sábado, 23 de febrero de 2013

El Padre Cattaneo sj en las misiones del Uruguay (1729)


José Luis Busaniche fue un notable historiador argentino. Nació en Santa Fe de la Veracruz, capital de la Provincia de Santa Fe, en 1892 y falleció en San Isidro, Provincia de Buenos Aires, en 1959. Sus obras más importantes están relacionadas con los bloqueos franco – británicos de 1838 y 1843, el papel que jugó la Provincia de Santa Fe en esas circunstancias, el Gobierno de Juan Manuel de Rosas y la construcción del federalismo argentino. En 1938 publica un libro de lecturas históricas argentinas que reedita en 1959 con el título de Estampas del Pasado.(1) Este libro ha servido de inspiración para la sección “Residuos del Pasado” de El Recopilador He rescatado varios textos de la colección, reproduciendo parte de las prolija referencias de Busaniche.   
El padre Cayetano Cattaneo sj, jesuita italiano (1695-1733), llegó a Buenos Aires en 1728. Se dirigió a las misiones sobre le Río Uruguay. Escribió  cartas descriptivas sobre el carácter de los habitantes, las ciudades, la fauna y la flora del Litoral y sobre las organización de las misiones jesuíticas.(2)  
La voracidad de los indios del Litoral
del Río Uruguay
(3)
/.../. Viniendo a nuestro viaje, diré que partimos de Buenos Aires el 13 de julio se 1729. Fuimos por tierra a un riacho distante diez y ocho millas, que llaman Las Conchas y sirve de puerto ordinario a las Balsas de los indios.
Las balsas son unas embarcaciones formadas de dos canoas, entre dos pequeños esquifes de una sola pieza, excavados en un tronco de árbol, los cuales se unen colocando en el medio, sobre el plano de cañas, una casita o cabaña hecha de esteras, cubierta con paja o cuero, en la cual cabe una cama pequeña y algunas otras cosas necesarias para el viajero.
Quince eran las balsas que nos esperaban con veinte y más indios en cada una, los cuales, aunque de diferentes naciones, eran sin embargo coor unum et anima mea, y nos recibieron en son de fiesta con sus pífanos y tamboriles, extraordinariamente contentos de poder conducir misioneros a sus tierras. /.../. Así, con un viaje feliz de sólo ocho días, nos libramos de aquel paso, el más peligroso de todos (se refiere al cruce en balsa del Río de la Plata), nos encontramos en el gran Río Uruguay, uno de los mayores de América. En su boca no se distingue la otra playa, sino en un día claro, y aun así, confusamente.
/.../.
Pasando aquel golfo, que es como el Paso de Malamoco y entrados felizmente en el Uruguay, permanecimos algunos días cerca de un pequeño  río que llaman Río de las Vacas, para hacer provisión de carne para la gente, pues hay en esa punta una estancia de un señor español, que tendrá, treinta o treinta y seis millas de su dominio, unos veintiocho o treinta mil animales y vende cuantos se buscan a todas las embarcaciones, que van y vienen de Buenos Aires. Hicimos aquí provisión de setenta y tantos novillos, o bueyes jóvenes, que como andan completamente libres en el campo (pues en estas provincias no se usan jamás establos para las bestias) y por ser fertilísimos los pastos, eran de un tamaño y gordura estupendos. Los pagamos solamente en seis paoli romanos cada uno, que es por ahí el precio corriente, excepto en Buenos Aires donde cuestan casi el doble. Así vinieron a cuatro o cinco por balsa, provisión que apenas basta a los indios para diez o doce días, que se suelen emplear en llegar a Santo Domingo, donde se hacen nuevas provisiones de carne, pues el que no lo ha visto no puede imaginarse la voracidad de estas gentes. Yo he visto durante el viaje a la chusma de una balsa sola, que suele ser de veinticuatro personas, comerse en menos de un día un buey muy grande, como si fuese un ternerillo, y no comer más porque no tenían. Os aseguro, que por aquí, muchacho de doce a catorce años, comía solo, lo que no podrán llegar a comer allá cinco o seis hombres de buen diente.
/.../.
No es menos curioso el modo que tienen de comer la carne. Matan una vaca o un toro, y mientras unos lo degüellan, otros los desuellan y otros los descuartizan de modo que en un cuarto de hora se llevan los trozos a la balsa. En seguida encienden en la playa una fogata y con palos se hace cada uno un asador, en que ensartan tres o cuatro pedazos de carne, que, aunque está humeando todavía, para ellos está bastante tierna. En seguida clavan los asadores en tierra alrededor del fuego, inclinados hacia la llama y ellos se sientan en rueda sobre el suelo. En menos de un cuarto de hora, cuando la carne apenas está tostada, se la devoran por dura que esté y por más que eche sangre por todas partes. No pasa una o dos horas sin que la hayan digerido y estén tan hambrientos como antes, y si no están impedidos por tener que caminar o cualquier otra ocupación, vuelven, como si estuvieran en ayunas, a la misma función.”
Notas y Bibliografía: 
(1) 1959, Busaniche, José Luis, Estampas del pasado, lecturas de historia argentina, Buenos Aires, Hyspamérica.
(2) Las cartas fueron publicadas por Luis Antonio Moratori en Chistianesimo Felice, fueron traducida al castellano por José Manuel Estrada y publicadas por la Revista de Buenos Aires, Año IV, N° 43, t. XI. 
(3) Busaniche, José Luis, Op. Cit., pp 67-71. 

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