con mi viejo compañero. Hacía un frío de todos los diablos, pero el cupé de don Benito estaba a la puerta; nos encerramos en él y empezamos a deslizarnos sobre los rieles del tranvía a todo trote. En cinco minutos estábamos en la cuadra del Club del Progreso: tuvimos que esperar algunos minutos más para que le llegara a nuestro carruaje el turno de acercarse, y por fin bajamos en la puerta entre un grupo de hombres y mujeres que subían apresuradamente la escalera muellemente tapizada y adornada con flores y guirnaldas verdes.
“¿Quién no conoce el Club en una noche de baile? La entrada no es por cierto la entrada del palacio del Elíseo y la escalera no es una maravilla de arquitectura.
“Sin embargo, para el viejo porteño que no ha salido nunca de Buenos Aires, o para el joven provinciano que recién llega de su provincia, el Club es, o era en otro tiempo, algo como una mansión soñada cuya crónica está llena de prestigiosos romances y en el cual no es dado penetrar a todos los mortales.
“Don Benito conocía la casa desde su fundación y gozaba en ella de una influencia única. Al entrar, jóvenes y viejos lo saludaron con cariño como a un antiguo amigo.
“El buen viejo, poniéndome el brazo izquierdo sobre la espalda, me condujo al quiosco de cristales donde nos sacamos los paletós y nos consultamos un momento la figura sobre los espejos.
“En aquel momento la orquesta tocaba la última parte de las cuadrillas de Carmen...
Toreador, toreador en garde...
y la música de Bizet, saturada, por decirlo así, en la sangre misma de Merimée, distribuía al cuerpo de las mujeres que formaban los cuadros, los tonos calientes con que el joven maestro ha rimado ese extraño poema de amores plebeyos y bajas venganzas.
“El salón, híbrido, y en el cual el gusto refinado de un clubman de raza tendría mucho que rayar, desaparecía ante la masa compacta de hombres y mujeres que lo llenaban.
“Mi viejo amigo me dio el brazo y entramos juntos a ocupar nuestro lugar en aquel bouquet porteño que julio forma todos los años con la exactitud con que se celebra un aniversario.
“Es en un baile del Club del Progreso donde pueden estudiarse por etapas treinta años de la vida social de Buenos Aires: allí han hecho sus primeras armas los que hoy son abuelos. La dorada juventud del año 52 fundó ese centro del buen tono, esencialmente criollo , que no ha tenido nunca ni la distinción aristocrática de un club inglés ni el chic de uno de los clubs de París. Sin embargo, ser del Club del Progreso, aun allá por el año 70, era chic, como era cursi ser del Club del Plata, con perdón de sus socios.
“La entrada era cosa ardua, no entraba cualquiera; era necesario ser crema batida de la mejor burguesía social y política para hollar las mullidas alfombras del gran salón o sentarse a jugar un partido de whist en el clásico salón de los retratos que ocupa el frente de la calle Victoria.
“En esta última sala, larga y fría como un zaguán, que ha sido empapelada cien veces por lo menos de verde o celeste claro y que ha consumido cincuenta distintas partidas de tripe de lo de Iturriaga, ha nacido una generación de la cual van quedando muy escasos representantes. Allí ha mordido la maledicencia urbana a los jugadores trasnochadores, a los maridos calaveras, a la juventud disoluta y disipada, y cada mordisco de mamá indignada ha hecho los estragos de la viruela en el retrato moral de las víctimas. La maledicencia de la gran aldea es como la calumnia del Barbero de Sevilla; del venticello pasa al huracán y ¡ay de aquél que se encuentre envuelto en la ráfaga!
“El Club del Progreso ha sido la pepinera de muchos hombres públicos que han estudiado en sus salones el derecho constitucional; literatura fácil que se aprende sin libros, trasnochando sobre una mesa de ajedrez; ¡y a mí, no sé por qué, se me ocurre que algunos de los retratos de los hombres de Mayo que presencian aquel grupo de pensadores, hacen una mueca cada vez que un pollo acompaña un discurso sobre la libertad del sufragio con un golpe que asienta sobre el damero una reina jaqueada por la chusma de los peones sobrevivientes!
“¡Falta allí el retrato del padre Castañeda! ¡Y sobre todo, falta el espíritu! ¡También veinte, treinta años de hacer lo mismo!
“Hasta hace muy poco, la biblioteca no era muy copiosa que digamos. Mucha Memoria, mucho Registro Oficial, pero a condición de no encontrarse nunca cuando se pedían; y en la mesa de lectura, todos los diarios porteños, vacíos y estériles como sábanas de monja, luciendo el artículo editorial al frente, extenso riel de plomo en que, para valerme de una figura bíblica, se fatigan los caballos de la imaginación. En la mesa de lectura el Illustrated London News y la Revue (casi sería inútil agregar des Deux Mondes, si no habláramos en el club); la Revue en que M. de Mazade produce el artículo burgués que en un tiempo firmaron Forcade y Lanfrey y algunos diarios franceses que casi siempre sirven de adorno, como esos ramos secos que se pudren en las salas por olvido de los sirvientes. A pesar de esto, cualquiera creería que allí se lee... ¡nada de eso! Allí se conversa: en el grupo de muchachos alegres y espirituales, que entra a las 12 de la noche repitiendo la última nota de Tamagno, no falta un ejemplar de denso burgués pantagruélico, gastrónomo noctámbulo, engordado y enriquecido por el vientre libre de sus vacas, que se hace servir allí mismo un chorizo por noche, mientras que, con el profundo desdén del bruto feliz, descuidado el traje, pelado a la mal-content , mira todo lo que lo rodea con satisfecha apatía, llevando la mano al renegrido cabello y dragándose la caspa de aquella mollera inerte con la uña afilada del índice.
“No falta tampoco el idiota de la aldea, magín descompuesto, candidato de pillos, víctima de las bromas aldeanas, enloquecido con ideas sobre filantropía, abriendo la boca de admiración y pestañeando con un ojo que sufre de perlesía intermitente, mientras la pupila del otro se le sale como el carozo de un durazno prisco.
“Ni el Tenorio de suburbio que no se modifica; que se viste hoy como ayer, con abalorios de altar mayor y prendas de precio fijo; sano, insulso, inofensivo, olvidado por los buenos y mortificado por los que todavía creen que es de buen tono zaherir o burlarse de los inocentes.
“Y entre esta sociedad híbrida e incolora como la Memoria de un ministro, mi amigo don Benito, cuya acrisolada y noble honradez se confunde por el positivismo contemporáneo con el sueño de un iluso, solía de repente estallar con noble sarcasmo, sintiendo probablemente cuán estériles han sido las desgracias del pasado y cuán injustamente ha repartido el destino sus favores en el presente.
“Pero el club es el club, y aquella noche, los violines, riendo bajo la cuerda de los arcos, transmitían la alegría y el entusiasmo singular de la música a todos los semblantes.”
Notas y bibliografía:
(1) 1938, Manzi, Homero y Petit de Murat, Ulises, Su mejor alumno, Buenos Aires. 
(2) 1884, López, Lucio Vicente; La Gran Aldea; leído en enero de 2009 en Proyecto Biblioteca Digital Argentina http://www.biblioteca.clarin.com/pbda/novela/granaldea/granaldea_00indice.html.